viernes, 4 de mayo de 2018

Elogio de la poligamia.- Charles Fourier (1772-1837)


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I.-De la armonía y de la civilización
El objetivo social de la armonía

«Si existiera entre los hombres una aversión general para el enamorado inconstante y la poligamia secreta, si se viera a las mujeres odiar igualmente la inconstancia que el adulterio llamado "poner los cuernos", sería preciso llegar a la conclusión de que la naturaleza humana se inclina por la fidelidad amorosa y que la política en sus especulaciones debe ajustarse a esta inclinación, pero cuando se comprueba, por el ejemplo de los bárbaros y los civilizados libres, que todos los hombres prefieren la poligamia y, gracias al ejemplo de las damas civilizadas, por poco liberales que sean, que también gustan de la pluralidad de hombres o al menos del cambio periódico y del cambio de favoritos enamorados pasajeros, adjuntos al titular que orquesta el conjunto y sirve de máscara a las variaciones amorosas, cuando afirmo que dichas verdades están comprobadas por siglos de experiencia, ¿cómo es posible que unos sabios que pretenden estudiar la naturaleza y la verdad puedan ignorar esos oráculos de la naturaleza y poner en duda la insurrección secreta del género humano contra toda la legislación que le exige esta fidelidad amorosa perpetua cuyo matrimonio impone la ley?
 A esto responden que la política cierra los ojos ante ciertas infracciones. Otra tontería. Dictar leyes para paralizarlas y favorecerlas, para ignorar las infracciones, es confesar haber perdido en la lucha contra la naturaleza. Es demostrar que el legislador es doblemente incapaz en adelantarse a la naturaleza en vez de (respetarla), y que él mismo es sospechoso, por su tolerancia, de rebeldía a la ley. La ley hace cerrar prudentemente los ojos sobre las poligamias secretas o las infidelidades conyugales, pues estaría obligada a crear tantos tribunales como casas hay, y ¿cabe imaginar en la legislación un sistema más ineficaz que el establecimiento de unos estatutos violados en secreto por todas las familias? ¿No habría llegado el momento de decir: probemos al azar cualquier otro método puesto que no podemos hallar ninguno más absurdo? Si se partiera de esta regla para realizar algunos ensayos parciales y limitados a una sola ciudad, y no me refiero a esas pruebas filosóficas por las que se empieza a trastornar a 30 millones de habitantes sin ninguna certidumbre en los resultados, sino de pequeños ensayos, restringidos a una población o distrito de 30.000 habitantes, se habría llegado hace mucho tiempo al desenlace de las miserias civilizadas mediante la única tentativa de una liberación progresiva del amor.
 En lugar de estas tentativas (ejemplares) y exentas de peligro, nuestros regeneradores han preferido proscribir plenamente la pasión más adecuada para constituir los lazos sociales, ha restringido al mínimo los lazos amorosos. Su sistema conyugal sólo admite en amor el modo estrictamente necesario para la renovación de la especie y no se puede  inventar un orden social que restrinja más el florecimiento del amor. Nuestras conveniencias, nuestra legislación exige que la joven no sienta ningún amor antes de que su padre y su madre le hayan encontrado un comprador y que ella no ame a nadie ni tenga amor más que a ese comprador, y además, que no sienta amor por nadie en absoluto si el comprador no se presenta; al parecer, el buen sentido ayuda a hacer alguna excepción; una mujer de 40 años que no ha sido pedida ni vendida tiene derecho a temer la privación del matrimonio y es evidente que deberían autorizarla a la edad de sus 40 años a algunas libertades amorosas. Pero no hay nada de eso. Si después de los veinticinco años de juventud consumida en el celibato y a la expectativa decide hacer caso a un amante, según la religión es una fornicadora que arderá eternamente en el infierno; según la legislación es una impúdica que perturba ese buen orden social que no admite el amor fuera de los santos lazos del matrimonio contraído ante la municipalidad. Y éstas son las decisiones de un siglo que se envanece de haber elevado la razón al perfeccionamiento de la perfectibilidad.
 ¿Y cuál es el objetivo de esta política represiva del amor? ¿Acaso se trata de conducir el cuerpo social a la indigencia, al engaño, a la opresión, a la matanza, etc.? No, sin duda alguna. Y no obstante, tal es el resultado de esta política civilizada que reprime los amores y los reduce al mínimo de legitimidad, ¿pero los reduce realmente al reducirlos por derecho? No, en realidad, porque todo ser, incluso en estado de opresión, se entrega furtivamente a la poligamia y más aún cuando goza de cierta libertad.
 De lo que resulta un doble absurdo político: uno, envilecer la legislación mediante un sistema contra el cual la inmensa mayoría está, o ha estado, en insurrección secreta; otro, llegar por este sistema a todos los resultados contrarios a los que se desean, llegar a la indigencia, a la opresión, al engaño y a la matanza, y es por estos resultados que se va directamente contra el objetivo de la naturaleza, que había imaginado el amor para multiplicar hasta el infinito los lazos sociales. Esos lazos no existen realmente entre los dos sexos más que si se fundan en el goce o al menos en los amores sentimentales impracticables en el sistema cínico y mentiroso de los amores civilizados. El amor no tiene, pues, en la Civilización ningún florecimiento libre, puesto que no tiene otro que el del matrimonio, lazo coercitivo que sólo se extiende hasta las medidas de la indispensable reproducción. Por lo demás, el amor no posee legalmente ninguna licencia otorgada en el sentido de la naturaleza, en el designio de formar unos lazos y de especular sobre la concordia. Este estado de opresión absoluta da un buen mentís a los filósofos que pretenden secundar a la naturaleza y provocar los lazos de cariño. Si uno de ellos hubiera tenido un solo instante esta intención, y hubiera especulado sobre los beneficios parciales del amor libre, se vería en el tratado de los limbos sociales cuántas salidas del laberinto civilizado habría descubierto.
 Y así se confunden las pretensiones de los que quieren fundar la virtud y la sabiduría sobre unos principios y no sobre unos resultados. Si definen la meta a la que desean conducirnos con sus sistemas de virtud y de sabiduría, se pondrá de manifiesto que no lo han conseguido, que regiones llenas de indigentes o de seres próximos a la indigencia testimonian la ausencia de una verdadera sabiduría, que regiones llenas de bribones, todos en rebelión secreta con el sistema social y dispuestos a traicionarlo y a expoliarlo, son el antípoda de los lazos sociales y de las virtudes reales, y que los principios que han llevado a este resultado son el absurdo supremo, por lo que es urgente experimentar otros principios, para los que se deberá exigir como garantía la entera oposición a los principios que han producido, de forma tan constante, el reinado del mal, de la indigencia y del engaño.
 No olvidemos recordar una objeción ya refutada y que parece muy especiosa en el siglo de las revoluciones, y es que hay que temer a las novedades (y prohibirlas). He observado que la novedad política no ha existido jamás en la Civilización, que todas las teorías acreditadas desde hace veinticinco siglos no han sido siempre más que antigüedades recalentadas, variaciones de una mecánica civilizada.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Abraxas, en traducción de Miguel Giménez Saurina. ISBN: 84-96196-65-8.]
 

1 comentario:

  1. Luis Manteiga Pousa19 de enero de 2023, 23:12

    La poligamia es muy respetable. Existe la poliginia, la poliandria...Hay varias opciones, incluyendo a lesbianas, homosexuales...

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