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jueves, 19 de septiembre de 2019

Tres lindas cubanas.- Gonzalo Celorio (1948)

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11.-La corrección

«Tan pronto Hilda se alojó en la planta baja, la tía empezó a compartir con ella también el cuarto de baño para no sobrecargar el trabajo de la bomba hidráulica, sobre todo en esos días, cuando con mucha frecuencia faltaba el suministro de energía eléctrica y no había repuestos para reparar ninguna maquinaria, por sencilla que fuera, en caso de una descompostura. Se había desarrollado en toda la población, independientemente de las clases sociales de donde se procediera, un particular cuidado de los bienes que se poseían y un ingenio agudísimo para componerlos con los sustitutos más inusitados. Todo cuanto se tenía era objeto de rigurosa administración y a veces hasta de culto. Ana María sólo abría dos veces al día el refrigerador para que no se echara a perder la goma de la puerta, que aún la cerraba herméticamente. Disposiciones como ésta fueron implantando en la vida doméstica renovados rituales que unían a Hilda y Ana María como oficiantes de una ceremonia religiosa cada vez que se ponía a funcionar la bomba del agua, cada vez que se fregaban los platos sin el concurso de ningún detergente, cada vez que se prendía el candil de la sala o el televisor.
 Así, sin darse cuenta, Ana María e Hilda comenzaron a vivir en igualdad de condiciones, como si nunca hubieran tenido diferencias de origen y nunca hubieran desempeñado papeles antagónicos en la vida, una el de ama, la señora dona Ana María Blasco, viuda de Sariñana por partida doble; otra, el de sirvienta, Hilda, cuyos apellidos se extraviaban en el anonimato del olvido o la ignorancia. Se hicieron hermanas sin haberlo programado, sin haberlo decidido nunca, como una consecuencia natural de lo que estaba pasando con ese trajín de la Revolución que todo lo cambiaba y del que nadie podía quedar al margen. Todo el mundo tenía la misma libreta de racionamiento para abastecerse de los mismos alimentos porque podemos no comer más nunca una tajada de mango al sirope, decía tu tía en tono de arenga, pero si comemos una tajada de mango al sirope es porque hasta el último guajiro se está comiendo su correspondiente tajada de mango al sirope; de la misma indumentaria, porque si hay zapatos para unos tiene que haber zapatos para todos; de los mismos implementos de limpieza personal y doméstica, las mismas pastillas de jabón, los mismos rollos de papel higiénico y, si no hay desodorante para todos, que no haya desodorante para nadie aunque toda la isla huela a sudor. Y todo el mundo tenía que hacer las mismas infinitas colas para comprar la leche, para adquirir los zapatos anuales, para abordar la guagua, colas a veces tristes, aburridas y hasta peligrosas porque al cabo del tiempo estuvieron amenazadas por el robo, el engaño o la extorsión; a veces alegres, chismosas, bullangueras; siempre multitudinarias, siempre desesperantes.
 Todo el mundo ahora tenía los mismos derechos y las mismas obligaciones. Bueno, casi los mismos derechos y casi las mismas obligaciones porque, de algún modo sutil pero claramente perceptible, tu tía seguía siendo la señora dona Ana María Blasco viuda de Sariñana y viuda de Sariñana, e Hilda, así, sin apellidos, seguía siendo la sirvienta. Ciertamente Ana María la trataba como a una hermana: Hilda no sólo dormía en la habitación contigua a la que ocupaba ella y usaba el mismo baño, sino que se sentaba a la misma mesa a la hora de la comida y en una de las dos mecedoras del portal a la hora de tomar el fresco y hacer labores de costura. Pero esa condición presuntamente igualitaria tenía un precio: era Hilda quien hacía las enormes colas para adquirir los alimentos, quien trocaba los paquetes de cigarrillos Populares que no consumían en casa por latas de leche condensada, quien ejecutaba en la práctica el ingenio de la tía para resolver las necesidades inminentes de la vida diaria y quien guardaba silencio ante los periódicos exabruptos de su señora, que tras la dulzura de su trato y la ponderación habitual de sus palabras, escondía un temperamento recio, acrisolado en la soledad de sus matrimonios y de sus viudeces. Y no es que tu tía no trabajara, qué va. A pesar de su edad, era tremendamente activa. Desde el alba se entregaba con denuedo a las faenas domésticas para mantener esa casa como la conociste, impoluta y ordenada hasta la intolerancia, y después con el mismo esmero, en puntual correspondencia con la pulcritud de su casa, al arreglo de su persona: se bañaba todos los días a pesar de la escasez de agua y de jabón, amarillaba sus cabellos con infusiones de manzanilla y se hacía un chongo perfecto, que remataba con una peineta color cristal, se administraba en el semblante los polvos de arroz que le llegaban de tarde en tarde desde México y se vestía modesta pero impecablemente. Sin embargo, las tareas que cumplía la tía eran las superficiales, las escenográficas, las lujosas, si es que se puede hablar de lujo en condiciones semejantes, mientras que las de Hilda eran las necesarias, las obligatorias, las pesadas. Algún marxista de la época diría que Hilda aportaba la infraestructura y Ana María la superestructura. Efectivamente, Hilda adquiría los alimentos tras horas de cola bochornosa y Ana María los acomodaba con gracia en la alacena o en el refrigerador, como lo había hecho desde niña; Hilda cocinaba lo poco que había que cocinar y Ana María les daba algún toque culinario de carácter ornamental, para disfrazar su bastedad, a esos frijoles negros solitarios o a esas papas deshidratadas que provenían de la Unión Soviética; Ana María ponía la mesa para almorzar a la una en punto de la tarde, como acostumbraban hacerlo sus dos maridos, al llamado del cucú suizo que todavía funcionaba con precisión de Guillermo Tell en una de las paredes del comedor, e Hilda, al término del almuerzo, recogía la mesa y lavaba cuidadosamente los platos que la tía volvía a colocar en su espaciosa vitrina. El trabajo de limpiar el baño, tender las camas, lavar la ropa le seguía correspondiendo a Hilda, mientras que el de tu tía consistía en pasar el plumero por los objetos de cristal cortado supervivientes de antiguos regímenes, acomodar sus prendas de vestir en los cajones del escaparate y bordar iniciales en pañuelos de mala calidad, para beneplácito y regocijo de la negrita que todas las tardes, al salir de la escuela, pasaba por ahí para que la abuela le enseñara el cada vez más impracticable arte de las agujas y los canutillos.
 Por las tardes, Ana María tomaba la brisa que le llegaba del Malecón, sentada en una de las mecedoras del portal, y alternaba el bordado con la lectura, como en los viejos tiempos, si bien ahora las iniciales que bordaba no eran las suyas, que otrora se habían entreverado con las de sus maridos en esas finísimas sábanas de Holanda, ni sus lecturas los poemas de Julián del Casal o las novelas de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ahora bordaba iniciales anónimas en pañuelos que parecían trapos de cocina y leía el Gramma de pe a pa y alguno que otro libro edificante, como la historia del asalto al Cuartel Moncada o el Manifiesto de Montecristi de José Martí

    [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2006. ISBN: 84-8310-337-0.]

jueves, 14 de enero de 2016

"Sin destino".- Imre Kertész (1929)


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I

 "Era más de mediodía cuando salimos a la calle. Otra vez se me cegaron los ojos, me molestaba la luz tan brillante. Mi padre echó la llave a los dos cerrojos de hierro gris. Tuve la impresión de que se demoraba ex profeso en hacerlo. Le entregó las llaves a mi madrastra, diciéndole que él ya no las necesitaría. Mi madrastra abrió su bolso. Asustado, pensé que otra vez sacaría el pañuelo, pero se limitó a guardar las llaves. Nos dispusimos a caminar con muchas prisas. Pensé que regresaríamos a casa pero primero fuimos de compras. Mi madrastra tenía una larga lista de todo lo que mi padre podría necesitar en el campo de trabajo. La víspera había comprado ya una parte, pero aún faltaban algunas cosas. Yo me sentía un poco incómodo caminando a su lado: los tres llevábamos nuestras estrellas amarillas. Cuando iba solo no me importaba llevarla, e incluso me divertía, pero cuando ellos me acompañaban, me molestaba. No podría explicar por qué. En todas las tiendas que recorrimos había mucha gente, excepto donde compramos la mochila; allí éramos nosotros los únicos clientes. El aire estaba cargado del fuerte olor de las tinturas utilizadas en la preparación de las telas. El tendero -un anciano de tez amarillenta y dientes postizos níveos que levaba una codera en un brazo- y su mujer se mostraron muy amables con nosotros. Amontonaron gran cantidad de mercancías sobre el mostrador. Advertí que el tendero llamaba a su esposa -también anciana- "hija" y que la mandaba a ella en busca de los artículos. Yo ya conocía aquella tienda porque estaba cerca de nuestra casa pero hasta aquel día no había entrado en ella. Era una tienda de artículos de deporte, en la que también vendían otras cosas. Desde hacía un tiempo vendían incluso estrellas amarillas de fabricación propia debido a la escasez de tela amarilla. (Mi madrastra había conseguido las nuestras a su debido tiempo). Las estrellas de la tienda, de tela amarilla, estaban fijadas a una cartulina recortada, con lo que resultaban mucho más bonitas que las caseras, que a menudo tenían las puntas desiguales. Observé que ellos también llevaban las mismas estrellas que vendían, como si desearan animar a los posibles compradores.
 El tendero nos preguntó, disculpándose por el atrevimiento, si los artículos que estábamos comprando eran para un campo de trabajo. Mi madrastra le respondió que sí. El viejo asintió con la cabeza y nos miró con una expresión triste. Levantó sus viejas y manchadas manos y las dejó caer, con un gesto de pena, sobre el mostrador. Entonces mi madrastra le preguntó si tenían mochilas, puesto que necesitábamos una. El anciano tardó en responder, pero por fin dijo: "Para ustedes, seguramente, habrá alguna. Trae del almacén una mochila, hija, para este señor".
 La mujer volvió con una mochila que parecía buena y apropiada. El tendero envió una vez más a su mujer por algunas cosas que -en su opinión- mi padre "podría necesitar allá donde iba a ir". Hablaba con nosotros con mucho tacto y simpatía y trataba de evitar usar la expresión "trabajos obligatorios". Nos enseñó objetos muy útiles, como un recipiente hermético para la comida, un estuche que contenía una navaja y otros utensilios incorporados, un bolso muy práctico para colgar del hombro, cosas que -según decía- compraba la gente que se encontraba en "circunstancias parecidas".
 Mi madrastra decidió adquirir la navaja para mi padre. También a mí me gustaba. Una vez escogido todo lo necesario, el tendero mandó a su esposa a la caja. Moviendo su cuerpo frágil, envuelto en un vestido negro, con bastante dificultad, la mujer se situó ante la caja que estaba sobre el mostrador, delante de un sillón acolchado. Después, el tendero nos acompañó hasta la puerta. Antes de despedirse dijo que esperaba tener la suerte de poder servirnos en otra ocasión y, dirigiéndose a mi padre, añadió: "De la manera que usted, señor, y yo, deseamos".
 Finalmente, nos dirigimos a nuestra casa, situada en un edificio grande de varias plantas, cerca de una plaza donde hay una parada de tranvías. Una vez en casa, mi madrastra se dio cuenta de que no habíamos recogido nuestra ración de pan. Tuve que regresar a la panadería. Esperé fuera hasta que llegó mi turno y luego entré en la tienda. La panadera, una mujer rubia y tetuda, cortaba el pedazo de pan que correspondía a cada ración y luego su marido lo pesaba. No me devolvió el saludo. Era sabido en el barrio que no le caían bien los judíos; por eso también nuestra ración de pan pesaba siempre algo menos de lo que nos correspondía. Según se decía, de esta forma él se quedaba con una parte del pan racionado".