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miércoles, 28 de octubre de 2020

Ébano.- Ryszard Kapuscinski (1932-2007)

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El pozo

  «Los somalíes constituyen un solo pueblo de varios millones de habitantes. Tienen lengua, historia y cultura comunes. Al igual que territorio. Y la misma religión: el islam. Una cuarta parte de esta comunidad vive en el sur y se dedica a la agricultura, cultivando sorgo, maíz, fríjoles y plátanos. Pero la mayoría se compone de nómadas, propietarios de rebaños. Precisamente me hallo ahora entre ellos, en un vasto territorio semidesértico, allá por entre Berbera  y Las Anod. Los somalíes se dividen en varios clanes grandes (tales como issaq, daarood, dir, hawiye) y éstos, a su vez, en clanes menores, que se cuentan por decenas, y estos últimos, finalmente en grupos emparentados, por centenares e incluso miles. Los lazos familiares, las alianzas y los conflictos entre todas estas comunidades y constelaciones de linaje conforman la historia de la sociedad somalí.
 El somalí nace en algún lugar junto a un camino, en una cabaña-refugio o, simplemente, bajo el cielo raso. Jamás sabrá su lugar de nacimiento, que tampoco será inscrito en parte alguna. Al igual que sus padres, no tendrá una aldea o un pueblo natal. Tiene una única identidad: la que marca su relación con la familia, el grupo de parientes y el clan. Cuando se encuentran dos desconocidos, empiezan diciendo: ¿Que quién soy? Soy Soba, de la familia de Ahmad Abdullah, la cual pertenece al grupo de Mussa Araye, que, a su vez, pertenece al clan de Hasean Said, el cual forma parte de la unión de clanes isaaq, etc. Tras semejante presentación, le toca el turno al segundo desconocido, quien procederá a facilitar los detalles de su origen y definir sus raíces, y ese intercambio de información , que se prolonga durante largo rato, resulta sumamente importante, pues ambos desconocidos intentan averiguar lo que los une o separa, y si se fundirán en un abrazo o se abalanzarán el uno sobre el otro con un cuchillo. A todo esto, la relación particular entre las dos personas, su simpatía o antipatía mutuas, no tiene ninguna importancia; la actitud hacia el otro, amistosa u hostil, depende de cómo se presentan en el momento dado las relaciones entre sus respectivos clanes. La persona privada, particular, el individuo, no existe; sólo cuenta como parte de este u otro linaje.
 Cuando el niño cumple ocho años se le concede un gran honor: a partir de este momento, junto con sus compañeros, se encargará de cuidar de un rebaño de camellos, el tesoro más preciado de los nómadas somalíes. Entre ellos, todo se mide por el valor de los camellos: la riqueza, el poder, la vida. Sobre todo la vida. Si Ahmed mata a un miembro de otra familia, la suya tiene que pagar a la del muerto una indemnización. Si ha matado a un hombre, cien camellos; y si a una mujer, cincuenta. Si no, ¡habrá guerra! Sin camellos la persona no puede existir. Se alimenta de la leche de las hembras. Traslada su casa a lomos del animal. Sólo vendiéndolo puede fundar una familia: entrar en posesión de una esposa exige pagar un precio, siempre en camellos, a los parientes de la elegida. Finalmente, salvará la vida, pagando la correspondiente indemnización con dichos animales.
 El rebaño que poseen todos los grupos familiares se compone de camellos, cabras y ovejas. Aquí no se puede cultivar la tierra. Es una arena seca y abrasadora  en que no germina nada. De modo que el rebaño se convierte en la única fuente de ingresos, de vida. Pero los animales necesitan de agua y pastos. Y aquí, incluso en la estación de las lluvias no abundan, y en la seca la mayoría de los pastos desaparecen del todo y los arroyos y los pozos pierden mucha profundidad , cuando no toda el agua. Entonces llegan la sequía y el hambre, y muere el ganado así como mucha gente.
 Ahora el pequeño somalí empieza a conocer su mundo. Lo aprende. Esas acacias solitarias, esos baobabs gigantes gigantescos se convierten en señales que le dicen dónde está y por dónde debe caminar. Esas rocas altas, esos barrancos verticales llenos de piedras, esas peñas rocosas salientes le indican el camino, le enseñan las direcciones y no le permiten perderse. Pero el paisaje en cuestión, que en un principio le parece legible y conocido, no tarda en despojarle del sentimiento de seguridad. Pronto resulta que los mismos lugares y laberintos, las mismas composiciones de señales que lo rodean ofrecen un aspecto en la época quemada por la sequía y otro diferente, cuando, en la estación de las lluvias, se cubren de un verde frondoso; que las mismas crestas y hendiduras rocosas cobran unas formas, profundidad y color en los horizontales rayos del sol de la mañana y otras, muy distintas, al mediodía, cuando caen sobre ellas rayos verticales. Sólo entonces comprenderá el chiquillo que un mismo paisaje entraña un sinfín de composiciones que varían y cambian y que hay que saber cuándo y en qué orden se suceden y qué significan, qué le dicen y qué le advierten.
Resultado de imagen de kapuscinski ébano  Y ésta es su primera lección: que el mundo habla haciéndolo en muchas lenguas, y que constantemente hay que aprenderlas. Aunque a medida que pasa el tiempo, el chico recibe también otra lección: conoce a su planeta, el mapa del mismo y los caminos e itinerarios en él señalados, sus direcciones, trayectorias y trazado. Aunque, aparentemente, no se vea nada alrededor, nada más que extensiones desnudas y desiertas, lo cierto es que estas tierras las cruzan numerosos caminos y senderos, rutas e itinerarios, cierto que invisibles en la arena y entre las rocas, pero no menos impresos de modo imborrable en la memoria de las gentes que llevan siglos atravesándolos. En este lugar empieza el gran juego somalí, el juego de la supervivencia, de la vida: dichas rutas conducen de pozo en pozo, de pasto en pasto. Como consecuencia de guerras, conflictos y regateos seculares, cada grupo familiar, cada unión y clan tiene sus propias rutas, pozos y pastos reconocidos por la tradición. La situación casi roza lo ideal cuando se trata de un año de lluvias abundantes y pastos frondosos, cuando los rebaños cuentan con un número de cabezas moderado y no han nacido demasiados niños. Pero basta que llegue la sequía -lo que, al fin y al cabo, se repite a menudo-, para que desaparezca la hierba y se sequen los pozos. Entonces, toda esa red de caminos y senderos, tan primorosamente tejida durante años para que los clanes al trasladarse no se topen unos con otros y no pisen territorio ajeno, de pronto pierde vigencia, se enmaraña, resquebraja y estalla en mil pedazos. Empieza una búsqueda desesperada de pozos en los que aún hay agua, intentos de alcanzarlos a cualquier precio. Desde todas partes, los hombres conducen a sus rebaños a esos escasos lugares donde todavía se conservan briznas de hierba. La estación seca se convierte en época de fiebre, tensión, furia y guerras. Afloran entonces los peores rasgos del ser humano: la desconfianza, la astucia, la avaricia y el odio.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Folio, 2004, en traducción de Agata Orzeszek, pp.200-203. ISBN: 84-413-1966-9.]
 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

El país de García.- José Vicente Torrente (1920-2006)

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III.-De Sariñena a Altorricón

«Cuando quedamos el trío, don Cirilo carraspeó indeciso y con cierto recelo comenzó así:
 -Óigame, don Dimas. Quisiera preguntarle algo que quizás sepa por su ciencia, pero como se trata de asunto delicado me ha de prometer que no se enfadará conmigo.
 Don Dimas de buen gusto respondió:
 -Siga adelante el preguntador, que si la "leche de pantera" responde a los predicamentos que le atribuye el fabricante no tendré fuerzas para enojarme.
 Don Cirilo miró el rescoldo, dejó consumirse una buena pausa y entró en materia:
 -¿Es verdad que una doncella averiada tiene remedio?
 Don Dimas, un tanto mosca, contraatacó:
 -¿Lo dice usted con ánimo de hurgar en mi saber o porque le anda buscando tres pies al gato y no se le alcanza la forma de proponerme una marranada?
 Don Cirilo intentó justificarse, pero don Dimas se lo impidió y alzando mucho el gallo continuó:
 -Porque, si es lo primero, capaz soy de hablarle de Restitutio Virginitatis toda una noche, pero si se trata de practicar ni por todas las "leches de pantera" me rebajaría a un oficio que para mí tengo de alcahuetas. ¡Así que a clarearse, amigo don Cirilo!
 -Avasalla usted de una manera que no hay cristiano que se entienda. No quise ofenderle preguntando ni es mi intención ponerle en las manos nada que remediar. Busco luces. ¿Lo sabe o no lo sabe?
 -¡Lo sé y no me da la gana de decirlo! -esbaró don Dimas en la cuesta abajo de la indignación.
 Don Cirilo suspiró:
 -No tendré más tu tía que cantar la gallina.
 Para animarse le dio un largo tiento a la garrafilla de "leche de pantera" y cuando don Dimas acercó el cacharrillo de cobre en muda demanda de otro trago, el destilador pasó la manga sobre la boca de la damajuana y gruñó:
 -Beba a chorro limpio, como yo, que esta noche echamos la casa por la ventana.
 Así lo hicimos y, cuando don Cirilo juzgó que el licor había acentuado la buena disposición que da el beber a quienes saben hacerlo, se arrancó así:
 -¿Se acuerda de aquel refrán que dice "Vengan hijas aunque sean zorras"? Pues... hijas tengo. A la Genoveva, que es la mayor, se le calentaron los cascos con un mozo de Lupiñén que estuvo a mi servicio y cuando los sorprendí era muy tarde. Y menos mal que no hubo consecuencias.
 -¿Por qué no los casó?
 -Ya lo intenté a las bravas, pero el de Lupiñén, que conoce la raya de Francia, levantó el campo un día y no se ha vuelto a saber de él ni pluma ni hueso.
 Escupió y afirmó solemne:
 -¡Anda, que el día que me lo encuentre los carniceros van a tener otro San Bartolomé!
 Don Dimas movió pesaroso la cabeza y explicó:
 -En este pajolero mundo hay muchos hombres que parecen catedrales y ni siquiera son ermitas.
 -Ya conoce usted la razón de la pregunta que le hacía. Quiero saber si la Genoveva tiene arreglo. No le pido que la arregle usted. Entiéndame.
 Durante unos minutos el hueco que dejó la conversación lo llenaron los ruidos del campo. Por fin don Dimas se arrancó a hablar:
 -¿Y para qué tanto interés en ese arreglo?
 -Esa ya es otra canción. El arte de destilar hierbas pasa de padres a hijos. Podría decirle cuántas son las familias que se dedican a ello. La Genoveva está en edad de contraer y justamente ha de hacerlo con alguien del oficio. Al comenzar la temporada le envié recado a la corredora que hace las bodas y para el día de San Cosme, en muriendo septiembre, cuando nos juntemos todos en la feria de las esencias, prometió tener apalabrado a un mozo para que las familias capitulemos si en el tira y daca de la dote llegamos a buen puerto.
 -Don Cirilo, que usted se ahoga en un vaso de agua. Súbale la dote a la señalada y ya verá como no le ponen reparos.
 A don Cirilo se le engoló la voz al responder:
 -Ni paso por la vergüenza de decir que subo un pico de onzas porque la Genoveva está catada, la muy marrana, ni ha nacido quien me saque los colores al rostro diciéndome que le di gato por liebre.
 En llegando a este punto me atreví a terciar y comenté:
 -Tan engaño es callar el accidente de la chica como arreglarla y hacerla pasar por riguroso estreno.
 Don Dimas, dándose una gran palmada en el muslo derecho, asintió:
 -Mejor no hubiera hablado un libro. Si de trampas se trata tan mala es la una como la otra, don Cirilo; sobre esto del remiendo hay un tanto de fantasía y otro tanto de engañabobos. Siendo yo de edad de veinte años oí hablar de un gitano de Bespén, por nombre Juan de Dios Recocho, alias Virguerías, cuyo oficio ordinario era coser atalajes para caballerías y que en horas extraordinarias apañaba doncellas con el sirgo y la aguja. Parece ser que aquel sastre de bestias tenía mucha habilidad para dar puntos. El Virguerías acabó mal. Un día se fue de la lengua estando borracho y dio nombres. Ya sabe usted cómo son en los lugares. La voz corrió como la pólvora y llegó a oídos de quienes no debían haberlo sabido. Total, que el Virguerías amaneció muerto en un pajar cosido a navajazos y alguno de los que intervinieron en la hazaña hasta se dio el gusto de comentar que aquellas rajas no había remendón que las apañara.
 Como curiosidad, quien me enseñó el arte de curar me habló de varias pócimas cerradoras, como la yerba de Belcebú, el cocimiento de tanino de zumaque, el bálsamo de mirra, la loción de cebolla albarranilla y el elixir de pétalos de rosa en vinagre nuevo. Si he de decirle verdad no creo que nada de esto sirva. Yo, en su lugar, me dejaría de historias y le buscaría marido a la Genoveva en tierras de Francia. Allí, no se repara en avería de más o menos. La hembra vale por lo que se ve y por la dote que trae. La Genoveva tiene muy buena planta y a usted no le ahorcan por un cahíz de duros. Siga mi consejo y vea en Francia, cerca de Carcasona, a una casamentera que aunque se hace llamar madame Beaufort nada tiene de madame ni Cristo que lo fundó, pues su verdadero nombre es Domitila Casaus, hija de un pelaire de Quicena, en la hoya de Huesca.
 Don Cirilo quedó pensativo un buen rato. Bebió de la garrafa, se atragantó con la emoción y tras escupir y toser la "leche de pantera" habló entusiasmado:
 -¿No le importaría darme las señas exactas de esa madame?
 Don Dimas fue a por el cabreo y en un cacho de papel de barba garrapateó lo pedido.
 -Cuando la vea le dice que va de mi parte. Aunque cobra razonablemente, como me está muy obligada le mejorará el trato.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004. ISBN: 84-7733-685-7.]

domingo, 18 de agosto de 2019

Las delicias de la maternidad.- Florence Onyebuchi Emecheta (1944-2017)

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4.-Los primeros sobresaltos de la maternidad

«Puso la comida de Nnaife en la mesa, colocó el cuenco de agua para las manos a la distancia conveniente y, en contra de su naturaleza y su costumbre, se sentó y le miró mientras comía.
 Al cabo de unos cuantos bocados, Nnaife levantó la vista.
-Te quedas mirándome como si no quisieras que me comiera lo que has cocinado. Ya sabes que una mujer no puede hacer eso.
 -Eso vale en Ibuza, aquí no -dijo Nnu Ego.
 -Bueno, estemos en Ibuza o no, sigo siendo tu marido y un hombre. No deberías estar ahí sentada mirándome.
 -¿Un hombre, eh? ¡Vaya un hombre!
 -¿Pero qué dices? ¿No he pagado tu dote? ¿No soy tu dueño? ¿Sabes? Me estás cansando con esos aires que te das. Ya sé que eres la hija de Agdabi. Qué pena que no se casara contigo para que te quedaras con él para siempre. Si vas a ser mi mujer, tendrás que aceptar mi trabajo, mi modo de vida. No te voy a consentir esto. A ver si lo entiendes. De momento, sal de aquí y vete a cotillear con Cordelia, déjame terminar la comida en paz.
 Nnu Ego se levantó enfadada y declaró:
 -Si te hubieras atrevido a venir a pedir mi mano a la casa de mi padre, mis hermanos te habrían echado. Mi familia sólo me dejó venir aquí porque pensaron que eras como tu hermano, no así. Si las cosas hubieran salido como debían, no habría dejado la casa de Amatokwu para venir a vivir con un hombre que lava la ropa interior de las mujeres. ¡Menudo hombre!
 A pesar de estar dolido, Nnaife miró a Nnu Ego como si no la hubiera visto nunca. ¡Vaya! La mujer estaba cambiando. Era guapa cuando llegó, pero no tanto: la frente alta con las marcas tribales de la hija de un jefe, el cuerpo todavía delgado que parecía resaltar el aspecto fofo del suyo, aquel cuello esbelto... ¿por qué tenía el cuello tan rígido? Debía de ser el peinado que llevaba, con las trenzas demasiado apretadas. Y aquellos pechos, ¿no parecían demasiado grandes? Nnaife trató de recordar el aspecto que tenían cuando la vio por primera vez, pero no pudo; lo único que sabía es que ahora estaban más grandes. Sí, algo le estaba pasando. De todas formas no iba a permitir a Nnu Ego que comparara la vida con él con la que llevaba con su primer marido.
 -Qué pena que tu querido Amatokwu te pegara una paliza que casi te deja muerta porque no le diste un hijo. Mírate al espejo, tienes toda la pinta de estar embarazada y no estabas así cuando viniste. ¿Qué más puede querer una mujer? Te he dado una casa y si todo va bien, el niño que queréis tú y tu padre, y todavía sigues ahí sentada con esa mirada de odio. Como vuelvas a mencionar en esta casa el nombre de Amatokwu, te daré la paliza más grande de tu vida. ¡Eres una egoísta y una mimada! Tú, que hiciste que se dudara de la virilidad de Amatokwu hasta hacerle casarse otra vez y tener muchos hijos seguidos, ahora vienes aquí, donde no te he presionado en absoluto para que te quedaras embarazada al primer mes y dices todas estas tonterías.
 -No sólo eres feo sino que tienes la capacidad de destrozar los sueños de los demás. Creía que cuando le dijera a mi marido que esperaba un niño debía decírselo de una manera más bonita...
 -Sí, quizás a la luz de la luna, o en una alfombra de piel de cabra junto al fuego.
 -¡No voy a escuchar tus bobadas! -gritó Nnu Ego, compadeciéndose de sí misma. ¡Y que todo se reduzca a esto...!
 -Bueno, si estás embarazada, créeme, espero por Dios que lo estés, todavía hay otro problema. ¿Qué dirán en la iglesia? No ha habido boda religiosa. Si no me caso contigo por la iglesia retirarán nuestros nombres del registro y a la señora no le hará ninguna gracia. Puedo incluso perder el trabajo. Así que sé discreta, ¿de acuerdo? Ubani, el cocinero tuvo que casarse con su mujer por la iglesia para no perder el trabajo.
 Mientras decía todo esto, Nnu tenía una sensación de mareo que la iba invadiendo poco a poco. ¡Tener que callarse un acontecimiento tan feliz sólo por una vieja arrugada de piel ajada como la carne de cerdo! Si Nnaife lo hubiera dicho por el doctor Meers, Nnu Ego lo hubiera aceptado; pero no por aquella especie de mujer que no llevaría como ofrenda ni a un dios enemigo. Ay, madre querida, ¿qué hombre era éste con quien vivía? ¿Cómo podía aquella situación despojar a un hombre de su virilidad sin que se diera cuenta? Se dio media vuelta como un huracán para decirle a la cara lo que pensaba.
 -¡Te comportas como un esclavo! Parece que tienes que ir a pedirle permiso por todo, ir a preguntarle: "Señora vieja apergaminada, por favor, ¿puedo acostarme con mi mujer esta noche?" ¿Tienes que asegurarte cada día de que las bragas apestosas que lleva están bien lavadas y planchadas antes de venir a tocarme? A mí, Nnu Ego, la hija de Agbadi de Ibuza. ¡Qué poca vergüenza tienes! Jamás me casaré contigo por la iglesia. Y si te echa por eso, me volveré a casa de mi padre. Quiero vivir con un hombre, no con un afeminado.
 Nnaife se rio con cinismo y comentó:
 -Me pregunto qué buen padre acogería a su hija embarazada en su casa, sólo porque el trabajo de su yerno no le gusta a la chica. Todo el mundo sabe cómo defiende tu padre los principios tradicionales. Me gustaría verle la cara cuando tú le dijeras que no te gusta el segundo marido que te ha elegido, especialmente cuando tu chi ha aceptado el matrimonio al permitir quedarte embarazada. Si no estuvieras embarazada, sería más comprensible. Pero no ahora que los dioses han legalizado nuestro matrimonio, Nnu Ego, hija de Agbadi. Como ya dije, tendrás que hacer lo que yo te diga. Tu padre no puede ayudarte ahora.
 -¡Ni siquiera te alegra verme embarazada, la alegría más grande de mi vida!
 -Por supuesto que me hace feliz saber que soy un hombre, sí, que puedo dejar embarazada a una mujer. Pero cualquier hombre puede hacer eso. ¿Qué quieres que haga? ¿Cuántos niños nacen en esta ciudad cada día? Lo único que haces es buscar una excusa para que nos peleemos. Vete a provocar a tu amiga Cordelia. A mí déjame en paz. Acuérdate, de todas formas, de que sin mí no podrías estar esperando ese niño.
 En el calor de la emoción, una voz más calmada le dijo en su interior: "Sí, sin él, no podría llegar a ser madre". Se echó a llorar. Gemidos amargos de enfado y frustración que hicieron temblar todo su cuerpo. Nnaife estaba allí de pie, con los brazos colgando. No sabía qué pensar, ni cómo reaccionar. Lo único que se le ocurrió decir fue:
 -Si me quedo sin trabajo, ¿quién os alimentará a ti y al niño y a los demás hijos que me vas a dar?»
 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Zanzíbar, 2004, en traducción de Maya G. Vinuesa. ISBN: 84-932898-6-8.]

lunes, 15 de julio de 2019

La familia Moskat.- Isaac Bashevis Singer (1902-1991)


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Parte II
Capítulo uno
2

«-Mamá, acuéstate conmigo.
 -¿Para qué? No hay bastante sitio. Además, mueves las piernas como un caballito.
 -No te daré patadas.
 -No. Prefiero sentarme. Me duelen los huesos de estar acostada. Escucha, Hadassah, tengo que hablar seriamente contigo. Tú sabes, hija mía, lo que te quiero. No tengo en el mundo más que a ti. Tu padre, Dios quiera que no le sobrevenga ningún mal, es un hombre egoísta.
 -Por favor, no digas cosas de papá.
 -No tengo nada contra él. Él es lo que es. Vive para sí mismo, como un animal. Estoy acostumbrada. Pero a ti quiero verte feliz. Quiero ver que tú tienes la felicidad que yo no he tenido.
 -Mamá, ¿de qué estás hablando?
 -Yo nunca he creído en obligar a una muchacha a casarse. He visto bien lo que resulta de tales cosas. Pero, a pesar de eso, tú estás siguiendo un mal camino, hija mía. En primer lugar, Fishel es un joven decente, juicioso, un buen hombre de negocios. No se encuentran hombres como él todos los días. Y en segundo lugar, su abuelo está cargado de dinero y un día, aunque le deseo una larga vida, bien lo sabe Dios, todo irá a parar a Fishel.
 -Mamá, será mejor que lo olvides. No me casaré con él.
 -Al menos, déjame terminar lo que tengo que decirte. Supongo que tienes la idea de que eres hija de una familia rica. Desgraciadamente, estás equivocada. Tu padre tiene unos cuantos rublos, lo justo para cubrir una necesidad inesperada si se presenta. Él no querría tocar ese dinero para ningún otro fin. Eres una muchacha sin dote y una muchacha enferma, además. Así está la situación. Esa es la entera verdad.
 -No entiendo lo que quieres de mí, mamá.
 -Tu abuelo ha decidido ser tan terco como una mula. Ya le ha dado órdenes a Koppel de que no nos pague la asignación semanal. Jura que no va a dejarnos un céntimo en su testamento. Y puedes creerlo. Nos quedaremos todos en la calle. Tu padre, no tengo que decírtelo, es incapaz de ganarse la vida. No sabe hacer más que comer y dormir. Y yo soy una mujer enferma, más de lo que tú imaginas. Sólo Dios sabe hasta cuándo podré aguantar.
 -¡Mamá!
 -No me interrumpas. No quiero decir nada de tu tío Abram. Por lo que a mí se refiere me parece una buena persona y le tengo afecto. Pero no es alguien de quien se pueda depender. Ha hecho a su propia mujer una miserable y no ha sido ninguna bendición para esa otra, ¿cómo se llama?, Ida Prager. Sus hijas no tienen un céntimo. Y ahora se ha acercado a nosotros. Quiere usarnos para vejar a tu abuelo.
 -No quiero dejarte decir nada malo de él. Lo quiero.
 -Yo también siento afecto por él. Pero ¿de qué sirve? El hombre es una llave vuelta del revés, un entrometido que se mezcla en los asuntos de los demás. Y ese nuevo, como le llaméis, Asa Heshel, no me cae nada bien. Yo no le daré entrada en esta casa, ¿lo oyes? Lo echaré de aquí.
 -Ya no viene por aquí.
 -Eres una muchacha pobre. No lo olvides. Es verdad que no eres fea. Dios quiera que no te ocurra nada. Pero una persona no es siempre joven y hermosa. A Fishel lo cazarán antes de que te des cuenta. ¿Y qué te quedará a ti?
 -Que lo cacen. Por mí, que sea hoy mismo.
 -¿Y adónde irás a parar tú? Especialmente sin una dote. Tu abuelo no te dará un céntimo.
 -No me hace falta su dinero.
 -Cambiarás de opinión, hija mía. Ha habido muchos otros como tú. Cuando estaba en el sanatorio, que Dios te dé salud en adelante, costó cientos y cientos de rublos. Dios sabe que no quiero asustarte, pero cuando se trata de pulmones delicados, nunca se está seguro.
 -¡Entonces me moriré!
 -¡Ay, Hadassah, me estás clavando un cuchillo en el corazón! No creas que no he meditado las cosas bien. Noche tras noche paso horas en la cama pensando. ¿Qué otro amigo tienes más íntimo que yo? Estás en peligro, te lo aseguro. Gran peligro.
 -Oh, mamá, deja de lamentarte por mí. Aún no estoy muerta. Te lo sigo con toda seguridad, para acabar ya con este tema: no me casaré con Fishel.
 -¿Y esa es tu última palabra?
 -Sí.
 -¡Bien, que Dios tienda sus brazos misericordiosos hacia ti! Sí, es verdad lo que dicen: un hijo es un enemigo. Tu padre tampoco era de mi gusto cuando yo era joven. Pero cuando mi madre, que Dios la haya acogido, lloró y suplicó, yo dije: "Está bien; condúceme al tálamo." No, los hijos de hoy no tienen corazón, sólo rocas. Bueno, que sea así. Me callaré. Pero tu padre no se callará. Nos quedaremos sin un pedazo de pan.
 -Yo trabajaré.
 -¡Claro! ¡Mi delicada señorita irá a trabajar! Simplona, ¡no sabes mover un dedo! Es un milagro que estés viva. Si no te estuviera sirviendo a todas horas, serías incapaz de moverte por tus propios pasos. Necesitas ayuda. Necesitas dinero. Si yo me muero, tu padre te traerá a casa una madrastra antes de que yo me haya enfriado en la tumba.
 -¡Déjame en paz! -Hadassah se tapó la cara con las manos.
 -Está bien. Me voy. Algún día te acordarás de mis palabras. Pero entonces será demasiado tarde.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1979, en traducción de Juan José Guillén. ISBN: 84-320-4117-3.]

viernes, 26 de octubre de 2018

La hija de Homero.- Robert Graves (1895-1985)


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1.-El collar de ámbar

«Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros; mi cuñada Ctimene no menos que los demás. Esa noche, en cuanto se encontró a solas con Laodamante en el asfixiante dormitorio, que estaba en el piso superior y daba al patio de los banquetes, comenzó a reprocharle su pereza y falta de espíritu emprendedor. Ctimene habló en detalle sobre el valor de su dote y le preguntó si no le avergonzaba pasarse los días cazando o pescando, en lugar de conquistar riquezas mediante audaces aventuras al otro lado del mar.
 Laodamante rio y respondió, con tono ligero, que la única culpable era ella: su rozagante belleza era lo que lo retenía en el hogar.
 -En cuanto me canse de tu delicioso cuerpo, esposa mía, emprenderé viaje... Me iré tan lejos como pueda llevarme un barco, a la Tierra de Cólquida y a los Establos del Sol, si hace falta; pero ese momento no ha llegado aún.
 -Sí -respondió Ctimene, malhumorada-; pareces destinado a no cansarte de mis abrazos durante mucho tiempo, a juzgar por la forma en que me importunas con tus atenciones nocturnas. Pero en cuanto raya el alba sales corriendo, preocupado sólo por tus sabuesos, tu lanza de cazar jabalíes y tu arco. Y no vuelvo a verte hasta el anochecer y entonces comes como un lobo, bebes como una marsopa, juegas una o dos partidas de ajedrez, en las que empleas la astucia de un zorro, y te diriges una vez más, tambaleándote, a la cama, donde vuelves a ahogarme con tus calurosas caricias osunas.
 -No me tendrías en muy elevada opinión si no cumpliera con mis deberes maritales.
 -Los deberes de un esposo no se cumplen sólo entre las sábanas.
 Fue como si un pugilista de brazos largos tratase de mantener a distancia a su rival, pequeño y que golpeaba duro, sólo con algunos breves puñetazos de izquierda, hasta que al cabo el contricante se desliza bajo la guardia del hombre de más estatura y lo aporrea bajo el corazón. Laodamante se encolerizó, pero demostró que tampoco él era un novicio en materia de luchas cuerpo a cuerpo.
 -¿Pretendes que haraganee por la casa todo el día -preguntó-, que te narre historias mientras tú hilas la lana; que la enmadeje y lleve recados de tu parte? Pienso quedarme en Drépano hasta que me hayas complacido quedando embarazada (eso, siempre que no seas estéril, como tu tía y tu hermana mayor), pero mientras esté aquí considero que es más varonil cazar cabras salvajes o jabalíes que matar el tiempo entre el almuerzo y la cena como lo hacen la mayoría de los jóvenes de mi edad y rango: es decir, bebiendo, jugando a los dados, bailando, chismorreando en el mercado, pescando con línea, anzuelo y flotador desde el muelle y jugando al tejo en el patio. O quizá prefieras que yo mismo hile y teja, como lo hizo Hércules en Lidia, cuando la reina Onfalia lo hechizó...
 -Quiero un collar -dijo Ctimene de pronto-. Quiero un hermoso collar de ámbar hiperbóreo, con gruesas cuentas de oro entre las de ámbar, y un broche de oro en forma de dos serpientes entrelazadas por la cola.
 -Si, ¿eh? ¿Y dónde encontrar semejante tesoro?
 -La madre de Eurímaco ya tiene uno y el capitán Dimas le ha prometido otro a su hija Procne, la amiga de Nausícaa, cuando regrese de su próximo viaje a la arenosa Pilos.
 -¿Deseas que le tienda una emboscada al barco cuando pase ante Motia y le robe el collar para ti... al estilo de Bucinna?
 -Me niego a entender tu chiste sobre mi isla... si hay que considerarlo un chiste. ¡No, no te atrevas a besarme! El viento es tremendo y me duele la cabeza. Vete a dormir a otra parte. Espero que el alba te encuentre en un estado de ánimo más razonable.
 -No puedo darle las buenas noches a mi esposa con un beso: ¿es eso lo que quieres decir? ¡Ten cuidado, no sea que te devuelva a la casa de tus padres, con dote y todo!
 -¿Con dote y todo? Eso no sería fácil. De los doscientos lingotes de cobre y las veinte balas de lienzo rescatadas del barco sidonio que mi padre encontró a la deriva, sin tripulación, frente a Bucinna...
 -¿A la deriva, dices? Asesinó a toda la tripulación al estilo tradicional de Bucinna, como de sobra se sabe en todos los mercados de Sicilia.
 -... de los lingotes de cobre y balas de lienzo, repito, invertiste casi la mitad en una empresa comercial en Libia. Querías trocarlos por benjuí, polvo de oro y huevos de avestruz, pero dudo que alguna vez vuelvas a verlos.
 -Las mujeres jamás pueden creer que una vez que un barco ha levado anclas y enarbolado el velamen llega siempre a puerto.
 -No pongo en duda las condiciones marineras del barco, sino sólo la integridad de su capitán, en quien confiaste como un tonto, por consejo de tu amigo Eurímaco. No sería la primera vez que un libio delinquiera y si alguien me dice que Eurímaco exigió una comisión por su participación en el fraude, me sentiré dispuesta a creerle.
 -Mira, esta discusión no puede hacerle mucho bien a tu jaqueca -replicó Laodamante-. Deja que te traiga un cuenco de agua y una tela suave para humedecerte las sienes. El siroco nos está matando a todos.
 Ella tomó como una ironía lo que él había dicho por bondad. Se quedó echada, inmóvil y silenciosa, hasta que Laodamante le llevó el tazón de plata y entonces se incorporó de repente, se lo arrebató de las manos y le arrojó el agua.
 -¡Para refrescarte los acalorados muslos, Príapo! -exclamó.
 Laodamante no perdió los estribos ni la tomó del cuello, como habrían hecho muchos hombres más impetuosos. Nunca he sabido que tratase con violencia a mujer alguna, ni siquiera a una esclava descarada, para castigarla. No hizo más que lanzarle a Ctimene una mirada incendiaria y decirle:
 -Muy bien. Tendrás tu collar, no te aflijas, ¡y ojalá traiga a nuestra casa menos dolor que el de la tebana Erífile de la canción de Homero!»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones RBA, 2001,  en traducción de Floreal Mazia. Depósito legal: B-19672-2001.]

martes, 16 de agosto de 2016

"El rey Lear".- William Shakespeare (1564-1616)

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 Acto primero. Escena primera.

 "Lear: Desvelaremos, entretanto, el más penoso de nuestros proyectos.
Traednos ese mapa. Sabed que hemos dividido
nuestro reino en tres partes; y que es nuestro propósito
firme librarnos en nuestra vejez de toda carga y toda obligación
y confiarlas a más jóvenes brazos, mientras nos, aliviado,
nos arrastramos a la muerte. Vos, nuestro hijo de Cornwall
y también vos, nuestro no menos querido hijo de Albany,
es nuestra firme voluntad en esta hora dar anuncio a la dote
de mis tres hijas, como prevención de futuras disputas.
Los príncipes de Francia y de Borgoña,
rivales en el amor de nuestra hija más pequeña,
han prolongado en nuestra corte su visita amorosa,
y han de obtener una respuesta aquí. Decidnos, hijas mías,
cuando nos hemos despojado de nuestro poder,
de nuestras posesiones y las cargas de Estado,
quién nos ama más de vosotras, para que podamos
usar de una más grande generosidad
en quien los méritos con la Naturaleza rivalicen. Gonerill,
primogénita nuestra, hablad primero.
 Gonerill: Señor, os amo más de lo que las palabras pueden expresar
y más que a vista, espacio, libertad,
más, muchísimo más que lo estimado, lo precioso, lo raro,
no menos que la vida llena de dignidad, salud, belleza, honor,
tanto como jamás amó un hijo o un padre fuese amado;
un amor que empobrece el aliento y debilita el habla,
os amo más allá de la forma de decir "muchísimo".
 Cordelia: (Aparte.) ¿Qué ha de decir Cordelia? Ama y no digas nada.
 Lear: De todos estos confines, de esta línea a aquella,
llenos de espesos bosques y campiñas,
de ríos caudalosos y praderas extensas
os proclamo señora. Y que así sea para los descendientes
de Albany y de vos. ¿Qué dice nuestra segunda hija,
nuestra querida Regan, desposada con Cornwall?
 Regan: Estoy hecha con los mismos metales que mi hermana
y en su medida me valoro. Mi corazón veraz
siente cómo ella expresa mi contrato de amor,
pero de modo leve: me declaro enemiga
de todos los placeres que, en precioso conjunto,
poseen los sentidos;
tan sólo encuentro la felicidad
en el amor a Vuestra Alteza.
 Cordelia: (Aparte.) ¡Pobre Cordelia, entonces!
Aunque no, ya que segura estoy de que mi amor
sobrepasa mi lengua.
 Lear: Para vos y los vuestros en herencia
quede por siempre este amplio tercio de nuestro hermoso reino,
no inferior en espacio, ni en valor, ni en provecho
al concedido a Gonerill. Y ahora, gozo nuestro,
nuestra última hija y más pequeña, cuyo amor juvenil
enfrenta, interesados, los pastos de Borgoña
y las vides de Francia, ¿qué haréis para obtener
un tercio más valioso que el de vuestras hermanas?
¿Qué tenéis que decir?
 Cordelia: Nada, my lord.
 Lear: ¿Nada?
 Cordelia: Nada.
 Lear: Nada obtendréis de nada. Hablad de nuevo.
 Cordelia: Infeliz como soy, no consigo elevar
mi corazón hasta mis labios. Conforme a nuestro vínculo
os amo, Majestad, no más, no menos.
 Lear: ¿Cómo, Cordelia? Cuidad lo que decís,
o arriesgaréis vuestra fortuna.
 Cordelia: Mi señor,
vos me habéis engendrado y criado y amado
y en la misma medida os correspondo,
os obedezco y amo y, sobre todo, os honro.
¿Por qué se desposaron mis hermanas cuando dicen
que os aman sólo a vos? Si tomara marido
el señor cuya mano asumiese mi emblema llevaría con él
la mitad de mi amor, y deber y cuidados.
Cierto es que nunca me desposaré, como mis dos hermanas,
para poder amar solamente a mi padre.
 Lear: ¿Es eso lo que dice vuestro corazón?
 Cordelia: Sí, mi señor.
 Lear: ¿Tan joven y tan dura?
 Cordelia: Tan joven, mi señor, y tan sincera.
 Lear: ¡Que la sinceridad sea, pues, vuestra dote!"