Volumen I
Capítulo III: La educación
«Mme. Stäel ha dicho perfectamente que para instruir a
los niños es preciso, ante todo, saberlos entretener; para educarlos lo primero
es acercarse a ellos todo lo posible. Lo cual no quiere decir que tengamos que
imitar sus juegos y su charla infantil, pues los niños fácilmente descubren y
desprecian el artificio. Significa dejarse absorber por ellos con la sencillez
profunda con que la vida les absorbe, y tratarlos con la discreción, delicadeza
y confianza que creemos un deber demostrar a los adultos. No quiere decir que
tengamos que guiarles, obligándoles a ser como quisiéramos que fuesen, sino que
debemos hacerles imitar nuestro ejemplo sin que se den cuenta de ello. No
quiere decir que les tratemos con violencia o con astucia, sino con su misma
seriedad y honradez.
Dice Rousseau: “La educación no puede dar buenos
frutos porque la naturaleza no hizo los padres para que educasen, ni los hijos
para ser educados”. ¿Por qué no seguir este precepto de la naturaleza que nos
enseña que el mejor secreto educativo consiste... en no educar?
El error más grande de la educación actual es el de
ocuparse demasiado de los niños. El ideal de la educación futura será crearles
un ambiente bello, en el sentido más extenso y elevado de la palabra, en donde
podrán crecer y moverse libremente, teniendo por única limitación los derechos
intangibles de los demás. Sólo entonces conseguirán penetrar los adultos en el
reino actualmente casi desconocido del alma infantil.
Un verdadero instinto de conservación impide que el
niño abra su alma al maestro, quien no cesa de hacerle preguntas inútiles o
indiscretas, como la eterna interrogación: “¿En qué piensas?”, a la cual
generalmente no se contesta, o se contesta con una mentira grande o pequeña; al
maestro que investiga y reprende toda acción, todo intento; que hace públicos y
se burla sin consideración de los más delicados sentimientos; que aplaude o
censura delante de gente extraña, y a veces en un momento de enfado abusa, dándoles
el giro que le conviene, de confidencias recibidas en un momento de sincero
abandono.
El axioma de que dos seres humanos nunca podrán
comprenderse, y en el caso más favorable apenas podrán tolerarse, se aplica
sobre todo a las relaciones entre hijos y padres, a la cual falta en general la
característica más profunda y necesaria del afecto, la íntima inteligencia recíproca.
Para citar un solo caso: los padres no comprenden que
la infancia tiene necesidad de una grandísima tranquilidad; tranquilidad
interna, profunda, a pesar de su aparente movilidad continua. El niño tiene un
mundo nuevo e infinito que estudiar, explorar y conquistar, y sólo encuentra obstáculos,
avisos y prohibiciones inoportunas. Debe siempre hacer, dejar de hacer, buscar
o querer algo que no es aquello que haría, buscaría o querría espontáneamente;
y es impulsado sin descanso en sentido opuesto a sus tendencias. Todo,
naturalmente, por amor, por cariño, por deseo mal entendido de ayudar,
aconsejar y dirigir, y también por la ambición de moldear con aquella blanda
arcilla humana, un ejemplar perfecto en la especie de niños-modelo.
A una niña de tres años oí que le llamaban “mala”
porque quería ir a jugar en el bosque, mientras su niñera trataba de llevarla a
la ciudad; y a otra de seis años le pegaban, porque había sido “mala” con una
amiguita, a quien llamó “cochina”, epíteto sobremanera educativo para
una chiquilla que nunca quería lavarse: en estos dos casos tenemos ejemplos típicos
de violencia hecha al sano instinto de los niños. ¿Conocéis una frase más
espontánea que la de aquel niño que oyendo la descripción del cielo de los niños
buenos, preguntó a su madre si después de haber sido bueno durante toda la
semana en el cielo, le dejarían los sábados ir al infierno a jugar con los niños
malos?
El niño siente en el fondo de su corazón que también
tiene el derecho de ser “malo”; derecho al cual, como nos consta, no renuncian
los adultos por cuenta propia. Y no tan solo de ser malo, sino de que le dejen
en paz con sus travesuras, cuyos peligros y alegrías quiere saborear.
Buscar en cada defecto la virtud correspondiente significa
tratar de vencer el mal con el bien. Todo lo demás es pretender sofocar inútilmente
las fuerzas naturales, y crear virtudes artificiales que no resistirán las
pruebas a las que seguramente se verán expuestas.
La victoria del bien sobre el mal es una necesidad simple
solamente en apariencia, pero en realidad no hay nada mas lento ni mas
complicado. Es más fácil decir lo que no debe hacerse, que lo que se debe hacer
para transformar, por ejemplo, la obstinación en firmeza, la astucia en prudencia,
la coquetería en amabilidad, el inquieto en emprendedor. Y sólo llegaremos a
conseguirlo admitiendo que el mal — cuando no es producido por el atavismo o
una tendencia perversa — es tan natural e indispensable como el bien, y no se
convierte verdaderamente en mal sino por el desarrollo desproporcionado de
alguno de sus elementos.
El educador quisiera conseguir desde el primer momento
que el niño fuese perfecto del todo, y le exige un orden, una fuerza de ánimo, una
honradez y una conciencia del propio deber que los adultos suelen haber
olvidado. Debéis recordar que los niños, a quienes en casa y en la escuela se
reprende la menor tontería, son testigos constantes y jueces inexorables de
nuestros defectos y errores.
El arte de la educación consiste en saber cerrar los
ojos de cada diez veces nueve, en evitar intervenciones demasiado directas y
por lo general inútiles, y en dirigir todo cuidado a reformar el ambiente en
que viven los niños, y sobre todo nosotros mismos.
Pero los educadores que se ocupan del atento y consciente
mejoramiento de ellos mismos y del ambiente, son muy raros. Los más gastan a un
tiempo los intereses y el capital de la educación recibida, que después de
haber hecho de ellos niños modelos destruye todo deseo de continuar educándose.
Y no hay duda de que sólo mejorándonos continuamente a
nosotros mismos, asimilándonos sin descanso los mejores frutos de la época, llegaremos
a transformarnos, poco a poco, en aquellos compañeros de los cuales tienen
necesidad nuestros niños.
Educar un niño significa tener su alma constantemente
entre las manos, guiándole por un estrecho sendero. Significa no exponerse
nunca a leer en sus ojos aquel mudo reproche que nos juzga insuficientes en
nuestra misión e ilógicos en los procedimientos usados; significa reconocer humildemente
que existen muchos modos de perjudicarle y muy pocos de favorecerle. Muy pocas
veces se da cuenta el educador de que un niño de cuatro o cinco años comprende,
juzga y compara con infalible rectitud, y reacciona como una sensitiva a toda
impresión. La más pequeña desconfianza, una tontería, una injusticia, una burla
inmerecida pueden dejar en sus tiernas almas una herida incurable; y una
palabra afectuosa, una leve caricia, un justo reproche dejan un recuerdo
profundo y duradero en aquellos corazones que consideramos blandos como la cera
y machacamos como si fuesen de suela.
En el fondo la mejor educación era la antigua que
enseñaba a ser “honrados y corteses”. Si no formaba una individualidad, por lo
menos no la deformaba. Bastaría que los padres empleasen, interviniendo activamente
en la vida de los niños, la centésima parte de la energía que emplean hoy,
guardando el resto para guiarles sin intervenir directamente, siendo como una
providencia invisible que ayuda sin mandar y a la cual los niños puedan
recurrir en un momento de necesidad. Y por el contrario no les dejamos un
momento en paz, y tratamos de imponerles nuestras opiniones. Con demasiada
frecuencia el educador olvida o ignora que tiene a su cargo el cuidado de un
alma, de una nueva individualidad, cuyo derecho más sagrado es el de reflexionar
por sí mismo sobre las cosas que ve. Consideramos el alma del niño como una
edición nueva del hombre antiguo, como una cosecha de vino nuevo que nos
apresuramos a meter en botellas viejas. Enseñamos al nuevo hombre a no robar, a
no mentir, a no ensuciarse el vestido, a estudiar la lección, a no malgastar, a
obedecer, a rezar, a pelear con sus compañeros para criar fuerzas; ¿pero quién
le enseña el camino de la vida? ¿Quién piensa que la necesidad de
individualidad pueda ser tan ardiente que convierta la educación uniforme,
dulce o severa, en la tortura silenciosa de toda una infancia?»
[El texto pertenece a la edición en español de Editores Henrich y Compañía, 1906.]
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