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domingo, 24 de julio de 2022

Verso y prosa.- Blas de Otero (1916-1979)


Bilbaopedia - Blas de Otero
Obra


 … Bien sabemos lo difícil que es hacerse oír de la mayoría. También aquí son muchos los llamados y pocos los escogidos. Pero comenzad por llamarlos, que seguramente la causa de tal desatención está más en la voz que en el oído.

* * *

 Tarea para hoy: demostrar hermandad con la tragedia viva, y luego, lo antes posible, intentar superarla. Naturalmente, esto es lo mas difícil. No hay creador capaz de levantar unas ruinas si no dispone de un ideal positivo; si primero él no ha forjado -cual un futuro ya presente- su escala de valores y su escuela de verdades.

* * *

 Creo en la poesía social, a condición de que el poeta (el hombre) sienta estos temas con la misma sinceridad y la misma fuerza que los tradicionales.
 (1950)
[…]

Mundo

CUANDO San Agustín escribía sus Soliloquios.
Cuando el último soldado alemán se desmoronaba de asco y de impotencia.
Cuando las guerras púnicas
y las mujeres abofeteadas en el descansillo de una escalera
entonces,
cuando San Agustín escribía la Ciudad de Dios con una mano
y con la otra tomaba notas a fin de combatir las herejías,
precisamente entonces,
cuando ser prisionero de guerra no significaba la muerte, sino la casualidad de encontrarse vivo,
cuando las pérfidas mujeres inviolables se dedicaban a reparar las constelaciones deterioradas
y los encendedores automáticos desfallecían de póstuma ternura, entonces, ya lo he dicho,
San Agustín andaba corrigiendo las pruebas de su Enchiridion ad Laurentium
y los soldados alemanes se orinaban encima de los niños recién bombardeados.
Triste, triste es el mundo,
como una muchacha huérfana de padre a quien los salteadores de abrazos sujetan contra un muro.
Muchas veces hemos pretendido que la soledad de los hombres se llenase de lágrimas.
Muchas veces, infinitas veces, hemos dejado de dar la mano
y no hemos conseguido otra cosa que unas cuantas arenillas pertinazmente intercaladas entre los dientes.
Oh si San Agustín se hubiese enterado de que la diplomacia europea
andaba comprometida con artistas de variétès de muy dudosa reputación
y que el ejército norteamericano acostumbraba recibir paquetes donde la más ligera falta de ortografía
era aclamada como venturoso presagio de la libertad de los pueblos oprimidos por el endoluminismo.
Voy a llorar de tanta pierna rota
y de tanto cansancio que se advierte en los poetas menores de dieciocho años.
Nunca se ha conocido un desastre igual.
Hasta las Hermanas de la Caridad hablan de crisis
y se escriben gruesos volúmenes sobre la decadencia del jabón de afeitar entre los esquimales.
Decid adónde vamos a parar con tanta angustia
y tanto dolor de padres desconocidos entre sí.
Cuando San Agustín se entere de que los teléfonos automáticos han dejado de funcionar
y de que las tarifas contra incendios se han ocultado tímidamente en las cabelleras de las muchachitas rubias,
ah entonces, cuando San Agustín lo sepa todo
Verso y prosa (Letras Hispánicas): Amazon.es: Otero, Blas de: Librosun gran rayo descenderá sobre la tierra y en un abrir y cerrar de ojos nos volveremos todos idiotas.
[…]

Encuesta

Quiero encontrar, ando buscando la causa del sufrimiento. / La causa a secas del sufrimiento a veces
mojado en sangre, en lágrimas, y en seco / muchas más. La causa de las causas de las cosas
horribles que nos pasan a los hombres. / No a Juan de Yépez, a Blas de Otero, a León
Bloy, a César Vallejo, no, no busco eso, / qué va, ando buscando únicamente
la causa del sufrimiento / (del sufrimiento a secas),
la causa a secas del sufrimiento a veces… / Y siempre vuelta a empezar.
Me pregunto quién goza con que suframos los hombres. / Quién se afeita a favor del viento de la angustia.
Qué sucede en la sección de Inmortalidad / cuando según todas las pruebas nos morimos para siempre.
Sabemos poco en materia de sufrimiento. / Estamos muy orgullosos con nuestro orgullo,
pero si yo les arguyo con el sufrimiento no saben qué decirme. / Mire usted en la guía telefónica,
o en la Biblia, es fácil que allí encuentre algo. / Y agarro la biblia telefónica,
y agarro / con las dos manos la Guía de pecadores… y se caen al suelo todos los platos.
Desde los siete años / oyendo lo mismo a todas horas, cielo santo,
santo, santo, como de Dios al fin obra maestra. / Pero, del sufrimiento, como el primer día:
mudos y flagelados a doble columna. Es horrible.
[…]

Juicio final

 Yo, pecador, artista del pecado, / comido por el ansia hasta los tuétanos,
yo, tropel de esperanza y de fracasos, / estatua del dolor, firma del viento.
Yo, pecador, en fin, desesperado / de sombras y de sueños: me confieso
que soy un hombre en situación de hablaros / de la vida. Pequé. No me arrepiento.
Nací para narrar con estos labios / que barrerá la muerte un día de estos,
espléndidas caídas en picado / del bello avión aquel de carne y hueso.
Alas arriba disparó los brazos, / alardeando de tan alto invento;
plumas de níquel: escribid despacio. / Helas aquí, hincadas en el suelo.
Éste es mi sitio. Mi terreno. Campo / de aterrizaje de mis ansias. Cielo
al revés. Es mi sitio y no lo cambio / por ninguno. Caí. No me arrepiento.
Ímpetus nuevos nacerán, más altos. / Llegaré por mis pies -¿Para qué os quiero?-
a la patria del hombre: al cielo raso / de sombras ésas y de sueños ésos.
…porque la mayor locura que puede / hacer un hombre en esta vida es
dejarse morir sin más ni más…
[…]

En la inmensa mayoría

 Podrá faltarme el aire, / el agua,
el pan, / sé que me faltarán.
El aire, que no es de nadie. / El agua, que es del sediento.
El pan… Sé que me faltarán. / La fe, jamás.
Cuanto menos aire, más. / Cuanto más sediento, más.
Ni más ni menos. Más.
[…]

 Noticias de todo el mundo

 A los cuarenta y siete años de mi edad, / da miedo decirlo, soy sólo un poeta español
(dan miedo los años, lo de poeta, y España) / de mediados del siglo XX. Esto es todo.
¿Dinero? Cariño es lo que yo quiero, / dice la copla. ¿Aplausos? Sí, pero no me entero.
¿Salud? Lo suficiente. ¿Fama? / Mala. Pero mucha lana.
Da miedo pensarlo, pero apenas me leen / los analfabetos, ni los obreros, ni
los niños. / Pero ya me leerán. Ahora estoy aprendiendo
a escribir, cambié de clase, / necesitaría una máquina de hacer versos,
perdón, unos versos para la máquina / y un buen jornal para el maquinista,
y, sobre todo, paz, / necesito paz para seguir luchando
contra el miedo, / para brindar en medio de la plaza
y abrir el porvenir de par en par, / para plantar un árbol
en medio del miedo, / para decir “buenos días” sin engañar a nadie,
“buenos días, cartero” y que me entregue una carta / en blanco, de la que vuele una paloma.
[…]

Todo

Gracias doy a la vida por haberme nacido. / Gracias doy a la vida porque vi los árboles, y los ríos y el mar.
Gracias en la bonanza y en la procela. / Gracias por el camino y por la verdad.
Gracias por la contradicción y por la lucha. / Gracias por el aire y por la cárcel.
Gracias por el asombro y por la obra. / Gracias por morir; gracias por perdurar.»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1982, en edición del autor. ISBN 84-207-1000-8 ]

viernes, 5 de febrero de 2021

La dama del alba.- Alejandro Casona (1903-1965)

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Acto tercero
(Adela y Telva)

  «Telva: Gracias a Dios que se oye reír en esta casa.
 Adela: (Volviendo a su labor.) Son una gloria de criaturas.
 Telva: Ahora sí; desde que van a la escuela y pueden correr a sus anchas, tienen por el día mejor color y por la noche mejor sueño. Pero tampoco conviene demasiada blandura.
 Adela: No dan motivo para otra cosa.
 Telva: De todas maneras; bien están los besos y los juegos, pero un azote a tiempo también es salud. Vinagre y miel sabe mal, pero hace bien.
 Adela: Del vinagre ya se encargan ellos. Ayer Andrés anduvo de pelea  y volvió a casa morado de golpes.
 Telva: Mientras sea con otros de su edad, déjalos; así se hacen fuertes. Y los que no se pelean de pequeños lo hacen luego de mayores, que es peor. Es como el renacuajo que mueve la cola, y dale y dale… hasta que se la quita de encima. ¿Comprendes?
 Adela: ¡Tengo tanto que aprender todavía!
 Telva: No tanto. Lo que tú has hecho aquí en unos pocos meses no lo había conseguido yo en años. ¡Ahí es nada! Una casa que vivía a oscuras y un golpe de viento que abre de pronto todas las ventanas. Eso fuiste tú.
 Adela: Aunque así fuera. Por mucho que haga no será bastante para pagarles todo el bien que les debo.

 (Telva termina de arreglar el vasar y se sienta junto a ella ayudándole a devanar una madeja.)

 Telva: ¿Podías hacer más? Desde que Angélica se nos fue, la desgracia se había metido en esta casa como cuchillo por pan. Los niños, quietos en el rincón; la rueca, llena de polvo, y el ama con sus ojos fijos y su rosario en la mano. Toda la casa parecía un reloj parado. Ahora ha vuelto a andar y hay un pájaro para cantar las horas nuevas.
 Adela: Más fueron ellos para mí. Pensar que no tenía nada, ni la esperanza siquiera, y cuando quise morir el cielo me lo dio todo de golpe: madre, abuelo, hermanos. ¡Toda una vida empezada por otra para que la siguiera yo! (Con una sombra en la voz suspendiendo la labor.) A veces pienso que es demasiado para ser verdad y que de pronto voy a despertarme sin nada otra vez a la orilla del río…
 Telva: (Santiguándose, rápida.) ¿Quieres callar, malpocada? ¡Miren qué ideas para un día de fiesta! (Le tiende nuevamente la madeja.) ¿Por qué te has puesto triste de repente?
 Adela: Triste, no. Estaba pensando que siempre falta algo para ser feliz del todo.
 Telva: ¡Ahá! (La mira. Voz confidencial.) ¿Y ese algo… tiene los ojos negros y espuelas en las botas?
 Adela: Martín.
 Telva: Me lo imaginaba.
 Adela: Los demás todos me quieren bien. ¿Por qué tiene que ser precisamente él, que me trajo a esta casa, el único que me mira como a una extraña? Nunca me ha dicho una buena palabra.
 Telva: Es su carácter. Los hombres enteros son como el pan bien amasado: cuanto más dura tienen la corteza más tierna esconden la miga.
 Adela: Si alguna vez quedamos solos siempre encuentra una disculpa para irse. O se queda callado, con los ojos bajos, sin mirarme siquiera.
 Telva: ¿También eso? Malo, malo, malo. Cuando los hombres nos miran mucho, puede no pasar nada; pero cuando no se atreven a mirarnos, todo puede pasar.
 Adela: ¿Qué quiere usted decir?
 Telva: ¡Lo que tú te empeñas en callar! Mira, Adela, si quieres que nos encontremos, no me vengas nunca con rodeos. Las palabras difíciles hay que cogerlas sin miedo, como las brasas en los dedos. ¿Qué es lo que sientes tú por Martín?
 Adela: El afán de pagarle de algún modo lo que hizo por mí. Me gustaría que me necesitara alguna vez; encenderle el fuego cuando tiene frío, o callar juntos cuando está triste, como dos hermanos.
 Telva: ¿Y nada más?
 Adela: ¿Qué más puedo esperar?
Resultado de imagen de la dama del alba Telva: ¿No se te ha ocurrido pensar que es demasiado joven para vivir solo, y que a su edad sobra la hermana y falta la mujer?
 Adela: ¡Telva…! (Se levanta asustada.) Pero ¿cómo puede imaginar tal cosa?
 Telva: No sería ningún disparate, digo yo.
 Adela: Sería algo peor; una traición. Hasta ahora he ido ocupando uno por uno todos los sitios de Angélica, sin hacer daño a su recuerdo. Pero queda el último, el más sagrado. ¡Ése sigue siendo suyo y nadie debe entrar nunca en él!

 (Comienza a declinar la luz. Martín llega del campo. Al verlas juntas se detiene un momento. Luego se dirige a Telva.)
(Telva, Adela y Martín)

 Martín: ¿Tienes por ahí alguna venda?
 Telva: ¿Para qué?
 Martín: Tengo dislocada esta muñeca desde ayer. Hay que sujetarla.
 Telva: A ti te habla, Adela. (Adela rasga una tira y se acerca a él.)
 Adela: ¿Por qué no lo dijiste ayer mismo?
 Martín: No me di cuenta. Debió de ser al descargar el carro.
 Telva: ¿Ayer? ¡Qué raro! ¡No recuerdo que haya salido el carro en todo el día!
 Martín: (Áspero.) Pues sería al podar el nogal o al uncir los bueyes. ¿Tengo que acordarme cómo fue?
 Telva: Eso allá tú. Tuya es la mano.
 Adela: (Vendando con cuidado.) ¿Te duele?
 Martín: Aprieta fuerte. Más. (La mira mientras ella termina el vendaje.) ¿Por qué te has puesto ese vestido?
 Adela: No fue idea mía. Pero si no te gusta…
 Martín: No necesitas ponerte vestidos de otra; puedes encargarte los que quieras. ¿No es tuya la casa? (Comienza a subir la escalera. Se detiene un instante y dulcifica el tono, sin mirarla apenas.) Y gracias.
 Telva: Menos mal. Sólo faltaba morder la mano que te cura. (Sale Martín.) ¡Lástima de vara de avellano!
 Adela: (Recogiendo su labor, pensativa.) Cuando mira los trigales no es así. Cuando acaricia a su caballo, tampoco. Sólo es conmigo…
 
(Entra la Madre, del campo.)
(Madre, Adela y Telva. Después Quico)

 Adela: Ya iba a salir a buscarla. ¡Fue largo el paseo, eh!
 Madre: Hasta las viñas. Está hermosa la tarde y ya huele a verano todo el campo.
 Telva: ¿Pasó por el pueblo?
 Madre: Pasé. ¡Y qué desconocido está! La parra de la fragua llega hasta el corredor; en el huerto parroquial hay árboles nuevos. Y esos chicos se dan tanta prisa en crecer… Algunos ni me conocían.
 Telva: Pues qué, ¿creía que el pueblo se había dormido todo este tiempo?
 Madre:  Hasta las casas parecen más blancas. Y en el sendero del molino han crecido rosales bravos.
 Telva: ¿También estuvo en el molino?
 Madre: También. Por cierto que esperaba encontrarlo mejor atendido. ¿Dónde está Quico?
 Telva: (Llama en voz alta.) ¡Quico…!
 Voz de Quico: ¡Va…!»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra (Grupo Anaya), 2000, en edición de José R. Rodríguez Richart, pp. 102-107. ISBN: 84-376-0465-6.]

domingo, 27 de diciembre de 2020

Una cama de nieve.- Roswitha Haring (1960)

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  «Mi madre no sabe esquiar, ¿verdad?, le digo a mi tío. No, creo que no, pero no estoy seguro, era muy pequeño cuando tu madre se fue a vivir a la ciudad. ¿Cuándo vio por última vez a su otro hermano?, pregunto, y mi tío lo piensa y dice, debe de hacer unos ocho o diez años. ¿Y a su otra hermana?, también, sucedió todo a la vez. Hace frío, quizá mi tía ha ventilado la sala demasiado tiempo. Quiero hundirme en un almohadón, el asiento es bajo, me resbalo como si diera una voltereta hacia atrás en la barra fija. Tengo un poco de frío, digo estremeciéndome. Mi tío se levanta y entorna la puerta. ¿Te preocupa?, dice, no sé casi nada, sólo lo que la tía me contó ayer en la heladería. ¿Qué te dijo? Que el tío hizo daño a mi hermana, que hizo con ella lo que sólo pueden hacer los que están casados. Mi tío suelta una carcajada, tu tía y yo tampoco estábamos casados, y yo respondo enseguida, no, quiero decir que hizo algo que un tío no puede hacer con su sobrina. Eso es cierto, dice mi tío, pero se trata de quién tiene razón. ¿Cómo que quién tiene razón?, le pregunto, y mi tío dice, no quiero decir nada más sobre este asunto, mueve la mano por el aire como si se pudiera cortar, yo no estaba, siempre me he mantenido al margen. Mi tío apoya el brazo como si fuera a levantarse. Lo deja descansar de nuevo y dice, pero sé que tu hermana lo soltó todo mucho más tarde y que tu madre armó un escándalo. No lo entiendo, digo. El sofá es duro y yo estoy tensa. En invierno el sofá gastado de mi padre es una sólida hamaca. Enfrente de mí están la mesa de centro cuadrada, los muebles enlustrados y lo dos sillones negros. Las páginas de la enciclopedia se enfrían. Yo tampoco lo entiendo, dice, si algo no me gusta lo digo inmediatamente y asunto liquidado. No, no me refiero a eso, digo, no entiendo por qué preguntas quién tiene razón. Porque puede ser, dice, que tu hermana mienta un poco. No me malinterpretes, no quiero acusar a nadie. Desgraciadamente estas cosas suceden a veces, mi tío mueve la cabeza, no es lo habitual, claro está, y lo siento por tu hermana. Pero, y me mira como si estuviera furioso contra mí, como si yo le hubiera mentido, lo extraño es que Helmut no negó absolutamente nada. ¿Por qué tendría que mentir mi hermana?, le pregunto. Ya no puedo hablar con tanta fluidez como querría. Incluso respiro más lentamente, a pesar de que no hace un calor de verano en el salón, y todavía consigo decir, pero nadie miente cuando siente dolor, cuando algo le hace daño. Mi tío se queda en silencio. Mira, dice tras una pausa y se desliza un poco hacia delante en el sillón, Helmut no lo niega. En realidad, tu hermana no miente, pero ¿qué consiguió con ello? ¿Por qué se lo dijo a tu madre meses después, si ella no lo había querido, si realmente le había hecho tanto daño? Ésa es la cuestión. El sofá es frío e incómodo. No puedo responder las preguntas de mi tío. Estoy sentada frente a él, se me seca la garganta. Quisiera beber algo, pero de repente no sé cómo pasar por delante de él y del sillón negro. ¿Qué quieres decir con qué consiguió?, le pregunto. Eres demasiado pequeña para entenderlo, dice, se deja caer sobre el respaldo y se incorpora de nuevo hacia delante. Mira, es como cuando uno se casa o conoce a alguien. Si dos personas se conocen, si dos personas se casan, quiere decir que ambas están de acuerdo con ello. No funciona si una no lo quiere. ¿Quizá tu hermana estaba de acuerdo? Quién sabe lo que le pasó por la cabeza. Una breve sonrisa se dibuja en el rostro de mi tío. Se reclina en el sillón. Miro hacia abajo. Me veo los pies, que están metidos en las zapatillas y permanecen inmóviles sobre la moqueta. Mi tío no ha sonreído, debo de haberme equivocado. ¿Que estaba de acuerdo?, digo. Ya no me salen las palabras, estoy cansada, agotada y eso que acaba de empezar la tarde y sólo he ido al Konsum a comprar patatas. No quiero estar más tiempo sentada en este sofá. Una lágrima me resbala por la mejilla. ¿Por qué la tía dice que le hizo daño?, ¿por qué dices tú que hizo algo que no debería haber hecho? Rompo a llorar.
 Mi tío sonríe, me mira. Ve las lágrimas, que fluyen incontenibles, como si quisiera lavarme los ojos. Las lágrimas caen sobre mi regazo. En qué quedamos, ¿le hizo daño o no?, digo, y pienso que un hombre que no conozco quizá le tapó la boca a mi hermana y por eso no pudo hablar, quizá se torció el brazo y tuvo que esperar a que se le pasara el dolor. Quizá no pudo evitar llorar y se metió en su cuarto, cuando nosotros no estábamos en casa, y lloró. Quizá pensó, nuestro tío ha venido a vernos, y quiso hacerle un favor especial, y como estaba sola en casa, hizo algo mal. Y tal vez ese día todos llegaron  muy tarde a casa y se fueron a la cama, y no hubo tiempo para contar nada más, y al día siguiente todos tuvieron que ir de nuevo al trabajo. No sé cómo sucedió. Mi tío está recostado en su sillón. Busco un pañuelo, tengo uno, muy arrugado y duro. Digo, ¿tal vez mi hermana quería casarse con el tío?, ¿tal vez no sabía nada de eso porque todavía era demasiado joven? No, no, mi tío se ríe, eso seguro que no, se ríe como si hubiera contado un chiste, se ríe como si todo fuera un chiste. Sujeto el pañuelo delante de la nariz, no alcanza para las lágrimas. 
 Mi tío está recostado y sonríe.
Resultado de imagen de roswitha haring unacama de nieve  ¿Por qué ya no viene a vernos esa tal Gisela?, ¿qué tiene que ver ella con todo esto? Cuanto uno más llora, más grandes se vuelven las lágrimas, y si uno no para, empiezan a salir por la nariz. Mi tío levanta un brazo y lo deja caer sobre el respaldo. Se oye un ruido sordo. Apoya la cabeza sobre el brazo que tiene doblado. No conozco todos los detalles, dice, siempre intenté mantenerme al margen. Tu madre fue a ver a Helmut y le pidió cuentas. Él no negó nada, entiendes, mi tío permanece serio por un instante, pero Gisela no creyó a tu madre. Dijo, Helmut debía tener sus motivos. Se implicó en el asunto, siempre ha querido meter baza en todas partes. Más o menos dijo, o mi hermano o tu hija. ¿Entiendes?, y ahora sonríe de nuevo, lo mejor es mantenerse al margen. Yo me llevo bien con todos, tengo amigos y conocidos, y también tengo hermanos y hermanas. El pañuelo es un guiñapo mojado.
 Mi tío me mira fijamente, sonríe. ¿Estará contando las lágrimas? Bajo la vista. Algunas lágrimas me resbalan hasta la barbilla y el cuello. Mi madre se fue a la sierra en autobús y se bajó en el pueblo de su hermano Helmut. Habló con él y se enfadó. La otra hermana llamó a la puerta porque armaban mucho escándalo y le dijo a mi madre, mientes. Entonces mi madre ya no supo qué decir y regresó a casa. Quiero ir a casa con mis padres, quiero bajar de este sofá negro. Se oye el ruido que mi tía hace con la vajilla en la cocina, golpes de puerta. […] Mi madre regresó sola, llorando, en el autobús, y su hermana no la acompañó a la parada, sino que dijo, mientes, tu hija tiene la culpa. Y mi madre no dejaba de llorar. Llegó a la ciudad y le dijo a mi padre, ¿por qué ha hecho esto mi hermano?, ¿por qué me lo han hecho? Lo decía una y otra vez, no sabía la respuesta y no paraba de repetir la misma pregunta. Nadie podía responder. Antes todos venían a vernos, entonces pasó algo y no regresaron nunca más. Mi hermana no podía hablar del dolor, por eso mi madre habló por ella. Dijo, tengo que defender a mi hija. Mi padre dijo, que pase una cosa así, no puede ser, pero ahora ya no hay remedio. Mis padres lloraban. Mi madre no paraba de llorar y de preguntar. Mi padre no sabía la respuesta y se fue al huerto o a buscar tarros de conservas al sótano, o simplemente se quedó sentado en la cocina.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acantilado, 2005, en traducción de María Pous Saltor, pp. 97-102. ISBN: 84-96489-18-3.]
 

domingo, 22 de noviembre de 2020

Pasaron unos hombres.- Marcelle Capy (1891-1962)

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¡Abajo las armas!

  «Para acabar de exponer ese pasivo que nos ha llevado a la grave situación que padecemos, falta añadir lo siguiente: les hemos dejado hacer, y los pueblos tienen su parte de responsabilidad, pues han asistido pasivamente al hundimiento de sus propias esperanzas.
 Los hombres han soportado sufrimientos inauditos al tiempo que decían: "Luchamos para que esta guerra sea la última".
 Y cuando la voz de los cañones calló, la olvidaron.
 Sólo tenían un deseo: no pensar más. Abandonaron todo control, todo juicio. Dejaron hacer, dejaron marchar y devolvieron la suerte del futuro a las manos de los mismos ancianos y los mismos incapaces que no supieron ni evitar ni abreviar la masacre.
 El sufrimiento había durado demasiado. El resorte moral estaba roto. Durante años, con los hombres rechazando su razón y su alma, se complacieron en una existencia artificial, vacía y plana. Vivimos el "día a día" sin querer mirar más allá. Época de bailes, de placeres adulterados, de un medaigualtodo integral: época de impotencia y de corrupción. Torbellino de marionetas y farándula de especulaciones.
 Durante años, las masas han idolatrado a payasos, a boxeadores, a estrellas del cine, a indecentes "exitosos", a fanfarrones profesionales y a la mediocridad regiamente instalada en la rutina o el "tejemaneje".
 Falsas glorias, falsas ideas, falsos placeres, falsos lujos, falsas calmas, falsas prosperidades, falsos valores: artificio y mentira. Os hemos embriagado de indiferencia. Quizá nunca como ahora se había despreciado tanto el valor humano, la sinceridad tan "pasada de moda", la conciencia tan desprestigiada como un artículo que no está de actualidad.
 -No hay que preocuparse... Después de nosotros, el diluvio...
 No, después de nosotros no. En la época del caballo de vapor, la vida va rápido. Los efectos siguen a las causas a un ritmo acelerado. Y la amenaza del diluvio se cierne sobre nosotros. Todo se paga. Y ya lo paga el hombre de incontables bocas.
[…]
 Es una de las tragedias de la época: el espíritu humano camina con una lentitud animal, mientras que la técnica avanza al ritmo acelerado de los motores. De ahí el desequilibrio entre lo que piensan los hombres y la realidad de las cosas.
 Así, aún pensamos que la guerra podría ser algo circunscrito y que sería, en el peor de los casos, una copia de la "última". En 1914, aún estábamos pensando en la guerra "estilo 1870". Los hechos demostraron que no lo era, ni de lejos. Ahora bien, de 1918 a hoy, los cambios que se han producido en la técnica de la guerra (y de la paz) son mucho más profundos que los que tuvieron lugar entre 1871 y 1914. El tiempo se ha vuelto relativo: hemos vivido más de un siglo en unos años.
 ¿Cómo sería una guerra moderna? En pocas palabras, y según los especialistas algo así:
 Adoptaría una dimensión intercontinental con el fin de la aniquilación total. Por ello, el arma esencial sería la aviación.
 Se prevén tres oleadas de asalto:
 1.-La oleada explosiva, destinada a sembrar el pánico en la población de las capitales y de las ciudades industriales
 2.-La oleada incendiaria, destinada a que el pánico se convierta en locura extrema. La bomba incendiaria de último modelo, llamada bomba Elektron, emite, al arder, una ola de calor que alcanza temperaturas de 3000ºC. Un escuadrón de aviones puede transportar unas 72.000.
Resultado de imagen de marcelle capy pasaron unos hombres 3.-La oleada química, destinada a exterminar en masa las poblaciones alarmadas. Hay más de 600 tipos de gases asfixiantes, todos igual de mortíferos.
 Existirán también las bombas llamadas "escurridizas", que no haría falta que se lanzasen desde los aviones y que podrían controlarse incluso a gran distancia.
  Por último la guerra microbiana está igualmente pensada para su uso en pequeñas ciudades y zonas rurales. Para ello, citemos estas líneas atribuidas al teniente coronel Vauthier (Le Danger Aérien y l'Avenir du Pays) [El peligro aéreo y el futuro del país]: "La acción de los bacilos podría emplearse sobre personas, animales y vegetales. Entre los hombres, podemos tratar de difundir el dengue por medio de soluciones fisiológicas extraídas de mosquitos que propaguen esta enfermedad. También se puede propagar la gripe, la varicela, la disentería, el paludismo; durante el invierno, se propagará más bien el tifus exantemático; todas estas enfermedades pueden extenderse por el agua. Por aire se puede propagar la viruela, la parotiditis epidémica, el cólera y la difteria […]".
  Ahí estamos.
 La situación se parece a una balanza. En un plato, la locura del lucro y el orgullo de una casta internacional que usurpa la riqueza y acapara el poder. Está dispuesta a sacrificar la humanidad a su egoísmo y a su demencia -dispuesta a perderlo todo perdiendo a todo el mundo-.
 En el otro plato hay, al menos, los cien  millones de criaturas directamente amenazadas -los pueblos en su conjunto con sus hombres, sus mujeres, sus niños; su pasado, su presente y su futuro; sus civilizaciones, su trabajo y su esperanza.
 ¿Hacia qué lado se inclinará?
 Esto ni se plantearía si existiese una opinión pública decidida y sana, una clase obrera y campesina unida y consciente, un cuerpo social limpio con un espíritu viril.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de ContraEscritura editorial, 2017, en traducción de Nuria Molines Galarza, pp. 164-165 y 175-177. ISBN: 978-84-944121-7-2.]