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domingo, 20 de septiembre de 2026

Kaputt.- Curzio Malaparte (1898-1957)

V.- Las ciudades prohibidas

«En ninguna parte de Europa me había parecido el alemán tan desnudo, tan al descubierto, como en Polonia. En el transcurso de mi larga experiencia bélica, me había ido persuadiendo de que el alemán no tiene ningún miedo del hombre fuerte, del hombre armado que lo afronta con valor y se mantiene erguido. El alemán tiene miedo de los inermes, de los débiles, de los enfermos. El tema del "miedo", de la crueldad alemana como efecto del miedo, se había convertido en el tema fundamental de toda mi experiencia. Al que le vea bien, con inteligencia moderna y cristiana, este "miedo" mueve a piedad y a horror, y este miedo no me había suscitado nunca tanto horror y piedad como ahora en Polonia, en donde se me aparecía con toda su complejidad el elemento morboso y femenino de su naturaleza. Lo que mueve al alemán a la crueldad, a los actos más fría, más metódica, más científicamente crueles, es el miedo. El miedo a los oprimidos, a los inermes, a los débiles, a los enfermos; el miedo a los viejos, a las mujeres y a los niños, el miedo a los judíos. Y si bien ellos se esfuerzan en esconder este misterioso "miedo", se ven siempre conducidos fatalmente a hablar de él y en los momentos más inoportunos. Especialmente en la mesa, donde, bien por el calor del vino y de la comida, o por la confianza que experimentan al no sentirse solos, o por la inconsciente necesidad de demostrarse a sí mismos que no tienen miedo, el alemán se descubre y se abandona a hablar de hambre, de fusilamientos y de devastaciones con una complacencia morbosa que rebela no sólo el rencor, los celos, el amor desilusionado y el odio, sino también un miserable y maravilloso furor de abyección. La misteriosa nobleza de los oprimidos, de los enfermos, de los débiles, de los inermes, de los viejos, de las mujeres y de los niños la advierte el alemán, la siente, la envidia y la teme, quizá más que ningún otro pueblo de Europa. Y por eso se venga de ello. Hay una especie de anhelante humillación en la arrogancia y en la brutalidad del alemán, una profunda necesidad de autodenigración en su despiadada crueldad, un furor de abyección en su misterioso "miedo".
 Yo escuchaba las palabras de los comensales con una piedad y un horror que vanamente me esforzaba en ocultar, cuando Frank, dándose cuenta de mi estado quizá para hacerme partícipe de su propia y morbosa humillación, se volvió hacia mí con irónica sorpresa y me preguntó:
 -¿Ha visto el ghetto, mein lieber Malaparte? (1)
 En efecto, unos días antes había estado en el ghetto de Varsovia. Crucé el umbral de la "ciudad prohibida", rodeada por la alta muralla de ladrillos rojos que los alemanes han construido para meter el recinto como dentro de una jaula. En la puerta, vigilada por una guardia de las SS armada de ametralladoras, estaba fijo el manifiesto, firmado por el gobernador Fischer, que condenaba con la pena de muerte al judío que intentara salir. Y desde los primeros pasos, lo mismo que en las "ciudades prohibidas" de Cracovia, Lublin, Czestochowa, me había aterrado el silencio glacial que reinaba por las calles atestadas de miserables turbas harapientas y atemorizadas. Había intentado adentrarme yo solo por el ghetto, sin la escolta del agente de la Gestapo que me seguía por todas partes como una sombra, pero las órdenes del gobernador Fischer eran severas, y también aquella vez tuve que resignarme a la compañía de la "guardia negra", un joven alto, rubio, de rostro flaco y mirada clara y fría. Tenía un rostro bellísimo, una frente alta y pura, que el casco de acero sombreaba. Caminaba entre los hebreos como un ángel del Dios de Israel.
 El silencio, leve y transparente, parecía flotar en el aire; y en su fondo se oía el ligero chasquido de mil pasos en la nieve, semejante a un rechinar de dientes. Atraída por mi uniforme de oficial italiano, la multitud levantaba el rostro barbudo, mirándome con los ojos apagados, enrojecidos por el frío, la fiebre y el hambre. Las lágrimas brillaban en las pupilas, se deslizaban entre las sucias barbas. Si por casualidad empujaba a alguien en la aglomeración y le pedía excusas, diciendo "Prosze Pana" (2), el tropezado levantaba entonces la cabeza, mirándome incrédulo, lleno de asombro. Yo sonreía repitiendo: "Prosze Pana", porque me daba cuenta de que mi amabilidad era para ellos una cosa maravillosa. Sabía que desde hacía dos años y medio de angustia y bestial esclavitud, era aquella la primera vez que un oficial enemigo (no alemán, sino italiano, aunque para ellos no bastara, sin embargo) decía amablemente "Prosze Pana" a un infeliz judío del ghetto de la que fue la hermosa Varsovia.
 De vez en cuando me veía obligado a pasar por encima de un muerto. Caminaba entre la multitud sin ver dónde ponía los pies, y por eso tropezaba de vez en cuando con un cadáver extendido sobre la acera entre los rituales candelabros hebreos. Los muertos yacían abandonados en la nieve, en espera de que un furgón pasara a recogerlos: pero la mortalidad era muy grande y los furgones escasos. No había tiempo para recoger a todos, y por eso los muertos permanecían días y días extendidos sobre la nieve entre apagados candelabros. Muchos yacían encima de las baldosas de los zaguanes de las casas, en los pasillos, en los rellanos de las escaleras, o en las camas dentro de habitaciones atestadas de gente pálida y silenciosa. Mostraban las barbas sucias de nieve y fango. Y algunos tenían los ojos desencajados, siguiéndonos largo rato con una mirada terriblemente fija. Rígidos y duros, parecían estatuas de madera, recordándome los cadáveres judíos de Chagall. Las barbas parecían azules en los rostros lívidos y descarnados por el hielo de la muerte; de un azul tan puro que recordaba el del mar, aquel misterioso y brillante azul del mar en ciertas horas misteriosas del día.
 El silencio de las calles de la "ciudad prohibida", aquel silencio glacial, estremecido como por un escalofrío, por el leve rechinar de dientes, me oprimía de tal modo que, de pronto, me puse a hablar solo, en voz alta. Todos se volvieron a mirarme con una expresión de profundo asombro y de temor en las miradas. Entonces empecé a observar los rostros de la multitud. La mayoría de los hombres aparecían con barba, y las pocas caras afeitadas que se veían eran espantosas, tan desnudas se reflejaban en ellas el hambre y la desesperación. Las de los adolescentes estaban cubiertas por un vello rizado negruzco o rojizo sobre la piel, que parecía de cera; las caras de las mujeres y de los niños eran como de papel. Y en todas se veía ya impresa la azulada sombra de la muerte.
 Los ojos, en aquellos rostros de papel gris o blanco, de una blancura de yeso, parecían extraños insectos, dispuestos a hurgar en lo más profundo de las órbitas con sus patitas velludas y a chupar aquel poco de luz que resplandecía en sus cuencas. Al acercarme yo, aquellos repugnantes insectos se movían inquietos; dejando por un instante su presa, salían del fondo de las órbitas como de una madriguera, mirándome fijamente, atemorizados. Eran ojos de una vivacidad extraordinaria, ardientes de fiebre, húmedos y melancólicos. Otros relucían con reflejos verdosos semejantes a escarabajos y otros eran rojizos, negros, blancos, apagados y opacos, tenues por el velo sutil de la catarata. Los ojos de las mujeres mostraban una valiente firmeza y sostenían mi mirada con insolente desprecio. Luego se detenían en la cara de mi acompañante y entonces yo observaba que una sombra de miedo y asco los empañaba repentinamente. Pero los ojos de los niños eran terribles, no podía mirarlos. Sobre aquella negra multitud, vestida con largos caftanes negros, las frentes cubiertas con gorros negros también, planeaba un cielo de algodón sucio, un cielo de algodón hidrófilo.
 En las encrucijadas de las calles vigilaban parejas de guardias hebreos, con la estrella de David estampada en color rojo en el brazalete amarillo.»

 (1) Mi querido Malaparte.
 (2) Perdone.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones G.P., 1969, en versión española de R. Coll Robert, pp. 106-109. Depósito legal: B. 23.565-1969]

domingo, 5 de julio de 2026

El violín de Goebbels.-Yoann Iacono (1980)

14

  «Cada cincuenta años más o menos, preferiblemente durante la temporada estival o en primavera, París se libra a su pueblo. Casi siempre con la misma cronología de la insurrección popular, la ciudad empieza a agitarse, nos empujamos, nos gritamos, saqueamos, rompemos, robamos, destruimos, matamos. Al principio son actos aislados, pequeños grupos. Luego, tumultos más grandes, provocaciones. Después, barricadas, bandas armadas. Hasta llegar a la multitud decidida, despiadada, compacta.
 La rebelión contra la desigualdad o la opresión es lo que agita a la multitud parisina cada medio siglo. Durante la Revolución francesa, la Bastilla pagó el precio el 14 de julio de 1789. Luego las barricadas de la Revolución de febrero de 1848. Más adelante la columna de Vendôme, símbolo del despotismo imperial, desmantelada en mayo de 1871 durante la Comuna de París. Y sigue siendo así este 19 de agosto de 1944, cuando las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) marcan el inicio de la insurrección popular al tomar la Prefectura de policía.
 Y, en esta ocasión, participo.
 Nejiko aún no se ha ido a Berlín y se encuentra en el centro de uno de esos momentos vertiginosos de la historia. Ni la intimidación de Oshima ni la violencia de Gerigk la han convencido para abandonar París. Ha estado ocho años en el corazón de esta Europa en guerra, tocando en todas esas ciudades bombardeadas y ocupadas. La música le sirve de coraza.
 Sentada en una banqueta roja de piel en un desierto Café de Flore, escucha a su amiga Yoshiko implorándole que se vaya de la ciudad con ella al día siguiente, en un tren especialmente fletado para oficiales alemanes. Yoshiko le dice que su novio actual, el asistente personal del general Dietrich von Choltitz, oyó a Hitler dar la orden de arrasar París antes de que llegaran los aliados.
 Afuera, las aceras están llenas de transeúntes ruidosos y la calle ruge, llena de coches pequeños que enarbolan la bandera francesa. A través de las ventanas, boinas con escarapelas tricolores gritan que luchamos en la plaza de la Madeleine y en el Barrio Latino.
 Como antiguo miembro de la Brigada Musical de los Guardianes de la Paz, he respondido a la llamada de las FFI para recuperar la Prefectura de policía; incluso tocaré allí con mi trompeta la primera Marsellesa desde la ocupación alemana.
 Yoshiko pierde la paciencia. ¿Acaso Nejiko no entiende que, aunque salgan vivas de los bombardeos, las arrestarán porque su país está en guerra contra los americanos, que se encuentran a tan sólo unos pasos de aquí? ¡Japón es el aliado de los nazis y todos saben que ellas tocan en conciertos para apoyar a los ejércitos de las SS!
 Como huyendo de un ataque, ahora son los camiones de la Wehrmacht los que pasan en tromba. De pie, con actitud resuelta, las tropas de las SS apuntan con revólveres y metralletas a los curiosos. Desde la rue de Tournon llegan escuadrones de alemanes, fusil en mano, para instalar ametralladoras en la acera. Asustado, el dueño del café corre las cortinas y cierra la puerta a cal y canto.
 Nejiko recuerda temblando las palabras de Gerigk al desaconsejarle formalmente que frecuentara el Flore, "esa guarida de miembros de la Resistencia y artistas fracasados", el día que supo que ella era una asidua de esta institución del bulevar Saint-Germain. Gerigk prefiere el distrito de Montparnasse, donde encuentra a los oficiales de la Wehrmacht en el Dôme o en la Closerie des Lilas, su local preferido.
 En el Flore, Nejiko se ha cruzado regularmente -sin conocerlos- con Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Albert Camus. Un día, Camus estaba almorzando con María Casarès y, a petición de ésta, le dirigió la palabra. La actriz, muy alegre ese día, e intrigada por la presencia de aquella joven japonesa que estaba sola, instó a su acompañante a invitarla a su mesa. Muy seguro de sí mismo, el escritor se acercó a Nejiko e intentó iniciar una conversación señalando el estuche de su violín para preguntarle si era música. Ella pensó que él quería robarle su instrumento y fingió no entenderlo, mientras agarraba instintivamente el Stradivarius, despertando la perplejidad de su interlocutor. Jovial, Camus volvió a la mesa donde Maria Casarès ya se estaba burlando de él. "Cualquier negativa a comunicarse es un intento de comunicación", le dijo en tono burlón, volviendo a sentarse. Divertida por esta alusión a la primera novela de su amante, Maria concluyó su frase con una carcajada. "Cualquier gesto de indiferencia o de hostilidad es una invitación encubierta".
 Ese 19 de agosto no hay ni rastro de Camus: está ocupado con Sartre para montar guardia en la Comédie Française. De todos modos, en el café no hay nadie. El Flore está vacío y su propietario muy agitado. A lo lejos se empiezan a escuchar las primeras grandes explosiones. Un tanque alemán llegado de la plaza del Châtelet toma posición en la explanada de Notre-Dame. Otros seis vienen para apoyarlo y abren fuego contra la puerta este de la Prefectura, donde yo me encontraba entonces con mis camaradas de la Resistencia. Pero volveré a hablar de esto más adelante. Arrastrándose, un guardián de la paz consigue prender fuego a uno de los alemanes con un cóctel molotov. París está de nuevo en guerra. La ciudad se rebela contra el ocupante.» 

 [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2022, en traducción de Josep Escarré, pp. 107-111. ISBN: 978-84-19004-35-2.]
 

domingo, 8 de enero de 2023

La larga caminata.- Slavomir Rawicz (1915-2004)


Sławomir Rawicz (Author of The Long Walk)
La vida en el campo 303


 «Se disipó la neblina del amanecer y, a la fría y clara luz del día, estuve observando el lugar adonde me habían consignado y en el cual debía pasar veinticinco años de mi vida. El Campo 303, situado entre los quinientos y seiscientos kilómetros al Sur del Círculo Polar Ártico, era un recinto rectangular de cerca de un kilómetro de longitud y unos cuatrocientos metros de ancho, en cuyas esquinas se elevaba una torre de vigilancia construida sólidamente con madera y ocupada por soldados con ametralladoras. La puerta principal, en torno a la cual se hallaban los cuarteles, las cocinas, los almacenes y las oficinas administrativas, daba al oeste, en uno de los lados cortos del rectángulo.
  Nos separaban del bosque las habituales defensas de los campos de concentración. Mirando desde dentro, la primera barrera entre nosotros y la libertad era una valla de alambre espinoso retorcido, detrás de la cual había un foso de unos dos metros de profundidad, seco, cuyo lado más próximo a nosotros tenía una inclinación de unos treinta grados mientras que la pared del otro lado era vertical y terminaba al pie de la doble empalizada. El exterior de estos dos muros de madera, de una altura de unos cuatro metros, se hallaba a su vez protegido por más alambradas.
 Los ocupantes del Campo 303 que nos encontramos a nuestra llegada eran en su mayoría finlandeses y nos recibieron con cierta desconfianza. Nosotros éramos cuatro mil quinientos. Ellos, un millar. Salieron de cuatro grandes cabañas al extremo Este del Campo. Estos barracones de los prisioneros, construidos con madera, tenían ochenta metros de longitud por diez de anchura, y su forma se adaptaba a la del Campo. Sus puertas daban al oeste y estaban protegidas del viento y la nieve por un estrecho porche cubierto y con abertura hacia el sur. Comprendimos enseguida que no había sitio para nosotros, los recién llegados.
 Pero no pudimos pensar mucho tiempo en nuestra situación porque se nos ordenó ponernos en fila para el reparto de la comida. Pasamos uno por uno ante la ventanilla de la cocina, uno de los edificios a la izquierda de la puerta principal. Como siempre, nos dieron café ersatz y pan. Cada uno se bebía el café lo antes posible y entregaba el recipiente en otra ventanilla. Abundaba el líquido caliente, pero escaseaban los utensilios. Esta escasez duró todo el tiempo que permanecí en el Campo y afectaba también a los cuencos de madera donde nos servían la sopa.
 En medio del terreno libre, los soldados colocaron una plataforma de madera, portable. En torno a ella, obedeciendo las órdenes de un grupo de suboficiales, formaron un gran círculo. Los prisioneros quedamos encerrados en este círculo, de frente a la plataforma. Acompañados por una pequeña escolta armada, dos coroneles rusos se dirigieron hasta el pie de la plataforma y uno de ellos subió a esta. Desde mi sitio —en primera fila—, pude observarle bien. Era alto, delgado y de aire distinguido, con el cabello canoso en las sienes, un típico ejemplar del militar profesional de cualquier país. Su bigotito gris estaba perfectamente cuidado y en su rostro delgado dos profundas arrugas bajaban desde las comisuras de la boca a su firme barbilla. Inclinaba la cabeza levemente hacia delante y me impresionó su aire de indiferencia, esa cualidad indefinible de autoridad natural, sin esfuerzo, que todo aquel que haya servido en un ejército habrá encontrado en los jefes militares profesionales. Se hallaba ante una masa hostil, una multitud de seres humanos tratados como fieras salvajes y cuyo odio contra todo lo ruso se podía respirar en el ambiente. Era un odio casi tangible. Pero el coronel no parecía tener en cuenta nada de esto. Estaba completamente tranquilo y no había en él ni un solo movimiento nervioso. Por la masa de prisioneros corrió el rumor de un comentario. El coronel nos abarcó primero con la mirada, fríamente. Se produjo un silencio absoluto.
  Habló secamente, en un ruso claro: “Soy el coronel Uchákov —dijo—. Soy el comandante de este Campo. Habéis venido aquí a trabajar y espero de vosotros un trabajo intenso y disciplinado. No os hablaré de castigo ya que, probablemente, todos sabéis lo que os espera si no os portáis bien. Lo primero de lo que debemos preocuparnos es de proporcionaros alojamiento. Por tanto, vuestro primer trabajo será la construcción de barracones. La mayor rapidez y eficacia en el trabajo significarán para vosotros disponer antes de un refugio. Depende de vosotros. En todas las comunidades hay gente que espera que los demás trabajen por ellos. Aquí no toleraremos ese truco y a todos os conviene que nadie deje de cumplir con su deber. Espero que no me creéis dificultades con vuestra conducta. Estoy dispuesto a escuchar vuestras quejas y haré cuanto esté en mi poder por ayudaros. No disponemos de médicos, pero contamos con buenos enfermeros especializados. Aquellos de vosotros que se encuentren ahora en un estado físico demasiado malo serán acomodados en los barracones ya construidos mientras el resto de vosotros construye los nuevos. Eso es todo”.
  Descendió de la plataforma. Inmediatamente, el otro coronel ocupó su lugar. Más que subir, saltó con precipitación como si fuera a cumplir un deber de extremada urgencia. En contraste con el anterior, este otro coronel era inquieto, nervioso y se notaba que no estaba acostumbrado al ejercicio del poder. Lo exhibía como una bandera. Iba mejor vestido que Uchákov. Llevaba una guerrera de piel y botas de cuero fino, relucientes. Era lo bastante joven como para haber sido hijo de Uchákov.
  No recuerdo su nombre. Era el comisario político y le llamábamos el politruk, título abreviado por el que eran conocidos estos militares políticos. Se pasó un minuto mirándonos, sonriendo levemente, seguro de sí mismo y rebosando arrogancia. Los prisioneros se removieron molestos y luego quedaron de nuevo inmóviles.
  Nos habló como un sargento veterano, con rudeza y de un modo insultante: “Contemplaos a vosotros mismos —dijo encogiéndose de hombros y poniéndose en jarras—. Parecéis un rebaño de animales. ¡Contemplaros a vosotros mismos! Quizás os creáis gente civilizada capaz de gobernar el mundo. ¿No os dais cuenta de las estupideces que os han metido en la cabeza?”.
 Envalentonado por hallarse como disuelto en la masa anónima, uno de nosotros se atrevió a responder. Su voz rompió como una bomba la pausa que el politruk se había permitido para producir mayor efecto: “¿Cómo vamos a parecer otra cosa? No nos permiten ustedes que nos afeitemos, carecemos de jabón y de ropa limpia”.
  El politruk se volvió en dirección a la voz: “Si alguien me vuelve a interrumpir —gritó—, haré que os supriman a todos las raciones de alimentos”.
  Nadie volvió a decir ni una palabra. “Cuando hayáis pasado aquí algún tiempo —prosiguió el politruk—, y bajo la guía del Camarada Stalin, haremos de vosotros ciudadanos útiles. Los que no trabajen, no comerán. Mi deber consiste en perfeccionaros. Aquí, el que no trabaja, no come. Pero no todo ha de ser trabajo. Seguiréis cursos culturales para corregir vuestro modo de pensar. Disponemos de una excelente biblioteca que podréis utilizar después de las horas de trabajo”.
LA LARGA CAMINATA - RAWICZ SLAVOMIR - Sinopsis del libro, reseñas ...  Después de seguir diciendo cosas por el estilo se interrumpió de pronto y, tras una breve pausa, dijo: “¿Alguna pregunta?”. Un prisionero preguntó: “¿Cuándo llega aquí la primavera?”. El politruk replicó: “No hagáis preguntas imbéciles”. Con lo cual terminó la reunión.
  Los primeros días de trabajo, en la construcción de los nuevos barracones, fueron caóticos. Todos estábamos dispuestos a trabajar en firme, pero resultaba dificilísimo señalarle a cada uno el trabajo para el que se hallaba mejor dotado. A los tres días se fue realizando por sí sola esta selección. Había entre nosotros arquitectos y aparejadores que pudieron hacer los planos, y labradores para abrir los cimientos preparando boquetes donde irían los principales postes de la estructura. Luego, los carpinteros y albañiles hicieron lo que les correspondía. Numerosos equipos de leñadores y carpinteros salían todas las mañanas a las 8 al bosque, bien vigilados por fuerte escolta, para cortar troncos de árboles y darles la forma requerida.
  Yo me uní a los leñadores. Un toque de diana nos despertaba a las 5 de la mañana. Había una procesión de hombres medio dormidos hacia las letrinas, unas zanjas abiertas por la parte interior de las alambradas detrás de donde estábamos construyendo el barracón. Luego nos poníamos en fila para el desayuno. Los soldados sacaban las herramientas del almacén. Las dejaban a la izquierda de la puerta, las controlaban meticulosamente y, con el mismo cuidado, hacían lo mismo al final de la jornada. Conforme íbamos saliendo por la puerta principal, un listero comprobaba nuestros nombres en sus listas.
 Los árboles que dominaban en el inmenso bosque eran los pinos, pero también había en abundancia abedules y terebintos. Trabajé con un grupo de "derribadores". Nuestra tarea consistía en aserrar, manejando entre dos una pesada sierra, el tronco de cada árbol. De vez en cuando variaba de ocupación abatiendo con un hacha las ramas de los árboles. Desde los días en que siendo un chiquillo vivía en nuestra finca de Pinsk, sabía manejar el hacha y siempre me ha divertido este ejercicio. Notaba que recobraba fuerzas día a día. Me absorbía la actividad y el bullicio de nuestro trabajo. Me enorgullecía poder utilizar de nuevo mis manos. A la 1 de la tarde regresábamos al Campo, llevando a los constructores la madera que habíamos aserrado. Nos daban una ración de sopa a mediodía y volvíamos a trabajar al bosque hasta que oscurecía. La hilera de barracones aumentaba de longitud cada día.
 Quince días después de nuestra llegada estaban terminados los barracones. Formaban dos filas con una «calle» en medio de cada diez cabañas. A mí me asignaron una litera en una de las seis últimas, en las que quedaban aún ciertos detalles por terminar, y recuerdo la maravillosa sensación de calor y comodidad, de protección, que sentí la primera noche en que dejé de dormir a la intemperie y me instalé en mi nuevo “hogar”. Olía deliciosamente a pino recién cortado. A lo largo de cada pared de madera había cincuenta literas triples hechas simplemente de tablas sostenidas por cuatro postes. Tres estufas de hierro espaciadas a lo largo de la habitación y alimentadas por astillas la calentaban e iluminaban de noche. Todos los días traíamos del bosque una buena cantidad de astillas. Siguiendo el ejemplo de los que estaban ya en el Campo a nuestra llegada, llevábamos todo el musgo que podíamos meter en nuestras fufaikas para extenderlo sobre las duras tablas de nuestras literas. Las estufas no tenían chimenea. El humo salía por un tubo corto y ascendía al techo. El olor del humo de la madera se mezclaba con el aroma del pino. Yaciendo en mi litera, que era la de arriba de las tres, cruzaba las manos detrás del cuello y escuchaba lo que hablaban mis compañeros.
 Acostado de lado en una de las literas superiores próximas a la mía, se hallaba un hombre de unos cincuenta años. Charlamos sobre la construcción de las cabañas alabando a los que la habían dirigido y llegábamos, en nuestro sentido de la justicia, hasta elogiar a los rusos por sus excelentes estufas. Luego hablamos sobre nuestras respectivas vidas. Me dijo que había sido maestro de escuela en Brest-Litovsk y sargento de la reserva en el Ejército polaco. Al invadir los rusos nuestro país, este hombre perdió su colocación porque se la dieron a un comunista que había asistido a uno de esos cursillos intensivos —de quince días— de pedagogía soviética. Las madres seguían  llevándole sus niños hasta que alguien se quejó de esto y lo detuvieron. Después de un breve interrogatorio, lo condenaron a diez años. Le compadecí, aunque a la vez pensaba: “Tienes suerte, amigo, ¡diez años!”. Continuaba contándome cosas cuando me dormí profundamente. Era mi primer sueño normal desde hacía muchos meses.
  Tuvimos que pasar muchas horas en nuestras cabañas. Después de las 6 de la tarde, todos los prisioneros teníamos que estar ya encerrados en ellas. Se nos permitía una cierta libertad de movimiento dentro de los barracones y alrededor de ellos, siempre que no formásemos grupos numerosos. Ambas filas de barracones se hallaban constantemente vigiladas desde las torres del extremo Este del recinto, pero mientras los prisioneros obedeciésemos las severas órdenes de mantenernos alejados de las alambradas, los guardias no intervenían.»

     [El texto pertenece a la edición en español de  Editorial Dipankara, 2011, en traducción de Pepe Cienfuegos, pp. 69-74. ISBN: 978-8493784393.]

domingo, 25 de diciembre de 2022

La muerte y la doncella.- Ariel Dorfman (1942)


JTM
Tercer acto. Escena 1


  «Está atardeciendo. Gerardo y Paulina están afuera, en la terraza frente al mar, Gerardo tiene una grabadora. Roberto adentro, atado.
   Paulina: No entiendo por qué.
   Gerardo: Necesito saber.
   Paulina: ¿Por qué? (Pausa breve)
  Gerardo: Te quiero, Paulina. Necesito saberlo de tus labios. No es justo que después de tantos años quien me lo diga sea él. No sería… tolerable.
  Paulina:  En cambio si yo te lo digo ¿es… tolerable?
  Gerardo: Más tolerable que si me lo dice primero él.
 Paulina: Ya te lo conté una vez, Gerardo. ¿No te bastó?
  Gerardo: Hace quince años me empezaste a contar y después…
 Paulina: No te iba a seguir contando frente a esa puta, ¿no? Apareció esa puta, saliendo de tu dormitorio medio desnuda preguntándote que por qué estabas tardando tanto, no iba a…
   Gerardo: No era puta.
   Paulina: ¿Sabía ella dónde estaba yo? (Pausa breve.) Sabía, claro que sabía. Una puta. Acostarse con un hombre cuando su mujer no estaba precisamente en condiciones de defenderse, ¿no?
   Gerardo: No vamos a empezar con esto de nuevo, Paulina.
   Paulina: Tú empezaste.
   Gerardo: Cuántas veces te lo tengo que… Llevaba dos meses tratando de ubicarte. Ella pasó a verme, dijo que podía ayudar. Nos tomamos unos tragos y… por Dios, yo también soy humano.
   Paulina: Mientras yo te defendí, mientras tu nombre no salió de mi boca. Pregúntale, pregúntale a Miranda si yo siquiera te mencioné una vez, mientras que tú…
   Gerardo: Ya me perdonaste, ya me perdonaste, ¡hasta cuando! Nos vamos a morir de tanto pasado, nos vamos a sofocar de tanto dolor y recriminación. Terminemos la conversación que interrumpimos hace quince años, cerremos este capítulo de una vez por todas, terminémosla de una vez y no volvamos a hablar de esto nunca más.
   Paulina: Borrón y cuenta nueva, ¿eh?
  Gerardo: Borrón no, cuenta nueva sí. ¿O vamos a estar pagando una y otra y otra vez la misma cuenta? Hay que vivir, garita, vivir, hay tanto futuro que nos…
   Paulina: ¿Y qué querías? ¿Qué te hablara frente a ella? ¿Qué te dijera, me violaron, pero yo no dije tu nombre, frente a ella, que yo te lo…? ¿Cuántas veces?
   Gerardo: ¿Cuántas veces qué?
   Paulina: ¿Cuántas veces le hiciste el amor? ¿Cuántas?
   Gerardo: Paulina…
   Paulina: ¿Cuántas?
   Gerardo: Mi amor.
   Paulina: ¿Cuántas? Yo te cuento, tú me cuentas.
 Gerardo: (desesperado, sacudiéndola y después abrazándola) Paulina, Paulina, Paulina. ¿Me quieres destruir? ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: Lo vas a conseguir. Lo vas a conseguir y vas a quedarte sola en un mundo en que yo no exista, en que no me vas a tener más. ¿Eso es lo que quieres?
   Paulina: Quiero saber cuántas veces hiciste el amor con esa puta.
   Gerardo: No sigas, Paulina. No digas ni una palabra más.
  Paulina: La habías visto antes, ¿no? No fue ésa la primera noche. Gerardo, la verdad, necesito saber la verdad.
   Gerardo: ¿Aunque nos destruya?
   Paulina: Tú me cuentas, yo te cuento. ¿Cuántas veces, Gerardo?
   Gerardo: Dos veces.
   Paulina: Esa noche. ¿Y antes?
   Gerardo: (muy bajo) Tres.
   Paulina: ¿Qué?
   Gerardo: (más fuerte) Tres veces antes.
   Paulina: ¿Tanto te gustó? (Pausa) Y a ella le gustó, ¿no? Le tiene que haber gustado si volvió…
   Gerardo: ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo, Paulina?
   Paulina: ¿Irreparable?
 Gerardo: (desesperado) ¿Pero qué más quieres? ¿Qué más quieres de mí? Sobrevivimos la dictadura, la sobrevivimos, y ahora ¿nos vamos a destruir, vamos a hacernos tú y yo lo que estos desgraciados fueron incapaces de hacernos?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Quieres que me vaya? ¿Eso quieres? ¿Qué salga por esa puerta y no vuelva nunca más?
   Paulina: No.
Descargar] La muerte y la doncella - Ariel Dorfman en PDF — Libros ...  Gerardo: Lo vas a conseguir. Uno también se puede morir de demasiada verdad. (Pausa) ¿Me quieres destruir? Me tienes en tus manos como si fuera un bebé, indefenso, en tus manos, desnudo. ¿Me quieres destruir? ¿Me vas a tratar como tratas al hombre que te…?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me quieres…?
  Paulina: (Susurrando) Te quiero vivo. Te quiero adentro mío, vivo. Te quiero haciéndome el amor y te quiero en la Comisión defendiendo la verdad y te quiero en mi Schubert que voy a recuperar y te quiero adoptando un niño conmigo…
   Gerardo: Sí, Paulina, sí, mi amor.
   Paulina: Y te quiero cuidar minuto a minuto como tú me cuidaste a mí a partir de esa…
   Gerardo: Nunca vuelvas a mencionar a esa puta noche. Si sigues y sigues con esa noche, me vas a destruir, Paulina. ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me vas a contar entonces?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿Todo?
   Paulina: Todo. Te lo voy a contar todo.
   Gerardo: Así… así vamos a salir adelante… Sin escondernos nada, juntos, como hemos estado estos años, así, ¿sin odio? ¿No es cierto?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿No te importa que te ponga la grabadora?
   Paulina: Pónmela. (Gerardo pone la grabadora)
   Gerardo: Como si estuvieras frente a la Comisión.
   Paulina: No sé cómo empezar.
   Gerardo: Empieza con tu nombre.
   Paulina: Me llamo Paulina Salas. Ahora estoy casada con el abogado don Gerardo Escobar pero en ese tiempo…
   Gerardo: Fecha…
   Paulina: El 6 de abril de 1975, yo era soltera. Iba por la calle San Antonio…
   Gerardo: Lo más preciso que puedas…
   Paulina: A la altura de Huérfanos, cuando escuché detrás mío un… tres hombres se bajaron de un auto, me encañonaron, si habla una palabra le volamos la cabeza, señorita, uno de ellos me escupió las palabras en el oído. Tenía olor a ajo. No me sorprendió que tuviera ese olor sino que a mí me importara, que me fijara en eso, que pensara en el almuerzo que él acababa de comerse, que estaba digiriendo con todos los ór­ganos que yo había estudiado en mi carrera en Medicina. Después me reproché a mí misma, tuve mucho tiempo en realidad para pensarlo, yo sabía que en esas circunstancias había que gritar, que la gente supiera que me agarraron, gritar mi nombre, soy Paulina Salas, me están secuestran­do, que si uno no pega ese grito en ese primer momento ya te derrotaron, y yo agaché el moño, me entregué a ellos sin protestar, me puse a obedecerlos demasiado pronto. Siempre fui de­masiado obediente toda mi vida.» 

     [El texto pertenece a la edición en español de Editor digital Titivillus, 1990.]

domingo, 20 de noviembre de 2022

Santa María de las flores negras.- Hernán Rivera Letelier (1950)


Rivera Letelier, Hernán - Escritores.org - Recursos para escritores
Tercera parte

18

  «La mañana del sábado 21 amaneció particularmente luminosa. De los sectores altos de Iquique, desde donde se podía divisar el mar en todo su ancho, éste aparecía de un esplendor inusitado, majestuoso y azul como pocas veces se había visto. Y, por la raya completamente limpia del horizonte, como trazada a compás, se columbraba que el día venía incandescente y caluroso como el diantre.
   Desde antes que clareara el alba, los huelguistas pampinos que en los últimos días, por no haber hallado cabida en ningún albergue, pernoctaban y dormían en las calles de la ciudad, habían notado un incesante tráfico de coches de alquiler trasladando gente hacia el muelle de pasajeros. En su mayoría se trataba de personajes extranjeros y vecinos ricachones —los últimos que faltaban— que, abandonando sus lujosas residencias, huían con sus familias a ponerse a salvo en los buques mercantes fondeados en la bahía. Después supimos que estos buques cobraban hasta una libra esterlina diaria por cabeza.
   Después, poco antes de la salida del sol, fuimos sorprendidos todos por el ruido marcial de las tropas que recorrían las calles con sus armas y arreos de campaña dando órdenes a gritos, deshaciendo los grupos de personas y obligando a cerrar todos los negocios abiertos a esas horas de la mañana. Y cuando cada uno de nosotros se estaba preguntando por qué tanta escandalera y demostración de fuerza por parte de los soldados, aparecieron los diarios de la mañana y vimos con asombro que venían precedidos por el anuncio, titulado en gruesos caracteres, de la declaración de estado de sitio. El decreto, sin ningún considerando, foliado con el número 661, fechado en Iquique el 20 de diciembre de 1907, publicado por bando y firmado por el Intendente Carlos Eastman y su secretario Julio Guzmán García, acordaba y decretaba lo siguiente:

   1.— Queda prohibido desde hoy traficar por las calles y caminos de la provincia en grupos de más de seis personas a toda hora del día o de la noche.
   2.— Queda prohibido, en la misma forma, traficar por las calles de la ciudad después de las ocho de la noche, a toda persona que no lleve permiso escrito de la Intendencia.
   3.— Queda también prohibido el estacionamiento o reunión en grupos de más de seis personas.
  4.— La gente venida de la pampa y que no tiene domicilio en esta ciudad se concentrará en la escuela Santa María y plaza Manuel Montt.
   5.— Queda prohibida absolutamente la venta de bebidas capaces de embriagar.
   6.— La fuerza pública queda encargada de dar estricto cumplimiento al presente decreto.

   Lo que se perseguía con la ley marcial, lo vimos claramente entonces, era impedir la llegada de más huelguistas pampinos a Iquique y rejuntarnos a todos en las dependencias de la Escuela Santa María para, de esa manera, facilitar las medidas que se tomarían luego con nosotros. Además de ser editado en la primera página de los diarios de la mañana, el decreto, publicado por bando, fue leído públicamente y luego fijado junto a los edictos públicos. Al mismo tiempo se establecía la censura telegráfica y cablegráfica y se notificaba a las imprentas un decreto que prohibía la impresión y venta de todo diario u hoja impresa, y que las infracciones serían severamente reprimidas (aunque en verdad la censura nunca corrió para todos, porque después nos enteramos de que los gringos usaron el telégrafo cuantas veces quisieron y mandaron los cables que se les vino en gana durante todo el tiempo que duró la ley marcial). Mientras tanto, entre la ciudadanía comenzaban a circular dudosas listas de adhesión a las autoridades y de rechazo a la presencia de los huelguistas, y desde los despachos de la Intendencia se había organizado de tal manera el espionaje y el soplonaje dentro de la ciudad, que ese mismo día muchos vecinos comenzaron a ser citados e increpados duramente por haber emitido, en sus conversaciones privadas, opiniones contrarias al gobierno absoluto implantado en la provincia.
   Hasta ese momento, nuestra última propuesta de arreglo consistía en que nos volvíamos todos a la pampa a reanudar nuestras labores y dejábamos en el puerto a una comisión negociadora, con la sola condición de que los industriales nos aumentaran en un sesenta por ciento el sueldo durante el mes que se calculaba durarían las negociaciones. Todos pensábamos que era lo más justo y equitativo, y que con eso se solucionaría de inmediato el conflicto. Pero en mitad de la mañana nos enteramos de una junta llevada a cabo entre el Intendente y los patrones, en donde éstos habían desechado tajantemente nuestra propuesta. Del mismo modo como habían desdeñado el ofrecimiento del Gobierno de Chile de compensarles hasta el cincuenta por ciento del aumento pedido por nosotros. La proposición presidencial fue recibida con frialdad por parte de los salitreros, argumentando con soberbia que el problema no era de dinero sino de respeto. Que ellos no podían resolver nada bajo la presión de la masa porque significaría una imposición manifiesta de los huelguistas, y eso les anularía el respeto de patrones y les haría perder para siempre su prestigio moral (nosotros no entendíamos de qué prestigio moral hablaban esos carajos). Y volvieron a insistir en su exigencia de que los obreros debíamos abandonar la ciudad y volver a la pampa al instante, pues nuestra presencia entorpecía las negociaciones y constituía una imposición perjudicial para el empleador. El gringo John Lockett expresó, muy suelto de cuerpo, que hacer cualquier tipo de concesión en aquellos momentos sería tomado por los huelguistas como un signo de debilidad, y sin duda conduciría a promover después más extravagantes demandas, con probablemente aún más desastrosos resultados. Cuando el Intendente propuso un tribunal arbitral, los magnates dijeron que aceptaban cualquier acuerdo, pero siempre manteniendo inflexible su exigencia de que nosotros debíamos volver antes al trabajo. Y agregando, además —los muy miserables—, que bajo ninguna circunstancia se aceptaba tampoco la demanda de que los salarios fueran pagados al cambio de 18 peniques.
SANTA MARÍA DE LAS FLORES NEGRAS EBOOK | HERNAN RIVERA LETELIER ...  La primera autoridad provincial extendió, entonces, una convocatoria a nuestros dirigentes para asistir a una reunión en la Intendencia, con el fin de discutir la propuesta de los patrones. Pero el Comité Central la declinó. Bajo el imperio de la ley marcial, los dirigentes sospecharon y temieron ser víctimas de una trampa para detenerlos, con el evidente propósito de descabezar el movimiento. En esos momentos ya era sabido de todos la detención de dirigentes de varias oficinas, quienes, apresados por los militares, fueron subidos en calidad de reos a bordo del buque “Zenteno”. Toda esta represión —lo supimos después— se empezó a llevar a efecto siguiendo instrucciones precisas del Ministerio del Interior. El señor ministro, don Rafael Sotomayor, había mandado un cablegrama con carácter de «estrictamente reservado», en el cual expresaba al Intendente de la provincia que “Sería muy conveniente aprehender cabecillas trasladándolos a buques de guerra”. De modo que mediante una carta, los dirigentes expresaron su muy fundado temor y comunicaron al señor Intendente que, de ahí en adelante, todas las conversaciones se llevarían a efecto mediante comisiones o notas escritas. La carta decía lo siguiente:

“Iquique, diciembre 21 de 1907.
   En este momento este directorio central ha recibido verbalmente un llamado de V.S. al local de esa Intendencia.
  El Comité ha creído que no podemos complacer a V.S. en este sentido porque la orden dada por V.S. el día de hoy desampara por completo nuestros derechos y, aún más, al no poder ir allá en la forma pensada es susceptible de desórdenes que pueden amargar la situación.
  En esta caso creemos práctico que V.S. se sirva nombrar una comisión para entendernos en lo que V.S. desee, pues lo ocurrido en Buenaventura nos confirma que las garantías para el obrero se concluyen, y sería por demás doloroso que las fuerzas de línea tuvieran que luchar con el pueblo indefenso, como generalmente se hace y como nos da claro a comprender el bando publicado, en pago, parece, de las atenciones que los operarios en general han demostrado a V.S. y del orden y compostura que ese pueblo, que hoy se provoca, ha observado hasta hoy con sumo agrado de Chile entero, y no es posible desviarnos de esta senda.
  Sírvase V.S. tomar en cuenta nuestras razones y ordenar lo que estime conveniente, insinuando este Comité el práctico camino de notas, o en su defecto, lo ya dicho, por medio de comisiones, teniendo V.S. la seguridad de que a tal efecto nosotros hoy como siempre, daremos las más amplias facilidades. Dios guarde a V.S”.

   Firmaban José Brigg, como presidente y M. Rodríguez B., como secretario.
 A la hora del almuerzo, en los patios de la Escuela Santa María, los trabajadores pampinos, revolucionados por los últimos acontecimientos, nos movíamos y discutíamos entre nosotros en un estado de máxima tensión. Todos presentíamos que con la declaración del estado de sitio el fin de la huelga se hacía inminente. Completamente abatidos, sentíamos muertas todas las esperanzas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2011, pp. 153-156. ISBN: 978-9562395632.]