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lunes, 16 de diciembre de 2019

Memorias de un revolucionario.- Piotr Kropotkin (1842-1921)

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Tomo II
Parte sexta: La Europa occidental

«Al observador externo la prisión le parece casi muda; pero, en realidad, la vida se desarrolla allí con tanta intensidad como en cualquier población de sus dimensiones. A media voz, al oído, por medio de palabras sueltas deslizadas a la carrera y en una tira de papel, toda noticia de algún interés recorría inmediatamente el penal. Nada puede ocurrir entre los presos mismos o en la puerta del edificio destinada a los empleados, o en la aldea que da nombre al establecimiento, o en el dilatado mundo de la política parisiense, que no se comunique en el acto por todos los dormitorios, talleres y celdas. Los franceses son demasiado comunicativos para permitir que su telégrafo subterráneo pueda estar inactivo.
 No teníamos contacto con los otros presos y, sin embargo, sabíamos todas las noticias del día: "Juan el jardinero, vuelve con dos años. La mujer de tal capataz ha tenido una gran pelotera con la del vigilante Fulano. Diego, el que está en el calabozo, ha sido sorprendido escribiendo una carta a Juan, el del taller de marcos. El animal de Fulano ya no es ministro de Justicia; ha caído el ministerio", y otras cosas por el estilo; y cuando se dice que "Perico ha cambiado dos camisetas de franela por dos cajetillas de tabaco", esto da la vuelta a la prisión en un momento.
 En una ocasión, un abogadillo que estaba preso, deseaba remitirme una nota, a fin de que suplicara a mi mujer, que vivía en la aldea, que viera de cuando en cuando a la suya, que también se encontraba allí; y fue grande el número de hombres que se interesaron en la transmisión del mensaje, el cual tuvo que pasar por no sé cuántas manos antes de llegar a mí. Cuando en un  periódico había algo que nos pudiera interesar, éste llegaba siempre a nuestro poder envolviendo una piedrecita que pasaba sobre el alto muro.
 El estar confinado en una celda no es obstáculo para que haya comunicación. Cuando llegamos a Clairvaux y fuimos primero alojados en el departamento celular, era grande el frío que allí se sentía en invierno; tanto, que apenas podía yo escribir y, cuando mi mujer, que se hallaba entonces en París, recibió mi carta, no reconoció la letra. Se dio orden de que las caldearan todo lo posible, pero no había manera de conseguirlo. Más tarde se supo que todos los tubos destinados a la conducción del aire caliente estaban obstruidos con papeles de todas clases, cortaplumas y una multitud de objetos pequeños que varias generaciones de presos habían ocultado en ellos.
 Mi amigo Martín, de quien ya he hablado en otra ocasión, obtuvo permiso para pasar parte de su tiempo en una celda, lo que prefería a vivir en una habitación con doce compañeros. Pero, con gran sorpresa, vio que no estaba completamente solo ni mucho menos; las paredes y los ojos de las cerraduras hablaban; al poco tiempo todos los que se hallaban en ellas sabían quién era él, y pronto se vio relacionado con cuantos moraban en el edificio. Todo un sistema de vida se desenvuelve, como en una colmena, entre las celdas al parecer aisladas; sólo que esa vida toma a menudo tal carácter, que la hace pertenecer por completo al dominio de la psicopatía. El mismo Kraft-Ebbing no tiene idea del aspecto que asume con ciertos presos condenados a vivir en la soledad.
 No repetiré aquí lo que he dicho en un libro, En las prisiones rusas y francesas, que publiqué en Inglaterra en 1888, en el cual trataba de la influencia moral de las prisiones sobre los presos. Hay sin embargo una cosa que debe tenerse en cuenta. La población penal se compone de elementos heterogéneos; pero considerando sólo a los que se toma generalmente por "criminales" natos, y de quienes tanto hemos oído hablar últimamente a Lombroso y sus partidarios, lo que más me impresionó respecto a ellos fue que las prisiones, consideradas como remedio contra los actos antisociales, son precisamente las que producen el efecto contrario.
 Todos saben que la falta de educación, repugnancia a un trabajo regular, amor extraviado a las aventuras, propensión al juego, falta de energía, una voluntad virgen e indiferencia por la suerte de los demás, son las causas que llevan a esa clase de gente ante los tribunales. Pues bien, vi con asombro durante mi prisión, que esos mismos defectos de la naturaleza humana que la cárcel se propone evitar, son los que ella engendra en sus moradores, y tiene necesidad de hacerlo así, porque es una prisión, y los engendrará mientras viva. El confinamiento en una prisión destruye por necesidad la energía del hombre y aniquila su voluntad; en la vida del preso no hay modo de ejercitar aquélla; el pretenderlo sería seguramente motivo de serios disgustos. La voluntad del que vive en prisión debe matarse y se la mata, quedando menos lugar aún para el ejercicio de las naturales simpatías, haciéndose hasta lo imaginable por evitar todo contacto con aquéllos, ya sean del interior o del exterior, por quienes el preso sienta algún afecto. Física y mentalmente se le hace cada vez menos capaz de un  esfuerzo sostenido, y si ya ha sentido repugnancia por un trabajo regular, ésta irá en aumento durante los años de prisión.
 Si antes de ingresar por primera vez en la cárcel le molestaba fácilmente todo trabajo monótono que no le era dable hacer con propiedad y sentía repulsión hacia toda ocupación mal retribuida, esos sentimientos se convertirán en odio. Si antes dudaba respecto a la utilidad social de las leyes de moral establecidas, ahora, después de haber lanzado una mirada escrutadora sobre sus defensores oficiales y conocer la opinión e sus compañeros sobre el particular, las abandonará por completo. Y si la causa de su desgracia ha sido un desarrollo morboso del apasionado carácter sensual de su naturaleza, ahora, después de haber pasado un número de años en prisión, este carácter enfermizo se desarrollará aún más, en muchos casos en proporciones aterradoras. En este último concepto -el más peligroso de todos- la educación del presidio es tan eficaz como deplorable.
 En Siberia vi qué clase de antros de inmundicia y semillero de ruina moral y física eran las asquerosas cárceles "no reformadas", y ya a la edad de diecinueve años pensé que, si hubiera menos aglomeración en los dormitorios, una clasificación especial en los presos y se les proporcionara a éstos una ocupación agradable, la institución podría sensiblemente mejorarse.
 Hoy tengo que desechar semejantes ilusiones; he podido convencerme a mí mismo de que, en cuanto a sus efectos sobre el preso y sus resultados para la sociedad en general, las mejores prisiones "reformadas" -sean o no celulares- son tan malas, o aún peores, que las sucias cárceles antiguas. Ellas no mejoran al preso; por el contrario, en la inmensa y abrumadora mayoría de casos, ejercen sobre ellos los efectos más lamentables. El ladrón, el estafador y el granuja que han pasado algunos años en un penal, salen de él más dispuestos que nunca para continuar por el mismo camino, hallándose mejor preparados para ello, habiendo aprendido a hacerlo mejor, estando más enconados contra la sociedad y, encontrando una justificación más sólida de su rebeldía contra sus leyes y costumbres, razón por la cual tienen, necesaria e inevitablemente, que caer cada vez más hondo en la sima de los actos antisociales que por primera vez les llevaron a los jueces.
 Lo que el individuo haya de hacer después de cumplido, habrá de ser, forzosamente, mayor que lo antes realizado, viéndose condenado a terminar su vida en una prisión o en una colonia de trabajos forzados. En el libro a que antes he hecho referencia, digo que las prisiones son "universidades del crimen, mantenidas por el Estado". Y ahora, pensando sobre el particular, después de quince años, no puedo por menos que ratificarme en lo que entonces afirmé.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2009, en traducción de Fermín Salvoechea. ISBN: 978-84-9892-017-8.]

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Summerhill.- Alexander Sutherland Neill (1883-1973)


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V.-Problemas de los niños
 Delincuencia

«En estos tiempos de asaltos salvajes con pistolas y cadenas, las autoridades no saben qué hacer con la delincuencia juvenil y parece que lo intentarán todo para acabar con ella. Los periódicos nos hablan de un método nuevo para tratar el problema. Es un método duro: condenar a los niños a reformatorios que tienen un régimen de ejercicios trabajosos con severos castigos para los que incurren en falta. Vi una fotografía en la que los muchachos se ejercitaban con grandes troncos sobre la espalda. En esos bochornosos lugares parece que no hay privilegios.
 Concedo que unos meses de semejante infierno puede refrenar a algunos delincuentes potenciales. Pero ese tratamiento no llega nunca a las causas que están en la raíz, a las causas fundamentales. Peor aún, ese tratamiento significa odio para la mayor parte de los adolescentes y su dureza no puede menos de crear individuos que odian para siempre a la sociedad.
 Hace más de treinta años, Homer Lane demostró con su obra en un campamento de reforma llamado la Little Commonwealth que los delincuentes juveniles pueden curarse con amor, poniéndose la autoridad del lado del niño. Lane se encargó de niños y niñas muy difíciles de los tribunales de Londres, niños antisociales y curtidos, que se jactaban de su reputación como atracadores, ladrones y gangsters. Los "incorregibles" iban a la Little Commonwealth, donde encontraban una comunidad con gobierno autónomo y cariñosa aprobación. Gradualmente, los muchachos se hacían decentes y honrados ciudadanos, a muchos de los cuales solía yo contar entre mis amigos.
 Lane era un genio en la comprensión y el manejo de los niños delincuentes. Los curaba porque les daba constantemente amor y comprensión. Buscaba siempre el móvil oculto de un acto delictivo, convencido de que detrás de cada delito había un deseo que originariamente había sido un deseo bueno. Advirtió que el hablarles a los niños era inútil, y que sólo valía la acción. Sostenía que para librar a un niño de un mal rasgo social había que dejarlo vivir sus deseos. En una ocasión en que uno de sus muchachos, llamado Jabez, expresó un airado deseo de romper las tazas y los platillos que estaban sobre la mesa del té, Lane, le entregó un hurgón de hierro y le dijo que lo hiciera. Jabez lo hizo, pero al día siguiente fue a Lane y le pidió un trabajo de más responsabilidad y mejor remunerado que el que venía haciendo. Lane le preguntó por qué quería un trabajo mejor pagado. -Porque quiero pagar las tazas y los platillos -dijo Jabez. Lane lo explicaba diciendo que el acto de romper las tazas hizo que se viniesen abajo muchas inhibiciones y conflictos de Jabez. El hecho de que por primera vez en su vida la autoridad lo animase a romper algo y lo librase de su cólera, tuvo un efecto emocional beneficioso sobre él.
 Los delincuentes de la Little Commonwealth, de Homer Lane, procedían todos de barrios bajos de la ciudad, pero no oí nunca que alguno de ellos volviese a la mala vida. Al procedimiento de Lane lo llamo el método del amor y llamo método del odio a meter en un infierno al delincuente. Y como el odio no cura nunca a nadie de nada, saco la conclusión de que el infierno no ayudará nunca a ningún niño a ser social.
 No obstante, en los últimos años nuestro magnífico cuerpo de empleados de la libertad vigilada ha mostrado el sincero deseo de procurar comprender al delincuente. También los psiquiatras, a pesar de la gran hostilidad de la profesión judicial, han andado mucho camino para enseñar al público que la delincuencia no es maldad, sino más bien una especie de enfermedad que requiere simpatía y comprensión. La marea asciende hacia el amor y no hacia el odio, hacia la comprensión y no hacia la indignación moral intolerante. Es una marea lenta. Pero aun una marea lenta se lleva un poco de la contaminación, y con el tiempo puede aumentar de volumen.
 No conozco ninguna prueba de que una persona se haya hecho nunca buena por la violencia o por la crueldad o el odio. En mi larga carrera, he tratado con muchos niños problema, muchos de ellos delincuentes y he visto cuán desgraciados son, cuán llenos están de odio, cuán inferiores, cuán perturbados emocionalmente. Son arrogantes e irrespetuosos conmigo porque soy maestro, un sustituto del padre, el enemigo. He vivido entre su tenso odio y su recelo. Pero aquí en Summerhill esos delincuentes potenciales se gobiernan a sí mismos en una comunidad autónoma; tienen libertad para aprender o para jugar. Cuando roban, incluso pueden ser recompensados. Nunca se les predica, nunca se les hace temer a la autoridad, ya sea terrena o celestial.
 En pocos años, esos mismos odiadores entrarán en el mundo como seres felices y sociales. Por lo que yo sé, ni un solo delincuente que haya pasado siete años en Summerhill ha sido enviado nunca a la cárcel, ni ha cometido nunca una violación, ni se ha hecho antisocial. No soy yo quien los curó. Es el ambiente el que los cura, porque el ambiente de Summerhill infunde confianza, seguridad, simpatía, sin reproches y sin juicios.
 Los niños de Summerhill no serán delincuentes y perturbadores después de salir de la escuela, porque se les permite pasar su periodo de gangsterismo sin miedo ni castigos ni sermones morales. Se les deja seguir una etapa de su desarrollo y entrar de un modo natural en la siguiente.
 No sé, simplemente, cómo reaccionaría al amor un delincuente adulto. Tengo la certidumbre de que recompensar a un gangster por robar no lo curaría, así como la tengo de que una condena de cárcel no lo cura. El tratamiento es más prometedor sólo para los muy jóvenes. Pero aun si se le da a un muchacho de quince años de edad, la libertad convierte con frecuencia a los delincuentes en buenos ciudadanos.
 En una ocasión tuvimos en Summerhill a un muchacho de doce años expulsado de muchas escuelas por antisocial. En nuestra escuela, ese mismo muchacho se convirtió en un niño feliz, creador, social. La autoridad de un reformatorio habría acabado con él. Si la libertad puede salvar a un niño problema ya endurecido, ¿qué podría hacer la libertad por los millones de niños llamados "normales" y que son pervertidos por la autoridad de la familia?
 Tommy, de trece años de edad, era un mal problema; robaba y destruía. Durante unas vacaciones, en particular, no pudo ir a casa y se quedó en la escuela. Durante dos meses fue el único niño que había en Summerhill. Era perfectamente social. No tuve que encerrar ni la comida ni el dinero. Pero en el momento en que regresó su pandilla, la dirigió en un asalto a la despensa, lo cual sólo prueba que el niño como individuo y el niño en un grupo son dos personas diferentes.
 Los maestros de los reformatorios me dicen que el joven antisocial es, con frecuencia, de una inteligencia subnormal. Yo añadiría que también es afectivamente subnormal.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 1989, en traducción de Florentino M. Torner. ISBN: 84-375-0045-1.]