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martes, 22 de junio de 2021

Los samuráis.- Wolfgang Schwentker (1953)


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5.-Vida cotidiana y ámbito doméstico del samurái

Formas de morir

 «Después del nacimiento, del ritual de iniciación a la edad adulta y del matrimonio, la muerte constituía el cuarto y último acontecimiento fundamental en la vida de todo samurái. La muerte podía sobrevenir al guerrero de dos maneras totalmente diferentes: a consecuencia de un accidente, de una enfermedad o, simplemente, de la edad, o bien a resultas de una lucha o una decisión tomada libremente. En el primer caso se trataba de una muerte involuntaria que puede adscribirse sin dudar a la vida privada de un samurái. En caso de enfermedad grave que no pudiese curarse con remedios caseros solía consultarse, en el período Edo, a un médico perteneciente a la casta samurái y versado en medicina china (y a partir de 1780 aproximadamente, también en medicina occidental). Si ya no había salvación posible y el guerrero enfermo moría, se lo enterraba por lo común según los dictados del ritual budista. Este hecho guarda relación directa con el departamento creado por el bakufu tras el aniquilamiento del cristianismo en 1640 para controlar los asuntos religiosos, así como con el conjunto de ordenanzas que se decretaron, referentes al ejercicio de la religión. Cada individuo y cada familia debía inscribirse en un templo budista que dispusiese de un cementerio en sus terrenos. Resulta así muy lógico que los difuntos del estamento samurái y de otras clases sociales fuesen enterrados según el ritual budista en la mayoría de los casos.
 Cuando un guerrero fallecía de muerte natural, se procedía en primer lugar a lavar su cadáver, a envolverlo en un kimono blanco de algodón y a colocarlo en un ataúd en el que se introducían plantas, perfumes y monedas que servían como pago de la travesía al más allá. Aunque el sintoísmo prohibía las incineraciones, éstas estaban muy extendidas, si bien aún no generalizadas, en el ámbito budista del Japón premoderno. El tipo de funeral dependía del estatus y de los deseos personales expresados en vida por el difunto. Cuando el sexto shogún Ienobu murió en 1712 a la edad de 51 años, sus vasallos más cercanos leyeron en voz alta su testamento y dieron a conocer su deseo de ser enterrado en el templo Zojo de Edo según el ritual budista. Por lo común, los familiares, amigos y vasallos del difunto se reunían la tarde anterior al entierro en un velatorio, una tarea que en las zonas rurales se hacía necesaria para proteger al cadáver de los animales salvajes. Las viudas se cortaban el pelo en señal de renuncia a un nuevo matrimonio, aunque este deseo así manifestado podía tornarse en su contrario tan pronto como el cabello volvía a crecer. El luto duraba por norma general un año para los parientes de primer grado y para los miembros de la corte en caso de fallecimiento del tennó, y se reducía en consonancia con el grado de parentesco guardado con el difunto.
 Suele asociarse al samurái un género de muerte que guarda relación directa con la manera, propia y específica del guerrero japonés, en que éste afrontaba el fin de su vida en la tierra. Nos referimos a la muerte sobrevenida en el campo de batalla, así como al suicidio ritual de carácter voluntario denominado seppuku y que nosotros conocemos generalmente como harakiri. Esta forma de muerte iba unida a la pretensión de conseguir fama y gloria, dos valores que, al estar socialmente condicionados, hacían del seppuku un acontecimiento de carácter público (un carácter que, de no existir, despojaría al suicidio ritual de todo su sentido). Por esta razón, la persona que lo practicase podía hacerlo bien en función de su calidad de individuo directamente afectado, o bien actuar como miembro elegido para representar a un grupo concreto de índole elitista. Aún hoy siguen existiendo dudas acerca de los orígenes precisos del seppuku. Ikegami Eiko localiza sus principios en las luchas y rebeliones que precedieron a la fundación del shogunato Kamakura, es decir, en el último tercio del siglo XII, al tiempo que considera que los suicidios rituales realizados en el campo de batalla fueron más frecuentes entre los Minamoto del nordeste que entre los Taira del sudoeste de Japón. En las fuentes que nos informan sobre las luchas acontecidas en el período Heian no consta caso alguno en que esta costumbre fuese llevada a la práctica. Muy al contrario, parece ser que los primeros samuráis no se caracterizaron por luchar hasta perder al último de sus hombres: en caso de peligro intenso optaban por huir o rendirse al enemigo. Sea como fuere, el número de víctimas que causaron estos enfrentamientos, incluidos los de mayor envergadura, es sorprendentemente pequeño.
 Esta situación cambió en la segunda mitad del siglo XII. De epopeyas militares tales como el Hógen monogatari o el Heike monogatari puede deducirse que sobre todo los jefes guerreros de los Minamoto ponían a prueba su honor en cada batalla que emprendían, que luchaban en nombre de tal honor y que preferían, cuando no les quedaba escapatoria, suicidarse antes que caer en manos del enemigo. La reputación individual, obtenida en función de los méritos militares conseguidos y de la entereza demostrada en la lucha, tenía más peso que la posición social o la familia. Esta actitud ideológica denota, además, una nueva forma de asumir la muerte y la “impureza” (kegare) a ella asociada: en este sentido, la conducta del samurái se diferenciaba claramente de los hábitos de la alta nobleza cortesana de Kyoto. Ésta, acorde con la idea de pureza propia del sintoísmo, procuraba que la muerte y el enterramiento de altos dignatarios, e incluso del tennó, tuviesen lugar de forma separada del resto de la sociedad. La idea de “impureza” asociada a la muerte era, en cambio, desconocida para el budismo, y así éste propagaba a través de sus distintas comunidades religiosas la “unidad de la vida y la muerte” y el carácter efímero de la existencia, ideas que gozaron de gran aceptación entre los samuráis.
 En el período Edo se produjo una transformación del seppuku como consecuencia de la pacificación de la sociedad en el curso de la unificación del imperio en torno al año 1600. A partir de entonces, las posibilidades al alcance de un samurái de morir de manera honrosa en el campo de batalla pasaron a ser de índole meramente teórica. En la práctica esto sólo se hizo posible en casos excepcionales, como por ejemplo en las represiones de las revueltas, pues el Estado no tuvo ya necesidad de declarar más guerras. De este modo, el seppuku se convirtió en un método indirecto de ejecución, así como en la forma privilegiada de castigo que se imponía a los samuráis de alto rango. Si un miembro de la clase social más distinguida era declarado culpable de un delito grave, podía ser condenado al suicidio ritual. Con ello se conseguía no sólo reparar el honor del delincuente, sino también evidenciar públicamente la autoridad del Estado y de la clase alta.
Resultado de imagen de wolfgang schwentker los samurais Se tiene constancia de una gran cantidad de normas reguladoras de las ceremonias y los procedimientos a seguir en un ritual  de este tipo, que muestran hasta qué punto se extendió la práctica del suicidio en el período Edo. Al condenado le estaba permitido tomar un baño purificador y hacerse un peinado ceremonial. Se le vestía a continuación con ropa interior blanca y un kimono del mismo color. El seppuku tenía lugar sobre dos tatamis previamente dispuestos, cubiertos con telas blancas. Una vez que el condenado tomaba asiento, recibía dos tazas de sake y viandas exquisitas y finalmente, sobre una bandeja, una espada que a veces estaba envuelta en papel blanco. Detrás de la persona que iba a morir se colocaba un padrino (kaishaku), cuya función consistía en decapitar al condenado una vez que éste se había hundido la espada en el estómago y se había practicado un corte en sentido ascendente. En el transcurso del período Edo el ritual se fue refinando de forma paulatina, con el resultado de que en ocasiones se entregaba  al condenado una daga de madera o un abanico como símbolo del suicidio y que servían al padrino de señal para proceder a la decapitación. Se hablaba en estos casos de ogibara donde ogi significaba “abanico” y bara “estómago”.
 Un tipo específico de suicidio es el denominado “séquito de la muerte” (junshi), en el que un vasallo de alto rango seguía a su señor a la tumba. Esta costumbre ha seguido practicándose en el Japón moderno, si bien sólo de forma ocasional. Se hizo famoso el caso del general Nogi Maresuke quien, junto con su esposa, se suicidó durante el entierro de “su” tennó Meiji el 13 de septiembre de 1912. Durante la Edad Media el “séquito de la muerte” adquirió un carácter inmediato, en el sentido de que los vasallos más cercanos seguían a su señor militar a la muerte aún antes de abandonar el campo de batalla, siempre y cuando no se vislumbrara otra salvación posible para el conjunto de la tropa. En tales situaciones, el suicidio representaba la mejor y más perfecta forma de morir, al tiempo que constituía la expresión más radical del lazo de lealtad que unía a señor y vasallo. Se dieron incluso casos extremos de suicidios masivos. Valga como ejemplo el caso de Hojo Nakatoki quien, tras luchar desesperadamente y sin éxito por hacerse con el shogunato Kamakura, se quitó la vida en el patio del templo Renge (en la provincia de Omi) en 1333 y fue acto seguido imitado por 432 de sus súbditos más fieles.
 En años posteriores, los gobiernos de los shogunes Tokugawa intentaron extirpar esta costumbre de la sociedad, con el fin de poner freno a la pérdida de miembros de la elite militar. Así, el junshi se prohibió bajo fuertes amenazas, tal como consta en varios apéndices a las Leyes para la aristocracia guerrera de los años 1663 y 1683. Una de las medidas de disuasión y castigo que se tomaron consistió en decapitar a los hijos de los criados domésticos que hubiesen seguido a su daimio a la tumba. Aunque el bakufu obtuvo un gran éxito con la aplicación de estas disposiciones,no dejó de haber casos en los que la nueva ley se infringió. Por una parte, el séquito de la muerte continuó considerándose como una “buena costumbre” que servía para mantener vivo el antiguo espíritu samurái, incluso en una sociedad pacificada; por otra parte estaba el compromiso de entregar una gratificación a la familia del finado. Estas creencias fueron diluyéndose de forma paulatina en el curso del período Tokugawa. En el Japón moderno sólo algún que otro héroe solitario ha llegado a practicar el junshi, casi siempre como expresión de sentimientos políticos chovinistas o de mantenimiento de la tradición.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza editorial, 2015, en traducción de Mª Carmen Arias Rodríguez, pp. 107-113. ISBN: 978-84-206-8773-5.]

domingo, 16 de mayo de 2021

Escrito en el cuerpo.- Jeanette Winterson (1959)


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Los sentidos especiales


 «Un rápido declive tras la remisión es característico del cuerpo enfermo de leucemia. La remisión puede lograrse por radioterapia o quimioterapia o simplemente ocurre, nadie sabe por qué. Ningún médico puede predecir con exactitud si la enfermedad se va a estabilizar ni por cuánto tiempo. Esto puede decirse de todos los cánceres. El cuerpo baila consigo mismo.
 La progenie de la célula enferma deja de dividirse o el ritmo disminuye radicalmente, el crecimiento del tumor se detiene. Puede que el paciente deje de sufrir dolores. Si la remisión llega pronto en la prognosis, antes de que los efectos tóxicos del tratamiento hayan apaleado el cuerpo hasta lograr una nueva y completa sumisión, puede que el paciente se sienta bien. Desgraciadamente, es bastante probable que el precio de unos pocos meses más de vida, o de unos pocos años, sea pérdida del cabello, decoloración de la piel, enfriamiento crónico, fiebre y alteraciones neurológicas. Ésa es la apuesta.
 El problema es la metástasis. El cáncer tiene una propiedad única: puede viajar desde el lugar de origen hasta los tejidos más distantes. Normalmente es la metástasis lo que mata al paciente, y la biología de la metástasis es lo que los médicos no entienden. No están preparados para entenderla. La idea que un médico tiene del cuerpo es una serie de trozos que hay que aislar y tratar según sea necesario; que el cuerpo enfermo actúe como un todo es un concepto desconcertante. La medicina holística es para curanderos y chiflados, ¿no? No importa. Haz rodar el carrito de las drogas, bombardea el campo de batalla, intenta aplicar la radiación directamente sobre el tumor. ¿No funciona? Saca palancas, sierras, cuchillos y agujas. ¿El bazo del tamaño de una pelota de fútbol? Medidas desesperadas para enfermedades desesperadas. Sobre todo porque la metástasis suele producirse antes de que el paciente vea a un médico. No les gusta decírtelo, pero si el cáncer ya está avanzado, tratar el problema obvio, ya sea pulmón, pecho, piel, intestino o sangre, no altera la prognosis.
 Hoy he ido al cementerio y he estado andando entre las tumbas, pensando en los muertos. La familiar calavera y los huesos cruzados de las tumbas más antiguas me pesaban con su inquietante alegría. ¿Por qué esas cabezas sonrientes despojadas de todo  lo humano parecen tan satisfechas? Que las calaveras sonrían resulta repugnante para los que llegan con flores oscuras y caras serias de duelo. Ésta es tierra de duelo, un lugar de silencio y aflicción. Para nosotros, con abrigo y bajo la lluvia, la combinación del cielo gris y tumbas grises resulta opresiva. Así acabaremos todos, pero no pensemos en eso. Mientras el cuerpo sea sólido y resista ese viento afilado como un cuchillo, no pensemos en la profundidad del barro ni en la paciente hiedra cuyas raíces consiguen dar con nosotros.
 Seis hombres con abrigos largos y bufandas blancas llevaban el cuerpo a la tumba. Aunque llamarla tumba en ese momento sería dignificarla. En un jardín será una zanja para una nueva esparraguera. Se llena de estiércol y se coloca la planta. Un agujero optimista. Pero ésta no es la zanja de una esparraguera, sino el último lugar de descanso de los fallecidos.
 Mirar el ataúd. Es de roble macizo, no de contrachapado. Las asas son de bronce, no de acero lacado. El forro interior es de pura seda rellena de esponja marina. La seda natural se pudre con gran elegancia. Rodea el cuerpo de airosos jirones. Los forros acrílicos, baratos y populares, no se descomponen. Es como si te enterraran dentro de un calcetín de nailon.
 Aquí, el bricolage no ha tenido éxito. Hay algo macabro en hacerse el propio ataúd. Puedes comprar piezas de madera para hacer barcos, casas, muebles de jardín, pero no ataúdes. Aunque si llevaran los agujeros taladrados y bien alineados, no creo que se produjeran desastres. ¿No sería el gesto más afectuoso que se pueda tener con el amado?
 En el funeral de hoy se amontonan las flores; pálidos lirios, rosas blancas y ramas de sauce llorón. Siempre se empieza bien y luego llega la apatía y los tulipanes de plástico en una botella de leche. La alternativa es un jarrón imitando porcelana de Wedgwood junto a la lápida, llueva o haga sol, y en lo alto un ramillete silvestre comprado en la cadena Woolworth.
 Me pregunto si se me escapa algo. Quizá lo semejante se atrae y por eso las flores están marchitas. Quizá ya están marchitas cuando las ponen. Quizá la gente cree que en un cementerio las cosas deben estar muertas. Hay cierta lógica en la idea. Quizá es de mala educación ensuciar todo el lugar con la floreciente belleza del verano y el esplendor del otoño. Para mí preferiría una berberis roja contra una losa de mármol de color crema.
 Pero volvamos al agujero, como todos haremos. 1’85 de longitud, 1’85 de profundidad y 0’70 de anchura es lo corriente, aunque se admiten variaciones a petición del cliente. El agujero es un gran nivelador, porque por mucha fantasía que le metan dentro, por fin ricos y pobres ocupan el mismo lugar. Aire rodeado de barro. El Gallípoli básico, como dicen los del oficio.
 El agujero lleva su trabajo. Dicen que eso es algo que el público no aprecia. Es un trabajo anticuado y largo, y tiene que llevarse a cabo hiele o granice. Cavar mientras el cieno te empapa las botas. Apoyarse en la pared para tomarse un respiro y calarse hasta los huesos. En el siglo XIX, los enterradores morían con frecuencia por culpa de la humedad. En aquellos tiempos, cavar la propia tumba no era una frase retórica.
 Para los que se quedan, el agujero es un lugar espantoso. Un abismo de vértigo y pérdida. Es la última vez que estás junto a la persona que amas y tienes que abandonarla en una oscura sima donde los gusanos van a emprender su tarea.
Resultado de imagen de escrito en el cuerpo anagrama Para la mayoría, la imagen del cadáver justo antes de que cierren la tapa dura toda la vida, y eclipsa otros recuerdos más agradables. Antes de bajar el cuerpo, como dicen en el depósito, hay que lavarlo, desinfectarlo, drenarlo, tamponarlo y maquillarlo. No hace tantos años estas faenas se hacían en casa, pero entonces no eran faenas, sino actos de amor.
 ¿Qué haríais vosotros? ¿Dejar el cuerpo en manos de extraños? El cuerpo que ha yacido a tu lado en la salud y en la enfermedad. El cuerpo que aún ansían tus brazos, muerto o no. Cada músculo te era familiar, conocías secretamente el movimiento de los párpados durante el sueño. Éste es el cuerpo donde está escrito tu nombre, pasando a manos de extraños.
 Tu amada ha descendido a una tierra lejana. La llamas, pero tu amada no oye. La llamas en los campos y los valles pero tu amada no responde. El cielo está mudo y cerrado, no hay nadie en él. La tierra es dura y seca. Tu amada no volverá por ese camino. Quizá sólo os espera un velo. Tu amada espera en las colinas. Ten paciencia y ve con pies ligeros, abandonando tu cuerpo como si fuera un rollo de escritura.
 Me alejé del funeral y subí hacia la parte privada del cementerio. Habían dejado que creciera salvaje. La hiedra ceñía ángeles y biblias abiertas. La maleza estaba viva. Las ardillas que saltaban entre las tumbas y el mirlo que cantaba en un árbol no estaban interesados en la mortalidad. A ellos les bastaban los gusanos, las nueces y el amanecer.
 “Amada esposa de John”. “Hija única de Andrew y Kate”. “Aquí yace alguien que amó sin prudencia, pero demasiado bien”. Ceniza a las cenizas, polvo al polvo.
 Bajo los acebos, dos hombres cavaban una fosa con rítmica determinación. Uno se tocó la gorra al verme pasar y me sentí parte de un fraude al recibir una simpatía que no me correspondía. En el día que agonizaba, el sonido de la pala y las voces bajas de los hombres me parecían alegres. Ellos volverían a casa, se tomarían una taza de té y se lavarían. Era absurdo que la ronda de la vida fuese, incluso aquí, tan alentadora.
 Miré el reloj. Pronto sería la hora de cierre. Debía irme, no por miedo, sino por respeto. El sol, poniéndose tras la hilera de abedules, llenaba el sendero de sombras alargadas. Las inflexibles lápidas reflejaban la luz y ésta doraba las letras profundamente grabadas, brillaba a lo largo de las trompetas de los ángeles. La tierra bullía de luz. No el amarillo ocre de la primavera, sino el grávido carmín del otoño. La estación de la sangre. Ya estaban disparando en el bosque.
 Apresuré el paso. Perversamente, quería quedarme. ¿Qué hacen los muertos de noche? ¿Avanzan sonriendo al viento que silba entre sus costillas? ¿Qué les importa el frío? Me soplé las manos y llegué a la verja cuando el guarda nocturno estaba echando la pesada cadena con su candado. ¿Me estaba encerrando fuera, o encerrándolos a ellos dentro? Me guiñó un ojo como un conspirador y se dio unas palmaditas en la ingle, de donde colgaba una linterna eléctrica de cincuenta centímetros de longitud.
 -Nada se me escapa –dijo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998, en traducción de Encarna Castejón, pp. 209-215. ISBN: 84-339-1498-7.]

viernes, 26 de marzo de 2021

La tía Mame.- Patrick Dennis (1921-1976)


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 I.-La tía Mame y el huerfanito

 «Todo empezó por culpa de un viejo ejemplar del Reader’s Digest. Es una revista que apenas leo. No necesito hacerlo, porque oigo comentar sus artículos cada mañana en el tren de las 7:51 y cada tarde en el de las 18:03. Todo el mundo en Verdant Greens –un barrio de doscientas casas de cuatro estilos diferentes- tiene una fe ciega en el Digest. De hecho, nadie habla de otra cosa.
 Pero hete aquí que la revista ejerce también sobre mí la misma fascinación que una serpiente sobre un pajarillo. Casi contra mi voluntad, leo sobre los peligros de nuestras escuelas públicas; lo entretenido que es el parto natural; cómo una comunidad en Oregón acabó con una red de traficantes de drogas; y acerca de alguien a quien un escritor famoso –he olvidado cuál- considera el personaje más inolvidable que ha conocido.
 Eso hizo que interrumpiera la lectura.
 ¿Personaje inolvidable? Vamos, hombre, ¡ese escritor no debe de haber conocido a nadie en toda su vida! No sabría lo que significa la palabra “personaje” a menos que hubiese conocido a mi tía Mame. Nadie lo sabría. Sin embargo, había ciertos paralelismos entre su personaje inolvidable y el mío. El suyo era una encantadora solterona de Nueva Inglaterra que vivía en una encantadora casita blanca de madera y una mañana abrió su encantadora puertecita verde pensando que iba a encontrar al Hartford Courant. En lugar de eso encontró una encantadora cestita de mimbre con un encantador bebé en su interior. El resto del artículo contaba cómo el personaje inolvidable acogía al bebé y lo criaba como si fuera suyo. Entonces dejé el Digest y empecé a pensar en la encantadora señora que me crió a mí.
 En 1928 mi padre sufrió un leve ataque al corazón y tuvo que guardar cama unos días. Además del dolor en el pecho, desarrolló cierta conciencia cósmica y la intuición de que no iba a vivir eternamente. Como no tenía nada mejor que hacer, telefoneó a su secretaria, que se parecía a Bebe Daniels, y le dictó su testamento. La secretaria mecanografió un original y cuatro copias, se puso el sombrero y cogió un taxi desde la calle La Salle hasta el Hotel Edgewater Beach para que mi padre lo firmara.
 El testamento era muy breve y original. Decía:

 En caso de fallecimiento, lego todas mis posesiones terrenales a mi único hijo, Patrick. Si falleciera antes de que el chico haya cumplido los dieciocho años, nombro a mi hermana, Mame Dennis, domiciliada en el número 3 de Beekman Place, en la ciudad de Nueva York, tutora legal de Patrick.
 Patrick deberá ser educado como protestante y enviado a colegios tradicionales. Mame sabrá a lo que me refiero. Todo el dinero y los valores que dejo deberán ser gestionados por la Knickerbocker Trust Company de la ciudad de Nueva York. Mame será la primera en comprender lo acertado de esta decisión. No obstante, no quiero que se arruine por tener que criar a mi hijo. Podrá enviar mensualmente las facturas por su manutención, alojamiento, ropa, educación, gastos médicos y demás. Pero la Trust Company tendrá derecho a cuestionar cualquier artículo que le parezca inusual o excéntrico antes de reembolsárselo a mi hermana.
 También lego cinco mil dólares (5000 $) a nuestra fiel sirvienta, Norah Muldoon, para que pueda jubilarse cómodamente en ese sitio de Irlanda del que tanto habla.

 Norah salió al patio a buscarme y mi padre me leyó su testamento con voz temblorosa. Afirmó que mi tía Mame era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro, aunque no siempre podemos elegir y la tía Mame era mi único pariente vivo. La secretaria y el camarero del servicio de habitaciones dieron de fe la firma del testamento.
 La semana siguiente mi padre había olvidado su enfermedad y estaba jugando al golf. Un año después cayó fulminado en la sauna del Athletic Club de Chicago y quedé huérfano.
 No recuerdo muy bien el funeral de mi padre, sólo que hacía mucho calor y que había rosas auténticas en los jarrones de la limusina de la funeraria Pierce-Arrow. El cortejo fúnebre lo integraban, aparte, por supuesto, de Norah y de mí, varios hombres afables y corpulentos que hablaban entre murmullos de jugar un partido de al menos nueve hoyos cuando acabara aquello.
 Norah lloró mucho. Yo no. En mis diez años de vida apenas había hablado con mi padre. Nos veíamos sólo en el desayuno, que para él consistía en un café solo, Bromo-Seltzer y el Chicago Tribune. Si alguna vez se me ocurría decir algo, se sujetaba la cabeza y replicaba: “Cierra el pico, chico, tu padre está de resaca”, frase que no entendí hasta mucho tiempo después de su muerte. Todos los años, el día de mi aniversario, nos enviaba a Norah y a mí a una sesión matinal de algún espectáculo en el que actuasen Joe Cook, Fred Stone o tal vez el circo Sells-Floto. Una vez me llevó a cenar a un lugar llamado Casa de Alex con una hermosa mujer llamada Lucille. Ella nos llamaba a los dos “cariño” y olía muy bien. Me gustó. Aparte de eso, apenas vi a mi padre. Mi vida transcurría en la escuela latina para chicos de Chicago, o en el área vigilada de juegos con los demás niños que vivían en el hotel, o jugando en la suite con Norah.
 Después de que lo dejaran “descansar en paz”, como dijo Norah, los hombres afables y corpulentos se marcharon al campo de golf y la limusina nos llevó de vuelta al Edgewater Beach. Norah se quitó el abrigo negro y el velo y me dijo que podía quitarme el traje de sarga azul. Afirmó que el socio de mi padre, el señor Gilbert, y otro caballero iban a venir a vernos y me advirtió que no me fuese muy lejos pues tenía que firmar unos papeles.
 Fui a mi habitación y practiqué mi firma en el papel timbrado del hotel. Poco después, llegaron el señor Gilbert y el otro hombre. Los oí hablar con Norah, aunque casi no entendí nada de lo que decían. Norah lloró un poco y dijo algo sobre aquel hombre tan bueno y generoso al que acababan de enterrar. El desconocido dijo llamarse Babcock y ser mi fideicomisario, lo cual me interesó mucho pues Norah y yo habíamos visto hacía poco una película en la que un comisario de policía salvaba a la hija del alcaide durante un motín carcelario. El señor Babcock mencionó un testamento muy irregular aunque sin fisuras.
 Norah afirmó que ella no entendía de cuestiones económicas, pero que sin duda era un montón de dinero.
 El señor Gilbert explicó que el chico tenía que endosar ese cheque garantizado en presencia del representante de la Trust Company, luego firmaría ante notario y así concluiría de una vez por todas la transacción. A mí todo me pareció vagamente siniestro. El señor Babcock confirmó que, mmm…, sí, todo era correcto.
 Norah volvió a echarse a llorar y dijo que era una fortuna para un niño tan pequeño y el fideicomisario respondió que sí, que era una suma considerable, aunque él había tratado con gente como los Wilmerding y los Gould y ésos sí que tenían dinero de verdad.
 A mí me pareció que estaban organizando demasiado revuelo si no se trataba de dinero auténtico.
Resultado de imagen de patrick dennis la tia meme Luego Norah entró al dormitorio y me pidió que saliera a estrechar la mano del señor Gilbert y del otro caballero como un hombrecito. Lo hice. El señor Gilbert dijo que me estaba portando como un auténtico soldado y el señor Babcock, el fideicomisario, afirmó que tenía un hijo en Scarsdale justo de mi edad y esperaba que fuésemos buenos amigos.
 El señor Gilbert descolgó el teléfono y preguntó si podían enviarnos un notario público. Firmé dos hojas de papel. El notario murmuró alguna cosa y luego las selló. El señor Gilbert aseguró que ya estaba y que tenía que marcharse si quería llegar a Winnetka. El señor Babcock nos informó de que se alojaba en el Club Universitario y de que, si Norah quería alguna cosa, podría localizarlo allí. Volvieron a estrecharme la mano y el señor Gilbert repitió que yo era un auténtico soldado. Luego cogieron sus sombreros de paja y se marcharon.
 En cuanto nos dejaron solos, Norah afirmó que había sido un cielo y preguntó si me apetecería ir al Salon Naval a cenar y luego tal vez a ver una película sonora Vitaphone.
 Ése fue el fin de mi padre.
 No había mucho equipaje que hacer. Nuestra suite constaba de un  gran salón y tres dormitorios, todos amueblados por el Hotel Edgewater Beach. Los únicos bibelots que poseía mi padre eran dos cepillos de plata para el pelo y dos fotografías.
 -Tu padre vivía como un árabe –dijo Norah. Me había acostumbrado tanto a las dos fotografías que nunca les presté atención. Una era de mi madre, que murió al nacer yo. La otra mostraba a una mujer de ojos centelleantes con un chal español y una enorme rosa detrás de la oreja-. Parece una auténtica italiana –afirmó Norah. Era mi tía Mame.
 Norah y el señor Babcock revisaron las pertenencias personales de mi padre. Él se llevó todos los papeles, el reloj de oro de mi padre y los gemelos de perlas y las joyas de mi madre para guardarlos hasta que yo fuese lo bastante mayor para “poder apreciarlos”. El camarero del servicio de habitaciones se quedó con los trajes de mi padre. Sus palos de golf, mis juguetes y mis libros los enviaron a una institución benéfica. Luego Norah sacó los retratos de mi madre y de la tía Mame de sus marcos y los recortó para que me cupieran en el bolsillo trasero del pantalón.
 -Así llevarás los rostros de tus allegados cerca del corazón –explicó.
 Todo quedó arreglado. Norah compró un traje fino de luto para mí en Carson, Pirie, Scott’s y un despampanante sombrero para ella. El señor Gilbert y la compañía fiduciaria hicieron todas las gestiones necesarias para nuestro viaje a Nueva York. El 13 de junio estuvimos listos para irnos.
 Recuerdo el día que partimos de Chicago porque nunca me habían permitido quedarme despierto hasta tan tarde. Los empleados del hotel hicieron una colecta y le regalaron a  Norah una maleta de piel de cocodrilo, un rosario de malaquita y un gran ramo de rosas “American Beauty”. A mí me regalaron un libro titulado Héroes de la Biblia que todo niño debería conocer: el Antiguo Testamento. Norah me llevó a despedirme de todos los niños que vivían en el hotel y, a la siete de la tarde, el servicio de habitaciones nos subió la cena, con tres postres diferentes y los saludos del cocinero. A las nueve de la noche, Norah volvió a pedirme que me lavara las manos y la cara, cepilló mi flamante traje de luto, me enganchó una medallita de san Cristóbal en la ropa interior, lloró, se puso su sombrero nuevo, lloró, recogió las rosas, realizó una última y breve inspección de la suite, lloró y ocupó su asiento en el autobús del hotel.»
      
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acantilado, 2011, en traducción de Miguel Temprano García, pp. 7-13. ISBN: 978-84-92649-56-3.]

domingo, 19 de enero de 2020

Cartas de una pionera.- Elinore Pruitt Stewart (1876-1933)

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XIII.-De prueba

«14 de octubre de 1911
Querida señora Coney:
  Me imagino que estará ya esperando respuesta a su carta, de manera que intentaré contestar a tantas preguntas como recuerde, puesto que se me ha extraviado.
  Esta semana hemos andado con muchas prisas. Hemos tenido por aquí dos días a la brigada de la trilladora. Estuve ocupada cocinando para ellos dos días antes de su llegada y desde que se fueron he estado atareada limpiando la casa. Clyde se ha llevado la trilladora a la zona alta del valle para trillar para los vecinos, y todos los hombres se ha ido con él, así que los niños y yo nos hemos quedado solos.
  No, no se preocupe, no voy a perder mi tierra, eso sí, van a pasar más de dos años hasta que consiga la escritura. Para entonces habrá pasado el período de prueba requerido de cinco años. Si Clyde también hubiera estado en período de prueba, no habría podido mantener mi hacienda, pero afortunadamente lo había superado hacía años y estaba en poder de su escritura, de manera que tengo derecho a mi hacienda. Tampoco es que haya ejercido aún mi derecho de deserción, así que todavía me corresponden ciento sesenta acres más*. Algún día, cuando haya ahorrado el dinero suficiente, haré el pertinente registro. La ley exige el pago en efectivo de veinticinco centavos por acre a la hora de cumplimentar la instancia y un dólar más por acre para la verificación final. No me habría casado si Clyde no me hubiera prometido que se resolverían sin problemas todos los escollos relacionados con la propiedad de mi hacienda. No quería perderme el regocijo y la experiencia. Es por ese motivo que quiero reunir, por mí misma, hasta el último centavo que invierta en mi propia hacienda. A veces me da por cavilar cómo me las voy a arreglar, pero sé que lo lograré; otras mujeres también lo han hecho. Sé de varias que ahora se ríen de las dificultades pasadas. ¿Sabe una cosa? Yo creo firmemente en la risa. Soy realmente supersticiosa al respecto. Creo que si la Mala Suerte se cruzara en mi camino, pondría pies en polvorosa si alguien se riera en su cara estrepitosamente.
  Creo que Jerrine ha nacido para las leyes. Se las apaña siempre para evitar las preguntas que no le convienen. Durante mucho tiempo estuvo rezando por su hermano; también rezaba para que le trajéramos unos perritos. Le trajimos los cachorrillos, pero no se lo dijimos hasta que aprendieron a caminar. Una mañana los vio siguiendo a su madre y se puso a bailar de alegría. Cuando nació su hermanito se quedó francamente decepcionada. “Mamá”, dijo, “¿de verdad que fue Dios el que hizo al bebé?”. “Sí, cariño”. “Entonces ha sido injusto con nosotros y me gustaría saber por qué. Los cachorros sabían andar cuando los terminó; las terneras, lo mismo. Los cerdos, los potrillos, incluso los pollos. ¿Qué sentido tiene que nos dé un bebé a medio terminar? No tiene pelo, ni dientes; no sabe andar ni hablar y lo único que hace es berrear y dormir”. Varios días después llegó a una conclusión. Empezó por donde se había quedado: “Ya lo sé, mamá, ya sé por qué Dios nos dio un bebé a medio terminar; para que así pueda aprender nuestras costumbres y no las de otros, puesto que tiene que vivir con nosotros, y para que nosotros aprendamos a quererlo. Cada vez que me paro delante de su cochecito se ríe y yo entonces lo quiero, pero no quiero a Stella o a Marvin aunque se rían. Así que es por eso”. Tal vez sea esa la razón.
  Los parientes de Zebbie vinieron y se lo llevaron al condado de Yell. No me sorprendería que nunca regresara. Los Lane y los Patterson se mudan en breve a Idaho, donde “nuestro Bobbie” ha hecho grandes inversiones.
  Espero tener noticias suyas pronto y espero que le vaya muy bien.
  Con mucho cariño, su amiga,
  Elinore Stewart.

XVIII.-La boda del hacendado y un pequeño funeral
2 de diciembre de 1912
Querida señora Coney:
  Cada carta suya que recibo es una fuente de inspiración para mí. Además, me encanta saber de usted.
  A veces me entran ganas de contarle todo sobre mi Clyde, pero no lo he hecho por dos razones. La primera es que no podría empezar sin decirle lo bueno que es, y no es cuestión de que usted piense que no hago más que alardear de marido. La otra razón son las prisas con las que me casé. Me avergüenzo de ello. Me da miedo que piense que soy una especie de Becky Sharp. Pero a pesar de haberme casado apresuradamente, no tengo nada de lo que arrepentirme. […]
  ¿Se acuerda de que le hablé de un niño que se estaba muriendo? Pues se trataba de mi pequeño Jamie, nuestro primer hijo. Estuve destrozada mucho tiempo. Era un muchachito tan lindo y hermoso. Lo quería tanto. Murió de erisipela. Lo tuve en mis brazos hasta que terminó de agonizar. Después vestí el lindo cuerpecito y lo preparé para la tumba. Clyde es carpintero y era mi deseo que él hiciera el pequeño ataúd. Lo hizo enterito y yo me encargué de forrarlo, acolcharlo, embellecerlo y cubrirlo. No es que no pudiéramos permitirnos comprar uno, ni que nuestros vecinos no fueran amables y voluntariosos. Se trataba de darnos el triste gusto de hacer todo lo que estuviera en nuestras manos por nuestro pequeño primogénito.
  Igual que no había habido médico que nos asistiera, tampoco hubo pastor que nos reconfortara, pero yo no podía soportar que nuestro bebé se fuera de este mundo sin dejar ningún mensaje en una comunidad donde tanta falta hacía. El pequeño mensaje que nos dejó a nosotros había sido el amor, así que seleccioné un  capítulo de Juan y organizamos un funeral en el que estuvieron presentes todos nuestros vecinos a treinta millas a la redonda. Así que ya ve, nuestra unión está sellada con amor y soldada con mucho sufrimiento.
  El pequeño Jamie fue el primogénito de los Stewart. Dios ha querido darme otros dos hijos varones maravillosos. El dolor ya no es tan agudo ahora y puedo contárselo, cosa que antes era incapaz. Cuando usted piense en mí, hágase a la idea de que soy una persona realmente feliz. Es verdad, se me antojan  muchas cosas que no tengo, pero eso no me impide estar contenta y disfrutar de las muchas bendiciones que sí tengo. Tengo mi casa en mitad de las montañas azules, mis niños bien educados, mi esposo limpio y honesto, mis lindas y generosas vacas lecheras, mi jardín del que yo misma me encargo. Tengo montones y montones de flores de las que yo misma me ocupo. Hay montones de pollos, pavos y cerdos que están a mi cuidado. Tengo unos cuantos caballos viejos, lentos y nobles y una vieja carreta. Puedo subir a los críos y en cualquier momento ir adonde me apetezca. Tengo los mejores vecinos, los más amables, y tengo también mis queridos amigos ausentes. ¿Entiende por qué soy tan feliz? Cuando pienso en todo esto, me pregunto cómo es posible abarrotar toda mi alegría en una vida tan corta. No quiero que piense ni por un momento que me molesta escribirle. Para mí es un auténtico placer. Es usted tan comprensiva por dejarme contarle todo. Lo único que me da miedo es estar poniendo a prueba su paciencia. Ni siquiera en esta larga carta me cabe todo lo que quiero contarle; así que le escribiré de nuevo pronto. Jerrine también le escribirá. En estos momentos tiene los dedos doloridos. Ha estado recogiendo grosellas silvestres y se le han resentido sus pequeñas manos morenas.
  Con mucho cariño, cordial y sinceramente suya,
  Elinore Rupert Stewart.»

 *Elinore Pruitt Stewart participa de un programa de colonización de las tierras del Oeste norteamericano impulsado por el Estado: tras solicitar la concesión de una parcela, tiene un período de prueba inicial de cinco años para poner en rotación cultivos y preparar la explotación de los recursos forestales. Pasado ese período de manera positiva, puede acceder a la propiedad de la tierra o bien puede renunciar a su condición de colona mediante el derecho de deserción. [N. del T.]
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Hoja de Lata Editorial, 2015, en traducción de Rosana Herrero Martín. ISBN: 978-84-941153-1-8.]