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domingo, 19 de marzo de 2023

La experiencia de leer.- Clive Staples Lewis (1898-1963)


Biografía de C.S Lewis    «Ahora será oportuno hacer el siguiente resumen de la tesis que estoy tratando de exponer:
  1. Toda obra de arte puede ser “recibida” o “usada”. En el primer caso, la forma creada por el artista determina el comportamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra imaginación y de otra serie de facultades. En el segundo, esa forma es un mero auxiliar para el ejercicio de nuestras propias actividades. Podríamos decir —usando una imagen anticuada— que lo primero es como hacer una excursión en bicicleta guiados por alguien que conoce caminos que nosotros aún no hemos explorado. Lo segundo, en cambio, es como añadir un pequeño motor a nuestra propia bicicleta para después recorrer uno de nuestros trayectos conocidos. En sí mismos, éstos pueden ser buenos, malos o indiferentes. Los “usos” que la mayoría hace del arte no son necesariamente vulgares, perversos o morbosos. Ésa es sólo una posibilidad. “Usar” las obras de arte es inferior a “recibirlas” porque al “usarlo” el arte no añade nada a nuestra vida y sólo se limita a proporcionarle brillo, asistencia, apoyo o alivio.
  2. Cuando se trata de la literatura, surge una complicación, porque «recibir» un texto siempre entraña, en cierto sentido, “usar” las palabras que lo integran, atravesarlas para llegar a algo imaginario que no es verbal. En este caso, por tanto, la distinción adopta una forma un poco diferente. Llamemos contenido a ese “algo imaginario”. El que “usa” la obra quiere usar ese contenido: como pasatiempo para los momentos de tedio o angustia, como mero ejercicio mental, como guía para construir castillos en el aire, o, quizá, como fuente de la que extraer “filosofías de vida”. En cambio, el que la “recibe” quiere detenerse en ese contenido, porque, al menos durante cierto tiempo, lo considera un fin en sí mismo. En este sentido, su relación con la obra podría compararse (hacia arriba) con la contemplación religiosa o (hacia abajo) con el juego.
  3. Sin embargo, paradójicamente, el que “usa” la obra nunca hace un uso pleno de las palabras, y, de hecho, prefiere las palabras que excluyen esa posibilidad. Le basta con captar el contenido en forma rápida y aproximativa, porque sólo le interesa usarlo para sus necesidades del momento. Si hay en las palabras elementos que invitan a considerarlas con mayor detenimiento, este tipo de lector los deja de lado; si, para entenderlas, es imprescindible detenerse a considerar esos elementos, simplemente es incapaz de seguir leyendo. Para él, las palabras son meros índices o postes indicadores. En cambio, cuando se lee correctamente un buen libro, las palabras, que, sin duda, indican, hacen algo mucho más sutil que lo que sugiere el término “indicar”: ejercen una coacción muy especial sobre las mentes deseosas, y capaces, de someterse a tan exquisita y fina exigencia. Por eso, cuando decimos que un estilo es “mágico” o “evocador” usamos una metáfora que no es sólo emotiva sino también idónea. Y por la misma razón tendemos a decir que las palabras poseen un “color”, un “sabor”, una “textura”, una “fragancia” o un “aroma”. Por eso, también, las grandes obras literarias parecen maltratadas cuando se les aplica la —inevitable— distinción entre palabras y contenido. Quisiéramos rechazar esa abstracción alegando que las palabras no son sólo el ropaje, ni del contenido siquiera la encarnación. Y no nos equivocamos. Es lo mismo que si intentásemos separar la forma y el color de una naranja. Sin embargo, a veces es necesario que hagamos esa separación con fines meramente analíticos.
  4. Como las “buenas” palabras son capaces de imponernos su voluntad y de guiarnos hacia los ámbitos más recónditos de la mente de un personaje —o de hacernos palpar la singularidad del Infierno de Dante, o la imagen de una isla para el ojo de los dioses— leer bien no es un mero placer adicional —si bien también puede serlo—, sino un aspecto del poder que las palabras ejercen sobre nosotros, y, por tanto, un aspecto de su significado.
  Esto vale, incluso, para la buena prosa, para la prosa eficaz. A pesar de su tono superficial y jactancioso, un prólogo de Bernard Shaw transmite una vitalidad tan jovial, tan atractiva y tan segura de sí misma que su lectura nos colma de placer; y ese sentimiento procede sobre todo del ritmo. Leer a Gibbon nos resulta tan estimulante por esa sensación de triunfo que, después de haber ordenado tantas miserias y grandezas, le permite contemplarlas con olímpica serenidad. Pues bien: son los períodos que escanden su prosa los que nos transmiten ese sentimiento. Son como viaductos que atravesamos a velocidad moderada y constante contemplando sin sobresaltos los valles risueños o impresionantes que se abren ante nosotros.
  Todas las actitudes típicas del mal lector podemos encontrarlas también en el bueno. Sin duda, también éste se emociona y siente curiosidad. Y lo mismo sucede con la dicha que también él es capaz de experimentar a través de los personajes. Desde luego, el buen lector nunca lee movido por ese único interés, pero, si la felicidad es un ingrediente legítimo de la historia, tampoco deja de compartirla. Cuando espera un final feliz no lo hace porque desee obtener ese placer, sino porque considera que, por diferentes razones, la obra misma lo requiere. (Las muertes y los desastres pueden ser tan notoriamente “artificiales” y disonantes como unas campanadas de boda).
  En cambio, el buen lector no persistirá demasiado en la fantasía egoísta. Sin embargo, sospecho que, sobre todo en la juventud o en otros períodos infelices, puede ser ella la que lo mueva a leer determinado libro. Se ha dicho que la atracción que Trollope o, incluso, Jane Austen ejercen sobre muchos lectores se debe a la riqueza con que supieron pintar el ocio de que gozaban por entonces los miembros de su clase —o de la clase que identifican con la suya—, a la sazón protegidos por una posición más próspera y estable. Quizá, a veces, suceda lo mismo con los libros de Henry James. En algunas de sus novelas, la vida que llevan los protagonistas resulta tan inaccesible para la mayoría de nosotros como la de las hadas o las mariposas; para ellos no existen obligaciones religiosas ni laborales, preocupaciones económicas, exigencias familiares o compromisos sociales. Sin embargo, eso sólo puede atraer al lector en un primer momento. Por importante e, incluso, obstinado que sea su propósito de valerse de autores como Trollope, Jane Austen o James para alimentar sus fantasías egoístas, el lector no tardará mucho en desalentarse.
  Al caracterizar estas dos maneras de leer he evitado deliberadamente el término “entretenimiento”. Aunque a veces aparezca reforzado con el adjetivo “mero”, sigue siendo demasiado ambiguo. Si designa el placer ligero y juguetón, entonces creo que eso es precisamente lo que nos proporcionan ciertas obras literarias como, por ejemplo, algunas frivolidades de Prior o de Marcial. Si se refiere a las cosas que “atrapan” al lector de novelas populares —el suspense, la emoción, etc.—, entonces yo diría que todo libro debería ser entretenido. Un buen libro será más entretenido, nunca menos. En este sentido, la capacidad de entretener al lector constituye una especie de prueba de calidad. Si una obra literaria no es capaz siquiera de brindar entretenimiento, no necesitamos seguir examinando sus méritos de mayor rango. Pero, desde luego, lo que “atrapa” a un lector puede no atrapar a otro. Allí donde el lector inteligente suspende la respiración, el corto de alcances podrá quejarse de que no sucede nada. De todos modos, espero que la mayoría de las connotaciones negativas que suele entrañar el término “entretenimiento” hayan quedado recogidas en mi clasificación.
La experiencia de leer (Trayectos Lecturas): Amazon.es: Lewis, C S ...  También me he abstenido de utilizar la expresión «lectura crítica» para describir el tipo de lectura que considero correcta. Salvo cuando se la utiliza elípticamente, esa expresión me parece muy engañosa. En un capítulo anterior he dicho que sólo podemos juzgar la pertinencia de una oración, e incluso de una palabra, por la función que cumple o deja de cumplir. El efecto siempre debe preceder al acto que lo juzga. Lo mismo vale para todo el libro. En el caso ideal, primero deberíamos leerlo, y después valorarlo. Lamentablemente, cuanto más tiempo llevamos ejerciendo una profesión literaria, o frecuentando los círculos literarios, menos respetamos esa norma. Quienes sí lo hacen, excelentemente, son los jóvenes. Cuando leen por primera vez una gran obra se sienten «aplastados». ¿Acaso la critican? ¡Por Dios, no! Lo que hacen es volver a leerla. Pueden demorarse mucho en formular el juicio: “Ésta debe de ser una gran obra”. Pero en etapas ulteriores no podemos dejar de juzgar a medida que leemos; esto se convierte en un hábito. No logramos crear el silencio interior, el vacío mental que requiere la recepción plena de la obra. Y mucho menos lo logramos cuando, al leer, sabemos que estamos obligados a formular un juicio; como cuando leemos un libro para escribir una reseña o cuando un amigo nos pasa un manuscrito porque quiere que le aconsejemos. Entonces el lápiz se pone a trabajar en el margen y las frases de censura o aprobación se forman por sí solas en nuestra mente.
  Por eso, dudo mucho de que la crítica sea un ejercicio adecuado para los lectores jóvenes. La reacción del alumno inteligente ante determinada obra se expresará de una manera mucho más natural a través de la parodia o la imitación. Si la condición necesaria de toda buena lectura consiste en «saber apartarnos del camino», es muy poco probable que logremos facilitar esa disposición en los jóvenes obligándolos a expresar continuamente sus opiniones. En este sentido, una de las cosas más perniciosas que puede hacer el profesor es incitarlos a abordar toda obra literaria con desconfianza. Sin duda, esa actitud será muy justificada. En un mundo lleno de sofistería y propaganda, queremos proteger a la nueva generación evitándole decepciones y precaviéndola contra el tipo de falsos sentimientos y de ideas confusas que con tanta frecuencia suele proponerle la palabra impresa. Pero, lamentablemente, el mismo hábito que le impide exponerse a la mala literatura puede impedirle todo contacto con la buena. El campesino “sagaz”, que llega a la ciudad demasiado aleccionado contra los cazadores de ingenuos, no siempre lo pasa precisamente bien; en realidad, después de haber rechazado muchas amistades genuinas, de haber desperdiciado muchas oportunidades reales y de haberse granjeado no poca antipatía, lo más probable es que caiga en las redes de algún pícaro que sepa alabar su «astucia». Lo mismo sucede en este caso. Ningún poema librará su secreto a un lector que penetre en él pensando que el poeta probablemente haya querido engañarle pero que en su caso no lo conseguirá. Si queremos obtener algo del poema, debemos correr ese riesgo. La mejor defensa contra la mala literatura es una experiencia plena de la buena; así como para protegerse de los bribones es mucho más eficaz intimar realmente con personas honradas que desconfiar en principio de todo el mundo.
  Desde luego, los muchachos sometidos a este entrenamiento capaz de atrofiar su sensibilidad, no acusan sus efectos condenando sin más todos los poemas que sus maestros les presentan. Determinada combinación de imágenes, rebelde a toda lógica e imposible de imaginar visualmente, merecerá sus elogios si la encuentran en Shakespeare, y su “denuncia” triunfal si la encuentran en Shelley. Pero esto se debe a que saben muy bien lo que se espera de ellos. Saben, por otro tipo de razones, que hay que elogiar a Shakespeare y condenar a Shelley. No responden correctamente porque su método les haya permitido descubrir la respuesta correcta, sino porque la conocían de antemano. No siempre es así; entonces, su respuesta reveladora puede encender en el maestro una tímida duda acerca de la eficacia del método.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2000, en traducción de Ricardo Pochtar, pp. 69-73. ISBN: 978-8484280378.]

jueves, 7 de enero de 2021

Investigaciones sobre la organización de los cuerpos vivos.- Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829)

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Primera parte
No son los órganos, es decir, la naturaleza y la forma de las partes del cuerpo de un animal lo que ha originado sus hábitos y sus facultades particulares, sino que, al contrario, son sus hábitos, su manera de vivir y las circunstancias en las que se encuentran los individuos de los que proviene lo que con el tiempo constituye la forma de su cuerpo, el número y el estado de sus órganos y, por último, las facultades de las que disfruta.   

  «En todo ser vivo que no ha llegado al final de la disminución de sus facultades es fácil hacer ver que el hábito de ejercitar un órgano no sólo lo perfecciona, sino que lo hace adquirir desarrollos y dimensiones que lo cambian imperceptiblemente, de suerte que, con el tiempo, lo convierte en un órgano muy diferente comparado con el de otro ser vivo que apenas lo ejercía. Es fácil probar que la falta de ejercicio constante de un órgano lo empobrece gradualmente y finalmente lo aniquila.
 Si a dos infantes recién nacidos y de sexos diferentes se les tapa el oído izquierdo durante el curso de su vida y a continuación se les mantiene juntos y si se hiciese lo mismo con su descendencia, no permitiéndoles más que unirse entre ellos, no dudo que después de un gran número de generaciones el oído tapado acabaría inutilizándose de forma natural y desaparecería imperceptiblemente. Por la acción de un tiempo igualmente largo, permaneciendo igual las circunstancias necesarias, el oído derecho se desplazaría poco a poco.
 Evidenciemos esto relatando algunos hechos conocidos.
 Tener ojos situados en la cabeza es un rasgo esencial del sistema organizativo de los mamíferos.
 Sin embargo, el topo, que debido a sus hábitos hace muy poco uso de la vista, tiene ojos muy pequeños que apenas aparecen ya que ejercita muy poco este órgano.
 El aspalax de Olivier (Bulletin des Sciences, par la Societé Philomathique, nº 38, p.105), que vive bajo tierra como el topo y que ciertamente se expone aún menos que éste a la luz del día, ha perdido totalmente el uso de la vista. Así, no ofrece más que vestigios del órgano que reside en esta sede y además estos vestigios están completamente ocultos bajo la piel y otras partes que los recubren y les impiden cualquier acceso a la luz. Como contrapartida, la necesidad de escuchar obligó a este pequeño animal a ejercitar continuamente su oído, lo que ha agrandado el aparato interior de este órgano.
 El sistema de organización de los mamíferos exhibe quijadas armadas con dientes para realizar la masticación. Sin embargo, si un animal de este grupo coge el hábito, por determinadas circunstancias, de tragar la comida sin ejercer nunca la masticación, la repetición de este hábito conservado en toda su raza, hará perder los dientes a todos los individuos que la componen, estando el animal en cuestión, como vemos en el oso hormiguero (myrmecophaga), enteramente desprovisto de dientes.
 Esto es también por lo que las aves no mastican realmente, unas tragan la comida que atrapan con su pico y otras las dividen de un solo golpe pero sin triturarla. Los animales de esta clase tienen las mandíbulas privadas de dientes y alvéolos.
 Se observa que la ausencia de uso de un órgano que debe existir, lo modifica, lo empobrece y, por último, lo destruye.
 Ahora voy a demostrar que el empleo continuado de un órgano, a causa de los esfuerzos realizados para sacar partido de las exigentes circunstancias, fortifica, extiende y agranda el órgano, o crea un nuevo que pueda ejercer las funciones que resulten necesarias.
 La necesidad que atrae al ave hacia el agua para pescar la presa que le permite vivir separa los dedos de sus pies cuando alcanza el agua y se desplaza por su superficie. La piel que une los dedos a su base, contraída por las interminables y repetidas separaciones de los dedos, se extiende con el hábito. Así con el tiempo, las largas membranas que unen los dedos de los patos, de los gansos, etcétera, se han ido formando tal y como las vemos. Los mismos esfuerzos hechos para nadar, es decir, para desplazar agua con el fin de avanzar y moverse en este líquido, han extendido las membranas situadas entre los dedos de las ranas, de las tortugas de mar, etcétera.
 Por el contrario, el ave cuya manera de vivir habitual consiste en posarse sobre los árboles y que desciende de individuos que habían contraído ese hábito, tiene necesariamente los dedos de las patas más largos y dispuestos de forma diferente a la de los animales acuáticos que acabamos de citar. Sus uñas con el tiempo se fueron alargando, agudizando y curvando en gancho para abrazar las ramas sobre las que se posaba suavemente.
Resultado de imagen de investigaciones sobre la organización de los cuerpos vivos En el mismo sentido, el ave de ribera que no le gusta nadar, pero que necesita aproximarse al borde del agua para encontrar a su presa, está continuamente expuesta a hundirse en el légamo. Ahora bien, este pájaro, procurando evitar que su cuerpo se sumerja, hace todos los esfuerzos por extender y alargar sus patas. En estos pájaros el resultado de este estiramiento habitual fue la extensión y el alargamiento de sus patas, haciendo que sus individuos se encuentren como elevados sobre zancos, habiendo obtenido poco a poco largas patas desnudas desprovistas de plumas hasta el muslo y a menudo más allá. Systême des animaux sans vertèbres, p. 14.
 Se comprende también que la misma ave, queriendo pescar sin mojar su cuerpo, esté obligada a hacer continuos esfuerzos para alargar el cuello. Los continuados esfuerzos de este animal y de los de su raza, han debido con el tiempo alargar singularmente el cuello. Lo que se constata, en efecto, por el largo cuello que presentan todas las aves de ribera.
  Algunas aves nadadoras, como el cisne y el ganso, cuyas patas son cortas, tienen, sin embargo, un cuello muy largo; estos pájaros en su paseo sobre el agua tienen el hábito de sumergir la cabeza todo lo profundamente que pueden para capturar larvas acuáticas y diferentes animales de los que se alimentan y no hacen ningún esfuerzo por alargar sus patas.
 Cuando un animal, para satisfacer sus necesidades, hace repetidos esfuerzos por alargar su lengua, ésta adquirirá una longitud considerable, cuando tenga necesidad de agarrar algo con ese órgano, entonces su lengua se dividirá y hendirá. Las aves mosca, etcétera, ofrecen una prueba de esto que avanzo.
 El cuadrúpedo, a quien las circunstancias han dado, tras mucho tiempo, el hábito de ramonear hierba y de trotar o correr fácilmente sobre la tierra, tiene una uña gruesa que envuelve el extremo de los dedos de sus patas. Como estos sirven de poco, la mayoría se acortan, se eclipsan y desaparecen.
 En cambio el animal, así como toda su raza, al que otras circunstancias han forzado a trepar, a consumir carne, a atacar y matar a su presa, ha tenido continuamente la necesidad de hundir el extremo de sus dedos en el espesor de los cuerpos que quiere atrapar. Este hábito ha formado gradualmente las garras que los arman, favoreciendo la separación de los dedos.
 Hay más, está el animal al que la necesidad y consecuentemente el hábito de desgarrar con sus zarpas le ha puesto en la cotidiana situación de hundirlas profundamente en el cuerpo de otro animal, a fin de agarrar y hacer esfuerzos para arrancar la parte deseada. Estos esfuerzos repetidos han proporcionado a las garras un tamaño y una curvatura que resultarían muy molestos para marchar o correr sobre el suelo pedregoso. Ha llegado el momento de que el animal se vea obligado a realizar nuevos esfuerzos para retraer esas garras tan salientes y ganchudas que le molestaban. De ello resulta, poco a poco, la formación de fundas especiales en las que gatos, tigres, leones, etcétera, esconden sus garras cuando no las necesitan.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2016, en traducción de Francisco Iribarnegaray Fuentes, pp. 150-155. ISBN: 978-84-8367-532-8.]
 

viernes, 1 de noviembre de 2019

Los cuadernos azul y marrón.- Ludwig Wittgenstein (1889-1951)


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Cuaderno azul

«Por tanto, el hablar del pensamiento como de una "actividad mental" produce confusión. Podemos decir que pensar es esencialmente la actividad de operar con signos. Esta actividad es realizada por la mano, cuando pensamos escribiendo; por la boca y la laringe, cuando pensamos hablando; y si pensamos imaginando signos o imágenes, no puedo indicarles un agente que piense. Si se dice entonces que en estos casos es la mente la que piensa, yo llamaría solamente la atención sobre el hecho de que se está utilizando una metáfora, de que aquí la mente es un agente en un sentido diferente de aquel en que puede decirse que la mano es el agente al escribir.
  Si seguimos hablando sobre el lugar donde se realiza el pensamiento, tenemos derecho a decir que este lugar es el papel sobre el que escribimos o la boca que habla. Y si hablamos de la cabeza o del cerebro como del lugar del pensamiento, lo hacemos usando la expresión “lugar del pensamiento" en un sentido diferente. Examinemos cuáles son las razones para llamar a la cabeza el lugar del pensamiento. No es nuestra intención criticar esta forma de expresión o mostrar que no es apropiada. Lo que debemos hacer es: comprender su funcionamiento, su gramática; por ejemplo, ver qué relación tiene esta gramática con la de la expresión "pensamos con la boca" o "pensamos con un lápiz sobre un trozo de papel".
  Quizá la razón principal por la que tenemos una inclinación tan grande a hablar de la cabeza como del lugar de nuestros pensamientos es ésta: la existencia de las palabras "pensar" y "pensamiento" junto a las palabras que denotan actividades (corporales), tales como escribir, hablar, etc., nos hace buscar una actividad, diferente de éstas, pero análoga a ellas, que corresponda a la palabra "pensar". Cuando las palabras tienen prima facie, en nuestro lenguaje ordinario gramáticas análogas, nos inclinamos a intentar interpretarlas análogamente; es decir, tratamos de hacer valer la analogía en todos los campos. Decimos: "El pensamiento no es lo mismo que la frase, pues una frase inglesa y una frase francesa, que son completamente diferentes, pueden expresar el mismo pensamiento." Y ahora, puesto que las frases están en alguna parte, buscamos un lugar para el pensamiento. (Es como si buscásemos el lugar del rey del que tratan las reglas del ajedrez, como opuesto a los lugares de los diferentes trozos de madera, los reyes de los diferentes juegos de piezas.) Decimos: "sin duda, el pensamiento es algo; o no es nada", y todo lo que se puede contestar a esto es que la palabra "pensamiento" tiene su uso, que es de un tipo totalmente diferente del uso de la palabra "frase".
  Ahora bien, ¿significa esto que carece de sentido hablar de un lugar donde se realice el pensamiento? De ningún modo. Esta expresión tiene sentido, si se lo damos. Ahora bien, si decimos "el pensamiento se realiza en nuestras cabezas", ¿cuál es el sentido de esta expresión entendida sin ofuscaciones? Yo supongo que es que ciertos procesos fisiológicos corresponden a nuestros pensamientos de tal modo que si nosotros conocemos la correspondencia podemos, observando estos procesos, encontrar los pensamientos. Pero ¿en qué sentido puede decirse que los procesos fisiológicos corresponden a los pensamientos, en qué sentido puede decirse que nosotros conseguimos los pensamientos por la observación del cerebro?
  Parto de suponer que imaginamos que la correspondencia ha sido verificada experimentalmente. Imaginemos a grandes rasgos un experimento de este tipo. Consiste en observar el cerebro mientras el sujeto piensa. Y ahora puede pensarse que la razón por la que mi explicación está a punto de extraviarse es la de que, naturalmente, el experimentador obtiene los pensamientos del sujeto sólo indirectamente cuando se le cuentan, al expresarlos el sujeto de una u otra forma. Pero voy a eliminar esta dificultad suponiendo que el sujeto es al mismo tiempo el experimentador, que está observando su propio cerebro, digamos por medio de un espejo. (Lo fuerte de esta descripción no reduce en modo alguno la fuerza del argumento.)
  Entonces les pregunto: el sujeto-experimentador ¿está observando una cosa o dos? (No se diga que está observando una cosa tanto desde dentro como desde fuera, pues esto no elimina la dificultad. Posteriormente hablaremos de dentro y fuera.) El sujeto-experimentador está observando una correlación de dos fenómenos. A uno de ellos le llama, quizá, el pensamiento. Puede consistir en una sucesión de imágenes, sensaciones orgánicas o, en el otro extremo, en una sucesión de las diversas experiencias visuales, táctiles y musculares que tiene al escribir o al pronunciar una frase. La otra experiencia es la de ver funcionar su cerebro. A ambos fenómenos se les podría llamar correctamente "expresiones del pensamiento" y la pregunta "¿dónde está el pensamiento en sí?" sería mejor rechazarla como carente de significado, para prevenirnos de la confusión. Sin embargo, si utilizamos la expresión "el pensamiento se realiza en la cabeza" hemos dado su significado a esta expresión al describir la experiencia que justificaría la hipótesis de que el pensamiento se realiza en nuestras cabezas, al describir la experiencia que vamos a llamar "observar el pensamiento en nuestro cerebro".
  Olvidamos fácilmente que la palabra "lugar" se usa en muchos sentidos diferentes y que hay muchos tipos diferentes de enunciados sobre una cosa que en un caso particular, y de acuerdo con el uso general, podemos llamar especificaciones del lugar de la cosa. Así se ha dicho del espacio visual que su lugar está en nuestra cabeza; y yo pienso que la tentación de decir esto proviene, en parte, de un malentendido gramatical.
  Yo puedo decir: "en mi campo visual yo veo la imagen del árbol a la derecha de la imagen de la torre" o "yo veo la imagen del árbol en el centro del campo visual". Y ahora nos sentimos inclinados a preguntar : "¿y dónde ve usted el campo visual?" Ahora bien, si el "dónde" se piensa que pregunta por un lugar en el sentido en que hemos especificado el lugar de la imagen del árbol, yo llamaría la atención sobre el hecho de que todavía no se ha dado sentido a esta pregunta; es decir, que se ha estado procediendo por una analogía gramatical sin haber elaborado la analogía en detalle.
  Al decir que la idea de que nuestro campo visual esté localizado en nuestro cerebro surgió de un malentendido gramatical, no quiere decir que no podamos dar sentido a tal especificación de lugar. Por ejemplo, podríamos imaginar fácilmente una experiencia que describiríamos mediante tal enunciado. Imaginemos que estábamos mirando un grupo de cosas de esta habitación y que, mientras mirábamos, se introdujo en nuestro cerebro una sonda y se encontró que si la punta de la sonda alcanzaba un determinado punto de nuestro cerebro, una pequeña parte determinada de nuestro campo visual desaparecía. De este modo podríamos coordinar puntos de nuestro cerebro con puntos de la imagen visual y esto podría hacernos decir que el campo visual estaba situado en tal y tal lugar de nuestro cerebro. Y si ahora hiciésemos la pregunta "¿dónde ve usted la imagen de este libro?", la respuesta podría ser (como anteriormente) "a la derecha de este lápiz" o "en la parte izquierda de mi campo visual" o bien además "tres pulgadas detrás de mi ojo izquierdo".
  Pero ¿qué pasaría si alguien dijese "puedo asegurarle que siento que la imagen visual está dos pulgadas detrás del caballete de mi nariz"?; ¿qué le vamos a replicar? ¿Vamos a decir que no está diciendo la verdad o que no puede existir tal sensación? Qué sucedería si él nos pregunta "¿conoce usted acaso todas las sensaciones que existen?, ¿cómo sabe usted que no existe tal sensación?"
  ¿Y si el adivino nos dice que cuando él sostiene la varilla siente que el agua está a cinco pies bajo tierra, o que siente que a cinco pies bajo tierra hay una mezcla de cobre y oro? Supongamos que contestase a nuestras dudas diciendo: "usted puede estimar una longitud cuando la ve. ¿Por qué no he de poder tener yo un modo diferente de estimarla?"
  Si comprendemos la idea de tal estimación, aclararemos la naturaleza de nuestras dudas sobre los enunciados del adivino y del hombre que decía sentir la imagen visual detrás del caballete de su nariz.
  Hay el enunciado: "este lápiz tiene cinco pulgadas de longitud" y el enunciado: "yo siento que este lápiz tiene cinco pulgadas de longitud", y tenemos que aclarar la relación de la gramática del primer enunciado con la gramática del segundo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 1976, en traducción de Francisco Gracia Guillén. ISBN: 84-309-0647-9.]

domingo, 4 de junio de 2017

"La teoría del justo precio".- Luis de Molina (1535-1600)

 
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Disputa CCCXLVIII : Causas por las que el precio natural puede considerarse justo o injusto

«1.- Existen dos clases de precio natural.
Aún nos queda señalar que existen dos clases de precio natural: uno es el precio de aquello que se acostumbra vender en una provincia y que suele cambiar cuando cambian las circunstancias, como sucede con el precio del trigo, del pan, del vino, del calzado y de otros bienes parecidos; otro es el precio de aquello que se introduce por vez primera en alguna provincia en la que no se solía vender. Así, por ejemplo, el precio al que se empezó a vender en España aquel árbol que se utiliza para teñir cuando se trajo por primera vez del Brasil. Así, también, el precio a que empezaron a venderse en Portugal muchas cosas traídas de la India que antes no solían venderse aquí en Portugal. Por todo ello, nos ocuparemos primero de las causas que pueden hacer justo o injusto el precio natural mencionado en primer lugar, para ocuparnos después del mencionado en segundo lugar.
 2.-Circunstancias que justifican el que se considere justo el precio natural.
 Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas -lo que llevaría a valorarlas por su nobleza o perfección-, sino en cuanto sirven a la utilidad humana; pues en esa medida las estiman los hombres y tienen un precio en el comercio y en los intercambios. Más aún, con este fin las entregó Dios a los hombres y con el mismo fin dividieron los hombres entre sí el dominio de las mismas, a pesar de que, en el momento de su creación, todas fueron comunes. Cuanto acabamos de exponer explica que los ratones, aunque por su naturaleza sean más nobles que el trigo, no se estimen ni aprecien por los hombres, pues no les son de utilidad alguna. También se explica así que la casa se suela vender justamente por un precio mayor que el precio a que se vende un caballo e incluso un esclavo, siendo así que tanto el caballo como el esclavo son por naturaleza mucho más nobles que la casa.
 3.-La cuantía del precio depende, principalmente, de la estima menor o mayor que los hombres tengan de las cosas en orden a su uso.
 Debemos observar, en segundo lugar, que el precio justo de las cosas tampoco se fija atendiendo sólo a las cosas mismas en cuanto son de utilidad al hombre, como si, "caeteris paribus", fuera la naturaleza y necesidad del empleo que se les da lo que de forma absoluta determinase la cuantía del precio; sino que esa cuantía depende, principalmente, de la mayor o menor estima en que los hombres desean tenerlas para su uso. Así se explica que el precio justo de la perla, que sólo sirve para adornar, sea mayor que el precio justo de una gran cantidad de grano, vino, carne, pan o caballos, a pesar de que el uso de estas cosas, por su misma naturaleza, sea más conveniente y superior al de la perla. Por eso podemos afirmar que el precio justo de la perla depende de que los hombres quisieron estimarla  en ese valor como objeto de adorno. Por eso, también, el precio justo del azor es para el cazador mayor que el precio de otros bienes que le superan en utilidad. Se explica así, también, que objetos antiguos de hierro y arcilla que, roídos por el paso del tiempo, nosotros no estimamos, los japoneses los estimen en mucho por su antigüedad. Es evidente que ese precio, que para ellos es justo, no proviene de la naturaleza de dichas cosas ni de su utilidad, sino de que los japoneses se aficionaron a ellas y así quisieron estimarlas. Finalmente, esto explica que chucherías y objetos sin valor para nosotros, llevadas y ofrecidas a los etíopes, tengan para ellos un precio mayor que el oro por el que las cambian, cuando, por el contrario, para nosotros es el oro el que tiene mayor precio. Estos hechos y otros semejantes se deben exclusivamente a la estimación por la que los hombres, en sitios y lugares diferentes, quisieron apreciar en más una cosa que otra; y no parece deban condenarse los intercambios que los hombres realizan de acuerdo con la estimación común de las cosas en sus respectivas regiones, aunque algunas veces pueda mover a risa debido a la primitivez y costumbres de quienes las intercambian, tema del que ya nos ocupamos al hablar de los esclavos. En resumen, el precio justo depende, principalmente, de la estimación común de los hombres de cada región; y cuando en alguna región o lugar se suele vender un bien, de forma general, por un determinado precio, sin que en ello exista fraude, monopolio ni otras astucias o trampas, ese precio debe tenerse por medida y regla para juzgar el justo precio de dicho bien en esa región o lugar, siempre y cuando no cambien las circunstancias con las que el precio justificadamente fluctúa al alza o a la baja.
 4.-Las circunstancias que hacen subir o bajar el precio de las cosas son numerosas.
 Debe observarse, en tercer lugar, que son muchas las circunstancias que hacen fluctuar el precio de las cosas al alza o a la baja. Así, por ejemplo, la escasez de los bienes, debida a la mala cosecha o a causas semejantes, hace subir el justo precio. La abundancia, sin embargo, lo hace descender. El número de compradores que concurren al mercado, en unas épocas mayor que en otras, y su mayor deseo de comprar, lo hacen también subir. Igualmente, la mayor necesidad que muchos tienen de algún bien especial en determinado momento, supuesta la misma cantidad de dicho bien, hace que su precio aumente, como sucede con los caballos, que valen más cuando la guerra está próxima que en tiempos de paz. De igual forma, la falta de dinero en un lugar determinado hace que el precio de los demás bienes descienda y la abundancia de dinero hace que el precio suba. Cuanto menor es la cantidad de dinero en un sitio, más aumenta su valor y, por tanto, "caeteris paribus", con la misma cantidad de dinero se pueden comprar más cosas. Por ejemplo, si los frutos de la tierra abundasen en la misma proporción en dos provincias distintas y una tuviera mayor cantidad de dinero que otra, esos frutos se venderán a un menor precio en la provincia con menos cantidad de dinero y a un menor precio se colocarán también los obreros en dicha provincia.
 5.-El precio justo de los bienes se modifica también según sea uno u otro el modo de venderlos.
Hay que notar, en cuarto lugar, que la modalidad de la venta también influye y hace variar el justo precio de los bienes. Por ejemplo, en los casos siguientes suelen venderse los bienes a un precio inferior al que suelen vender los comerciantes: cuando se vende algo en subasta o se lleva para su venta a un corredor intermediario, al pregonero o a las mujeres que, en algunos lugares, tiene el oficio de vender bienes ajenos; cuando un estudiante vende sus libros o, a su muerte, vende sus muebles. Sin embargo, siempre y cuando dicho precio no se aparte del acostumbrado en esa clase de venta, no deberá juzgarse injusto.»