jueves, 29 de enero de 2015

"La sombra de la cuna".- Isaac Bashevis Singer (1902-1991)


 

"Poco a poco, se fue poniendo más serio. Recordó aquella tarde, años atrás, en que, después de dividir una hoja de papel en varios pedacitos, en cada uno de los cuales había escrito el nombre de una ciudad de provincia, había sacado de un sombrero el papelito que llevaba el nombre de esta ciudad.  ¿Y si le hubiera salido otra? ¿Habría cambiado el rumbo de su vida? Por consiguiente, todo lo que le había ido ocurriendo era fruto del más puro azar. Pero, ¿qué era la suerte en realidad? Si todo estaba predestinado, la suerte no existía. Además, si la casualidad no era sino una categoría de la razón, ciertamente tampoco existía la suerte; su pensamiento fue mucho más allá. Concediéndole la razón a Schopenhauer, lo que Kant llamaba "la-cosa-en-sí", era la voluntad. Pero, entonces, ¿por qué decir que la voluntad es ciega? Si la voluntad universal podía poner de relieve el intelecto de Schopenhauer, ¿por qué no podía la voluntad universal en sí estar dotada de inteligencia? "Tendré que consultar El Mundo como Voluntad y Representación -decidió el doctor Yaretzky-. Tiene que encerrar algún tipo de respuesta. Vergonzosamente, he dejado abandonada mi lectura".
 Se dio cuenta de que estaba en la calle, cerca de la casa del rabino. Sobre una mesa, cerca de la estufa, ardía una vela en un candelabro de cobre. En la mesa se amontonaban libros y manuscritos; el venerable rabino, con la barba desgreñada, un casquete sobre su despejada frente y una gabardina desabrochada sobre una túnica amarilla con flecos, estaba sumido en la lectura de un libro, con un vaso de té en la mano. A un lado tenía el samovar, en el otro un abanico de plumas de gallo que, indudablemente, se utilizaba para aventar el fuego. Todo, al parecer, se hallaba en el sitio preciso. El viejo rabino estaba estudiando uno de sus libros de teología, pero el doctor Yaretzky le observaba asombrado. ¿Se acostaba siempre tan tarde, el rabino, o acaso ya se había levantado? ¿Y qué podía ser lo que le interesara tanto en aquel libro? El rabino parecía ajeno al mundo. [...]
 Los judíos de la ciudad tenían a su rabino por un dios y comentaban su erudición. Sus grandes ojos grises, su frente despejada y toda su toda su apariencia indicaba conocimientos, comprensión, carácter... y algo más, reminiscente de una cultura ajena, impenetrable. Era una pena que el rabino no conociese ni el polaco ni el ruso porque Yaretzky, aunque había aprendido un poco de yiddish en su juventud, no lo entendía lo bastante para conversar con el rabino. El anciano parecía, ahora, más espiritual que nunca. Confundido con la noche semejaba un antiguo sabio, a la vez santo y filósofo... un Sócrates hebreo o un Diógenes. Su sombra se proyectaba hasta el techo.
 "¿De dónde sacan tan enormes frentes?" -se preguntó Yaretzky.
 Recordó lo que los otros judíos le habían dicho... que el rabino era un gaon, un genio. Pero, ¿qué clase de genio? ¿Y cómo podía aceptar un mundo lleno de pesares?
 "¡Daría cien rublos por saber lo que está leyendo! - pensó Yaretzky. Pero, de una cosa sí estoy seguro: ni siquiera se ha enterado de que hay un baile esta noche. Físicamente viven junto a nosotros, pero espiritualmente están en algún lugar de Palestina, en el Monte Sinaí o sabe Dios dónde. Puede que no sepa que está en el siglo diecinueve, ni siquiera que está en Europa. Existe, pero más allá del tiempo y del espacio..."
 Yaretzky recordó entonces algo que había leído en un periódico: los judíos no registran su historia, carecen del sentido cronológico. Parece como si, instintivamente, supieran que el tiempo y el espacio son mera ilusión. Si esto fuera así, ¿podrían tal vez penetrar las categorías de la razón pura y concebir la cosa-en sí, lo que está tras el fenómeno?"

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