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miércoles, 4 de diciembre de 2019

Sé lo que estás pensando.- John Verdon (1942)

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22.-Dejar las cosas claras

«-No hace falta que les diga que un caso de homicidio de perfil alto ha caído en nuestras manos. Estamos aquí para asegurarnos de que estamos aquí. -Hizo una pausa, como para comprobar quien era capaz de apreciar su ingenio zen. Luego lo tradujo para las mentes obtusas-. Estamos aquí para asegurarnos de que estamos todos en la misma longitud de onda desde el primer día en este caso.
 -Segundo día -murmuró Hardwick.
 -¿Disculpa? -dijo Rodríguez.
 Los gemelos Cruise intercambiaron expresiones de confusión equivalentes.
 -Hoy es el segundo día, señor. Ayer fue el primer día y fue un día de perros.
 -Obviamente, estaba utilizando una figura retórica. A lo que me refiero es a que tenemos que estar en la misma onda desde el principio de este caso. Hemos de marchar todos al mismo paso. ¿Me estoy explicando?
 Hardwick asintió inocentemente. Rodríguez le dio la espalda de un modo teatral para dirigir sus comentarios a las personas más serias de la mesa.
 -Por lo poco que sabemos en este punto, el caso promete ser difícil, complejo, sensible y potencialmente escandaloso. Me han dicho que la víctima era un autor y conferenciante de éxito. La familia de su esposa tiene fama de ser inmensamente rica. Entre la clientela del Instituto Mellery se cuentan personajes ricos, obstinados y que suelen dar problemas. Cualquiera de estos factores podría crear un circo mediático. Si juntamos lo tres nos encontramos con un enorme reto. Las cuatro claves para el éxito serán organización, disciplina, comunicación y más comunicación. Lo que vean, lo que oigan, lo que concluyan es inútil si no queda registrado e informado de manera adecuada. Comunicación y más comunicación.
 Miró a su alrededor. Sus ojos se entretuvieron más tiempo en Hardwick, identificándolo de manera no demasiado sutil como el principal infractor de las normas de registrar e informar. Hardwick estaba examinándose una peca en el dorso de su mano derecha.
 -No me gusta la gente que dobla las normas -continuó Rodríguez-. A largo plazo, quienes doblan las normas causan más problemas que aquellos que las rompen. Quienes doblan las normas siempre aseguran que lo hacen para cumplir con el trabajo. La realidad es que lo hacen por su propia conveniencia. Lo hacen porque carecen de disciplina y la falta de disciplina destruye las organizaciones. Así que escúchenme, alto y claro: en este caso vamos a seguir las normas. Usaremos nuestras listas de verificación. Rellenaremos los informes con detalle. Los entregaremos a tiempo. Todo irá por los canales adecuados. Todas las cuestiones legales se dirigirán a la oficina del fiscal del distrito Kline antes (repito, antes) de acometer ninguna acción cuestionable. Comunicación, comunicación, comunicación.
 Lanzó las palabras como una serie de obuses de artillería a una posición enemiga. Como pensó que había sofocado toda resistencia, se volvió con empalagosa deferencia al fiscal del distrito, quien se había mostrado cada vez más inquieto durante la arenga, y dijo:
 -Sheridan, sé que quieres implicarte en este caso de un modo muy personal. ¿Hay algo que quieras decirle a nuestro equipo?
 Kline sonrió ampliamente, con lo que, a gran distancia, podía tomarse equivocadamente por cariño. De cerca, lo que se percibía era el narcisismo radiante de un político.
 -Lo único que quiero decir es que estoy aquí para ayudar. Ayudar en lo que pueda. Ustedes son los profesionales. Profesionales formados, experimentados y de talento. Ustedes conocen su trabajo. Es su función.
 El atisbo de una risa alcanzó el oído de Gurney. Rodríguez pestañeó. ¿Era posible que sintonizara tan bien la frecuencia de Hardwick?
 -Pero estoy de acuerdo con Rod. Puede ser un gran espectáculo, un espectáculo muy difícil de manejar. No cabe la menor duda de que saldrá por la tele y va a haber mucha gente observando. Prepárense para los titulares sensacionalistas: "Sangriento asesinato de un gurú New Age". Nos guste o no, caballeros, es un candidato para los diarios sensacionalistas. No quiero que parezcamos capullos como los que jodieron el caso JonBenét en Colorado o como los capullos que jodieron el caso Simpson. Vamos a tener muchas bolas en el aire en esta investigación , y si empiezan a caer, vamos a tener un buen lío en las manos. Esas bolas...
 La curiosidad de Gurney sobre su disposición final quedó insastifecha. Kline se calló por la intrusión de la llamada de un teléfono móvil, que atrajo la atención de todos y diversos grados de irritación. Rodríguez miró mientras Hardwick buscaba en su bolsillo, sacaba el aparato ofensivo y recitaba con seriedad el mantra del capitán:
 -Comunicación, comunicación, comunicación.
 Luego pulsó el botón y habló al teléfono.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Roca Editorial de Libros, 2016, en traducción de Javier Guerrero. ISBN: 978-8492833-39-9.]

jueves, 25 de abril de 2019

Selección propia.- Francisco Brines (1932)


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Materia narrativa inexacta
La muerte de Sócrates

«Después de muchas horas de discusión enfebrecida
proclamaron: "Ha de morir el hijo de la partera,
su elocuente palabra puede conducirnos a todos a la muerte."
Hacía ya tres noches que Atenas comentaba, por boca de los jóvenes,
el entusiasmo que, en la casa de Céfalo, se apoderó de los presentes
al señalarles Sócrates las normas que habrían de regir el nuevo Estado.
Esta fue la razón de que aprobasen, en conciliábulo secreto, la muerte del filósofo,
ya que a su vez todos estaban condenados por la palabra de aquel hombre.
Muy larga fue la discusión, y acalorada, pero también fue noble por parte de unos pocos;
y sólo al argumento de estos últimos, pasados tantos años de aquel torpe homicidio,
debo yo darle vida en mis palabras. / Porque sus corazones eran buenos,
aun advirtiendo en ellos acciones muy confusas / cuyos informes trazos eran fruto de la debilidad del ser humano,
injustos hechos, por no haber alcanzado todavía / aquel conocimiento deseado de la oculta verdad,
y otros sucesos mínimos, no menos deplorables. / Mas repasando ahora sus vidas, otras acciones fueron
las que debieron merecer la gratitud de los conciudadanos, / pues al oído de sus hijos
pusieron como ejemplo a imitar el de aquellos varones. / Esto es cierto, los corazones nobles eran pocos:
la miserable envidia, el temor de perder la preeminencia, ruin resentimiento, / oscuras fueron las razones que impulsaron la muerte.
Pero no en los que digo, tan sólo coincidentes en el miedo a morir, / pues sustentaban la sentencia en una reflexión
que admita, acaso, alguno de vosotros. / Es más, mientras vivieron
sintieron el dolor por la muerte de Sócrates, / el hombre en quien veían al mejor ateniense,
y aun propusieron aplicar, y así lo hicieron, algunas de sus normas.
 
La creación del nuevo Estado / significaba el sacrificio de los que hubieran alcanzado mayor edad de los diez años,
deportados en masa para labrar la tierra, / porque según los estatutos de la nueva República
la educación viciaba los espíritus todos. / Estimaba el mejor que el sacrificio suyo no importaba
(pues era desasido de los bienes y también de la vida; / digno de figurar, si no al lado de Sócrates, en línea con Glaucón o con su hermano),
pero tenía un hijo de tres años, / tullido de las piernas, y aunque de bella faz,
incapaz de ejercicios gimnásticos; / según la nueva ley,
condenado a morir por vicio natural.  / Otras razones personales nos parecen más débiles,
pues alguien defendía la vida de un pariente querido / condenado, sin duda, por ser incorregible su maldad en algunos aspectos de su alma.
Eran siempre razones personales, / como el miedo a morir que a todos dominaba,
o esta extraña razón que algunos expusieron con documentos abundantes: / la calidad de los discípulos
era inferior, en mucho, a la de Sócrates, / y algunos no llegaban a la altura de los medianos ciudadanos.
 Y al repasar la vida y las costumbres de cada uno de ellos / advirtieron que no correspondía la palabra y el acto;
era simulación en ellos la doctrina, / y el hecho evidenciaba su condición hipócrita.
 
Las razones más nobles de que muriera Sócrates / fueron, pues, éstas (débiles, sin embargo, al sereno entender
de la historia futura): / engendra, muchas veces, acerba crueldad
la mirada del puro, / pues no ve que del justo principio se deriva el error en ocasiones;
y en el ojo del puro se adhiere red tupida / que impide distinguir en los discípulos la verdad del espíritu.
 
Y, sin embargo, Sócrates sabía / que su Estado no habría de existir sobre la tierra,
pues sólo era un modelo de virtud / para ayudar al hombre a que ordenase la conducta del alma.
 
***
 
(Este seco relato de aquel crimen político / lo dejaron escrito, y hoy se escribe, se escribirá mañana,
al cumplirse cien años del oscuro homicidio.)»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 1999. ISBN: 84-376-0471-0.]

viernes, 5 de abril de 2019

Plainsong.- Kent Haruf (1943-2014)

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Guthrie

«-Bueno -dijo Crowder-, ya podemos empezar.
 Estaban en la pequeña sala que había junto a la biblioteca, sentados alrededor de una mesa cuadrada. Lloyd Crowder, el director del instituto, presidía la mesa. Russell Beckman estaba sentado enfrente del director, rodeado por sus padres. Su madre, una mujer bajita y rechoncha, llevaba un jersey rosa que le quedaba demasiado ajustado en los brazos y en el pecho. Su padre, un hombre corpulento, llevaba una brillante cazadora blanca de tacto satinado en cuya espalda podía leerse el lema del equipo de fútbol del instituto: "HALCONES DE HOLT." Guthrie estaba sentado entre los Beckman y el director. Había observado un momento a los Beckman antes de sentarse y había permanecido en silencio mientras esperaba a que comenzase la reunión. Sobre la mesa, delante de él, estaban las copias de los expedientes que había firmado. Al lado estaban los expedientes y los papeles que había traído el director. Era tarde. Ya hacía más de dos horas que habían acabado las clases.
 -Creo que todos se conocen -dijo Lloyd Crowder-, así que voy a ir directamente al grano. Me gustaría acabar con esto lo antes posible. -Apoyó sus gruesas manos sobre los papeles y se inclinó hacia adelante-. Como ya saben, estamos aquí para resolver el expediente disciplinario que se le ha abierto a su hijo. Cuando se abre un expediente mi deber es resolverlo y eso es precisamente lo que pretendo hacer. -Miró a sus cuatro compañeros de mesa-. Lo diré sin rodeos. El otro día, durante las horas de clase, Russell demostró un comportamiento dañino e inadecuado. Estamos aquí para establecer cómo se produjeron los hechos y para decidir si su comportamiento es merecedor de algún tipo de sanción.
 -Pero ¿cómo se atreve a hablarnos así? -dijo la señora Beckman interrumpiendo al director. Sus mejillas habían adquirido una tonalidad rosada y el jersey se le empezaba a subir peligrosamente hacia el pecho-. Habla como si el chico ya hubiera sido declarado culpable. Russ no ha hecho nada. Y si no, dígame usted qué ha hecho.
 -Eso es lo que intento hacer. Quizá lo consiga si no me interrumpe -dijo Crowder mirando fijamente a la madre de Beckman. Después cogió un folleto de la mesa-. Pero antes que nada quiero leerles lo que dice el Manual del estudiante. Página nueve. "Los siguientes comportamientos pueden ser sancionados con la expulsión temporal del alumno u otras medidas disciplinarias." Y ahora paso al epígrafe de las normas del nivel tres. "La reincidencia en cualquier violación de una norma de nivel dos, el consumo o la posesión de tabaco o drogas en el recinto escolar, el uso o la posesión de fuegos de artificio en el recinto escolar, el acoso, la insubordinación, las agresiones físicas y/o verbales a miembros del personal, la intimidación o el enfrentamiento físico con un compañero, el robo, los daños a propiedades de la institución o la destrucción de las mismas, la posesión y/o el uso de armas..." Etcétera. -Levantó la mirada del folleto-. Ésas son las normas y Russell las ha infringido.
 -¿Y eso por qué? -preguntó la señora Beckman-. Russell nunca lleva su rifle cuando va a clase. Y que yo sepa tampoco ha destruido nada que fuera propiedad del instituto.
 -No me ha dejado acabar -dijo el director-. Me gustaría que leyeran esto. -Les entregó una copia del expediente disciplinario.
 La señora Beckman miró el documento con suspicacia antes de apoyarlo en la mesa. Su marido y su hijo se inclinaron para leerlo.
 -Si quieren, podemos repasarlo juntos -dijo Lloyd Crowder-. Arriba está el nombre del alumno y la fecha del incidente. A continuación se expone detalladamente lo que ocurrió y al final figuran las posibles medidas disciplinarias. En un caso como éste estaríamos hablando de una expulsión temporal de hasta cinco días. Resumiendo, el expediente dice que Russell le dijo algo hiriente a una de sus compañeras de clase, causándole como consecuencia una humillación pública. Después, cuando el señor Guthrie salió al pasillo para hablar con Russell del incidente, su hijo le insultó y se comportó de forma violenta. Y eso nos lleva de vuelta al párrafo del Manual del estudiante que acabo de leerles. "La intimidación y/o el enfrentamiento físico con un compañero." "Las agresiones físicas y/o verbales a miembros del personal."
 -¿Quién ha escrito esto? -preguntó la señora Beckman.
 -Lo ha redactado la secretaria basándose en la información proporcionada por el señor Guthrie.
 -Pues le voy a decir lo que pienso de este expediente -dijo la señora Beckman-. No es más que un montón de mentiras.
 -¿De verdad lo cree? -dijo Guthrie desde su lado de la mesa.
 -Sí, claro que lo creo. -La señora Beckman miró a Guthrie con odio-. Desde luego que lo creo. Russ nos ha hablado de usted. Sabemos que le tiene manía. Por eso ha armado este escándalo. Porque le tiene manía. Usted siempre ha sido injusto con mi hijo. Este papel lleno de palabrejas raras no es más que una sarta de mentiras. Y le voy a decir lo que creo, creo que usted es un maldito mentiroso.
 -Por favor, señora Beckman -dijo el director-. No estoy dispuesto a permitir este tipo de lenguaje.
 -Pero este papel sólo contiene su versión -gritó la señora Beckman mirando a Guthrie. Después volvió bruscamente la cabeza hacia el director y cogió el expediente y lo agitó en la dirección de Guthrie-. Aquí sólo está lo que dice él. ¿Por qué no le pregunta a Russell lo que pasó? ¿O es que a usted tampoco le interesa la verdad?
 -Tranquilícese, señora. No vaya a decir algo de lo que pueda arrepentirse después. El chico tendrá la oportunidad de contar su versión. ¿Russell?
 El corpulento chico parecía petrificado. Permaneció inmóvil y en silencio.
 -Venga -dijo su madre-. ¿A qué esperas? Cuéntale al director lo que nos has dicho a nosotros.
 El chico miró a su madre. Después miró al director.
 -No le dije nada a esa chica. No me importa lo que diga él. No estaba hablando con ella. No tiene ninguna prueba contra mí. Ni siquiera sabe si dije algo.
 -Claro que lo sé -dijo Guthrie-. Todo el mundo lo oyó. Y al oírlo, la chica dejó de leer y miró a Beckman y salió corriendo de clase.
 -¿A ver, qué dije? Pregúnteselo. No lo sabe.
 -¿Lo sabes, Tom?
 -No -dijo Guthrie-. No lo oí bien, pero puedo imaginármelo. Se lo pregunté a los demás estudiantes, pero ninguno quiso decirme lo que había dicho. En cualquier caso, fuera lo que fuese, lo que dijo fue causa de que la chica saliera corriendo de clase.
 -¿Cómo lo sabe? -dijo la señora Beckman-. Eso sólo es una suposición.
 -No, es mucho más que eso -dijo Guthrie-. Todos los alumnos lo saben. Y, si no, dígame, ¿por qué iba a salir corriendo la chica?
 -Por cualquier cosa -dijo la señora Beckman-. Está embarazada, ¿no? Sí, la muy zorra se ha dejado preñar. Puede que tuviera que salir a hacer pis.
 -Señora -dijo Tom Guthrie mirándola fijamente-, es usted una maleducada, además de una pobre ignorante.»
   
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2000, en traducción de Agustín Vergara y cristina Pagés. ISBN: 84-08-03445-6.]

lunes, 11 de febrero de 2019

La hija de la mujer de la limpieza.- James Stephens (1880-1950)


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XXXII

«Ahora todo era posible. ¿Y la muchacha? ¿Acaso no estaba a su lado? ¿El renacimiento de Irlanda y de la raza humana? Eso también era posible; con un poco de tiempo libre, todo lo que se puede pensar, se puede hacer: incluso recuperaría su buen aspecto; notaba la tirantez y el picor de sus cardenales y se sentía tranquilo, exultante. Era un hombre predestinado a las contusiones; podrían ser su alimento, su bebida y su felicidad, su refugio y su asilo para siempre. Dejémoslo, entonces, paseando con soltura junto a Mary, y explorando con delicado dedo su ojo a medio cerrar, el cual, hasta que se cerrara por completo, siempre estaría medio cerrado por la barrera visible del infortunio. Su aliada y su sostén era el hambre, y no existe mejor aliado para el hombre: una vez satisfecha, se acaba el juego; porque el hambre es la vida, la ambición, la buena voluntad y la comprensión, mientras que la abundancia es todas esas cosas negativas que conducen a la avaricia, la estupidez y la decadencia; por eso sus contusiones sólo le preocupaban si afectaban a la mirada de una dama ante la cual deseaba parecer atractivo.
 Las contusiones, a menos que sean graves de verdad, sanarán siempre aunque sólo sea porque así deben hacerlo. El impulso inexorable de todas las cosas lleva hacia la salud o la destrucción, hacia la vida o la muerte, y nosotros aceleramos nuestras alegrías o nuestras tristezas hasta el extremo de la lógica. Por eso es necesario que seamos felices si deseamos vivir. Nuestras cabezas pueden ser tan firmes como queramos, pero nuestros corazones y nuestros pies deben ser ligeros o estaremos acabados. En cuanto al vil metal, es mejor no tener nada que ver con él. Es posible que sólo lleve un baño dorado, que esté hecho de estaño de color mate y lamentable sonido, indigno incluso de ser robado; y a menos que nuestros tesoros puedan ser robados no nos resultan útiles. Va contra las normas de la vida poseer aquello que otros no desean; por lo tanto, tu cerveza hará espuma, tu esposa será bonita, y tu verdad tendrá algún atractivo oculto, porque es bien cierto que la cerveza sólo sabe a la compañía en que se toma, sólo puedes conocer a tu mujer si alguien más la conoce, y tu verdad resultará apetecible o se echará a perder. ¿Exiges una gran verdad? Entonces, ¡oh, ambicioso!, debes alejarte de todos tus acompañantes y sentarte en silencio, y si permaneces sentado el tiempo suficiente y lo bastante callado, puede que se te ocurra; pero de todas las cosas, esa es la única que no se puede robar, ni se puede acceder a ella a través del Ayuntamiento. No se contagia, y aún así podrías cogerla. Es inexpresable, pero no inimaginable, y ha nacido de forma tan cierta e inexplicable como lo hiciste tú, y las consecuencias inmediatas de ello son igual de poco trascendentes. Hace mucho, mucho tiempo, en los remotos orígenes del mundo, vivió un joven despreocupado y alegre que dijo: "Que se vaya al infierno la verdad", y allá se fue. Fue su desgracia tener que seguirla; y la nuestra, ser sus descendientes. Una desgracia te mata o muere a tus manos y (la reflexión es reconfortante) las probabilidades están de nuestra parte en toda lucha librada contra la Humanidad por los seres siniestros o elementales. Pero la Humanidad es tímida y perezosa, cree en el vil metal, en los subterfugios y en los términos medios, aborrece entrar en combate hasta que sus fronteras son literalmente invadidas y sus ciudades, sus graneros y sus lugares de refugio corren el peligro de caer en manos de esos tenebrosos merodeadores. En la extensa lucha que llamamos progreso, el mal siempre es el agresor y el derrotado, y es justo que así sea, porque sin sus ataques violentos y sin sus estragos, la Humanidad podría caer en el sueño de los gordos sobre sus costales de maíz y morir roncando; o si no, al carecer de tan valiosos sobresaltos e incursiones, podría sentirse satisfecha de sí misma y reducida a términos claros y precisos, y ser aplastada hasta morir por la simple y monótona solidez de la virtud. Después del bien, el factor que más valor tiene en la vida es el mal. Gracias a la acción recíproca de los dos, todo es posible, y por eso (o por cualquier otro motivo que ustedes prefieran) saludemos amistosamente en la dirección de ese policía malo y temerario cuyos pensamientos no se guiaban por el Libro del Reglamento que se entrega a todos los reclutas y que, a pesar de haberse enrolado en las mismas legiones del orden, llevaba tal caos en su alma que podría "alumbrar una estrella de la danza". 
 En cuanto a Mary: hasta la cortesía usual, de todos los días, desaprueba despedirse de una dama con demasiada brusquedad, sobre todo si la hemos acompañado a distancia en su paso desde la despreocupada ingenuidad de la niñez hasta el igualmente despreocupado pero más complejo asunto de la adolescencia. Tiene todo el mundo por delante y su cronista no será, probablemente, su guía. Correrá aventuras, como todo el mundo. Saldrá ganando de ellas, como todo el mundo. Es posible que hasta tropiece con hombres más malos y temerarios que el policía. Entonces, ¿deberíamos detenerla? Yo, por mi parte, como otros asuntos urgentes reclaman mi atención, rendiré homenaje a su saludo, me quitaré el sombrero y me haré a un lado, y ustedes deberían hacer lo mismo, porque eso me complacería. Así, ella seguirá adelante y hará aquello que plazca a los dioses, porque menos de eso no puede hacer, y más no se le puede pedir a nadie.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Viento, 2007, en traducción de Susana Carral Martínez. ISBN: 978-84-935551-8-4.]
 

domingo, 27 de enero de 2019

Secretos a voces.- Alice Munro (1931)


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Entusiasmo
Accidentes

«La fábrica de pianos, que había empezado a hacer órganos, se extendía por el extremo occidental del pueblo, como una muralla medieval. Había dos edificios alargados como las defensas interior y exterior y un puente entre los dos, donde estaban las oficinas. Y los hornos, el aserradero, el almacén de madera y las naves llegaban hasta el pueblo y las calles en las que vivían los trabajadores. El silbato de la fábrica dictaba la hora de levantarse para muchos: sonaba a las seis de la mañana. Volvía a sonar para avisar del comienzo de la jornada a las siete y a las doce del almuerzo y de nuevo a la una para reanudar el trabajo. Por último, a las cinco y media avisaba a los hombres de que era hora de dejar las herramientas y volver a casa.
 Las normas estaban colocadas junto al reloj de fichar, detrás de un cristal. Las dos primeras eran como sigue:
 UN MINUTO DE RETRASO SON QUINCE MINUTOS DE PAGA. SEAN PUNTUALES.
 NO SE TOMEN LA SEGURIDAD A LA LIGERA. TENGA CUIDADO POR USTED MISMO Y POR SU COMPAÑERO.
 Había habido accidentes en la fábrica y había muerto un hombre al caerle encima una carga de tablones. Eso ocurrió antes de la época de Arthur. Y en una ocasión, durante la guerra, un hombre perdió un brazo, o parte de un brazo. El día que ocurrió, Arthur estaba en Toronto. De modo que nunca había visto un accidente o, al menos, nada serio. Pero muchas veces se le venía a la cabeza que podía ocurrir algo.
 Quizá no se sintiera tan seguro de que no pudiera sobrevenirle una desgracia como se sentía antes de la muerte de su mujer. Murió en 1919, durante el último brote de gripe española, cuando a todos se les había pasado el susto. Ella no tenía miedo. Aquello había ocurrido hacía cinco años y a Arthur aún seguía pareciéndole el final de una época de su vida libre de preocupaciones. Pero a otras personas siempre les había parecido muy serio y responsable; nadie notó que hubiera cambiado demasiado.
 En sus sueños con accidentes había un silencio envolvente; todo estaba mudo. Las máquinas de la fábrica dejaban de hacer el ruido de costumbre y desaparecían las voces de todos los hombres y cuando Arthur miraba por la ventana del despacho comprendía que la suerte estaba echada. Nunca recordaba ver nada especial que se lo indicase. Era sencillamente el espacio, el polvo del patio de la fábrica, lo que se lo dijo en aquel momento.
 
 Los libros estuvieron en el suelo de su coche una semana o así. Su hija Bea le dijo: "¿Qué hacen esos libros ahí?" y entonces se acordó.
 Bea leyó en voz alta los títulos y los autores. Sir John Franklin y la aventura del viaje al noroeste, de G. B. Smith. ¿Qué anda mal en el mundo?, G.K. Chesterton. La conquista de Quebec, Archibald Hendry. El bolchevismo: teoría y praxis, de lord Bertrand Russell.
 -El bol-ché-vis-mo -dijo Bea, y Arthur le dijo cómo se pronunciaba correctamente.
 Preguntó qué era, y él le dijo:
 -Es algo que hay en Rusia y que yo no entiendo muy bien, pero por lo que tengo entendido, un verdadero desastre.
 Bea tenía trece años por entonces. Había oído hablar del Ballet Ruso y también de los derviches. Durante los dos años siguientes estuvo convencida de que el bolchevismo era una especie de baile diabólico, incluso quizás indecente. Al menos eso era lo que contaba cuando se hizo mayor.
 No mencionaba el hecho de que los libros tuvieran algo que ver con el hombre que había sufrido el accidente. Con eso, la historia habría resultado menos divertida. O quizá lo hubiera olvidado de verdad.
 
 La bibliotecaria parecía confusa. Los libros aún tenían las tarjetas, lo que significaba que no los habían registrado, sino que los habían cogido de las estanterías y se los habían llevado.
 -El de lord Russell falta desde hace mucho tiempo.
 Arthur no estaba acostumbrado a tales reproches, pero dijo con suavidad:
 -Yo los devuelvo en nombre de otra persona. El chico que ha muerto. El del accidente en la fábrica.
 La bibliotecaria tenía el libro de Franklin abierto. Estaba mirando el dibujo del barco atrapado en el hielo.
 -Me lo pidió su mujer -dijo Arthur.
 Ella cogió los libros uno a uno y los sacudió como si esperase que fuera a caer algo. Pasó los dedos por entre las hojas. La parte inferior de la cara se le movía de una forma desagradable, como si se estuviera mordiendo las mejillas por dentro.
 -Supongo que se los llevaría a casa sin más -dijo Arthur.
 -¿Cómo? -dijo ella al cabo de unos momentos-. Perdone. No le he oído.
 Es por el accidente, pensó él. La idea de que el hombre que había muerto de aquella manera fuera la última persona que había abierto los libros, pasado sus páginas. Pensar que podría haber dejado un trocito de su vida en ellos, una tira de papel o un limpiador de pipas como señal o incluso unas hebras de tabaco. Eso la ha desquiciado.
 -No importa -dijo Arthur-. He pasado por aquí para devolverlos.
 Se alejó de la mesa pero no salió de la biblioteca inmediatamente. No iba allí desde hacía años. El retrato de su padre colgaba entre las dos ventanas de la sala principal, donde estaría siempre.
 
A V. Doud, fundador de la Fábrica de Órganos Doud y patrocinador de esta biblioteca. Defensor del progreso, la cultura y la educación. Verdadero amigo de la ciudad de Carstairs y de los trabajadores

      [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2014, en traducción de Flora Casas. ISBN: 978-84-672-5916-2.]

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Una herencia incómoda. Genes, raza e historia humana.- Nicholas Wade (1942)


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3.-Orígenes de la naturaleza social humana
Cómo las sociedades cambian para adecuarse al ambiente

«La confianza y la agresión son dos componentes importantes del comportamiento social humano cuya genética subyacente ya ha sido explorada en cierta medida. Hay otros muchos aspectos del comportamiento social, como la avenencia hacia las normas, la disposición a castigar a los que transgredan las normas sociales o la expectativa de imparcialidad y reciprocidad, que con toda probabilidad tienen una base genética, aunque dicha base ha de descubrirse todavía.
 El hecho de que el comportamiento social humano esté modelado en cierta medida por los genes significa que puede evolucionar y que pueden surgir diferentes tipos de sociedad a medida que los comportamientos sociales subyacentes varían. Y a la inversa, cambios importantes en la sociedad humana, como la transición desde la caza y recolección hasta una vida sedentaria, estuvieron casi con toda seguridad acompañados por cambios evolutivos en el comportamiento social a medida que la gente se adaptaba a su nueva forma de vida. (Los términos adaptarse y adaptación se emplean aquí siempre en el sentido biológico de una respuesta evolutiva a las circunstancias de base genética.)
 Hay dos factores importantes a considerar en la aparición del cambio social. Uno es que una sociedad se desarrolla mediante cambios en sus instituciones, que son mezclas de cultura y de comportamiento social modelado genéticamente. El otro es que los genes y la cultura interactúan. Esto le puede parecer paradójico a quienquiera que considere que genes y cultura son dos ámbitos completamente separados. Pero apenas es sorprendente desde una perspectiva evolutiva, dado que el genoma está diseñado para responder al ambiente y un componente principal del ambiente humano es la sociedad y sus prácticas culturales.
 Los componentes funcionales de una sociedad son sus instituciones. Cualquier forma de comportamiento sobre la que exista acuerdo social, desde una danza tribal a un parlamento, puede considerarse una institución. Las instituciones reflejan tanto la cultura como la historia, pero sus componentes básicos son los comportamientos humanos. Resigamos hacia atrás la historia de una institución y, bajo gruesas capas de cultura, descubriremos que está edificada sobre comportamientos instintivos humanos. El imperio de la ley no existiría si las personas no tuvieran tendencias innatas a seguir normas y a castigar a los que las violan. No se podría hacer que los soldados cumplieran las órdenes si la disciplina del ejército no pudiera invocar comportamientos innatos de conformidad o avenencia, obediencia y disposición a matar en beneficio del propio grupo.
 Considérese, pues, la intrincada dinámica del sistema natural en el que los miembros de una sociedad se hallan encajados. Su motivación básica es su propia supervivencia y la de sus familias. A diferencia de las especies que sólo pueden interactuar directamente con su ambiente, las personas lo suelen hacer a través de su sociedad y de sus instituciones. Al responder a un cambio ambiental, una sociedad ajusta sus instituciones, y sus miembros se ajustan a las nuevas instituciones cambiando su cultura en el corto plazo y su comportamiento social en el largo plazo.
 Hace tiempo que los que consideran la mente como una página en blanco en la que sólo la cultura puede escribir, se han resistido a la idea de que el comportamiento humano tiene una base genética. La noción de la página en blanco ha sido particularmente atractiva para los marxistas, que quieren que el gobierno moldee al hombre socialista a su imagen deseada y que ven en la genética un impedimento al poder del estado. Académicos marxistas fueron los que encabezaron el ataque a Edward O. Wilson cuando éste propuso en su libro de 1975 Sociobiology que comportamientos sociales tales como la avenencia y la moralidad tenían una base genética. Wilson incluso sugirió que los genes podían tener alguna influencia "en las cualidades de comportamiento que subyacen a las variaciones entre culturas". Aunque su término sociobiología no es usado generalmente en la actualidad (psicología evolutiva es un término mucho menos polémico para prácticamente la misma cosa), la marea se ha vuelto en favor de las ideas de Wilson ahora que muchas facultades humanas parecen ser innatas. Desde el repertorio social de los bebés a los instintos morales discernibles a partir de los tests psicológicos, es evidente que la mente humana está hereditariamente predispuesta a actuar de determinadas maneras.
 El comportamiento social cambia porque, a lo largo de un período de generaciones, genes y cultura interaccionan. "Los genes tienen atraillada la cultura", escribe Wilson. "La traílla es muy larga pero inevitablemente se constreñirán valores de acuerdo con sus efectos sobre el acervo génico humano." Prácticas culturales dañinas pueden conducir a la extinción, pero las que son ventajosas crean presiones selectivas que pueden promover variantes genéticas específicas. Si una práctica cultural proporciona una ventaja de supervivencia significativa, los genes que permiten a una persona dedicarse a dicha práctica se harán más comunes.
 Esta interacción entre el genoma y la sociedad, conocida como evolución gen-cultura, ha sido probablemente una fuerza potente a la hora de modelar las sociedades humanas. Hasta el presente se ha documentado únicamente por cambios menores en la dieta, pero estos establecen el principio. El primer ejemplo es el de la tolerancia a la lactosa, la capacidad de digerir leche en estado adulto por medio de la enzima lactasa, que descompone la lactosa, el principal azúcar de la leche.
 En la mayoría de las poblaciones humanas, el gen de la lactasa se desactiva de forma permanente después del destete, con el fin de ahorrar la energía necesaria para producir la enzima lactasa. La lactosa, el azúcar metabolizado por la enzima lactasa, sólo se encuentra en la leche, de modo que cuando una persona ha terminado la lactancia materna, la lactasa no volverá a ser necesaria nunca más. Pero en poblaciones que aprendieron a domesticar ganado y a beber leche de vaca no elaborada, notablemente la Cultura de vasos de embudo que floreció en la Europa central septentrional hace entre 6.000 y 5.000 años, supuso una gran ventaja selectiva mantener activado el gen de la lactasa. Casi todas las personas holandesas y suecas en la actualidad son tolerantes a la lactosa, lo que significa que portan la mutación que mantiene el gen de la lactasa permanentemente activado. La mutación es progresivamente menos común en Europa a distancias crecientes de la región central de la antigua Cultura de vasos de embudo.
 Se han detectado tres mutaciones diferentes que tienen el mismo resultado en pueblos pastoralistas de África Oriental. La selección natural ha de operar en cualesquiera mutaciones que estén disponibles en una población y, evidentemente había disponibles diferentes mutaciones en los pueblos europeos y en varios pueblos africanos que se dedicaron a domesticar ganado y a beber su leche cruda. Las mutaciones que prolongaban la lactasa confirieron una enorme ventaja a sus poseedores, al permitirles que tuvieran diez veces más hijos supervivientes que los que carecían de la mutación.
 La tolerancia a la lactosa es un ejemplo fascinante de cómo una práctica cultural humana, en este caso criar ganado y beber leche cruda, puede tener un efecto retroactivo sobre el genoma humano.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 2015, en traducción de Joan Domènec Ros. ISBN: 978-84-344-1925-4.]

sábado, 17 de junio de 2017

"El paquete parlante".- Gerald Durrell (1925-1995)


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Capítulo 2: Viaje en tren a Mitología

«-Bueno, pues he aquí que, un buen día, Hircio Horacio encuentra Mitología de manera totalmente casual. Iba andando por el monte y llegó a una cueva. Entró en ella por curiosidad y se encontró con que conducía a una caverna subterránea gigantesca, con un mar interior enorme, salpicado de muchas islas. Al instante se dio cuenta de que aquello era exactamente lo que hacía falta. Lo cierto era que el mundo estaba dejando de creer y superpoblándose tan de prisa que ya casi no quedaba sitio para los animales reales, conque mucho menos para los mitológicos. Así que Hircio Horacio ocupó aquello y con ayuda de unos cuantos hechizos muy potentes lo hizo muy habitable, verdaderamente muy habitable. Entonces trasladó allí a todos los animales mitológicos que quedaban y a cada uno se le dio una isla o un trozo de mar y todos se instalaron muy a gusto. La cosa es que mientras todos creímos los unos en los otros, estuvimos seguros.
 Loro hizo una pausa para enjugarse una lágrima y sonarse el pico con violencia.
 -Te dije que te ibas a enfriar -gritó Dulcimila-. Pero, ¿tú me haces caso? ¡Quiá, no señor!
 -Nuestro gobierno, si se quiere llamarlo así -prosiguió Loro-, estaba formado por los tres Libros Parlantes y el propio Hircio Horacio Salsiflán, y muy buen gobierno que era, justo y bondadoso. Como ya os he dicho, a mí me nombraron Guardián de las Palabras y entre mis obligaciones estaba la de salir al mundo real una vez cada cien años, más o menos, y hacer un informe de lo que pasaba por ahí. Pues bien, Dulcimila y yo acabábamos de pasar una temporada con mi primo, el de la India. Mi primo es el loro del maharajá de Jaipur: como ya os podéis figurar, es un esnob terrible, con pasaporte internacional, Rolls-Royce y toda la pesca, pero me tiene informado sobre la situación en el Lejano oriente. En fin, que volvimos de ese viaje y, ¿qué diríais que nos encontramos?
 Los niños esperaron, conteniendo la respiración.
 -Nos encontramos -dijo Loro con voz profunda, afligida y solemne- con que los basiliscos se habían sublevado. Y no sólo eso, sino que habían robado los tres Libros Parlantes del Gobierno. ¿Os podéis imaginar algo más horrible, horrendo u horripilante?
 -No -dijeron los niños, y lo dijeron sinceramente, porque tal como Loro lo contaba parecía de verdad el fin del mundo.
 -Naturalmente que no -dijo Loro con gesto de aprobación.
 -Pero, por favor -dijo Penélope-, antes de seguir adelante, ¿nos podrías explicar qué es un basilisco?
 -Sí, Loro, por favor -dijeron Simón y Pedro.
 -Bueno -dijo Loro-; bueno, debo confesar, aunque los habitantes de Mitología creemos en el respeto mutuo, debo confesar que a mí nunca me gustaron los basiliscos. Son unos animales ruidosos, ordinarios y presuntuosos: con eso más o menos quedan retratados. Y descuidados, además, siempre echando fuego por las narices e incendiándolo todo..., peligrosos. En cuanto a su aspecto, yo diría que es poco atractivo. Vienen a tener el mismo tamaño que vosotros, con cuerpo de gallo, cola de dragón y escamas en vez de plumas. Claro que el colorido de las escamas, que son rojas, doradas y verdes, les presta cierta vistosidad, para el que aprecie ese tipo de cosas. A mí, personalmente, me resulta horriblemente chillón y chabacano.
 -Pero, ¿para qué echan fuego por las narices? -preguntó Pedro.
 -La verdad es que no lo sé -contestó Loro-. Sencillamente los inventaron así, pero resulta la mar de peligroso, os lo aseguro. Hircio Horacio les iba a construir un castillo especial, incombustible, para que vivieran en él. El primero que tuvieron lo quemaron totalmente a las veinticuatro horas de ocuparlo. Ahora viven en el castillo que H.H. ocupaba hasta que se mudó a las Cuevas de Cristal y supongo que acabarán quemándolo también.
 -¿Y no es demasiado arriesgado tenerlos por ahí sueltos? -preguntó Penélope.
 -Si se controla su número, no -respondió Loro-. Nunca permitíamos que hubiera más de diez docenas.
 -¿Y cómo lo hacíais? -preguntó Simón.
 -Era una de las leyes -dijo Loro-. Tantos unicornios, tantas mandrágoras, tantos basiliscos y así sucesivamente. No había otro remedio: de no ser así, nos habrían desbordado. Tened en cuenta que en Mitología sólo cabe cierto número de animales. Eso sí, los basiliscos siempre pretendían ser más, siempre estaban yendo a H.H. con alguna historia de que no tenían quien les lavara la ropa. Bueno, en realidad es un poquito complicado. Es que los basiliscos sólo nacen de los huevos que ponen los dos gallitos de oro. Son unas aves muy bobas, sin ninguna conversación: lo único que hacen es pasarse la vida diciendo kikirikí de una manera muy fatua. En fin, que cada cien años ponían un huevo.
 -Pero yo creía que las únicas que ponían huevos eran las gallinas -dijo Penélope, hecha un mar de confusiones.
 -Las gallinas ponen huevos de donde salen otras gallinas -puntualizó Loro-. Los gallitos de oro ponen huevos de donde salen basiliscos.
 Aquella respuesta dejó tan confusa a Penélope que decidió no volver a hacer preguntas.
 -Una vez que los gallitos de oro han puesto un huevo de basilisco, ya no tienen nada más que hacer -explicó Loro-. Sueltan un par de kikirikís jactanciosos y les pasan todo el asunto a los sapos.
 -¿Los sapos? -dijo Penélope, ya completamente aturdida.
 -¿Qué tienen que ver los sapos? -preguntó Simón.
 -Pues sencillamente, que ellos son los que incuban los huevos -dijo Loro-. No sirven para otra cosa, los tales sapos: son unas criaturas insensatas y chapuceras. Lo único que saben hacer bien es incubar huevos de basilisco. Bueno, si seguís interrumpiéndome todo el rato, no acabaremos nunca.
 -Perdón -dijeron los niños muy contritos, y se callaron.
 -Bien -dijo Loro-. Pues los basiliscos pensaron que, si lograban apoderarse del Gran Libro de los Hechizos, él les diría la fórmula para que los gallitos de oro pusieran un huevo de basilisco cada día. Así que se aliaron con los sapos, que son unos animales atolondrados y que en seguida se dejan mangonear, y entre todos no sólo secuestraron a los gallitos de oro, sino que robaron los tres Grandes Libros del Gobierno. Cuando volvimos Dulcimila y yo, se habían encerrado en su castillo y estaban fabricando huevos de basilisco como si aquello fuera una...
 -Una granja avícola -sugirió Simón.»

 

jueves, 5 de marzo de 2015

"El libro de los muertos".- Anónimo (1550 a.C.)


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"La confesión negativa
El triunfal escriba Nebseni, dice:
1.-Salve, el de las largas zancadas, que sales de Annu: no cometí iniquidad.
2.-Salve, el abarcado por la llama, que sales de Jeraba: no robé con violencia.
3.-Salve, divina Nariz, que sales de Jemennu: no maltraté a los hombres.
4.-Salve, devorador de sombras, que sales del lugar del nacimiento del Nilo: no hurté.
5.-Salve, Neh-hau, que sales de Re-stau: no maté a hombre ni a mujer.
6.-Salve, doble dios León, que sales del cielo: no sisé en el peso.
7.-Salve, el de los ojos pétreos, que sales de Sejem: no obré con dolo.
8.-Salve, Llama, que sales cuando retrocedes: no me apoderé de las cosas que al dios pertenecen.
9.-Salve, Triturador de huesos, que sales de Suten-henen: no fui mendaz.
10.-Salve, tú que espabilas la llama y que sales de Het-ka-Ptah: no arrebaté comida.
11.-Salve, Qerti, que sales de Amentet: no pronuncié palabras perversas.
12.-Salve, Dientes brillantes, que sales de Tashe: no acometí al hombre.
13.-Salve, Consumidor de sangre, que sales de la casa de la mortandad: no maté las bestias propiedad del dios.
14.-Salve, Consumidor de entrañas, que sales de la cámara mábet: no fui falso.
15.-Salve, dios de la Verdad y de la Justicia, que sales de la ciudad de la doble Maati: no devasté los campos labrados.
16.-Salve, tú que retrocedes y sales de la ciudad de Bast: no intervine en asuntos con engaño.
17.-Salve, Aati, que sales de Annu: no se agitaron mis labios contra los mortales.
18.-Salve, Mal doble, que sales del nomo de Ati: no me irrité jamás sin causa.
19.-Salve, serpiente Uamemti, que sales de la casa de la mortandad: no mancillé la mujer del hombre.
20.-Salve, Observador de lo que se le trae, que sales del Templo Amsu: no pequé contra la pureza.
21.-Salve, Jefe del Príncipe divino, que sales de la ciudad de Nehatu: no atemoricé al hombre.
22.-Salve, Jemiu, que sales del lago de Kaui: no transgredí en las épocas sagradas.
23.-Salve, tú que ordenas el habla y que sales de Urit: no fui colérico.
24.-Salve, Niño, que sales del lago de Heq-at: no desprecié las palabras rectas y justas.
25.-Salve, Dispensador del habla, que sales de la ciudad de Unes: no busqué querella.
26.-Salve, Basti, que sales de la ciudad Secreta: no hice llorar al hombre.
27.-Salve, tú, el del rostro vuelto, que sales de la Mansión: no perpetré actos impuros, ni yací con hombres.
28.-Salve, Pierna ígnea, que sales de Ajeju: la ira no devoró mi corazón.
29.-Salve, Kenemti, que sales de la ciudad de Kenemet: no abusé del hombre.
30.-Salve, Ofrendador, que sales de la ciudad de Sau: no me conduje con violencia.
31.-Salve, dios de rostros, que sales de la ciudad de Tchefet: no juzgué con premura.
32.-Salve, Otorgador de conocimiento, que sales de Unt: no..., ni vengué del dios.
33.-Salve, señor de los dos cuernos, que sales de Satiu: no hablé en vano.
34.-Salve, Nefer-Tem, que sales de Het-ka-Ptah: no obré con astucia, ni ejecuté maldad.
35.-Salve, Tem-Sep, que sales de Tattu: no maldije al rey.
36.-Salve, el del corazón activo, que sales de la ciudad de Tebti: no ensucié (?) el agua.
37.-Salve, Ahí del agua, que sales de Nu: mi voz no fue altanera.
38.-Salve, Regidor de la humanidad, que sales de Sau (?): no blasfemé.
39.-Salve, Neheb-nefer, que sales del Lago de Nefer (?): no me porté con insolencia.
40.-Salve, Neheb-kau, que sales de tu ciudad: no codicié distinciones.
41.-Salve, el de la testa santa, que sales de tus aposentos: no acrecí mi riqueza sino con lo que me pertenece en justicia.
42.-Salve, Portador de tu propio brazo, que sales de Aukert: no pensé con desprecio en el dios de mi ciudad".