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domingo, 22 de septiembre de 2024

Más Bech.- John Updike (1932-2009)

Blanco sobre blanco  

 «Un conocido, un colega escritor, el pensador liberal Maurie Leonard, se le acercó. Aunque hombre alto y ancho de pecho y hombros, Maurie tenía una postura tan terrible de oficinista encorvado sobre su mesa que todo efecto de fuerza quedaba limitado a su voz, que sonaba como un chirrido acuciante. Metal sobre metal. Mente sobre materia.
 -Vaya chabola, ¿eh? -dijo-. Sabes cómo Hyde ha hecho dinero, ¿verdad?
 Un radical, más que un liberal, cuyas columnas bisemanales deploraban los funcionarios electos y cuyos ensayos encuadernados se retiraban de los anaqueles de las bibliotecas de instituto, Maurie todavía experimentaba un inocente y orgulloso regocijo en las obras atroces del capitalismo.
 -No. ¿Cómo?
 -¡Programas de juegos! ¡Hyde-Juega al escondite! (1) -Maurie emitió estas palabras con un júbilo que le apretó fuertemente las mejillas contra los ojos, de órbitas tan arrugadas como nueces-. ¿No has oído hablar de ellos? ¡Cristo, si acabas de escribir un libro entero sobre la industria de la televisión!
 -Eso era ficción -dijo Bech.
 Maurie también ejerció presión sobre la piel situada encima del codo de Bech, murmurando confidencialmente:
 -Nadie lo diría al mirar a ese cabrón tan tieso, pero Hyde es un genio. Es como Hitler; va por delante de ti en la peor cosa que se te ocurra pensar de él. ¿Sabes cuál ha sido su última ocurrencia?
 -No -respondió Bech, empezando a desear que aquel pasaje prescindiera del diálogo en favor de una simple forma expositoria.
 -¡Combates de barro! -chirrió Maurie, y una docena de arrugas subieron en abanico desde cada recoveco externo de sus ojos tartáricos, curtidos por la vida callejera-. En bikini, ahí mismo, en la teletonta. Y nada de furcias típicas, sino la vecinita de al lado; van al programa con sus maridos, madres y malditos profesores de gimnasia y cuentan que quieren ganar por su ciudad y Jesucristo y la American Legion, y lo siguiente que ves es que ahí la tienes, zurrando a otra tía con el puño embarrado y dándole un mordisco en el culo. ¡Cristo!, es maravilloso. Una, o las dos, caen y es como si estuvieran follando en cueros vivos. Los miércoles a las cinco y media, justo antes de las noticias, y lo vuelven a dar el sábado a medianoche, para parejas en la cama. Bech, te apuesto a que no puedes verlo sin empalmarte.
 Este hombre ama a Norteamérica, pensó Bech, y escribe como si la odiara.
 -Dinero fácil -dijo en voz alta.
 -No te imaginas cuánto. Si este sitio te parece lujoso, deberías ver la casa de campo de Hyde en Amagansett. Y su granja de caballos en Connecticut.
 -Así que lo que he escrito es cierto -dijo Bech como para sí.
 -En todo caso, te quedaste corto -le aseguró Leonard, ahora implicando hasta a sus mismas orejas en los pliegues crecientes de felicidad, de modo que en sus amplios lóbulos peludos se formaron huecos.
 -¡Qué triste! -dijo Bech-. ¿De qué sirve la ficción?
 -Acelera la revolución -proclamó Leonard, y a modo de despedida, con las palmas levantadas-: ¡El año que viene en Jerusalén!
 Bech necesitó otra copa. El piano y el arpa estaban interpretando "Escarcha, el muñeco de nieve" y luego el arpa sola atacó "El humo entra en tus ojos". La blancura estaba llenando la habitación, como un baño de vapor. En el borde de la multitud en torno al bar, una chica de 1'80, con un camisón de Dior lleno de volantes, entregó a Bech su copa vacía y le pidió que le trajera un spritzer Chablis. Él hizo lo que le había pedido y cuando volvió a su lado vio que ella tenía un leotardo color chocolate debajo del camisón. El rojo de su pelo era irreal y abundante y le caía hasta los hombros en un bucle ceroso a lo Ginger Rogers; tenía el flequillo igualado con sus rectas cejas negras. Era pesada toda ella, notó Bech, pero atractiva, con una mirada marmórea sin humor.
 -¿Eres la mujer de quién? -le preguntó Bech.
 -Eso es una actitud machista.
 -Sólo trataba de ser cortés.
 -De nadie. ¿De quién eres el marido?
 -De nadie. En un sentido.
 -¿Sí? Dime en qué sentido.
 -Sigo estando casado, pero nos hemos separado.
 -¿Qué os ha separado?
 -No lo sé. Creo que yo era malo para su ego. Supongo que ahora las mujeres necesitan hacer algo por su cuenta. Como has insinuado antes.
 -Sí.
 La pronunciación de la chica era absolutamente neutra, a medio camino entre el asentimiento y un gruñido.
 -¿Qué haces tú, entonces?
 -Aah. He hecho un combate en el programa de Hendy.»

 (1) Juego de palabras entre el apellido Hyde y la expresión Hide-and-seek, que significa el juego del escondite.

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1983, en traducción de Jaime Zulaika, pp. 201-204. ISBN: 84-7178-603-6.]

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Una canción del ser y la apariencia.- Cees Nooteboom (1933)


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   «-Esse est actus es potentia -dijo el otro escritor. 
 El escritor llevaba ya tiempo de mala leche por haberse vuelto a dejar enredar en una discusión. 
 -Mi latín ya no es tan bueno -dijo irritado, y pensó: eso te pasa por ir a recepciones donde se encuentra presente toda la literatura neerlandesa. Se quedó mirando fijamente y con repugnancia las croquetas, los cacahuetes en pequeñas fuentes de cristal y en las bandejas con vino blanco del tiempo y de mala calidad, probablemente español. Uno de sus honorables colegas había cumplido cincuenta años. De repente se producía un auge de los cincuentones en las letras nacionales, se precipitaba una lluvia de premios, y los cincuentones eran celebrados como si se les fuera a enterrar, como si todo el mundo ya estuviera seguro, o confiara, también eso era posible, en que ya nunca volverían a producir nada-. Bueno, ¿qué significa? –preguntó. El otro escritor, que no era el más guapo de la familia, en ese momento se parecía más a un mono que otras veces, puesto que estaba al lado de una palmera en el invernadero de Krasnapolsky y se estaba metiendo un puñado de cacahuetes en la boca. Un mono que sabe latín, madre mía. 
 -Esse est actus et potentia -dijo el mono por entre los cacahuetes-. Esa es la solución a tu problema, porque no es ningún problema. “Lo que es, es tanto realidad como posibilidad”. Lo que inventas es, al ser posible, también realidad. 
 -Yo también había llegado ya a eso -dijo el escritor brevemente-. La cuestión es sólo por qué lo haría alguien, por qué debe añadirse una realidad inventada a la ya existente. 
 -Podría darte una respuesta filosófica -dijo el mono, cuyo discurso volvía a ser interrumpido en cierto modo por una croqueta caliente-, pero la filosofía no es tu fuerte, no te enfades. Si una sola línea sagrada no te ayuda, tampoco te ayudará un arsenal entero. Estás hastiado, eso es todo. Y por eso te doy ahora las razones llanas, las evidencias materiales. Primera: digas lo que digas, es agradable hacerlo. Esos idiotas que dicen que sufren tanto al escribir lo han convertido en un ritual masoquista, algo que por lo tanto sigue siendo placentero. Segunda: porque te pagan, y eres un manirroto -en este punto miró las manos de pianista del escritor como si en ellas pudieran verse estigmas de verdad-. Tercera: porque así te haces famoso, y aunque tan sólo sea en los Países Bajos, eres famoso al fin y al cabo. No por la fama en sí, qué va, sino por el refuerzo personal que produce; y cuarta, muy importante, de todos modos tienes que hacer algo, y por lo que tengo entendido no sabes hacer otra cosa. Es pasmosamente sencillo, lo que pasa es que no paras de ponerte zancadillas a ti mismo, porque te avergüenzas de realizar un trabajo sencillo, ¡contar sin más una historia con un principio y un final! Y, sin embargo, en otro tiempo escribiste un par de buenos relatos. 
 -Sí, en otro tiempo. Entonces no reflexionaba sobre ello. 
 -Pues tienes que volver a hacerlo. 
 -¿El qué? 
 -No reflexionar sobre ello. Escribir es trabajar. Un pintor que está todo el día reflexionando sobre la pintura ya no pinta. 
 -Podría dar otra dimensión a su pintura. 
 -Si no pinta no puede verse. Y, además, esa otra dimensión en lugar de ninguna dimensión, puesto que no hay ningún objeto... ¿a quién le interesa? 
 -Tal vez a él mismo. 
 El otro escritor se limpió la boca con su mano de escritor (la de cosas que se pueden hacer con esa mano)  y dijo: 
 -Todo son excusas, chorradas y excusas –y se fue, abandonando al escritor con el doctor y el coronel. […]

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Una historia así sólo podía terminar con la muerte de uno o dos protagonistas, o quizá de los tres. Pero todavía no tenía claro lo que significaba el hacer morir a un personaje ficticio. 
 -Nada -dijo el otro escritor-, siempre que sea una parte de la cohesión lógica de tu relato. No si lo has de hacer para librarte de alguien o dar un giro a algo, como los malos dramaturgos que sacan a alguien del escenario con un mensaje porque tiene que entrar otro personaje que ha de decir algo y aquél no puede estar presente. 
 -Pero no lo digo en ese sentido -dijo el escritor-. Lo digo en el sentido... 
-... metafórico -completó el otro mofándose-. ¡La divina omnipotencia del creador y demás tonterías! 
 Cielo Santo, con qué frecuencia se ven los escritores neerlandeses entre sí. Esta vez era en el pasillo de su editor. El escritor miro con envidia el grueso paquete de galeradas que el otro escritor llevaba bajo el brazo. 
 -Tampoco es tan difícil -dijo el otro escritor, y elevó con un gesto teatral pero ágil el grueso paquete de papel impreso hacia su calva cabeza y lo dejó caer con un golpe considerable-. De aquí salen, y si tengo suerte aparecerán en veinte o cuarenta mil paquetes como éste. Bueno, no pongas esa cara de pena. Vamos a tomar algo. 
 Fueron caminando por el Singel, apartándose para dejar pasar a los coches, y luego otra vez el uno al lado del otro -pasando por la librería Athenaeum, que tenía en el escaparate tres libros diferentes del otro escritor- hacia el Arti. El famoso club de artistas se erigía como un bastión de paz decimonónico junto al Rokin. 
Resultado de imagen de cees nooteboom una cancion  del ser y la apariencia -Así parecemos gente importante -dijo el otro escritor cuando se sentaron en dos grandes butacones de Berlage-. Tómate una copa de vino. Intentaré volvértelo a explicar por última vez. Mira, tampoco soy uno de esos palurdos que no comprenden de lo que hablas. Lo que pasa es que ya llevas demasiado tiempo hablando de lo mismo, y además es algo de lo que hay que hablar al principio de tu... digamos de tu carrera. Escribir es algo muy raro, y quien reflexiona demasiado sobre ello ya no escribe. Yo siempre hago como si fuera un contador de historias del siglo XX, y eso también es una chorrada, pero he decidido que es una profesión y que yo ejerzo esa profesión sin especulaciones sobrenaturales. El mundo existe, y yo cuento al mundo cosas del mundo. Eso puede hacerse diferentes maneras, y yo he optado por un método de lo más común, pero bastante inteligente, porque eso es lo que sé hacer. Las personas me leen porque reconocen algo, quizá incluso porque paradójicamente reconocen algo que aún no sabían, y con eso me conformo. No experimentó con el estilo porque no hay nada que envejezca y se ensucia tanto como el lenguaje, incluso si escribes de manera sencilla, antes de morirte ya se te están cayendo de viejo los trapos. Hay pocos que sobrevivan a esto, y todavía queda por saber por cuanto tiempo. Y por lo demás no filosofo sobre lo que hago, porque considero que la filosofía debe estar en lo que hago. Así soy. Contigo ocurre algo muy diferente. Tú crees que el mundo solo existe cuando escribes. Tú, que no quieres escribir, porque parto de que alguien que no ha escrito durante un periodo tan largo de tiempo en realidad no quiere o no se atreve a escribir, crees mucho más en la escritura que yo. Porque si el mundo sólo existe cuando escribes, entonces lo que en realidad estás diciendo es que sólo existes cuando escribes. Y eso significa -dijo retrepándose con satisfacción- que en cada momento debes tomar la decisión de si quieres vivir realmente o no. No dudas de la autenticidad de tus personajes, sino de la autenticidad de ti mismo. Si puedes inventar a alguien, también alguien te ha podido inventar a ti.
 El escritor no respondió. Siempre había aborrecido que “se practicara psicología con él”, como lo llamaba, y lo definía como una necesidad de invisibilidad. Nadie tenía el  derecho de observarle, y de hecho no podía imaginar que nadie lo hiciera y, por tanto, emitiera un juicio sobre él. Ya era bastante complicado sin que los demás se entremetieran, y sólo empeoraba si se aproximaban a sus pensamientos, no siendo además sus propios pensamientos. 
 -Simular la verdad para ser algo -dijo el otro escritor no sin pedantería, en el tono de alguien que cita-. ¿Sabes de quién es eso? 
 -De Pessoa -dijo con esfuerzo el escritor, como si tuviera que admitir un error. 
-Mira, tal vez pueda parecerte muy aburrido lo que voy a decirte ahora -continuó el otro escritor mientras se restregaba cómodamente en el enorme y redondo respaldo-, pero no te enfades. Pessoa sacrificó su vida en el matadero de la literatura. Es un tópico histérico, pero de eso se trata: lee su correspondencia. Y si ahora quisiera ser muy estúpido, diría: eso ya debería saberlo él. Un gran poeta, pero si quieres decirlo de forma plebeya, un caso patológico. Siempre me pregunto si la literatura se lo merece. También puedes convertirlo en algo muy noble y decir que tenía tanto miedo que no existía, que se repartía fumando y bebiendo entre cuatro poetas para existir en cada caso cuando él, paradoja, paradoja, ya no existiera realmente. Y funciona, fíjate. Con su vida material creó una obra inmaterial que todavía existe. Lo único de lo que pudo disfrutar materialmente, mientras escribía y se mataba a fuerza de alcohol, fue de la perspectiva. Su suprema creación fue su vida, pero antes debía acabar con ella. […]

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“La gran masa piensa muy poco porque no tiene tiempo para hacerlo y tampoco tiene práctica en pensar”. Eso leía el coronel de Schopenhauer sin preguntarse si tal vez se refería a él mismo. En su opinión, alguien que leía a Schopenhauer no formaba parte de la gran masa, y así se podía dar la vuelta a todo. Sobre Dios, por nombrar a alguien, Liuben Georgiev nunca había reflexionado realmente. Pero ahora que, llevado por todas esas cosas extrañas que le acontecían, había tenido la sensación -ese discreto inicio del pensar- de que en alguna parte, en algún lugar, alguna instancia invisible dudaba de su existencia, la de Liuben, empezaba él a su vez a dudar de la existencia de Dios, en el sentido de que empezaba a preguntarse si quizá existía un Dios que fuera algo distinto a ese sólido bloque de nada que se necesitaban para prestar el juramento de oficial o para capitanear a los soldados. Esa Cosa invisible que de un modo igualmente invisible tenía que ver con el Estado, ahora que tenían uno, y por tanto también con el ejército, parecía que ahora también se interesaba por él. Es evidente que no es nada agradable dudar de uno mismo. Sobre todo no es agradable cuando anteriormente no se ha hecho nunca.  Pero al recurrir a esa instancia invisible, Liuben Georgiev no solucionó ninguno de sus problemas; al contrario, aumentaron tanto sus pesadillas como su confusión durante el día.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2010, en traducción de Julio Grande, pp. 46-48, 69-72 y 77-78. ISBN: 978-84-9841-346-5.]


lunes, 5 de julio de 2021

Kappa.- Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)


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 «Antes de proseguir, creo que debería describir brevemente a los kappa. Hasta ahora se dudaba de su existencia pero, puesto que yo he vivido entre ellos, doy fe de que son reales sin ningún género de duda. Así que dicho esto, pasemos a los detalles concretos. Debo decir que su aspecto se ajusta plenamente a la descripción que se encuentra en el libro Breve historia del tigre de agua: tienen una coronilla de pelo corto, y pies y manos palmeadas, como los patos. La altura media de un kappa no llega a un metro y, según el doctor Chak, su peso suele oscilar entre nueve y trece kilos, aunque también advirtió que hay kappas más corpulentos que pueden llegar a pesar hasta veinticinco kilos. Justo en el centro de su cabeza tienen un platillo ovalado que se endurece a medida que el kappa se hace mayor. De hecho, el platillo de Bag, un kappa viejo, es bastante distinto al tacto del de uno joven, como el de Chak. Sin embargo, el atributo más extraño del kappa es el color de su piel. Los kappa no son de un color determinado, como los humanos; cambian en función de lo que les rodea, de forma parecida a los camaleones. Cuando están cerca de la hierba, se vuelven verdes, y cuando se posan sobre una roca, su piel se vuelve grisácea como la piedra. Ignoro si los kappa comparten algo más con los camaleones. Cuando descubrí la cualidad cambiante del color de su piel, me acordé de que, según las leyendas tradicionales, los kappa del oeste eran verdes y los del norte eran rojos. Además, recordé que cuando estaba persiguiendo a Bag, no entendía cómo podía escabullirse tan fácilmente y durante tanto tiempo: está claro que era gracias a este ardid óptico, se ocultaba en el paisaje y lo convertía en su aliado.
 Los kappa poseen una capa de grasa de un dedo de espesor bajo la piel y, aunque la temperatura de este país subterráneo es relativamente baja –pues suele rondar los diez grados-, no precisan de ropa. Eso sí, llevan gafas, e incluso algunos tienen carteras y petacas de tabaco. Por suerte, los kappa, igual que los canguros, tienen una bolsita en el abdomen, y en ella transportan los accesorios que en ese momento no utilizan. A mí me resultaba un poco raro verlos corretear por ahí sin ni siquiera un pedazo de tela que cubriera sus partes y, una vez, le pregunté a Bag de dónde venía la costumbre de ir desnudos por el mundo. Él se echó a reír, a carcajadas, doblando la cintura, y por fin, cuando recuperó el aliento, logró replicar:
 -Pues, a nosotros lo que nos parece curiosísimo es la obsesión que tenéis los humanos por taparos todo el rato.

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 Gradualmente, aprendí el idioma kappanés y pude comprender más sobre sus costumbres y prácticas sociales. Lo más asombroso y confuso era la forma en que los kappa lo entendían todo al revés: cuando los seres humanos nos tomamos algo en serio, a ellos les divierte sobremanera. Igualmente, todo lo que nos parece gracioso a nosotros, los kappa lo consideran extremadamente serio.
 Por ejemplo, los humanos creen que la compasión y la decencia son cualidades importantísimas y muy, pero que muy serias; sin embargo, cada vez que los kappa oyen estas palabras estallan en risotadas interminables. Está claro que su sentido del humor difiere mucho del nuestro.
 Una vez charlaba con el doctor Chak acerca de los métodos anticonceptivos. De repente, abrió la boca y exhaló una carcajada, y otra y otra, hasta que sus quevedos temblaron sobre su nariz. Como era de esperar, eso me puso de mal humor (a uno no le gusta que se rían de lo que dice sin saber por qué), y le pregunté secamente de qué se reía. Aunque en aquel entonces aún no dominaba el kappanés, así que puede que me confundiera un poco, su respuesta fue la siguiente:
 -¡Pero bueno! Es ridículo que los padres tengan en cuenta sus circunstancias personales y su conveniencia. ¿No le parece el colmo del egoísmo?
Resultado de imagen de akutagawa kappa atico de los libros No le dije lo que realmente pensaba: que a mí me parecía ridículo el modo en que las hembras kappa dan a luz. Poco antes de esa conversación con el doctor Chak, hbaía ido con Bag a su casa para observar a su mujer mientras ésta paría. Igual que nosotros, los kappa llaman al médico o a una comadrona para que les ayude durante el nacimiento del bebé. Pero justo antes de que nazca el crío, el padre, casi como si estuviera manteniendo una conversación telefónica, acerca la boca a la vagina de la madre y pregunta en voz muy alta:
 -¿Quieres nacer, o no? Piensa muy seriamente antes de contestar.
 Así procedió Bag, se arrodilló en el suelo de modo que su cabeza quedara frente al sexo de su mujer y formuló varias veces esa pregunta, acercándose más en cada ocasión. Después, se levantó y, siguiendo las instrucciones del médico, hizo gárgaras con un líquido desinfectante. No tardó en llegar, desde el útero de la madre, la vocecilla del niño, que replicó vacilante:
 -Muchas gracias por preguntar, pero no quiero nacer. Me aterroriza la posibilidad de heredar las costumbres, los complejos y hasta pudiera ser que la locura de mi padre. –Y añadió-: Aparte de eso, creo que la existencia de un kappa no sirve para nada. Es más, creo que su propósito es más bien maligno.
 La respuesta puso en situación muy embarazosa a Bag, que empezó a rascarse la cabeza nerviosamente. Mientras, la comadrona que estaba ayudando en el parto introdujo un grueso tubo de cristal en el útero de la esposa del pescador y lo utilizó para inyectar un fluido en la placenta. Claramente, era una sustancia calmante, pues, aliviada, la madre soltó un profundo suspiro. Al mismo tiempo, su hinchada barriga empezó a disminuir, igual que un balón se desinfla al perder aire.
 Como habréis deducido por la respuesta del feto de Bag, los bebés kappa pueden andar y hablar desde el mismo instante en que nacen. Una vez, Chak me contó la historia de un crío que pronunció un discurso sobre la existencia de Dios cuando apenas contaba con veintiséis días de vida. Lamentablemente, dicen que el pobre se murió antes de cumplir los dos meses.»

     [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Ático de los Libros, 2010, en traducción de David Favard, pp. 19-24. ISBN: 978-84-938295-0-6.]

jueves, 3 de junio de 2021

Mi filosofía de A a B y de B a A.- Andy Warhol (1928-1987)


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6.-Trabajo


 «Antes de que me pegaran un tiro pensaba que estaba aquí más a medias que por entero: siempre creí estar viendo la tele y no la vida real. La gente dice a veces que las cosas que pasan en el cine no son reales, pero lo cierto es que lo que no es real son las cosas que pasan en la vida real. Las películas hacen que las emociones sean tan fuertes y reales que las cosas que te ocurren en la realidad son como si las vieras en la tele: no sientes nada.
 Desde el instante en que me dispararon, he sabido que miraba la televisión. Los canales cambian, pero todo es televisión. Cuando realmente estás metido en algo, por lo general piensas en otra cosa. Cuando me desperté en alguna parte (no sabía que estaba en un hospital ni que a Bobby Kennedy le habían disparado al día siguiente de mi propio atentado), oí comentarios fantasiosos acerca de miles de personas que se congregaban y rezaban en la catedral de St. Patrick y entonces oí la palabra “Kennedy” y eso me devolvió al mundo de la televisión porque sólo entonces me di cuenta de que, bueno, allí estaba yo, sufriente.
 Así pues, me dispararon en mi empresa: Andy Warhol Enterprises. En aquel momento, 1968, Andy Warhol Enterprises consistía en unas cuantas personas que trabajaban para mí según un sistema bastante corriente, algo así como empleados que trabajaban por libre en proyectos específicos, un montón de superstars o hiperstars, o como quiera que se llame a la gente con mucho talento, pero cuyas aptitudes son difíciles de definir y casi imposibles de comercializar. Ese era el “personal” de Andy Warhol Enterprisesen aquellos tiempos. Un entrevistador me hizo una serie de preguntas acerca de cómo dirigía mi oficina y traté de explicarle que en realidad no la dirigía, ella me dirigía a mí. Recurrí a un montón de frases como “me da mucha pasta”, de modo que no comprendió en realidad lo que yo decía.
 Mientras estuve en el hospital, mi “personal” siguió haciendo sus cosas y me di cuenta de que en realidad lo que yo tenía era una empresa cinética, porque seguía delante sin mí. Me gustó comprobarlo, porque por aquel entonces yo había decidido que el mejor arte eran los “negocios”.
 El arte de los negocios es el paso que sigue al Arte. Empecé como artista comercial y quiero terminar como artista empresario. Tras hacer lo que se llama “arte”, o como quiera que se lo llame, pasé al arte de los negocios. Quería ser un Empresario Artístico o un Artista Empresario. Ser bueno en los negocios es la más fascinante de las artes. Durante los años hippies, la gente despreció la idea de los negocios. Decían: “El dinero es malo” y “Trabajar es malo”, pero hacer dinero es un arte y trabajar es un arte y los buenos negocios son la mejor de las artes.
 Al principio no todo en Andy Warhol Enterprises estaba demasiado bien organizado. Pasamos directamente del arte a los negocios cuando firmamos un acuerdo para suministrar a una sala de cine una película semanal. Esto comercializó nuestra producción cinematográfica y nos llevó de los cortometrajes a las películas de larga duración y de éstas a los seriales. Aprendimos un poco de distribución y pronto empezamos a intentar distribuirnos nuestras películas, pero descubrimos que era demasiado difícil. No esperaba que las películas que hacíamos fueran comerciales. Era mucho ya el que el arte se hubiera perdido en la corriente comercial y entrado en el mundo real. Resultaba ya muy problemático ser capaz de mirar y ver nuestra película allá fuera, en el mundo real, en un rótulo y no aquí dentro, en el mundo del arte. El arte de los negocios. El negocio del arte. Los Negocios del Negocio del Arte.
 […]
Supongo que tengo una interpretación muy libre del “trabajo”, porque creo que el solo hecho de estar vivo ya supone muchísimo trabajo para algo que no siempre quieres hacer. Nacer es como ser secuestrado. Y luego vendido como esclavo. La gente trabaja sin parar. La maquinaria siempre está en funcionamiento. Incluso cuando duermes.
 […]
 Me encantaba trabajar cuando trabajaba en arte comercial y me decían qué hacer y cómo hacerlo y tu única obligación era la de corregir y ellos te decían sí o no. Lo difícil es tener que idealizar las cosas más insulsas por tu cuenta. Creo que la persona que más me gustaría tener como asesor es a un jefe. Un jefe que pudiera decirme qué hacer, porque eso facilita las cosas cuando estás trabajando.
 A menos que tengas un trabajo en el que debes hacer lo que otro te dice, la única persona “cualificada” para ser tu jefe sería una computadora que estuviera especialmente programada para ti, que recogiera todos los datos sobre tus finanzas, prejuicios, sutilezas, ideas en potencia, rabietas, aptitudes, crisis de identidad, cantidad y naturaleza de competencias, lo que tomas para desayunar el día que tienes que firmar un contrato, de quién estás celoso, etcétera. Mucha gente podría ayudarme en partes y secciones de mis negocios, pero sólo una computadora sería para mí de absoluta utilidad.
 Si tuviera una buena computadora, podría ponerme al día con mis pensamientos durante los fines de semana en caso de que vaya retardado  con respecto a mí mismo. Una computadora sería como un jefe muy cualificado.

 Algo que no hago ahora y que debería hacer es conocer a más científicos. Creo que la mejor cena sería aquella en que se le pidiera a cada invitado que trajera a la mesa alguna novedad científica. No tendrías más tarde la sensación de que has perdido el tiempo alimentando tu maquinaria con simples trozos de comida. Pero nada que tenga relación con las enfermedades. Únicamente las novedades de la ciencia pura.
 La gente me envía cantidad de regalos por correo, pero me gustaría que, en vez de tantos regalos y paquetes artísticos, me enviasen paquetes científicos en un lenguaje que yo pudiera entender. Eso haría que volviera a desear abrir la correspondencia.

Resultado de imagen de mi filosofia de la aa a B y de b a aandy warhol Cuando trabajo en un proyecto de negocios, en todo momento espero que suceda algo malo. Siempre espero que los acuerdos fracasen de la peor manera posible. Sin embargo, supongo que no debiera preocuparme. Si algo malo debe ocurrirte, ocurrirá, no puedes impedir que suceda. Y jamás ocurre de hecho hasta que hayas superado el punto en que ya no te importa que ocurra o no. Una actriz amiga mía me dijo que cuando ya no quería más dinero y ya no deseaba más joyas, fue precisamente cuando recibió dinero y joyas. Supongo que las cosas ocurren para tu propio bien, porque cuando dejas de desear cosas es precisamente cuando el poseerlas ya no te chiflará. Sólo cuando has dejado desearlas, puedes dominarlas. O antes. Pero jamás durante. Si consigues las cosas cuando realmente las deseas, te vuelves loco. Todo se distorsiona cuando algo que deseas realmente lo tienes bailando en la punta de la nariz.

 Después del hecho de vivir, el trabajo más duro es el del sexo. Por supuesto, para algunos no es un trabajo, porque necesitan ejercicio y tienen energía para el sexo y éste les brinda aún más energía. Algunos obtienen energía del sexo y otros pierden energía con el sexo. He descubierto que es demasiado trabajo. Pero si tienes tiempo para ello y necesitas ejercicio, debes hacerlo. Pero aún así podrías ahorrarte muchas molestias  averiguando primero si eres un obtenedor de energía o un perdedor de energía. Pero puedo comprenderlo cuando veo a gente que anda corriendo en busca de sexo.
 Representa el mismo trabajo para una persona atractiva no practicar el sexo como practicarlo para una persona no-atractiva, de modo que es útil si la gente atractiva obtiene energía del sexo y si la gente no-atractiva pierde energía con el sexo, porque entonces confluirán todos sus deseos en la dirección en que los empuja la gente.
 Junto con la práctica del sexo, ser sexuado también cuesta mucho trabajo. Me pregunto qué es más difícil: 1) que un hombre sea un hombre, 2) que un hombre sea una mujer, 3) que una mujer sea una mujer, o 4) que una mujer sea un hombre. La verdad es que no conozco la respuesta, pero tras observar a todos estos tipos, sé que los que más trabajan son los hombres que tratan de ser mujeres. Pierden el doble de tiempo. Lo hacen todo por duplicado: piensan en afeitarse y en no afeitarse, en adornarse y no adornarse, en comprar ropa de hombre y ropa de mujer. Supongo que es interesante intentar ser de otro sexo, pero puede ser igualmente fascinante ser tan sólo de tu propio sexo.
 […]
 Las azafatas gozan de la mejor imagen pública: anfitrionas en el aire. En realidad, su trabajo es el mismo que el de una camarera en Bickford’s, además de otras tareas adicionales. No quiero rebajar a las azafatas. Simplemente quiero enaltecer a las damas de Bickford’s. La diferencia radica en que la azafata tiene un trabajo de Nuevo Mundo en el que jamás competirá con ningún estigma de clase, rémora del síndrome aristocracia-campesinado del Viejo Mundo.
 […]
 Es extraño ver cómo el tener dinero no es gran cosa. Llevas a tres personas a un restaurante y pagas trescientos dólares. Vale. Entonces llevas a esas mismas tres personas a cualquier bar de la esquina y lo tomas todo allí. Te llenas tanto en el bar de la esquina como en el gran restaurante –en realidad, más- y te cuesta sólo quince o veinte dólares y básicamente obtienes la misma comida.
 El otro día estaba pensando en lo que hay que hacer ahora en América para tener éxito. Antes, bastaba con tener aspecto de persona de toda confianza y llevar un buen traje. Mirando a mi alrededor, supongo que hoy en día tienes que hacer lo mismo, pero sin llevar un buen traje. Creo que eso es todo. Piensa como un rico. Vístete como un pobre.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1993, en traducción de Marcelo Covián, pp. 99-115. ISBN: 84-7223-676-5.]