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sábado, 30 de octubre de 2021

Llenos de vida.- John Fante (1909-1983)


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   «El padre John Gondalfo  se presentó dos días después. Al llegar aquella tarde lo vi sentado en la sala, con mi padre y con Joyce. Su aspecto era el del típico hombre duro. Había sido capellán de marines en el Pacífico Sur. Llevaba esperándome una hora. A causa del calor se había quitado la chaqueta, debajo de la cual llevaba una camiseta blanca. El negro vello de su musculoso pecho se colaba por la trama del tejido. Tenía brazos de luchador y se mantenía en forma jugando solo a frontón en el garaje de la parroquia. Era joven, no tendría más de treinta y dos años, con un aceitunado rostro siciliano, nariz rota y pelo cortado al rape. Parecía un medio o un delantero centro de Santa Clara. En cuanto lo vi me di cuenta de que era de ascendencia italiana y el paisanaje no tardó en crear una cruda confianza. Me estrujó los nudillos al darme la mano.
 -Son las cinco y media, Fante. ¿Dónde estaba?
 Le dije que trabajando.
 -¿A qué hora sale?
 Le dije que poco después de las cuatro.
 -¿Las cuatro? ¿Dónde ha estado esta hora y media?
 Le dije que en Lucey’s, tomando un whisky.
 -¿No sabe que su mujer está embarazada?
 Joyce estaba en un sillón, con el montículo apoyado con indolencia en su vientre y con las piernas algo separadas para sujetarlo. Adoraba al padre John. También percibí la admiración de mi padre, así como una ligera hostilidad hacia mí.
 -¿Qué tiene de malo beber aquí, en su propia casa? –dijo el padre John-. ¿Con su mujer y este gran hombre que es su padre? ¿Se le ha ocurrido alguna vez?
 Sus hombros me impresionaban, y  la intensa negrura de sus ojos.
 -Claro, padre. También bebo en casa y mucho.
 -Ya es hora de que se enfrente a sí mismo, Fante.
 -Sin duda, padre, pero…
 -No discuta conmigo, joven. ¿Cree que acabo de llegar en el ferry de Hoboken?
 Yo no quería discutir con nadie. Al mirar a Joyce, me di cuenta de que el espíritu de la admonición del padre John la había contagiado. En aquel momento me descalificaba totalmente. También mi padre, que estaba sentado delante de una botella de vino, humedeciéndose los labios y confirmando sabiamente con la cabeza las palabras del sacerdote.
 El padre John dio una palmada, se frotó las manazas con fuerza y dijo:
 -Bueno, vayamos al asunto. Fante, su mujer quiere entrar en la Santa Madre Iglesia Católica. ¿Alguna objeción?
 -Ninguna, padre.
 Y era la pura verdad. No podía haber objeciones. Sí, se me daba la posibilidad de desear otra cosa, la esperanza de que pospusiera temporalmente su decisión, pero era otra historia.
 -¿Y usted? Aquí su padre, este hombre grande y extraordinario, me ha contado que trabajó como un esclavo para proporcionarle una esmerada educación católica. Pero ahora lee libros y, si me lo permite, escribe libros. ¿Qué tiene contra nosotros, Fante? Debe de ser usted muy inteligente. Cuéntemelo todo. Escucho.
 -No tengo nada contra la Iglesia, padre. Es sólo que quiero pensar…
 -¡Ah!, ¿conque es eso? La infalibilidad del Santo Padre. Así que quiere saber si el obispo de Roma es realmente infalible en cuestiones de fe y moralidad. Fante, se lo aclararé de una vez para siempre: lo es. ¿Qué más le preocupa?
 Me acerqué a mi padre, me hice con la botella y bebí un trago. El repentino ataque del padre John me había dejado aturdido y necesitaba tener tranquilas las ideas.
 -Verá, padre. La Santísima Virgen…
 -Yo le explicaré lo de la Santísima Virgen, Fante. Permítame exponérselo con claridad y sin ambigüedades. María, madre de Dios, fue concebida sin pecado y al morir ascendió a los cielos. Un hombre de su inteligencia tiene que comprenderlo.
 -Sí, padre. Lo aceptaré por el momento. Pero en la misa, en la eucaristía…
 -La eucaristía es la transformación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo. ¿Qué más le inquieta?
 -Verá, padre. Cuando un hombre se confiesa…
 -Cristo dio a sus sacerdotes el poder de perdonar pecados cuando dijo: “Recibid el Espíritu Santo. Los pecados que perdonéis serán perdonados; y los pecados que no borréis no serán borrados”. Lo dice el Nuevo Testamento. Léalo.
 -Entiendo las palabras, padre. Pero en el dogma del pecado original…
Resultado de imagen de john fante llenos de vida -¡Ja! ¡De modo que es eso! Por pecado original entendemos que como descendientes de nuestros primeros padres somos concebidos en pecado y así permanecemos hasta que recibimos el glorioso sacramento del bautismo…
 -Sí, padre, eso ya lo sé. Pero la resurrección…
 -¿La resurrección? Por el amor del cielo, Fante, si es muy sencillo. Cristo nuestro Señor fue crucificado, resucitó de entre los muertos y ahí tenemos la inmortalidad prometida a todos sus hijos. ¿O prefiere morir como un perro, condenado eternamente al olvido?
 Di un suspiro y tomé asiento. Era imposible decir nada más. Mi padre carraspeó y esbozó una ligera sonrisa mientras empinaba la botella. Había en sus ojos una cordialidad curiosa. La ceniza que se le desprendió del cigarro aterrizó de cualquier manera en sus muslos.
 -El muchacho lee demasiado, padre. Hace años que se lo digo.
 Ahora era “el muchacho”.
 -Me gusta leer, papá. Es parte de mi profesión.
 -Y esos libros, padre. Control de natalidad, me lo dijo él mismo.
 -¿Control de natalidad? –El padre John sonrió con tristeza mientras cabeceaba-. Yo le diré lo que es el control de natalidad en la Iglesia católica. No existe.
 -Ya se lo dije yo, padre. Le dije: “No me gusta eso”. La culpa no es de la chica. Ella es protestante. No se da cuenta. Pero él… él me lo dijo. “Me gusta controlar a mi familia”, así me lo dijo, hace un par de días. A mí, a su propio padre.
 -Algo así le dije –admití-. Pero a lo que me refería, padre, era a que mis ingresos…
-¿Lo ve usted? –intervino mi padre-. Llevan casados casi cuatro años. Tiempo de sobra para dos hijos, un niño y una niña. Nietos. Pero ¿están aquí, padre? Suba esas escaleras. Mire en todas las habitaciones, debajo de las camas, en los armarios. No los encontrará. Nicky y Philomena. Nicky tendría ahora tres años y hablaría con su abuelo. La niña daría ahora sus primeros pasos. ¿Los ve en esta casa, padre? Salga al patio trasero; mire en el garaje. No, no los encontrará, porque no están aquí. ¡Y la culpa es de él! –me señaló con el dedo, el de la uña rota.
 -Para ya, papá.
 -No pienso parar. Quiero saberlo, porque soy su abuelo. ¿Dónde está Nicky? ¿Dónde está Philomena?
 -¿Cómo quieres que lo sepa?
 Joyce se acercó a mi padre y se sentó junto a él. Le asió la rojiza zarpa y le habló con dulzura.
 -No ha habido otros, papá Fante. Se lo digo con el corazón en la mano.
 No había que tratarlo así, porque podía tomarle gusto al sentimentalismo. Dicho y hecho: puso cara de compunción, le tembló la barbilla, se le humedecieron los ojos. Quise advertir a Joyce con la mirada. Era cierto que me había opuesto al embarazo hasta que pudiéramos permitírnoslo. También era verdad que ella había aceptado arriesgarse sin dinero. Pero nunca se me había ocurrido pensar que aquellas ocasiones fueran entidades humanas concretas, ni dar nombre a los niños no concebidos, y en aquellos instantes veía el duelo y la melancolía en el rostro de Joyce, arrastrada por el estado de ánimo de mi padre.
 - Hablo de mi sangre –prosiguió mi padre-. Hay dos a los que no veré nunca, pero están aquí, en alguna parte y su abuelo no se siente bien, porque no puede comprarles helados.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2008, en traducción de Antonio-Prometeo Moya, pp. 103-108. ISBN: 978-84-339-7484-6.]

lunes, 12 de abril de 2021

Elogio de la impertinencia.- Piergiorgio Odifreddi (1950)


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Religión

¿Adónde fue a parar Dios?

  «A la afirmación de Nietzsche de que “Dios ha muerto”, Woody Allen rebatió: “No, sólo se ha mudado y ahora trabaja en un proyecto menos ambicioso”. Muerto o emigrado, Dios efectivamente parece haberse marchado de Occidente y no interesarse ya por él. O, al menos, no en las formas de tebeo de la religión tradicional, orientadas a los pastores analfabetos de la Palestina de hace dos o tres mil años y, por tanto, anacrónicas y superficiales para el hombre tecnológico occidental de hoy. ¿Qué queda entonces de la religión tradicional en el mundo contemporáneo y qué mutaciones del ge(é)n(esis) ha sufrido para adaptarse a las necesidades de la modernidad?
 Antes de responder a estas preguntas será útil tratar de entender los motivos por los cuales la gente cree, cuando aún cree. Al primero, genérico y obvio, aludía Gadda al advertir que “no todos están condenados a ser inteligentes”. En efecto, aunque sea embarazoso decirlo, la mayoría de los hombres no brilla por su cerebro ni por su cultura y constituye un fértil terreno para la diseminación y el arraigo de las tonterías más disparatadas: de las promesas de los gobernantes a las mentiras de la publicidad, de las banalidades de los medios de comunicación a los hechos sobrenaturales de los curas.
 Pero sería simplista y superficial reducir la fe a un capítulo de la estupidez humana: por otra parte, hay muchas personas inteligentes y cultas que creen, o al menos dicen que creen. Una buena parte de ellas cree que cree, según la feliz expresión de filósofo, o finge que cree, según la infeliz costumbre del hombre público. La sensibilidad y el interés por lo trascendente no están muy difundidos en sociedades materialistas como las occidentales, y a menudo la fe se reduce sólo a una práctica social, adoptada sin demasiada reflexión por tranquilidad personal, o simulada con precisos cálculos por conveniencia electoral.
 Pero en las mayor parte de los casos la fe es probablemente el resultado de un programa educativo enunciado brutalmente por el ya citado Joseph de Maistre. No por casualidad la Iglesia y los partidos políticos que la representan, de la Democracia Cristiana de ayer al Polo de hoy, combaten batallas furiosas sobre la escuela privada, en nombre de la libertad de enseñanza: porque saben perfectamente que el lavado de cerebro efectuado en los niños tendrá efectos permanentes en los adultos. Por otra parte, si una sesión hipnótica puede bastar para obligarnos a adquirir comportamientos inexplicables pero inevitables, un adoctrinamiento sistemático bien podría seguir haciéndonos creen en el Niño Jesús también de mayores.
 Naturaleza y cultura aparte, las motivaciones conscientes o inconscientes que empujan al hombre a creer pueden ser las más variadas: el deseo de garantizar los valores morales, la necesidad de comprender y congraciarse con la naturaleza, los sentimientos de temor, la impotencia y el miedo en relación con la vida y la muerte, el intento de afrontar de raíz las crisis existenciales, la satisfacción de pulsiones y deseos infantiles reprimidos, la concreción de las ideas de perfección y de grandeza, la conciencia de lo infinito, la activación simbólica de arquetipos colectivos, la soledad del hombre en el universo, etc.
 Pero ante cada una de estas motivaciones, de orden, por así decir, “superior”, las religiones tradicionales ahora no saben ofrecer más que soluciones de calidad inferior. En efecto, las necesidades a las que hemos aludido son mejor y más adecuadamente satisfechas por otras feligresías. Por ejemplo, la literatura, la filosofía y las ciencias naturales y humanas están más equipadas para narrar historias, elaborar sistemas y explicar el mundo y el hombre de lo que pueda estarlo una rudimentaria mitología antigua de Oriente Medio: hay más cosas en el cielo y la tierra de las que imaginaron los profetas mediorientales y los dioses de su invención.
 Las religiones más inadecuadas para el mundo moderno son, sin duda, los monoteísmos, que pretenden poseer una verdad única y directamente revelada. Naturalmente, monoteísmos verdaderos sólo puede haber como máximo uno: cuando hay dos, o Dios no lo quiera, incluso tres, las cosas se complican y estallan. Por un lado, los demás monoteísmos serán percibidos como sacrílegos y blasfemos y masacrados en las recíprocas carnicerías que han marcado la historia antigua y reciente de judíos, cristianos y musulmanes. Por el otro, los infieles serán considerados como seres inferiores a los que eliminar o redimir, a través de las innumerables guerras de conquista que los imperialismos judío, cristiano e islámico han perpetrado en los siglos, los años y los meses pasados.
 Pero la inadecuación del monoteísmo no es sólo política. Considerar textos históricamente datados como la Biblia o el Corán como si estuvieran divinamente inspirados lleva a tomar las costumbres alimenticias, sexuales y sociales de antiguos pueblos como mandamientos y preceptos universales e inmutables. Pedirle al hombre de las ciudades actuales que siga comportándose como en el desierto de antaño significa reducirlo a una abstracción sin tiempo ni lugar, en vez de reconocer su historicidad y conduce directamente al fundamentalismo y la perversión.
 Éstos se manifiestan, sobre todo, en una patológica (y nada inmaculada) concepción de la mujer y la sexualidad, que causa por un lado el desencanto de los fieles y su desinterés por las políticas familiares de la Iglesia, sobre todo en el campo de la anticoncepción y lleva, por el otro, a fenómenos embarazosos como la pedofilia de muchos curas, que interpretan de manera sui (de)generis la exhortación “dejad que los niños vengan  mí”, y recientemente han costado al Vaticano dos billones de las viejas liras en resarcimientos sólo en Estados Unidos.
 Pero quizá sea en su soberbia antropocéntrica donde los monoteísmos revelan sus limitaciones frente al pensamiento científico. En efecto, creer que el hombre es el hijo predilecto de un Dios choca con todos los descubrimientos científicos de la historia moderna: el sistema copernicano, que quita a la Tierra del centro del mundo; el evolucionismo darwiniano, que conecta al hombre con el mono; el psicoanálisis freudiano, que desvela la potencia del inconsciente; la relatividad einsteniana, que elimina cualquier sistema de referencia privilegiado; la biología molecular, que reduce la vida a la información genética; son todo etapas de un progresivo redimensionamiento del hombre que la Iglesia no puede más que tratar de contrastar y contener patéticamente.
 A la luz de sus incompatibilidades con la modernidad, se comprenden y se explican las vicisitudes recientes de la religión en el mundo occidental. El Vaticano, por ejemplo, hace tiempo que ha concentrado su atención en los eslabones más débiles de la cadena humana: el tercer mundo, los jóvenes y “los pobres de espíritu”. A ellos se dirigen las apariciones mediáticas de un Papa superstar en movimiento perpetuo durante un cuarto de siglo, que adoraba a vírgenes, exorcizaba demonios, creía en los milagros y canonizaba a charlatanes.
 Como testimonio de la ambivalencia de su figura, bastará el episodio de la “revelación” del tercer secreto de Fátima, orquestado con ocasión del Jubileo de 2000: la explicación del fallido atentado de la plaza de San Pedro mediante una intervención directa de la Virgen, anunciada con décadas de antelación a tres pastorcillos, constituye una numinosa señal de predilección divina para los hombres de buena voluntad, pero un peligroso síntoma de delirio de poder para loa hombres de buena racionalidad.
 ¿Qué decir, además, de los milagros prodigados por los santos y lo beatos que en su incansable activismo Juan Pablo II ha proclamado a centenares, elevando, él solo, a los honores de los altares a más santos que todos sus predecesores juntos? Los numeritos, como la ceremonia de canonización del Padre Pío del 16 de junio de 2002 (véase la p. 220), acompañados por una embarazosa mercantilización de gadgets, no pueden más que cavar un surco de separación entre quien cree y quien piensa, y testimonian el desinterés de la Iglesia católica hacia aquellos que querrían satisfacer sus necesidades de espiritualidad, pero sin renunciar a los deberes de la racionalidad.
 Naturalmente, el problema no es sólo contemporáneo: desde el siglo XVIII hay intentos de purgar el cristianismo de sus aspectos supersticiosos, como la creencia en los milagros y de reducirlo a una religión natural y no revelada: en síntesis, a la existencia de un Dios que gobierna o garantiza el mundo físico y, eventualmente, el moral. Por desgracia para la religión, esta empresa traspasa inevitablemente la frontera del libre pensamiento, cuando no directamente del ateísmo, que son las elecciones naturales de los pensadores de ayer y de hoy. Y, más en general, de todos aquellos que no consiguen vivir esquizofrénicamente una doble vida, científica y tecnológica durante la semana,  y supersticiosa e irracional los domingos y las demás fiestas de guardar.
 Para aquellos que, aun rechazando el intrínseco fundamentalismo ofrecido por los tres monoteísmos, desean perseguir, de algún modo, una elección espiritual, hay soluciones menos radicales que constituyen las nuevas vías de la religión en el mundo moderno, en alternativa a las ya gastadas de las instituciones canónicas. Algunas de estas “nuevas” vías son, en realidad, tan viejas como las habituales, pero para un occidental presentan unas características de frescura y de diversidad que las hacen respirables como una ráfaga de aire fresco en un ambiente cerrado y malsano.
 La primera y más apetecible alternativa es ciertamente la de las religiones orientales, en especial las distintas denominaciones del budismo, sobre las cuales desde hace tiempo se ha concentrado la atención de Occidente en general, y de Estados Unidos en particular. El motivo es sencillo: las creencias y los dogmas que enjaulan rígidamente a la doctrina cristiana, sobre todo en la versión católica, parecen incomprensibles o irrelevantes y son, en su mayor parte, ignorados por los supuestos fieles.
Resultado de imagen de elogio de la impertinencia Por ejemplo, no es posible ser católico sin creer en la doble naturaleza y voluntad de Cristo, en la existencia del purgatorio, en la transustanciación, en la inmaculada concepción, en la asunción, en la inhabilidad pontificia, etc. Pero basta indagar entre parientes y conocidos para percatarse, por ejemplo, de cuántos imaginan que “inmaculada concepción” significa no que la Virgen nació sin pecado original, cosa difícil de comprender, sino que concibió un hijo sin ensuciarse, por así decir, las manos, cosa, en cambio, difícil de digerir.
 No es difícil imaginar que la mayoría absoluta –por no decir la casi totalidad- de viejecitas, jóvenes y semianalfabetos del tercer mundo que frecuentan las iglesias, profesa como mucho un genérico y vago cristianismo, que ignora por completo las sutilezas teológicas según las cuales se pertenece a una de las diversas sectas cristianas, Iglesia de Roma incluida, en vez de a otra.
 Frente a un cristianismo teístico, dogmático e irracional, el budismo se presenta, en cambio, a los occidentales como una religión humanista, democrática y científica. Lejos de basarse en el mito truculento de la pasión y de la muerte de un Dios bajado a la tierra para redimirnos de nuestros pecados, se inspira en la hermosa fábula de un hombre como nosotros que busca, experimenta, se equivoca, y por último encuentra el camino para la liberación del sufrimiento. Y, después de haberlo encontrado, lo enseña modestamente a quien se muestra interesado, diciendo: “Yo lo he hecho así; si quieres, prueba también tú”.
 La búsqueda de Buda se basa en una fenomenología absolutamente científica, un análisis de la génesis del dolor  y de los posibles medios para su eliminación. Y el análisis descubre una completa interdependencia de los acontecimientos, una rigurosa concatenación de causas y efectos según el principio del karma, que no es más que el principio de acción y reacción, es decir, la causalidad. ¿Acaso es asombroso que el budismo interese  y atraiga en una era científica? ¿Sobre todo cuando es promocionado por personajes como el Dalai Lama, cuya personalidad modesta y progresista contrasta profundamente con aquella soberbia y conservadora de un Papa polaco?
 Naturalmente, el budismo y las religiones orientales son sólo algunas de las opciones que se ofrecen al occidental en busca de alternativas al cristianismo. Una de las más interesantes, casi desconocida por nosotros, pero difundida ya en doscientos países, es el brahaísmo, al que Tolstoi había definido como “la más alta y pura forma de religiosidad”. Ésta fue fundada en 1863 por un persa llamado Mirza Husain Alí Nuri, que se consideraba la décima encarnación de Vishnú, el mesías de los judíos, y el sucesor de Zaratustra, el buda Maitreya, el Cristo resucitado y duodécimo imán. Su enseñanza se basa en las precedentes religiones reveladas y las funde en un original e interesante sincretismo universal.
 En Italia los caminos de las religiones alternativas al cristianismo son escasamente practicados a causa del obstruccionismo de la Iglesia y de sus agentes políticos. La cual y los cuales consideran la adhesión a cualquier fe diversa, aunque sea otro monoteísmo, como una traición de los supuestos valores occidentales que pretenden incluso inscribir en la Constitución europea.
 Situados ante la alternativa de “mejor ateos que incrédulos”, muchos satisfacen entonces sus necesidades de espiritualidad cayendo del fuego en las brasas y refugiándose en versiones semilaicas o paracientíficas de las religiones. Exorcistas, demonólogos, médiums, magos, parapsicólogos, clarividentes, sensitivos, cartománticos, sanadores, astrólogos y toda una serie de “alternativos” se disputan, pues, con los curas, el monopolio de la explotación de la estupidez y la credulidad humana, y todos juntos compiten para repartirse las opíparas ganancias de un mercado floreciente y rico.
 Pero la irracionalidad enmascarada de las pseudociencias y la fe en los astros, las cartas o el ocultismo no son menos anacrónicas que la irracionalidad manifiesta de las religiones tradicionales y la fe en el Zeus griego, el Júpiter latino o el Jesús cristiano. Sólo llevando a cabo la reconstrucción de las religiones y las pseudociencias, y eligiendo abiertamente el camino de la racionalidad y de la ciencia, Occidente podrá finalmente llegar a una concepción no caricaturesca de la espiritualidad y encontrar lo sagrado donde verdaderamente está: en la naturaleza del hombre.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial RBA Libros, 2010, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale, pp. 134-141. ISBN: 978-84-9867-600-6.]

domingo, 4 de abril de 2021

Memorias de una princesa de Zanzíbar. La vida en un harén del siglo XIX.- Emily Ruete [Sayyida Salme de Zanzíbar y Omán] (1844-1924)


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El colegio en Oriente


 «El colegio (mdarse) tiene sobre todo para los orientales, y por tanto también para nosotros, un significado extraordinariamente limitado. En Europa, el colegio ocupa el centro de la vida estatal y eclesiástica, para príncipes y ciudadanos por igual; de su eficiencia dependen en gran medida el crecimiento mental y la formación del carácter, así como las perspectivas de futuro de cada uno. En Oriente, en cambio, el mdarse es algo totalmente secundario que para muchos ni siquiera existe. Sin embargo y antes de entrar en ulteriores discusiones, quisiera dejar claro a qué llamábamos colegio en nuestra casa.
 A la edad de seis o siete años todos los hermanos, niños y niñas, debían entrar en el mdarse. Las niñas sólo aprendíamos a leer, mientras que los niños aprendían a leer y escribir. Para encargarse de las clases había en Bet il Mtoni y Bet il Sahel una única maestra, que el padre había hecho venir desde Omán. Cuando la maestra enfermaba y debía guardar cama, nos embargaba una gran alegría; nunca le encontraban una suplente y por lo tanto teníamos fiesta.
 No había un aula propiamente dicha; la clase tenía lugar en una galería abierta a la cual tenían acceso también palomas, papagayos y pavos reales. Desde ella podíamos contemplar cómodamente el patio y entretenernos deliciosamente con el trajín reinante. El mobiliario del aula constaba únicamente de una estera enorme. Igual de sencillo era nuestro material escolar: necesitábamos tan sólo un Corán con su atril (marfaa), un pequeño tintero con tinta de fabricación propia, una pluma de bambú y un buen omóplato de camello blanqueado. Este último hacía las veces de pizarra: se puede escribir muy fácilmente sobre él con tinta y crispa mucho menos a los nervios que el rasgar de la tiza en la pizarra. De la limpieza del omóplato se solían ocupar nuestros esclavos.
 En primer lugar, como aquí, debíamos aprender el complicado alfabeto árabe; a continuación, y a falta de otro libro de texto, comenzábamos a leer el Corán, que los chicos, como ya se ha dicho, copiaban. Cuando los alumnos no saben leer aún muy bien, lo hacen todos a coro y en voz alta. Sin embargo, eso es todo y nunca hay explicaciones sobre lo que se lee y se aprende. De ahí que de cada mil personas haya como máximo una que comprenda y sepa interpretar palabra por palabra las ideas y los preceptos del texto sagrado de los musulmanes, a pesar de que casi el ochenta por ciento se haya aprendido la mitad de dicho texto de memoria. Las reflexiones sobre el texto sagrado son válidas también para las personas no religiosas y los no creyentes; basta con que el alumno crea en lo que le enseñan, una máxima que se aplica rigurosamente.
 A las siete de la mañana, tras comer algo de fruta, debíamos acudir puntualmente a nuestra estera, enrollada durante la noche y acabada de limpiar, y aguardar la llegada de nuestra severa maestra. Hasta que llegaba dedicábamos el tiempo a luchar, boxear, saltar, a practicar peligrosísimas actividades de escalada en el pasamano y a otros juegos de infancia. En la curva de la galería situábamos a un vigilante que, con tos fingida, nos advertía con antelación de la llegada de la maestra. Nos sentábamos todos en un abrir y cerrar de ojos, la viva imagen de la inocencia, sobre la estera y en cuanto oíamos sus pasos acercándose saltábamos como pelotas de goma para coger respetuosamente la mano de la temida maestra y desearle buenos días. Ella llevaba siempre en una mano su odiado bastón de caña y en la otra un enorme tintero de latón. Formábamos en fila delante de ella hasta que tomaba asiento; sólo entonces podíamos seguir su ejemplo. Nos sentábamos todos juntos con las piernas cruzadas sobre la estera, reunidos en círculo alrededor de la maestra.
 Entonces comenzaba a recitar la primera sura del Corán y el padrenuestro musulmán, que nosotros repetíamos a coro y cerrábamos con el conocido amin. A continuación repetíamos lo aprendido el día anterior y nos daba nuevo material para leer y escribir. La clase duraba regularmente hasta la nueve y, al terminar el desayuno, hasta mediodía a la hora de la segunda plegaria.
 Cada uno podía llevar consigo a uno de sus esclavos, que podía tomar también parte en la clase; éstos se sentaban detrás de nosotros, a una cierta distancia, mientras nosotros nos agrupábamos como mejor nos placía: no teníamos puestos fijos, del mismo modo que no había clases diferenciadas. En cuanto a las notas, que aquí se dan varias veces al año y que tanta excitación despiertan, allí nadie sabía ni lo que eran. Si alguien tenía un rendimiento o un comportamiento especialmente bueno o malo, solía comunicarse de forma verbal a la madre y el padre. Este último dio a la maestra órdenes expresas de castigarnos con severidad siempre que hubiera motivos. Además, nuestra naturaleza salvaje la obligaba a utilizar a menudo el maldito bastón de caña.
 Aparte de leer y escribir sólo se enseñaba un poco a contar, hasta cien por escrito y hasta mil oralmente; las cantidades mayores parecían ser algo malo. Tampoco la gramática y la ortografía merecían una gran atención y no era sino más tarde, durante los años en los que leíamos mucho, cuando aprendíamos el complicado ilnahu por nosotros mismos. De todas las ciencias, como la historia, la geografía, las ciencias naturales, la matemática y todas las demás, estando en casa ni tuve noticia de ellas, ni mucho menos las aprendí; no fue hasta llegar aquí cuando tuve el placer de conocer todas estas ramas del saber. Sin embargo, sigo siendo incapaz de responder a la pregunta de si a mí, con la poca erudición que a duras penas me he podido procurar aquí, me va mejor que a la gente de mi país. Lo único seguro es que jamás me he sentido tan defraudada y engañada como cuando más he sabido. ¡Ah, afortunados compatriotas! Ni en vuestros sueños sospecháis todo lo que conlleva la sacrosanta civilización…
 Finalmente, los llamados deberes, a los que aquí hay que dedicar tantas horas, no casaban en absoluto con el carácter de nuestras clases.
 La propia maestra infiere tal temor que es tenida en gran consideración, especialmente por sus alumnos y alumnas; jamás en su presencia le faltarán al respeto debido e incluso después, al hacerse mayores, se comportarán ante ella con la mayor deferencia. No es nada extraño que si dos personas no logran de ninguna forma ponerse de acuerdo en algún asunto recurran, en última instancia, a la mediación de la maestra. De hecho, esa relación tiene cierto parecido con la que se establece entre algunos católicos muy devotos y su padre espiritual.
 Sin embargo, los escolares orientales tiene también algo en común con los europeos: el instinto natural para ganarse y seducir a la maestra con regalos. Cada vez que mis hijos me piden unas monedas para comprarle un ramo o una maceta de flores a la señorita Tal o Cual, me acuerdo involuntariamente de mis propios años de escolar; se trata de algo que se encuentra en la naturaleza profunda de las personas, no en su nacionalidad. No en vano, antes de que oyera hablar de la existencia de Alemania y de todas sus escuelas y escolares, tanto mis hermanos como yo le llevábamos a nuestra maestra todo lo posible, preferiblemente golosinas de todo tipo, para así ganarnos su inestimable protección; nuestro padre se encargaba de darnos cada día sus deliciosos bombones franceses y nosotros los echábamos a sus pies. Sin embargo, la agasajada que, debo decir lamentablemente, sufría a menudo y para nuestra satisfacción, de dolor de muelas y tenía que marcharse a su casa, no siempre se dejaba seducir por nuestros obsequios; decía que sólo queríamos que se pusiera enferma de tanto comer y así empeorar el suplicio de sus dolores de muelas con tantos dulces. Y si he de ser sincera, estoy segura de que ninguno de nosotros deseaba que la pobre encontrara un remedio definitivo para sus dientes cariados.
 La duración de la escolaridad era indeterminada. Lo que se podía aprender, y que se debía aprender a toda costa, el niño podía dominarlo en uno, dos o tres años. Eso dependía tan sólo de su talento natural.
 Los trabajos manuales no formaban parte del plan de estudios de la escuela, si es que puedo expresarme en esos términos. Esa tarea correspondía a nuestras madres, que poseían, casi sin excepción, una notable y en ocasiones excelente habilidad para coser, zurcir y hacer encaje de bolillos. También en ese sentido gozamos, pues, de una formación muy distinta, ya que el aprendizaje dependía en gran medida de nuestras ganas y afición. Yo, por ejemplo, tengo hermanas que si se vieran en la situación de tenerse que ganar el pan con sus propias manos, no tendrían ningún problema ya que son muy diestras con las manos; otras, en cambio, serían incapaces siquiera de enhebrar una aguja.
 También existen colegios públicos, sólo para hijos de personas sin recursos. Todo aquel que está mínimamente acomodado dispone de profesor o profesora privada. En ciertas circunstancias es la secretaria quien se encarga de dar clase a las niñas, aunque por supuesto sólo mientras éstas son muy pequeñas.
 Eso es lo poco que sé contar de nuestras escuelas. Naturalmente, me resultaría muy fácil compararlas con las escuelas alemanas, o comparar a los estudiantes europeos, con una formación extraordinaria, con los ignorantes estudiantes árabes. Yo he nacido, me he criado y he crecido allí, y puedo juzgar desde mi propia experiencia; vivo aquí desde hace muchos años, mando a mis hijos al colegio y por lo tanto he tenido también oportunidad de formarme hasta cierto punto una opinión. En comparación con los nativos, tal vez tenga a mi favor el hecho de que éstos, al estar acostumbrados a ello, no se percatan de muchas de las cosas que un observador imparcial y criado en otro entorno social detecta al instante. No me gustaría dármelas de jueza; sin embargo, por todo ello muchas personas están también interesadas en conocer lo que pienso.
Resultado de imagen de emily ruete memorias de una princesa En general, me parece que en relación con la escuela los europeos se exceden en sus pretensiones en la misma medida en que los árabes se quedan cortos. Ninguna de las dos naciones ha encontrado aún la vía del medio, ni la encontrará; esa contradicción se perpetuará irremediablemente mientras el mundo sea mundo.
  Aquí no hay apenas ciencia que no se enseñe a los niños, y además a tal nivel que para el intelecto infantil resulta imposible retenerla. En cuanto los niños comienzan a acudir a la escuela, los padres dejan de disponer de ellos. Al terminar el horario escolar, sufren tal sobrecarga de deberes que a menudo es imposible pensar siquiera en una convivencia agradable con ellos y en una actuación consecuente y regular sobre la formación de su carácter. Todo el santo día es una carrera eterna de deber en deber. ¡Y cuántos de esos trabajos no tienen validez duradera alguna para los niños! Tanto es lo que hay que aprender que parece que la única posibilidad sea relegarlo todo de nuevo al olvido lo antes posible. Robar así a los niños un tiempo que aprovecharían mucho mejor estando con su familia es, sin duda, una injusticia.
 Por si eso fuera poco, los pobrecitos tienen que pasar cinco horas o incluso más al día apelotonados en una sala que se llama clase pero parece una jaula, donde reinan un calor y un ambiente sofocante que escapan a  cualquier descripción. ¡En una escuela que contaba con más de doscientos niños había tan sólo cuatro vasos para beber agua! ¿Cómo no va uno a sentir náuseas al besar a su hijo cuando éste regresa del colegio? ¿Cómo puede alguien extrañarse de que un escolar se ponga enfermo? Cuando están en casa, los padres cuidan y miman a los pequeños tanto como les es posible, pero el aire que respiran en el colegio frustra todos esos esfuerzos. ¡Y qué aspecto tienen muchos de los estudiantes del país! A una le duele el corazón al verlos, pobrecitos. ¿No era acaso mejor nuestra galería al aire libre? ¿Y de qué sirve la mejor educación si para alcanzarla hay que echar a perder el cuerpo?
 Como ya he dicho, ni quiero ni puedo juzgar la educación europea en su conjunto; sólo quería expresar algunas de las cosas que he visto y que me convencieron de que aquí el colegio y la formación tiene también muchos aspectos negativos. En cualquier caso, espero que me perdonen si me pregunto aún qué derecho tienen los europeos para compadecer a un pueblo que tildan de “no ilustrado” y hasta qué punto están legitimados para implantar su civilización en el mismo por la fuerza. Muchos se burlarán de esto o se encogerán de hombros: en cualquier caso, he podido constatar con certeza que quienes creen que hay que proporcionar a la gente formación e instrucción por su propio interés suelen estar equivocados. Como árabe nacida y criada en un entorno totalmente analfabeto según los estándares europeos, sé mejor que nadie el poco éxito que una formación general europea tendría entre los orientales musulmanes.
 El caso de otras naciones que desean adoptar la formación europea, como los japoneses, es distinto; que se adapten tanto como quieran. Para los musulmanes, en cualquier caso, la formación europea presenta un sinfín de elementos absolutamente incompatibles con sus rígidas concepciones religiosas. La gente de aquí se burla a menudo de la pseudoerudición turca; y, sin embargo, los turcos se han esmerado por civilizarse, ni que sea hasta cierto punto, más de lo que les convenía. Con ello no han logrado más que debilitarse sin llegar a civilizarse, porque la civilización europea contradice y se opone a todos sus conceptos fundamentales. La civilización no se puede imponer por la fuerza y habría que reconocer también a los demás pueblos el derecho a cultivar libremente y sin coacciones sus concepciones e ideas nacionales, perfiladas a lo largo de los siglos por la experiencia y la filosofía práctica. Ante todo, los árabes devotos se sentirían profundamente heridos si alguien pretendiera comenzar su ilustración enseñándoles ciencias naturales, sin el conocimiento de las cuales no se puede ni hablar de una formación más profunda. ¡Qué estremecimiento vital y qué discrepancias provocaría quien quisiera hablarle de leyes naturales a alguien que en toda la vida del universo hasta el ser más diminuto ve con una fe inquebrantable una sola cosa: la mano de Dios, que todo lo controla y dirige!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2004, en traducción de Carles Andreu Saburit, pp. 101-109. ISB: 84-8428-232-5.]