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domingo, 28 de mayo de 2023

El poder de los sin poder.- Václav Havel (1936-2011)


Klaus tilda a Havel de extremista de izquierdas | Radio Prague ...
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   «¿Quién es propiamente un "disidente"?
 Parece que los primeros que se han ganado este título son los ciudadanos del bloque soviético que han decidido vivir en la verdad y que, por lo general, responden a las siguientes características:
 1. Manifiestan sus posiciones no conformistas y sus críticas públicamente, dentro de sus posibilidades, y las manifiestan sistemáticamente; gracias a todo esto son conocidos en Occidente.
 2. En virtud de esto han adquirido también en su país —aunque no hayan podido publicar en su patria y el gobierno les persiga de todos los modos posibles— una consideración más o menos grande ante la opinión pública y el gobierno y, según eso, aunque solo sea en su ámbito, disponen de un cierto poder real. Aunque muy limitado y concreto, este poder los preserva, por un lado, de lo peor y por otro, les da garantías de que las persecuciones no podrán ocurrir impunemente, sin complicaciones políticas para su gobierno.
 3. El radio de su horizonte crítico y su compromiso trascienden el estrecho espacio de su ámbito directo y de su interés concreto, abarcando cuestiones más generales y adquiriendo así, aunque en medida muy limitada, un carácter político, si bien el grado en que ellos mismos se consideran una fuerza directamente política puede ser muy diverso.
 4. Se trata de gente más bien preparada intelectualmente, gente “de pluma”, ya que la expresión escrita es el instrumento político principal —y quizá único— de que disponen y que puede atraer la atención sobre ellos, sobre todo en el extranjero, en efecto, los demás modos de «vida en la verdad» o se pierden en el espacio, difícil de identificar para un observador occidental, del ámbito local, o —si van más allá— parecen ser solo un complemento menos llamativo de la expresión escrita.
 5. Son gente de la que se habla en Occidente —cualquiera que sea su profesión— con más frecuencia en relación a su compromiso civil o al aspecto crítico-político de su trabajo que en relación con su trabajo específico. Sé por experiencia personal que existe una especie de confín invisible que el individuo —sin querer y sin saber cuándo y cómo lo ha hecho— ha debido superar para dejar de escribir de sí como de un escritor que en este verso o en el otro muestra una conciencia civil y comenzar a hablar como de un “disidente” que (entre paréntesis, ¿cómo? -¿Quizá en su tiempo libre?-) escribe también algún trabajo teatral.
 No hay duda de que hay gente que responde a todos estos requisitos. Está bien emplear para un grupo tan definido —aunque sea muy casualmente— una definición apropiada, pero hay que discutir mucho sobre si esa definición ha de ser precisamente la de “disidente”.
 Sea como sea, sucede, y nosotros naturalmente no cambiamos nada; todo lo contrario, a veces somos nosotros mismos —aunque de mala gana, solo para entendernos más fácilmente, quizá con una chispa de ironía y en todo caso siempre entre comillas— los que aceptamos esa definición.
 Quizá sea oportuno indicar algunos motivos por los que los «disidentes» en general no quieren que se les defina de este modo.
 Ante todo, la definición crea ya problemas desde un punto de vista etimológico: en efecto “disidente” es sinónimo del conocido “apóstata”; pero los “disidentes” no se sienten tales, ya que no han abjurado de nada. Todo lo contrario: se han aferrado a sí mismos y si, por ventura, algunos se han separado de algo, ha sido solo de lo que en su vida resultaba falso y alienante: de la “vida en la mentira”.
 Pero este no es el motivo principal.
 La definición de “disidente” comporta necesariamente la idea de que se trata de una profesión especial; como si entre los diversos modos más normales de vivir hubiera uno especial, a saber, el murmurar “disentiente” sobre la situación; como si el “disidente” no fuera simplemente un físico, un sociólogo, un obrero o un poeta que se comporta como siente que debe hacerlo y que solo la lógica interna de su pensar, obrar y trabajar (en confrontación con las circunstancias externas ocasionales) le ha llevado —sin premeditación o complacencia— a un choque abierto con el poder y, en cambio, fuese uno que ha decidido comenzar la carrera del descontento de profesión, como otro decide hacerse zapatero o artesano.
 En realidad, las cosas son de distinta manera: en general se adquiere conciencia de ser un disidente cuando ya se es desde hace tiempo, y esta postura es la conclusión de sus concretas tomas de postura en la vida, sugeridas por razones muy distintas de la búsqueda de este o aquel título y sus tomas de postura y su trabajo concreto no son la conclusión de un propósito ya tomado de ser un “disidente”. En resumen, la “disidencia” no es una profesión, aunque uno le dedicara las 24 horas del día; por el contrario, es, ante todo y sobre todo, una postura existencial que, por lo demás, no es monopolio de los que —respondiendo quizá a esas condiciones casuales exteriores de que se ha hablado— se adornan con el título de “disidente”.
 Si de todos los miles de individuos anónimos que intentan vivir en la verdad y de los millones que quisieran vivir en la verdad pero no pueden (quizá porque debido a una serie de circunstancias necesitarían un valor diez veces superior al de los que han dado este paso), si de toda esta multitud se escogieran —y además al azar— algunas decenas de personas y se formase con ellas una especie de categoría social, tal modo de proceder reportaría una imagen completamente deformada de la situación general, tanto si hace triunfar la idea de que los “disidentes” son una especie de elite, un grupo exclusivo de “fauna protegida” a quienes se permite lo que se prohíbe a otros y que el gobierno alienta quizá como ejemplo viviente de su largueza de miras, como si por el contrario alimenta la ilusión de que si son tan pocos los eternamente insatisfechos y si ni siquiera tienen muchas esperanzas, entonces quiere decir que todos los demás están satisfechos: en efecto, ¡si no estuvieran satisfechos serían “disidentes”!
 Pero esto no es todo: esta categorización acaba también por dar involuntariamente crédito a la idea de que para los “disidentes” se trata, sobre todo, de un interés suyo de grupo y de que toda su controversia con el gobierno no es más que una controversia abstracta entre dos grupos contrapuestos, una controversia extraña a la sociedad y que quizá no tiene nada que ver con ella. Esta imagen contrasta profundamente con el significado real de la postura de “disidente”, esta postura se refiere al interés por el otro, por eso por lo que la sociedad en su conjunto sufre, por tanto, por todos los demás que no se hacen sentir. Si los “disidentes” tienen una pizca de autoridad y no están ya desde hace tiempo aplastados como un insecto extraño que se salió de su hábitat, ciertamente no se debe a que el gobierno tenga en gran consideración a este grupúsculo exclusivo y a sus exclusivas reflexiones, sino precisamente porque se da cuenta de ese poder político potencial que es la “vida en la verdad” enraizada en la “vida secreta”, porque se da cuenta de qué mundo nace lo que este grupo hace y a qué mundo se dirige: al mundo de la cotidianidad humana, de la tensión cotidiana entre intenciones de la vida e intenciones del sistema. ¿Qué mejor prueba que la que el mismo gobierno dio tras la aparición de la Carta 77 cuando comenzó a requerir declaraciones de toda la nación, según las cuales la Carta no tenía un fundamento de verdad? Los millones de firmas sonsacadas probaron, entre otras cosas, exactamente lo contrario: que dice la verdad. La enorme atención de que gozan los «disidentes» por parte de los órganos políticos y de la policía y que quizá puede producir en alguien la sensación de que el gobierno tiene miedo de los “disidentes” como aparato de poder alternativo, no deriva de que sean algo de ese tipo, algo omnipotente que se mantiene —precisamente como el gobierno— por encima de la sociedad, sino al contrario, precisamente porque son “gente común”, con preocupaciones “comunes” y que se diferencian de los demás solo porque dicen en voz alta lo que los demás no pueden o no tienen el valor de decir. Ya he hablado de la fuerza política de Soljenitsin: esa fuerza no consiste en un poder político exclusivamente suyo como individuo, sino en la experiencia de millones de víctimas del Gulag que él ha gritado en voz alta y con la que ha interpelado a los demás millones de hombres de buena voluntad.
 Institucionalizar en una categoría elegida a los “disidentes” famosos o de relieve significa realmente negar el muy particular punto de vista moral de su acción. Hemos visto que eso es precisamente el principio de la igualdad de derechos basado en la indivisibilidad de los derechos y de las libertades del hombre de donde se derivan los “movimientos disidentes”: ¿acaso los “disidentes famosos” no se han reunido en el KOR para defender a obreros desconocidos y acaso no se han convertido precisamente por esto en esos disidentes famosos? ¿Acaso los “disidentes famosos” no se unieron en la Carta 77, después de haberla hecho suya la solidaridad con unos músicos desconocidos, acaso no se unieron a aquellos y acaso no se han convertido precisamente por esto en “disidentes famosos”? ¡Es realmente una terrible paradoja que cuanto más defienden algunos ciudadanos a otros ciudadanos, con tanta más frecuencia se les define con una palabra que los aleja de estos “otros ciudadanos”! Tras esta explicación espero que quede claro el sentido de las comillas entre las que pongo en toda esta disertación la palabra “disidente”.

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 En la época en que checos y eslovacos formaban parte del imperio austro-húngaro y no había premisas reales, ni políticas ni psicológico-sociales para que nuestras naciones buscaran su identidad fuera de este imperio, T. G. Masaryk basó su programa nacional bohemio en la idea del “trabajo minucioso”, es decir, el trabajo honesto y responsable —dentro del ordenamiento existente— en los ámbitos más dispares de la vida, con la intención de suscitar una creatividad nacional y una conciencia nacional. Naturalmente, se subrayaba de manera especial el elemento cultural, educativo, moral y humanitario. El único punto de partida posible para un destino nacional más digno lo reconoció Masaryk en el hombre, en la creación por su parte de las premisas que hicieron más digno su destino de hombre; el punto de partida de un cambio de postura de la nación era para él el cambio del hombre.
 Este concepto del “trabajo por la nación” ha arraigado en nuestra sociedad, ha sido en muchos aspectos fecundo y está todavía vivo, aunque hay quienes detrás de ello — como forma extremadamente refinada de “coartada”— ocultan su colaboracionismo. Aún hoy son muchos los que se atienen a ello y hasta es posible registrar —al menos en algunos sectores— éxitos evidentes: es difícil decir cuánto más grave sería la situación si no hubiera continuamente una infinidad de hombres laboriosos, que simplemente no puedan evitar comprometerse a hacer lo mejor que pueden lo que se puede hacer y dejar el mínimo inevitable a la “vida en la mentira” para poder reservar el máximo posible a las auténticas necesidades de la sociedad. Estos hombres parten de la premisa justa de que todo buen trabajo es indirectamente una crítica a una mala política y que hay situaciones en las que vale la pena seguir este camino aunque esto signifique renunciar al propio derecho natural a una crítica directa.
 Pero hoy esta actitud tiene —incluso en comparación con la situación de los años sesenta— unos límites bien precisos; sucede cada vez con más frecuencia que el “trabajo minucioso” choca con el muro del sistema postotalitario y se encuentra ante el dilema: dar marcha atrás, renunciar a la lealtad, a la responsabilidad y a la seriedad en que se basaba y adaptarse (actitud mayoritaria) o seguir adelante por el camino emprendido y llegar inevitablemente a una confrontación abierta con el poder (actitud minoritaria).
 El concepto de “trabajo minucioso” no tuvo nunca que equivaler al imperativo de mantenerse en la estructura existente a cualquier precio (según este punto de vista, quien llegase a ser expulsado de ella tendría que aparecer como quien ha renunciado al “trabajo por la nación”), y mucho menos puede tener hoy este significado. Naturalmente no existe ningún modelo general de comportamiento, una especie de llave de contacto para cuando el “trabajo minucioso” deja de ser un “trabajo por la nación” y empieza a convertirse en un “trabajo contra la nación”; en todo caso, es más claro que nunca que el peligro de ese cambio es cada vez más inminente y es cada vez más fácil la posibilidad de que el “trabajo minucioso” llegue a ese muro ante el cual evitar el choque quiere decir traicionar en el auténtico sentido de la palabra.
 Cuando en 1974 trabajé en una fábrica de cerveza, mi jefe era un cierto S.: un hombre competente que tenía sentido del orgullo profesional y se esforzaba para que en nuestra fábrica se produjera una buena cerveza. Pasaba casi todo el tiempo en la fábrica, pensaba continuamente en mejorarla, nos atormentaba con la idea de que todos apreciáramos la fábrica de cerveza como él; es casi inimaginable que exista en la incuria socialista un trabajador más constructivo. La dirección de la fábrica, compuesta por individuos que ciertamente entendían menos de su oficio y lo apreciaban menos que él, no solo había hecho reducir a la mitad la producción, no solo no atendía las sugerencias de S., sino que, por el contrario, se mostraba cada vez más dura en sus relaciones con él y menospreciaba su trabajo. La situación llegó hasta el punto de que a S. no le quedó otro recurso que escribir una larga carta a la dirección general en la que trató de enumerar todos los fallos de la fábrica y de explicar por qué era la peor de la región, señalando también a los responsables. Su voz pudo ser escuchada: el director, políticamente influyente pero ignorante en cervezas, intrigante e insolente con los obreros, pudo ser alejado y, gracias a la iniciativa de S., pudo mejorar la situación de la fábrica de cerveza. Si las cosas marcharan normalmente así, este sería un buen ejemplo del buen éxito del «trabajo minucioso». Pero, por desgracia, no ocurre así: el director de la fábrica de cerveza —en cuanto miembro del comité del partido en el distrito— tenía buenos conocimientos en las altas esferas e intrigó para que todo marchara en su favor; el análisis de S. fue calificado de «libelo difamatorio», a S. se le señaló como criminal político, se le expulsó de nuestra fábrica y se le echó a hacer un trabajo sin cualificación profesional. El “trabajo minucioso” había tocado el muro: el sistema postotalitario. S. se había rebelado, no había respetado las reglas del juego; “había hecho brecha” diciendo la verdad y acababa como “subciudadano” con la marca del enemigo, que ya no puede decir nada y al que —por principio— no se le puede escuchar. Se convirtió en el “disidente” de las fábricas de cerveza de la Bohemia oriental.
 Creo que se trata de un procedimiento paradigmático que ilustra desde otro punto de vista lo que he dicho en el capítulo anterior: un hombre no se hace “disidente” porque un buen día decide emprender esta extravagante carrera, sino porque su responsabilidad interior, combinada con todo el complejo de circunstancias externas, acaba por encadenarlo a esa posición: se le echa fuera de las estructuras existentes y se le pone en confrontación con ellas. Al comienzo no era ni más ni menos que la intención de hacer bien su trabajo y al final está la marca del enemigo.
 Un buen trabajo es, pues, en realidad la crítica de una mala política. A veces, por así decirlo, se perdona la crítica y a veces no. Pero se perdona cada vez menos. Y no por su culpa.
 Ya pasaron los tiempos del imperio austro-húngaro cuando la nación checa (en el período terrible del absolutismo de Bach) tenía un único «disidente» verdadero: el encarcelado en Brixen. Si no viéramos en la palabra «disidente» un poco de esnobismo, tendríamos que constatar que hoy a los “disidentes” los encontramos por todas partes.
 Es absurdo acusar a estos “disidentes” de haber renunciado al “trabajo minucioso”. La “disidencia” no es, en efecto, una alternativa a la concepción del “trabajo minucioso” de Masaryk, sino que quizá es, por el contrario, su única salida posible.
 Digo “quizá” y con esto quiero subrayar que no siempre es así: lejos de mí sostener que solo son honestos y responsables los hombres que se han encontrado fuera de las estructuras existentes y en confrontación con ellas. El cervecero S. podía incluso haber ganado su batalla. Criticar a los que han aguantado solo porque han resistido y, por tanto, no son “disidentes”, sería tan absurdo como el mostrarlos solo por este motivo como ejemplo a los “disidentes”. Por lo demás, se iría contra toda actitud “disidente” —como intento de “vida en la verdad”— si se juzgase el comportamiento del hombre no desde lo que él es, hasta qué punto es o no bueno, sino desde la etiqueta que se le ha colocado.»
  
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Encuentro, 1990, en traducción de  Vicente Martín Pindado, pp. 37-43. ISBN:  978-8490550120.]

miércoles, 25 de marzo de 2020

Paisajes para después de la batalla.- Juan Goytisolo (1931-2017)

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Manifiesto

«"Después de varios siglos de cómplice y cobarde silencio sobre el genocidio del pueblo oteka, exterminado por las hordas tártaras, con la connivencia del Celeste Imperio y otras potencias asiáticas, hemos decidido pasar a la acción.
 A partir de hoy ejecutaremos mensualmente a un pasajero berlinés, parisiense o madrileño hasta obtener la inclusión de aquel horrible drama en los manuales de historia, y la creación de un tribunal encargado de establecer ante el mundo la responsabilidad física y moral de los hechos.
Nuestra decisión es irrevocable y estamos dispuestos a mantener el ritmo de nuestros actos mientras nuestras justas y legítimas reivindicaciones sean desatendidas.
 ¡El recuerdo del pueblo oteka no morirá! ¡Temblad, criminales!" 
[…]  
Consoliden su futuro

El nuevo despliegue de misiles de largo alcance por las dos superpotencias rivales y las perspectivas cada vez más claras de una inminente guerra nuclear plantean la dura necesidad de discurrir soluciones radicales, destinadas a garantizar para usted y su familia un máximo de confort y seguridad.
 Construyan sin demora, al contado o a plazos, un refugio antiatómico familiar dotado de toda clase de comodidades modernas: dormitorios, living, sauna, discoteca, sala de proyección vídeo. La perfecta insonorización y empleo de placas infusibles sobre los bloques de cemento armado les permitirán disfrutar de sus películas favoritas mientras a unos metros encima de sus cabezas la onda radiactiva barre todo vestigio de vida y arrasa en unos segundos propiedades e inmuebles. Objetivos ultrasensibles, conectados a un circuito de televisión, les tendrán sin embargo al corriente de cuanto sucede y podrán presenciar si lo desean la agonía de sus antipáticos vecinos paladeando conforme a sus gustos una deliciosa bebida fría o aderezando sin prisas su habitual güisqui on the rocks.
[…]
¡Qué vergüenza!

 Mientras la proclamación de la ley marcial en Varsovia barre brutalmente, de un plumazo, la noble aspiración popular a un socialismo justo y humano, nuestro héroe se lima egoístamente las uñas. Mientras la policía  y fuerzas represivas guatemaltecas eliminan metódicamente a los democratacristianos de izquierda, nuestro héroe bebe un sorbo de agua mineral, se fuma un porro y descarga la vejiga en el lavabo. Mientras cincuenta millones de chinos se reponen penosamente en los hospitales del enorme batacazo sufrido al emprender el gran salto adelante, nuestro héroe planea imaginariamente en un parque atestado de niñas retozonas. Mientras las multinacionales gringas extienden sus tentáculos por Latinoamérica y chupan ávidamente la sangre de sus venas abiertas, nuestro héroe redacta una nueva y aún más indecente carta a las gemelitas. Mientras Albania ofrece el modelo de una sociedad definitivamente limpia de las taras, desviaciones y prácticas revisionistas comunes a cuantos regímenes seudosocialistas reivindican todavía, con desfachatez e impudicia, la herencia gloriosa del materialismo dialéctico, nuestro héroe se extasía ante los cabellos y hombros desnudos de Katie.
Resultado de imagen de paisajes para despues de una batalla Preguntas mordaces y recriminatorias de ex compatriotas, amigos, compañeros de militancia y de su propia y desdichada esposa le ametrallan de modo implacable, sacudiéndole como un punchig-ball: el pueblo vietnamita ha asumido victoriosamente su destino, y tú ¿qué?; los americanos han llegado a la Luna, y tú ¿qué?; están sacando petróleo del Sáhara, y tú ¿qué?; ya hay guerrilla urbana en Segovia, y tú ¿qué?
 Recostada en la pared desconchada, los piececitos descalzos en el bordillo de un macizo de flores, la dulce criatura de sus sueños le observa asimismo con reprobación. La belleza impúber de sus rasgos, sus gestos y ademanes armoniosos, su inocente y prodigiosa malicia se combinan ahora con una expresión de aburrimiento y disgusto que presagia un súbito cambio de humor. La escena impuesta por el fotógrafo le resulta a todas luces molesta: tras contemplar con creciente irritación sus torpes y enojosos preparativos, abandonará su pose de fingido candor y le sacará despectivamente la lengua.
 Ante el cúmulo de menudos contratiempos no previsto siquiera en su horóscopo, el Reverendo se siente de pronto un triste y vulgar retratón.
[…]
Cómo reducir sus tensiones

 La multiplicación de catástrofes de todo tipo en la última década -terrorismo, matanzas, envenenamientos masivos, desastres ecológicos, emergencia de nuevas y mortíferas formas de contaminación, etc.- ha creado, como ustedes saben, un clima general de pesimismo y desasosiego singularmente propicio al desarrollo de nuestros instintos más primitivos y una vertiginosa proliferación de actos delictivos contra las personas y la propiedad.
 Ante la descorazonadora inutilidad de los poderes públicos y manifiesta obsolescencia de los medios de protección clásicos -puertas blindadas, puños americanos, timbres de alarma, revólveres, sprays-, hemos llegado a la conclusión de que se impone un salto cualitativo en el campo de la autodefensa familiar e individual: la fabricación de pequeñas armas destructivas de alcance limitado, capaces de eliminar sin dolor, en unos segundos, a su eventual agresor. Les bastará apuntar su láser portátil al merodeador furtivo o malcarado individuo de apariencia inquietante para que la luz amplificada por la emisión estimulada de la radiación instantáneamente le fulmine sin contribuir con ello, y eso es lo más novedoso y revolucionario, al lamentable deterioro ambiental. El miniláser próximamente en venta en todos los centros gubernativos y comisarías previa exhibición de sus documentos y certificados fiscales, mientras afecta a los órganos vitales del sujeto irradiado, respetará escrupulosamente las normas vigentes en materia de salud pública: personal, cómodo, manejable, humano, su simple posesión aliviará sin duda su estrés, descargándoles del peso insoportable de una sicosis de pánico, fruto conjugado del paro, recesión económica, crisis e inseguridad.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1999. ISBN: 84-239-9483-X.]

domingo, 27 de octubre de 2019

Hijos de las nubes.- Sophie Caratini (1948)

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La adopción
 Nuevo encuentro con los saharauis

«-¿Cómo te llamas?
 -Safía.
 -¿De dónde vienes, qué vienes a hacer a Zuerat?
 Cuento de nuevo mi itinerario. Mis interlocutores parecen apreciar mi franqueza, pero bajan la cabeza, desconcertados. ¿Están decepcionados por lo limitado de mis capacidades? Es posible. En todo caso, su portavoz (¿es el líder, el mayor, el mejor intérprete?) comienza a exponerme la situación del Sáhara Occidental:
 -Nuestro país ha sido progresivamente cercado por las fuerzas coloniales francesas de Mauritania, Argelia y Marruecos. Cuando los españoles llegaron a las costas del Sáhara, hacia 1900-1905, negociaron al principio, con los nómadas, una especie de contrato de alquiler sobre algunos puntos de la costa. A continuación se instalaron en la costa a cambio de un alquiler que los habitantes consideraron como un tributo. Crearon mercados y favorecieron el comercio, sobre todo el de armas. Cuando las tribus del conjunto de Sáhara se unieron para resistir el avance francés, que amenazaba el sur, y luego el norte, los españoles se comportaron en apariencia como auténticos aliados: hasta 1934 prohibieron a los franceses y a sus tropas franquear la frontera y nuestro territorio se convirtió en un refugio para todos los resistentes. Allí encontraban fusiles, mercancías, comida y era un punto de reagrupamiento. Pero cuando los franceses ocuparon el conjunto del Sáhara argelino, todo Marruecos y toda Mauritania, España empezó, por su lado, a conquistar el interior de las tierras del Sáhara, y los habitantes descubrieron que habían sido engañados. El poder impulsó una política paternalista. Al principio, era casi imperceptible, pero después se dieron cuenta de que estaban colonizando todo el país. Distribuyeron mucho dinero para comprar a los notables y los nómadas terminaron convirtiéndose en asistidos. Entonces acabaron perdiendo poco a poco su territorio y el control de su economía. Habían sido neutralizados, pero no se habían sometido. La prueba es que en 1956, cuando Marruecos alcanzó la independencia, quisieron aliarse con los elementos más determinados del Ejército de Liberación marroquí, que pretendían expulsar a los cristianos de los territorios españoles y de Mauritania. Pero esto no funcionó entre ellos, pues los marroquíes querían dirigirlo todo. A continuación, los otros se pusieron de acuerdo para arrinconarlos: franceses, españoles y hasta el sultán de Marruecos. En febrero de 1958, organizaron una operación militar para aplastar cruentamente la resistencia de los habitantes. La llamaron Operación escobillón. A continuación los países del Magreb y de África Occidental obtuvieron la independencia: Marruecos, Túnez, Mauritania, Senegal, Mali y Argelia, todos. Menos el Sáhara español. Claro que España hizo todo lo posible para no llamar la atención, porque había descubierto fosfatos en Seguia al Hamra. Para conformar a los saharauis, gastó aún más dinero. Halagaron a los notables, les concedieron un simulacro de participación en el gobierno y les pagaron generosamente. Enviaron a sus hijos a la Universidad de Madrid, y otros fueron a estudiar a las universidades árabes de los países del Magreb: en Rabat, Argel y Túnez. Casi todos volvieron con la intención de luchar por la independencia. Pero la negociación no era posible. Los españoles no querían escuchar y además los jóvenes no podían tomar la palabra en las reuniones de los notables. Entonces crearon el Frente Polisario, que declaró la lucha armada el 20 de mayo de 1973. Queremos construir una sociedad justa e igualitaria. Nuestras tradiciones prueban que somos capaces de ello. Los habitantes del desierto siempre practicaron la solidaridad, la ayuda mutua y el sentido del honor. Entre nosotros no hay clases explotadoras ni reyes ni emires. Queremos recuperar el concepto de propiedad compartida de la antigua sociedad nómada. Somos un pueblo libre y orgulloso y en nosotros tenemos con qué construir una sociedad moderna mucho más democrática que la vuestra. El rey Hassán II no quiere apoyarnos: tiene la desvergüenza de proclamar que el Sáhara Occidental y toda Mauritania le pertenecen y que el Marruecos histórico se extiende desde el Mediterráneo hasta las orillas del río Senegal. Todo el mundo sabe que eso no es verdad. Ahora, toda la población saharaui se enfrenta a las autoridades españolas. Al principio sólo se trataba de manifestaciones pacíficas que reivindicaban la justicia social. Pero los soldados dispararon sobre la muchedumbre. Esa es la razón de que el movimiento se haya convertido en lucha armada. Ahora nos preocupa mucho el papel que quieren que desempeñe el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, pues todo el mundo está contra nosotros. Por eso estamos documentándonos sobre la historia de la región. Tenemos que conseguir todos los libros, documentos o simples informaciones que nos permitan estudiar en profundidad la cuestión. En este sentido, tu proyecto de investigación sobre la historia y las tradiciones de los erguibat nos interesa mucho. ¿Sabes?, los erguibat sólo son una parte de la población del Sáhara. No debes limitarte al estudio de esta única tribu, que no es ni más ni menos importante que las otras.
 El joven habló largo rato en medio de un silencio atento. Sus compañeros lo escucharon muy concentrados, subrayando su discurso con miradas y gestos dirigidos hacia mí, como si quisieran hacerme sentir físicamente la intensidad de su aprobación y que yo la compartiera. Pues en realidad fue un discurso. Un discurso casi oficial pese a las circunstancias de la clandestinidad: yo soy a sus ojos un representante del mundo occidental. Las últimas frases fueron pronunciadas con fuerza y no se me escapó la llamada en ellas implícita. Me están dirigiendo un ruego, cuyo alcance y contenido no consigo adivinar. Ante tanto patetismo, mi respuesta resulta completamente anodina:
 -Es necesario que comience por algo. Si no me limito a un grupo, corro el riesgo de dispersarme. Además, me parece que los erguibat, al menos por lo que he aprendido hasta ahora, viven de manera muy semejante a la de los demás. Su estudio puede servir de ejemplo, es una primera aproximación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2008, en traducción de Juan Vivanco Gefaell. ISBN: 978-84-96327-44-3.]

jueves, 16 de mayo de 2019

Dos muertes en una vida.- Alfonso Barrera (1929-2013)


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Segunda parte
VII

«Juan me contó que los cursos estaban reuniéndose para protestar por el costo de la vida, que un estudiante viejo matriculado repetidamente en varias facultades, ex alumno egresado de otra universidad, cuya mujer embarazada presidía las manifestaciones, arengaba a los demás, después de haber ganado tres concursos de oratoria.
 Le pregunté si pensaba salir siempre con ellos en esas manifestaciones.
 -Son charlatanes. La mujer va adelante y él atrás, pero, son mi gente -me contestó.
 -¿Quieres decir que esos muchachos y sus grupos son tus lunes?
 -Son mis lunes -fue su respuesta.
 Después dejó de venir a buscarme. Los universitarios gritaban en la calle, los políticos disparaban mortalmente desde sus escondidos balcones, por la izquierda atrás los unos; por la derecha atrás, los otros. Los policías disparaban también. El marido de la mujer embarazada cayó con leves heridas. Sus compañeros dijeron que fue la policía. La policía dijo que fue bala civil. Total, daba lo mismo. Los periódicos se preocupaban mucho de él y supimos que su mujer fue transportada a la maternidad por los vecinos para que diera a luz un hijo prematuro.
 De Juan, nadie dijo nada. Por otra parte, casi nadie lo conocía. Yo mismo no me hubiera percatado de que faltaba si su madre ciega, con el bastón al medio de los brazos, no se hubiera anunciado por mi casa con un verdadero mugido:
 -Mi hijo, nuevamente mi hijo.
 De ese modo supe que Juan faltó a la cita de su sábado. No fuimos al hospital público porque ella ya había pasado por él. En la cárcel, nos dijeron que los presos fueron liberados el viernes. Entonces nos dirigimos a la morgue. Y allí me fue dado verlo, por una vez más, con dos espuelas irregulares coaguladas en las sienes, con sus ojos puestos en muchos valles, vistos desde la más alta de todas las colinas.
 Ana María lloró como nunca, más que en la muerte de Jesús, con tantos susurros y lágrimas que me admiró cómo no se disolvía la nube de sus ojos.
 Encontré minutos para pasar por la covacha de la guayaquileña. Nos conocíamos de vista. Seríamos dos, medité, los medio conocidos que llegábamos a su puerta: la muerte, conmigo.
 Le dije que deseaba hablarle de Juan y no solamente sus ojos respondieron. Todo su cuerpo vibró, sacudido por una fuerza interna. Allí salieron la tierra del ceibo por saber de su lluvia, la del manglar para esperar la inundación, la del banano, en cosecha frustrada, con miedo a la demora y su gangrena; la del petróleo, en actitud de espera ante la broca.
 Se percató de que mis noticias no podían ser buenas y toda esa tierra se ensombreció.
 -No me lo diga, lo sé yo misma. Desde hace casi un mes que no le he visto.
 Ni intentó siquiera suprimir su llanto. Me contó que estaba embarazada. Si tenía maldiciones que decir no las pronunció. Con una voz temblorosa por donde se filtraba la rabia añadió solamente:
 -Por mí no me importa, sé trabajar, ya lo verán más tarde.
 Me contó que Juan moría sin saber del hijo, porque habían tenido cualquier disgusto y ella había pronunciado frases duras. Él, sin decir una palabra, con su manera mansa, simplemente se había marchado.
 -Yo sabía que él iba a volver si yo lo llamaba -anotó.
 Y ahora se interponía la muerte. Cuando le invité a acompañarme a ver a Juan, lloró más fuertemente y se negó.
 -No -me dijo-, no puede ser, la madre de él nunca aceptó compartirlo conmigo. Si voy, la hiero. No cabe. Vayan solos. A ella le toca su muerto. Yo tengo bastante con este hijo.
 Y así sucedió.
 Después de llenar formularios por el cadáver, lo llevamos a Pachanlica. Esta ocasión, en el último regreso, éramos tres a solas.
 Allí lo dejé, después de enterrarlo. Y allí dejé también a Ana María, dentro de su vieja habitación, con la vista en una puerta permanente, donde ya nunca existirían sábados.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1980. ISBN: 84-239-2078-X.]
 

miércoles, 16 de enero de 2019

Política de la no-violencia.- Mahatma Gandhi (1869-1948)


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Sobre el ayuno
(Discurso pronunciado en Nueva Delhi, el 12 de enero de 1948)

«Una persona ayuna por motivos de salud, cumpliendo las leyes que gobiernan dicha salud, o ayuna como penitencia por el mal que ha hecho y que lamenta. En estos casos, quien ayuna no necesita creer en la no-violencia. Hay, sin embargo, un ayuno que el seguidor de la no-violencia se siente a veces impulsado a emprender como protesta contra alguna injusticia cometida por la sociedad y lo hace porque cree en la no-violencia y no tiene otra alternativa.
 Esta es la situación en la que me encuentro actualmente. Cuando, el 9 de septiembre, regresé a Delhi desde Calcuta, tenía la intención de ir al Punjab occidental. Pero no pudo ser. La alegre Delhi parecía una ciudad de muertos. Al bajar del tren observé la tristeza en todos los rostros. Incluso el Sardar (1), que nunca pierde el buen humor y la alegría, no era una excepción esta vez.
 La causa de esta situación no la conocía. Él estaba en la plataforma donde iba a recibirme y sin pérdida de tiempo me informó de los disturbios que habían tenido lugar en la metrópolis de la Unión. De inmediato comprendí que tenía que quedarme en Delhi y detener los disturbios o morir.
 Existe ahora una calma aparente, debida a la rápida acción militar y policial. Pero permanece latente una tormenta que puede estallar en cualquier momento. Para mí, esto no es el cumplimiento de mi voluntad de detener los disturbios, que es lo único que puede salvarme de la muerte, esa amiga incomparable. Anhelo una amistad de corazón entre hindúes, sijs y musulmanes. Tal amistad existía hasta hace poco tiempo pero hoy ya no existe. Nos encontramos en una situación que ningún patriota indio digno de tal nombre puede contemplar con indiferencia.
 Aunque la voz interior ha estado llamándome durante mucho tiempo, he hecho oídos sordos por miedo a que fuera la voz de Satán, es decir, la voz de mi debilidad. No quiero sentirme nunca falto de recursos. Un satyagrahi (2) no debería sentirse nunca carente de ellos. El ayuno es su último recurso en lugar de la espada (la suya o la de otros).
 No tengo ninguna respuesta que dar a los amigos musulmanes que me ven día tras día y me preguntan qué tienen que hacer. Mi impotencia ha estado atormentándome últimamente. Desaparecerá en cuanto empiece el ayuno. Lo he estado considerando mucho en los tres últimos días. La conclusión final ha brillado con fuerza y me ha hecho sentirme feliz. Ninguna persona, si es pura, tiene nada más precioso que dar que su vida. Espero y oro para que tenga en mi interior la pureza que justifique este paso. Os pido que bendigáis este esfuerzo y que oréis por mí y conmigo.
 Empezaré el ayuno mañana después de la primera comida. Su duración será indefinida y podré beber agua con o sin sales y lima ácida. Pondré fin al ayuno cuando esté convencido de que los corazones de todas las comunidades han vuelto a unirse, no por causa de alguna presión exterior, sino porque en ellos se ha despertado el sentido del deber.
 La recompensa será la recuperación del decaído prestigio de la India, y de su declinante soberanía sobre el corazón de Asia y, a través de ella, del mundo. Me duele pensar que el hecho de que la India pierda su alma significará la pérdida de la esperanza de un mundo doliente, herido y hambriento. Que ningún amigo o enemigo, si es que hay alguno, se enfurezca conmigo. Hay amigos que no creen en el método del ayuno para la sensibilización de la mente humana. Tendrán paciencia conmigo y me concederán la misma libertad de acción que reclaman para sí mismos.
 Con Dios como mi único y supremo consejero, siento que tengo que tomar la decisión sin pedir consejo a nadie más. Si he cometido un error y lo descubro, no dudaré en proclamarlo desde los tejados y desandaré el camino equivocado. Hay pocas posibilidades de que pueda hacer semejante descubrimiento. Si hay una clara indicación, y afirmo que la hay, de la voz interior, no me opondré a ella. Pido a todos que no se discuta este paso y que se apoye sin reservas. Si toda la India responde, o si al menos lo hace Delhi, el ayuno podría acabar pronto.
 Pero tanto si acaba como si se prolonga o no termina nunca, que no se adopte una actitud blanda al afrontar lo que se podría denominar como una crisis. Los críticos han censurado algunos de mis ayunos anteriores, pensando que el resultado habría sido contrario a mi postura, si no hubiera sido por la presión ejercida por los ayunos. ¿Qué valor puede tener un resultado contrario cuando el propósito es manifiestamente acertado? Un ayuno puro, llevado a cabo como un deber, tiene en sí mismo su recompensa. No me embarco en un ayuno por el resultado que pueda proporcionar. Lo hago porque tengo que hacerlo. Por eso exhorto a todos a que examinen desapasionadamente el propósito de este ayuno y me dejen morir, si tengo que hacerlo, en paz. La muerte sería para mí una liberación gloriosa, comparada con ser testigo impotente de la destrucción de la India, del hinduismo, el sijismo y el islam. Esa destrucción sucederá ciertamente si Pakistán no asegura la igualdad de estatus y la seguridad para la vida y las propiedades de todos los que profesan las diferentes religiones del mundo, y si la India no actúa del mismo modo. Entonces el islam morirá en los dos países, pero no en el mundo. Ahora bien, el hinduismo y el sijismo no tienen un mundo fuera de la India. La resistencia de aquellos que no estén de acuerdo conmigo será honrada por mí, aunque sea implacable. Que mi ayuno despierte la conciencia y no la amortigüe.
 Basta que contempléis la podredumbre que se ha establecido en la amada India y os alegraréis pensando que uno de sus humildes hijos es suficientemente fuerte y tal vez lo bastante puro para dar este paso. Si no es ninguna de estas dos cosas, no constituye más que una carga sobre la tierra. Cuanto antes desaparezca, y la atmósfera india quede libre de su peso, mejor para él y para todos los afectados.
 Rogaría a todos mis amigos que no acudan precipitadamente a la Birla House, ni traten de persuadirme, ni se preocupen por mí. Estoy en manos de Dios. Sería mejor que dirigieran la búsqueda hacia su interior, pues estamos ante un tiempo que nos pondrá a prueba a todos nosotros. Quienes permanecen en su puesto, cumpliendo con su deber diligente y correctamente, ahora más que nunca, me ayudarán a mí y a la causa de todas las maneras posibles. El ayuno es un proceso de autopurificación.»
 
 (1) Significa "jefe", en lengua gujarati.
 (2) Neologismo inventado por Gandhi, significa "insistencia en la verdad".
 
    [El texto pertenece a la edición en español de El Mundo (Ciro Ediciones), 2011, en traducción de Rubén Campos Palarea. Depósito legal: M-13077-2011.]