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domingo, 5 de julio de 2026

El violín de Goebbels.-Yoann Iacono (1980)

14

  «Cada cincuenta años más o menos, preferiblemente durante la temporada estival o en primavera, París se libra a su pueblo. Casi siempre con la misma cronología de la insurrección popular, la ciudad empieza a agitarse, nos empujamos, nos gritamos, saqueamos, rompemos, robamos, destruimos, matamos. Al principio son actos aislados, pequeños grupos. Luego, tumultos más grandes, provocaciones. Después, barricadas, bandas armadas. Hasta llegar a la multitud decidida, despiadada, compacta.
 La rebelión contra la desigualdad o la opresión es lo que agita a la multitud parisina cada medio siglo. Durante la Revolución francesa, la Bastilla pagó el precio el 14 de julio de 1789. Luego las barricadas de la Revolución de febrero de 1848. Más adelante la columna de Vendôme, símbolo del despotismo imperial, desmantelada en mayo de 1871 durante la Comuna de París. Y sigue siendo así este 19 de agosto de 1944, cuando las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) marcan el inicio de la insurrección popular al tomar la Prefectura de policía.
 Y, en esta ocasión, participo.
 Nejiko aún no se ha ido a Berlín y se encuentra en el centro de uno de esos momentos vertiginosos de la historia. Ni la intimidación de Oshima ni la violencia de Gerigk la han convencido para abandonar París. Ha estado ocho años en el corazón de esta Europa en guerra, tocando en todas esas ciudades bombardeadas y ocupadas. La música le sirve de coraza.
 Sentada en una banqueta roja de piel en un desierto Café de Flore, escucha a su amiga Yoshiko implorándole que se vaya de la ciudad con ella al día siguiente, en un tren especialmente fletado para oficiales alemanes. Yoshiko le dice que su novio actual, el asistente personal del general Dietrich von Choltitz, oyó a Hitler dar la orden de arrasar París antes de que llegaran los aliados.
 Afuera, las aceras están llenas de transeúntes ruidosos y la calle ruge, llena de coches pequeños que enarbolan la bandera francesa. A través de las ventanas, boinas con escarapelas tricolores gritan que luchamos en la plaza de la Madeleine y en el Barrio Latino.
 Como antiguo miembro de la Brigada Musical de los Guardianes de la Paz, he respondido a la llamada de las FFI para recuperar la Prefectura de policía; incluso tocaré allí con mi trompeta la primera Marsellesa desde la ocupación alemana.
 Yoshiko pierde la paciencia. ¿Acaso Nejiko no entiende que, aunque salgan vivas de los bombardeos, las arrestarán porque su país está en guerra contra los americanos, que se encuentran a tan sólo unos pasos de aquí? ¡Japón es el aliado de los nazis y todos saben que ellas tocan en conciertos para apoyar a los ejércitos de las SS!
 Como huyendo de un ataque, ahora son los camiones de la Wehrmacht los que pasan en tromba. De pie, con actitud resuelta, las tropas de las SS apuntan con revólveres y metralletas a los curiosos. Desde la rue de Tournon llegan escuadrones de alemanes, fusil en mano, para instalar ametralladoras en la acera. Asustado, el dueño del café corre las cortinas y cierra la puerta a cal y canto.
 Nejiko recuerda temblando las palabras de Gerigk al desaconsejarle formalmente que frecuentara el Flore, "esa guarida de miembros de la Resistencia y artistas fracasados", el día que supo que ella era una asidua de esta institución del bulevar Saint-Germain. Gerigk prefiere el distrito de Montparnasse, donde encuentra a los oficiales de la Wehrmacht en el Dôme o en la Closerie des Lilas, su local preferido.
 En el Flore, Nejiko se ha cruzado regularmente -sin conocerlos- con Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Albert Camus. Un día, Camus estaba almorzando con María Casarès y, a petición de ésta, le dirigió la palabra. La actriz, muy alegre ese día, e intrigada por la presencia de aquella joven japonesa que estaba sola, instó a su acompañante a invitarla a su mesa. Muy seguro de sí mismo, el escritor se acercó a Nejiko e intentó iniciar una conversación señalando el estuche de su violín para preguntarle si era música. Ella pensó que él quería robarle su instrumento y fingió no entenderlo, mientras agarraba instintivamente el Stradivarius, despertando la perplejidad de su interlocutor. Jovial, Camus volvió a la mesa donde Maria Casarès ya se estaba burlando de él. "Cualquier negativa a comunicarse es un intento de comunicación", le dijo en tono burlón, volviendo a sentarse. Divertida por esta alusión a la primera novela de su amante, Maria concluyó su frase con una carcajada. "Cualquier gesto de indiferencia o de hostilidad es una invitación encubierta".
 Ese 19 de agosto no hay ni rastro de Camus: está ocupado con Sartre para montar guardia en la Comédie Française. De todos modos, en el café no hay nadie. El Flore está vacío y su propietario muy agitado. A lo lejos se empiezan a escuchar las primeras grandes explosiones. Un tanque alemán llegado de la plaza del Châtelet toma posición en la explanada de Notre-Dame. Otros seis vienen para apoyarlo y abren fuego contra la puerta este de la Prefectura, donde yo me encontraba entonces con mis camaradas de la Resistencia. Pero volveré a hablar de esto más adelante. Arrastrándose, un guardián de la paz consigue prender fuego a uno de los alemanes con un cóctel molotov. París está de nuevo en guerra. La ciudad se rebela contra el ocupante.» 

 [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2022, en traducción de Josep Escarré, pp. 107-111. ISBN: 978-84-19004-35-2.]
 

domingo, 7 de junio de 2026

La Europa de Hitler.- Arnold J. Toynbee (1889-1975)

   Parte VI: Los países ocupados y satélites de Europa oriental 
     VI.- Ucrania bajo la ocupación alemana, 1941-44  

  «Aunque el avance militar alemán por Ucrania fue rápido y espectacular (alcanzó Karkov el 29 de agosto de 1941), pasó muy poco tiempo hasta que se cambiaron las tornas. El 24 de noviembre de 1941 el Ejército Rojo lanzó su primera contraofensiva al oeste de Rostov. En febrero de 1943, el sexto ejército había sufrido un desastre en Stalingrado y los alemanes se encontraban en retirada. Así, aunque el Comisario del Reich, podía presumir de que "dos meses después de haber sido disparado el primer tiro los administradores alemanes habían entrado en el país", no habían de pasar más de dos años antes de que las autoridades civiles de puntos situados tan al oeste como Cazatin tuviesen que trasladarse otra vez. A principios de noviembre de 1943 los rusos estaban de nuevo en Kiev y en el mes de febrero siguiente la Comisaria del Reich, según había reconocido Göring, se había convertido "casi exclusivamente en zona militar nuevamente". Medio año después los rusos habían vuelto a ocupar todo el país.
 Según han confesado los mismos alemanes, nunca dominaron totalmente Ucrania durante su ocupación relativamente breve. Al principio, los soldados alemanes fueron bien recibidos, como libertadores, por la población, cuyos representantes les saludaron con el pan y la sal tradicionales, a la entrada de ciudades y aldeas. Pero cundió rápidamente la desilusión cuando se hizo el traslado de la autoridad de la Wehrmacht a la Administración Civil, y no pasó mucho tiempo sin que empezase a manifestarse una franca resistencia. Ya en marzo de 1942, Heydrich se vio obligado a reconocer que la actividad de las bandas partisanas estaba causando ansiedad y terror entre la población rural. En el mes de junio de 1943 se encontraban controlados por los partisanos "aproximadamente 1.400.000 hectáreas de bosques, o sea, el 80 por 100 de la zona de bosque" y "aproximadamente el 60 por 100" de las tierras cultivadas del Distrito General de Zitomir en el noroeste de la Comisaría del Reich. Los partisanos se encontraban en condiciones de suministrar regularmente simientes a los campesinos, obteniendo así una parte de las cosechas al terminar el año. Por lo tanto, no era envidiable la suerte del administrador alemán enviado a las zonas rurales más remotas, y muchos jefes agrícolas, según el periódico NS-Landpost, "murieron como héroes" a manos de los grupos de resistencia, mientras que a otros muchos les fueron concedidas Cruces de Hierro por luchar contra los partisanos.
 En ningún momento de la ocupación las comunicaciones fueron adecuadas a las necesidades del ejército ni a las de la administración civil. En los últimos meses de la ocupación, especialmente, el transporte por carretera fue totalmente desorganizado por los partisanos, ya que, por ejemplo, en el Distrito General de Zitomir sólo había una carretera importante (la de Zitomir a Vinnitsa) que pudiese ser recorrida sin escolta. El sistema de correos estaba sometido a frecuentes interrupciones y, a partir de 1943, tuvo que ser suspendido el servicio de paquetes postales para las personas civiles. La única red telefónica de confianza era la que estaba en manos de la Wehrmacht y el mismo comisario del Reich, Koch, se veía obligado a quejarse de que después de 18 meses en el cargo sólo podía comunicar por telégrafo con tres de sus seis Comisarios Generales (los de Nikolaev, Dnepropetrovsk y Melitopol).
 Ni siquiera habían sido bien precisadas las fronteras de la Comisaría del Reich. A medida que el frente avanzaba o retrocedía, las regiones fluctuaban entre el control civil y militar, de tal modo que cuando la prensa alemana publicaba notas con las fronteras del territorio, había que indicar que sólo servían para dar una "orientación". Rosenberg, que desde abril de 1941 había estado prestando servicio como "Delegado para el Estatuto Central de las Cuestiones Relativas al Espacio Europeo Oriental", aunque no fue nombrado oficialmente Ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este hasta el 17 de julio, parece que tenía intención de que la Comisaría del Reich incluyese la totalidad de "la zona actual colonizada de Ucrania" con excepción de Crimea (que según parece iba a quedar en manos de los alemanes para controlar la zona del mar Negro). O sea que sus fronteras se iban a extender hasta Kursk, Voronesh, Tambov y Saratov, incluyendo, por tanto, un pedazo de la Antigua República Alemana del Volga, que el gobierno soviético había liquidado al empezar la guerra y dar a la Comisaría del Reich un área de 1,1 millones de kilómetros cuadrados aproximadamente y una población de 59,5 millones de habitantes.
 En la práctica, sin embargo, la Comisaría del Reich probablemente nunca abarcó más de la mitad de esa zona, mientras que la población sometida a su control nunca rebasó los 30 millones. Los mapas publicados por los periódicos alemanes a principios de 1943 sugieren la idea de que en el Este, Poltava, Kremenchug y Zaporozhe se encontraban (por lo menos en ese momento) dentro del área de la administración civil, aunque Stalino se encontraba aparentemente bajo control militar (lo que se llamaba rückwärtiges Heeresgebiet, o zona de la retaguardia del ejército) lo mismo que Karkov y Crimea. En el Oeste, las fronteras fueron trazadas mucho más allá de la frontera soviética de 1939, para abarcar el antiguo distrito polaco de Volhynia. Con gran decepción por parte de los nacionalistas ucranianos, sin embargo, no incluía la Galizia ni el gran centro cultural ucraniano de Lwów, que Hitler personalmente insistió en que quedase incorporado al Gobierno General. Tampoco incluía la zona de la antigua Ucrania soviética comprendida entre el Bug y el Dniester, que fue asignada a Rumanía con el nombre de "Transnistria". En el Norte, la frontera con la Comisaria del Reich de Ostland fue llevada, según parece, algo más al norte del río Pripet, de tal modo que se encontraba muy dentro de las fronteras de la antigua República Socialista Soviética de Rusia Blanca.
 [...]
 En gran parte, la historia de la administración civil alemana en Ucrania es la de un largo conflicto y una prolongada intriga entre los dos funcionarios responsables principales de este territorio: el Ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, que se encontraba en Berlín, y el Comisario del Reich en Równe, nominalmente subordinado suyo. Las diferencias entre ambos, según se vio obligado a señalar Lammers en Nuremberg, llegaron a llenar "volúmenes y volúmenes de expedientes".»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Sarpe, 1985, en traducción de Pablo Uriarte, pp. 427-428. ISBN: 84-7291-738-X (tomo 2º).]
                               

jueves, 15 de abril de 2021

Epistolario (Libros I-X).- Plinio el Joven (61-112)


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9.-G. Plinio saluda a su querido Minicio Fundano


 «[1] Es extraño cómo, puestos a pensar en nuestra vida en Roma, si consideramos uno por uno los días que pasamos en ella, a todos les encontramos, o así nos los parece, su  razón de ser. Sin embargo, tomados todos ellos en su conjunto, ninguna razón acude a nuestra mente que justifique el empleo de nuestro tiempo. [2] En efecto, si preguntas a  uno: “¿Qué has hecho hoy?” Te responderá: “He asistido a una ceremonia de estreno de la toga viril, he sido invitado a la formalización de un noviazgo o a una boda; tal amigo me ha rogado que acudiese a su casa para firmar como testigo en su testamento, tal otro que lo asistiese como abogado en los tribunales, tal otro que lo aconsejase en tal asunto…” [3] Todo esto que te parece necesario el mismo día en que lo haces, si te paras a pensar que lo has estado haciendo un día tras otro, te resulta entonces absurdo,  y mucho más cuando te has retirado ya al campo. En ese momento, al pensar en ello, te asalta este pensamiento: “¡En qué ocupaciones tan necias he consumido todos estos días!”
 [4] Ésta es la sensación que yo tengo cuando en El Laurentino leo, escribo o me entrego a los cuidados que exige mi salud, pues de la fortaleza del cuerpo dependen los frutos del espíritu. [5] Nada de lo que oigo causa en mí pesar por haberlo oído, ni me pesa tampoco haber dicho nada de lo que he dicho. Nadie ataca a nadie en mi presencia con malvadas palabras, ni yo tengo que censurar a nadie por su comportamiento, a no ser a mí mismo, cuando no me satisface lo que escribo. Ninguna esperanza, ningún temor me inquietan. No me llegan rumores que me desasosieguen. Tan sólo hablo conmigo y con los volúmenes de mi biblioteca. [6] ¡Qué vida ésta tan sencilla y conforme a las leyes de la naturaleza! ¡Cómo es dulce este retiro! ¡Cómo es digno del hombre de bien y más hermoso que la mayoría de las empresas humanas! ¡Son ciertamente el mar y su ribera verdaderos mouseia* que nos hacen descubrir todo tipo de maravillas y nos inspiran multitud de pensamientos!
 [7] En consecuencia, así también tú, tan pronto como se te presente la primera ocasión, deja atrás el estrépito de Roma, abandona esa vida agitada, pero vacía, esas fatigas que a nada conducen, y entrégate al estudio, retirado en el campo. [8] En efecto, como tan sabia e ingeniosamente dijo nuestro querido Atilio, más vale llevar una vida retirada que no hacer nada de provecho. Cuídate.
[…]

 11.-G. Plinio saluda a su querido Calestrio Tirón

 [1] He sufrido una pérdida dolorosísima, si es que la palabra “pérdida” puede dar cuenta en toda su extensión de lo que significa la desaparición de tan gran varón. Ha muerto Corelio Rufo. Él mismo decidió poner fin a su vida, lo que exaspera mi dolor. De entre todas las muertes, la más digna de lamentar es a mis ojos aquella que ni la naturaleza ni el hado impusieron. [2] Pues mientras que en el caso de aquellos que víctimas de una enfermedad llegan al final de sus días, encontramos un gran consuelo en el pensamiento de que esa muerte era algo inevitable, en el caso de aquellos otros a los que se lleva una muerte que ellos mismos llamaron en su busca, nuestro dolor, por el contrario, no tiene límites cuando pensamos que pudieron haber vivido aún muchos años. [3] A Corelio, ciertamente, una razón de gran peso, que para los sabios puede tanto como la necesidad impuesta por la naturaleza, lo empujó a tomar esa decisión, y ello pese a que tenía muchos motivos para vivir: una conciencia intachable, una reputación excelente, un prestigio incomparable, y además de todo ello una hija, una esposa, un nieto, varias hermanas, prendas de su amor entre las que no faltaban verdaderos amigos. [4] Era atormentado, no obstante, por una enfermedad tan prolongada y tan dolorosa que finalmente todos estos motivos tan valiosos que lo instaban a vivir tuvieron que ceder ante las razones que lo empujaban a morir.
 A la edad de treinta y dos años, se lo oí decir con frecuencia a él mismo, fue atacado por la gota. Este mal, decía, le venía de su padre. Y es que, en efecto, a menudo las enfermedades, entre otras cosas, se transmiten de padres a hijos como si fuesen una parte más de la herencia. [5] Mientras gozó del vigor de la juventud, consiguió vencer y superar este mal por la frugalidad y moderación de su vida. Durante los últimos años, en los que su enfermedad se había agravado con la vejez, la soportaba por la sola fuerza de su espíritu, aunque padecía terribles dolores y penosísimos sufrimientos. [6] En efecto, en esa época su mal no afectaba sólo a sus pies, como antes, sino que se había extendido a todos sus miembros. Recuerdo una ocasión, en tiempos de Domiciano, en que lo visité en su casa de las afueras de Roma, donde yacía postrado. [7] Inmediatamente sus esclavos salieron de la habitación, dejándonos solos. Éstas eran sus órdenes, en efecto, siempre que acudían a verlo sus más íntimos amigos. Y hasta su esposa se retiraba en tal ocasión, aunque era una mujer absolutamente digna de que se le confiase cualquier secreto. [8] Recorrió la habitación con los ojos y, tras asegurarse de que estábamos solos, me dijo: “¿Por qué crees que soporto durante tanto tiempo ya estos dolores tan crueles? Pues para sobrevivir siquiera un solo día a ese malvado”. Y si le hubiese sido dado un cuerpo a la altura de su valor, con sus propias manos habría hecho realidad sus deseos.
 Pero los dioses escucharon su plegaria. Viendo cumplido, así, el principal propósito de su vida, considerando que no estaba ya sujeto a ninguna preocupación y que podía morir como un hombre libre, decidió romper los últimos lazos, numerosos, pero secundarios, que lo ligaban a esta vida. [9] Su enfermedad había empeorado de nuevo, por lo que intentó mitigarla con su acostumbrada templanza y su constancia consiguió que su persistente mal remitiese. Luego pasaron dos, tres, cuatro días y él se abstenía de probar alimento, Su esposa, Hispula, envió a verme a nuestro común amigo G. Geminio con la tristísima noticia de que Corelio había decidido dejarse morir y ni sus propios ruegos ni los de su hija habían logrado hacerle cambiar de opinión. Me decía que yo era su última esperanza, que sólo yo podía suscitar de nuevo en él el deseo de vivir. [10] Corrí a su lado. Me acercaba a su casa cuando Julio Ático, enviado también por Hispula, me hace saber que ni siquiera yo podría conseguir nada ya, que tan obstinadamente Corelio se había ido reafirmando más y más en su decisión. Había dicho, en efecto, al médico cuando éste intentaba que probase algo de alimento: “Kekrika”**. Esta palabra ha dejado una huella indeleble en mi espíritu, fruto tanto de la admiración que me ha hecho sentir por él como de la añoranza que, al recordarla, me causa su ausencia.
 [11] Pienso en el excelente amigo y en el excelente varón del que me veo privado. Tenía, ciertamente, sesenta y siete años cumplidos, una edad muy avanzada incluso para los más robustos. Lo sé. Se ha liberado de una larguísima enfermedad. Lo sé. Ha muerto sin haber sufrido la pérdida de ninguno de sus seres queridos, en un momento en que nuestra patria, que para él era lo más querido de todo, goza de una gran prosperidad. También esto lo sé. [12] Y sin embargo lo lamento como si se tratase de la muerte de un hombre joven y de gran vigor. Y aunque me consideres un hombre débil, lo lamento también por mí mismo, pues, al perderlo a él, he perdido a un testigo de mi propia vida, a quien en ella me servía de guía y de maestro. Te diré en resumen lo mismo que a mi querido amigo Calvisio al poco de conocer esta desdicha: “Temo cumplir con menos celo mis deberes a partir de ahora”. [13] Por todo ello, escríbeme para consolarme, pero no con frases del tipo “era una persona mayor, estaba enfermo”, todos estos razonamientos ya los conozco, sino con argumentos que sean nuevos y de gran eficacia, tales que yo nunca los haya oído antes, que nunca antes los haya leído. Y es que todos estos consuelos que alguna vez he oído o que he leído, ya acuden a mi mente por sí mismos, pero se ven superados por un dolor tan grande como es éste de ahora. Cuídate.
[…]

 14.-G. Plinio saluda a su querido Junio Máurico

Resultado de imagen de plinio el joven epistolario [1] Me ruegas que busque un marido adecuado para la hija de tu hermano, y es justo que sea a mí antes que a nadie a quien solicites este servicio. Sabes, en efecto, cuánto admiré y aprecié a ese excelente varón que fue tu hermano: sus consejos me acompañaron durante toda mi juventud y gracias a sus alabanzas llegué a parecer digno de se alabado. [2] Ningún servicio más noble ni que me resulte más agradable has podido solicitarme, ningún otro había que yo pudiese aceptar más honrosamente que el de escoger a un joven que sea digno de ser el padre de los nietos de Aruleno Rústico.
 [3] Habría sido necesario quizás buscarlo durante largo tiempo, si no existiese ya un candidato ideal, casi como si hubiese estado previsto de antemano, en la persona de Minicio Aciliano, con quien estoy unido por esos lazos de afecto tan íntimos como sólo pueden estar unidos dos jóvenes amigos (pues, en efecto, es tan sólo unos pocos años más joven que yo), pero que, al mismo tiempo, me respeta como a un anciano, pues desea ser formado e instruido por mí como yo lo fui en otro tiempo por ti y por tu hermano. [4] Es natural de Brixia, de esa parte de nuestra querida Italia que aún conserva mucho de esa antigua modestia, templanza y sencillez tradicionales del campesinado italiano y las mantiene vivas. [5] Su padre es Minicio Macrino, que ejerce la primacía dentro del estamento de los caballeros, y eso porque no ha tenido aspiraciones más altas. En efecto, cuando el divino Vespasiano  quiso nombrarlo senador y adjudicarle un rango equivalente al de los antiguos pretores, prefirió seguir viviendo como un ciudadano particular  rodeado de la estima general antes que participar no sé si decir de las intrigas o de los honores de la vida pública, mostrando así toda la firmeza de sus principios. [6] Su abuela materna es Serrana Prócula, del municipio de Patavium. Ya conoces la rigidez de las costumbres de esa región, pues, aún así, Serrana es un modelo de decoro incluso para sus paisanos. Igualmente su tío materno P. Acilio  es de una seriedad, una inteligencia y una lealtad prácticamente excepcionales. En definitiva, no encontrarás en toda su familia nada que no te agrade encontrar también en la tuya.
 [7] Y por lo que al propio Aciliano se refiere, es un hombre de una gran energía y muy trabajador, cualidades que acompaña, no obstante, de una gran modestia. Ha ejercido de la manera más honrosa la cuestura, el tribunado y la pretura, y así por sus propios méritos te ha evitado ya la necesidad de apoyar su candidatura a las magistraturas. [8] Su rostro es de una gran delicadeza y bajo él fluye en abundancia la sangre, lo que hace que tenga siempre muy buen color. En cuanto al resto de su cuerpo, su figura es tan hermosa como conviene a un hombre libre y hay en ella una cierta nobleza digna de un senador. Creo que todos estos atractivos no deben despreciarse en absoluto, pues han de ser ofrecidos como una especie de premio a la pureza de las jóvenes doncellas. [9] No sé si añadir que su padre posee grandes riquezas. En efecto, cuando considero que eres tú quien me ha rogado que le busque yerno, creo que debo dejar fuera de la discusión el aspecto económico; sin embargo, cuando pienso en las costumbres de nuestra sociedad y en las leyes de nuestra ciudad, que consideran que la fortuna personal debe ser valorada incluso como uno de los atributos más importantes del individuo, me parece que tampoco debo pasar por alto esta circunstancia. Y es que, en efecto, el que desea tener hijos, sobre todo si desea tener una familia numerosa, debe incluir también esta consideración a la hora de elegir el mejor partido. [10] Quizá pienses que me he dejado llevar por el amor que siento por este joven y que he defendido su candidatura por encima de lo que sus méritos lo permiten. No obstante, te doy mi palabra de que cuando lo conozcas, descubrirás que sus cualidades son mucho mayores de lo que mi descripción deja entrever. Siento, desde luego, una extraordinaria simpatía por este joven, tanta como se merece, pero ten en cuenta que precisamente, cuando queremos a una persona, procuramos no excedernos en nuestros elogios de modo que éstos no lleguen a resultar una carga para ella. Cuídate.»                

 *Esto es: “santuarios habitados por las Musas”.
 **Esto es: “Mi sentencia es irrevocable”.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2007, en edición y traducción de José Carlos Martín, pp. 99-101, 104-107 y 110-112. ISBN: 978-84-376-2424-2.]
  

miércoles, 3 de febrero de 2021

La insoportable levedad del ser.- Milan Kundera (1929)

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Quinta parte: La levedad y el peso
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  «A los que creen que los regímenes comunistas de Europa Central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al paraíso. Lo defendieron valerosamente y para ello ejecutaron a mucha gente. Más tarde se llegó a la conclusión generalizada de que no existía paraíso alguno, de modo que los entusiastas resultaron ser asesinos.
 En aquel momento todos empezaron a gritarles a los comunistas: ¡Sois los responsables de la desgracia del país (empobrecido y despoblado), de la pérdida de su independencia (cayó en poder de Rusia), de los asesinatos judiciales!
 Los acusados respondían: ¡No sabíamos! ¡Hemos sido engañados! ¡Creíamos de buena fe! ¡En lo más profundo de nuestra alma, somos inocentes!
 La polémica se redujo por lo tanto a la siguiente cuestión: ¿En verdad no sabían? ¿O sólo aparentaban no saber?
 Tomás seguía atentamente esta polémica (la seguían los diez millones de habitantes de la nación checa) y opinaba que había comunistas que no eran del todo inocentes (inevitablemente tenían que haber sabido algo de los horrores que habían ocurrido y no cesaban de ocurrir en la Rusia post-revolucionaria). Sin embargo, es probable que, la mayoría de ellos, en efecto, no supiera nada.
  Y llegó a la conclusión de que la cuestión fundamental no es: ¿sabían o no sabían?, sino: ¿es inocente el hombre cuando no sabe? ¿Un idiota que ocupa el trono está libre de toda culpa sólo por ser idiota?
 Supongamos que un fiscal checo que a comienzos de los años cincuenta pidió la pena de muerte para un inocente fue engañado por la policía secreta rusa y por el gobierno de su país. Pero, ¿cómo es posible que hoy, cuando sabemos ya que las acusaciones eran absurdas y los ejecutados inocentes, ese mismo fiscal defienda la limpieza de su alma y se dé golpes de pecho? ¡Mi conciencia está limpia, no sabía, creía de buena fe! ¿No reside precisamente su irremediable culpa en ese “¡no sabía!, ¡creía de buena fe!”?
 Y fue entonces cuando Tomás recordó la historia de Edipo: Edipo no sabía que dormía con su propia madre y, sin embargo, cuando comprendió de qué se trataba, no se sintió inocente. Fue incapaz de soportar la visión de lo que había causado con su desconocimiento, se perforó los ojos y se marchó de Tebas ciego.
 Tomás oía los gritos de todos los comunistas que defendían su limpieza interior y se decía: por culpa de vuestro desconocimiento este país ha perdido quizá por siglos su libertad, ¿y vosotros gritáis que os sentís inocentes? ¿Cómo sois capaces de seguir presenciándolo? ¿Cómo es que no estáis aterrados? ¿Es que conserváis la vista? ¡Si tuvieseis ojos, deberíais atravesároslos y marcharos de Tebas!
 Aquella comparación le gustaba tanto que la utilizaba con frecuencia en las conversaciones con sus amigos y, con el paso del tiempo, iba expresándola con formulaciones cada vez más precisas y elegantes.
 Leía entonces, como todos los intelectuales, el semanario editado por la Unión de Escritores Checos, con una tirada de alrededor de 300 000 ejemplares, que había logrado una considerable autonomía dentro del régimen y hablaba de cosas de las que otros no podían hablar públicamente. Por eso en el periódico de los escritores se hablaba también de quién y cómo era culpable de los asesinatos judiciales durante los procesos políticos al comienzo del régimen comunista.
 En todas estas polémicas se repetía siempre la misma pregunta: ¿sabían o no sabían? Tomás creía que esta cuestión era secundaria y por eso escribió un día sus ideas sobre Edipo y las envió al semanario. Al cabo de un mes recibió respuesta. Le invitaron a que pasara por la redacción. Cuando llegó, lo recibió un redactor de escasa estatura, erguido como una regla, y le propuso que modificase la sintaxis en una frase. El texto se publicó en la penúltima página, en la sección de cartas de los lectores.
 Tomás no quedó satisfecho. Se habían tomado la molestia de invitarle a visitar la redacción para que les autorizase a modificar la sintaxis, pero después, sin preguntarle nada, recortaron notablemente su texto, de modo que sus ideas se vieron reducidas exclusivamente a la tesis básica (considerable esquemática y agresiva) y dejaron de gustarle.
 Eso sucedió en 1968. En el poder estaba Alexander Dubcek y con él los comunistas que se sentían culpables y estaban dispuestos a reparar de algún modo las culpas contraídas. Pero los otros comunistas, los que gritaban que eran inocentes, tenían miedo de que la nación indignada los juzgara. Por eso iban diariamente a quejarse a la embajada rusa y a pedir ayuda. Cuando se publicó la carta de Tomás gritaron: ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Ya se escribe públicamente que nos tienen que arrancar los ojos!
 Y dos o tres meses más tarde los rusos decidieron que en su virreinato las discusiones libres eran intolerables, y una noche su ejército ocupó la patria de Tomás.

3

 Cuando Tomás regresó de Zurich a Praga, volvió a trabajar en su hospital como antes. Pero un buen día lo llamó el director.
 -Al fin y al cabo, colega –le dijo-, usted no es un escritor ni un periodista, ni un salvador de la nación, sino un médico y un científico. No me gustaría perderlo y haré todo lo posible por mantenerlo aquí. Pero es necesario que retire lo que ha dicho en el artículo sobre Edipo. ¿Tiene usted mucho interés en ese artículo?
Resultado de imagen de la insoportable levedad del ser -Señor director –dijo Tomás recordando cómo le habían amputado una tercera parte del texto-, jamás ha habido nada que me importase menos.
 -Ya sabe de qué se trata –dijo el director.
 Lo sabía: en la balanza había dos cosas: por una parte su honor (que consistía en no retirar las afirmaciones que había hecho), por la otra aquello que se había acostumbrado a considerar como el sentido de su vida (su trabajo científico y médico). El director continuó:
  -Esto de exigir que la gente reniegue públicamente de lo que ha dicho tiene algo de medieval. ¿Qué significa “renegar”? En nuestra época una idea sólo puede ser refutada y no tiene sentido renegar de ella. Y dado que, estimado colega, renegar de una idea es algo imposible, sencillamente verbal, formal, mágico, no encuentro ningún motivo para que no haga usted lo que desean. En una sociedad gobernada por el terror, no hay ninguna declaración que sea vinculante, son declaraciones forzadas y las personas honradas están obligadas a no tomarlas en cuenta, a no oírlas. Tal como le digo, colega, es importante para mí, y lo es para sus pacientes, que continúe usted trabajando.
 -Creo que tiene razón –dijo Tomás con cara de infelicidad.
 -¿Pero? –preguntó el director tratando de adivinar su pensamiento.
 -Temo que me daría vergüenza.
 -¿Tiene usted una opinión tan elevada de la gente que le rodea como para que le importe lo que vayan a pensar?
 -No, la opinión que tengo de ellos no es demasiado elevada.
 -Además –añadió el director-, me han asegurado que no se trata de una declaración pública. Son unos burócratas. Lo que necesitan es tener en sus expedientes constancia de que usted no está en contra del régimen para poder defenderse en caso de que alguien los atacase por haberle dejado trabajar en su puesto. Me han dado garantías de que la declaración será una cuestión privada entre usted y ellos y de que no está previsto hacerla pública.
 -Déjeme una semana para pensarlo –dijo Tomás para terminar la conversación.

4

 Tomás estaba considerado como el mejor cirujano del hospital. Se decía que el director, al que ya le faltaba poco para jubilarse, le dejaría pronto su puesto. Cuando se supo la noticia de que los organismos directivos le habían pedido una declaración autocrítica, nadie puso en duda que Tomás fuera a obedecer.
 Eso fue lo primero que le sorprendió: pese a que nunca había dado motivo para ello, la gente se sentía más inclinada a apostar por su inmoralidad que por su moralidad.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2004, en traducción de Fernando de Valenzuela,  pp. 180-184. ISBN: 84-7223-225-5.]
 

domingo, 27 de octubre de 2019

Hijos de las nubes.- Sophie Caratini (1948)

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La adopción
 Nuevo encuentro con los saharauis

«-¿Cómo te llamas?
 -Safía.
 -¿De dónde vienes, qué vienes a hacer a Zuerat?
 Cuento de nuevo mi itinerario. Mis interlocutores parecen apreciar mi franqueza, pero bajan la cabeza, desconcertados. ¿Están decepcionados por lo limitado de mis capacidades? Es posible. En todo caso, su portavoz (¿es el líder, el mayor, el mejor intérprete?) comienza a exponerme la situación del Sáhara Occidental:
 -Nuestro país ha sido progresivamente cercado por las fuerzas coloniales francesas de Mauritania, Argelia y Marruecos. Cuando los españoles llegaron a las costas del Sáhara, hacia 1900-1905, negociaron al principio, con los nómadas, una especie de contrato de alquiler sobre algunos puntos de la costa. A continuación se instalaron en la costa a cambio de un alquiler que los habitantes consideraron como un tributo. Crearon mercados y favorecieron el comercio, sobre todo el de armas. Cuando las tribus del conjunto de Sáhara se unieron para resistir el avance francés, que amenazaba el sur, y luego el norte, los españoles se comportaron en apariencia como auténticos aliados: hasta 1934 prohibieron a los franceses y a sus tropas franquear la frontera y nuestro territorio se convirtió en un refugio para todos los resistentes. Allí encontraban fusiles, mercancías, comida y era un punto de reagrupamiento. Pero cuando los franceses ocuparon el conjunto del Sáhara argelino, todo Marruecos y toda Mauritania, España empezó, por su lado, a conquistar el interior de las tierras del Sáhara, y los habitantes descubrieron que habían sido engañados. El poder impulsó una política paternalista. Al principio, era casi imperceptible, pero después se dieron cuenta de que estaban colonizando todo el país. Distribuyeron mucho dinero para comprar a los notables y los nómadas terminaron convirtiéndose en asistidos. Entonces acabaron perdiendo poco a poco su territorio y el control de su economía. Habían sido neutralizados, pero no se habían sometido. La prueba es que en 1956, cuando Marruecos alcanzó la independencia, quisieron aliarse con los elementos más determinados del Ejército de Liberación marroquí, que pretendían expulsar a los cristianos de los territorios españoles y de Mauritania. Pero esto no funcionó entre ellos, pues los marroquíes querían dirigirlo todo. A continuación, los otros se pusieron de acuerdo para arrinconarlos: franceses, españoles y hasta el sultán de Marruecos. En febrero de 1958, organizaron una operación militar para aplastar cruentamente la resistencia de los habitantes. La llamaron Operación escobillón. A continuación los países del Magreb y de África Occidental obtuvieron la independencia: Marruecos, Túnez, Mauritania, Senegal, Mali y Argelia, todos. Menos el Sáhara español. Claro que España hizo todo lo posible para no llamar la atención, porque había descubierto fosfatos en Seguia al Hamra. Para conformar a los saharauis, gastó aún más dinero. Halagaron a los notables, les concedieron un simulacro de participación en el gobierno y les pagaron generosamente. Enviaron a sus hijos a la Universidad de Madrid, y otros fueron a estudiar a las universidades árabes de los países del Magreb: en Rabat, Argel y Túnez. Casi todos volvieron con la intención de luchar por la independencia. Pero la negociación no era posible. Los españoles no querían escuchar y además los jóvenes no podían tomar la palabra en las reuniones de los notables. Entonces crearon el Frente Polisario, que declaró la lucha armada el 20 de mayo de 1973. Queremos construir una sociedad justa e igualitaria. Nuestras tradiciones prueban que somos capaces de ello. Los habitantes del desierto siempre practicaron la solidaridad, la ayuda mutua y el sentido del honor. Entre nosotros no hay clases explotadoras ni reyes ni emires. Queremos recuperar el concepto de propiedad compartida de la antigua sociedad nómada. Somos un pueblo libre y orgulloso y en nosotros tenemos con qué construir una sociedad moderna mucho más democrática que la vuestra. El rey Hassán II no quiere apoyarnos: tiene la desvergüenza de proclamar que el Sáhara Occidental y toda Mauritania le pertenecen y que el Marruecos histórico se extiende desde el Mediterráneo hasta las orillas del río Senegal. Todo el mundo sabe que eso no es verdad. Ahora, toda la población saharaui se enfrenta a las autoridades españolas. Al principio sólo se trataba de manifestaciones pacíficas que reivindicaban la justicia social. Pero los soldados dispararon sobre la muchedumbre. Esa es la razón de que el movimiento se haya convertido en lucha armada. Ahora nos preocupa mucho el papel que quieren que desempeñe el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, pues todo el mundo está contra nosotros. Por eso estamos documentándonos sobre la historia de la región. Tenemos que conseguir todos los libros, documentos o simples informaciones que nos permitan estudiar en profundidad la cuestión. En este sentido, tu proyecto de investigación sobre la historia y las tradiciones de los erguibat nos interesa mucho. ¿Sabes?, los erguibat sólo son una parte de la población del Sáhara. No debes limitarte al estudio de esta única tribu, que no es ni más ni menos importante que las otras.
 El joven habló largo rato en medio de un silencio atento. Sus compañeros lo escucharon muy concentrados, subrayando su discurso con miradas y gestos dirigidos hacia mí, como si quisieran hacerme sentir físicamente la intensidad de su aprobación y que yo la compartiera. Pues en realidad fue un discurso. Un discurso casi oficial pese a las circunstancias de la clandestinidad: yo soy a sus ojos un representante del mundo occidental. Las últimas frases fueron pronunciadas con fuerza y no se me escapó la llamada en ellas implícita. Me están dirigiendo un ruego, cuyo alcance y contenido no consigo adivinar. Ante tanto patetismo, mi respuesta resulta completamente anodina:
 -Es necesario que comience por algo. Si no me limito a un grupo, corro el riesgo de dispersarme. Además, me parece que los erguibat, al menos por lo que he aprendido hasta ahora, viven de manera muy semejante a la de los demás. Su estudio puede servir de ejemplo, es una primera aproximación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2008, en traducción de Juan Vivanco Gefaell. ISBN: 978-84-96327-44-3.]