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miércoles, 22 de diciembre de 2021

La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX.- Enrico Fubini (1935)


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12.-La reacción contra el romanticismo: el positivismo

4.-El origen de la música

  «Uno de los problemas que apasionaron mayormente a los musicólogos, y aún más a los filósofos, fue el del origen de la música, problema que se conecta con los primeros estudios de sociología y de etnología, ciencias que apenas habían surgido entonces, ciencias del porvenir según el presagio de los positivistas. El problema de los orígenes, tanto en la música como en otros campos, es evidentemente insoluble, pero esconde a menudo en su formulación alguna tesis concerniente al estado actual del objeto en cuestión, a su fundamento, a su esencia. Las investigaciones sobre el origen de la música de Spencer, Darwin, Wallaschek, Combarieu, etc, estuvieron mal orientadas, a causa de no tener en cuenta la música en cuanto hecho artístico, participando entonces del mismo defecto que las demás investigaciones musicológicas. Aun cuando se diera por cierto que los primeros cantos del hombre de las cavernas hubieran tenido su origen –por ejemplo- en el impulso sexual, como ocurre con los cantos de los pájaros, mínimamente se explicarían así la evolución sucesiva de la música o una sinfonía beethoveniana, desde el momento en que la civilización se encargó de neutralizar tales impulsos, al menos dentro del campo musical, al sobreponerse a ellos mediante una construcción independiente. Al releer hoy estas encarnizadas polémicas, se observa principalmente su futilidad sustancial, sobre todo si se piensa que, en realidad, aluden a una concepción de la música como lenguaje de los sentimientos. Entre 1890 y 1891, en la revista filosófica inglesa Mind se puede hallar el eco de tales polémicas, en una serie de artículos de Herbert Spencer, de Edmund Gurney -investigador de problemas musicales en relación con la psicología- y del musicólogo Richard Wallaschek. Resumiendo los términos de su pensamiento, ya formulado en el Essay on the Origin of Music, cuya publicación data de 1857, Spencer afirma que la música tiene su origen en un exceso de energía vital que debe expresarse; la música simbolizaría, por lo tanto, la expresión de todo tipo de sentimiento, principio que Spencer sostuvo en la polémica que estableció con Darwin (muerto una década antes de la publicación de sus artículos en la mencionada revista Mind) y con Gurney (defensor de las mismas tesis que Darwin). Tanto para Darwin como para Gurney, la música tenía su origen en el impulso sexual, como manifestación del macho para atraer a la hembra; sin embargo, Spencer contestó a esta concepción de la música como expresión del impulso sexual aduciendo observaciones empíricas: la raza humana canta en condiciones muy distintas –de trabajo, de caza, de ocio, etc.-, motivo por el cual en la expresión musical no prevalecen de ningún modo los sentimientos amorosos sobre los demás. En otro artículo, a través del cual entró en polémica con Wallaschek, quien afirmaba que el ritmo era el elemento originario de la música, generador de la melodía y de la armonía, y que “el origen de la música debe buscarse en el impulso rítmico del hombre”, Spencer resumió, una vez más, la vieja teoría del lenguaje: en su origen, el lenguaje incluía elementos emotivos e intelectivos, los cuales no se separaron hasta más tarde; la música y el canto derivarían del desarrollo independiente de los elementos emotivos del lenguaje. “La música vocal y, por extensión, toda la música, es una idealización del lenguaje natural de las pasiones” (pocas páginas antes había usado el término “enfatizar” [to exaggerate] en lugar de idealizar). La emoción y la pasión serían aquel exceso de fuerza, de vigor, de los organismos más evolucionados, que rebasa el límite requerido para las necesidades más inmediatas y que se expresa bajo la forma de sonidos. Las variaciones de voz no serían más que el efecto de las variaciones de la intensidad de la emoción; los intervalos se harían tanto más amplios cuanto más aumentara la intensidad de la emoción; asimismo, el sonido más agudo representaría el punto extremo de tensión emotiva.
 Spencer interpreta la evolución de la música aplicándole a ésta las leyes generales de la evolución: la música pasaría de una homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad cada vez más definida y coherente. Spencer afirma aún más: que la música ha alcanzado un grado de perfección capaz de contribuir, más que cualquier otro arte, al bienestar de la humanidad. La conclusión de Spencer es que “el origen de la música como lenguaje desarrollado de las emociones ya no es una hipótesis sino, sencillamente, una descripción de hechos”. Esta tesis, típicamente romántica, conforma el fondo común de las referidas polémicas, a cuyo respecto concuerdan Spencer, Darwin, Gurney y Wallaschek.
Resultado de imagen de la estetica musical desde la antiguedad enrico fubini Transportado por Spencer desde el campo de la biología hasta el de la música, el concepto de evolución influyó en gran medida sobre la historiografía mundial: son numerosas las historias de la música que, durante la segunda mitad del siglo XIX, e incluso más allá de esta fecha, se sirven del concepto darwiniano-spenceriano de evolución, en combinación con el concepto general de progreso, con el fin de explicar la metamorfosis y la sucesión de los estilos dentro de un contexto histórico-musical, el paso de lo simple a lo complejo y de lo primitivo a lo culto. Dejando aquí a un lado a Combarieu –de quien se tratará más adelante-, nos limitaremos a recordar a Charles Parry, historiador inglés que, de forma clara, se remite a los principios evolucionistas de Spencer. Con el fin de explicar la afirmación que se da en la música profana del siglo XVII, Parry alega: “Con relación a este período, de algún modo inmaduro, el progreso muestra la inevitable tendencia de todas las cosas [la que arrastra a éstas] desde la homogeneidad hasta la heterogeneidad y la precisión”. Esta tendencia positivista, aunque también romántica, a simplificar y, sobre todo, a esquematizar los procesos históricos vino a ser un primer intento de hallar cierto orden lógico dentro del inmenso campo de la historia de la música, cuyos documentos más antiguos, apenas hacía algunas décadas, habían comenzado a conocerse. Parry concebía toda la historia de la música, conforme a un enfoque evolucionista, como una transición continua de lo homogéneo a lo heterogéneo, de la sencillez a la variedad; de esta manera era como explicaba el nacimiento y el desarrollo de la armonía y de todas las formas musicales. Asimismo, Parry, con arreglo a los esquemas positivistas de derivación sociológica, subdivide en tres estadios el ciclo histórico de la música en su totalidad: el primero, inconsciente y espontáneo; el segundo, autocrítico, analítico y consciente; el tercero, síntesis de los dos anteriores, caracterizado por el descubrimiento de la espontaneidad controlada y por haber sido –dentro de él- donde se han producido las grandes obras maestras.
 Estas teorías evolucionistas, a pesar del carácter genérico, la esquematicidad y la ingenuidad de que se revistieron a nivel historiográfico, favorecieron el desenvolvimiento de la historiografía, concibiendo ésta, no ya sólo como retrato de grandes personalidades, sino como estudio de mayor envergadura, que abarcaba períodos históricos íntegros. Las teorías positivistas acerca del origen y la evolución de la música recordaban, por un lado, los esquemas dialécticos propios de la estética hegeliana, si bien despojados de su carácter metafísico y reducidos a hipótesis históricas, y por otro lado, la tesis, nacida con el Iluminismo y desarrollada desde el Romanticismo hasta Wagner, que defendía la unión originaria de música y poesía. Ahora bien, en lo que a esta tesis se refiere es menester apuntar aquí una importante diferencia: si tanto para Rousseau como para Wagner se hacía imprescindible remontarse hasta el origen al objeto de encontrar la unidad perdida, por el contrario, tanto para Spencer como para Parry el Progreso era algo irreversible; con esto, el mito de la edad de oro caía por tierra o, mejor aún, se proyectaba hacia el futuro en vez de hacerlo hacia el pasado. La ley de la evolución era un proceso irreversible y universal; por consiguiente, si en el origen sólo existía lo simple y lo homogéneo, y la música no se distinguía todavía de la poesía, habría de ser el desarrollo lógico asumido por la historia el que conllevara la separación de un arte con respecto al otro, y, progresivamente, una divergencia cada vez mayor entre ambas artes. De esta manera, la música instrumental, con su variedad de estilos, formas y aspectos, alcanzaba su justificación  en un doble plano: el histórico y el teórico.

   5.-Las investigaciones acústicas y psicofisiológicas

 Paralelamente a los estudios históricos y paleográficos, adquirieron un gran desenvolvimiento –como ya se ha dicho- los estudios emprendidos en los ámbitos de la acústica y la psicofisiología; estudios en los que se puso tanta fe como en los otros y que se encaminaron a la elucidación del fenómeno musical, sirviéndose para ello de una investigación rigurosamente científica. Uno de los problemas que se retomaron fue el de la naturaleza y el fundamento de la armonía: surgido durante el Renacimiento de la mano de Zarlino, este problema se situó, hasta los tiempos de Rameau, entre los más importantes, tal vez, de cuantos se plantea siempre  la estética musical. Helmholtz –autor de la obra que lleva por título Lehre von den Tonempfindungen als psychologische Grundlange für die Theorie der Musik, editada en 1863- llevó de nuevo a un primer plano, en este estudio básico, el problema del fundamento de la armonía y de la consonancia, que aún hoy es tema de discusión entre musicólogos y científicos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en versión de Carlos Guillermo Pérez de Aranda, pp. 356-359. ISBN: 84-206-9071-6.]

miércoles, 10 de junio de 2020

Discurso sobre el espíritu positivo.- Auguste Comte (1798-1857)

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Tercera parte: Condiciones de advenimiento de la escala positiva (Alianza de los proletarios y de los filósofos)
Capítulo II: Institución de una política popular

  «1º.-La política popular, siempre social, debe llegar a ser, sobre todo, moral.
 66.-Desde el comienzo de la gran crisis moderna, el pueblo no ha intervenido todavía más que como simple auxiliar en las principales luchas políticas, sin duda con la esperanza de obtener en ellas algún mejoramiento de su situación general, pero no con propósitos y con una finalidad que le fuesen realmente propios. Todos los debates habituales han quedado esencialmente concentrados entre las diversas clases superiores o medias, porque se referían sobre todo a la posesión del poder. Ahora bien: el pueblo no podía interesarse de manera directa durante mucho tiempo por tales conflictos, porque la naturaleza de nuestra civilización impide evidentemente que los proletarios esperen, ni siquiera deseen, ninguna participación importante en el poder político propiamente dicho. Así, pues, después de haber comprobado esencialmente todos los resultados sociales que podían esperar de la sustitución provisional de la antigua preponderancia política de la clases sacerdotales y feudales por los metafísicos y los legistas, se hacen de día en día más indiferentes a la estéril prolongación de esas luchas cada vez más mezquinas, ya reducida a vanas rivalidades personales. Cualesquiera que sean los esfuerzos continuos de la agitación metafísica por hacerlos intervenir en esos frívolos debates, con el cebo de lo que llaman los derechos políticos, el instinto popular ha comprendido ya, sobre todo en Francia, cuán ilusoria y pueril sería la posesión de tal privilegio, que ni siquiera en su grado actual de diseminación inspira habitualmente ningún interés verdadero a la mayoría de los que lo disfrutan en exclusividad. El pueblo sólo puede interesarse de verdad por el uso efectivo del poder, cualesquiera que sean las manos en que resida, y no por su conquista especial. En cuanto las cuestiones políticas, o más bien ya sociales, se refieran ordinariamente a la forma como debe ser ejercido el poder para mejor cumplir su destino general, que, en los tiempos modernos, se refiere de manera principal a la masa proletaria, no se tardará en reconocer que el desdén actual no se debe en modo alguna a una peligrosa indiferencia: hasta aquí, la opinión popular se mantendrá ajena a esos debates que, a juicio de las inteligencias cuerdas, aumentando la inestabilidad de todos los poderes, tienden en especial a retrasar esa indispensable transformación. En una palabra, el pueblo está naturalmente dispuesto a desear que la vana y tormentosa discusión de los derechos sea al fin reemplazada por una fecunda y saludable estimación de los deberes esenciales, sean generales, sean especiales. Tal es el principio espontáneo de la íntima conexión que, sentida tarde o temprano, incorporará necesariamente el instinto popular a la acción social de la filosofía positiva, pues esta gran transformación equivale evidentemente a la del movimiento político actual en un simple movimiento filosófico, transformación que hemos motivado antes en las más altas consideraciones especulativas, y cuyo primero y principal resultado social consistirá, en realidad, en instituir de manera sólida una activa moral universal, prescribiendo a cada agente, individual o colectivo, las reglas de conducta más conformes a la armonía fundamental. Cuanto más meditemos en esta relación natural, mejor veremos que esta mutación decisiva, que sólo podía emanar del espíritu positivo, no puede encontrar hoy un firme apoyo más que en el pueblo propiamente dicho, único dispuesto a comprenderla bien y a interesarse profundamente por ella. Los prejuicios y las pasiones propios de las clases superiores o medias se oponen conjuntamente a que dicha mutación sea por lo pronto  suficientemente apreciada, porque en esas clases deben interesar más, en general, las ventajas inherentes a la posesión del poder que los peligros que resultan de su ejercicio vicioso. Si el pueblo es ahora y debe seguir siendo indiferente a la posesión directa del poder político, no puede nunca renunciar a su indispensable participación continua en el poder moral, que, siendo el único verdaderamente accesible a todos, sin ningún peligro para el orden universal, y, por el contrario, con gran ventaja para el mismo, autoriza a cualquiera, en nombre de una común doctrina fundamental, a llamar convenientemente a sus diversos deberes esenciales a los más altos poderes.
Discurso Sobre El Espíritu Positivo - Auguste Comte - Sarpe ... En realidad, los prejuicios inherentes al estado transitorio o revolucionario han llegado también en cierto grado a nuestros proletarios; mantienen en ellos perjudiciales ilusiones sobre el alcance indefinido de las medidas políticas propiamente dichas; les impiden advertir que la justa satisfacción de los grandes intereses populares depende de las opiniones y de las costumbres más que de las instituciones mismas, cuya verdadera regeneración, actualmente imposible, exige, ante todo, una reorganización espiritual. Pero se puede asegurar que la escuela positiva tendrá mucha más facilidad para hacer entrar esta saludable enseñanza en los entendimientos populares que en  ningún otro, sea porque en ellos no ha podido arraigar tanto la metafísica negativa, sea sobre todo por el impulso constante de las necesidades inherentes a su situación precaria. Estas necesidades se refieren en esencia a dos condiciones fundamentales, una espiritual y otra temporal, de naturaleza profundamente conexa: se trata, en efecto, de asegurar convenientemente a todos, en primer término la educación normal, luego el trabajo regular; tal es, en el fondo, el verdadero programa social de los proletarios. Ya no puede existir verdadera popularidad para ninguna política que no sea la que tienda necesariamente a este doble destino. Ahora bien: tal es, evidentemente, el carácter espontáneo de la doctrina social propia de la nueva escuela filosófica; nuestras explicaciones anteriores deben aquí dispensarnos de toda otra aclaración a este respecto, aclaración reservada por lo demás a la obra tantas veces citada en este Discurso. Importa solamente añadir que la necesaria concentración de nuestros pensamientos y de nuestra actividad en la vida real de la Humanidad, rechazando toda vana ilusión, tenderá especialmente a afianzar mucho la adhesión moral y política del pueblo propiamente dicho a la verdadera filosofía moderna. En efecto, su seguro instinto percibirá pronto en ella un nuevo y poderoso motivo para orientar la práctica social hacia el prudente mejoramiento continuo de su propia condición general. Las quiméricas esperanzas inherentes a la antigua filosofía han conducido, por el contrario, con demasiada frecuencia, a descuidar y desdeñar tales progresos, o a impedirlos mediante una especie de aplazamiento continuo, por la mínima importancia relativa a que debía naturalmente dejarles reducidos esa eterna perspectiva, inmensa compensación espontánea de todas las miserias, cualesquiera que sean.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1984, en traducción de Consuelo Berges. ISBN: 84-7291-688-X.]

jueves, 11 de octubre de 2018

Recuerdos de Italia.- Emilio Castelar (1832-1899)


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La gran ruina

«Ver la Ciudad Eterna fue uno de los ensueños de mi existencia; uno de los deseos de mi corazón. Niño, la religión romana me habla de Dios, de la inmortalidad, de la redención, de todas las ideas que ensanchan hasta lo infinito los horizontes del alma. Adulto, la lengua del Lacio fue mi estudio exclusivo, estudio que a una imaginación de suyo plástica, le presentaba como en relieve, entre los dulces versos de Virgilio, los concisos períodos de Tácito, y los rotundos de Tito Livio, aquellos héroes antiguos, que sólo habían vivido para la libertad y para la patria. Ya en la juventud, al penetrar por la puerta de las Universidades, la literatura romana y el derecho romano habían acabado de inspirar al ánimo un anhelo vivísimo por ver las colinas de donde tantas ideas descendieron sobre la conciencia humana; los sepulcros que guardan tantos huesos ilustres, los cuales han servido como de abono a la planta de la civilización sobre la faz del planeta; las piedras bruñidas por el sol y por el tiempo, donde el cónsul y el tribuno han esculpido sus nombres, y el apóstol y el mártir su cruz, verdaderos fragmentos, no de la tierra, sino del espíritu universal, en su trabajo constante por adquirir la conciencia plena de sí mismo, y por realizar ese ideal, que le desasosiega y le atormenta, pero que también le eleva y le transfigura, obligándole a ser, si soldado de una lucha sin tregua, agente y sacerdote de un progreso sin término.
  Yo, que cansado un poco de la política en Madrid, de la industria en Londres, de la vida en París, hasta de la naturaleza en Ginebra; disgustado un tanto de las tendencias positivistas que en nuestro tiempo a cada minuto, y en nuestra sociedad a cada paso descubro; me refugiaba en Roma para consumir algunos momentos en éxtasis ante la historia, ante el arte, ante la religión, ante todo lo ideal, no pude cierto día desasirme de un republicano, muy mi amigo, que, seguro de la complicidad de mi alma con sus ideas, y de mi alejamiento naturalísimo del Santo Oficio, desahogaba su conciencia pecadora y su forzoso silencio de veinte años, pasados bajo la férula pontificia, en mi amistad, pintándome los abusos del absolutismo romano, que yo de oídas conocía, y de corazón detestaba; pero cuyo relato en aquella hora no se compadecía bien con mis deseos de peregrinar entre las ruinas, ajeno a todo trabajo político, entregado al curso libre de mis ensueños y de mis pensamientos.
  -A buena ciudad venís en busca de idealismo, decíame, frío por costumbre, en presencia de las maravillas que yo, transeúnte, admiraba en Roma. Aquí todo el mundo se interesa por un número de la fatal lotería; nadie por una idea del humano cerebro. La conmemoración del aniversario de Shakespeare se ha prohibido en esta ciudad del arte. Su censura es tan sabia, que como cierto escritor publicara un libro sobre el voltaismo, lanzólo al purgatorio del Índice, creyendo que se trataba del volterianismo, filosofía que no deja ni descansar ni digerir a nuestros monseñores. En cambio, un libro de cábalas y astrologías para adivinar los caprichos del bombo lotérico ha sido impreso y publicado con el placet pontificio, por no contener nada contrario a la religión, ni a la moral, ni a los derechos de la soberanía.
  -Sé todo eso, decíale yo. Lo he leído cien veces en Dumesnil, en Kauffman, en Sthendal, en Edmundo About.
  - Pues sabiéndolo, ¿buscáis aquí ideas? Rabelais conocia esta ciudad, Rabelais. Al llegar, en vez de escribir una disertación sobre sus dogmas, la escribió sobre sus lechugas, única cosa que hay buena y fresca en este maldito calabozo. Y cura y todo como era, cura del siglo decimosexto, más religioso que el nuestro, tenía una correspondencia larga y tendida con el piadoso obispo de Maillerais, sobre los hijos del Papa; porque el reverendo le había encargado muy especialmente averiguar si el caballero Pedro Luis Farnesio era hijo legítimo o bastardo de su Santidad. Creedme; Rabelais conocía a Roma.
  En esto dimos vuelta a una encrucijada, y nos encontramos en modestísima plazuela. Un balcón de la casa que más descollaba en aquel sitio, aparecía colgado con rico tapiz de damasco carmesí. Fuertemente ajustado al balcón brillaba un globo de cristal con filetes dorados, a uno de cuyos extremos veíase áureo manubrio. Frente a la casa, inmensa multitud desarrapada, miserable, se apiñaba. En todos los ojos, convertidos al balcón, veíase algo de extraño; en las manos papeles, santos, escapularios; un silencio sepulcral reinaba, silencio incomprensible en los locuaces pueblos del Mediodía, silencio, del que deduje haber topado con una ceremonia religiosa. Mi deducción se confirmó cuando un monago salió al balcón; y tras el monago algunos eclesiásticos de rubicunda cara y obesa respetable figura; y tras los eclesiásticos todo un príncipe de la Sacra Romana Iglesia, vestido de crujiente seda morada adornado con su roquete de blanco encaje, y cubierto con un solideo morado también, sobre el cual flotaba al cefirillo, como roja flor de granado, lustrosísima borla. Rompióse el silencio de la multitud en espantoso alarido. Unos de aquellos campesinos, que todavía conservan reflejos de la antigua belleza escultórica en su frente despejada, en su nariz aguileña, en sus labios gruesos, se postraban de hinojos, plegadas las manos, extática la mirada, profiriendo oraciones que parecían conjuros. Otros sacaban las estampas de sus santos protectores, casi todas mugrientas, y las besuqueaban con verdaderos transportes. Algunos daban saltos, tendían los brazos, pronunciaban frases incoherentes. Era sábado, sábado de sortilegios. El mediodía se acercaba. Un cañonazo suena en el punto que las campanas dan las doce. Al cañonazo sigue en la multitud otro alarido increíble. El cardenal coge el manubrio y da vueltas al globo cristalino. El monago mete la mano y saca un número. Era la lotería oficial, la lotería pontificia. Huyamos. Tenía razón el garibaldino. ¿Esta es la ciudad del espíritu?
  Sumerjámonos en los antiguos tiempos, como un buzo en el mar. Nuestra vida es tan corta, nuestro ser tan pequeño, que para tocar esa idea de lo infinito, a la cual estamos como unidos por lazos invisibles; para entrar en esta inmortalidad con que soñamos siempre, tenemos necesidad de poner, como tras el limitado horizonte sensible el ilimitado horizonte racional, tras cada momento de la vida, perspectivas inacabables, lejos inmensos, celajes que matizan de belleza las notas escapadas de unas cuerdas vibrantes, los colores descompuestos en mágicas paletas, las inspiraciones desprendidas de la celeste poesía, los recuerdos por nuestra evocación alzados del polvo de los siglos y de los abismos de la historia.
  ¿Es verdad que tenemos aquí en la frente una luz pálida, trémula, casi imperceptible, como la luz de la luciérnaga, una luz que se llama idea'? ¿Es verdad que en esta luz podemos abrasar el mundo material, disiparlo, ofrecérselo al espíritu como el humo de un sacrificio? Indudable. La naturaleza aparece a nuestros ojos mil veces, cual una imagen multiforme de la conciencia. La luz no es más que el yelo de oro tras el cual se oculta el pensamiento infinito que agrupa en escalas de música armoniosa los planetas y sus soles. El universo, ese universo que nos abruma con su grandeza, es el poema de nuestras ideas, el apocalipsis misterioso que hemos escrito con palabras de estrellas, con líneas de constelaciones en esa inmensidad, de cuya existencia real no estamos seguros, en esa inmensidad sin orillas y sin fondo que se llama espacio. Dejadme, dejadme, pues, soñar; que así como a los pies del hombre han caído muertos los dioses paganos, los dioses inmortales, creados y destruidos por el espíritu, los dioses inmortales, cuyos esqueletos amontonados descubro en esta inmensa necrópolis de la campiña romana, así pueden caer en ruinas los mundos, y quedar entre sus cenizas frías, como un rescoldo, el calor de nuestro espíritu.
  Cuando protestaba yo con estas orgullosas reflexiones contra las miserias humanas, sin darme de ello casi cuenta, había llegado solo, absorto, frente a frente del Coliseo Romano. La primera impresión que me produjo fue de asombro. Si yo no naciera a las orillas del mar, y no me connaturalizara con su infinita superficie desde niño, tal impresión me hubiera causado, viéndolo por vez primera en edad madura. Mi memoria un tanto viva y cambiante me trasladó súbita a mi cátedra de latín, donde traducíamos los epigramas de Marcial, y me trajo a los labios estos dos versos, que suelen repetir los eruditos itinerarios publicados por los arqueólogos romanos:
Barbara Piramidum silcant miracula Memphis
Omnis Caesaree cedat labor Amphitheatro.
  Eran estos los jardines de Nerón. Por aquí andaba vestido de púrpura, calzado de borceguíes celestes, la sien coronada de laureles, los ojos fijos en el cielo, las manos en la cítara, henchidos los labios de antiguos versos griegos, y el corazón de pasiones contrarias, como un demonio que se esforzara por ser Dios, y se acogiera momentáneamente al cielo del arte, para tornar a caer en los abismos. Él era cónsul, tribuno, dictador, césar, pontífice máximo; todos le bendecían, todos le adoraban; y no le estimaba ¡oh dolor! su propia conciencia. La posteridad no ha sido para él tan despiadada como para los demás césares, porque Nerón fue siempre un tirano con remordimiento. ¡Ha habido tantos en quienes se borró por completo la conciencia! ¡Ha habido tantos que, al matar, al quemar, al destruir ciudades enteras, han creído obrar meritoriamente a los ojos de Dios!»
 
   [El fragmento pertenece a la edición electrónica de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]

martes, 7 de febrero de 2017

"Dios y la nueva física".- Paul Davies (1946)


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 XVII.- La naturaleza desde la perspectiva del físico

«A pesar de los éxitos espectaculares de la ciencia moderna, sería insensato suponer que ha dado respuesta a las preguntas fundamentales sobre la existencia de Dios, el propósito del Universo o el papel de la humanidad en el esquema natural y sobrenatural. En efecto, los mismos científicos se distribuyen en un amplio abanico de creencias religiosas.
 Se afirma a menudo que la ciencia y la religión pueden coexistir pacíficamente ya que dirigen su atención a diferentes campos. Las cuestiones de doctrina religiosa, como la moralidad o el concepto de trinidad, son intrínsecamente distintas de cuestiones científicas tales como, por ejemplo, decidir cuál es la mejor descripción matemática de la ley de la gravitación. Sin embargo, no se puede negar que la ciencia tiene algo que decir sobre asuntos religiosos. En temas tales como la naturaleza del tiempo, el origen de la vida y de la materia, o la causalidad y el determinismo, el  propio marco conceptual en que se plantean las cuestiones religiosas se ve alterado por los avances científicos. Algunas de las principales preocupaciones teológicas de hace unos siglos (tales como la localización del Cielo y el Infierno) han perdido todo sentido gracias a la cosmología moderna y a nuestra mejor comprensión de la naturaleza del espacio y el tiempo.
 Mucha gente se inclina a considerar el conflicto entre la ciencia y la religión en términos "verdadero o falso". Es tentador creer que existe una verdad última (una realidad objetiva) que tanto la ciencia como la religión están buscando. De acuerdo con esta razonable postura, las preguntas "¿existe Dios?", "¿hay milagros sobrenaturales?", "¿hubo una creación?", "¿hay algún plan en el Universo?" o "¿apareció la vida por puro accidente?" tienen como respuesta "sí" o "no", aunque no sepamos cuál.
 Se dice a menudo que las teorías científicas son aproximaciones a la verdadera realidad. Al aumentar nuestros conocimientos, mejora el ajuste entre la teoría y la realidad. De acuerdo con esta perspectiva, las "verdaderas" leyes de la naturaleza están basadas en los datos experimentales de nuestras observaciones, obtenidas gracias a inspiradas y perseverantes investigaciones. Algún día, de acuerdo con esta filosofía, cabe esperar que lleguemos a descubrir las leyes correctas. En muchos aspectos, los esfuerzos encaminados a encontrar una teoría de la supergravedad están basados en esta idea. Los defensores de la supergravedad prevén el descubrimiento de un conjunto de ecuaciones que englobarán por completo las "verdaderas" leyes.
 Sin embargo, no todos los físicos creen que se pueda hablar de la "verdad". La física, de acuerdo con esta filosofía alternativa, no se ocupa en absoluto de la verdad, sino de modelos: modelos que nos ayudan a relacionar una observación con otra de manera sistemática. Niels Bohr expresó este punto de vista llamado positivista cuando dijo que la física nos dice lo que podemos saber sobre el Universo y no cómo es. Como se explicó en el capítulo 8, la mecánica cuántica ha inducido a muchos físicos a declarar que no existe ninguna realidad "objetiva". La única realidad es la que se revela a través de nuestras observaciones. Por tanto, no es posible pronunciarse sobre si una teoría particular es "verdadera" o "falsa"; sólo podemos decir si es útil o es menos útil (una teoría es útil si relaciona una amplia gama de fenómenos en un solo esquema descriptivo con una alta precisión). Este punto de vista es diametralmente opuesto al de la religión, cuyos defensores creen en una verdad definitiva o última. Una proposición religiosa se considera comúnmente como verdadera o falsa, no como una especie de modelo de nuestras experiencias.
 Las diferencias de planteamiento se ilustran por la disposición de los físicos a abandonar una querida teoría particular a favor de otra mejor. Como escribió en una ocasión Robert Merton: "La mayoría de las instituciones exigen una fe incondicional, pero la ciencia convierte el escepticismo en virtud." Al descubrir Einstein la teoría de la relatividad, se admitió que la teoría newtoniana del espacio, el tiempo y la mecánica era inadecuada para describir el comportamiento de los cuerpos que se mueven a velocidades próximas a la de la luz y, por tanto, fue reemplazada. La teoría de Newton no es realmente errónea, simplemente tiene un campo de validez limitado. La teoría especial de la relatividad es una teoría más útil (que se reduce a la teoría de Newton en el caso particular de bajas velocidades) porque da una descripción más precisa de los sistemas a altas velocidades. Esta teoría, a su vez, ha sido reemplazada por la llamada teoría general de la relatividad y pocos físicos ponen en duda que, a su debido tiempo, la teoría general será mejorada. Los físicos consideran que una teoría "final" o perfecta, incapaz de ser mejorada, es algo con tan poco sentido como la idea de un cuadro perfecto o una sinfonía perfecta.
 La capacidad del método científico para acomodar los cambios resultantes de nuevos descubrimientos representa una de las grandes potencialidades de la ciencia. Basándose en el pragmatismo más que en la verdad, la ciencia se distingue agudamente de la religión. La religión está basada en el dogma y en la sabiduría revelada, que representa la verdad inmutable. A pesar de que, con el tiempo, algunos temas doctrinales marginales pueden ser adaptados y distorsionados, la idea del abandono de un dogma religioso fundamental en favor de un "modelo" más exacto de la realidad es algo inimaginable. Si la Iglesia afirmara que, según nuevos descubrimientos, Cristo no había resucitado, la Cristiandad no podría sobrevivir. Algunos críticos han afirmado que la rigidez dogmática hace que cada nuevo descubrimiento y cada nueva idea sea una amenaza para la religión, mientras que los nuevos hechos y las nuevas ideas son la vida misma de la ciencia. Así es como los descubrimientos científicos han enfrentado muchas veces la ciencia con la religión.
 A pesar de que la religión mira hacia atrás, hacia la verdad revelada, mientras que la ciencia mira hacia adelante, hacia nuevas perspectivas y descubrimientos, ambas actividades producen un sentimiento de admiración y una curiosa mezcla de humildad y arrogancia en sus practicantes.»

domingo, 20 de diciembre de 2015

"Catecismo positivista".- Auguste Comte (1798-1857)


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Diálogo noveno: Régimen privado

 "La mujer: Me complace, padre mío, ver sistemáticamente consagrada una disposición que algunas veces me reprochaba, creyéndola debida a la exageración de mis sentimientos. Antes de ser positivista, decía a menudo: "¿Qué placeres pueden aventajar a los de la generosidad?" Ahora podré defender este santo principio contra las burlas de los egoístas y quizá excitar en ellos emociones que los inducirán a dudar.
 El sacerdote: Habéis presentido espontáneamente, hija mía, el principal carácter del positivismo: consiste en resumir en una misma fórmula la ley del deber y la del bienestar, proclamados hasta entonces como irreconciliables por todas las doctrinas, aunque el instinto público aspirará a combinarlos. Su concordancia necesaria deriva de la existencia natural de las buenas inclinaciones, científicamente demostrada, en el último siglo, para el conjunto de los animales, en los que las partes respectivas del corazón y del espíritu son más apreciables.
 Independientemente de que nuestra armonía moral repose exclusivamente sobre el altruismo, sólo él puede procurarnos la mayor intensidad de vida. Estos seres degradados, que sólo aspiran hoy en día "a vivir", estarían tentados de renunciar a su brutal egoísmo, si hubieran gustado una vez eso que correctamente llamáis los placeres de la generosidad. Comprenderían entonces que vivir para los demás proporciona el único medio de desarrollar libremente la existencia humana, al extenderla simultáneamente al presente más vasto, al más antiguo pasado e incluso al más lejano porvenir. Los instintos simpáticos admiten un progreso indefinido, porque cada individuo se halla secundado por los demás, que por el contrario reprimen sus tendencias personales.
 He aquí cómo el bienestar coincidirá necesariamente con el deber. Sin duda, la bella definición de la virtud por un novelista* del siglo XVIII, "como un esfuerzo sobre sí mismo en favor de los demás", nunca dejará de ser aplicable. Nuestra imperfecta naturaleza tendrá siempre, en efecto, necesidad de verdadero "esfuerzo" para subordinar a la sociabilidad, a aquellos personalismos que continuamente estimulan nuestras condiciones de existencia. Pero cuando este triunfo es finalmente obtenido, tiende espontáneamente, sin contar con el poder del hábito, a consolidarse y desarrollarse debido al encanto incomparable inherente a las emociones y a los actos simpáticos.
 Se comprende entonces que el verdadero bienestar es resultado, sobre todo, de una digna sumisión, única base duradera de una noble y amplia actividad. Lejos de deplorar el conjunto de las fatalidades que nos dominan se esfuerza en corroborar el orden correspondiente, al imponerse las reglas artificiales que combaten mejor nuestro egoísmo, principal fuente de nuestro malestar. Cuando estas instituciones son libremente establecidas, inmediatamente se reconoce, según el admirable precepto de Descartes, que merecen tanto respeto como las leyes involuntarias, cuya eficacia moral no es tan grande.
 La mujer: Esta consideración sobre la naturaleza humana me hace comprender, por fin, padre mío, la posibilidad de hacer altruistas incluso las reglas relativas a la existencia personal, hasta aquí siempre motivadas por una egoísta prudencia. La antigua sabiduría resumió la moral en este precepto: "Tratar a los demás como uno quisiera ser tratado." Por muy preciosa que fuera entonces esta prescripción general, está limitada a regular un cálculo puramente personal. Este carácter se encuentra en el fondo de la gran fórmula católica: "Amar al prójimo como a sí mismo." No sólo se sanciona de este modo el egoísmo en lugar de reprimirlo, sino que directamente se lo excita, por el motivo sobre el cual se funda esta regla "por el amor de Dios", sin ninguna simpatía humana, además de que este "amor" se reducirá ordinariamente a temor. No obstante, al comparar este principio con el precedente, se reconoce en él un gran progreso. Pues el primero se limitaba a los actos, mientras que el segundo penetra hasta los sentimientos que los dirigen. Sin embargo, este perfeccionamiento moral es todavía muy incompleto en la medida en que el amor teológico conserva su contagio egoísta. Únicamente el positivismo es a la vez digno y verdadero cuando nos incita a "vivir para los demás". Esta fórmula definitiva de la moral humana sólo consagra directamente las inclinaciones beneficiosas, fuente común del bienestar y del deber".  

* Duclos

martes, 3 de marzo de 2015

"Marianela".- Benito Pérez Galdós (1843-1920)


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"Se ha declamado mucho contra el positivismo de las ciudades, plaga que, entre las galas y el esplendor de la cultura, corroe los cimientos morales de la sociedad; pero hay una plaga más terrible, y es el positivismo de las aldeas, que petrifica millones de seres, matando en ellos toda ambición noble y encerrándoles en el círculo de una existencia mecánica, brutal y tenebrosa. Hay en nuestras sociedades enemigos muy espantosos; a saber: la especulación, el agio, la metalización del hombre culto, el negocio; pero sobre éstos descuella un monstruo que, a la callada, destroza más que ninguno: la codicia del aldeano. Para el aldeano codicioso no hay ley moral, ni religión, ni nociones claras del bien; todo esto se resuelve en su alma con supersticiones y cálculos groseros, formando un todo inexplicable. Bajo el hipócrita candor se esconde una aritmética parda que supera en agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemáticos más expertos. Un aldeano que toma el gusto a los ochavos y sueña con trocarlos en plata, para convertir después la plata en oro, es la bestia más innoble que puede imaginarse; tiene todas las malicias y sutilezas del hombre y una sequedad de sentimientos que espanta. Su alma se va condensando hasta no ser más que un graduador de cantidades. La ignorancia, la rusticidad, la miseria en el vivir completan esta abominable pieza, quitándole todos los medios de disimular su descarnado interior. Contando por los dedos, es capaz de reducir a números todo el orden moral, la conciencia y el alma toda.
 La Señana y el señor Centeno, que habían hallado, al fin, después de mil angustias, su pedazo de pan en las minas de Socartes, reunían, con el trabajo de sus cuatro hijos un jornal que les habría parecido fortuna de príncipes en los tiempos en que andaban de feria en feria vendiendo pucheros. Debe decirse, tocante a las facultades intelectuales del señor Centeno, que su cabeza, en opinión de muchos, rivalizaba en dureza con el martillo-pilón montado en los talleres; no así tocante a las de Señana, que parecía mujer de muchísimo caletre y trastienda, y gobernaba toda la casa como gobernaría el más sabio príncipe sus Estados.
 Apandaba bonitamente el jornal de su marido y de sus hijos, que era una hermosa suma, y cada vez que había cobranza, parecíale que entraba por las puertas de su casa el mismo Jesucritso sacramentado; tal era el gusto que la vista de las monedas le producía.
 Daba la Señana muy pocas comodidades a sus hijos en cambio de la hacienda que con las manos de ellos iba formando; pero como no se quejaban de la degradante y atroz miseria en que vivían, como no mostraban nunca pujos de emancipación ni anhelo de otra vida mejor y más digna de seres inteligentes, la Señana dejaba correr los días. Muchos pasaron antes que sus hijas durmieran en camas; muchísimos antes que cubrieran sus lozanas carnes con vestidos decentes. Dábales de comer sobria y metódicamente, haciéndose partidaria en esto de los preceptos higiénicos más en boga; pero la comida en su casa era triste, como un pienso dado a seres humanos.
 En cuanto al pasto intelectual, la Señana creía firmemente que con la erudición de su esposo, el señor Centeno, adquirida en copiosas lecturas, tenía bastante la familia para merecer el dictado de sapientísima, por lo cual no trató de alimentar el espíritu de sus hijos con las rancias enseñanzas que se dan en la escuela. Si los mayores asistieron a ella, el más pequeño vióse libre de maestros, y engolfado vivía durante doce horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez".