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sábado, 11 de enero de 2020

1984.- George Orwell (1903-1950)

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Segunda parte
IX

«La esencia del gobierno oligárquico no es la herencia de padres a hijos, sino la persistencia de cierta visión del mundo y cierto modo de vida, impuestos a los vivos por los muertos. Un grupo dirigente lo es sólo en tanto es capaz de nombrar a sus sucesores. Al Partido no le preocupa perpetuar su sangre, sino perpetuarse a sí mismo. Quien ejerza el poder carece de importancia con tal de que la estructura jerárquica continúe siendo siempre la misma.
  Todas las creencias, las costumbres, los gustos, las emociones y las actitudes mentales que caracterizan nuestro tiempo están diseñados en realidad para preservar la mística del Partido e impedir que pueda percibirse la verdadera naturaleza de la sociedad actual. La rebelión física, o cualquier movimiento preliminar que pudiera favorecerla, son imposibles en la actualidad. Los proletarios no constituyen ninguna amenaza. Si se les deja en paz, seguirán trabajando, reproduciéndose y muriendo generación tras generación  y siglo tras siglo, no sólo sin sentir el impulso de rebelarse, sino sin llegar a entender que el mundo podría llegar a ser diferente. Sólo podrían llegar a ser peligrosos si el avance de la técnica industrial hiciese necesario proporcionarles una educación mejor; pero puesto que la rivalidad comercial y militar ha dejado de tener importancia, el nivel de la educación popular está decayendo. Lo que opinen o dejen de opinar las masas se considera falto de importancia. Se les puede conceder la libertad intelectual porque carecen de intelecto. En cambio, entre los miembros del Partido no puede tolerarse ni la más mínima desviación de opinión sobre la cuestión más irrelevante.
  Los miembros del Partido viven, desde que nacen hasta que mueren, bajo la vigilancia de la Policía del Pensamiento. Ni siquiera cuando están solos pueden estar seguros de estarlo de verdad. Dondequiera que se encuentren, dormidos o despiertos, trabajando o descansando, en el baño o en la cama, pueden ser inspeccionados, sin previo aviso y sin saber que los están inspeccionando. Nada de lo que hacen es indiferente. Sus amistades, sus aficiones, su comportamiento con la mujer y los hijos, las expresiones de su cara cuando están a solas, las palabras que murmuran en sueños, incluso los movimientos característicos de su cuerpo son celosamente analizados. No sólo cualquier falta, sino cualquier excentricidad, por pequeña que sea, cualquier cambio de costumbres, cualquier tic nervioso que pudiera ser síntoma de una lucha interior, es detectado inevitablemente. Carecen, en todos los sentidos, de libertad de elección. Por otro lado, sus actos no están regulados por la ley ni por ningún otro código de comportamiento formulado con claridad. En Oceanía no hay leyes. Los pensamientos y los actos que, en caso de ser detectados, implican la muerte segura no están prohibidos formalmente y las incontables purgas, detenciones, torturas, encarcelamientos y vaporizaciones no se infligen como castigo por delitos cometidos en realidad, sino que son la forma de eliminar a personas que en el futuro tal vez pudieran llegar a cometer un crimen.  A los miembros del Partido se les exige no sólo que tengan las opiniones correctas sino los instintos correctos. Muchas de las creencias y las actitudes que se les exigen no se expresan con claridad, y no podrían expresarse sin poner en evidencia las contradicciones inherentes al Socing. Si se trata de alguien ortodoxo por naturaleza (en nuevalengua, un “bienpiensa”), sabrá en cualquier circunstancia, sin pararse a reflexionar, cuál es la creencia verdadera o la emoción deseable. Pero, en cualquier caso, el elaborado entretenimiento mental, llevado a cabo desde la infancia y concentrado en torno a las palabras en nuevalengua “antecrimen”, “blanconegro” y “doblepiensa”, le vuelven incapaz de pensar con demasiada profundidad en nada.
  Se espera que los miembros del Partido no tengan emociones privadas y que su entusiasmo no decaiga. Se supone que viven en un continuo frenesí de odio a los enemigos y los traidores internos, de triunfalismo ante las victorias y de humillación ante el poder y la sabiduría del Partido. El descontento producido por esa vida vacía e insatisfactoria se elimina y disipa mediante recursos como los Dos Minutos de Odio y las especulaciones que podrían inducir una actitud rebelde o escéptica se eliminan por anticipado gracias a una disciplina interior adquirida desde la infancia. El paso primero y más sencillo de dicha disciplina, que puede enseñárseles incluso a los niños pequeños, se denomina en nueva lengua “antecrimen”, y se refiere a la facultad de detenerse, como por instinto,  en el umbral de cualquier pensamiento peligroso. Incluye la capacidad de no captar las analogías, de no reparar en los errores lógicos, de no entender los argumentos más sencillos si van en contra del Socing, y de sentir repulsión y tedio ante cualquier concatenación de pensamientos que conduzca a una herejía. El antecrimen es, en suma, una estupidez defensiva. Pero la estupidez no es suficiente. Al contrario, la ortodoxia en sentido amplio exige un control de los propios procesos mentales tan completo como el de un contorsionista sobre su cuerpo. La sociedad de Oceanía se basa en la creencia de que el Hermano Mayor es omnipotente y el Partido infalible. Pero, como en realidad no lo son, se hace necesaria una flexibilidad constante e implacable a la hora de tratar los hechos. La palabra clave es “negroblanco”. Como tantas otras palabras en nuevalengua, tiene dos sentidos contradictorios. Aplicado a un oponente, se refiere a la costumbre de llamar descaradamente blanco a lo negro, en contradicción con los hechos evidentes. Aplicado a un miembro del Partido, alude a su leal disposición a afirmar que lo negro es blanco cuando la disciplina del Partido así lo exige. Pero también significa la capacidad de creer que lo negro es blanco y, más aún, de saber que lo negro es blanco, y de olvidar que alguna vez uno creyó lo contrario. Lo cual exige una constante alteración del pasado, posible gracias a un sistema de pensamiento que engloba a todo lo demás, y que se conoce en nuevalengua como “doblepiensa”.
  La alteración del pasado es necesaria por dos motivos, uno de ellos es subsidiario y, por así decirlo, preventivo. Consiste en que los miembros del Partido, al igual que los proletarios, toleran las condiciones presentes sólo porque carecen de un patrón de comparación. Es necesario aislarlos del pasado, igual que de los países extranjeros, porque es preciso que crean que viven mejor que sus antepasados y que el nivel de vida está aumentando constantemente. Pero, con diferencia, la razón más importante de ese reajuste del pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No sólo hay que poner constantemente al día los discursos, las estadísticas y los registros de todo tipo para demostrar que las predicciones del Partido siempre han sido correctas, sino que no puede admitirse el menor cambio en la doctrina o los alineamientos políticos, pues cambiar de opinión, o incluso de política, implica una confesión de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia o Esteasia (cualquiera de las dos)  es hoy el enemigo, deberá haberlo sido siempre. Y si los hechos dicen lo contrario, entonces es necesario alterarlos. De ese modo, la historia se reescribe continuamente. Esta falsificación diaria del pasado, llevada a cabo por el Ministerio de la Verdad, es tan necesaria para la estabilidad del régimen como la labor de espionaje y represión que realiza el Ministerio del Amor.
  La mutabilidad del pasado es el principio central del Socing. Los acontecimientos pasados, se argumenta, carecen de existencia objetiva y sólo perduran en los registros escritos y el recuerdo de las personas. El pasado es lo que dicen los archivos y la memoria de la gente. Y, puesto que el Partido controla todos los archivos, y lo que piensa cada uno de sus miembros, se deduce que el pasado es cualquier cosa que quiera el Partido. También se deduce que, aunque el pasado es alterable, nunca se ha alterado en un caso concreto. Pues, cuando se recrea del modo en que se considere necesario en un momento dado, la nueva versión se convierte en el pasado, y ningún otro puede haber existido jamás. Y eso es así incluso cuando, como ocurre a menudo, se hace necesario alterar el mismo suceso hasta volverlo irreconocible varias veces a lo largo del  año. En todo momento, el Partido está en posesión de la verdad absoluta y está claro que el absoluto jamás ha podido ser diferente del que es hoy. Ya se entenderá que el control del pasado depende, por encima de todo, del entrenamiento de la memoria. Asegurarse de que los registros escritos coinciden con la ortodoxia del momento es un acto puramente mecánico. Pero también es necesario recordar que los sucesos ocurrieron de la forma deseada. Y, si hace falta reorganizar los recuerdos o manipular los archivos, también hay que olvidar que se ha hecho tal cosa, lo cual puede aprenderse como cualquier otra técnica mental. La mayor parte de los miembros del Partido lo aprenden, sobre todo los más inteligentes y ortodoxos. En viejalengua se llama, con bastante franqueza, “control de la realidad”. En nuevalengua se denomina “doblepiensa”, aunque el doblepiensa comprende también otras muchas cosas.
  El doblepiensa se refiere a la capacidad de sostener dos creencias contradictorias de manera simultánea y aceptar ambas a la vez. El intelectual del Partido sabe en qué dirección debe alterar sus recuerdos, por tanto sabe que está modificando la realidad; pero, mediante el ejercicio del doblepiensa, también se convence de que no está violando la realidad.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Penguim Random House, 2018, en traducción de Miguel Temprano García. ISBN: 978-84-9989-094-4.]

        

martes, 24 de diciembre de 2019

Vieja y nueva democracia.- Moses I. Finley (1912-1986)

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IV.-Los demagogos atenienses

«La distinción para ellos crucial es la que se establece entre el hombre que se entrega a la gestión pública con el único fin de servir bien al Estado, y quien, guiado por su interés egoísta, hace de éste su meta y, para cumplir sus dictados, se sirve de la adulación ante el pueblo. El primero puede cometer errores y adoptar una línea política errada en una determinada situación; el segundo podrá en ocasiones formular propuestas acertadas, como cuando Alcibíades disuadió a los marinos de la flota surta en Samos de que abandonaran aquella posición naval, regresando apresuradamente a Atenas en el 411 a.C. para derrocar a los oligarcas que allí se habían alzado con el poder: a esta acción Tucídides le brinda su aprobación expresa. Mas estos no son distingos fundamentales. Tampoco lo son los restantes rasgos que se les atribuye a los demagogos: la costumbre de Cleón de gritar cuando se dirigía a la Asamblea, la falta de integridad personal en asuntos económicos y demás. Tales puntos únicamente realzan la imagen. De Aristófanes a Aristóteles, el ataque a los demagogos siempre se centra en una cuestión central: ¿en interés de quién ejercen su misión como estadistas?
 Tras esta formulación del interrogante se ocultan tres proposiciones. La primera es que los hombres no son iguales: ni en su valía moral, ni en sus capacidades ni en su status social y económico. La segunda es que todas las comunidades tienden a dividirse en facciones; de éstas las más fundamentales son, por un lado, la de los ricos y gentes de alcurnia, por otro, la de los pobres -y cada una de ellas tendrá sus potencialidades, cualidades e intereses propios. La tercera proposición es que el Estado bien ordenado y bien gobernado es aquel que supera a las facciones y sirve como instrumento de la vida recta de sus ciudadanos.
 La facción constituye el más acerbo mal y el más acostumbrado peligro de una comunidad. Mas la voz "facción" es tan sólo una convencional traducción inglesa [faction] del término griego stasis, una de las más notables palabras que podamos hallar en cualquier lengua. Su radical es la de "situación", "posición", "colocación", "estado". Su abanico de significados políticos puede ilustrarse de la mejor de las maneras mediante una mera tabulación de las definiciones que encontramos en el diccionario: "partido", "partido formado con fines sediciosos", "facción", "sedición", "discordia", "división", "desacuerdo" y, en fin, un significado bien atestiguado que incomprensiblemente no figura en nuestro léxico, a saber, "guerra civil" o "revolución". Al contrario de lo que acontece con la voz "demagogo", stasis es palabra muy usada en la literatura y sus connotaciones son, por lo regular, peyorativas. También es de extrañar que éste sea el más arrinconado concepto en los modernos estudios de historia helena. En mi opinión, no se ha observado lo bastante frecuentemente o, de hacerlo, no con la debida pregnancia, que por necesidad debe de significar algo el hecho de que una palabra que posee el sentido originario de "situación" o "posición" y que, en abstracta lógica, podría haber comportado un sentido asimismo neutro al utilizarse en un contexto político, no lo hiciera en la práctica, sino que, antes bien, se revistiera de los más negativos matices. Una posición política, una posición partidista -tal es la inescapable implicación- constituye de por sí algo funesto, algo que conduce a la sedición, a la guerra civil, y a la subversión de la fábrica social. Y esta misma tendencia la hallamos reproducida en todo el lenguaje. Después de todo, no existe ninguna norma eterna de acuerdo con la cual "demagogo", o sea "quien conduce al pueblo", tenga por necesidad que significar "quien mal-conduce o descarría al pueblo". O por qué hetairia, vieja palabra griega que, entre otros significados, tenía el de "grupo" o "sociedad" de amigos, pasara en la Atenas del siglo V a significar simultáneamente "conspiración", "organización sediciosa". Sea cual fuere la explicación, lo seguro es que ésta no mora en la filología sino en la misma sociedad helena.
 Nadie que haya leído a los autores políticos griegos habrá dejado de advertir la unanimidad de enfoque que a este respecto evidencian. Fueran cuales fueran los desacuerdos existentes entre ellos, todos insisten de consuno en que el Estado debe alzarse por encima de los intereses de clase o de facción. Sus metas y objetivos son morales, intemporales y universales, y sólo pueden lograrse -o, por mejor decir, sólo es posible aproximarse o acercarse a ellos- por medio de la formación del ciudadano, de la conducta moral (sobre todo por parte de los que detentan la autoridad), de la legislación adecuada y de la elección de los gobernantes legítimos. De cierto que no se niega, en cuanto hecho empírico, la existencia de clases e intereses. Lo que sí se niega es que la elección de las metas políticas pueda estar legítimamente vinculada a tales clases y tales intereses, o que el bien del Estado pueda conseguirse de otra forma que no sea mediante la marginación, cuando no la supresión, de los intereses privados.
 Fue Platón, ciertamente, quien llevó esta línea de argumentaciones a sus soluciones más radicales. Ya en el Gorgias había argüido que ni siquiera las grandes figuras políticas atenienses del pretérito -Milcíades, Temístocles, Cimón y Pericles- eran auténticos estadistas. Lo único que habían hecho era ser más complacientes que sus sucesores a la hora de gratificar los deseos del demos con barcos, murallas y astilleros. Fracasaron a la hora de hacer de los ciudadanos hombres moralmente mejores, y llamarlos "estadistas" significa, por ende, confundir al pastelero con el médico. Más tarde, en la República, Platón expuso su propuesta de concentrar todo el poder en las manos de una pequeña y selecta clase, apropiadamente instruida. Ésta habría de verse libre, en virtud de las más radicales medidas, de todo tipo de interés específico con la abolición, por lo que a ellos respectaba, tanto de la propiedad privada como del orden familiar. Tan sólo en tales condiciones, podrían éstos comportarse  como perfectos agentes morales, rectores del Estado hacia los fines a éste propios sin que ningún interés egoísta empañara su empresa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 1980, en traducción de Antonio Pérez-Ramos. ISBN: 84-344-0804-X.]

lunes, 9 de septiembre de 2019

El chino.- Henning Mankell (1948-2015)

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Cuarta parte: Los colonizadores (2006)
Corteza de piel de elefante
28

«Yan Ba bebió agua del vaso que tenía junto al micrófono, antes de proseguir. Se acercaba al punto en el que sabía que se suscitaría una dura discusión no sólo entre sus oyentes de aquella mañana, sino también en el seno del Partido Comunista y en el Politburó.
 "Hemos de saber lo que hacemos", declaró Yan Ba, "pero también lo que no hacemos. Lo que ahora proponemos tanto a vosotros como a los africanos, no es una segunda oleada de colonizaciones. No llegaremos como conquistadores, sino como los amigos que somos. No es nuestra intención repetir las humillaciones del colonialismo. Sabemos lo que significa la opresión, puesto que muchos de nuestros antepasados vivieron en circunstancias próximas a la esclavitud en Estados Unidos durante el siglo XIX. Nosotros también sufrimos la barbarie del colonialismo occidental. El hecho de que existan similitudes aparentes no significa que vayamos a exponer al pueblo africano a una segunda invasión colonialista. Lo único que perseguimos es resolver un problema al tiempo que prestamos nuestro apoyo a esas gentes. En las desiertas llanuras, en los fértiles valles que rodean los grandes ríos africanos, trabajaremos la tierra trasladando allí a millones de nuestros campesinos pobres que, sin dudarlo, empezarán a cultivar la tierra que está en barbecho. Con ello no arrojamos de aquí a nadie, tan sólo llenamos un vacío y todos se beneficiarán de ello. Hay países en África, sobre todo en el sur y en el sudeste, que podrían repoblarse con los pobres de nuestro país. De este modo cultivaríamos la tierra africana al tiempo que eliminaríamos la amenaza que se cierne sobre nosotros. Sabemos que habremos de enfrentarnos a la oposición, y no sólo del resto del mundo, que creerá que China ha pasado de apoyar la lucha contra el colonialismo a convertirse en país colonizador. Además hallaremos resistencia en el seno del Partido Comunista. El objetivo de mi discurso es esclarecer en qué consistirá esa resistencia. Serán muchas las voluntades que habrá que quebrantar en las esferas de poder de nuestro país. Los que hoy estáis aquí poseéis la sensatez y la perspicacia suficiente para comprender que gran parte de la amenaza contra nuestra estabilidad puede eliminarse como acabo de explicar. Las nuevas ideas siempre encuentran detractores. Mao y Deng lo supieron mejor que nadie. En ese sentido, ambos eran iguales, jamás tuvieron miedo de lo nuevo, siempre buscaron salidas que, en nombre de la solidaridad, ofreciesen a los pobres de la tierra una vida mejor."
 Yan Ba prosiguió una hora y cuarenta y cinco minutos más explicando en qué consistiría la política china en un futuro próximo. Cuando terminó, estaba tan cansado que le temblaban las piernas, pero recibió un aplauso atronador. Una vez que el silencio volvió a reinar en la sala, y cuando las luces ya estaban encendidas, miró de nuevo el reloj. La ovación duró diecinueve minutos. Había cumplido su misión.
 Dejó el podio por la misma vía por la que había accedido a él y se apresuró a subir al coche que lo aguardaba junto a una de las puertas de salida. Durante el trayecto de vuelta a la universidad intentó imaginarse la discusión que habrían desencadenado sus palabras. ¿O tal vez se marcharían ahora los asistentes, cada uno por su lado, sin comentar nada? ¿Volverían quizás a sus asuntos para reflexionar sobre los grandes acontecimientos que marcarían la política china el año venidero?
 Yan Ba lo ignoraba y sintió cierta nostalgia del escenario que ahora abandonaba. Ya había terminado su tarea. Nadie, en el futuro, mencionaría su nombre cuando los historiadores estudiasen los decisivos sucesos que se producirían en China en el año 2006. La leyenda hablaría quizá de una reunión celebrada en el Emperador Amarillo, pero nadie sabría con exactitud qué pasó. Los participantes de dicha reunión tenían órdenes estrictas de no anotar una sola palabra.
 Cuando Yan Ba llegó a su despacho, cerró la puerta e introdujo el discurso en la destructora de papel que le habían instalado cuando le encomendaron aquella misión secreta. Una vez destruidos los folios, recogió las tiras y las llevó a la sala de calderas del sótano de la universidad. Un conserje le abrió uno de los hornos. Arrojó los restos del discurso y se quedó a ver cómo se reducían a cenizas.
 Eso era todo. El resto del día lo dedicó a trabajar en un artículo sobre lo que supondrían para el futuro las investigaciones sobre el ADN. Salió del despacho poco después de las seis y se marchó a casa. Se estremeció al acercarse a su nuevo coche japonés, que era parte del pago por el discurso pronunciado.
 Aún quedaba mucho invierno. Añoraba la llegada de la primavera.
 Aquella misma noche, Ya Ru miraba por los ventanales de su enorme despacho situado en la última planta del edificio del que era propietario. Meditaba en el discurso que aquella mañana había escuchado sobre el futuro de China. Sin embargo, no pensaba en su contenido. De hecho, él sabía desde hacía tiempo cuáles eran las estrategias que en el seno del Partido cobraban forma como respuesta a los grandes retos por venir. En cambio, sí lo sorprendió el hecho de que su hermana Hong hubiese sido invitada a escuchar dicho discurso. Por más que ocupase un alto cargo como consejera de quienes formaban el núcleo del Partido Comunista, no esperaba encontrarla allí.
 No le gustó. Estaba convencido de que Hong pertenecía a los viejos comunistas, los que protestarían ante lo que, sin duda, verían como una vergonzosa nueva colonización de África. Puesto que él era uno de los más ardientes defensores de la política que estaba fraguándose, no quería verse enfrentado  a su hermana sin necesidad. Aquello generaría nerviosismo y le afectaría en la posición de poder que él ocupaba. Si algo desagradaba a la dirección del Partido y a quienes gobernaban el país era precisamente que se suscitasen conflictos entre altos cargos en puestos de influencia que, además, estuviesen emparentados. Nadie había olvidado la gran oposición que reinó entre Mao y su esposa Jiang Qing.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2008, en traducción de Carmen Montes. ISBN: 978-84-8383-095-6.]

martes, 11 de junio de 2019

Los años del verdugo.- Mauro Eiroa (1962)


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La célula

«De todas las asignaturas de cuarto, la que más me gustaba, con diferencia, eran las Ciencias Naturales. Y no porque Maite, la profesora, pintase con tizas de colores en la pizarra figuras fascinantes de animales destripados, esqueletos de murciélago o flores vistas en sección, que luego debíamos copiar con esmero en cuadernos cuadriculados. Me encantaban los misteriosos nombres de cada una de las partes -exoesqueletos, élitros, buche-, enlazados con flechas de trazo recto al punto correspondiente del dibujo. Pero no era eso; ni siquiera que se me diera bien aquello, y Maite siempre buscara una esquina de la hoja para plantar con su caligrafía de mayor un MB con rotulador rojo que me llenaba de orgullo. Ni porque nos llevaran de excursión, como aquella de primavera, al pinar en busca de "ejemplares" para el herbario y bichos que nos dejaba conservar en tarros de cristal. Tampoco porque fuera en Naturales donde el Lindo Galindo iniciase la moda de vaciar las tizas con un plumín para fabricar ataúdes para las moscas que cazábamos al alzar el vuelo. En realidad, lo que me gustaba de la clase de Naturales eran las camisas de Maite, la profesora, y su aroma espeso a perfume cuando se inclinaba sobre mi cuaderno cuadriculado para calificar -siempre un MB- el croquis del ornitorrinco o la taxonomía de los vertebrados. Olía mucho mejor que la Abuela cuando venía de visita, y que la Madre, que rara vez se perfumaba. Olía tan bien que mareaba, y aún hoy me pregunto cómo no se daría cuenta de la cara de bobos que se nos ponía, y de los ojos que trepaban nerviosos por la hilera de botones de la blusa buscando -y ahí estaba- la rendija que dejaba asomarse siquiera fugazmente al abultamiento del sostén satinado.
 Me gustaban una barbaridad las Ciencias Naturales y procuraba no perder ripio de lo que decía Maite porque sabía que al final acabaría inclinándose sobre mi cuaderno para regalarme una vaharada de olor a mujer y un paseo robado por su escote. Antes de eso, como una promesa, sus andares de gata en tacones al desplazarse entre las filas de pupitres, los dóciles vaivenes de sus curvas mientras pintaba de colores la pizarra y la sonrisa de blanco intenso enmarcada con brillos de carmín. Su voz dulce:
 -La célula es la unidad más pequeña dotada de vida propia.
 No recuerdo si aquel contundente enunciado acompañaba al croquis de un paramecio con sus cilios desplegados o a una ameba informe con su núcleo, membrana, plasma y mitocondrias. La unidad básica de la vida: la célula.
 Célula era una palabra que ya había oído pronunciar en casa, pero no me parecía la misma cosa. De lo que hablaban a veces los Padres cuando pensaban que no escuchábamos, enfrascados como estábamos en el Monopoly, era de algo que estaba formado por personas que "se integraban" en ellas: las células "se constituían", "captaban" y "caían". Pero los niños nunca dejábamos de escuchar, ni siquiera cuando la ficha azul caía en la Gran Vía y tocaba pagar mil pesetas de multa y vender unas casitas de la calle Amaniel para reunirlas. Como lo tenía fresco, alcé la cabeza, orgulloso, y repetí solemne:
 -La célula es la unidad más pequeña dotada de vida propia.
 De primeras, los Padres enmudecieron, atónitos. Luego, el Padre se rio y tía Mari me revolvió el pelo con la mano, y se largaron a la cocina a seguir hablando. Cuánto les gustaba hablar a los mayores. Yo, en cambio, podía pasarme horas en silencio. Jonás debía de ser como un mayor, aunque era mi hermano pequeño.
 Había más palabras que en casa parecían significar algo distinto. Los mayores las decían casi siempre bajando la voz. Tal vez pensaban que así no les prestaríamos atención. Una caída, por ejemplo; no entendía entonces bien de qué se trataba, pero no cabía duda de que era algo serio, no algo de lo que pudiera uno reírse como el batacazo que se pegó Joserra con la bici cuando se le plantó uno de la panda de Efrén en mitad de la cuesta y anduvo todo un mes con el brazo escayolado, cubierto de firmas y hasta un caballo con alas que le dibujó el Orejas Muñoz. Las caídas de las que hablaban los mayores eran algo más serio, dramático, a juzgar por el semblante con el que la Madre contaba que fulanito o menganita, o los de Standard, habían caído. Un salto, en cambio, era reunirse en la calle a dar gritos y tirar octavillas, y debía de ser de lo más emocionante porque la Madre volvía siempre sofocada, pero feliz, y se abrazaba muy fuerte al Padre o a la tía Mari cuando les veía entrar por la puerta. Pero lo más distinto de todo era el Partido. No era de copa de Europa, ni de baloncesto. El Partido sonaba en casa con mayúsculas y era algo dotado de líneas, de cuadros, de estructura y de cúpula. Algo muy geométrico, en suma, pero que no tenía nada que ver con lo que estudiábamos en clase de mates. El Partido tenía, como las personas, voluntad, capacidades y fuerza; también, aunque rara vez, cometía errores. El Partido era algo importante incluso en nuestras vidas. Incluso en la de Jonás y la mía, aunque no nos dejaran jugar en él, ni aun sentarnos en el banquillo. Aunque no supiéramos siquiera a ciencia cierta  cuánto nos afectaba.
 La tía Mari ingresó en el Partido el día que Jonás cumplió ocho años. Según supe más tarde, la había captado la Madre, después de discutir mucho con Amalio -también llamado "el Responsable"-  si estaba preparada, si tenía la fibra y el aguante y no sé cuántas cosas más que había que tener. Lo que sí recuerdo es a la tía Mari viniendo por casa todas las tardes una temporada, trayendo libros que devolvía a la Madre subrayados a conciencia y llevándose otros nuevos, discutiendo cosas que ni siquiera yo, que era dos años mayor que Jonás, entendía bien. El día del cumple, sin embargo, a Amalio aún le quedó tiempo para organizar un guiñol para los niños que habíamos invitado.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2009. ISBN: 978-84-96822-70-2.]
 

viernes, 11 de enero de 2019

La caza del Octubre Rojo.- Tom Clancy (1947-2013)


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El primer día. Viernes, 3 de diciembre
El Octubre Rojo

«-Bueno, mi comandante, ¡otra vez salimos al mar para servir y proteger la Rodina! -El capitán de fragata Iván Yurievich Putin asomó la cabeza a través de la escotilla, sin permiso, como era su costumbre y trepó la escalerilla con la torpeza propia de un hombre de tierra. La diminuta estación de control estaba ya llena de gente con el comandante, el navegante y un silencioso hombre de guardia. Putin era el zampolit* del buque. Todo lo que él hacía era para servir a la Rodina **, palabra que tenía míticas connotaciones para un ruso y que, junto con V. I. Lenin, era, en el partido comunista, el sustituto de una verdadera divinidad.  
 -Así es, Iván -respondió Ramius con mejor ánimo del que realmente sentía-. Dos semanas en el mar. Es bueno salir del puerto. El marino pertenece al mar y no es bueno estar allí atado, rebasado por burócratas y obreros de botas sucias. Y tendremos un poco más de calor.
 -¿Esto le parece frío? -preguntó Putin, incrédulo.
 Por centésima vez Ramius se dijo que Putin era el perfecto oficial político. Su voz sonaba siempre demasiado fuerte, su humor era demasiado afectado. Jamás permitía a nadie olvidar quién era él. El perfecto oficial político, Putin, era un hombre temible.
 -He estado demasiado tiempo en submarinos, amigo mío. Me he acostumbrado a las temporaturas moderadas y a un piso estable debajo de mis pies. -Putin no captó el velado insulto. Lo habían destinado a submarinos después de una interrupción rápida de su primera incursión en destructores debido a los crónicos mareos; y tal vez porque no le molestaba el estrecho confinamiento a bordo de los submarinos, algo que muchos hombres no pueden soportar.
 -¡Ah, Marko Aleksandrovich, en Gorki, en un día como éste, las flores se abren!
 -¿Y qué clase de flores pueden ser ésas, camarada oficial político?
 Ramius exploraba el fiordo a través de sus binoculares. Era el mediodía y el sol apenas se levantaba sobre el horizonte en el sudeste, arrojando luces anaranjadas y sombras púrpuras sobre las paredes rocosas.
 -¡Pero... flores de nieve, por supuesto! -dijo Putin riendo ruidosamente-. En un día como éste, las caras de los niños y de las mujeres tienen un brillo rosado, el aliento se estira detrás de uno como una nube, y la vodka tiene un sabor especialmente agradable. ¡Ah, estar en Gorki en un día como éste!
 "Este bastardo debería trabajar para Intourist", se dijo Ramius, lástima que Gorki es una ciudad cerrada a los extranjeros. Él había estado allí dos veces. Lo había impresionado como una típica ciudad rusa, llena de edificios destartalados, calles sucias y ciudadanos mal vestidos. Como en la mayoría de las ciudades soviéticas, el invierno era la mejor estación para Gorki. La nieve ocultaba toda la suciedad. Ramius, medio lituano, tenía recuerdos de su infancia de un lugar mejor, una población costera cuyo origen hanseático había dejado muchas filas de edificios presentables.
 No era común que quien no fuera ruso puro se encontrara a bordo de -y mucho menos mandara- un navío soviético de guerra. El padre de Marko, Aleksandr Ramius, había sido un héroe del partido; un comunista convencido y dedicado, que había servido bien y fielmente a Stalin. Cuando los soviéticos ocuparon por primera vez Lituania en 1940, el padre de Marko había tenido una destacada actuación detectando disidentes políticos: dueños de tiendas, sacerdotes y todo aquel que pudiera crear problemas para el nuevo régimen. Todos ellos fueron embarcados hacia destinos que luego ni siquiera Moscú pudo definir. Cuando los alemanes invadieron, un año más tarde, Aleksandr luchó heroicamente como comisario político, y poco después habría de distinguirse personalmente en la batalla de Leningrado. En 1944 regresó a su tierra natal con la punta de lanza del Undécimo Ejército de Guardias para tomarse una sangrienta venganza sobre quienes habían colaborado con los alemanes o eran sospechosos de haberlo hecho. El padre de Marko había sido un verdadero héroe soviético... y Marko estaba profundamente avergonzado de ser su hijo. La salud de su madre se había resentido durante el interminable sitio de Leningrado. Ella murió al darlo a luz a él y debió criarlo su abuela paterna en Lituania, mientras su padre se pavoneaba en el comité central del partido, en Vilna, esperando su promoción a Moscú. Logró eso también y era candidato a miembro del Politburó cuando su vida quedó interrumpida por un ataque al corazón.
 La vergüenza de Marko no era total. La prominencia de su padre había hecho posible su meta de entonces, y Marko planeó tomarse su propia venganza sobre la Unión Soviética; una venganza suficiente tal vez como para satisfacer a los miles de compatriotas suyos que habían muerto aun antes de que él naciera.
 -Adonde vamos, Iván Yurievich, hará todavía más frío.
 Putin palmeó el hombro de su comandante. ¿Era su afecto fingido o real?, se preguntaba Marko. Probablemente real. Ramius era un hombre honesto y reconocía que ese sujeto, pequeño y gritón, tenía realmente algunos sentimientos humanos.
 -¿A qué se debe, camarada comandante, que usted parece siempre contento de dejar a la Rodina y hacerse a la mar?
 Ramius sonrió detrás de sus binoculares.
 -Los marinos tienen sólo un país, Iván Yurievich, pero dos esposas. Usted jamás podría comprender eso. Ahora yo estoy en camino hacia mi otra esposa, la que es fría y cruel, pero también es dueña de mi alma. -Ramius hizo una pausa. Su sonrisa se desvaneció-. Mi única esposa ahora.»
 
* Oficial político.
** Madre Patria.
 
      [El texto pertenece a la edición en español de RBA Editores, 1993, en traducción de Benigno H. Andrada. ISBN: 84-473-0143-5.]

domingo, 1 de abril de 2018

Ídolos rotos.- Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927)


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Cuarta parte
I

«En su mayor parte eran senadores y diputados venidos a la capital, como las cigarras, de todos los puntos del horizonte. Como al centro natural de sus conciencias, iban al pudridero de conciencias de aquella plaza pública. Ahí llegaban armados de pasiones pequeñas, de intereses pequeños, de enormes apetitos. Ahí se reunían, después de representar su diario entremés en las Cámaras, a departir sobre la guerra, sobre los negocios del Estado, sobre los grandes problemas políticos, formando en toda la plaza muchos corros, a menudo pintorescos por las diferencias de color, de vestidos, actitudes y pelajes. Cada corro de politicastros poseía su político eminente, su prohombre, y a ése los demás le rodeaban y temían. Ya el prohombre se pavoneaba entre las miradas de envidia de sus colegas menos venturosos, revestido con algún reflejo de la gloria del César, o con algún retazo de la influencia de un ministro o, con el resplandor de sangre de un prestigio de generalote provincial, ya enarbolaba, como una enseña inaccesible al vulgo de los hombres, su propia influencia, su propio prestigio lugareño y su ridícula gloria de campanario. Era de oírle entonces quien quiera que él fuese, hablar de sus luchas políticas personales, de las luchas de su partido, de su agrupación o de sus hombres, poniendo tal arrogancia en el gesto y en la voz, como si de sus hombres, de su agrupación y de sus luchas dependiese, por lo menos, el simple bienestar de su patria, si no el bienestar y equilibrio de todos los pueblos y naciones. El prohombre, mientras hablaba así, veía a los oyentes con miradas de superioridad y a la vez de lástima infinita, como si considerase la pequeñez de los otros y al mismo tiempo les compadeciera, porque no podían hablar como él de aquellas inconmensurables honduras, por las cuales él andaba y se esparcía con igual llaneza que andaban y se esparcían los otros bajo los árboles de la plaza. Y los oyentes recogían como una limosna o se disputaban como un favor esas miradas, pagándolas en admiración y aplausos al prohombre.
 Aquellos alrededor de los cuales no se formaba círculo de cortesanos lisonjeros, porque no eran prohombres y no podían hablar de su partido, de su agrupación ni de otras mil zarandajas de igual trascendencia, iban de corro en corro, oyendo, observando, allegando en su ir y venir cuanto les parecía útil a su aprendizaje y carrera de políticos, repitiendo en un corro como propia la palabra que en el corro anterior acababan de oír en boca más autorizada, o sembrando cizañas y tejiendo intrigas de grupo en grupo a la manera de Diéguez Torres, el político en agraz, quien por aquellos días andaba al parecer, bastante alicaído y preocupado. Algunos, para darse importancia a los ojos de los profanos y a los de sus mismos colegas, hacían como el senador Luis Rengel -un general mofletudo y rechoncho, de amplio sombrero de jipijapa, y de bigotes y perilla tremebundos- y el diputado Perdomo, su ilustre conterráneo, los cuales, de vez en cuando se llamaban de corro en corro con signos de misterio, se alejaban de los demás, hablábanse al oído, y hacían muchos gestos y visajes, como si ellos fueran los únicos, entre aquella estólida muchedumbre de farsantes de carnaval, que alcanzaran a ver, con su perspicacia de zahoríes políticos, un golpe de estado inminente. Y más de uno, y aun de los más listos, al observar a distancia aquellos diálogos misteriosos, caía en el engaño y se llenaba de recelo, temiendo no se le adelantasen Perdomo y su amigo a ofrecer al presidente de la República alguna combinación feliz, capaz de salvar a éste y a su Gobierno de las dificultades y los peligros de entonces, o a felicitarle por algún buen suceso, no publicado todavía, si bien sabido de Rengel y Perdomo, que las armas del Gobierno acababan de obtener sobre las montoneras revolucionarias. A menos de pasar por enemigo del Gobierno y de las instituciones, debía decirse entonces de las tropas revolucionarias que eran sólo montoneras, de su jefe que era un vulgar cabecilla ambicioso, y de los que andaban con él, que era pobres ilusos o criminales empedernidos; y todo eso, aunque dicho con ánimo de esconder la verdad, resultaba la verdad más estupenda. Prohombres y demás politicastros de menor cuantía esperaban con impaciencia la noticia de la más humilde victoria del Gobierno, para desfilar todos, uno a uno delante del César, abrumándole a felicitaciones, mientras maldecían de la revolución criminal y de su inepto y ambicioso cabecilla, sin que pasase por el magín, a ninguno de ellos, que sólo ellos, y no otros, eran los culpables de la revolución, por haber dado a su cabecilla inconsciente y sin escrúpulos, como todos los militarotes de su laya, el más valedero e ideal de los pretextos para desencadenar sobre montes y llanuras el torbellino de humo y sangre y deshonor de las guerras civiles. A ellos, ¿qué les importaba la guerra? ¿Qué les importaba que la guerra segase en flor innúmeras vidas útiles, devastase los campos, talase los bosques, destruyese el humilde conuco del montañés labrador y el hato del llanero, cuando las vidas de ellos estaban en salvo, cuando la hacienda de ellos estaba en seguro y su capital político, según decía muy satisfecho Perdomo, en vez de padecer y disminuir con la guerra, más bien se acrecentaba? En verdad, un capital y un mercader había en cada uno de ellos. Llamábanse guardianes de la Constitución, y acababan de violarla, trabajando en pro de su capital de mercaderes. La fuerza, y casi todo el valor de su capital político, verdadero amasijo de infamias, consistía en último análisis, en la gracia del César; y éstos por obtener, aquéllos por conservar la gracia del César, no vacilaron en violar la Constitución, porque el César lo demandaba así para sus maquiavélicos planes futuros. Al cumplir los deseos del César, habían dado al mismo tiempo la señal que esperaba la guerra para encender el país con su fiebre de odio y sangre. Pero eso, ¿qué les importaba? Ellos no temían a la guerra. No eran ellos quienes iban a las balas. A las balas no iban sino los del pueblo, "carne de cañón", los miserables, los de pies desnudos, los obreros, los campesinos, todos cuantos eran los ilotas de aquella nueva Esparta en donde el robo tenía también, como en Esparta, honor y preeminencias. Ricas prendas de vestir, entre otras cosas, constituyen privilegio en aquella democracia. Los desvalidos, los del montón obscuro, los que jamás han sido ciudadanos porque jamás ejercieron ni saben ejercer los derechos que politiquillos de todos los países llaman con mucha pompa imprescriptibles derechos del ciudadano, esos, los ilotas de aquella democracia, enferma desde su origen, eran los solos que de grado o por fuerza pagaban tributo de sangre a la República. Ellos eran quienes iban a guerrear, quienes iban a la matanza, llevados de la revolución o del Gobierno como un rebaño de carneros dóciles, quienes poblaban con sus gemidos las noches siniestras de los campos de batalla, quienes teñían de sangre las rocas y las fuentes, quienes vestían con sus cuerpos mutilados y blanqueaban más tarde, con sus huesos desnudos, laderas y fondos de precipicios, para que la turba de los traficantes en el bazar de la política se repartiesen, quien quiera que triunfase, los trofeos y el botín de la victoria. Aun antes de la victoria, sin importárseles nada de cuantos por su culpa caían al golpe de las balas, los politicastros culpables de la guerra, muy lejos de las balas, en el refugio de la ciudad, trabajaban redondeando a cual mejor su capital político. Días de revolución, días turbios, eran el tiempo de la cosecha para aquellos sembradores de males.» 
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra. ISBN: 978-84-376-2551-5.]