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viernes, 12 de julio de 2019

La tala del bosque.- Carlo Cassola (1917-1987)


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VI

«Después de dos días de inactividad, Guglielmo estaba contento de volver al trabajo. Al amanecer estaba ya en la zona de tala. Se trataba de abatir los últimos pinos de la parte alta. Guglielmo se puso manos a la obra, diligente, imitado por Fiore, el cual, por su parte, no conocía altos y bajos en el trabajo. Los otros, por el contrario, estaban cansados y somnolientos, especialmente Germano. El muchacho no escondía su mal humor. Después del paréntesis en el pueblo, el trabajo en el bosque le resultaba especialmente duro.
 -¿Estabas mejor ayer, eh? Del brazo con la novia -le dijo Amedeo.
 -Y tú en la cama con tu mujer -rebatió ágil el muchacho.
 -Así es la vida -siguió Amedeo-. Tienes que trabajar, desde el momento en que no naciste señor.
 -Pero un trabajo cristiano -respondió el muchacho entre un hachazo y otro-, no esto. Esto está bien para Fiore. O para el jefe -añadió bajando la voz-, que por lo menos al final logra reunir algún billete de mil. No precisamente para nosotros, pobres diablos.
 -Tenías que haber nacido jefe, entonces -dijo Amedeo, irónicamente.
 -A ver si conseguimos acabar esta tarde -intervino Guglielmo.
 Trabajando hasta el crepúsculo bien adentrado, lograron completar la tala de pinos. Por último, abatieron las tres gruesas encinas que constituían la punta extrema de la pendiente. Estaba ya oscuro cuando, recogidas las herramientas, bajaron por el sendero hacia la cabaña, donde Francesco se había encargado ya de preparar la cena.
 Aquella noche no hubo charla. Amedeo propuso, eso sí, que jugaran una partida, pero sin éxito. Ninguno tenía ganas de hablar. A las siete se habían tumbado ya en las camas y la mayoría dormía.
 A la mañana siguiente comenzaron la tala del monte bajo. Éste se presentaba como una cortina continua: Guglielmo asignó a cada uno un tramo de unos treinta pasos de ancho. El trabajo ahora era más complicado, porque había que desbrozar bajo los árboles antes de abatirlos. Lo peor, sin embargo, no era que este trabajo preliminar se llevara la mitad del tiempo, como predijo Fiore. Un talador experimentado con la podadera, de hecho, limpiaba rápidamente el terreno de arbustos. El obstáculo de las zarzas lo encontrarían sólo más abajo.
 Durante la mañana Guglielmo estuvo un poco pendiente de Germano, que no tenía mucha práctica en monte bajo; luego volvió a su zona, que era la última de la derecha, es decir, limitando con una especie de garganta rocosa, la cual se iba ensanchando cada vez más hasta constituir una auténtica pared que bajaba a plomo sobre el Sellate.
 Hacía mucho calor y el cielo estaba completamente despejado. El monte estaba seco. Guglielmo tenía que interrumpir el trabajo de vez en cuando para secarse el sudor.
 "Hace demasiado calor", pensó; y se le ocurrió mirar hacia arriba.
 El cielo, perfectamente limpio, no podía engañar a un hombre experto como él. Detrás de la limpidez, un ojo conocedor, descubre las nubes, como detrás de las nubes la limpidez. Hasta entonces, fueron excepcionalmente afortunados con la estación, pero esto no podía continuar indefinidamente. Si diciembre había sido clemente, enero, con toda probabilidad, sería tempestuoso. Guglielmo presentía cercana la estación de las grandes tormentas invernales, cuando los leñadores se ven obligados a encerrarse inoperantes en la cabaña, y es un milagro si aclara el tiempo necesario para ir a coger agua. Él conocía bien aquellos días largos, monótonos, cuando la lluvia golpea sin tregua sobre el techo alquitranado y en el interior de la cabaña los hombres bostezan y miran el reloj cada cinco minutos; mientras la nostalgia de la casa se hace cada vez más fuerte. En aquellas jornadas, la presencia de Francesco se revelaba de utilidad esencial, dado su imperturbable buen humor y la provisión inagotable de razonamientos, de relatos y de historias del viejo leñador. Podía decirse que Guglielmo le contrató sólo por esto.
 "Si aguantara otra semana", pensó lanzando una ojeada interrogante al tiempo.
 En él no hablaba tanto la aprensión del jefe que tiene que abonar la paga incluso en los días de forzada inactividad y ve así mermadas las ganancias. Él temía aquellas jornadas por sí mismo, porque sabía por experiencia cómo sólo el trabajo servía para alejar los pensamientos que le atormentaban.
 El buen tiempo aguantó todavía una semana, según los ruegos de Guglielmo. En aquella semana, los hombres trabajaron con ahínco, casi presintiendo que pronto se verían obligados a un descanso. El domingo por la tarde Guglielmo y Germano se marcharon justo después de comer para dirigirse al campamento de los de Pistoia a recoger la harina. Bajaron hasta el torrente Sellate y remontaron su curso durante un buen trecho.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Gadir Editorial, 2007, en traducción de Elena Martínez. ISBN-13: 978-84-935382-2-4.]

lunes, 6 de agosto de 2018

Siempre somos demasiado buenos con las mujeres.- Raymond Queneau (1903-1976)


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XL

«Mountcatten encontró a Cartwright estudiando los telegramas.
 -Todo marcha estupendamente –dijo el comodoro-. Tengo la impresión de que la revuelta está sofocada. Se han recobrado todos los puntos ocupados por los rebeldes. Todos o casi todos. Aquí lo estoy comprobando. Me parece que son todos. Los Four Courts, la estación de Amien Street, la central de correos, la estación de Westland Row, el hotel Gresham, el colegio de cirujanos, la cervecería Guinness, la estación de Harcourt Street, el Shelbourn Hotel, todo eso está reconquistado. ¿Qué más queda? ¿La Casa del Marino? Tomada, según el telegrama 303-B-71. ¿Los baños de Townsend Street? (¡Vaya ocurrencia!) Tomados, según el telegrama 727-G-43. Etcétera, etcétera. El general Maxwell ha hecho un buen trabajo y ha despejado la situación con energía, rapidez, decisión y apenas un poco de esa lentitud que caracteriza a nuestro ejército.
 -¿Conque no tendremos que disparar contra los irlandeses? Más vale así. Sería malgastar obuses que están deseando calentar a los hunos.
 -Conozco su opinión al respecto.
 Entró el radiotelegrafista trayendo otro telegrama.
 -Un momento, que acabo de comprobar eso.
 Acabó.
 -Sólo falta la estafeta de Eden Quay –dijo Cartwright.
 Cogió el telegrama y lo leyó: “Y ésa es la orden de acoderar frente a O’Connell Street.”
 -Con que vamos a malgastar obuses –dijo Mountcatten.
 De repente al comodoro Cartwright se le ensombreció un poco el semblante.
[…]

 XLII
Se alejaron los plenipotenciarios británicos y desaparecieron tras los montones de madera noruega. Los rebeldes volvieron a parapetarse. Serían sobre las doce.
 -¿No os parece que podríamos comer algo? –dijo Gallager.
 Dillon y Callinan fueron por una caja de conservas y galletas. Se acomodaron y empezaron a masticar en silencio, como quien se está convirtiendo en héroe y ya sólo tolera a la vulgaridad de la vida sus necesidades más triviales, tales como beber y comer, orinar y defecar, rehusándole los juegos ambiguos del lenguaje. Si Mac Cormack se hubiese puesto a hablar, hubiera dicho:”¿Por qué coño me miráis así? ¡Si es que no podéis saber, no podéis haceros cargo de lo que ha sucedido!” O’Rourke hubiera dicho: “¿Qué habrá sido de ella, Virgen Santa? Será una bobada, pero me estaba enamorando.” Gallager: “El corned beef sabe peor unas horas antes que ocho días antes de morir. Hay que apuntalar bien el estómago para espicharla.” Kelleher: “Pues habrá sido la primera mujer que me ha interesado. Se ha ido. Más vale así. Nos costará menos ser unos héroes auténticos.” Y Callinan: “Son buenos compañeros. Hacen como si no supieran lo que me ha pasado.” Pero habló Dillon. Y dijo:
 -Nos van a achicharrar como ratas.
 -Como héroes –replicó Kelleher-. Pero aunque sea como ratas, los estamos fastidiando de mala manera.
 -Los verdaderos héroes salen del compañerismo –dijo Callinan.
 -Y del buen corned beef –añadió Gallager, dándose palmadas en el muslo.
 -No entiendo por dónde se ha podido escapar –murmuró O’Rourke.
 -Es un misterio –concluyó gravemente Mac Cormack.
 Circuló una botella de güisqui.
 -¿Y a Caffrey lo dejamos que se fastidie? –dijo Gallager.
 -Llévale comida y bebida –ordenó Mac Cormack solemnemente.
 -Dile más bien que baje –intervino O’Rourke-. Mientras esperamos el combate final, tal vez pueda explicarnos cómo ha dejado escapar a la inglesa.
 -¿Qué carajo estará haciendo allá arriba? –dijo Callinan sin insistir.
 Dillon empezó a contar la historia por sexta vez.
 -Estaba vigilando frente a la ventana, a la derecha del despacho. No se ha vuelto. Ha dicho: “¿La inglesa? Pues no sé nada.” He buscado por los otros cuartos. Y no he visto a nadie.
 -¿Nada más? –preguntó Kelleher.
 -A lo mejor se ha vuelto a meter en el váter –sugirió Gallager.
 -¿Cómo no se nos ha ocurrido? –exclamó Mac Cormack.
[…]

XLIII
 Cuando pasó el Furious por delante de la estación de mercancías de las Southern and Western Railways, dijo Mountcatten a su segundo de a bordo:
 -Bonita ciudad, Dublín: docks, una fábrica de gas, trenes de mercancías y el agua contaminada de un río pequeño.
 -Todo lo que no tendremos que destruir.
 -Me imagino que la oficina de correos de  Eden Quay no es una obra maestra de la arquitectura.
 -Lo curioso es que la prometida de Cartwright haya trabajado justamente allí.
 -Eso parece apenarlo.
 -Probablemente atribuirá un valor sentimental al edificio.
 -No le mandan bombardear a su amada.
 -No, pero lo haría, por el Rey.»

[Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Editorial Seix Barral, en traducción de José Escué. ISBN: 84-322-2761-7.]