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domingo, 25 de septiembre de 2022

El origen del pensamiento.- Armando Palacio Valdés (1853-1938)


Biografia de Armando Palacio Valdés
V


 «A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con creciente asombro: “¡El excremento!”. Y esta idea, maravillosamente fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido jamás había soñado.
  Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de La Época, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba vueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente al Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle los secretos que guarda en su seno.
  Don Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles añosos, que bordeaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora. Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para estudiar los organismos inferiores.
  —¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No sabe usted que está prohibido entrar?
  La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso, la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo Don Pantaleón, en la inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.
  Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas, mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.
  Mientras Don Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología, química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.
 —Me sorprende muchísimo, señor de Moreno —le dijo un día Don Pantaleón, después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las enfermedades de la sangre del ratón»—, me extraña muchísimo que con los grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero, o por lo menos doctor en ciencias.
  La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica. Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz, y dijo al cabo sordamente:
  —Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres veces suspenso?
  Sánchez le miró con ojos interrogantes.
  —Vamos, imagíneselo usted.
  Don Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.
  —¡En fisiología!
  Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
  —¡Pero eso es un absurdo! —profirió al cabo con trabajo Don Pantaleón.
  —¡Ahí verá usted! —repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas producidas por la risa.
  —¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo castigo —manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
  —Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano… pero… amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy débil.
  —¡El hambre! —exclamó Sánchez estupefacto.
  —Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre precisa nutrirse… Yo no me nutro, porque no como carne.
Descargar] El origen del pensamiento - Armando Palacio Valdés en ...  Don Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia calculaban que debían de ser bien humildes.
  —Señor Moreno, yo no pensaba…
  —¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo! —exclamó el joven con un gesto de resolución desesperada.
  Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el balcón, profirió al fin sordamente:
  —La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento, un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas, pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la lucha por la existencia… Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más aptos… He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez, mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
  Don Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias, y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora. Lo único que se aventuró a decir fue:
  —Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede menos de abrirse camino en el mundo.
  —¡El mérito! ¡el mérito! —murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica—. Ahí está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
  Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena de sustancia aromática debajo del ombligo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Dédalo, 1957.]

martes, 1 de septiembre de 2020

Crónica de un drama familiar.- Aleksandr I. Herzen (1812-1870)

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Capítulo II

  «Al principio, muchas cosas me impidieron intimar con ese hombre. Carecía de esa índole sencilla y franca, de ese completo abandono que tanto cuadra a un hombre fuerte y dotado y que entre nosotros es casi inseparable del talento. Era reservado, astuto, temeroso; le gustaba disfrutar a escondidas; había en él cierta molicie nada varonil, una mezquina dependencia de las cosas pequeñas, de las comodidades de la vida y un egoísmo deslindado, rücksichtslos (1), que llegaba hasta la ingenuidad del cinismo. De todo eso sólo lo consideraba culpable a medias.
 El destino lo había unido a una mujer que, con su amor cerebral y sus excesivos cuidados, alimentaba sus inclinaciones egoístas y secundaba sus debilidades, embelleciéndolas a sus ojos. Antes de casarse, Herwegh había vivido en la pobreza; ella le había aportado riqueza, lo había rodeado de lujos, se había convertido en su niñera, en su ama de llaves, en su enfermera, propiciando una continua necesidad de ínfimo orden. Postrada en el polvo, en eterna adoración, in einer Huldigung (2) ante el poeta "que debía suceder a Goethe y Heine", al mismo tiempo sofocaba y ahogaba su talento entre las plumas de un sibaritismo filisteo.
 Me irritaba que aceptase de buen grado su condición de marido mantenido; admito haber asistido no sin satisfacción a la ruina hacia la que ambos se encaminaban irremediablemente y haber visto con frialdad cómo lloraba Emma, obligada a arrendar su apartamento "de marco dorado", como lo llamábamos nosotros, y a malvender uno tras otro, por la mitad de su precio, sus "Amorcillos y Cupidos", por fortuna de bronce, no siervos de la gleba.
 En este punto me gustaría dedicar unas palabras a su vida precedente y a su matrimonio, que llevaba la impronta increíblemente neta del germanismo contemporáneo.
 Los alemanes, y más aún las alemanas, tienen una infinidad de pasiones cerebrales, es decir, de pasiones inventadas, fantasiosas, forzadas, literarias, una suerte de Überspanntheit (3), un entusiasmo libresco, una exaltación fría y ficticia, siempre dispuesta a asombrarse sin medida o a conmoverse sin una razón suficiente. No se trata de fingimiento, sino de falsa verdad, de intemperancia psíquica, de histerismo estético, que en realidad no cuesta nada, pero que aporta muchas lágrimas, alegrías y pesares, muchas distracciones y sensaciones, Wonne! (4) Una mujer inteligente como Bettina von Arnim no pudo liberarse en toda su vida de esa enfermedad germana. Los géneros y el contenido pueden cambiar, pero la elaboración psíquica del material, por decirlo así, sigue siendo la misma. Todo se reduce a variantes diversas, a distintos matices de sensual panteísmo, es decir, a una actitud religioso-sexual y de teórico enamoramiento por la naturaleza y los hombres que en absoluto excluye la castidad romántica ni la voluptuosidad teórica ni entre las sacerdotisas laicas del Cosmos ni entre las esposas místicas de Cristo, recitadoras de oraciones de divina lascivia. Tanto las unas como las otras tratan de ser hermanas nominales de las pecadoras de hecho. Actúan de ese modo por curiosidad y atracción por las caídas, a las cuales ellas nunca se deciden, y siempre absuelven a las pecadoras, aun cuando éstas no soliciten su perdón. Las más exaltadas atraviesan todo el curso de las pasiones sin ponerlas en práctica y se dejan tentar por todos los pecados, como por correspondencia, per contumaciam, en los libros ajenos y en los cuadernos propios.
Alba Editorial - Crónica de un drama familiar Uno de los rasgos más comunes de todas las alemanas exaltadas es la idolatría de los genios y de los grandes hombres: es una religión que hunde sus raíces en Weimar, en los tiempos de Weiland, Schiller y Goethe. No obstante, como los genios son raros, Heine vivía en París y Humboldt era demasiado viejo y demasiado realista, se lanzaron con una especie de hambre desesperada sobre músicos de valía y pintores correctos. La imagen de F. Liszt traspasó el corazón de todas las alemanas como una chispa eléctrica, encendiendo sus frentes espaciosas y sus largos cabellos peinados hacia atrás.
 Al final, a falta de grandes hombres pangermanos, recurrieron, por así decir, a algún genio específico que destacara en un ámbito cualquiera; todas las mujeres se enamoraban de él; todas las muchachas schwärmten für ihn (5), todas le bordaban en el cañamazo tirantes y zapatillas y le enviaban diversos recuerdos en secreto, guardando el anonimato.
 En los años cuarenta las mentes de Alemania estaban muy exaltadas. Cabía esperar que un pueblo que había encanecido con libros como Fausto, quisiese como él salir por fin a la plaza y contemplar el vasto mundo. Ahora sabemos que se trataba de falsos dolores, que el nuevo Fausto de la taberna de Auerbach volvió a su Studierzimmer (6). No obstante, entonces las cosas parecían diferentes, sobre todo a las alemanas, y por tanto cualquier manifestación de espíritu revolucionario recibía una calurosa acogida. En pleno apogeo de ese período aparecieron las canciones políticas de Herwegh. Nunca percibí en ellas un gran talento; sólo su mujer podía comparar a Herwegh con Heine. Pero el punzante escepticismo de Heine no estaba en consonancia con la mentalidad de la época. Los alemanes de los años cuarenta no necesitaban a Goethe ni a Voltaire, sino la canciones de Beránger y La marsellesa adaptadas a las costumbres del otro lado del Rin. Los poemas de Herwegh a veces terminaban in crudo con el grito, el estribillo francés: "Vive la République!", algo que entusiasmaba en el 42. En el 52 ya se habían olvidado. Ahora no hay quien los lea.»

 (1) Desconsiderado
 (2) En homenaje
 (3) Exaltación
 (4) Deleite
 (5) Soñaban con él
 (6) Estudio

   [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2006, en traducción de Víctor Gallego Ballestero. ISBN: 84-8428-288-0.]

lunes, 27 de julio de 2020

Mary Reilly, servidora del Dr. Jekill.- Valerie Martin (1948)

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Cuaderno uno

   «El Amo pareció animarse al oír mi respuesta.
 -¿Marley School, Mary? -repitió-. Vaya, es una de mis obras.
 -¿Sí, señor? ¿Quiere decir que fue maestro allí?
 -No, Mary. -Evidentemente encontraba algo cómica mi suposición-. No he visto nunca la escuela. Pero fue en parte idea mía y di los fondos para el edificio, y aún hoy pertenezco a la comisión. Nos ocupamos del funcionamiento de la escuela.
 Me pareció extraño que el Amo dirigiese una escuela que nunca había visto, pero enseguida pensé que de haber visto lo que sucedía en esa escuela tal vez no se habría mostrado tan satisfecho, idea que me hizo sentir lástima por mi Amo con sus buenas intenciones y su satisfacción al saber que yo había sido alumna allí. Por este motivo me limité a decir:
 -Fue allí donde aprendí a leer, señor, y debo agradecérselo.
 El comentario agradó tanto al Amo que esbozó una sonrisa, como si alguien le hubiera hecho un gran regalo, y recibió mis muestras de gratitud con cierta timidez.
 -Bien, Mary. Lo encuentro espléndido y muy halagador para mí. Es realmente notable que hayas ido a mi escuela y termines trabajando en mi casa.
 En ese punto tuve un pensamiento mezquino que me hizo enmudecer. Fue que considerando lo primitiva que era la escuela era un milagro que supiese leer y que hubiese alcanzado esta posición en el mundo, que incluso el Amo no debe considerar muy elevada. No dije una sola palabra, sino que me enjugué la frente sudorosa con la manga y me quedé mirando al Amo, con la desagradable sensación de que el mundo entero se interponía entre nosotros y que no habría jamás forma de atravesarlo, pero también que en cierto modo éramos las dos caras de una misma moneda, cada uno realizando un trabajo diferente en la misma casa y tan cerca el uno del otro, aunque sin hablarnos, como el perro y su sombra.
 La sonrisa del Amo se borró y nos miramos un instante más, yo, sin sentir vergüenza de mi suciedad, sino más bien orgullo. Luego el Amo miró la pala hundida en la tierra y dijo:
 -Pues muy bien, Mary. Buena suerte con tu jardín -y volviéndose, se dirigió a la casa.
 Proseguí con mi tarea de remover la tierra, pero por algún motivo me sentía rara, como si mi esfuerzo no fuera a tener buen fin y el jardín no habría de ser nunca como yo lo imaginaba, sino un engendro lleno de plagas donde nada prosperaría por muchos esfuerzos que hiciésemos la cocinera y yo. Pensé después en el Amo, tan amable y reflexivo hoy, menos distante que antes de que conversáramos y él leyera mi historia, y recordé la pregunta que me hizo de si odiaba a mi padre por sus malos tratos y que, cuando no respondí, el Amo no insistió porque seguramente había advertido lo que yo comprendía en este momento, que no había respondido porque no sabía la respuesta.
 Creo que odiar a mi padre implicaría ceder y empequeñecer mi verdadero sentimiento, que, aunque intenso, no es de odio, ya que éste parece un sentimiento simple, puro y limpio. Creo en cambio que mi padre creó en mí este rincón oscuro que me hace entristecer de repente, cuando debería estar contenta de tener mi buen empleo y los amigos que tengo, y alguien como la cocinera capaz de aconsejarme en el arte de la jardinería, ella, que es una mujer sencilla, que encuentra alegría en su trabajo y en su certeza de saber el lugar que le corresponde. En mi caso, en cambio, hay a menudo esta zona de oscuridad y tristeza, inesperada y surgida de cosas que deberían hacerme feliz, como la idea del jardín y de trabajar en él con la cocinera, pero entonces esa sensación aumenta en mi interior como una nube negra, bajo la cual me dejó mi padre, sin ninguna salida ni otra cosa que hacer más que esperar hasta que de alguna manera aparezca esta salida providencial y pueda volver a ser yo misma.
Mary reilly servidora del dr. jekyll: Amazon.es: Martin, Valerie ... Siento, pues, que mi padre me hizo así, o que me dejó así, con esta tristeza que ha sido difícil de llevar y que acaso nunca me abandone por muy buena suerte que tenga, y que me separa de mis compañeros, que nunca parecen tener conciencia de ello.
 Si bien no puedo perdonar a mi padre, tampoco puedo lamentar lo que soy, y hay veces en que no renunciaría a la tristeza y a la sombra, porque creo verdaderamente que es parte de cómo debemos ver la vida si queremos decir que la hemos visto, y que, en fin, tiene que ver con el hecho de que estamos solos y morimos solos, hecho que todos debemos aceptar. Pienso que muchos, especialmente los ricos, gastan grandes sumas de dinero y todo su tiempo tratando de rechazar la tristeza de sus vidas, lo cual desde mi punto de vista, nunca pueden lograr, puesto que esa tristeza está ahí, por próspera que sea nuestra situación en el mundo, y no tenemos más remedio que afrontarla, y la verdad es que creo que, por muy triste que estuviese, jamás sería capaz de quitarme la vida, ya que cuando pasa la oscuridad ¡qué bendición es el más débil rayo de luz!
 Y esto es algo, realmente, que veo en el Amo, la razón de mi gran empeño en servirlo y lo que estoy convencida que debe de ver en mí, así como el motivo que lo ha llevado a interesarse por mi historia, porque ambos somos seres que han conocido esta tristeza y esta oscuridad interior. Y ambos hemos aprendido a esperar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Círculo de Lectores, 1996, en traducción de Lucrecia Moreno. ISBN: 84-226-5860-7.]

jueves, 11 de octubre de 2018

Recuerdos de Italia.- Emilio Castelar (1832-1899)


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La gran ruina

«Ver la Ciudad Eterna fue uno de los ensueños de mi existencia; uno de los deseos de mi corazón. Niño, la religión romana me habla de Dios, de la inmortalidad, de la redención, de todas las ideas que ensanchan hasta lo infinito los horizontes del alma. Adulto, la lengua del Lacio fue mi estudio exclusivo, estudio que a una imaginación de suyo plástica, le presentaba como en relieve, entre los dulces versos de Virgilio, los concisos períodos de Tácito, y los rotundos de Tito Livio, aquellos héroes antiguos, que sólo habían vivido para la libertad y para la patria. Ya en la juventud, al penetrar por la puerta de las Universidades, la literatura romana y el derecho romano habían acabado de inspirar al ánimo un anhelo vivísimo por ver las colinas de donde tantas ideas descendieron sobre la conciencia humana; los sepulcros que guardan tantos huesos ilustres, los cuales han servido como de abono a la planta de la civilización sobre la faz del planeta; las piedras bruñidas por el sol y por el tiempo, donde el cónsul y el tribuno han esculpido sus nombres, y el apóstol y el mártir su cruz, verdaderos fragmentos, no de la tierra, sino del espíritu universal, en su trabajo constante por adquirir la conciencia plena de sí mismo, y por realizar ese ideal, que le desasosiega y le atormenta, pero que también le eleva y le transfigura, obligándole a ser, si soldado de una lucha sin tregua, agente y sacerdote de un progreso sin término.
  Yo, que cansado un poco de la política en Madrid, de la industria en Londres, de la vida en París, hasta de la naturaleza en Ginebra; disgustado un tanto de las tendencias positivistas que en nuestro tiempo a cada minuto, y en nuestra sociedad a cada paso descubro; me refugiaba en Roma para consumir algunos momentos en éxtasis ante la historia, ante el arte, ante la religión, ante todo lo ideal, no pude cierto día desasirme de un republicano, muy mi amigo, que, seguro de la complicidad de mi alma con sus ideas, y de mi alejamiento naturalísimo del Santo Oficio, desahogaba su conciencia pecadora y su forzoso silencio de veinte años, pasados bajo la férula pontificia, en mi amistad, pintándome los abusos del absolutismo romano, que yo de oídas conocía, y de corazón detestaba; pero cuyo relato en aquella hora no se compadecía bien con mis deseos de peregrinar entre las ruinas, ajeno a todo trabajo político, entregado al curso libre de mis ensueños y de mis pensamientos.
  -A buena ciudad venís en busca de idealismo, decíame, frío por costumbre, en presencia de las maravillas que yo, transeúnte, admiraba en Roma. Aquí todo el mundo se interesa por un número de la fatal lotería; nadie por una idea del humano cerebro. La conmemoración del aniversario de Shakespeare se ha prohibido en esta ciudad del arte. Su censura es tan sabia, que como cierto escritor publicara un libro sobre el voltaismo, lanzólo al purgatorio del Índice, creyendo que se trataba del volterianismo, filosofía que no deja ni descansar ni digerir a nuestros monseñores. En cambio, un libro de cábalas y astrologías para adivinar los caprichos del bombo lotérico ha sido impreso y publicado con el placet pontificio, por no contener nada contrario a la religión, ni a la moral, ni a los derechos de la soberanía.
  -Sé todo eso, decíale yo. Lo he leído cien veces en Dumesnil, en Kauffman, en Sthendal, en Edmundo About.
  - Pues sabiéndolo, ¿buscáis aquí ideas? Rabelais conocia esta ciudad, Rabelais. Al llegar, en vez de escribir una disertación sobre sus dogmas, la escribió sobre sus lechugas, única cosa que hay buena y fresca en este maldito calabozo. Y cura y todo como era, cura del siglo decimosexto, más religioso que el nuestro, tenía una correspondencia larga y tendida con el piadoso obispo de Maillerais, sobre los hijos del Papa; porque el reverendo le había encargado muy especialmente averiguar si el caballero Pedro Luis Farnesio era hijo legítimo o bastardo de su Santidad. Creedme; Rabelais conocía a Roma.
  En esto dimos vuelta a una encrucijada, y nos encontramos en modestísima plazuela. Un balcón de la casa que más descollaba en aquel sitio, aparecía colgado con rico tapiz de damasco carmesí. Fuertemente ajustado al balcón brillaba un globo de cristal con filetes dorados, a uno de cuyos extremos veíase áureo manubrio. Frente a la casa, inmensa multitud desarrapada, miserable, se apiñaba. En todos los ojos, convertidos al balcón, veíase algo de extraño; en las manos papeles, santos, escapularios; un silencio sepulcral reinaba, silencio incomprensible en los locuaces pueblos del Mediodía, silencio, del que deduje haber topado con una ceremonia religiosa. Mi deducción se confirmó cuando un monago salió al balcón; y tras el monago algunos eclesiásticos de rubicunda cara y obesa respetable figura; y tras los eclesiásticos todo un príncipe de la Sacra Romana Iglesia, vestido de crujiente seda morada adornado con su roquete de blanco encaje, y cubierto con un solideo morado también, sobre el cual flotaba al cefirillo, como roja flor de granado, lustrosísima borla. Rompióse el silencio de la multitud en espantoso alarido. Unos de aquellos campesinos, que todavía conservan reflejos de la antigua belleza escultórica en su frente despejada, en su nariz aguileña, en sus labios gruesos, se postraban de hinojos, plegadas las manos, extática la mirada, profiriendo oraciones que parecían conjuros. Otros sacaban las estampas de sus santos protectores, casi todas mugrientas, y las besuqueaban con verdaderos transportes. Algunos daban saltos, tendían los brazos, pronunciaban frases incoherentes. Era sábado, sábado de sortilegios. El mediodía se acercaba. Un cañonazo suena en el punto que las campanas dan las doce. Al cañonazo sigue en la multitud otro alarido increíble. El cardenal coge el manubrio y da vueltas al globo cristalino. El monago mete la mano y saca un número. Era la lotería oficial, la lotería pontificia. Huyamos. Tenía razón el garibaldino. ¿Esta es la ciudad del espíritu?
  Sumerjámonos en los antiguos tiempos, como un buzo en el mar. Nuestra vida es tan corta, nuestro ser tan pequeño, que para tocar esa idea de lo infinito, a la cual estamos como unidos por lazos invisibles; para entrar en esta inmortalidad con que soñamos siempre, tenemos necesidad de poner, como tras el limitado horizonte sensible el ilimitado horizonte racional, tras cada momento de la vida, perspectivas inacabables, lejos inmensos, celajes que matizan de belleza las notas escapadas de unas cuerdas vibrantes, los colores descompuestos en mágicas paletas, las inspiraciones desprendidas de la celeste poesía, los recuerdos por nuestra evocación alzados del polvo de los siglos y de los abismos de la historia.
  ¿Es verdad que tenemos aquí en la frente una luz pálida, trémula, casi imperceptible, como la luz de la luciérnaga, una luz que se llama idea'? ¿Es verdad que en esta luz podemos abrasar el mundo material, disiparlo, ofrecérselo al espíritu como el humo de un sacrificio? Indudable. La naturaleza aparece a nuestros ojos mil veces, cual una imagen multiforme de la conciencia. La luz no es más que el yelo de oro tras el cual se oculta el pensamiento infinito que agrupa en escalas de música armoniosa los planetas y sus soles. El universo, ese universo que nos abruma con su grandeza, es el poema de nuestras ideas, el apocalipsis misterioso que hemos escrito con palabras de estrellas, con líneas de constelaciones en esa inmensidad, de cuya existencia real no estamos seguros, en esa inmensidad sin orillas y sin fondo que se llama espacio. Dejadme, dejadme, pues, soñar; que así como a los pies del hombre han caído muertos los dioses paganos, los dioses inmortales, creados y destruidos por el espíritu, los dioses inmortales, cuyos esqueletos amontonados descubro en esta inmensa necrópolis de la campiña romana, así pueden caer en ruinas los mundos, y quedar entre sus cenizas frías, como un rescoldo, el calor de nuestro espíritu.
  Cuando protestaba yo con estas orgullosas reflexiones contra las miserias humanas, sin darme de ello casi cuenta, había llegado solo, absorto, frente a frente del Coliseo Romano. La primera impresión que me produjo fue de asombro. Si yo no naciera a las orillas del mar, y no me connaturalizara con su infinita superficie desde niño, tal impresión me hubiera causado, viéndolo por vez primera en edad madura. Mi memoria un tanto viva y cambiante me trasladó súbita a mi cátedra de latín, donde traducíamos los epigramas de Marcial, y me trajo a los labios estos dos versos, que suelen repetir los eruditos itinerarios publicados por los arqueólogos romanos:
Barbara Piramidum silcant miracula Memphis
Omnis Caesaree cedat labor Amphitheatro.
  Eran estos los jardines de Nerón. Por aquí andaba vestido de púrpura, calzado de borceguíes celestes, la sien coronada de laureles, los ojos fijos en el cielo, las manos en la cítara, henchidos los labios de antiguos versos griegos, y el corazón de pasiones contrarias, como un demonio que se esforzara por ser Dios, y se acogiera momentáneamente al cielo del arte, para tornar a caer en los abismos. Él era cónsul, tribuno, dictador, césar, pontífice máximo; todos le bendecían, todos le adoraban; y no le estimaba ¡oh dolor! su propia conciencia. La posteridad no ha sido para él tan despiadada como para los demás césares, porque Nerón fue siempre un tirano con remordimiento. ¡Ha habido tantos en quienes se borró por completo la conciencia! ¡Ha habido tantos que, al matar, al quemar, al destruir ciudades enteras, han creído obrar meritoriamente a los ojos de Dios!»
 
   [El fragmento pertenece a la edición electrónica de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]