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domingo, 19 de enero de 2025

El amigo Manso.- Benito Pérez Galdós (1843-1920)

 

XV.- ¿Qué leería?

 «Éste fue el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé en llegar a mi casa y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cuál fue mi lectura? Abrí no sé qué libros de mi más ardiente devoción y me harté de poesía y de idealidad.
 Al despertar volví a preguntarme: "¿Qué leería?" Y en clase, cuando explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamiz, la cuestión de lo que Irene leía.
 Cumplidos mis deberes profesionales, fui a almorzar a casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó a serme agradable aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí, por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres. Pero yo empezaba a formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y no nuestra hechura.
 Favorecía mis visitas a la casa de mi hermano su proximidad a la mía, pues en seis minutos y con sólo 560 pasos salvaba la distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearme por las páginas del Año cristiano. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve balcones de antepecho corrido, que semejaban pentagrama de música! ¡Y eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía con paternal agasajo, y al entrar me recibía el huésped eterno y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba entonces a todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y aún hoy viene a formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mis recuerdos.
 El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas, besándome la mano y llamándome Taita. Aquel día me dijo:
 -Mi ama Lica se ha levantado hoy.
 Entré a verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de sensibilidad, atendiendo a Lica, arreglándole las almohadas en el sillón, cerrando las puertas para que no le diera el aire y al mismo tiempo poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y preceptos que Calígula dictaba a cada momento para que el niño y la nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes como la Nuevísima recopilación. Ella había buscado el ama y la había vestido, poniéndole más galones que a un féretro, collares rojos y todo lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas, fajas y abrigos para mi tierno ahijado.
 -Tiene toda la cara de tu madre -me decía-, y éste se me figura que va a ser un sabio como tú. Pero ¿has visto cosa más rica que este ángel?
 A mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es característica de todos los Mansos,  y un aire de mal humor, un gesto avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.
 Esta se multiplicaba para atender a todo; y como al muchacho se le ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños, ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín bostezaba abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba ella: "¡Ama, la teta, la teta!"
 Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado, ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos a las personas como si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia y desconfianza del salvaje. Cuando obediente a la consigna de doña Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba a sonar como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando ésta no podía oírlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:
 -No hay mujer como ésta, no la hay... Le digo a usted, Lica, que ha sido una adquisición... ¡Gracias a mí, que la he buscado como pan bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran a la vuelta de la esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... Una cosa atroz, ¿ha visto usted? No dice esta boca es mía.
 Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:
 -¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy  mona.
 Y Lica me dijo, como siempre:
 -Máximo, cuéntame cosas.
 -¿Qué cosas ha de contar este sosón? -zumbó mi cínife con humor picaresco-. Que empiece a echar filosofías y nos dormimos todas.
 A pesar de esta sátira, yo contaba cosas a Lica, le hablaba de teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.
 La peinadora entró a peinar a Chita, que, mientras le arreglaban el pelo, me obligó a darle cuenta de todas las funciones que en la última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido a ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada tenían pasión por los dramas y horror a la música y a las comedias de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien cargados de barbas y vestidos de verde, o forrados de hojadelata imitando armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa y se dormían cuando los actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas hermanas los leían con deleite entre sorbos de café.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Signo editores, 2010, pp. 64-66. ISBN: 978-84-8447-046-5.]

domingo, 9 de junio de 2024

Las Leandras.-José Muñoz Román (1903-1968) y Emilio González del Castillo (1882-1940)


José Muñoz

Emilio González
          Pichi (Acto segundo, cuadro primero)

 «Pichi:  "Pichi / es el chulo que castiga
del Portillo a la Arganzuela, / porque no hay una  
 chicuela
que no quiera ser amiga / de un seguro servidor...
Pichi,/ pero yo que me administro
 cuando alguna se me cuela/ como no suelte la tela
                                                 dos morrás la suministro / que atizándolas candela
                                                 yo soy un flagelador.
                                                 Pichi, / no reparo en sacrificios:
                                                                                    las educo y estructuro / y les saco luego un duro
pa gastármelo en mis vicios / y quedar como un señor.
 Chulas: Me has trastornao. / ¡Eres un sol!
Ponme un chalet, / dame un renard,
cómprame un Roll.
 Pichi: Anda y que te ondulen / con la "permanén"
y pa suavizarte / que te den "col-crem".
Se lo pués pedir / a Victoria Kent
que lo que es a mí / no ha nacido quién.
Anda y que te ondulen / con la "permanén"
y si te sofocas / ¡tómalo con seltz!
 Chulas: Eres, Pichi, para mí / de lo que no cabe más
y yo sé de algunas por ahí / que van desesperadas
detrás de ti.
 Pichi: Pero a mí, no / porque "de nen"
bueno soy yo.
 Todos: Anda y que te ondulen / con la "permanén"
y si te sofocas / ¡tómalo con seltz!


Los nardos (Acto segundo, cuadro tercero)

 Aurelia: Por la calle de Alcalá / con la falda almidoná
y los nardos apoyaos en la cadera, / la florista viene y va
y sonríe descará / por la acera de la calle de Alcalá.
 Tiples: Y el gomoso que la ve / va y le dice: Venga usté
a ponerme en la solapa lo que quiera, / que la flor que usté me da
con envidia la verá / todo el mundo por la calle de Alcalá.
 Aurelia: Lleve usté nardos, caballero / si es que quiere a una mujer...
Nardos... no cuestan dinero / y son lo primero
para convencer... / Llévelos, y si se decide
no me moveré de aquí. / Luego, si alguien se los pide
nunca se le olvide / que yo se los di.
 Todas: Una vara de nardos / al que quiera saber
si será por fin dueño / de un querer de mujer.
 Aurelia: Llévelos usté, / no lo piense más,
mire que en amor / suerte le han de dar.
 Tiples: Lleve usted nardos caballero / si es que quiere a una mujer...
Nardos... no cuestan dinero / y son lo primero
para convencer. 
 Aurelia: Nardos... / Si alguien se los pide
nunca se le olvide / que yo se los di.


El viejo del hongo (Acto segundo)

 Seguramente no me recuerdan, / ya de mis tiempos quedan muy pocos.
Yo soy, señores, un pobre anciano: / el conocido viejo del hongo
que les pedía la perra chica / en la famosa cuarta de Apolo...,
sombrero en mano, porque ir a pelo / entonces era de muy mal tono.
¡Cuántas historias contar podría / de los alegres altos del Fornos,
de la aventura de amor galante / que, poco o mucho, tuvieron todos...!
Madrid entero se daba cita / en la famosa cuarta de Apolo..., 
y ante sus puertas pasé los años... / Eran los tiempos de los gomosos,
de los simones, de las manuelas, / del café suizo y el café Pombo.
Eran los tiempos de las chulapas, / mantón, pañuelo, patillas y ¡ojos!,
de los motines de verduleras / con las guindillas, de los piropos...
Era..., el sainete que se ofrecía / ante la misma puerta de Apolo;
iban floristas vendiendo nardos, / iban los chulos, amantes hoscos
que les sacaban todo el dinero / para mostrarse después celosos.
Celos, achares, amor y risas, / mujeres guapas y hombres rumbosos,
eso fue siempre -yo soy testigo- / nuestra famosa cuarta de Apolo.
Quienes la vieron, que la recuerden, / porque eso siempre produce gozo;
quienes lo saben sólo de oídas / que nos perdonen. Los vejestorios,
por apegados a nuestro tiempo, / lo imaginamos el más hermoso.
¡Vuelva la vida! ¡Atrás los años! / Es una noche de San Antonio...
Las gentes bajan a la Florida / y el pobrecito viejo del hongo
pide limosna de unos aplausos / en la famosa puerta de Apolo».

    [El texto pertenece a la edición en español de la obra Segunda noticia y antología de poetas bilbilitanos, de Antonio Sánchez Portero, editado por Centro de estudios bilbilitanos de la Institución "Fernando el Católico", 2005, pp. 165-168. ISBN: 84-7820-781-3.]
 

sábado, 6 de abril de 2019

La zarzuela de cerca.- Andrés Amorós (1941) y otros


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Introducción: el estudio teatral de la zarzuela

«En este caso -creo- no es demagogia afirmar que cuanto más se acercan las obras al pueblo, mayor es su altura estética y su vigencia permanente. No en vano consideraba Federico Nietzsche como una de las joyas del teatro europeo el coro de los ratas en La Gran Vía. Este "género chico" es el verdaderamente grande: como ya he dicho, en él -y en las parodias- encontramos la raíz auténtica de una de las máximas aportaciones españolas a la estética contemporánea: el esperpento.
 Un estudio actual de la zarzuela tendría que atender a aspectos muy variados, que la condicionan y explican. Sin tomarlos en consideración no cabe entender adecuadamente la realidad escénica viva de cualquiera de esas obras.
 ¿Cuáles son esos aspectos? Sin ánimo de agotarlos, puedo enumerar unos cuantos:
 1.-Ante todo, un estudio textual: las variantes de las sucesivas ediciones, las innovaciones aportadas por la práctica escénica, las escenas añadidas por los propios autores (por ejemplo, la respuesta de la señora a la "menegilda", en La Gran Vía), los cantables que alargan un número de éxito (recuérdese el garrotín de La Corte del Faraón), aludiendo a la cambiante actualidad...
 2.-Los géneros escénicos y las denominaciones con que se presentan las obras: teatro por horas, parodia, revista, apropósito...
 3.-Los temas: regional, histórico, de actualidad, mitológico...
 4.-Las adaptaciones de obras clásicas (de nuestro teatro del Siglo de Oro, por ejemplo), cotejándolas con el modelo.
 5.-La conexión con la circunstancia histórica concreta. Basándose en testimonios periodísticos y costumbristas, Alonso Zamora Vicente ha demostrado la profunda realidad del esperpento Luces de Bohemia y yo mismo he iluminado las claves ambientales de Troteras y danzaderas. Algo semejante habría que hacer con muchas zarzuelas, que recogen, a su modo, unas costumbres concretas, el latido de un momento histórico y social irrepetible: el Desastre, la apertura de una Gran Vía o las fiestas populares (La Verbena de la Paloma). No se pueden entender unas obras sin saber lo que significan el agua, azucarillos y aguardiente o el hecho social y político de que un joven sea cajista de imprenta. Nótese bien que lo ideal sería no quedarse en el banal costumbrismo nostálgico, sino tratar de explicar la génesis de una obra teatral a partir de una circunstancia llena de colores, olores y sabores que hoy se nos han esfumado.
 6.-El lenguaje, por supuesto, con su mezcla de popularismos y cultismos, sintaxis coloquial y voces redichas.
 7.-La métrica, que suele adoptar esquemas poco ortodoxos, para acomodarse mejor a la fluencia musical.
 8.-La teatralidad: divisiones en actos y escenas, clases de éstas, escenarios que piden espectacularidad, alternancia de lo individual y lo coral, finales "en punta"...
 9.-Intérpretes: actores y cantantes, compañías; en época más reciente, directores, escenógrafos.
 10.-Locales escénicos: desde su nacimiento, una obra está condicionada si ha sido escrita para la Princesa, Apolo o Fontalba.
 11.-La cartelera nos producirá la sorpresa de ver coincidir, quizá, a Paso y Abati con García Lorca o Eisenstein.
 12.-La bibliografía, que tendrá que asomarse, además de lo esperable, a sectores raros y pintorescos: recuerdos de actores y cantantes, guías urbanas, almanaques, tratados de canto y declamación, historias locales, libros de anécdotas y chistes teatrales...
 13.-La recepción, en fin: críticas del estreno, duración en cartel de las obras, reposiciones...
 Con este recuerdo tan esquemático e incompleto, he intentado mencionar sólo algunas líneas posibles. Cada una de ellas requeriría largo desarrollo. Y existen otras más. Quede esto aquí como simple muestra de todo lo que resta por hacer para comprender adecuadamente la zarzuela en su unidad escénica: literaria, teatral y musical.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1987. ISBN: 84-239-1677-4.]
 
 

viernes, 5 de febrero de 2016

"Nada".- Carmen Laforet (1921-2004)

 
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5

 "Angustias, examinando mis zapatos, cuyo cuero arrugado como una cara expresiva delataba su vejez, señaló las suelas rotas que rezumaban humedad y dijo que yo había cogido un enfriamiento por llevar los pies mojados.
 -Además, hija mía, cuando se es pobre y se tiene que vivir a costa de la caridad de los parientes, es necesario cuidar más las prendas personales. Tienes que andar menos y pisar con más cuidado... No me mires así porque te advierto que sé perfectamente lo que haces cuando yo estoy en mi oficina. Sé que te vas a la calle y vuelves antes de que yo llegue, para que no pueda pillarte. ¿Se puede saber a dónde vas?
 -Pues a ningún sitio concreto. Me gusta ver las calles. Ver la ciudad...
 -Pero te gusta ir sola, hija mía, como si fueras un golfo. Expuesta a las impertinencias de los hombres. ¿Es que eres una criada, acaso?... A tu edad, a mí no me dejaban ir sola ni a la puerta de la calle. Te advierto que comprendo que es necesario que vayas y vengas de la universidad..., pero de eso a andar por ahí suelta como un perro vagabundo... Cuando estés sola en el mundo haz lo que quieras. Pero ahora tienes una familia, un hogar y un nombre. Ya sabía yo que tu prima del pueblo no podía haberte inculcado buenos hábitos. Tu padre era un hombre extraño... No es que tu prima no sea una excelente persona, pero le falta refinamiento. A pesar de todo, espero que no irías a corretear por las calles del pueblo.
 -No.
 -Pues aquí mucho menos. ¿Me has oído?
 Yo no insistí. ¿Qué podía decirle?
 De pronto se volvió, espeluznada, cuando ya se iba.
 -Espero que no habrás bajado hacia el puerto por las Ramblas.
 -¿Por qué no?
 -Hija mía, hay unas calles en las que si una señorita se metiera alguna vez, perdería para siempre su reputación. Me refiero al barrio chino... Tú no sabes dónde comienza...
 -Sí, sé perfectamente. En el barrio chino no he entrado... pero, ¿qué hay allí?
 Angustias me miró furiosa.
 -Perdidas, ladrones y el brillo del demonio, eso hay.
 (Y yo, en aquel momento, me imaginé el barrio chino iluminado por una chispa de belleza.)
 El momento de mi lucha contra Angustias se acercaba cada vez más, como una tempestad inevitable. A la primera conversación que tuve con ella supe que nunca íbamos a entendernos. Luego, la sorpresa y la tristeza de mis primeras impresiones habían dado una gran ventaja a mi tía. "Pero -pensé yo, excitada después de esta conversación- este período se acaba." Me vi entrar en una vida nueva, en la que dispondría libremente de mis horas y sonreí a Angustias con sorna.
 Cuando volví a reanudar las clases en la universidad me parecía fermentar interiormente de impresiones acumuladas. Por primera vez en mi vida me encontré siendo expansiva y anudando amistades. Sin mucho esfuerzo conseguí relacionarme con un grupo de muchachas y muchachos compañeros de clase. La verdad es que me llevaba a ellos un afán indefinible que ahora puedo concretar como un instinto de defensa: sólo aquellos seres de mi misma generación y de mis mismos gustos podían respaldarme y ampararme contra el mundo un poco fantasmal de las personas mayores. Y verdaderamente, creo que yo en aquel tiempo necesitaba este apoyo". 

martes, 15 de diciembre de 2015

"Las afueras".- Luis Goytisolo (1935)


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IV

 "La Rambla no parecía la misma de otros días así, con las tiendas cerradas y las aceras llenas de hombres y mujeres, todos muy elegantes, que paseaban despacio, entrando y saliendo de los cafés, de los espectáculos, de las salas de baile. También se veían chicas con pantalones y chicos con botas y mochila y gorros de colores, que volvían del campo, alegres y alborotados, con manojos de hierbas y de flores.
 Una vez, tiempo atrás, Bernardo había estado en el campo igual que aquellos chicos y chicas. Fue con sus padres y pasaron allí el día entero y todo estaba muy verde y hacía buen sol y se respiraba bien. Los árboles crecían sueltos por el monte y no alineados como en la Rambla. Comieron sobre la hierba, como la otra gente que había salido al campo, y bebieron vino con gaseosa. Pero Ciriaco bebió demasiado vino con poca gaseosa y empezó a cantar y hacía cosas raras. Y Claudina se enfadó mucho y dijo que salidas como aquella no se iban a repetir. Esto pasó hacía ya mucho tiempo, al poco de llegar a Barcelona y, realmente, a partir de entonces, no volvieron al campo. Ahora Ciriaco bebía en el bar de abajo, con Patrach y los amigos, y se emborrachaba casi todos los domingos. Decía que no estaba para campos, que demasiado campos había visto en el pueblo.
 El pueblo estaba en Murcia. Para llegar hasta allí se tomaba el tren y luego un autocar. Bernardo había nacido en el pueblo, pero lo dejó cuando aún era muy pequeño. Allí el cielo era de color azul fuerte y las casas blancas y él jugaba con los demás niños en la plaza de la iglesia, donde paraban los autocares. Los autocares llegaban envueltos en una nube de polvo y los niños corrían y chillaban en derredor, intentando subir a la escalerilla de atrás. Luego su hermano se quemó y como a Ciriaco no le iban bien las cosas, se fueron todos a Barcelona. Y tomaron el autocar y el tren. El tren olía mal y estaba muy lleno y durante el viaje Bernardo no hizo más que intentar dormir junto a Claudina, con ojos hinchados de sueño.
 En Barcelona no tuvieron que entretenerse buscando habitación y trabajo. Antonio, el hermano de Claudina, se había encargado de todo. Antonio era un hombre joven que salió del pueblo cuando niño y ahora trabajaba en una gran fábrica de tejidos. Allí -explicó- difícilmente hubieran admitido a Ciriaco, que en su vida había visto un telar. "Toma lo de las obras -dijo- mientras buscas algo mejor. Estas son cosas que nada más puede hacerlas el interesado". Pero Ciriaco dijo que no importaba, que lo de las obras estaba muy bien y se puso a trabajar y en seguida hizo muchos amigos.
 Al principio Antonio salía con ellos todos los domingos y les enseñaba la ciudad. Les explicó muchas cosas; hablaba del trabajo, de las condiciones de vida, de cómo podían mejorarlas. Pero Ciriaco parecía aburrirse y bostezaba mirando de reojo a los bares llenos de gente. "¿Por qué no entramos a tomar un chatito?", decía por fin. Y se iban los cuatro a una mesa y sólo entonces Ciriaco empezaba a divertirse. "Preocupado -decía-. Que eres un preocupado, Antonillo. ¿Cómo te puede sentar bien el vino? Mira por lo tuyo, y diviértete, hombre, ahora que eres joven". Luego comenzó a salir con sus nuevos amigos y Antonio ya nada más les visitaba de vez en cuando.
 Claudina se ocupaba de la casa y, por las tardes, ganaba algún dinero lavando ropa en la pensión de la Viuda. Generalmente se llevaba con ella a Bernardo para que la ayudase a tender la colada. En la azotea, el sol pegaba que daba gusto y las palomas echaban a volar desde las tapias y las cornisas, haciendo sonar las alas. No bien podía, Bernardo escapaba al antepecho y, allí acodado, miraba a la calle y a los otros terrados, con sus alambres y antenas, sus palomares. Pero Claudina empezaba a gritar en seguida y el niño tenía que volver junto a la cesta. Sacaba la ropa mojada y Claudina la tendía de los alambres, soltando goterones que olían a limpio".   

lunes, 31 de agosto de 2015

"El sombrero de tres picos".- Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)


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1.-De cuándo sucedió la cosa

 "Comenzaba este largo siglo, que ya va de vencida. No se sabe fijamente el año. Sólo consta que era después del 4 y antes del 8.
 Reinaba, pues, todavía en España don Carlos IV de Borbón, por la gracia de Dios, según las monedas, y por olvido o gracia especial de Bonaparte, según los boletines franceses. Los demás soberanos europeos descendientes de Luis XIV habían perdido ya la corona (y el jefe de ellos la cabeza) en la deshecha borrasca que corría esta envejecida parte del mundo desde 1789.
 No paraba aquí la singularidad de nuestra patria en aquellos tiempos. El Soldado de la Revolución, el hijo de un oscuro abogado corso, el vencedor en Rívoli, en las Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas, acababa de ceñirse la corona de Carlo Magno y de transfigurar completamente la Europa, creando y suprimiendo naciones, borrando fronteras, inventando dinastías y haciendo mudar de forma, de nombre, de sitio, de costumbres y hasta de traje a los pueblos por donde pasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado, o como el Anticristo, que le llamaban las potencias del Norte... Sin embargo, nuestros padres -Dios los tenga en su santa Gloria-, lejos de odiarlo o de temerle, complacíanse aún en ponderar sus descomunales hazañas, como si se tratase del héroe de un libro de caballerías, o de cosas que sucedían en otro planeta, sin que ni por asomos recelasen que pensara nunca venir por acá a intentar las atrocidades que había hecho en Francia, Italia, Alemania y otros países. Una vez por semana -y dos, a lo sumo- llegaba el correo de Madrid a la mayor parte de las poblaciones importantes de la Península, llevando algún número de la Gaceta -que tampoco era diaria-, y por ella sabían, las personas principales -suponiendo que la Gaceta hablase del particular-, si existía un Estado más o menos allende al Pirineo, si se había reñido otra batalla en que peleasen seis u ocho reyes y emperadores, y si Napoleón se hallaba en Milán, en Bruselas o en Varsovia...; por lo demás, nuestros mayores seguían viviendo a la antigua usanza española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición y sus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios, fueros y exenciones personales, con su carencia de toda libertad municipal o política, gobernados simultáneamente por insignes obispos y poderosos corregidores -cuyas respectivas potestades no era muy fácil deslindar, pues unos y otros se metían en lo temporal y en lo eterno -y pagando diezmos, primicias, alcabalas, subsidios, mandas y limosnas forzosas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas, frutos civiles y hasta cincuenta tributos más cuya nomenclatura no viene a cuento ahora.
 Y aquí termina todo lo que la presente historia tiene que ver con lo militar y política de aquella época; pues nuestro único objeto, al referir lo que entonces sucedía en el mundo, ha sido venir a parar a que el año de que se trata -supongamos que el de 1805- imperaba todavía en España el antiguo régimen en todas las esferas de la vida pública y particular, como si, en medio de tantas novedades y trastornos, el Pirineo se hubiese convertido en otra muralla de la China.

 2.-De cómo vivía entonces la gente

 En Andalucía, por ejemplo -pues precisamente aconteció en una ciudad de Andalucía lo que vais a oír-, las personas de suposición continuaban levantándose muy temprano, yendo a la Catedral a misa de prima; aunque no fuese día de precepto; almorzando a las nueve un huevo frito y una jícara de chocolate con picatostes; comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio, si había caza y, si no, puchero solo; durmiendo la siesta después de comer, paseando luego por el campo; yendo al rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia; tomando otro chocolate a la Oración -éste con bizcochos-; asistiendo los muy encopetados a la tertulia del corregidor, del deán o del título que residía en el pueblo, retirándose a casa a las Animas; cerrando el portón antes del toque de la queda; cenando ensalada y guisado por antonomasia, si no habían entrado boquerones frescos, y acostándose incontinenti con su señora -los que la tenían-, no sin antes hacerse calentar primero la cama durante nueve meses del año...
 ¡Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que había en la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de costumbres! ¡Dichosísimo tiempo, digo..., para los poetas especialmente, que encontraban un entremés, un sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esa prosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legó al cabo la Revolución francesa! ¡Dichosísimo tiempo, sí!... Pero esto es volver a las andadas. Basta ya de generalidades y de circunloquios, y entremos resueltamente en la historia de El sombrero de tres picos".   

martes, 3 de marzo de 2015

"Marianela".- Benito Pérez Galdós (1843-1920)


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"Se ha declamado mucho contra el positivismo de las ciudades, plaga que, entre las galas y el esplendor de la cultura, corroe los cimientos morales de la sociedad; pero hay una plaga más terrible, y es el positivismo de las aldeas, que petrifica millones de seres, matando en ellos toda ambición noble y encerrándoles en el círculo de una existencia mecánica, brutal y tenebrosa. Hay en nuestras sociedades enemigos muy espantosos; a saber: la especulación, el agio, la metalización del hombre culto, el negocio; pero sobre éstos descuella un monstruo que, a la callada, destroza más que ninguno: la codicia del aldeano. Para el aldeano codicioso no hay ley moral, ni religión, ni nociones claras del bien; todo esto se resuelve en su alma con supersticiones y cálculos groseros, formando un todo inexplicable. Bajo el hipócrita candor se esconde una aritmética parda que supera en agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemáticos más expertos. Un aldeano que toma el gusto a los ochavos y sueña con trocarlos en plata, para convertir después la plata en oro, es la bestia más innoble que puede imaginarse; tiene todas las malicias y sutilezas del hombre y una sequedad de sentimientos que espanta. Su alma se va condensando hasta no ser más que un graduador de cantidades. La ignorancia, la rusticidad, la miseria en el vivir completan esta abominable pieza, quitándole todos los medios de disimular su descarnado interior. Contando por los dedos, es capaz de reducir a números todo el orden moral, la conciencia y el alma toda.
 La Señana y el señor Centeno, que habían hallado, al fin, después de mil angustias, su pedazo de pan en las minas de Socartes, reunían, con el trabajo de sus cuatro hijos un jornal que les habría parecido fortuna de príncipes en los tiempos en que andaban de feria en feria vendiendo pucheros. Debe decirse, tocante a las facultades intelectuales del señor Centeno, que su cabeza, en opinión de muchos, rivalizaba en dureza con el martillo-pilón montado en los talleres; no así tocante a las de Señana, que parecía mujer de muchísimo caletre y trastienda, y gobernaba toda la casa como gobernaría el más sabio príncipe sus Estados.
 Apandaba bonitamente el jornal de su marido y de sus hijos, que era una hermosa suma, y cada vez que había cobranza, parecíale que entraba por las puertas de su casa el mismo Jesucritso sacramentado; tal era el gusto que la vista de las monedas le producía.
 Daba la Señana muy pocas comodidades a sus hijos en cambio de la hacienda que con las manos de ellos iba formando; pero como no se quejaban de la degradante y atroz miseria en que vivían, como no mostraban nunca pujos de emancipación ni anhelo de otra vida mejor y más digna de seres inteligentes, la Señana dejaba correr los días. Muchos pasaron antes que sus hijas durmieran en camas; muchísimos antes que cubrieran sus lozanas carnes con vestidos decentes. Dábales de comer sobria y metódicamente, haciéndose partidaria en esto de los preceptos higiénicos más en boga; pero la comida en su casa era triste, como un pienso dado a seres humanos.
 En cuanto al pasto intelectual, la Señana creía firmemente que con la erudición de su esposo, el señor Centeno, adquirida en copiosas lecturas, tenía bastante la familia para merecer el dictado de sapientísima, por lo cual no trató de alimentar el espíritu de sus hijos con las rancias enseñanzas que se dan en la escuela. Si los mayores asistieron a ella, el más pequeño vióse libre de maestros, y engolfado vivía durante doce horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez".