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jueves, 20 de mayo de 2021

El arte de medrar. Manual del trepador.- Maurice Joly (1829-1878)


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Libro I: Elementos generales del arte de medrar

II.-Del conocimiento de los hombres y de los caracteres
De las opiniones y de las ideas generales. De cómo los prejuicios son algo excelente para todo el mundo.

 «Hay frases de mucho efecto contra los prejuicios, pero primero habría que demostrar que el orden social puede basarse en otra cosa. Y luego hay una pregunta embarazosa: los que tanto claman contra los prejuicios ¿consentirían que se destruyeran? Se les puede demostrar que viven de ellos.
 Existen sobre la política, la religión, la moral y los gobernantes, formas de pensar corrientes, tradicionales, una retahíla de juicios, teorías y críticas que forman como un segundo elemento de las nociones generales sobre la naturaleza humana. Para no alargarnos, ofreceremos simplemente una lista.
 Se cree que el mérito es el medio más seguro para ascender.
 Se cree que hace falta capacidad para ocupar cargos.
 Se tiene la ilusión de que la opinión pública gobierna el mundo.
 Se cree que la política consiste en la ciencia de los asuntos de Estado.
 Se cree que los hombres públicos tienen fe en lo que dicen desde la tribuna o lo que escriben en sus libros.
 Se cree en el progreso indefinido de la humanidad.
 El pueblo cree que cuando hace una revolución se beneficiará de ella.
 Se cree que para establecer un gobierno basta con hacer una constitución.
 Se cree que al mundo lo gobiernan las ideas.
 Se cree que los pueblos se corrigen.
 Se cree que existen teorías filosóficas o sociales nuevas.
 Se cree que llegará el día en que las naciones ya no se harán la guerra.
 Se cree que no se puede ser un ignorante y un necio cuando se escribe un libro.
 Se cree que los que piden reformas las desean.
 Se cree que los que sostienen hoy un gobierno porque es fuerte no serán los primeros en derribarlo si por ventura se tambalea.
 Y aún sin ser exigentes, ¿podríamos decir que son muchos los que no aceptan todo lo anterior entre quienes condenan los prejuicios? Preguntémonos qué sería del orden social si esas vulgaridades no estuvieran en circulación.
 La ingenuidad de las sociedades a través de su corrupción es una hermosa materia para gobernar. Por mucho que veamos en los libros que los acontecimientos más grandes dependen de causas pequeñas, que la política no es más que un juego de pasiones e intereses privados, por una suerte providencial para los estadistas, primeros ministros, príncipes y otros hombres geniales que, a Dios gracias, no faltan, la mayor parte del público no quiere creerlo. Piensa que las revoluciones son explosiones debidas a las ideas. Repite doctamente que es imposible parar las revoluciones. ¡Eso dependerá de lo dura que se tenga la mano! El público no admite que no exista una idea nacional, internacional, filosófica o humanitaria en todas aquellas guerras que ponen en peligro la vida de una generación. Creen que la sangre es fecunda. Claro que sí, a condición de sembrar cáñamo o remolacha en el campo donde se ha librado la batalla.
[…]

Libro II: Del poder y de la ambición
III.-De los partidos
Táctica con los partidos.

 Los partidos tienen dos formas de ser: en las épocas de calma, son circunspectos, pusilánimes y meticulosos; en las épocas de agitación, se vuelven exagerados, violentos y frenéticos. La línea a seguir viene determinada según sea uno u otro el caso.
 Mientras un gobierno tiene poder, los hombres influyentes que dirigen los partidos moderan sus ataques, ya que esperan ser rescatados de la oposición por algún cargo de postín que les haga participar en la dirección de los asuntos de Estado. Esto es lo que sucede con los gobiernos parlamentarios, donde la lucha de las ambiciones está legalmente organizada.
 Las maniobras de los partidos se reducen entonces a un tejido de pequeñas intrigas laboriosas, mediante las cuales uno llega poco a poco a gozar de cierta influencia; pero no hay que hacer nada para descollar. En un cuerpo de ejército, la acción y la dirección están centralizadas y generalmente son los más capaces los que mandan; en los partidos, por el contrario, todo el mundo manda o quiere mandar y los cabecillas son menos que mediocres. Nada más natural, pues quienes componen los partidos no ponen en común sino ambiciones y vanidades. El odio los une, pero los celos los dividen, hasta tal punto que se pasarían todos al enemigo antes que procurarse unos a otros ventajas de alguna consideración. Su gran preocupación es tenerse a raya mutuamente y neutralizarse unos a otros.
 Tienen una gran perspicacia para adivinar los grandes talentos, los caracteres elevados y resueltos; se deshacen de ellos cuidadosamente, ya que su presencia entre hombres mediocres, timoratos y envidiosos, cuya mayor preocupación es mantenerse todos al mismo nivel, acostumbrados a deliberaciones odiosas, resoluciones incompletas, medidas que no se llegan a tomar y toda suerte de pequeñas negociaciones y capitulaciones, sembraría la discordia en las relaciones comunes. Estos partidos tienen tanto miedo a comprometerse que a duras penas recogen a sus muertos.
 Cuando un gobierno ha sido lo bastante fuerte como para reducir los partidos a la impotencia, cuando son en cierto modo como enjambres de avispas a las que han privado de su aguijón, se forman a menudo oposiciones postizas en cuyo seno se puede permanecer con toda comodidad y sin ningún riesgo.
 La táctica en este caso es muy simple para los hombres que han logrado crearse una cierta posición merced al respaldo de sus conciudadanos. No tienen más que cerrar los ojos ante los actos un poco violentos del gobierno, abandonar las cuestiones grandes por las pequeñas, doblegarse cuando vienen tormentas y gritar de cuando en cuando, pero callarse tan pronto como el poder lanza el primer rayo. Esta conducta, que por otra parte no es más que moderación, permite gozar de sensibles ventajas. Se pueden obtener dinero y cargos, y también, cosa que no tiene precio, gozar de los honores de la oposición sin arrostrar sus peligros. Y por último, si se produce una nueva revolución, se está en una posición inmejorable para aprovecharse de ella, ya que nominalmente se era la oposición en el régimen anterior.
 Estas oposiciones postizas sirven como colchón en los choques que pueden producirse entre un país y su gobierno. Como los colchones siempre pueden servir después del choque, no se arriesga nada al sostener a un gobierno al que se finge atacar; se tiene la suerte de durar tanto como él y de sobrevivirle si sucumbe.
 En tiempos de tribulación, el juego de los partidos no es tan fácil. Se ven obligados a aproximarse cueste lo que cueste a las organizaciones vigorosas que pueden ayudarles a atravesar la crisis y salir airosos de ella. Las pequeñas individualidades, tan tenaces en su ambición, se ven relegadas en general a un cuarto o quinto plano; pero reaparecen en el quinto acto.
Resultado de imagen de maurice joly el arte de medrar Los partidos sólo confieren autoridad con la esperanza de recuperarla o de ejercerla en nombre de aquel al que se la han conferido. Quieren que uno se entregue a ellos sin excepciones ni reservas, que se quemen las naves para pertenecerles sin retorno. Si uno quiere protegerse se convierte con razón en sospechoso. Las ideas falsas y las ideas justas, los errores como las verdades, forman parte del programa que se debe defender; y en cuanto a las pasiones de la época, por ciegas y desenfrenadas que sean, es preciso compartirlas y al mismo tiempo superarlas si se quiere tener alguna influencia dentro del partido. Éste es el juego al que habrá que jugar siempre si se quieren dominar las facciones.
 Durante la Revolución de 1642, Cromwell inició su gran carrera política exagerando el fanatismo de las sectas más exaltadas, imitando su jerga, orando, predicando y vociferando en las asambleas de los puritanos, lo cual no le impedía burlarse de ellas en la intimidad. Estaba un día divirtiéndose y bebiendo con sus amigos, y buscaba un sacacorchos que se había perdido debajo de la mesa, cuando una delegación de presbiterianos se presentó para hablarle. Mandó decirles que no podía recibirlos porque estaba ocupado buscando al Señor.
 La entrega absoluta que los partidos exigen de quienes les sirven se torna embarazosa cuando la causa común comienza a tambalearse. Pero entonces evidentemente no se trata de ser consecuente. Lejos de pensar en sostener lo que se derrumba, el hombre hábil debe espiar los menores síntomas precursores de esta caída. Debe aprovechar el momento oportuno para cambiar de chaqueta. Cuando ha seguido a un partido hasta el apogeo de su grandeza, debe súbitamente separarse de él tan pronto empiezan las dificultades, volverse en su contra, incluso perseguirlo e iniciar una nueva carrera hacia el poder y la prosperidad en compañía de nuevos aliados. Esta forma de actuar desarrolla en él una habilidad excepcional. Se vuelve perspicaz en sus observaciones, fecundo en sus recursos; adopta sin esfuerzo el tono de la secta o el partido al que la suerte lo ha hecho ir a parar; distingue los menores signos de cambio, con una sagacidad que maravilla a la multitud y que puede compararse con la que despliega un agente de la policía buscando los mínimos indicios de un crimen o un guerrero indio siguiendo una pista en el bosque.
 Se puede citar al señor de Talleyrand como a uno de los hombres que mejor han conocido el arte de abandonar las causas perdidas.
 Se crió bajo la protección de los cortesanos del último reinado y se convirtió en obispo de Autun el mismo día en que el poder de la Iglesia se iba a derrumbar. Gran señor, lo vemos subir al altar de la Revolución durante el famoso aniversario del 14 de Julio, como pontífice de la Revolución que acababa con la aristocracia. Él ya tiene su parte de poder cuando el 18 Fructidor se ceba en los que fueron sus protectores. Se gana la cartera de Asuntos Exteriores con el golpe de Estado del 18 Brumario, dirigido contra su amigo Barras. En 1814, es proclamado jefe del gobierno provisional, mientras su benefactor Napoleón medita sobre las ruinas del Imperio. Finalmente, en 1830, cuando la dinastía a la cual había ofrecido su protección toma el camino del exilio, él reaparece en escena para saludar una vez más a la fortuna.
 Es imposible hacerlo mejor.»        

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2002, en traducción de Nuria Petit i Fontseré, pp. 35-36 y 79-83. ISBN: 84-226-9522-7.] 

martes, 16 de junio de 2020

101 dilemas éticos.- Martin Cohen (1964)

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Dilemas antisociales
Dilema 19: Contra e-Ville

  «Lorenzo y Lina odiaban a la empresa e-Ville en cualquiera de sus múltiples manifestaciones comerciales: productos alimenticios e-Ville, maderas e-Ville y, por supuesto, automóviles e-Ville. La odiaban tanto que, de hecho, se habían unido a una nebulosa organización, llamada PATEO, cuyo objetivo era organizar la resistencia contra las grandes empresas en general, y contra e-Ville en particular.
 Durante un curso especial de fin de semana, destinado a la formación de los activistas de PATEO, habían aprendido muchas cosas sobre el enemigo: la empresa e-Ville era, literalmente, inmensa. Había tomado su nombre de los fundadores de la empresa, la familia De Ville, y el prefijo "e-" era un añadido reciente para darle un toque más acorde con la era de Internet. (También PATEO significaba algo, aunque nadie parecía saber a ciencia cierta el qué. Lorenzo pensaba que debía ser algo así como "Paremos la Agresión contra la Tierra", y alguna otra cosa más, mientras que a Lina lo mejor que se le ocurría era: "Plataforma Antiglobalización Transnacional de Ecologistas Organizados"). El caso es que e-Ville era una empresa que operaba desde los Estados Unidos (aunque su sede, a efectos fiscales, la tenía fijada en una remota isla del pacífico), con una facturación superior al PIB de cualquier país de África o Sudamérica, excepción hecha de Brasil y Sudáfrica, si bien a esta última ya estaba a punto de superarla. Tenía infinidad de tentáculos. Una de sus marcas punteras a escala mundial era "Maderas Auténticas", cuyos productos de lujo se comercializaban bajo la rúbrica "genuina madera de bosque tropical" y el eslogan: "Compre hoy, mañana quizás sea demasiado tarde". Su división en el ramo de la construcción, "Presas y carreteras e-Ville", participaba en varios proyectos mastodónticos que, según indicaban los propios folletos publicitarios de la empresa, llevaban aparejados "cambios ecológicos controlados" de gran alcance: modificaciones de cursos fluviales y obras de bisección de inmensos bosques vírgenes, mediante la aplicación de los últimos avances en técnicas de asfaltado. Luego estaba "Alimentos MG", su división en el ramo de la alimentación, cuyos envasados solían llevar impreso un reclamo publicitario garantizando que su contenido respondía a "lo último en alimentos mejorados científicamente", y en cuyos hipermercados, para gran indignación de Lorenzo, podía encontrarse una amplia gama de "carnes selváticas, exóticas y singulares", entre ellas, carnes de mono y canguro, garras de tigre y, de vez en cuando, carne de koala. A otros, lo que más les escandalizaba eran las latas de delfín, jocosamente promocionadas bajo el eslogan: "Como las de atún, pero más simpáticas".
 Durante aquel fin de semana, un adusto joven de barba desgreñada explicó a los activistas que las filiales de e-Ville en el Tercer Mundo estaban involucradas asimismo en una serie de "planes de formación de menores en el entorno laboral", en virtud de los cuales una persona adulta endeudada firmaba un acuerdo con la empresa por el que se comprometía a que sus hijos realizaran un trabajo no remunerado en las fábricas de e-Ville hasta que la deuda quedara saldada. Todo esto era de dominio público, según constató Lorenzo, pero a nadie parecía importarle en lo más mínimo. A PATEO le correspondía cambiar este estado de cosas mediante campañas pacíficas de desobediencia ciudadana.
 Lo primero que hizo PATEO fue organizar una gigantesca marcha "por la justicia mundial", coincidiendo con una reunión de los accionistas de e-Ville en Nueva York. Lina y otros compañeros se disfrazaron de flores, como símbolo de la desaparición de hábitats y especies que llevaban aparejados algunos de los proyectos en los que estaba involucrada e-Ville, sobre todo los relacionados con "Alimentos MG". La convocatoria fue todo un éxito y hasta la policía de Nueva York felicitó a los organizadores por haber sido capaces de llevarla a cabo sin crear grandes trastornos en la ciudad. Pero los líderes de PATEO quedaron muy decepcionados con la repercusión que tuvo en la prensa, pues, en lugar de mostrar fotos de la interminable manifestación, o de la sentada que habían protagonizado las flores humanas frente a las "Torres e-Ville", se limitaron a publicar un suelto en el que e-Ville declaraba con altanería que la protesta de los manifestantes respondía a "motivaciones políticas" y que no cederían ante aquel intento de restringir la libertad de elección de los consumidores y de frenar el progreso.
101 dilemas éticos (El Libro De Bolsillo - Filosofía): Amazon.es ... La próxima vez -en eso todos en PATEO estaban de acuerdo- habría que hacer mejor las cosas. Ya habían probado las manifestaciones y la desobediencia civil; ahora había que pasar al desorden civil.
 El dilema que se les planteaba a Lorenzo y a Lina era si esta opción no entraba en contradicción con sus convicciones pacifistas. Pero, como les hicieron notar algunos de sus compañeros, mucho peor era la violencia que en aquel mismo momento estaba ejerciendo e-Ville.
 ¿Responder a un mal con otro, es algo intrínsecamente "inmoral"?

Dilema 20: Pateando

  La siguiente junta de accionistas de e-Ville tuvo lugar en Londres y, a su conclusión, la policía británica no halló razón alguna para elogiar a los organizadores de las protestas. A lo largo de todo el día se produjeron escaramuzas entre las fuerzas de orden público y grupos de activistas de PATEO, que, tras cubrirse con pasamontañas, se desgajaron del grueso de la manifestación y se dedicaron a llenar de pintadas los locales del grupo e-Ville, llegando incluso a hacer añicos algunas lunas. La propia Lina pudo ver cómo varios empleados de la sede central (o quizás fuera gente que pasaba por ahí, no había forma de saberlo) se acurrucaban aterrorizados ante la embestida de los manifestantes y no pudo menos de sentir lástima por alguno de ellos. Lorenzo, por su parte, se quedó muy alarmado al ver cómo lanzaban piedras contra los caballos de la policía; una alarma que se convirtió en abatimiento cuando luego se enteró de que, de resultas de la acción contra los almacenes centrales de "Maderas e-Ville", su director general había fallecido de un ataque al corazón. Sin embargo, como dijeron posteriormente sus compañeros, en ningún momento se había pretendido hacer daño a nadie. (Ellos no tenían la culpa de lo que le hubiera pasado a la gente que se había metido por medio).
 Pero, en principio -eso al menos sigue pensando Lorenzo-, una protesta se descalifica a sí misma desde el momento en que causa daños a personas o a los animales. Desde su punto de vista, el principio de la no-violencia y el rechazo a todo lo que suponga causar algún daño personal han de aplicarse tanto a PATEO como a e-Ville.
-Si uno cree en la no-violencia, tiene que estar convencido de que, aunque la violencia que se trata de combatir sea "mayor", adoptar una postura violenta sólo sirve para empeorar las cosas. Si no actuáramos así, perderíamos nuestra superioridad moral, ¿no crees? ¿Acaso no era eso lo que defendía Gandhi? Tú mismo debes encarnar el cambio que deseas para el mundo -eso es lo que le dice Lorenzo a Lina, un poco más tarde.
 Lo que hay que hacer, sin lugar a dudas, es seguir con las campañas pacíficas y esperar a que el propio peso de la opinión pública acabe por obligar a e-Ville a cambiar, porque, al fin y al cabo, su propia existencia depende de los consumidores, insiste Lorenzo. Pero Lina no está de acuerdo. El tema hace que Lina y Lorenzo acaben rompiendo.
 "¿Se puede saber de parte de quién estás?", le chilla Lina y, acto seguido, tira por la ventana que Lorenzo tiene a su espalda la caja donde éste guarda los panfletos viejos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en traducción de Borja García Bercero. ISBN: 84-206-5839-1.]

viernes, 4 de mayo de 2018

Elogio de la poligamia.- Charles Fourier (1772-1837)


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I.-De la armonía y de la civilización
El objetivo social de la armonía

«Si existiera entre los hombres una aversión general para el enamorado inconstante y la poligamia secreta, si se viera a las mujeres odiar igualmente la inconstancia que el adulterio llamado "poner los cuernos", sería preciso llegar a la conclusión de que la naturaleza humana se inclina por la fidelidad amorosa y que la política en sus especulaciones debe ajustarse a esta inclinación, pero cuando se comprueba, por el ejemplo de los bárbaros y los civilizados libres, que todos los hombres prefieren la poligamia y, gracias al ejemplo de las damas civilizadas, por poco liberales que sean, que también gustan de la pluralidad de hombres o al menos del cambio periódico y del cambio de favoritos enamorados pasajeros, adjuntos al titular que orquesta el conjunto y sirve de máscara a las variaciones amorosas, cuando afirmo que dichas verdades están comprobadas por siglos de experiencia, ¿cómo es posible que unos sabios que pretenden estudiar la naturaleza y la verdad puedan ignorar esos oráculos de la naturaleza y poner en duda la insurrección secreta del género humano contra toda la legislación que le exige esta fidelidad amorosa perpetua cuyo matrimonio impone la ley?
 A esto responden que la política cierra los ojos ante ciertas infracciones. Otra tontería. Dictar leyes para paralizarlas y favorecerlas, para ignorar las infracciones, es confesar haber perdido en la lucha contra la naturaleza. Es demostrar que el legislador es doblemente incapaz en adelantarse a la naturaleza en vez de (respetarla), y que él mismo es sospechoso, por su tolerancia, de rebeldía a la ley. La ley hace cerrar prudentemente los ojos sobre las poligamias secretas o las infidelidades conyugales, pues estaría obligada a crear tantos tribunales como casas hay, y ¿cabe imaginar en la legislación un sistema más ineficaz que el establecimiento de unos estatutos violados en secreto por todas las familias? ¿No habría llegado el momento de decir: probemos al azar cualquier otro método puesto que no podemos hallar ninguno más absurdo? Si se partiera de esta regla para realizar algunos ensayos parciales y limitados a una sola ciudad, y no me refiero a esas pruebas filosóficas por las que se empieza a trastornar a 30 millones de habitantes sin ninguna certidumbre en los resultados, sino de pequeños ensayos, restringidos a una población o distrito de 30.000 habitantes, se habría llegado hace mucho tiempo al desenlace de las miserias civilizadas mediante la única tentativa de una liberación progresiva del amor.
 En lugar de estas tentativas (ejemplares) y exentas de peligro, nuestros regeneradores han preferido proscribir plenamente la pasión más adecuada para constituir los lazos sociales, ha restringido al mínimo los lazos amorosos. Su sistema conyugal sólo admite en amor el modo estrictamente necesario para la renovación de la especie y no se puede  inventar un orden social que restrinja más el florecimiento del amor. Nuestras conveniencias, nuestra legislación exige que la joven no sienta ningún amor antes de que su padre y su madre le hayan encontrado un comprador y que ella no ame a nadie ni tenga amor más que a ese comprador, y además, que no sienta amor por nadie en absoluto si el comprador no se presenta; al parecer, el buen sentido ayuda a hacer alguna excepción; una mujer de 40 años que no ha sido pedida ni vendida tiene derecho a temer la privación del matrimonio y es evidente que deberían autorizarla a la edad de sus 40 años a algunas libertades amorosas. Pero no hay nada de eso. Si después de los veinticinco años de juventud consumida en el celibato y a la expectativa decide hacer caso a un amante, según la religión es una fornicadora que arderá eternamente en el infierno; según la legislación es una impúdica que perturba ese buen orden social que no admite el amor fuera de los santos lazos del matrimonio contraído ante la municipalidad. Y éstas son las decisiones de un siglo que se envanece de haber elevado la razón al perfeccionamiento de la perfectibilidad.
 ¿Y cuál es el objetivo de esta política represiva del amor? ¿Acaso se trata de conducir el cuerpo social a la indigencia, al engaño, a la opresión, a la matanza, etc.? No, sin duda alguna. Y no obstante, tal es el resultado de esta política civilizada que reprime los amores y los reduce al mínimo de legitimidad, ¿pero los reduce realmente al reducirlos por derecho? No, en realidad, porque todo ser, incluso en estado de opresión, se entrega furtivamente a la poligamia y más aún cuando goza de cierta libertad.
 De lo que resulta un doble absurdo político: uno, envilecer la legislación mediante un sistema contra el cual la inmensa mayoría está, o ha estado, en insurrección secreta; otro, llegar por este sistema a todos los resultados contrarios a los que se desean, llegar a la indigencia, a la opresión, al engaño y a la matanza, y es por estos resultados que se va directamente contra el objetivo de la naturaleza, que había imaginado el amor para multiplicar hasta el infinito los lazos sociales. Esos lazos no existen realmente entre los dos sexos más que si se fundan en el goce o al menos en los amores sentimentales impracticables en el sistema cínico y mentiroso de los amores civilizados. El amor no tiene, pues, en la Civilización ningún florecimiento libre, puesto que no tiene otro que el del matrimonio, lazo coercitivo que sólo se extiende hasta las medidas de la indispensable reproducción. Por lo demás, el amor no posee legalmente ninguna licencia otorgada en el sentido de la naturaleza, en el designio de formar unos lazos y de especular sobre la concordia. Este estado de opresión absoluta da un buen mentís a los filósofos que pretenden secundar a la naturaleza y provocar los lazos de cariño. Si uno de ellos hubiera tenido un solo instante esta intención, y hubiera especulado sobre los beneficios parciales del amor libre, se vería en el tratado de los limbos sociales cuántas salidas del laberinto civilizado habría descubierto.
 Y así se confunden las pretensiones de los que quieren fundar la virtud y la sabiduría sobre unos principios y no sobre unos resultados. Si definen la meta a la que desean conducirnos con sus sistemas de virtud y de sabiduría, se pondrá de manifiesto que no lo han conseguido, que regiones llenas de indigentes o de seres próximos a la indigencia testimonian la ausencia de una verdadera sabiduría, que regiones llenas de bribones, todos en rebelión secreta con el sistema social y dispuestos a traicionarlo y a expoliarlo, son el antípoda de los lazos sociales y de las virtudes reales, y que los principios que han llevado a este resultado son el absurdo supremo, por lo que es urgente experimentar otros principios, para los que se deberá exigir como garantía la entera oposición a los principios que han producido, de forma tan constante, el reinado del mal, de la indigencia y del engaño.
 No olvidemos recordar una objeción ya refutada y que parece muy especiosa en el siglo de las revoluciones, y es que hay que temer a las novedades (y prohibirlas). He observado que la novedad política no ha existido jamás en la Civilización, que todas las teorías acreditadas desde hace veinticinco siglos no han sido siempre más que antigüedades recalentadas, variaciones de una mecánica civilizada.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Abraxas, en traducción de Miguel Giménez Saurina. ISBN: 84-96196-65-8.]
 

viernes, 3 de febrero de 2017

"El otoño de la Edad Media".- Johan Huizinga (1872-1945)


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 Capítulo 3: La concepción jerárquica de la sociedad

 «La idea de la organización de la sociedad en "estados" penetra en la Edad Media todas las especulaciones teológicas y políticas hasta sus últimas fibras. Esta idea no se limita, en absoluto, a la consabida trinidad: clero, nobleza y tercer estado. El concepto de estado no sólo tiene más valor sino también una significación mucho más amplia. En general, se considera como un estado toda agrupación, toda fundación, toda profesión hasta el punto de haber podido existir junto a la división de la sociedad en tres estados otra división en doce. Pues estat u ordo es algo que implica la idea de una entidad querida por Dios. Las palabras estat y ordre abrazan en la Edad Media un gran número de agrupaciones humanas que son muy heterogéneas para nuestro modo de pensar: los estados en el sentido de nuestras clases sociales, las profesiones, el estado de matrimonio junto al estado de soltería, el estado de pecado -estat de péchié-, los cuatro estats de corps et de bouche de la corte: panetiers, escanciadores, trinchantes y maestres de cocina, las Órdenes sacerdotales -prebístero, diácono, subdiácono, etc.-, las Órdenes monásticas, las Órdenes militares. Lo que para el pensamiento medieval da unidad al concepto de "estado" o de "orden" en todos estos casos, es la creencia de que cada uno de estos grupos representa una institución divina, es un órgano en la arquitectura del universo, tan esencial y tan jerárquicamente respetable como los Tronos y las Dominaciones celestiales de la jerarquía angélica.
 En la bella imagen que las mentes se forjaban del Estado y de la sociedad, adjudicábase a cada uno de los estados su función, respondiendo, no a su probada utilidad sino a su santidad o a su brillo exterior. Era, pues, posible lamentar la degeneración del clero o la decadencia de las virtudes caballerescas sin rebajar por ello lo más mínimo en la imagen ideal. Los pecados de los hombres pueden impedir la realización del ideal; éste sigue siendo, empero, base y norma del pensamiento colectivo. La imagen medieval de la sociedad es estática, no dinámica.
 Bajo una curiosa apariencia ve la sociedad de sus días Chastellain, el historiógrafo áulico de Felipe el Bueno y Carlos el Temerario, cuya nutrida obra es también en este punto el mejor espejo del pensamiento de su época. Aquí tenemos un hombre criado en las llanuras de Flandes que tenía, por tanto, ante sus propios ojos las más brillantes manifestaciones del poder de la burguesía y que, sin embargo, deslumbrado por el brillo externo de la fastuosa vida de Borgoña, considera el valor y las demás virtudes caballerescas como la fuente de todo el poder del Estado.
 Dios ha creado el pueblo bajo para trabajar, para cultivar el suelo, para asegurar por medio del comercio la sustentación permanente de la sociedad; ha creado el clero para los ministerios de la fe, y ha creado la nobleza para realzar la virtud y administrar la justicia, para ser con los actos y las costumbres de sus distinguidas personas el modelo de los demás. Las más altas funciones del Estado: la defensa de la Iglesia, la propagación de la fe, el amparo del pueblo contra la opresión, el fomento del bienestar general, la lucha contra la violencia y la tiranía, la consolidación de la paz son adjudicadas todas por Chastellain a la nobleza. La veracidad, la valentía, la moralidad y la dulzura son, por otra parte, sus cualidades. Y la nobleza francesa, dice este exaltado panegirista, responde a esta imagen ideal. En la obra entera de Chastellain se advierte que el autor ve, efectivamente, los sucesos de su tiempo a través de ese cristal de color de rosa.
 El escaso aprecio hecho de la burguesía proviene de que no se había corregido con arreglo a la realidad el tipo bajo el cual se imaginaba el tercer estado. Era un tipo simple y tajante, como una estampa de calendario o un bajorrelieve que representase los trabajos del año: el esforzado labrador, el laborioso menestral, el atareado mercader. La figura del poderoso patricio, que desalojaba de su puesto a la misma nobleza; el hecho de que ésta se alimentase continuamente de la sangre y el poder de la burguesía, no tenían puesto en aquel tipo lapidario, como tampoco lo tenía la figura del belicoso hermano del gremio y su ideal de libertad. En el concepto del tercer estado permanecieron unidos hasta la Revolución francesa la burguesía y el proletariado. Alternativamente pasaba al primer término de la imaginación la figura del pobre labrador o la del rico y ocioso habitante de la ciudad, pero el concepto del tercer estado no llegó a ser definido por su verdadera función económico-política. Un programa de reformas del año 1412, debido a un monje agustino, puede pedir en serio que se obligue a todo residente en Francia, que no pertenezca a la nobleza, a ejercer un oficio o a trabajar en el campo o a que sea expulsado del país.
 Sólo así es comprensible que un hombre como Chastellain, cuya susceptibilidad para las ilusiones morales iguala a su ingenuidad política, sólo reconozca al tercer estado algunas virtudes de esclavos, comparadas con las altas cualidades de la nobleza. [...] Su virtud estriba en la humildad y la laboriosidad, en la fidelidad al rey y la solicitud por tener satisfechos a sus señores.
 Acaso esta completa ceguera para un futuro de libertad y de poder de la burguesía haya contribuido a los lúgubres juicios que hacen sobre los tiempos Chastellain y sus correligionarios, que sólo de la nobleza esperaban la salud.
 Chastellain llama secamente vilains incluso a los más ricos moradores de las ciudades. No tiene el menor sentido del honor burgués. Felipe el Bueno tenía la costumbre de abusar de su poder para casar a sus archers -que eran en su mayoría nobles de clase inferior- o a otros servidores de su casa, con las viudas o las hijas de ricos burgueses. Los padres casaban a sus hijas tan pronto como podían para escapar a estos compromisos. Una viuda volvió a casarse por la misma causa dos días después del entierro de su marido. Cierta vez tropezó el duque con la obstinada resistencia de cierto cervecero de Lila, que no quería entregar a su hija para un enlace semejante. El duque hace poner a la joven en lugar seguro. El padre, ofendido, se traslada con todo lo que posee a Tournay, para salir del dominio del duque y poder exponer sin trabas su causa al Parlamento de París. Sólo cosecha cuidados y trabajos. Enferma de pesar, y el fin de la historia -que es sumamente característico del natural impulsivo de Felipe y que no hace honor a éste con arreglo a nuestras ideas- es que el duque devuelve la hija a la madre, que se dirige a él implorante; pero sólo otorga el perdón haciéndolas objeto de burla y humillación. Chastellain, que no arredra de censurar a su señor, tiene sin embargo todas sus simpatías para el duque; para el padre ofendido no encuentra otras palabras que "ce rebelle brasseur rustique", "et encore si meschant vilain"