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domingo, 25 de junio de 2023

El misterio de los hititas.- C. W. Ceram (1915-1972)


C W Ceram - Alchetron, The Free Social Encyclopedia
III.-El enigma del poder

Capítulo 9: La batalla de Kades y la paz perpetua

    «De todo ello se desprende que los “inventores” de la cría caballar no fueron ni los hititas ni los hurritas. Con toda seguridad no salieron de dichos pueblos los primitivos jinetes, antes bien todo hace suponer que debemos buscar el origen de la equitación más al este, Asia adentro. Y como, por otra parte, el efecto devastador de la nueva arma, el carro de combate, estaba supeditado a la utilización de los caballos bien adiestrados, es obvio que tampoco lo inventaron los hititas.
 Pero una cosa es cierta. En medio de la confusión reinante en aquella parte del mundo, cuando a mediados del II milenio antes de J. C., iniciaron sus correrías los hurritas, los kasitas y los hicsos salvajes —sin que tengamos indicio alguno que nos permita sospechar que el núcleo principal hitita, o sea el asentado en el recodo del Halys, llegara a verse seriamente amenazado—, los hititas asimilaron todos cuantos conocimientos pudieron adquirir en materia de caballos y carros durante sus numerosos contactos con sus turbulentos vecinos.
 No sólo mejorarían los métodos de adiestramiento de los caballos, sino que, fruto de la confrontación de sus propias experiencias con las de los demás pueblos, fue el nuevo artefacto guerrero, gracias al cual iban a poder librar, y ganar, la batalla más trascendental de los tiempos antiguos; el arma cuyo solo ruido, según leemos en la Biblia, hacía templar a los sirios: el carro ligero de combate, precursor del tanque moderno autónomo.
 Es curioso que la primera consecuencia del amansamiento del caballo no fuera la creación de la caballería propiamente dicha, sino que le precediera la formación de un cuerpo de carros de combate tirados, eso sí, por caballos.
 Sorprende asimismo que después de haber empezado por desempeñar un papel tan importante en la estrategia de los pueblos del Asia Anterior, la desaparición de los hititas acarreara la de la equitación como arte y como arma de combate, pues es sabido que ni los griegos ni los romanos conocieron la “caballería” como fuerza montada, sino que tuvieron solamente jinetes.
 El carro ligero de combate, tal como lo perfeccionaron los hititas, debió de constituir una novedad tal, que bien podemos echar mano de la palabra «invento» para designarlo. Es absurdo que los asiriólogos pretendan que los sumerios ya poseían un tipo de carro de combate. Los carros de los “cabezas negras”, o sea los sumerios, claramente descritos en el Estandarte de mosaico exhumado por Woolley en Ur, eran unos vehículos pesados, de cuatro ruedas macizas, arrastrados por bueyes. Suponiendo que estos carros hubieran sido utilizados alguna vez en la guerra, su utilidad debía de ser más que problemática, y hacen pensar en los pesados armatostes de nuestra Edad Media que avanzaban lentamente por el campo de batalla siguiendo los pasos de los lansquenetes, a los que únicamente podían prestar un apoyo “moral”. Lo más probable, sin embargo, es que estos vehículos sirvieran exclusivamente para el abastecimiento de los beligerantes.
 La gran superioridad de los hititas en la guerra radicaba en la velocidad de sus carros ligeros de combate, que no iban provistos de discos macizos, sino de dos ruedas de seis rayos cada una, y cuya elegante apariencia recuerda la de un dogcart inglés del siglo pasado.
 La creación de formaciones de carros de combate de estas características revolucionó la estrategia militar de la época.
 Cada carro de combate hitita transportaba a tres hombres, o sea al conductor con un guerrero a cada lado. Y con este fantástico armatoste enfrente, cuyos caballos lanzaban relinchos salvajes y alzaban nubes de polvo amarillo, y los soldados vociferando y blandiendo armas resplandecientes. Los mejores infantes retrocedían. Si aguantaban el primer ataque, pronto advertían con terror que se encontraban prisioneros en medio de la ronda infernal de los carros de combate. Una lluvia de flechas les alcanzaba desde todas direcciones, y los cascos negros de los caballos desgarraban las filas de sus aguerridas huestes, convirtiendo el campo de batalla en un caos fantástico.
 Cierto que algunos carros se estrellaban y saltaban en pedazos, pero aun así sembraban la muerte a su alrededor, y los caballos que las picas contrarias despanzurraban, arrastraban y aplastaban a los enemigos en su lucha con la muerte.
 El sudor, el olor de sangre de los caballos y el polvo apestaban el aire; los buitres oteando la carroña, tal era el panorama de un campo de batalla de la antigüedad. A quien haya estudiado un poco la historia no se le oculta que, todas las esperanzas aparte, estas escenas se repetirán mientras existan los hombres sobre la tierra.
 No es que perdamos de vista el objeto de este libro, que es el de informar sobre el descubrimiento de la civilización hitita, pero antes de ocuparnos nuevamente de la gran batalla que acabamos de mencionar, que fue la más importante de la Antigüedad, y en la cual por primera vez ambos adversarios alinearon carros de combate, es indispensable exponer ciertos hechos para dar al que leyere una idea cabal del origen del conflicto.
 Según las investigaciones más recientes han demostrado, a la muerte de Telebino, el reino de Mitanni era la principal potencia del Oriente Medio. No obstante, parece ser que tres soberanos hititas, Tudhalia II, Hattusil II y Tudhalia III, y finalmente también Arnuanda II, lograron preservar el Imperio de todo cambio fundamental, por más que su gobierno pasara por varias crisis serias durante el reinado del tercero de ellos, que es cuando la presión exterior se hizo sentir con mayor intensidad.
 Esto sucedía alrededor de los años 1500 al 1375 antes de J. C. Es poco lo que de aquella época conocemos, pero esto no es óbice para que se le atribuya una importancia secundaria, pues ciento veinticinco años son muchos años en la historia de un pueblo.
La Cuesta de Moyano: El misterio de los hititas, de C. W. CeramAl tratar de la historia antigua —en la que se cuenta por milenios— hay que saber sustraerse a la borrachera de los números y no olvidar que cada siglo está formado por más de tres generaciones de seres humanos.
 Al rey Arnuanda le sucedió el más grande de los soberanos hititas, el «rey de reyes», el nuevo fundador de un verdadero Imperio, el Carlomagno del Oriente Medio: Shubiluliuma I (1375-1335 antes de J. C.).
 Debe de haber sido un monarca magnífico desde todos los puntos de vista, valiente hasta la exageración, audaz en las grandes ocasiones y sin escrúpulos cuando se trataba de hacer frente a situaciones difíciles.
 Pero por extraño que parezca, sobre todo en un personaje de la época, demostró un gran sentido político al tratar con gran moderación a sus enemigos vencidos. Por una parte era tolerante en materia religiosa, mientras que por la otra se preocupaba por hacer respetar estrictamente la moral y la justicia, según se desprende de los innumerables tratados concluidos durante los cuarenta años de su reinado.
 He aquí un ejemplo: casó a una hermana suya con el rey de Hayasa, y la hizo acompañar de sus hermanastras y de varias damas de honor. En Hayasa prevalecían todavía —por lo menos esta era la opinión de los hititas— costumbres bárbaras, tales como los casamientos consanguíneos y las relaciones incestuosas, de todo lo cual abomina Shubiluliuma, quien escribe así a su cuñado: “Esto no está permitido en Hattusas… y si aquí alguien lo hace le matamos”, y luego cita como ejemplo el caso de un tal Marija, a quien, según parece, su padre cogió in fraganti y lo hizo ejecutar. Y termina diciendo: “Guárdate, pues, mucho de realizar este acto por el cual un hombre ha perdido la vida”.
 La plurivalente personalidad de Shubiluliuma se nos impone porque podemos comprobar que todo lo emprende a gran escala.
 Su acción es eficacísima. Convirtió a Hattusas en plaza fuerte y durante su reinado se erigió la gran muralla para proteger el flanco sur de la ciudad. Declaró la guerra al poderoso Mitanni, cruzó el Eufrates y conquistó y saqueó la capital de los hurritas, pero entonces, en lugar de esclavizar a los vencidos, los convirtió en aliados suyos al casar a su propia hija con el príncipe Mattiwaza, heredero de Mitanni.
 Luego se apoderó de Siria y después de someter a Carquemis y Alepo, eternas manzanas de discordia en aquella región fronteriza, les dio a sus dos hijos por reyes.
 Contribuyó al éxito de sus campañas guerreras la precaria situación egipcia. El adversario egipcio, el único que hubiera podido desbaratar sus planes de conquista en Siria, no opuso sino una resistencia mínima a su política de expansión, pues por aquel entonces el faraón Amenofis IV, «el rey hereje», se encontraba bastante atareado combatiendo el politeísmo e intentando persuadir a sus súbditos a que adoraran al dios Sol. Su sucesor Tutankhamen murió a los dieciocho años.
Gracias a estas circunstancias favorables, Shubiluliuma no solamente llevó a cabo sus numerosas conquistas, sino que aún pudo consolidarlas, practicando una política verdaderamente imperial, en la que sólo entraba en cuenta el futuro de su pueblo.
 Después de una cadena de triunfos, adoptó Shubiluliuma las formas de ostentación propias de los orientales para hacer realzar su grandeza a los ojos de todos. Así, mientras sus predecesores se habían contentando con el título de rey, él se hizo llamar “Labarna, el gran rey del país de Hatti, el héroe, el favorito del dios de la tormentas”, y cuando se nombraba en los tratados, se daba a sí mismo el epíteto de “Yo, el Sol”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Destino, 1995, en traducción de Jaime Gascón, pp. 123-126. ISBN: 978-8423325405.]

miércoles, 3 de marzo de 2021

En torno a los orígenes de la revolución industrial.- Eric Hobsbawm (1917-2012)

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Primero: La crisis general de la economía europea en el siglo XVII
Las condiciones para la revolución industrial 

 «Debemos examinar ahora el problema específico del origen de la revolución industrial. La concentración y la redistribución pueden haber echado los cimientos del avance posterior, pero no explican por sí mismas su naturaleza precisa. Porque, si de ellas habría de surgir la industrialización, ésta tenía que producir dos formas singulares de expansión. Primero, tenía que fomentar las manufacturas en los países con base capitalista más fuerte y en escala suficiente para revolucionar (gradualmente) al resto del mundo. Segundo, tenía que establecer la supremacía de la producción sobre el consumo, lo cual constituye un requisito previo fundamental para la industria capitalista. […]

Las condiciones para la revolución industrial

 El segundo punto es igualmente evidente. Si la industria algodonera de 1760 hubiese dependido íntegramente de la demanda real de piezas de tela en ese momento; los ferrocarriles, de la demanda real de 1830; la industria automotriz de la de 1900, ninguna de estas industrias habría atravesado una revolución técnica. En cambio, podrían haberse desarrollado como la industria de la construcción, que fluctúa más o menos al mismo tiempo que la demanda real, estando a veces a la cabeza y a veces rezagada pero nunca, hasta el presente, impulsada al extremo de una verdadera conmoción técnica. La producción capitalista, por lo tanto, hubo de encontrar las maneras de crear sus propios mercados de expansión. Excepto en casos raros y localizados, es esto precisamente lo que ella no podía hacer dentro de una estructura feudal. En un sentido muy amplio, puede decirse que logró sus fines mediante la transformación de la estructura social. El mismo proceso que reorganizó la división social del trabajo, incrementó la proporción de trabajadores no agrícolas, diferenció al campesinado y creó las clases asalariadas, creó también hombres que dependían, para satisfacer sus necesidades, de las compras al contado. En una palabra, dio origen a los clientes para los productos. Pero quien examina la cuestión en esta forma es el investigador, no el empresario que decide revolucionar o no su producción. Además, no es de ninguna manera evidente que en estas primeras etapas la transformación social hubiese sido lo suficientemente vasta y rápida como para producir una expansión tan rápida de la demanda o —en todo caso— una posibilidad de expansión tan tentadora y cierta como para impulsar a los fabricantes hacia la revolución técnica. Ello es así en parte porque las "zonas desarrolladas" del siglo XVII y comienzos del XVIII eran todavía relativamente pequeñas y dispersas, y en parte porque la creación de condiciones para la producción capitalista crea mercados para sus productos, de muy diferentes maneras. En un extremo, tenemos países como los Estados Unidos, que habrían de desarrollar un fuerte mercado interno para sus manufacturas. En el otro —y éste era, por muchas razones, más probable durante nuestro período— tenemos países en los cuales la demanda per cápita de productos era extremadamente baja, al menos entre la masa de campesinos y trabajadores. Por lo tanto, si había de producirse una revolución industrial, cierto número de países o industrias debían operar dentro de una especie de "succión forzada" que avivara la codicia de los empresarios hasta el punto de la combustión espontánea.
 ¿Cómo se originó esta "succión forzada"? Pueden sugerirse las siguientes respuestas: Primero: como hemos visto, el comercio de todos los países estaba ampliamente concentrado directa o indirectamente, en manos de los más avanzados industrialmente. Segundo: estos países —sobre todo Inglaterra— generaron una amplia y expansiva demanda dentro de sus mercados locales. Tercero: (y quizás este hecho sea el más importante), un nuevo sistema colonial, basado principalmente en la economía de las plantaciones de esclavos, produjo su propia succión forzada especial, que probablemente fue decisiva para la industria británica del algodón, que fue la verdadera industria pionera. Es probable que estas tres respuestas sean esenciales. Lo que puede discutirse es cuál de ellas proporcionó el principal incentivo. Pero si lo que este artículo sostiene es correcto, esperamos encontrar signos de un cambio y un avance fundamentales en los mercados mundiales durante la última parte del siglo XVII,  pese a que éstos podrían ser más marcados en los mercados controlados por economías capitalistas "avanzadas" que en otros.

 Los mercados no desarrollados

Resultado de imagen de en torno a la revolucion industrial Poco es lo que sabemos acerca de los mercados internos (por ejemplo, la demanda de la masa de ciudadanos en una ciudad cualquiera), antes del siglo XX. Y sabemos menos aun acerca del fenómeno característico de la era moderna: el aumento de la demanda de productos y servicios nuevos como la radio (o en el período de que estamos ocupándonos, el tabaco, el te, el café o el chocolate), a diferencia de la demanda de productos nuevos destinados a satisfacer viejas necesidades, como las medias de nylon en lugar de las de seda (o, en el período que nos ocupa, el azúcar en lugar de los edulcorantes más antiguos). Fuera de esto, sólo con gran cautela podemos hablar de desarrollos de mercados. Sin embargo, es más improbable que la demanda aumentara considerablemente en la mayor parte de los países continentales, ni tan siquiera entre las confortables clases medias urbanas que eran los compradores más entusiastas de las manufacturas estandardizadas antes del siglo XIX. El té y el café siguieron siendo artículos de lujo hasta el siglo XVIII y la producción azucarera progresó lentamente entre 1630 y 1670. Había todavía una escasa demanda de cristal y alfarería en lugar del metal, aun entre las más prósperas familias de clase media. Los distritos suizos dedicados a la relojería no avanzaron a grandes pasos hasta el siglo XVIII. La venta al menudeo permaneció sin especializarse en muchas ciudades alemanas y, hasta mediados del siglo XVII, aun los parisienses obtenían más trigo de los granjeros que de los comerciantes. Puede haber habido un aumento del comercio rural al por menor a fines del siglo XVI, en los lugares donde las ciudades y los señores no lo impedían. No obstante, las quejas acerca del aumento de los buhoneros pueden indicar un debilitamiento de los monopolios de la ciudad antes que un aumento de las compras rurales en efectivo. De todos modos, el comercio rural, decayó durante la crisis. Es indudable que en nuestro siglo, Rennes y Dijon no eran ya los mercados que habían sido. Sólo pudo haber aumentado la demanda de ciertos productos, a menudo monopolizados por estados y señores y producidos por ellos: tabaco y alcohol. Sin embargo, si se hace un balance se advierte que la crisis puede haber favorecido muy poco el desenvolvimiento espontáneo de la industria capitalista para los mercados continentales internos. Pudo en cambio favorecer: a) la producción artesanal para una serie de mercados locales, lo cual retardó el progreso de la industria; b) el encarecimiento de manufacturas muy baratas, subproductos del ocio o de la opresión campesinas.
 El mercado más accesible en la mayoría de tales países era también el menos conveniente para el desarrollo capitalista, es decir, el de los estados y las aristocracias. Fue así que los condes Czernin prestaron al emperador cuatro millones de florines entre 1690 y 1724, pese a lo cual reservaron bastante para los gastos y construcciones más suntuosas. Pero nada de esto lubricó las ruedas de la industria con tanta eficacia como las compras de la clase media. Así, un Holstein Junker mediano, en 1690, empleaba a 45 lacayos y sirvientes, además de los siervos de la propiedad: más que la plana mayor del Duque de Bedford a mediados del siglo XVIII. Pero el futuro industrial no exigía una infinita disposición para mantener empleados a equipos de cocineros, estucadores o peluqueros, sino una demanda masiva.
 Parte de ello lo proveían los estados y aristocracias, aunque bastante ineficazmente. Primero, lo hicieron por medio de encargos directos para estandardizar el equipo y los uniformes del ejército —una innovación del siglo XVII— y otras cosas, similares. Probablemente, este hecho tuvo mayor importancia para las industrias del metal para las cuales, antes de la Revolución Industrial, la guerra era el principal cliente. Segundo: trasladaron el poder adquisitivo a clases con mayor propensión a comprar productos estandardizados, a los soldados, taberneros y tenderos que vivían de ellos, a los rentistas pequeños y medios y a la masa de empleados públicos, sirvientes y dependientes menores. En realidad, en muchas zonas las perspectivas de un buen mercado dependían en gran medida de la eficacia con que los valets robaban a sus amos. La mayoría de estos métodos hallaron expresión en la "gran ciudad", mercado mucho más eficaz para las mercancías que la ciudad pequeña o media, y dejaron de lado al villorrio miserable. En París o en Viena, pudo hacer su aparición un simulacro de mercado capitalista local, con una demanda masiva de alimentos, productos domésticos, tejidos de clase media, materiales de construcción, etc. —alentado por la concentración de la riqueza que se produjo durante el período de crisis— a pesar de que ello estimuló quizás una expansión semi-artesanal (como la del negocio de construcciones) y no una verdadera industria.
 Naturalmente, los estados absolutistas también proporcionaron el apoyo financiero, político y militar necesario para arriesgadas empresas comerciales tales como las guerras y las nuevas industrias, y actuaron como agentes para la transferencia de la riqueza acumulada, desde el campesinado y otras gentes, a los empresarios. Es posible -que ello pueda haber conducido a una satisfacción más eficaz de la demanda interna aunque, como sabemos, el principal esfuerzo de los estados mercantilistas continentales se orientó hacia las exportaciones (o hacia una combinación de varios mercados internos, los del país y los captados en otros países). Pero aun en esta tarea, los empresarios de los estados no desarrollados, aun, con el apoyo del estado, estaban en gran desventaja en comparación con los desarrollados, que eran quienes poseían realmente un mercado interno en crecimiento. Por lo tanto, en una parte de Europa la crisis del siglo XVIII, diferente de la de 1815-48, demostró su esterilidad económica. Al menos, las semillas sembradas entonces no germinaron hasta mucho más tarde.
 En las zonas marítimas, es indudable que los mercados nacionales crecieron considerablemente. En Inglaterra al menos, tienta considerar al siglo XVII como el período decisivo en la creación del mercado nacional.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Siglo Veintiuno Editores, 1988, en traducción de Ofelia Castillo y Enrique Tandeter, pp. 53-60. ISBN: 84-323-0325-9.]
 

viernes, 29 de enero de 2021

Antiimperialismo. Patriotas y traidores.- Mark Twain (1835-1910)

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3.-Rusia
Soliloquio del Zar (North American Review, marzo de 1905)

  «Después de su baño matinal, el Zar acostumbra a meditar durante una hora antes de vestirse (Corresponsalía del London Times).
 (Mirándose en el espejo). Desnudo, ¿qué soy? Una caricatura delgada, arrugada y con piernas de araña, a imagen de Dios. Mirad la cabeza de cera, la cara con expresión de melón, las orejas apantalladas, los codos nudosos, el pecho hundido, las espinillas afiladas y luego los pies, callosos, nudosos, ¡la imitación de una radiografía! No hay nada imperial en esto, nada imponente ni impresionante, nada que provoque respeto y reverencia. ¿Es ante esto que ciento cuarenta millones de rusos besan el suelo? ¿A esto reverencian? ¡No, evidentemente! Nadie podría reverenciar este espectáculo, que soy yo. Pero entonces, ¿a quién, a qué reverencian? En privado, nadie lo sabe mejor que yo: a mis ropas. Sin mis ropas estaría tan destituido de autoridad como cualquier otra persona desnuda. Nadie me diferenciaría de un cura, un barbero o un petimetre. Luego, ¿quién es el verdadero Emperador de Rusia? Mis ropas. Nadie más.
 Como sugiriese Teufelsdrockh, ¿qué sería el hombre, cualquier hombre, sin sus ropas? Tan pronto como nos detenemos a reflexionar sobre esa proposición, comprendemos que sin sus ropas un hombre no sería nada en absoluto; que la ropa no sólo hace al hombre, la ropa es el hombre. Sin ella somos un cero a la izquierda, un vacío, no somos nadie, no somos nada.
 Los títulos, otra artificialidad, son parte de su vestuario. Éstos y la lencería esconden la inferioridad de quien los usa, haciéndole sentir grande, una maravilla, cuando en el fondo nada hay de destacable en él. Pueden hacer que toda una nación caiga de rodillas y reverencie sinceramente a un emperador que, sin sus ropas y sin su título, caería al nivel de un zapatero y sería engullido y perdido de vista en la multitud de los irrelevantes. Un emperador que, desnudo en un mundo desnudo, no sería noticia, no llamaría la atención, sería distraídamente atropellado como cualquier otro extraño sin importancia; quizá hasta le ofrecieran un kopek para cargar la maleta de alguien. Un emperador que, por el mero poder de esas artificialidades, su ropa y su título, llegue a ser reverenciado como una deidad por su pueblo, al mismo tiempo que por puro placer puede desterrarlos, perseguirlos, destruirlos, como lo haría un matador de ratas si un accidente del destino le hubiese otorgado esta vocación, más apropiada a sus capacidades que el ejercicio del gobierno. Es un poder estupendo el que reside en los ropajes y los títulos que todo lo ocultan; llenan de respeto a quien los mira, le hacen temblar, por más que sepa que toda dignidad real hereditaria no es más que una usurpación, un poder ilegítimamente adquirido, una autoridad conferida por personas que carecían de ella. Pues los monarcas sólo han sido elegidos por la aristocracia, una nación jamás ha elegido uno.
 No existe poder sin ropas. Es el poder el que gobierna a la raza humana. Si desnudamos a sus jefes, ningún Estado podría ser gobernado. Los funcionarios, desnudos, no ejercerían ninguna autoridad; lucirían (y serían) como cualquier otro: un lugar común, algo inconsecuente. Un policía vestido de particular es un hombre, con su uniforme es diez hombres. La ropa y los títulos son la cosa más potente, la influencia más formidable sobre la tierra. Son las que llevan a la gente a respetar voluntaria y espontáneamente al juez, el general, el almirante, el obispo, el embajador, el frívolo conde, el duque idiota, el sultán, el rey, el emperador. Ningún gran título es eficiente sin un vestuario que lo apoye. En las tribus de salvajes desnudos, los reyes usan alguna tela o decoración que ellos mismos definen como sagradas y no permiten que nadie más las use. El rey de la gran tribu Fan usa un trozo de piel de leopardo sobre su hombro, es algo exclusivo de la realeza; aparte de eso, va totalmente desnudo. Sin su trozo de piel de leopardo para impresionar e imponer respeto, no conservaría su empleo.
 (Después de un silencio). ¡Qué curiosa invención, qué inexplicable invención la raza humana! Incontables millones de rusos han permitido durante siglos que nuestra familia los robe, insulte, pisotee, mientras ellos vivían, sufrían y morían sin otro propósito ni función que asegurar el confort de esa familia. Esa gente es como caballos, sólo eso, caballos con ropas y una religión. Un caballo con la fuerza de cien hombres dejaría que un hombre lo golpee, lo mate de hambre, lo conduzca: millones de rusos permiten que un puñado de soldados los mantengan en la esclavitud, ¡y esos mismos soldados son sus hijos y sus hermanos!
 Es algo extraño cuando se piensa en ello: el mundo aplica al Zar y a su sistema los mismos axiomas morales que están de moda y son aceptados en los países civilizados. Puesto que en estos países se considera incorrecto deshacerse de los opresores si no es mediante procesos legales, se pretende aplicar la misma regla con Rusia, donde no existe nada parecido a la ley; excepto la de nuestra familia. Las leyes no son más que restricciones, no tienen otra función. En los países civilizados restringen a todos y los restringen por igual, cosa que me parece justa e imparcial; pero en Rusia, las leyes existentes hacen una excepción: nuestra familia. Hacemos lo que nos place, lo hemos hecho durante siglos. Nuestra profesión habitual ha sido el crimen; nuestro pasatiempo habitual, el asesinato; nuestra bebida habitual, la sangre, la sangre de la nación. Sobre nuestros rosarios yacen millones de muertos. Pero los píos moralistas consideran que es un crimen asesinarnos. Nosotros y nuestros tíos somos una familia de cobras a cargo de ciento cuarenta millones de conejos, a quienes torturamos y asesinamos, y de quienes nos alimentamos todos los días. Pero aun así los moralistas insisten en que matarnos es un crimen, no un deber.
Resultado de imagen de Antiimperialismo patriotas y traidores  No me corresponde a mí decirlo en voz alta, sino a alguien dentro mío, como yo: todo esto es ingenuamente irrisorio, ilógico. Nuestra familia está por encima de la ley; no hay ley que pueda alcanzarnos, limitarnos, proteger al pueblo de nosotros. Por lo tanto, somos unos proscritos. Los proscritos son un blanco adecuado para la bala de cualquiera. ¡Ah, qué haría nuestra familia sin los moralistas! Siempre han sido nuestro sostén, nuestro apoyo, nuestros amigos; hoy son nuestros únicos amigos. Siempre que ha habido oscuras propuestas de asesinato, el moralista ha avanzado y nos ha salvado con su máxima proverbial: “Absteneos: nunca nada políticamente valioso se ha conseguido mediante la violencia”. Probablemente él se lo crea. Probablemente no haya tenido nunca un libro escolar de historia universal, que le haya enseñado que su máxima no está respaldada por las estadísticas. Todos los tronos se han establecido mediante la violencia, ninguna tiranía monárquica ha sido derrocada jamás sino mediante la violencia, fue mediante la violencia que mis antecesores afianzaron nuestro trono. Durante siglos lo han mantenido gracias al asesinato, la traición, el perjurio, la tortura, el destierro y la prisión; y por los mismos medios hoy yo lo sigo conservando. Nunca existió un Romanoff educado y con experiencia que no revirtiese esa máxima, afirmando: “Nada políticamente valioso se ha conseguido jamás sin el uso de la violencia”. El moralista comprende que hoy, por primera vez en nuestra historia, mi trono está realmente en peligro y la nación está despertando de su inmemorial letargo de esclavitud. Pero lo que él no comprende es que tal cosa se debe a cuatro actos de violencia: el asesinato de la Constitución de Finlandia por mi mano; la matanza de Bobrikoff y Plehve por revolucionarios asesinos; y la masacre de inocentes que ordené hace unos días. Pero la sangre que corre por mis venas, sangre instruida, entrenada, educada por sus terribles herencias, sangre vigilante de sus tradiciones, sangre que ha ido a la escuela durante cuatro siglos en las venas de asesinos profesionales, mis predecesores; ¡ella percibe, ella entiende! Esos cuatro actos han provocado una conmoción en las inertes y cenagosas profundidades del corazón nacional que ninguna persuasión moral hubiera logrado; han despertado el odio y la esperanza en ese corazón largamente atrofiado y, poco a poco, lenta pero seguramente, ese sentimiento penetrará en todos los pechos y los poseerá. A su debido tiempo, hasta en el pecho del soldado; día fatal ese, día del juicio final. Poco a poco habrá consecuencias. ¡Qué poco sabe el moralista académico del tremendo poder moral de la masacre y el asesinato! Sin duda que habrá consecuencias. La nación está por parir y pronto habrá un poderoso nacimiento: ¡EL PATRIOTISMO! Para decirlo con palabras rudas, simples y desagradables: el verdadero patriotismo, el patriotismo real; la lealtad, pero no a una familia y a una ficción, sino la lealtad a la nación misma.
 Hay veinticinco millones de familias en Rusia. Hay un niño-hombre en el regazo de cada madre. Si fuesen veinticinco millones de madres patrióticas, deberían repetirles cada día a sus hijos-hombres: “Recuerda esto, guárdalo en tu corazón, vive por ello, muere por ello si fuese necesario: que nuestro patriotismo es medieval, gastado, obsoleto; y que el nuevo patriotismo, el único patriotismo racional, es la lealtad a la nación TODO el tiempo, lealtad al gobierno cuando se lo merezca”. Cuando dentro de una generación haya en esta tierra veinticinco millones de patriotas educados y entrenados, mi sucesor tendrá que pensárselo dos veces antes de hacer asesinar a un millar de pobres e indefensos que sólo piden humildemente bondad y justicia, como yo hice el otro día.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Icaria Editorial, 2006, en traducción de Ángelo Ponziano y Mercè Ubach, pp. 89-92. ISBN: 84-7426-893-1]

domingo, 14 de junio de 2020

La libertad entre la historia y la utopía.- Luce Fabbri (1908-2000)

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Laicismo y libertad de enseñanza (1954)

  «Totalitarismo es omnipotencia política-económica del Estado, acompañada de la formación de una casta burocrática, militar y policíaca (que incluso podría volver a ser, como en algunos antecedentes históricos, sacerdotal), identificada con el partido único o la iglesia única. Esta nueva clase dominante tiende a recoger la herencia del viejo capitalismo en quiebra.
 Aumentar las atribuciones del Estado (aunque sea contra un determinado tipo de totalitarismo) quiere decir preparar el terreno para que, sobre las ruinas de un mundo capitalista hecho de injusticias e ineficiente, se instale esta forma moderna de absolutismo.
 La libertad no es cómoda; es un estado de tensión constante, una conquista continua de territorios interiores y exteriores, un riesgo de todos los minutos. La obediencia ciega es pereza y cobardía de la voluntad, ofuscación de la autoconciencia, que es conciencia de la responsabilidad; la aceptación del dogma es pereza y cobardía del pensamiento. La imposición es también pereza, esa pereza característica de los "hombres de acción" frente a las dificultades del verdadero trabajo creador, que es siempre libre.
 La libertad es, pues, esencialmente lo contrario de la pereza; es iniciativa, es responsabilidad, aceptación de los riesgos, tolerancia, discusión. Para que nuestros hijos se hagan hombres deben ser educados en este clima difícil y esencialmente activo, de la libertad.
 Los avances totalitarios se han tenido justamente en momentos de pereza colectiva, en los cuales la democracia se hace rutina, reduciéndose a mecanismo mayoritario, separándose del fermento liberal y durmiéndose en la "inmutabilidad constitucional", es decir, en momentos en que la colectividad dejaba en manos de sus castas dirigentes -generalmente interesadas en el mantenimiento de sus privilegios económicos y políticos- toda iniciativa. El contraste entre la libertad formal de que se goza en los países democráticos y las injusticias sociales que, al amparo de todo el aparato jurídico, niegan en el terreno práctico esa misma libertad, constituye un permanente peligro totalitario. El combate por la libertad es, pues, inseparable del combate por la justicia y se confunde con él. En realidad la capacidad de resistencia antitotalitaria del cuerpo social se mide por la fuerza de iniciativa de la comunidad en su base, en este combate por la justicia económica, por la libertad individual, por la autonomía de los núcleos funcionales.
 No hay mejor defensa de la libertad que la libertad misma. […]
 Si aplicamos estas consideraciones al campo especial de la enseñanza, veremos que el problema no varía. Tenemos reglamentos que prohíben y sancionan la propaganda política o religiosa en el aula, es decir, prohíben y sancionan determinadas acciones del profesor, para proteger de prematuras presiones ideológicas la personalidad de los alumnos en proceso de formación y eso está bien.
 Ahora hay quien quisiera ir más lejos y propone hacer el proceso a las opiniones de los profesores. Se piden medidas contra los inscritos a un partido totalitario (el comunista) y contra los que no aceptan la expresión oficial de la doctrina democrática. Naturalmente entre los que piden y apoyarían tales medidas están los conservadores y los ex-simpatizantes de Hitler, al lado de los que, durante la guerra, apoyaban calurosamente a los comunistas, cuando pedían medidas similares contra los "antidemócratas" de entonces. Y hoy como ayer en otros países, esas medidas restrictivas acabarían por ser aplicadas exclusivamente contra algunos totalitarios doctrinales y sinceros y todos los que combaten la actual democracia en el sentido de una mayor libertad, es decir a los militares de punta del totalitarismo, a la espera de ser empleadas en un segundo tiempo, contra los actuales demócratas a favor de un totalitarismo cualquiera, como en Praga, en Caracas o en Madrid.
 Pero, dejando de lado lo que tienen de parcial e incompleto por un aspecto y de confusionista por otro, estas medidas propuestas, comentémoslas como si en realidad estuvieran dirigidas exclusivamente contra profesores totalitarios y contra todos ellos. Con el argumento fundamental que se esgrime estamos de acuerdo; todos los aspectos de la conducta del profesor forman realmente parte de su docencia, ya que la docencia no es sólo un trabajo para ganarse la vida sino una forma (humilde y responsable a la vez) de encarar la vida.
Luce Fabbri: LA LIBERTAD ENTRE LA HISTORIA Y LA UTOPÍA (Barcelona ... Pero de este argumento sacamos conclusiones opuestas.
Prohibiéndonos determinadas ideas y actitudes, se les quita valor a todas nuestras ideas y actitudes. He aquí que nuestra lucha antiautoritaria fuera del aula ya no vale nada frente a nuestros alumnos, si el antitotalitarismo se impone por decreto como condición para conservar el mendrugo. Así se vacía la libertad y la democracia pierde el valor fermental que, a pesar de todo, conserva de sus orígenes revolucionarios.
 El laicismo no es negativo; es positivo. No es agnosticismo: es transmisión al educando de ese mimo sentido de la responsabilidad individual, de ese mismo espíritu de iniciativa personal, que ha llevado a cada uno de nosotros a tomar una posición militante.
 Pensar con cabeza propia, elegir a cada instante el camino según conciencia, responder frente a los demás de esta elección: éste es el ideal de la dignidad del hombre que presentamos a nuestros alumnos a la vez que los ayudamos, con toda la objetividad de que seamos capaces, a asesorarse para el ejercicio de esta libertad difícil. Nuestras opiniones personales para cada problema existen, pero forman parte de un vasto panorama que tratamos de presentar con toda la imparcialidad que nos sea posible.
 Es difícil que alumnos que hayan conocido esta atmósfera se encierren voluntariamente en un sistema dogmático. Si lo hacen es porque el dogma ha sido hábilmente disfrazado; pero, una vez que lo hayan reconocido, reaccionan. Si no reaccionan, es que nosotros hemos fallado. No es necesario ser muchos para desempeñar esta función. Tanto es así que todo totalitarismo -en acto o en potencia- se ve obligado a eliminar a los docentes de espíritu libre, por pocos que sean. Para encerrar a la juventud hay que tapiar todas las ventanas.
 A pesar de esto, la existencia de los profesores totalitarios es un peligro que hay que combatir; pero somos nosotros los soldados de este combate y nuestra arma es el laicismo, libre de todo dogmatismo religioso, político, nacional.
 Hay que afrontar el peligro, ya que éste forma parte de la naturaleza misma de la libertad. Las medidas represivas entrañan un peligro mucho mayor en cuanto matan lo que pretenden defender; tienden a crear esa atmósfera de temor, de conformismo, de hipocresía, que es como la aceptación anticipada de la servidumbre. Malo sería que se adoptaran: mucho peor que los profesores las dejaran implantarse sin resistencia, otorgándoseles a los totalitarios la doble ventaja de la persecución previa que ennoblece a los ojos de la juventud las causas más injustas, y de la preparación del terreno espiritual y de las armas legales coactivas para consolidar un eventual triunfo futuro.
 Única posible solución, única solución nuestra: la aceptación de los peligros de la libertad para nosotros y para las nuevas generaciones que nos hacemos a veces la ilusión de formar y que en realidad se forman solas, tomando de nosotros sólo una parte de lo mucho que quisiéramos darle: conocimientos que consideran como instrumentos y -si lo merecemos- el ejemplo; casi nunca las opiniones.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Antonia Fontanillas Borrás y Sonya Torres Planells, 1998. ISBN: 84-605-8337-6]