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domingo, 5 de julio de 2026

El violín de Goebbels.-Yoann Iacono (1980)

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  «Cada cincuenta años más o menos, preferiblemente durante la temporada estival o en primavera, París se libra a su pueblo. Casi siempre con la misma cronología de la insurrección popular, la ciudad empieza a agitarse, nos empujamos, nos gritamos, saqueamos, rompemos, robamos, destruimos, matamos. Al principio son actos aislados, pequeños grupos. Luego, tumultos más grandes, provocaciones. Después, barricadas, bandas armadas. Hasta llegar a la multitud decidida, despiadada, compacta.
 La rebelión contra la desigualdad o la opresión es lo que agita a la multitud parisina cada medio siglo. Durante la Revolución francesa, la Bastilla pagó el precio el 14 de julio de 1789. Luego las barricadas de la Revolución de febrero de 1848. Más adelante la columna de Vendôme, símbolo del despotismo imperial, desmantelada en mayo de 1871 durante la Comuna de París. Y sigue siendo así este 19 de agosto de 1944, cuando las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) marcan el inicio de la insurrección popular al tomar la Prefectura de policía.
 Y, en esta ocasión, participo.
 Nejiko aún no se ha ido a Berlín y se encuentra en el centro de uno de esos momentos vertiginosos de la historia. Ni la intimidación de Oshima ni la violencia de Gerigk la han convencido para abandonar París. Ha estado ocho años en el corazón de esta Europa en guerra, tocando en todas esas ciudades bombardeadas y ocupadas. La música le sirve de coraza.
 Sentada en una banqueta roja de piel en un desierto Café de Flore, escucha a su amiga Yoshiko implorándole que se vaya de la ciudad con ella al día siguiente, en un tren especialmente fletado para oficiales alemanes. Yoshiko le dice que su novio actual, el asistente personal del general Dietrich von Choltitz, oyó a Hitler dar la orden de arrasar París antes de que llegaran los aliados.
 Afuera, las aceras están llenas de transeúntes ruidosos y la calle ruge, llena de coches pequeños que enarbolan la bandera francesa. A través de las ventanas, boinas con escarapelas tricolores gritan que luchamos en la plaza de la Madeleine y en el Barrio Latino.
 Como antiguo miembro de la Brigada Musical de los Guardianes de la Paz, he respondido a la llamada de las FFI para recuperar la Prefectura de policía; incluso tocaré allí con mi trompeta la primera Marsellesa desde la ocupación alemana.
 Yoshiko pierde la paciencia. ¿Acaso Nejiko no entiende que, aunque salgan vivas de los bombardeos, las arrestarán porque su país está en guerra contra los americanos, que se encuentran a tan sólo unos pasos de aquí? ¡Japón es el aliado de los nazis y todos saben que ellas tocan en conciertos para apoyar a los ejércitos de las SS!
 Como huyendo de un ataque, ahora son los camiones de la Wehrmacht los que pasan en tromba. De pie, con actitud resuelta, las tropas de las SS apuntan con revólveres y metralletas a los curiosos. Desde la rue de Tournon llegan escuadrones de alemanes, fusil en mano, para instalar ametralladoras en la acera. Asustado, el dueño del café corre las cortinas y cierra la puerta a cal y canto.
 Nejiko recuerda temblando las palabras de Gerigk al desaconsejarle formalmente que frecuentara el Flore, "esa guarida de miembros de la Resistencia y artistas fracasados", el día que supo que ella era una asidua de esta institución del bulevar Saint-Germain. Gerigk prefiere el distrito de Montparnasse, donde encuentra a los oficiales de la Wehrmacht en el Dôme o en la Closerie des Lilas, su local preferido.
 En el Flore, Nejiko se ha cruzado regularmente -sin conocerlos- con Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Albert Camus. Un día, Camus estaba almorzando con María Casarès y, a petición de ésta, le dirigió la palabra. La actriz, muy alegre ese día, e intrigada por la presencia de aquella joven japonesa que estaba sola, instó a su acompañante a invitarla a su mesa. Muy seguro de sí mismo, el escritor se acercó a Nejiko e intentó iniciar una conversación señalando el estuche de su violín para preguntarle si era música. Ella pensó que él quería robarle su instrumento y fingió no entenderlo, mientras agarraba instintivamente el Stradivarius, despertando la perplejidad de su interlocutor. Jovial, Camus volvió a la mesa donde Maria Casarès ya se estaba burlando de él. "Cualquier negativa a comunicarse es un intento de comunicación", le dijo en tono burlón, volviendo a sentarse. Divertida por esta alusión a la primera novela de su amante, Maria concluyó su frase con una carcajada. "Cualquier gesto de indiferencia o de hostilidad es una invitación encubierta".
 Ese 19 de agosto no hay ni rastro de Camus: está ocupado con Sartre para montar guardia en la Comédie Française. De todos modos, en el café no hay nadie. El Flore está vacío y su propietario muy agitado. A lo lejos se empiezan a escuchar las primeras grandes explosiones. Un tanque alemán llegado de la plaza del Châtelet toma posición en la explanada de Notre-Dame. Otros seis vienen para apoyarlo y abren fuego contra la puerta este de la Prefectura, donde yo me encontraba entonces con mis camaradas de la Resistencia. Pero volveré a hablar de esto más adelante. Arrastrándose, un guardián de la paz consigue prender fuego a uno de los alemanes con un cóctel molotov. París está de nuevo en guerra. La ciudad se rebela contra el ocupante.» 

 [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2022, en traducción de Josep Escarré, pp. 107-111. ISBN: 978-84-19004-35-2.]
 

domingo, 20 de agosto de 2023

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.- Bernal Díaz del Castillo (1492-1584)


CVC. La Antigua Guatemala. Bernal Díaz del Castillo.
Capítulo CVII: Cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le quería dar una hija de las suyas para que se casase con ella, y lo que Cortés le respondió, y todavía la tomó, y la servían y honraban como hija de tal señor.


 «Como otras muchas veces he dicho, siempre Cortés y todos nosotros procurábamos de agradar y servir a Montezuma y tenerle palacio, y un día le dijo el Montezuma: “Mira, Malinche, qué tanto os amo, que os quiero dar a una hija mía muy hermosa para que os caséis con ella y que la tengáis por vuestra legitima mujer”. Y Cortés le quitó la gorra por la merced, y dijo que era gran merced la que le hacía, mas que era casado y tenía mujer, e que entre nosotros no podemos tener más de una mujer, y que él la ternía en aquel grado que hija de tan gran señor meresce, y que primero quiere se vuelva cristiana, como son otras señoras, hijas de señores. Y Montezuma lo hobo por bien, y siempre mostraba el gran Montezuma su acostumbrada voluntad. Mas he de un día en otro no cesaba Montezuma sus sacrificios, y de matar en ellos personas. Y Cortés se lo retraía, y no aprovechaba cosa ninguna, hasta que tomó consejo con nuestros capitanes que qué haríamos en aquel caso, porque no se atrevía a poner remedio en ello por no revolver la ciudad y los papas que estaban en el Huichilobos. Y el consejo que sobre ello se dio por nuestros capitanes y soldados, que hiciese que quería ir a derrocar los ídolos del alto Huichilobos, y si viésemos que se ponían en defendello o que se alborotaban, que le demandase licencia para hacer un altar en una parte del gran cu y poner un crucifijo e una imagen de Nuestra Señora.
 Y como esto se acordó, fue Cortés a los palacios adonde estaba preso Montezuma, y llevó consigo siete capitanes y soldados, y dijo al Montezuma: "Señor: ya muchas veces he dicho a Vuestra Majestad que no sacrifique más ánimas a esos vuestros dioses que os traen engañados, y no lo quiere hacer, e hágoos saber, señor, que todos mis compañeros y estos capitanes que conmigo vienen os vienen a pedir por merced que les deis licencia para los quitar de allí y pornemos a Nuestra Señora Santa María y una cruz, y que si agora les dais licencia, que ellos irán a los quitar, y no querría que matasen algunos papas". Y desque el Montezuna oyó aquellas palabras y vio ir a los capitanes algo alterados, dijo: “¡Oh, Malinche, y como nos queréis echar a perder a toda esta ciudad! Porque estaban muy enojados nuestros dioses contra nosotros, y aun de vuestras vidas no sé en qué pararán. Lo que os ruego es que agora al presente os sufráis, que yo enviaré a llamar a todos los papas, y veré su respuesta”. Y desque aquello oyó Cortés hizo un ademán que le quería hablar muy secretamente al Montezuma e que no estuviesen presentes nuestros capitanes que llevaba en su compañía, los cuales mandó que le dejasen solo, y los mandó salir. Y desque salieron de la sala dijo al Montezuma que porque no saliese de allí aquello e se hiciese alboroto, ni los papas lo tuviesen a mal derrocalle sus ídolos, que él trataría con los mismos nuestros que no se hiciese tal cosa, con tal que en un apartamiento del gran cu hiciesen un altar para poner la imagen de Nuestra Señora e una cruz, y quel tiempo andando verían cuán buenos y provechosos son para sus ánimas y para dalles salud y buenas sementeras y prosperidades. Y el Montezuma, puesto que con sospiros y semblante muy triste, dijo quél lo trataría con los papas; y en fin de muchas palabras que sobre ello hobo se puso en días del mes de de mil e quinientos y diez y nueve años. E puesto nuestro altar apartado de sus malditos ídolos y la imagen de Nuestra Señora e una cruz, y con mucha devoción, y todos dando gracias a Dios, dijo misa cantada el padre de la Merced, y ayudaron a la misa el clérigo Juan Díaz y muchos de los nuestros soldados. Y allí mandó poner nuestro capitán a un soldado viejo para que tuviese guarda en ello, y rogó al Montezuma que mandase a los papas que no tocasen en ello, salvo para barrer y quemar ensencios y poner candelas de cera ardiendo de noche y de día, e enramallo y poner flores. Y dejallo he aquí, y diré lo que sobre ello avino.

Capítulo CVIII: Cómo el gran Montezuma dijo a nuestro capitán Cortés que se saliese de Méjico con todos los soldados, porque se querían levantar todos los caciques y papas y darnos guerra hasta matarnos, porque ansí estaba acordado y dado consejo por sus ídolos, y lo que Cortés sobre ello hizo

   Como siempre a la contina nunca nos faltaban sobresaltos, y de tal calidad que eran para acabar las vidas en ellos si Nuestro Señor Dios no lo remediara; y fue que como habíamos puesto en el gran cu, en el altar que hicimos, la imagen de Nuestra Señora y la cruz, y se dijo el santo Evangelio e misa, parece ser que los Huichilobos e el Tezcatepuca hablaron con los papas y les dijeron que se querían ir de su provincia, pues tan mal tratados son de los teules, e que adonde están aquellas figuras y cruz que no quieren estar, o que ellos no estarían allí si no nos mataban, e aquello les daban respuesta, e que no curasen de tener otra, e que se lo dijesen a Montezuma y a todos sus capitanes que luego comenzasen la guerra y nos matasen. Y les dijo el ídolo que mirasen que todo el oro que solían tener para honrallos lo habíamos deshecho y hecho ladrillos, e que mirasen que nos íbamos señoreando de la tierra y que teníamos presos a cinco grandes caciques, y les dijeron otras maldades para atraellos a darnos guerra. Y para que Cortés y todos nosotros lo supiésemos, el gran Montezuma envió a llamar a Cortés, para que le quería hablar en cosas que iban mucho en ellas. E vino el paje Orteguilla y dijo que estaba muy alterado y triste Montezuma, e que aquella noche y parte del día habían estado con él muchos papas y capitanes muy principales, y secretamente hablaban que no lo pudo entender.
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. de Díaz del ... Y desque Cortés lo oyó fue de presto al palacio donde estaba Montezuma, y llevó consigo a Cristóbal de Olí que era capitán de la guardia, e a otros cuatro capitanes, e a doña Marina, e a Jerónimo de Aguilar, y después que se le hicieron mucho acato, dijo el Montezuma: “¡Oh señor Malinche y señores capitanes: cuánto me pesa de la respuesta y mando que nuestros teules han dado a nuestros papas e a mí e a todos mis capitanes! Y es que os demos guerra y os matemos e os hagamos ir por la mar adelante, lo que he colegido dello, y me paresce que antes que encomiencen la guerra, que luego salgáis desta ciudad y no quede ninguno de vosotros aquí; y esto, señor Malinche, os digo que hagáis en todas maneras, que os conviene; si no mataros han; e mira que os va las vidas”. Y Cortés y nuestros capitanes sintieron pesar y aun se alteraron, y no era de maravillar, de cosa tan nueva y determinada, que era poner nuestras vidas en gran peligro sobre ello en aquel instante, pues tan determinadamente nos lo avisaban Y Cortés le dijo quél se lo tenía en merced el aviso, y que al presente de dos cosas le pesaba: no tener navíos en que se ir, que los mandó quebrar los que trujo, y la otra, que por fuerza había de ir el Montezuma con nosotros para que le vea nuestro gran emperador, y que le pide por merced que tenga por bien que, hasta que se hagan tres navíos en el Arenal, que detenga a los papas y capitanes, porque para ellos es el mejor partido si la encomienzan ellos la guerra, porque todos morirán si la quisiesen dar; e más dijo, que porque vea Montezuma que quiere luego hacer lo que le dice, que mande a sus carpinteros que vayan con dos de nuestros soldados que son grandes maestros de hacer navíos a cortar la madera cerca del Arenal. E el Montezuma estuvo muy más triste que de antes, como Cortés le dijo que había de ir con nosotros ante el emperador, y dijo quél daría los carpinteros, y que luego despachase y no hobiese más palabras, sino obras, y que entre tanto él mandaría a los papas y a los capitanes que no curasen de alborotar la ciudad, e que a sus ídolos de Huichilobos que mandaría aplacasen con sacrificios, e que no sería con muerte de hombres. Y con esta tan alborotada plática se despidió Cortés y los capitanes del Montezuma.
 Y estábamos todos con gran congoja esperando cuándo habían de comenzar la guerra. Luego Cortés mandó llamar a Martín López, carpintero de hacer navíos, y Andrés Núñez, y con los indios carpinteros que le dio el gran Montezuma, después de platicado el porte que se podría labrar los tres navíos, le mandó que luego pusiese por la obra de los hacer y poner a punto, pues que en la Villa Rica había todo aparejo de hierro y herreros, y jarcia, y estopa, y calafates, y brea; y ansí fueron y cortaron la madera en la costa de la Villa Rica, y con toda la cuenta e gálibo della y con buena priesa comenzó a labrar sus navíos. Lo que Cortés le dijo a Martín López sobre ello no lo sé, y esto digo porque dice el coronista Gómara en su historia que le mandó que hiciese muestra como cosa de burla, que los labraba, para que lo supiese el gran Montezuma. Remítome a lo que ellos dijeren, que gracias a Dios son vivos en este tiempo; mas muy secretamente me dijo el Martín López que de hecho y apriesa los labraba, e ansí los dejó en astillero, tres navíos.
 Dejémosles labrando los navíos y digamos cuáles andábamos todos en aquella gran ciudad, tan pensativos, temiendo que de una hora a otra nos habían de dar guerra, y nuestras naborías de Tascala e doña Marina ansí lo decían al capitán; y el Orteguilla, el paje de Montezuma, siempre estaba llorando y todos nosotros muy a punto y buenas guardas al Montezuma. Digo de nosotros estar a punto no había necesidad de decillo tantas veces, porque de día ni de noche no se nos quitaban las armas, gorjales y antipares, y con ello dormíamos. Y dirán agora dónde dormíamos; de qué eran nuestras camas, sino un poco de paja y una estera, y el que tenía un toldillo ponelle debajo, y calzados y armados, y todo género de armas muy a punto, y los caballos ensillados y enfrenados todo el día, y todos tan prestos, que en tocando al arma, como si estuviéramos puestos e aguardando para aquel punto; pues velas cada noche, que no quedaba soldado que no velaba. Y otra cosa digo, y no por me jactanciar de ello: que quedé yo tan acostumbrado a andar armado y dormir de la manera que he dicho, que después de conquistada la Nueva España tenía por costumbre de me acostar vestido y sin cama, e que dormía mejor que en colchones; e agora cuando voy a los pueblos de mi encomienda no llevo cama; e si alguna vez la llevo, no es por mi voluntad, sino por algunos caballeros que se hallan presentes, porque no vean que por falta de buena cama la dejo de llevar, mas en verdad que me echo vestido en ella. Y otra cosa digo: que no puedo dormir sino un rato de la noche, que me tengo de levantar a ver el cielo y estrellas, y me he de pasear un rato al sereno, y esto sin poner en la cabeza cosa ninguna de bonete ni paño, y gracias a Dios no me hace mal, por la costumbre que tenía. Y esto he dicho porque sepan de qué arte andábamos los verdaderos conquistadores, y cómo estábamos tan acostumbrados a las armas y a velar. Y dejemos de hablar en ello, pues que salgo fuera de nuestra relación, y digamos cómo Nuestro Señor Jesucristo siempre nos hace muchas mercedes. Y es que en la isla de Cuba Diego Velázquez dio mucha priesa en su armada, como adelante diré, y vino en aquel instante a la Nueva España un capitán que se decía Pánfilo de Narváez.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espasa Calpe, 1997, pp. 375-379. ISBN: 84-239-7266-6.]

miércoles, 27 de octubre de 2021

La marquesa de O... y otros cuentos.- Heinrich W. von Kleist (1777-1811)


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Los desposorios en Santo Domingo


  «En Puerto Príncipe, en la parte francesa de la isla de Santo Domingo, a principios de este siglo, cuando los negros mataron a los blancos, vivía en la plantación del señor Guillaume de Villeneuve un viejo negro temible llamado Congo Hoango. Éste, que provenía de la Costa de Oro africana, y que en su juventud parecía de carácter bondadoso y fiel, fue colmado de innumerables beneficios por parte de su señor, al que en otro tiempo, durante un viaje a Cuba, había salvado la vida. No solamente don Guillermo le concedió la libertad en aquel mismo instante, sino que además, a su regreso a Santo Domingo, le concedió casa y granja, y pasados unos años, aunque no había tal costumbre en la isla, le hizo administrador de sus considerables posesiones, y como no quisiera volver a casarse le dio para sustituir a su mujer a una vieja mulata llamada Babekan, que vivía en la plantación y con la cual su difunta mujer estaba emparentada. Bien, como el negro llegase a la edad de sesenta años, le concedió una cantidad muy considerable como jubilación y llegó a la cumbre de sus beneficios, dejándole un legado en su herencia; pero todas estas muestras de agradecimiento no pudieron librar al señor de Villeneuve de la furia de aquel ser rabioso. Congo Hoango fue el primero en coger el fusil cuando el torbellino de furor que se desató sobre las plantaciones como consecuencia de las medidas irreflexivas de la Convención Nacional, y recordando la tiranía que le había arrancado de su patria, metió un tiro a su amo en la cabeza. Luego incendió la casa donde se había refugiado la esposa de éste con sus tres hijos y el resto de la colonia de blancos, devastó la plantación entera a la que tenían derecho los herederos que vivían en Puerto Príncipe y, como todas las plantaciones eran semejantes, reunió a los negros y los armó para acudir en ayuda de sus compañeros en su lucha contra los blancos. Tan pronto acechaba a los fugitivos que en grupos armados atravesaban la región como caía en pleno día sobre los plantadores que permanecían en las edificaciones y pasaba a cuchillo todo lo que encontraba.
 Dominado por su inhumano deseo de venganza, incluso exigió a la vieja Babekan y a su hija, una joven mestiza de quince años llamada Toni, que tomaran parte en esta guerra rabiosa que le rejuvenecía; y como los edificios principales de la plantación en la que ahora vivía estaban deshabitados y muy próximos a la calle principal, de manera que durante su ausencia se refugiaban en ellos los fugitivos blancos y criollos que iban en busca de comida y refugio, adiestró a las mujeres para que entretuviesen con socorros y halagos a los perros blancos, pues así los llamaba, hasta su regreso.
 Babekan, que padecía de tuberculosis como consecuencia de unos crueles castigos que había sufrido durante su juventud, acostumbraba en estos casos a vestir con las mejores galas a la joven Toni, que debido a su color tostado servía muy bien para estas crueles argucias; animaba a la joven a que no negase a los desconocidos caricia alguna, excepción hecha de la última, que le había sido prohibida bajo pena de muerte, así que cuando Congo Hoango volvía con la tropa de negros de sus correrías por la región, la suerte que esperaba a los desgraciados que habían sido atraídos por aquellas malas artes, era la muerte.
 Como todos saben, en el año de 1803, cuando el general Desalines avanzó con trece mil negros hacia Puerto Príncipe, todo aquel cuyo color era blanco se aprestó a defender la plaza, pues era el último baluarte del poder francés en la isla, y si caía esta plaza todos los blancos que allí se encontraban estaban perdidos sin remisión.
 Sucedió, pues, que precisamente en ausencia del viejo Congo Hoango, que se había marchado en compañía de todos los negros para ayudar al general Desalines a transportar un cargamento de pólvora y plomo a través de las filas francesas, sucedió que en una noche lluviosa y tormentosa alguien golpeó a la puerta de atrás de la casa. La vieja Babekan, que yacía en el lecho, se levantó, y echándose una falda por encima abrió la ventana y preguntó quién era: “Por la Virgen y todos los Santos –dijo el desconocido en voz baja, acercándose a la ventana-, contestadme a esta pregunta, antes que me descubra”, y alargó la mano en la oscuridad de la noche, con intención de coger la mano de la vieja, preguntando: “¿Sois negra?” Babekan dijo: “Entonces seguro que sois un blanco, ya que esta tenebrosa noche os parece mejor que cualquier negra. Entrad –añadió-, y no temáis nada; aquí vive una mulata, la única que está en la casa conmigo, es mi hija, una mestiza”. Al decir esto cerró la ventana, como si fuera a bajar y a abrirle la puerta; y con el pretexto de que no encontraba la llave, después de coger algunos vestidos, corrió a la habitación de su hija, a la que despertó diciendo: “¡Toni! ¡Toni!” “¿Qué sucede, madre?” “¡Rápido! –dijo-. ¡Levántate y vístete! Aquñi tienes los vestidos, ropa blanca y medias. Un blanco, al que persiguen, está a la puerta y solicita que le dejemos entrar”. Toni preguntó: “¿Un blanco?” medio incorporándose en la cama. Cogió los vestidos que la vieja tenía en la mano y dijo: “¿Está solo, madre? No hemos de temer nada. ¿Y si le dejamos pasar?” “¡Nada, nada! –repuso la vieja, que traía luz-. Está solo y desarmado y el miedo hace temblar todos sus miembros”. Y mientras Toni se levantaba y se ponía el vestido y las medias, encendió el gran farol que estaba en un rincón del cuarto, anudó rápidamente el pelo de la joven, al estilo del país, en lo alto de la cabeza, y después que le hubo atado el justillo, le puso un sombrero, diole el farol en la mano y le ordenó dirigirse al patio para ir en busca del desconocido.
Resultado de imagen de heinrich von kleist la marquesa de o Entretanto, como ladrasen los perros, se despertó un niño llamado Nanky, que Congo Hoango había tenido como hijo natural de una negra y que dormía con su hermano Seppy en los edificios contiguos, y como viese al resplandor de la luna a un hombre que estaba cerca de la escalera de la parte posterior de la casa, se apresuró a ir hacia la puerta del patio por la que el desconocido había entrado, y como ya había hecho otras veces, le echó el cerrojo. El desconocido, que no comprendía qué significaban todos estos preparativos, preguntó al niño, después de comprobar con espanto que era un negro, quién vivía en estos establecimientos, y como escuchase la respuesta de que todo aquello pertenecía al negro Congo Hoango después de la muerte del señor de Villeneuve, estaba ya a punto de dar un empujón al niño, quitarle la llave del patio que llevaba en la mano y dirigirse al campo, cuando apareció Toni con un farol en la mano: “Rápido –dijo cogiéndole de la mano y haciéndole entrar-, venid aquí”. Hizo lo posible mientras decía esto para que la luz le diera de lleno sobre el rostro: “¿Quién eres? –dijo el desconocido, luchando por desprenderse y mirando su rostro con interés, por más de un motivo-. ¿Quién vive en esta casa, donde según me dices vas a salvarme?” “Nadie, por la luz del sol –dijo la muchacha-, nadie más que mi madre y yo”, y procuraba apresuradamente hacerle entrar. “¿Cómo que nadie? –exclamó el desconocido mientras, dando un paso atrás, se desprendía de su mano-. ¿Acaso no me ha dicho ese niño que aquí vive un negro llamado Hoango?” “Yo te digo que no –repuso la muchacha, mientras golpeaba el suelo con el pie en señal de desagrado-, y aunque esta casa perteneciese al sanguinario que lleva tal nombre, ahora está ausente y lejos de aquí más de diez millas”. Después de haber dicho esto, cogió al desconocido con las dos manos y le hizo entrar en la casa, dio órdenes al niño de que no dijese a nadie quién había entrado y después de haber traspasado la puerta, llevando al desconocido de la mano, le hizo subir las escaleras y le condujo al cuarto de su madre.
 “Bueno –dijo la vieja, que había escuchado la conversación desde lo alto de la ventana y había visto que era un oficial-. ¿Qué significa esa espada que lleváis bajo el brazo, dispuesta a dar mandobles? –y añadió mientras se encajaba bien las gafas-: Os hemos acogido en vuestra huida en nuestra casa, con peligro de nuestras vidas, y veo que habéis venido a pagar una buena acción con una traición, según es costumbre de vuestros compañeros”. “El cielo me valga”, repuso el desconocido, que estaba frente a ella. Cogió la mano de la vieja, la puso sobre su corazón y después de lanzar algunas miradas temerosas por la habitación, se desciñó la espada que llevaba al cinto y dijo: “¡Aquí tenéis ante vosotros a uno de los seres más desgraciados, pero jamás ingrato ni malvado!” “¿Quién sois?” preguntó la vieja, acercándole una silla, al tiempo que ordenaba a la muchacha que fuese a la cocina para que le trajese lo antes posible algo de cenar. “Soy un oficial de las fuerzas francesas, aunque como podréis juzgar no soy francés; mi patria es Suiza y mi nombre es Gustavo de Ried. ¡Ojalá nunca la hubiese abandonado a cambio de esta desgraciada región! Vengo de Fort Dauphin, donde, como ya sabréis, todos los blancos han sido asesinados, y tengo intención de llegar a Puerto Príncipe antes de que el general Desalines llegue con las tropas a su mando y le ponga sitio”. “¿De Fort Dauphin? –exclamó la vieja-. ¿Y con el color de vuestro semblante habéis podido atravesar todo este camino por medio de esta región de negros sublevados?”»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en traducción de Carmen Bravo-Villasante, pp. 85-90. ISBN: 84-206-5886-3.]

martes, 25 de mayo de 2021

Música de mierda.- Carl Wilson (¿...?)


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10.-Hagamos una versión punk de “My Heart Will Go On” (o: Hablemos de nuestros sentimientos)


 «Durante un siglo o más, el sentimentalismo ha sido el pecado estético capital. Decir que una obra de arte es sentimental es condenarla forzosamente. Ser sentimental equivale a ser kitsch, falso, exagerado, manipulador, indulgente con uno mismo, hipócrita, hortera y falto de originalidad; es el arte de los pringados religiosos, los apologetas del conservadurismo y los siervos de las grandes empresas. En tanto que kitsch, el sentimentalismo se puede equiparar a la propaganda nazi o estalinista, equivalencia que establecieron en su día autores como Milan Kundera, Clement Greenberg, Harold Rosenberg, Dwight Macdonald y, naturalmente, Theodor Adorno. El novelista alemán Hermann Broch escribió que “el creador de kitsch no crea arte ‘malo’. […] No es imposible juzgarlo según criterios estéticos, pero es preferible juzgarlo como un ser éticamente vil, un malhechor que desea profundamente el mal”. El desprecio punk emite idéntico veredicto. Y en el fondo, tal vez porque yo me fijo mucho en las letras, el sentimentalismo es también la barrera más infranqueable que se alza entre la música de Céline y un servidor: no es sólo que sus mensajes de postalita prefabricada cutre me resulten poco atractivos, sino que temo que si, cedo a ellos, mi cerebro y mis principios se conviertan en puré. ¿Puede tratarse de un simple prejuicio adquirido, como sucede con tantos otros filtros culturales?
 Desde luego, puedo absolver al sentimentalismo de los cargos superficiales en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué es manipulador? Se supone que toda la música debe manipular hábilmente al público y lograr que se conmueva. ¿Qué es falso? Todo el arte lo es; lo importante es ser una falsificación convincente, una mentira que parezca verdad. Y es evidente que Céline ha convencido a sus seguidores. Además ¿por qué su banda sonora para tu vida es más “indulgente con uno mismo” que los juegos de palabras multilingües de James Joyce? Y, en cualquier caso, ¿eso sería realmente criticable en el arte? ¿Con quién se supone que tiene que ser indulgente el artista? En cuanto a la hipocresía, es verdad, disfrazar el nazismo con imágenes de madres de mejillas sonrosadas y niños que brincan por un monte alemán es asqueroso, pero ¿qué pasa con las madres y los niños de mejillas sonrosadas si no son nazis? Confundir la sensiblería (si no demuestra ser cómplice de un mal específico) con la propaganda es de paranoicos, a menos que la crítica se haga extensiva a cualquier forma de arte no creada explícitamente como protesta. (Para una lectura más rigurosa de estos argumentos, véase In Defense of Sentimentality, del filósofo moral estadounidense Robert C. Solomon).
 Luego hay una cuestión más sesuda, relacionada con la proporción: ¿puede ser que el problema del sentimentalismo kitsch (schmaltz, en términos musicales) sea que toma esperanzas y afectos cotidianos y los convierte en melodramas de vida o muerte? Analicemos la elegante definición del erudito zen R. H. Blyth: “Actuamos con sentimentalismo cuando dedicamos a algo más ternura de la que de dedica Dios”. Ese era el tipo de antisentimentalismo al que apelaba John Cage cuando componía música basándose en los resultados aleatorios del juego de dados, para sustraer su propia voluntad del resultado final: su pieza silenciosa, 4’33’’, no es más que un marco que permite concentrar los oídos y la mente en los sonidos de la existencia en curso. La belleza de su música reside en su voluntad de rendirse a ese objetivo. Como el silencio de Cage, el amor de Dios es incalificable, implacable, y su mirada nada sentimental. Pero el amor humano es muy distinto: si amamos, lo hacemos excediendo el amor de Dios; amamos amontonando estratos de sentido sobre los hechos objetivos. Si yo creyera en Dios, no me costaría imaginar que creó al ser humano precisamente para eso, para que las cosas recibieran más ternura de la que Él les podía dar, en medio de la severidad imperturbable de la naturaleza y de la crueldad del destino: a lo mejor estamos aquí para compensar lo que Depeche Mode, en su canción gnóstica “Blasphemous Rumours”, denominó el “sick sense of humor*” de Dios. El amor de Dios suena tal vez como Kraftwerk, un diagrama sonoro del tráfico que pasa, o como la implacable marcha electrónica de los temas disco de Giorgio Moroder, mientras que la humanidad es la voz de Donna Summer, que no puede evitar intervenir para exagerar y exaltar lo evidente en espirales alucinatorias e insistir una y otra vez: “I feel love, I feel love, I feel love”. Con Dios o sin él, es una arrogancia pretender que sabemos cuál es la cantidad justa de ternura que nos es lícito ofrecer.
 También estéticamente, la preocupación por el exceso parece algo caduco, a menos que un exceso de ternura sea más criticable que un exceso de pintura, de ruido, de rabia, de monumentalidad, de vocabulario, de desnudez y del resto de los elementos entre los que, para nuestro deleite, el arte se revuelca desde el modernismo y, en especial, desde el rock’n’roll. Si un crítico dice que Céline “arrolla” una canción, es una crítica, en cambio, si dice que “los Ramones nos arrollan con un demoledor tema punk de tres minutos”, es  un elogio. La falta de originalidad, desde luego, puede ser una carencia estética, pero no es lo que relega al sentimentalismo dentro de la música pop; si fuera así, no aparecería cada dos años una banda de rock primitivo a la que la crítica cubre de elogios por devolver el rock “a sus esencias”.
Música De Mierda - Wilson Carl (Libro) Ese doble rasero es el pan de cada día para la música sentimental: los excesos, los formulismos y la bidimensionalidad pueden ser elementos positivos para cualquier música que no sea dulce y conciliadora, sino furiosa y rebelde. Podría decirse que el punk-rock es el schmaltz cabreado, una idea que se ve reforzada por la facilidad con la que el punk emo ha redefinido el género para expresar la angustia personal. El punk, el metal e incluso el rock que persigue la justicia social, como el de U2 o Rage Against the Machine, con sus eslóganes enfáticos  en defensa de la individualidad y la independencia, pueden ser tan “inspiradores” o “motivadores” como la música de Céline, pero dirigidos, eso sí, a grupos subculturales distintos. En cualquier caso, son igual de parciales y carentes de sutileza. Y, desde el punto de vista moral, no es tan descabellado preguntarse por qué son más loables los excelsos en nombre de la rabia y el resentimiento que la falta de moderación subordinada al amor y a la conexión interpersonal. La respuesta fácil es que Céline es conformista, aquiescente y en absoluta subversiva. Actualmente, se considera que subversión es lo opuesto a sentimental: casi siempre se trata de un término que expresa aprobación. Señalar el carácter subversivo de una canción, una serie o una película equivale a validarla, no sólo en el mundo de la crítica pop, sino también en el ámbito académico.
 ¿Qué es subversivo? La transgresión, la sátira, la idiosincrasia, el radicalismo, reafirmar una identidad minoritaria, generar interferencias en la señal mayoritaria, subvertir las convenciones y, en términos generales, abogar por los cambios. Pero como hace ya tiempo sostiene el crítico social Thomas Frank (La conquista de lo cool), esos son los valores que promueven actualmente la publicidad, los gurús de la administración de empresas y los emprendedores de la alta tecnología. El polémico y ameno The Rebell Sell, de los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter, añade que los impulsos anticonformistas son el octano del consumismo, siempre en pos de la vanguardia, el alma misma de la distinción bourdieviana, ya sea en la alta costura, la cocina orgánica o la cultura “no convertida en artículo de consumo”. Por eso actualmente –y tal vez desde siempre- se aprecia una vibración conservadora en el latir del rock rebelde. La retórica corporativa y gubernamental se transfigura en el schmaltz rebelde, al que imita. El tipo de cambio al que apela la música de un sarcasmo estridente –libertad, igualdad, menos autoridad- se ajusta perfectamente a la “nueva economía”, cuyas necesidades comerciales y laborales exigen una estructura social multicultural más móvil y “flexible”. El capitalismo actual celebra la descentralización, la desregulación y otros cambios llamativos que disparan los precios de las acciones a corto plazo y justifican despidos, horas extras no remuneradas, la deslocalización de la producción en países del tercer mundo y un marketing omnipresente, por no mencionar la violencia organizada sobre la que se erigen. En su libro La doctrina del shock, Naomi Klein se refiere al continuo que forman las “terapias de choque” económicas, políticas y militares, y que se extiende hasta la sala de torturas, ¿podría ampliarse la metáfora para que incluyera también el “shock de lo nuevo” en el ámbito artístico?
 La parcialidad de la crítica musical respecto a la rebelión juvenil no está exenta de este tipo de miopías: lo que los críticos liberales catalogan de subversivo muy pocas veces tiene que ver con reformas sociales prácticas. Los pocos críticos con compromisos políticos significativos a menudo se muestran más benévolos con la cultura de masas, incluso con la supuestamente ñoña y sentimental, porque sus preocupaciones tienen más que ver con la vida de las personas que con el deseo de ser musicalmente más cool que nadie. De hecho, es una buena vara de medir a la hora de discriminar la política de verdad de la mera representación revolucionaria.»       
          
 * Humor de mal gusto (N. del T.)     
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Blackie Books, 2015, en traducción de Carles Andreu, pp. 149-154. ISBN: 978-84-16290-48-2.]