domingo, 17 de marzo de 2024

Mujeres sin pareja.- George Gissing (1857-1903)


George Gissing - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo XIII: Líderes en desacuerdo


 «Ése era el día del mes en que la señorita Barfoot daba su conferencia de las cuatro. El tema se había anunciado una semana antes: “La mujer como invasora”. Una hora antes que de costumbre las chicas dejaron de trabajar y dispusieron rápidamente las sillas para el reducido público. Esta vez eran trece las asistentes al acto: las chicas de la oficina y unas cuantas que habían acudido especialmente para la ocasión. Todas eran conscientes de la tragedia que había afectado recientemente a la señorita Barfoot. A ello atribuyeron la tristeza reflejada en la expresión de su rostro, tan en contraste con aquella con la que siempre las había recibido.
 Como siempre empezó en el tono de conversación más sencillo. No hacía mucho había recibido una carta anónima, escrita por algún oficinista en paro, en la que se la insultaba por promover la incorporación de las mujeres al secretariado. El mal gusto de la carta era comparable a su gramática, pero tenían que oírla.
 La leyó de principio a fin. Ahora bien, independientemente de quién fuera el autor, estaba claro que no se trataba de una persona con la que se pudiera discutir. No habría valido la pena contestarle, incluso si hubiera dado la oportunidad de hacerlo. Por todo ello, su poco civilizado ataque tenía un significado, y había un montón de gente dispuesta a apoyar sus argumentos en términos más respetables. “Os dirán que al entrar en el mundo comercial no sólo traicionáis a vuestro sexo, sino que causáis un perjuicio terrible al incontable número de hombres que luchan duramente para ganarse el pan. Reducís los salarios, presionáis un campo ya sobresaturado, perjudicáis a los miembros de vuestro sexo impidiendo que los hombres se casen, esos hombres que si ganaran lo suficiente podrían mantener a sus esposas.” Ese día, siguió la señorita Barfoot, no pretendía debatir los aspectos económicos de la cuestión. Iba a tratarla desde otro punto de vista, quizá repitiendo mucho de lo que ya les había dicho en otras ocasiones, porque ahora estos pensamientos rondaban por su cabeza de forma persistente.
 Sin duda, este injurioso sujeto, que declaraba ser suplantado por una joven que hacía su trabajo por un salario menor, tenía motivo de queja. Pero, en el miserable desorden del estado de nuestra sociedad, un agravio debía ser contrastado con otro, y la señorita Barfoot sostuvo que había mucho más que decir en favor de las mujeres que invadían lo que había sido el ámbito exclusivo de los hombres que de los hombres que empezaban a quejarse de esta invasión.
 —Mencionan media docena de oficios que al parecer son estrictamente exclusivos de las mujeres. ¿Por qué no nos dedicamos a ellos? ¿Por qué no animo a las jóvenes a que trabajen como institutrices, enfermeras y trabajos así? Pensáis que debería responder que ya hay demasiadas candidatas para esos puestos. Sería cierto, pero prefiero no utilizar ese argumento, que a buen seguro nos haría polemizar con el oficinista en paro. No, para resumir, no estoy ansiosa de que ganéis dinero, sino de que las mujeres en general se conviertan en seres humanos razonables y responsables.
 Prestad atención. Una institutriz, una enfermera, puede ser la más admirable de las mujeres. No animaré nunca a nadie a que abandone la carrera que sin duda le satisface. Pero ése es el caso de unas pocas entre el inmenso número de chicas que deben, si no son personas despreciables, encontrar de algún modo un trabajo serio. Como yo misma he seguido estudios de secretariado, y estoy capacitada para dicho empleo, busco a chicas con esa mentalidad, y hago lo que puedo para prepararlas para que trabajen en oficinas. Y (aquí tengo que volver a ser enfática) me siento feliz de haber hecho esta elección. Me siento feliz de poder enseñar a chicas a forjarse una carrera que mis oponentes consideran impropia de las mujeres.
 Ahora bien, "femenino" y "feminoide" son dos palabras muy distintas. Pero la segunda, tal y como la utiliza el mundo, ha pasado a ser prácticamente sinónimo de la primera. Un empleo femenino hace referencia a un empleo que los hombres desprecian. Y ahí está la base de la cuestión. Repito que no me obsesiona que consigáis ganaros el pan. Soy una persona revolucionaria, agresiva y luchadora. Quiero terminar con esa repetida confusión entre las palabras “femenino” y “feminoide”, y tengo muy claro que eso sólo puede conseguirse mediante un movimiento armado, una invasión por parte de las mujeres a las esferas en las que los hombres siempre les han prohibido entrar. Soy radicalmente contraria a esa visión de nosotras impulsada en el elegante lenguaje del señor Ruskin, puesto que habla por boca de esos hombres que piensan y hablan de nosotras desde el polo opuesto a la elegancia. Si viviéramos en el mundo ideal, creo que las mujeres no deberían pasarse todo el día encerradas en una oficina. Pero el hecho es que vivimos en un mundo lo más alejado posible del ideal. Vivimos en tiempos de guerra, de revueltas. Si la mujer no es ya femenina sino un ser humano con poderes y responsabilidades, debe volverse militante, desafiante. Debe llevar sus exigencias al límite.
 Una institutriz excelente, una enfermera perfecta, llevan a cabo un trabajo de inmenso valor; pero para nuestra causa de emancipación no nos sirven. No, son dañinas. Los hombres las señalan y dicen: “Imitadlas, quedaos en vuestro mundo”. Nuestro mundo es el mundo de la inteligencia, del esfuerzo honrado, de la fuerza moral. Los viejos modelos de perfección femenina ya no nos son de ninguna ayuda. Como el oficio religioso, que, a fuerza de tanto repetirlo, para el noventa y nueve por ciento de la gente no es más que palabrería, esos modelos han perdido vigencia. Debemos preguntarnos: ¿qué tipo de aprendizaje hará despertar a las mujeres, las hará conscientes de sus almas y conseguirá que tomen partido por una actividad saludable?
MUJERES SIN PAREJA EBOOK | GEORGE GISSING | Descargar libro PDF o ...  Tiene que ser algo nuevo, algo totalmente desligado del reproche a nuestra feminidad. Me da igual si terminamos excluyendo a los hombres. ¡No me importan los resultados siempre que las mujeres salgan fortalecidas, seguras y noblemente independientes! El mundo tiene que ocuparse de sus asuntos. Lo más probable es que vivamos una revolución social mucho mayor de lo que parece posible. Dejemos que llegue y ayudemos a que llegue. Cuando pienso en la despreciable desdicha de todas esas mujeres esclavizadas por la costumbre, por su debilidad, por sus deseos, me echaría a gritar: ¡Dejad que el mundo se hunda antes de que las cosas sigan así!
 Durante unos instantes le falló la voz. Tenía los ojos llenos de lágrimas. La mayoría de las chicas asistentes a la conferencia comprendía lo que encendía su pasión. Intercambiaron miradas graves.
 —El sujeto que nos injuria hará lo que pueda en la vida. Sufre las consecuencias de la estupidez de los hombres a lo largo de los siglos. No podemos hacer nada por él. Está muy lejos de nuestro deseo perjudicar a nadie, pero nosotras mismas estamos escapando de unas condiciones de vida intolerables. Estamos educándonos. Tiene que nacer una nueva clase de mujer, una mujer activa en cualquier ámbito de la vida: una nueva trabajadora en el mundo y una nueva ama de casa. Podemos conservar muchas virtudes del viejo ideal pero tenemos que añadir a ellas aquellas que han sido consideradas apropiadas sólo para los hombres. Que una mujer sea dulce, pero que sea fuerte a la vez; que sea de corazón puro, pero no en menor medida sabia e instruida. Puesto que debemos ser un ejemplo para aquellas de nuestro sexo que todavía no han despertado, tenemos que encabezar una lucha activa; tenemos que ser invasoras. No sé ni me importa la igualdad entre hombres y mujeres. No somos iguales en altura, en peso, en musculatura y, por lo que sé, puede que tengamos una mente menos poderosa. Pero eso no tiene nada que ver. Nos basta con saber que han mermado nuestro crecimiento natural. La gran masa de las mujeres ha estado siempre compuesta por criaturas mezquinas y su mezquindad ha sido una maldición para los hombres. Por tanto, si preferís entenderlo así, estamos trabajando tanto en beneficio de los hombres como de nosotras. Dejemos que la responsabilidad por los disturbios recaiga en aquellos que han hecho que despreciemos quiénes éramos. ¡A cualquier precio, y digo a cualquier precio, nos liberaremos de la herencia de la debilidad y de la miseria!
 El público tardó en dispersarse más de lo habitual. Cuando todas se hubieron ido, la señorita Barfoot aguzó el oído, intentando adivinar si se oían pasos en la habitación contigua. Como no detectó ningún ruido, fue a ver si Rhoda todavía seguía allí.
 Sí. Rhoda estaba sentada, pensativa. Alzó la vista, sonrió y se adelantó unos cuantos pasos.
 —Ha sido excelente.
 —Pensé que te gustaría.
 La señorita Barfoot se acercó aún más a Rhoda y añadió:
 —Iba dirigido a ti. Tenía la impresión de que habías olvidado lo que pensaba sobre estos temas.
 —Tengo muy mal genio —replicó Rhoda—. La obstinación es uno de mis defectos.
 —Lo es.
 Sus miradas se encontraron.
 —Creo —continuó Rhoda— que debería pedirte perdón. Tuviera o no razón me comporté de manera improcedente.
 —Sí, eso pienso yo.
 Rhoda sonrió, agachando la cabeza ante el reproche.
 —Y terminemos con esto —añadió la señorita Barfoot—. Démonos un beso y seamos amigas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2001, en traducción de Alejandro Palomas, pp. 154-158. ISBN: 84-8428-077-2.]

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