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domingo, 16 de agosto de 2026

Humano, demasiado humano.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Capítulo VIII: Una ojeada al Estado

 «438.-Pedir la palabra. El carácter demagógico y el propósito de influir en las masas son hoy comunes a todos los partidos: en virtud de ese propósito, todos sienten la necesidad de convertir sus principios en grandes necedades de las dimensiones de un fresco para poder pintarlas en las paredes. Nada de esto se puede cambiar y hasta resulta superfluo levantar el dedo para oponerse a ello; pues en esta cuestión cabe aplicar aquella frase de Voltaire que dice: "Cuando el populacho se pone a razonar, todo está perdido". Una vez consumado este hecho, hay que resignarse a la nueva situación, como nos resignamos cuando un temblor de tierra desplaza las viejas lindes, devastando los contornos y la configuración del suelo, y modificando el valor de la propiedad. Además, si de lo que se trata en lo sucesivo es de que toda política haga la vida soportable al mayor número posible, creo que es a esa mayoría a quien toca también decidir qué es lo que entiende por una vida soportable y si se cree con la suficiente inteligencia para hallar igualmente los medios adecuados para conseguir ese fin, ¿de qué serviría dudar de ello? Han manifestado que quieren ser los artífices de su felicidad, de su desgracia y si ese sentimiento de autonomía, ese orgullo por las cinco o seis ideas que albergan en la cabeza y que pregonan, les hacen, realmente, la vida tan agradable como para soportar con alegría las consecuencias fatales de su estrecheces de espíritu, ya no hay gran cosa que objetar, siempre y cuando esa estrechez no llegue a exigir que todo entre, en este sentido, dentro de la política y que todo el mundo haya de vivir y de actuar según ese criterio. En primer lugar, hay, en efecto, que permitir que algunos se abstengan de la política y que se queden un tanto al margen: pues también a éstos les impulsa el ansia de autonomía y pueden sentir asimismo cierto orgullo guardando silencio cuando hay muchos que hablan demasiado o cuando simplemente se habla demasiado. En segundo lugar, hay que tolerar que esos pocos no se tomen totalmente en serio la felicidad de la mayoría, ya se trate de pueblos enteros o de sectores sociales, y que se permitan de vez en cuando una sonrisa irónica, pues su seriedad está en otra parte, su felicidad se define de otro modo, su meta no se deja coger por esas torpes manos que no tienen más que cinco dedos. Por último -y esto es lo que más difícilmente se les concederá, aunque debe permitírseles también-, salen de cuando en cuando de su taciturna soledad y prueban una vez más la fuerza de sus pulmones: entonces, como quien se ha extraviado en un bosque, se llaman para hacerse reconocer y animarse mutuamente; lo que, naturalmente, hace que algunas de las cosas que propagan suenen mal a los oídos de aquéllos a quienes no van destinadas. Una vez dicho esto, vuelve a reinar el silencio en el bosque, un silencio tan profundo que deja oír con más claridad que nunca los silbos, los zumbidos y el revolotear de los innumerables insectos que viven en ese bosque, por arriba y por abajo.
 439.-La cultura y la casta. No puede nacer una cultura superior más que en aquellas sociedades en donde existan dos castas claramente diferenciadas: la de los trabajadores y la de los ociosos, capaces de verdadero ocio; o, con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre. El reparto de la felicidad no es un punto de vista fundamental cuando se trata de crear una cultura superior; pero el hecho es que la casta de los ociosos tiene una mayor capacidad de sufrimiento, que sufre más, que su alegría de vivir es menor y que su tarea es más pesada. Si se produce un intercambio entre las dos castas, de forma que los individuos más obtusos y menos inteligentes de la casta superior son relegados a la casta inferior, y a su vez los seres más libres de ésta tienen acceso a la otra, se logra un estado más allá del cual no se ve más que el mar abierto de las aspiraciones ilimitadas. -Esto es lo que nos dice la voz agonizante del pasado: pero ¿habrá hoy oídos que la oigan?
 440.-En virtud de la sangre. La ventaja que, en virtud de su sangre, tienen hombres y mujeres sobre los demás y que les confiere el derecho indudable de disfrutar de una estima más elevada son dos artes que la herencia ha ido perfeccionando cada vez más: el arte de mandar y el arte de obedecer con orgullo. -En nuestros días, allí donde el mando constituye una parte del trabajo diario (como en el mundo de las grandes empresas comerciales y de las grandes industrias), se produce un hecho similar al de esas familias que tienen ese arte "en virtud de su sangre", pero les falta la noble actitud al obedecer, que en aquéllas constituye un legado de la vida feudal y que no logra echar raíces en el clima de nuestra cultura.
 441.-La subordinación. La subordinación, a la que tanta importancia se concede en el Estado de militares y de funcionarios, no tardará en perder su crédito, como ya lo ha hecho la táctica peculiar de los jesuitas; y cuando ya no sea posible esa subordinación, no se seguirán logrando efectos sumamente asombrosos, por lo que el mundo se verá empobrecido. Ahora bien, no puede menos que desaparecer, pues desaparece su fundamento, esto es, la fe en la autoridad absoluta, en la verdad definitiva; incluso en los Estados militares no basta la coacción física para producirla, pues se requiere la adoración hereditaria de la dignidad principesca como algo sobrehumano. -En un estado social más libre, no se da más que una sumisión sujeta a ciertas condiciones, en virtud de un contrato recíproco, es decir, con todas las reservas del interés personal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de M.E. Editores, 1993, en traducción de Edmundo Fernández González y Enrique López Castellón, pp. 243-246. ISBN: 84-495-0022-2.]
 

domingo, 22 de octubre de 2023

Camino de servidumbre.- Friedrich A. Hayek (1899-1992)


Friedrich Hayek - Wikipedia, la enciclopedia libre
10.- Por qué los peores se colocan a la cabeza


 «Tenemos que examinar ahora una creencia de la que obtienen consuelo muchos que consideran inevitable el advenimiento del totalitarismo y que debilita seriamente la resistencia de otros muchos que se opondrían a él con toda su fuerza si aprehendieran plenamente su naturaleza. Es el creer que los rasgos más repulsivos de los regímenes totalitarios se deben al accidente histórico de haberlos establecido grupos de guardias negras y criminales. Seguramente, se arguye, si la creación del régimen totalitario en Alemania elevó al poder a los Streichers y Killingers, los Leys y Heines, los Himmlers y Heydrichs, ello puede probar la depravación del carácter alemán, pero no que la subida de estas gentes sea la necesaria consecuencia de un sistema totalitario. ¿Es que el mismo tipo de sistema, si fuera necesario para lograr fines importantes, no podrían instaurarlo gentes decentes, para bien de la comunidad general?
  No vamos a engañarnos a nosotros mismos creyendo que todas las personas honradas tienen que ser demócratas o es forzoso que aspiren a una participación en el gobierno. Muchos preferirían, sin duda, confiarla a alguien a quien tienen por más competente. Aunque pueda ser una imprudencia, no hay nada malo ni deshonroso en aprobar una dictadura de los buenos. El totalitarismo, podemos ya oír, es un poderoso sistema lo mismo para el bien que para el mal, y el propósito que guíe su uso depende enteramente de los dictadores. Y quienes piensan que no es el sistema lo que debemos temer, sino el peligro de que caiga en manos de gente perversa, pueden incluso verse tentados a conjurar este peligro procurando que un hombre honrado se adelante a establecerlo.
  Sin duda, un sistema “fascista” inglés diferiría muchísimo de los modelos italiano o alemán; sin duda, si la transición se efectuara sin violencia, podríamos esperar que surgiese un tipo mejor de dirigente. Y si yo tuviera que vivir bajo un sistema fascista, sin ninguna duda preferiría vivir bajo uno instaurado por ingleses que bajo el establecido por otros hombres cualesquiera. Sin embargo, todo esto no significa que, juzgado por nuestros criterios actuales, un sistema fascista británico resultase, en definitiva, ser muy diferente o mucho menos intolerable que sus prototipos. Hay fuertes razones para creer que los que nos parecen los rasgos peores de los sistemas totalitarios existentes no son subproductos accidentales, sino fenómenos que el totalitarismo tiene que producir por fuerza más temprano o más tarde. De la misma manera que el gobernante democrático que se dispone a planificar la vida económica tendrá pronto que enfrentarse con la alternativa de asumir poderes dictatoriales o abandonar sus planes, así el dictador totalitario pronto tendrá que elegir entre prescindir de la moral ordinaria o fracasar. Ésta es la razón de que los faltos de escrúpulos y los aventureros tengan más probabilidades de éxito en una sociedad que tiende hacia el totalitarismo. Quien no vea esto no ha advertido aún toda la anchura de la sima que separa al totalitarismo de un régimen liberal, la tremenda diferencia entre la atmósfera moral que domina bajo el colectivismo y la naturaleza esencialmente individualista de la civilización occidental.
  Las “bases morales del colectivismo” se han discutido mucho en el pasado, naturalmente; pero lo que nos importa aquí no son sus bases, sino sus resultados morales. Las discusiones corrientes sobre los aspectos éticos del colectivismo, o bien se refieren a si el colectivismo es reclamado por las convicciones morales del presente, o bien analizan qué convicciones morales se requerirían para que el colectivismo produjese los resultados esperados. Nuestra cuestión, empero, estriba en saber qué criterios morales producirá una organización colectivista de la sociedad, o qué criterios imperarán probablemente en ella. La interacción de moral social e instituciones puede muy bien tener por efecto que la ética producida por el colectivismo sea por completo diferente de los ideales morales que condujeron a reclamar un sistema colectivista. Aunque estemos dispuestos a pensar que, cuando la aspiración a un sistema colectivista surge de elevados motivos morales, este sistema tiene que ser la cuna de las más altas virtudes, la verdad es que no hay razón para que un sistema realce necesariamente aquellas cualidades que sirven al propósito para el que fue creado. Los criterios morales dominantes dependerán, en parte, de las características que conducirán a los individuos al éxito en un sistema colectivista o totalitario, y en parte, de las exigencias de la máquina totalitaria.
  Tenemos que retornar por un momento a la etapa que precede a la supresión de las instituciones democráticas y a la creación de un régimen totalitario. En este punto, la general demanda de acción resuelta y diligente por parte del Estado es el elemento dominante en la situación, y el disgusto por la lenta y embarazosa marcha del procedimiento democrático convierte la acción por la acción en objetivo. Entonces, el hombre o el partido que parece lo bastante fuerte y resuelto para “hacer marchar las cosas” es quien ejerce la mayor atracción. “Fuerte”, en este sentido, no significa sólo una mayoría numérica; es la ineficacia de las mayorías parlamentarias lo que tiene disgustada a la gente. Lo que ésta buscará es alguien con tan sólido apoyo que inspire confianza en que podrá lograr todo lo que desee. Entonces surge el nuevo tipo de partido, organizado sobre líneas militares.
  En los países de Europa central, los partidos socialistas habían familiarizado a las masas con las organizaciones políticas de carácter paramilitar encaminadas a absorber lo más posible de la vida privada de sus miembros. Todo lo que se necesitaba para dar a un grupo un poder abrumador era llevar algo más lejos el mismo principio, buscar la fuerza, no en los votos seguros de masas ingentes, en ocasionales elecciones, sino en el apoyo absoluto y sin reservas de un cuerpo menor, pero perfectamente organizado. La probabilidad de imponer un régimen totalitario a un pueblo entero recae en el líder que primero reúna en derredor suyo un grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto.
  Aunque los partidos socialistas tenían poder para lograrlo todo si hubieran querido hacer uso de la fuerza, se resistieron a hacerlo. Se habían impuesto a sí mismos, sin saberlo, una tarea que sólo el cruel, dispuesto a despreciar las barreras de la moral admitida, puede ejecutar.
  Por lo demás, muchos reformadores sociales del pasado sabían por experiencia que el socialismo sólo puede llevarse a la práctica por métodos que desaprueban la mayor parte de los socialistas. Los viejos partidos socialistas se vieron detenidos por sus ideales democráticos; no poseían la falta de escrúpulos necesaria para llevar a cabo la tarea elegida. Es característico que, tanto en Alemania como en Italia, al éxito del fascismo precedió la negativa de los partidos socialistas a asumir las responsabilidades del gobierno. Les fue imposible poner entusiasmo en el empleo de los métodos para los que habían abierto el camino. Confiaban todavía en el milagro de una mayoría concorde sobre un plan particular para la organización de la sociedad entera. Pero otros habían aprendido ya la lección, y sabían que en una sociedad planificada la cuestión no podía seguir consistiendo en determinar qué aprobaría una mayoría, sino en hallar el mayor grupo cuyos miembros concordasen suficientemente para permitir una dirección unificada de todos los asuntos; o, de no existir un grupo lo bastante amplio para imponer sus criterios, en cómo crearlo y quién lo lograría.
  Hay tres razones principales para que semejante grupo, numeroso y fuerte, con opiniones bastante homogéneas, no lo formen, probablemente, los mejores, sino los peores elementos de cualquier sociedad. Con relación a nuestros criterios, los principios sobre los que podrá seleccionarse un grupo tal serán casi enteramente negativos.
  En primer lugar, es probablemente cierto que, en general, cuanto más se eleva la educación y la inteligencia de los individuos, más se diferencian sus opiniones y sus gustos y menos probable es que lleguen a un acuerdo sobre una particular jerarquía de valores. Corolario de esto es que si deseamos un alto grado de uniformidad y semejanza de puntos de vista, tenemos que descender a las regiones de principios morales e intelectuales más bajos, donde prevalecen los más primitivos y “comunes” instintos y gustos. Esto no significa que la mayoría de la gente tenga un bajo nivel moral; significa simplemente que el grupo más amplio cuyos valores son muy semejantes es el que forman las gentes de nivel bajo. Es, como si dijéramos, el mínimo común denominador lo que reúne el mayor número de personas. Si se necesita un grupo numeroso lo bastante fuerte para imponer a todos los demás sus criterios sobre los valores de la vida, no lo formarán jamás los de gustos altamente diferenciados y desarrollados; sólo quienes constituyen la «masa», en el sentido peyorativo de este término, los menos originales e independientes, podrán arrojar el peso de su número en favor de sus ideales particulares.
Camino de servidumbre El Libro De Bolsillo - Ciencias Sociales ...  Sin embargo, si un dictador potencial tiene que confiar enteramente sobre aquellos que, por sus instintos sencillos y primitivos, resultan ser muy semejantes, su número difícilmente podrá dar suficiente empuje a sus esfuerzos. Tendrá que aumentar el número, convirtiendo más gentes al mismo credo sencillo.
  Entra aquí el segundo principio negativo de selección: será capaz de obtener el apoyo de todos los dóciles y crédulos, que no tienen firmes convicciones propias, sino que están dispuestos a aceptar un sistema de valores confeccionado si se machaca en sus orejas con suficiente fuerza y frecuencia. Serán los de ideas vagas e imperfectamente formadas, los fácilmente modelables, los de pasiones y emociones prontas a levantarse, quienes engrosarán las filas del partido totalitario.
  Con el esfuerzo deliberado del demagogo hábil, entra el tercero y quizá más importante elemento negativo de selección para la forja de un cuerpo de seguidores estrechamente coherente y homogéneo. Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio a un enemigo, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva. La contraposición del “nosotros” y el “ellos”, la lucha contra los ajenos al grupo, parece ser un ingrediente esencial de todo credo que enlace sólidamente a un grupo para la acción común. Por consecuencia, lo han empleado siempre aquellos que buscan no sólo el apoyo para una política, sino la ciega confianza de ingentes masas. Desde su punto de vista, tiene la gran ventaja de concederles mayor libertad de acción que casi ningún programa positivo. El enemigo, sea interior, como el «judío» o el “kulak”, o exterior, parece ser una pieza indispensable en el arsenal de un dirigente totalitario.
  Que el judío viniera a ser en Alemania el enemigo, hasta que las «plutocracias» ocuparon su sitio, fue, lo mismo que la selección del kulak en Rusia, el resultado del resentimiento anticapitalista sobre el que se basa el movimiento entero. En Alemania y Austria llegó a considerarse al judío como representativo del capitalismo, porque un tradicional despego de amplios sectores de la población hacia las ocupaciones comerciales hizo más accesibles éstas a un grupo que había sido prácticamente excluido de las ocupaciones tenidas en más estima. Es la vieja historia de la raza extranjera, sólo admitida para los oficios menos respetados, y más odiada aún por el hecho de practicarlos. Que el antisemitismo y el anticapitalismo alemanes surgiesen de la misma raíz es un hecho de gran importancia para comprender lo que sucedió allí; pero rara vez lo han comprendido los observadores extranjeros.
  Considerar la tendencia universal de la política colectivista a volverse nacionalista como debida por entero a la necesidad de asegurarse un resuelto apoyo, sería despreciar otro y no menos importante factor. Incluso cabe dudar que se pueda concebir con realismo un programa colectivista como no sea al servicio de un grupo limitado, que el colectivismo pueda existir en otra forma que como alguna especie de particularismo, sea nacionalismo, racismo o clasismo. La creencia en la comunidad de fines e intereses entre camaradas parece presuponer un mayor grado de semejanza de ideas y creencias que el que existe entre los hombres en cuanto simples seres humanos. Aunque sea imposible conocer personalmente a todos los miembros de nuestro grupo, por lo menos han de ser del mismo tipo que los que nos rodean y han de hablar y pensar de la misma manera y sobre las mismas cosas, para que podamos identificarnos con ellos. El colectivismo a escala mundial parece ser inimaginable, si no es al servicio de una pequeña élite. Daría lugar, ciertamente, no sólo a problemas técnicos, sino, sobre todo, a problemas morales que ninguno de nuestros socialistas desea afrontar.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alianza, 2011, en traducción de José Vergara Doncel, pp. 128-132. ISBN: 978-84-20651-68-2.]

martes, 24 de diciembre de 2019

Vieja y nueva democracia.- Moses I. Finley (1912-1986)

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IV.-Los demagogos atenienses

«La distinción para ellos crucial es la que se establece entre el hombre que se entrega a la gestión pública con el único fin de servir bien al Estado, y quien, guiado por su interés egoísta, hace de éste su meta y, para cumplir sus dictados, se sirve de la adulación ante el pueblo. El primero puede cometer errores y adoptar una línea política errada en una determinada situación; el segundo podrá en ocasiones formular propuestas acertadas, como cuando Alcibíades disuadió a los marinos de la flota surta en Samos de que abandonaran aquella posición naval, regresando apresuradamente a Atenas en el 411 a.C. para derrocar a los oligarcas que allí se habían alzado con el poder: a esta acción Tucídides le brinda su aprobación expresa. Mas estos no son distingos fundamentales. Tampoco lo son los restantes rasgos que se les atribuye a los demagogos: la costumbre de Cleón de gritar cuando se dirigía a la Asamblea, la falta de integridad personal en asuntos económicos y demás. Tales puntos únicamente realzan la imagen. De Aristófanes a Aristóteles, el ataque a los demagogos siempre se centra en una cuestión central: ¿en interés de quién ejercen su misión como estadistas?
 Tras esta formulación del interrogante se ocultan tres proposiciones. La primera es que los hombres no son iguales: ni en su valía moral, ni en sus capacidades ni en su status social y económico. La segunda es que todas las comunidades tienden a dividirse en facciones; de éstas las más fundamentales son, por un lado, la de los ricos y gentes de alcurnia, por otro, la de los pobres -y cada una de ellas tendrá sus potencialidades, cualidades e intereses propios. La tercera proposición es que el Estado bien ordenado y bien gobernado es aquel que supera a las facciones y sirve como instrumento de la vida recta de sus ciudadanos.
 La facción constituye el más acerbo mal y el más acostumbrado peligro de una comunidad. Mas la voz "facción" es tan sólo una convencional traducción inglesa [faction] del término griego stasis, una de las más notables palabras que podamos hallar en cualquier lengua. Su radical es la de "situación", "posición", "colocación", "estado". Su abanico de significados políticos puede ilustrarse de la mejor de las maneras mediante una mera tabulación de las definiciones que encontramos en el diccionario: "partido", "partido formado con fines sediciosos", "facción", "sedición", "discordia", "división", "desacuerdo" y, en fin, un significado bien atestiguado que incomprensiblemente no figura en nuestro léxico, a saber, "guerra civil" o "revolución". Al contrario de lo que acontece con la voz "demagogo", stasis es palabra muy usada en la literatura y sus connotaciones son, por lo regular, peyorativas. También es de extrañar que éste sea el más arrinconado concepto en los modernos estudios de historia helena. En mi opinión, no se ha observado lo bastante frecuentemente o, de hacerlo, no con la debida pregnancia, que por necesidad debe de significar algo el hecho de que una palabra que posee el sentido originario de "situación" o "posición" y que, en abstracta lógica, podría haber comportado un sentido asimismo neutro al utilizarse en un contexto político, no lo hiciera en la práctica, sino que, antes bien, se revistiera de los más negativos matices. Una posición política, una posición partidista -tal es la inescapable implicación- constituye de por sí algo funesto, algo que conduce a la sedición, a la guerra civil, y a la subversión de la fábrica social. Y esta misma tendencia la hallamos reproducida en todo el lenguaje. Después de todo, no existe ninguna norma eterna de acuerdo con la cual "demagogo", o sea "quien conduce al pueblo", tenga por necesidad que significar "quien mal-conduce o descarría al pueblo". O por qué hetairia, vieja palabra griega que, entre otros significados, tenía el de "grupo" o "sociedad" de amigos, pasara en la Atenas del siglo V a significar simultáneamente "conspiración", "organización sediciosa". Sea cual fuere la explicación, lo seguro es que ésta no mora en la filología sino en la misma sociedad helena.
 Nadie que haya leído a los autores políticos griegos habrá dejado de advertir la unanimidad de enfoque que a este respecto evidencian. Fueran cuales fueran los desacuerdos existentes entre ellos, todos insisten de consuno en que el Estado debe alzarse por encima de los intereses de clase o de facción. Sus metas y objetivos son morales, intemporales y universales, y sólo pueden lograrse -o, por mejor decir, sólo es posible aproximarse o acercarse a ellos- por medio de la formación del ciudadano, de la conducta moral (sobre todo por parte de los que detentan la autoridad), de la legislación adecuada y de la elección de los gobernantes legítimos. De cierto que no se niega, en cuanto hecho empírico, la existencia de clases e intereses. Lo que sí se niega es que la elección de las metas políticas pueda estar legítimamente vinculada a tales clases y tales intereses, o que el bien del Estado pueda conseguirse de otra forma que no sea mediante la marginación, cuando no la supresión, de los intereses privados.
 Fue Platón, ciertamente, quien llevó esta línea de argumentaciones a sus soluciones más radicales. Ya en el Gorgias había argüido que ni siquiera las grandes figuras políticas atenienses del pretérito -Milcíades, Temístocles, Cimón y Pericles- eran auténticos estadistas. Lo único que habían hecho era ser más complacientes que sus sucesores a la hora de gratificar los deseos del demos con barcos, murallas y astilleros. Fracasaron a la hora de hacer de los ciudadanos hombres moralmente mejores, y llamarlos "estadistas" significa, por ende, confundir al pastelero con el médico. Más tarde, en la República, Platón expuso su propuesta de concentrar todo el poder en las manos de una pequeña y selecta clase, apropiadamente instruida. Ésta habría de verse libre, en virtud de las más radicales medidas, de todo tipo de interés específico con la abolición, por lo que a ellos respectaba, tanto de la propiedad privada como del orden familiar. Tan sólo en tales condiciones, podrían éstos comportarse  como perfectos agentes morales, rectores del Estado hacia los fines a éste propios sin que ningún interés egoísta empañara su empresa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 1980, en traducción de Antonio Pérez-Ramos. ISBN: 84-344-0804-X.]

miércoles, 25 de abril de 2018

La revolución española (1930-1939).- León Trotsky (1879-1940)


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La tragedia de España

«30 de enero de 1939
Uno de los más trágicos capítulos de la historia moderna se acerca a su fin en España. Del lado de Franco no hay ejército poderoso ni apoyo popular. Hay sólo propietarios rapaces, decididos a ahogar en sangre a las tres cuartas partes de la población para mantener su dominio sobre la otra. Pero esta criminal ferocidad no habría sido suficiente para asegurar la victoria sobre el heroico proletariado español. Franco necesitaba una ayuda que proviniera del otro lado del frente. Y la ha obtenido. Su principal auxiliar ha sido y sigue siendo Stalin, el sepulturero del Partido Bolchevique y de la revolución proletaria. La caída de Barcelona, la gran capital proletaria, es el precio directo de las masacres del proletariado de Barcelona en mayo de 1937.
 Por insignificante que sea el mismo Franco, por miserable que pueda ser su camarilla de aventureros, de gente sin honor, sin conciencia y sin talento militar, la gran superioridad de Franco consiste, sin embargo, en que posee un programa claro y definido: salvaguardar y estabilizar la propiedad capitalista, el poder de los explotadores y la dominación de la Iglesia, restaurar la monarquía.
 Las clases poseedoras de todos los países capitalistas, las de los países fascistas tanto como las de las democracias, han demostrado, como cabía esperar, estar al lado de Franco. En el campo republicano sólo han quedado los escuderos "demócratas". Esos señores no podían desertar y pasarse del lado del fascismo, pues la fuente misma de sus ingresos y de su influencia residía en las instituciones de la democracia burguesa, que tiene (o tenía) necesidad para su normal funcionamiento de hombres de leyes, diputados, periodistas, en pocas palabras, de campeones democráticos del capitalismo. Todo el programa de Azaña y compañía no era otra cosa que nostalgia de los días pasados y resultaba completamente inadecuado. El Frente Popular recurrió a la demagogia y a las ilusiones para arrastrar a las masas detrás de él. Consiguió hacerlo durante largo tiempo. Las masas, que habían asegurado todos los éxitos anteriores de la revolución, continuaban todavía creyendo que la revolución iba  a llegar a su conclusión lógica, es decir, al derrocamiento de las relaciones de propiedad y a la entrega de la tierra a los campesinos y de las fábricas a los obreros. La fuerza dinámica de la revolución consiste precisamente en esta esperanza de las masas en un futuro mejor. Pero, señores, los republicanos han hecho todo lo que estaba en sus manos para pisotear, mancillar y ahogar en sangre las más queridas esperanzas de las masas oprimidas. El resultado -hemos podido verlo en el transcurso de los dos últimos años- ha sido la desconfianza y el odio creciente de los campesinos y los obreros hacia las pandillas republicanas. La desesperanza o una triste indiferencia han reemplazado gradualmente al entusiasmo revolucionario y al espíritu de sacrificio. Las masas han vuelto la espalda a los que las han engañado y pisoteado. Ésta es la primera razón de la derrota de las tropas republicanas. El instigador de engaños y de la matanza de obreros revolucionarios españoles es Stalin. La derrota de la revolución española es una nueva mancha sobre la banda del Kremlin, cargada ya con tantos crímenes. El aplastamiento de Barcelona asesta un terrible golpe al proletariado mundial, pero también aporta una gran lección. El mecanismo del Frente Popular español, en tanto que sistema organizado de mentiras y traición a las masas explotadas, ha sido puesto al descubierto. La divisa "defensa de la democracia" ha revelado una vez más su ausencia reaccionaria y al mismo tiempo su carácter vacío. La burguesía desea perpetuar su régimen de explotación. Los obreros desean librarse de esta explotación. Estos son los verdaderos objetivos de las clases fundamentales de la sociedad moderna.
 Las miserables camarillas de intermediarios pequeñoburgueses que habían perdido la confianza y los subsidios de la burguesía, han tratado de salvaguardar el pasado sin pensar en el futuro. Bajo la etiqueta de Frente Popular fundaron una sociedad anónima. Bajo la dirección de Stalin han llegado a la más terrible de las derrotas cuando las condiciones de la victoria se encontraban al alcance de la mano.
 El proletariado español ha dado clarísimas pruebas de poseer una extraordinaria capacidad de iniciativa y heroísmo revolucionario. La revolución ha sido llevada a la catástrofe por "líderes" despreciables y completamente corrompidos. La caída de Barcelona ilustra, ante todo, la caída de la Segunda y la Tercera Internacional, así como la de los anarquistas, unos y otros podridos hasta la médula.
 ¡Trabajadores, adelante por un nuevo camino!
 ¡Adelante por la Revolución Socialista Internacional!»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Diario Público, 2011. Depósito legal: B-19824-2011.]
 

domingo, 22 de enero de 2017

"Recuerdos de la revolución de 1848".- Alexis de Tocqueville (1805-1859)


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 Segunda parte
 V

 «Ha habido revolucionarios más malvados que los de 1848, pero no creo que nunca los haya habido más tontos: no supieron ni servirse del sufragio universal ni prescindir de él. Si hubieran hecho las elecciones al día siguiente del 24 de febrero, cuando las clases altas estaban aturdidas por el golpe que acababan de recibir y cuando el pueblo estaba más emocionado que descontento, habrían obtenido tal vez una Asamblea según sus deseos. Si hubieran optado, audazmente, por la dictadura habrían podido conservarla algún tiempo en sus manos. Pero se entregaron a la nación, y, al propio tiempo, hicieron todo lo que podía alejarla de ellos. La amenazaron, mientras se entregaban a ella. La amedrentaron con la audacia de sus proyectos y con la violencia de su lenguaje, y la invitaron a la resistencia con la debilidad de sus actos. Adoptaron el aire de ser sus preceptores, al mismo tiempo que se sometían a ella. En lugar de abrir sus filas después de la victoria, las cerraron celosamente y parecieron, en una palabra, haberse entregado a resolver este problema insoluble, a saber: gobernar con la mayoría, pero contra el gusto de ésta.
 Siguiendo los ejemplos del pasado sin comprenderlos, se imaginaron, tontamente, que bastaba convocar a la gente a la vida política para unirla a su causa y que, para hacer amar la república, era suficiente otorgar unos derechos sin procurar unos beneficios. Olvidaban que sus precursores, al mismo tiempo que hacían electores a todos los campesinos, destruían el feudo, proscribían la corvée, abolían los demás privilegios señoriales y repartían entre los antiguos siervos los bienes de los antiguos nobles, mientras que ellos no podían hacer nada semejante. Al implantar el sufragio universal, creyeron convocar al pueblo en ayuda de la revolución y lo único que hicieron fue darle armas contra ella. Sin embargo, estoy lejos de creer que fuese imposible hacer brotar pasiones revolucionarias incluso en el campo. En Francia, todos los labradores tienen alguna porción de tierra y, en su mayoría, tienen hipotecada su pequeña hacienda. Su enemigo ya no era el noble, sino el acreedor, y era a éste al que convenía atacar. No había que prometer la abolición del derecho de propiedad, sino la abolición de las deudas. Los demagogos de 1848 no se percataron de este medio. Se mostraron mucho más torpes que sus precursores, sin ser por ello más honestos, porque fueron tan violentos y tan inicuos en sus deseos como los otros lo habían sido en sus actos. Pero, para realizar actos de iniquidad violenta, no le basta a un gobierno con querer, ni siquiera con poder, sino que es necesario también que las costumbres, las ideas y las pasiones de la época se presten a ello.
 Las elecciones fueron, pues, en su mayoría, contrarias al partido que había hecho la revolución, y tenían que serlo. Éste, no por ello, dejó de experimentar una sorpresa muy dolorosa. A medida que veía rechazados a sus candidatos, entraba en una gran tristeza y en una gran cólera, se le oía quejarse, ora tiernamente, ora duramente, de la nación, a la que trataba de ignorante, de ingrata, de insensata, enemiga de su propio bien. Me recordaba al Arnolphe de Molière, cuando dice a Agnès: "pero, en fin, ¿por qué no amarme, señora impúdica?".
 Lo que no era ridículo, sino realmente siniestro y terrible, era el aspecto de París, cuando yo llegué. Encontré en la ciudad a cien mil obreros armados, ordenados en regimientos, sin trabajo, muriendo de hambre, pero con el espíritu atiborrado de teorías huecas y de esperanzas quiméricas. Vi la sociedad partida en dos: los que no poseían nada, unidos en una común codicia, y los que poseían algo, en una común angustia. Ya no había lazos, ni  simpatías, entre aquellas dos grandes clases: por todas partes, la idea de una lucha inevitable y próxima. Ya los burgueses y el pueblo -porque habían vuelto a emplearse estos antiguos nombres de guerra- habían llegado a las manos, con suertes contrarias, en Rouen y en Limoges. En París, no pasaba día sin que los propietarios fuesen atacados o amenazados en su capital o en sus rentas. Tan pronto se quería que diesen trabajo sin vender, como que liberasen a sus inquilinos del precio de los alquileres, cuando ellos mismos no tenían otras rentas para vivir. Y se plegaban cuanto podían a todas aquellas tiranías, a la vez que trataban de sacar partido, por lo menos, de su debilidad, haciéndola pública. En los periódicos de entonces, yo recuerdo haber leído, entre otras cosas, este anuncio, que todavía me impresiona como un modelo de vanidad, de poltronería y de estupidez, mezcladas bastante artificiosamente: "Señor redactor -se decía-, me valgo de la voz de su periódico, para comunicar a mis inquilinos que, deseando poner en práctica con ellos los principios de fraternidad que deben guiar a los verdaderos demócratas, entregaré a aquellos de mis inquilinos que la reclamen carta de pago definitiva del importe del próximo plazo". 
 Mientras tanto, una sombría desesperación se había apoderado de aquella burguesía tan oprimida y amenazada, y aquella desesperación se convertía, insensiblemente, en coraje. Yo siempre había creído que no se podía esperar la regulación gradual y pacífica del movimiento de la revolución de Febrero y que no se detendría más que, de repente, mediante una gran batalla que se daría en París. Lo había dicho desde el día siguiente del 24 de febrero, y lo que vi entonces me persuadió de que aquella batalla no sólo era, efectivamente, inevitable, sino que el momento estaba próximo y que era de desear que se aprovechase la primera ocasión para entablarla.
 La Asamblea Nacional se reunió, por fin, el 4 de mayo. Hasta última hora se dudó de que pudiera hacerlo. Creo que los más ardientes de los demagogos tuvieron varias veces, en efecto, la tentación de prescindir de ella, pero no se atrevieron: estaban anonadados bajo el peso de su propio dogma de la soberanía del pueblo.»