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domingo, 9 de agosto de 2020

Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la Gran Guerra.- Virginia Nicholson (1955)

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II.-"Un mundo que no me quiere"
El estado crepuscular

  «La guerra se había llevado por delante a toda una generación  de maridos, pero también había arruinado el futuro de aquéllas que iban a ser sus esposas. Las mujeres casadas se ocupaban del hogar, preparaban la cena con amor, concebían hijos y los atendían. Tenían compañía, un hogar y eran respetables; tras su paso por el altar, compartían su vida con un hombre y disfrutaban del amor. Todo indicaba que conocían el secreto de la felicidad, pero, ¿en qué lugar se quedaban las que no se habían  casado y las que nunca lo harían? ¿Qué podían hacer y qué sería de ellas? ¿Pasarían el resto de sus días consumidas por los celos y la envidia? ¿Acaso sus vidas, según creía todo el mundo, eran un fracaso?
 May Jones, Gertrude Caton-Thompson, Vera Btittain y Winifred Haward eran victorianas. Nacieron entre 1888 y 1898, cuando la vieja reina, con sus vestidos de encaje negro, todavía ocupaba el trono como símbolo de la mujer sumisa, de la madre fértil y de la viuda leal. Se trataba de una sociedad en la que la mujer soltera no tenía lugar. Viajeras como Marianne North y Mary Kingsley o reformistas sociales como Octavia Hill o Florence Nightingale eran excepciones que, con su independencia, confirmaban la regla.
 Y la regla era inequívoca. El statu quo exigía que los hombres de una familia mantuvieran a las mujeres, de tal manera que toda mujer distinguida pudiera aprender francés o macramé en lugar de un oficio con el que ganar dinero. El mercado laboral no ofrecía a las mujeres solteras posibilidad de emanciparse, por lo que se las condenaba a una situación de dependencia. Las normas del decoro eran de un rigor extremo. Para ser respetable, una mujer podía convertirse en institutriz o en dama de compañía, pero no debía ejercer un oficio que tuviese nada que ver con el comercio. Normalmente, una hija soltera de clase media viviría en casa cuidando a unos padres irritables y enfermos hasta que éstos murieran, y sólo entonces, si era afortunada, le dejarían lo justo para mantenerse, lo que le proporcionaría cierta libertad en un momento postrero de su vida. En caso contrario, buscaría entre sus familiares a algún hombre que se sintiera moralmente obligado a mantenerla y se iría a vivir con él. Su status era modesto. Si el familiar estaba casado, la soltera estaría subordinada a la esposa.
 Poco a poco estas mujeres se iban adentrando en lo que Jessica Mittford definía en sus memorias como "el estado crepuscular de la tía solterona". Las tías solteronas de Jessica eran dulces y menudas, pero tenían un halo de leyenda trágica. "¿Por qué no se casó?", se preguntaba Jessica. Sus historias estaban llenas de incógnitas, eran grotescas o les faltaba algo. Una de las tías tuvo una enfermedad que le hizo perder los dientes; a pesar de sus intentos desesperados por sujetarlos con miga de pan, su aspecto y sus perspectivas matrimoniales quedaron arruinados. A otra, un joven le pisó un pie en un salón de baile. "Estuvo inválida un tiempo y, cuando se curó, era ya demasiado tarde". Las tías solteronas vivían de forma austera, en pequeños pisos de Londres, con una criada, y su anodina e insegura existencia era una clara advertencia de que había que evitar a toda costa un destino similar.
 El crepúsculo se transformaba en noche cerrada para las mujeres que escogían el hábito como refugio ante la hostilidad del mundo exterior. Durante siglos, la Iglesia se había mostrado como una institución dispuesta a dar cobijo a las proscritas de la sociedad, entre las que figuraban, por supuesto, las mujeres solteras. En la Edad Media, las familias abandonaban a las mujeres en los conventos. Encerradas tras las celosías, las monjas debían preguntarse si la alienación y los malos tratos que sufrían las mujeres solteras en el mundo exterior eran peores que las privaciones propias de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Bien fuera elegida o impuesta, su reclusión no hacía más que incrementar la avalancha de prejuicios contra la mujer soltera. A su regreso, tras veintiocho años de encierro en una orden religiosa, Monica Baldwin constataba que en los conventos "...había auténticos rebaños de solteras enloquecidas cuya represión y extrañas costumbres daban lugar a un comportamiento perverso y malsano hacia la vida; [eran] viejas solteronas desequilibradas […] que se habían sacudido de encima sus responsabilidades y llevaban una vida de amarga castidad".
Turner Libros - Ellas solas Los prejuicios existían en todas las clases sociales. En el siglo XIX, en las zonas rurales, a algunas mujeres solteras se las estigmatizaba como brujas. En ciertas crónicas de la época se describe a bandas de solteras rebeldes sembrando el caos, lo que representaba una amenaza para el orden y el decoro de aquel entonces. Pero las solteras mayores que se empeñaban en hacerse cargo de sus responsabilidades debían soportar el descarado desprecio de sus vecinos. Como recordaba Robert Roberts, que creció en un suburbio de Manchester a finales de siglo, eran las mujeres del barrio y su salvaje prole las que minaban los esfuerzos de las mujeres mayores célibes por ser respetables. En el barrio de Roberts era habitual que dos mujeres solteras compartieran casa. Estaban orgullosas de su hogar y, por lo general, como recordaba Roberts, tenían la entrada, la puerta y las ventanas de su casa limpias como una patena. Pero las mujeres casadas eran inmisericordes: estas solteras eran "viejos loros que no tenían otra cosa mejor que hacer", según estas madres de familia soeces que miraban a otro lado cuando sus hijos les gastaban bromas de mal gusto y las atormentaban. "Podían hacer que sus vidas fueran miserables, un tipo de tortura que no se permitiría hoy día", afirmaba Roberts.
 Pero, al irse eclipsando el legado victoriano, en el albor de un nuevo siglo resplandecía una nueva luz. Entre los adalides del cambio figuraban las chicas Gibson, las bicicletas, los bohemios, el grupo de Bloomsbury, la novela The woman who did de Grant Allen, los vestidos camiseros, el divorcio, H. G. Wells y Olive Schreiner. Cada golpe contra la censura de la sociedad victoriana repercutía en oleadas de indignación  en Kensington y los suburbios y, poco a poco, se fueron abriendo las rejas de la represión moral. A lo largo de las vidas de May, Gertrude, Vera, Winifred y sus contemporáneas, las palabras igualdad, sufragio, emancipación, pacifismo, socialismo y agnosticismo se hicieron más habituales.
 Ante este nuevo panorama, para Vera Brittain, que se educó en el burgués Buxton, las limitaciones de su entorno se hacían aún más asfixiantes. Vera era "intelectualmente insaciable", y en el momento en que descubrió que existían los institutos para mujeres, se empeñó en ir a la universidad. En 1914 ingresó en Oxford, aunque no era lo que sus padres tenían previsto para ella, pues habían educado a esta chica lista como a "una mujer florero". Como era la costumbre, el matrimonio significaba todo lo que deseaban para ella. "¡Qué triste es ser mujer!", escribía en 1913. "Los hombres tiene muchas más posibilidades de influir sobre su futuro".
 En las primeras décadas del siglo XX, una mujer sin casar tenía más posibilidades de las que jamás hubieran soñado sus tías solteronas. Pero el espíritu de estas tías, con sus moños tirantes y sus sueños rotos, permanecía allí para atormentarlas. El desprecio y la humillación constantes hacia las damas célibes eran un permanente recordatorio del problema de la solterona. Y lo que hacía las cosas aún más difíciles para Vera y el excedente de dos millones de mujeres era la sensación de que, tras haber sobrevivido a la "catástrofe más cruel de la historia", no eran más que figuras irrelevantes, aisladas y objeto de sorna a los ojos de una generación que había pasado la guerra detrás de un pupitre. "¡No soy más que los restos de un naufragio que vive en un mundo que no me quiere!", se lamentaba Vera.
 Estaba desesperadamente sola. Al optar por vivir lejos de su familia, Vera tenía como única compañía a los fantasmas de su hermano y de su novio, ambos muertos.»

     [El texto pertenece a la edición es español de Turner Publicaciones, 2007, en traducción de Rocío Westendorp. ISBN: 978-84-7506-863-3.]

viernes, 4 de mayo de 2018

Elogio de la poligamia.- Charles Fourier (1772-1837)


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I.-De la armonía y de la civilización
El objetivo social de la armonía

«Si existiera entre los hombres una aversión general para el enamorado inconstante y la poligamia secreta, si se viera a las mujeres odiar igualmente la inconstancia que el adulterio llamado "poner los cuernos", sería preciso llegar a la conclusión de que la naturaleza humana se inclina por la fidelidad amorosa y que la política en sus especulaciones debe ajustarse a esta inclinación, pero cuando se comprueba, por el ejemplo de los bárbaros y los civilizados libres, que todos los hombres prefieren la poligamia y, gracias al ejemplo de las damas civilizadas, por poco liberales que sean, que también gustan de la pluralidad de hombres o al menos del cambio periódico y del cambio de favoritos enamorados pasajeros, adjuntos al titular que orquesta el conjunto y sirve de máscara a las variaciones amorosas, cuando afirmo que dichas verdades están comprobadas por siglos de experiencia, ¿cómo es posible que unos sabios que pretenden estudiar la naturaleza y la verdad puedan ignorar esos oráculos de la naturaleza y poner en duda la insurrección secreta del género humano contra toda la legislación que le exige esta fidelidad amorosa perpetua cuyo matrimonio impone la ley?
 A esto responden que la política cierra los ojos ante ciertas infracciones. Otra tontería. Dictar leyes para paralizarlas y favorecerlas, para ignorar las infracciones, es confesar haber perdido en la lucha contra la naturaleza. Es demostrar que el legislador es doblemente incapaz en adelantarse a la naturaleza en vez de (respetarla), y que él mismo es sospechoso, por su tolerancia, de rebeldía a la ley. La ley hace cerrar prudentemente los ojos sobre las poligamias secretas o las infidelidades conyugales, pues estaría obligada a crear tantos tribunales como casas hay, y ¿cabe imaginar en la legislación un sistema más ineficaz que el establecimiento de unos estatutos violados en secreto por todas las familias? ¿No habría llegado el momento de decir: probemos al azar cualquier otro método puesto que no podemos hallar ninguno más absurdo? Si se partiera de esta regla para realizar algunos ensayos parciales y limitados a una sola ciudad, y no me refiero a esas pruebas filosóficas por las que se empieza a trastornar a 30 millones de habitantes sin ninguna certidumbre en los resultados, sino de pequeños ensayos, restringidos a una población o distrito de 30.000 habitantes, se habría llegado hace mucho tiempo al desenlace de las miserias civilizadas mediante la única tentativa de una liberación progresiva del amor.
 En lugar de estas tentativas (ejemplares) y exentas de peligro, nuestros regeneradores han preferido proscribir plenamente la pasión más adecuada para constituir los lazos sociales, ha restringido al mínimo los lazos amorosos. Su sistema conyugal sólo admite en amor el modo estrictamente necesario para la renovación de la especie y no se puede  inventar un orden social que restrinja más el florecimiento del amor. Nuestras conveniencias, nuestra legislación exige que la joven no sienta ningún amor antes de que su padre y su madre le hayan encontrado un comprador y que ella no ame a nadie ni tenga amor más que a ese comprador, y además, que no sienta amor por nadie en absoluto si el comprador no se presenta; al parecer, el buen sentido ayuda a hacer alguna excepción; una mujer de 40 años que no ha sido pedida ni vendida tiene derecho a temer la privación del matrimonio y es evidente que deberían autorizarla a la edad de sus 40 años a algunas libertades amorosas. Pero no hay nada de eso. Si después de los veinticinco años de juventud consumida en el celibato y a la expectativa decide hacer caso a un amante, según la religión es una fornicadora que arderá eternamente en el infierno; según la legislación es una impúdica que perturba ese buen orden social que no admite el amor fuera de los santos lazos del matrimonio contraído ante la municipalidad. Y éstas son las decisiones de un siglo que se envanece de haber elevado la razón al perfeccionamiento de la perfectibilidad.
 ¿Y cuál es el objetivo de esta política represiva del amor? ¿Acaso se trata de conducir el cuerpo social a la indigencia, al engaño, a la opresión, a la matanza, etc.? No, sin duda alguna. Y no obstante, tal es el resultado de esta política civilizada que reprime los amores y los reduce al mínimo de legitimidad, ¿pero los reduce realmente al reducirlos por derecho? No, en realidad, porque todo ser, incluso en estado de opresión, se entrega furtivamente a la poligamia y más aún cuando goza de cierta libertad.
 De lo que resulta un doble absurdo político: uno, envilecer la legislación mediante un sistema contra el cual la inmensa mayoría está, o ha estado, en insurrección secreta; otro, llegar por este sistema a todos los resultados contrarios a los que se desean, llegar a la indigencia, a la opresión, al engaño y a la matanza, y es por estos resultados que se va directamente contra el objetivo de la naturaleza, que había imaginado el amor para multiplicar hasta el infinito los lazos sociales. Esos lazos no existen realmente entre los dos sexos más que si se fundan en el goce o al menos en los amores sentimentales impracticables en el sistema cínico y mentiroso de los amores civilizados. El amor no tiene, pues, en la Civilización ningún florecimiento libre, puesto que no tiene otro que el del matrimonio, lazo coercitivo que sólo se extiende hasta las medidas de la indispensable reproducción. Por lo demás, el amor no posee legalmente ninguna licencia otorgada en el sentido de la naturaleza, en el designio de formar unos lazos y de especular sobre la concordia. Este estado de opresión absoluta da un buen mentís a los filósofos que pretenden secundar a la naturaleza y provocar los lazos de cariño. Si uno de ellos hubiera tenido un solo instante esta intención, y hubiera especulado sobre los beneficios parciales del amor libre, se vería en el tratado de los limbos sociales cuántas salidas del laberinto civilizado habría descubierto.
 Y así se confunden las pretensiones de los que quieren fundar la virtud y la sabiduría sobre unos principios y no sobre unos resultados. Si definen la meta a la que desean conducirnos con sus sistemas de virtud y de sabiduría, se pondrá de manifiesto que no lo han conseguido, que regiones llenas de indigentes o de seres próximos a la indigencia testimonian la ausencia de una verdadera sabiduría, que regiones llenas de bribones, todos en rebelión secreta con el sistema social y dispuestos a traicionarlo y a expoliarlo, son el antípoda de los lazos sociales y de las virtudes reales, y que los principios que han llevado a este resultado son el absurdo supremo, por lo que es urgente experimentar otros principios, para los que se deberá exigir como garantía la entera oposición a los principios que han producido, de forma tan constante, el reinado del mal, de la indigencia y del engaño.
 No olvidemos recordar una objeción ya refutada y que parece muy especiosa en el siglo de las revoluciones, y es que hay que temer a las novedades (y prohibirlas). He observado que la novedad política no ha existido jamás en la Civilización, que todas las teorías acreditadas desde hace veinticinco siglos no han sido siempre más que antigüedades recalentadas, variaciones de una mecánica civilizada.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Abraxas, en traducción de Miguel Giménez Saurina. ISBN: 84-96196-65-8.]
 

viernes, 26 de febrero de 2016

"Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz".- Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)


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 "Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer que, engañando a mi parecer a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde) y puede testificarlo.
 Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que desprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con constantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico se admiraban no tanto del ingenio cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.
 Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres -y más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio; que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan indignadamente tengo. Pensé yo que huía de mí misma pero, ¡miserable de mí!, trájeme a mí conmigo y traje mi mayor enemigo en esta inclinación, que no sé determinar si por prenda o castigo me dio el Cielo, pues de apagarse o embarazarse con tanto ejercicio que la religión tiene, reventaba como pólvora, y se verificaba en mí el privatio est causa appetitus.
 Volví (mal dije, pues nunca cesé); proseguí, digo, a la estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban a mi obligación) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin más maestro que los mismos libros. Ya se ve cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro; pues todo este trabajo sufría yo muy gustosa por amor de las letras".