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domingo, 3 de marzo de 2024

El arte y la ciencia de no hacer nada.- Andrew J. Smart (¿...?)

TAJAMAR EDITORES
VI.-Revolución o suicidio

  «La colectivización de las granjas soviéticas en la década de 1930 y el desarrollo agrícola de las colonias estadounidenses constituyeron claros intentos verticalistas de imposición de estructuras para beneficio de quienes detentaban el poder. Con el objetivo de amasar mayor poder simbólico o económico, un grupo reducido en cada una de esas sociedades implementó un sistema de orden autoritario que procuró imponer a diversos grupos humanos.
 Los individuos no participaron en esos proyectos de manera voluntaria: para asegurarse de que trabajaran, tuvieron que amenazarlos con castigos severos y vigilarlos en forma continuada.
 Con frecuencia, la naturaleza se resiste a que la administren. La “silvicultura científica”, por ejemplo, se inventó en Alemania en el siglo XVIII con la intención de obtener control sobre los rebeldes bosques naturales. Ciertos burócratas gubernamentales querían aumentar el rendimiento de algunas especies, lo que no podían tener la certeza de lograr con bosques de ejemplares centenarios. Además, necesitaban medir y cuantificar con toda precisión el rendimiento del bosque.
 El antropólogo James C. Scott describe el surgimiento de la silvicultura científica en su influyente libro Seeing Like a State. Los especialistas en silvicultura reemplazaron los complejos ecosistemas de los bosques naturales con bosques “científicos” simplificados para maximizar el rendimiento de ciertos tipos de madera. Plantaron los bosques como si se tratara de una planilla de cálculo de Excel: hilera tras hilera de árboles del mismo tipo prolijamente ordenados, es decir, un monocultivo. En la primera generación, la técnica funcionó de maravillas: los rendimientos aumentaron, la madera era fácil de cosechar y los burócratas pudieron contar los árboles con eficiencia para elaborar predicciones para el futuro.
 Como era inevitable, los bosques se rebelaron. En una generación, el rendimiento de algunas especies decreció el treinta por ciento. Los alemanes, perplejos, inventaron una palabra para describir lo sucedido: Waldsterben (muerte del bosque), es decir, la alteración del ciclo de nutrientes del suelo más allá del punto de reparación como resultado del monocultivo. En los peores casos, la totalidad del bosque murió. El motivo por el que la “silvicultura científica” se enfrentó con el fracaso radicó en la total ignorancia del modo en que funcionan los bosques.
 Los bosques, también, son sistemas autoorganizados. Su salud se mantiene como resultado de la interacción, compleja en extremo, entre diversos tipos de suelo, animales, insectos (como hormigas), plantas, hongos, árboles y el clima. Al alterar este sistema, exquisitamente equilibrado y armonioso, a través de la uniformidad y los intentos de volverlo “productivo”, la silvicultura científica logró que el ecosistema del bosque se derrumbara. ¿Estamos seguros de que los principios de la “silvicultura científica” quedaron relegados a la pila de cenizas de la historia? Pensemos en Apple. ¿Estamos seguros de que Apple, la empresa más valiosa del mundo, el fabricante de los dispositivos digitales más geniales que ha conocido la humanidad, evita los anticuados principios de la silvicultura alemana?
 El lector seguramente habrá oído hablar de las pésimas condiciones en las que las fábricas chinas producen la casi totalidad de nuestros equipos electrónicos. Su preocupación pasajera podría haberse mitigado con los recientes anuncios de que las fábricas están procurando mejorar las condiciones de trabajo de sus obreros. Foxconn, una empresa taiwanesa radicada en China, fabrica los productos de Apple. Se enorgullece de aplicar lo que se denominan técnicas de “administración científica” de sus millones de trabajadores.
 La justificación es siempre la misma: un grupo pequeño de poderosos desea controlar sistemas que son intrínsecamente incontrolables para lograr que esos sistemas lleven a cabo actividades que de otro modo no realizarían. Tales soluciones a corto plazo siempre se reciben como revelaciones. Y sin duda, producen resultados a corto plazo espectaculares.
 Pero ya sea que hablemos de bosques o seres humanos, el hecho científico respecto de esos sistemas es que son autoorganizados y, por lo tanto, un agente externo no puede controlarlos. Obligarlos a suprimir sus fluctuaciones y complejidades naturales en nombre de la productividad desembocará, de manera inevitable, en revolución, crisis o colapso. En el caso de los bosques, lo que se obtiene es Waldsterben; en el de los seres humanos, el suicidio es un resultado posible: puede provocarse el derrumbe de una corporación o de un sector completo de fabricación.
 El enfoque de la administración adoptado por Foxconn es muy sencillo: hacer que cada obrero ejecute una tarea repetitiva muy especializada para que no sea necesario ningún tipo de pensamiento o habilidad. Esta clase de trabajo especializado funciona sin inconvenientes en las colonias de hormigas porque las hormigas son criaturas simples y están genéticamente especializadas en la realización de ciertas tareas sin que les sea necesario pensar.
 Los seres humanos son, a decir verdad, terribles cuando se trata de especialización. Este es el motivo por el que todos los intentos de convertir a los seres humanos en insectos-obreros, para el beneficio de los más ricos, han dado como resultado la miseria generalizada. Terry Gou, director ejecutivo de Foxconn, así lo admite al decir que quienes desean obtener un ascenso deben memorizar que: “El sufrimiento es el hermano gemelo del crecimiento”.
 En una investigación notable sobre la reciente racha de suicidios registrados en el proveedor de Apple, Pun Ngai y Jenny Chan describen el caso de Tian Wu, una empleada de diecisiete años que el 17 de marzo de 2010 se arrojó desde el cuarto piso del dormitorio que compartía con otras obreras. Tian acababa de llegar de Hubai, una aldea rural, para trabajar en la fábrica de Foxconn, situada en Longhua. Quienes la conocieron antes de lo que ella denomina “su accidente”, la describen como una joven despreocupada que amaba las flores.
 Después de trabajar en la sede de Foxconn en Longhua treinta y siete días, intentó suicidarse. A diferencia de otros catorce compañeros de trabajo que también intentaron suicidarse en un periodo de dos meses en 2010 y 2011, Tian sobrevivió. Muy probablemente, deberá seguir en silla de ruedas el resto de su vida.
 Foxconn tiene un programa de producción que abarca las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana; a menudo, se obliga a los obreros a cumplir horas extra. Los trabajadores viven en dormitorios custodiados por guardias armados; las habitaciones son tan pequeñas que la privacidad personal es casi inexistente. La asignación de los trabajadores a las habitaciones es aleatoria; ese proceso rompe las redes sociales existentes y reduce la organización de los obreros al mínimo. No se permiten visitantes que se queden durante la noche. La vida de un trabajador de Foxconn está dedicada a la producción de equipos electrónicos a bajo costo, en su mayoría para consumo occidental.
 En el último tiempo, se ha intensificado la presión sobre empresas de tecnología como Apple y otras para que revisen su relación con proveedores chinos como Foxconn. Sin embargo, sostengo que es la naturaleza fundamental del trabajo lo que impulsa a los individuos al suicidio. Trabajar en Foxconn es el extremo lógico de la administración del tiempo. La administración programa el aseo, la alimentación y el sueño de modo tal que coincidan con plazos de producción y maximicen la eficiencia de la rotación de turnos.
 En Occidente, nos enorgullecemos de nuestra nueva economía, cuya base es la movilidad, y de nuestra revolución de la información. Pareceríamos considerar que la producción industrial es una pintoresca reliquia de mediados del siglo XX, como si ahora nos hubiéramos liberado de la fealdad y la poca “onda” de la fabricación. Todos vivimos en la nube. Y en rigor, Foxconn es el empleador privado más grande de China: emplea a más de un millón cuatrocientos mil personas; en una sola de las instalaciones de la empresa, trabajan cuatrocientos mil personas: cuatrocientos mil personas —casi la población de Minneapolis— trabajando en una sola fábrica.
 Hace poco, The Fair Labor Association llevó a cabo una investigación de la empresa Foxconn, con las siguientes conclusiones: “Las fábricas trabajaban sin respetar los límites legales y estatutarios en lo atinente a horas de trabajo; no registraban ni pagaban correctamente las horas extra trabajadas fuera de horario; permitían que los empleados trabajaran horas extra en violación de lo establecido por las reglamentaciones vigentes en China y, en periodos pico, los trabajadores debían trabajar hasta más de siete días seguidos sin un día de descanso. Además, la investigación registró numerosos problemas de insalubridad e inseguridad, y halló que, a pesar de que existe un sindicato y un acuerdo de negociación colectiva, ese acuerdo no se adecua a los estándares internacionales o nacionales”.
EL ARTE Y LA CIENCIA DE NO HACER NADA | ANDREW J. SMART | Comprar ... Un trabajador de Foxconn comenta: “Nos gritan todo el tiempo. Es muy difícil todo por aquí. Estamos atrapados en un ‘campo de concentración’ de la disciplina laboral: Foxconn nos dirige aplicando el principio ‘obediencia, obediencia y obediencia absoluta’. ¿Debemos sacrificar nuestra dignidad como personas en aras de la eficiencia en la producción?” En este ambiente inhumano, el estudio conducido por Ngai encontró actos de resistencia de parte de los trabajadores, como robo de productos, trabajo a desgana, interrupción de labores, huelgas de pequeña escala y, en ocasiones, sabotajes, que retrasan la producción. Y después, claro, está también el suicidio, la última opción que les queda a los trabajadores para ejercer control sobre sus vidas. El sistema —en este caso, el cerebro del trabajador— procura inyectar variación en su vida —robo y sabotaje— para encontrar un ámbito más estable en el que la dinámica intrínseca del sistema se encuentre en equilibrio con el medio ambiente.
 Los sistemas complejos existen en las proximidades del límite entre orden y desorden; esa cercanía se denomina “criticidad autoorganizada” y permite la adaptación a nuevos entornos. Al filo del caos, los sistemas modifican con rapidez sus estructuras internas hasta que encuentran un estado estable. Sin embargo, esa adaptabilidad tiene límites, que no son lineales. Al superar un umbral, el sistema se derrumba, catastrófica y completamente. Un ejemplo notable de ese fenómeno es el derretimiento de los glaciares: los glaciares soportan cierta cantidad de calentamiento, pero cuando el proceso de derretimiento llega a cierto umbral (el término común para ese umbral es “momento crítico”), el glaciar empieza a desaparecer, aunque la temperatura vuelva a descender.
 Los apilamientos de arena suelen usarse como ejemplo para ilustrar el hecho de que los sistemas autoorganizados se sitúan en el límite entre orden y desorden, así como para esclarecer el concepto de umbral no lineal. Imaginemos una superficie totalmente plana sobre la cual se vierte arena a una velocidad constante. Los granos de arena caen de manera aleatoria hacia uno u otro lado de la pila, a medida que la pila va creciendo en altura. Al principio, la pila es pequeña, de modo que el ángulo de la pendiente es muy reducido. Al seguir agregando arena, la pila se limitará a ganar altura.
 Al llegar a cierto punto, el ángulo de la pila se volverá tan pronunciado que la adición de más arena provocará pequeñas avalanchas. Finalmente, el ángulo de la pila y la frecuencia de las avalanchas convergerán en un equilibrio tal que la forma general de la pila se mantendrá. Sin embargo, la clave de ese equilibrio reside en que haya una disipación abierta de arena, que dejará la pila para compensar la nueva arena que se vierte. Si se sigue añadiendo arena, el ángulo de la pila se volverá tan empinado que al agregar un solo grano más, se producirá una avalancha catastrófica que hará desaparecer la pila. Gracias a la eficiencia y la productividad de China, los occidentales contamos con una provisión infinita de dispositivos digitales móviles a bajo precio, lo que nos ha permitido convertirnos en una economía que opera las veinticuatro horas de todos los días de la semana.
 Trabajar sin cesar se ha convertido en una nueva medalla de honor entre la clase profesional digital. Circulamos cargando con todos nuestros artefactos tratando de definir nuestra propuesta de valor. La compulsión de permitir que sean las empresas quienes organicen nuestra vida mediante aplicaciones y calendarios proviene de una profunda ignorancia del modo en que en realidad funciona el cerebro. Nos negamos a admitir que nuestro cerebro es, de por sí, un milagro de la organización compleja.
 En un ensayo escrito en 1949 con el título Why Socialism? que recibió muy escasa atención, Albert Einstein señaló: “Si nos preguntamos cómo debería modificarse la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre para que la vida humana fuera lo más satisfactoria posible, tendríamos que tener siempre presente que existen ciertas condiciones que no podemos alterar. Como ya se mencionó, para todos los fines prácticos, la naturaleza biológica del hombre no se encuentra sujeta a cambios”.
 Si bien nuestra comprensión de “la naturaleza biológica del hombre” se actualiza a diario, Einstein estaba en lo cierto al señalar que nuestro cerebro tiene límites. Aunque nuestras vidas son más fáciles, existimos en el mismo espectro que los trabajadores chinos: el precio del logro es el mismo para ambos. Con frecuencia cada vez mayor, las empresas de nuestra sociedad de la información procuran que su organización sea «plana». Sin embargo, cuanto menos explícita es la jerarquía en los puestos de trabajo, mayor es la responsabilidad que se espera que asuma cada trabajador. La línea entre la vida y el trabajo se desdibuja cuando una lista interminable de tareas empieza a distribuirse entre todo el mundo por igual.
 Los dispositivos móviles garantizan que estaremos disponibles las veinticuatro horas de los siete días de la semana para atender solicitudes relacionadas con el trabajo. Ya no existe un lugar físico en el que no podamos trabajar. La mente jamás puede descansar. Un trabajador moderno de la sociedad de la información puede sentir que jamás deja de trabajar. Desde el punto de vista de los inversores capitalistas, inducir el temor de perder en una competencia que no tiene fin es más efectivo que emplear jefes que intimiden a los trabajadores. La coacción a trabajar es una forma de orden impuesto externamente y puede adoptar la forma de un cronograma de trabajo, una lista de tareas pendientes, un proceso comercial, proyectos vanos, actividades de administración del tiempo o indicaciones de un cliente que esperaba obtener resultados seis meses antes.
 En el otro extremo del espectro, encontramos trabajadores como Tian Wu en las plantas de Foxconn en China. Pagan el precio de nuestra movilidad digital, a veces con su vida. Mijaíl Bakunin, un pensador anarquista, escribió: “La libertad de todos es esencial para mi libertad”: si existen algunos esclavos, nadie es verdaderamente libre.
 En La riqueza de las naciones, Adam Smith dice: “El trabajo duro, ya sea de la mente o del cuerpo, continuado durante varios días, es seguido en la mayoría de los hombres por un gran deseo de relajación, que, de no ser sofocado por la fuerza o alguna necesidad profunda, es casi irresistible. Es la llamada de la naturaleza, que requiere ser satisfecha mediante cierta indulgencia, a veces sólo de descanso, pero en otras ocasiones también de disipación y diversión. Si esto no se cumple, las consecuencias a menudo son peligrosas y en ocasiones fatales, y casi siempre, más tarde o más temprano, acarrean la dolencia peculiar del oficio. Si los patrones siempre escucharan los dictados humanitarios y de la razón, con frecuencia tendrían ocasión de moderar antes que acicatear la aplicación de muchos de sus trabajadores”.
 Debemos preguntarnos por qué y para quién trabajamos tanto. Recordemos que nuestro cerebro tiene cien mil millones de neuronas conectadas, cada una de ellas, mediante doscientos billones de sinapsis. Su actividad se encuentra regulada por una orquesta sublime de actividad eléctrica que sincroniza y desincroniza neuronas y regiones cerebrales para generar la compleja armonía que nos permite ser seres humanos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Clave Intelectual, 2014, en traducción de Elena Luján Odriozola, pp. 68-73. ISBN: 978-84-9420-731-0.]

viernes, 15 de mayo de 2020

Cursos de la Bauhaus.- Wassily Kandinsky (1866-1944)

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Resumen del programa de enseñanza "Las Formas" (curso preparatorio)
IVº Semestre (invierno 1929-1930)
7ª clase, 25 de enero de 1929

  «Tema: la casa de vivienda (formando parte del tema "la vida"). Participan en el debate, sobre todo, Flake y Neumann. Su punto de vista: tomar en cuenta las funciones biológicas y la economía. Rechazan el edificio estándar, las casas deben corresponder a las necesidades y al gusto del cliente (actualmente no se construye para que dure un siglo, sino de aquí a veinte años).
 Me asombro de este individualismo, que contrasta con las opiniones anteriormente definidas. Resulta difícil precisar si hay que buscar la forma en la arquitectura. Respuesta de los estudiantes: "La forma se produce automáticamente, es una consecuencia lógica". El problema de si debe fomentarse o no la pequeña o la gran propiedad, queda sin resolver. Como los problemas de la forma entran dentro de las funciones psicológicas debemos tenerlas en cuenta. ¿De qué manera? No hemos hablado de ello. […]

10ª clase, 6 de julio de 1928

 […] Exposiciones de Lotte Beese y Tolziner sobre los principios de la arquitectura.
 Beese: el edificio está en función de la situación geográfica (insolación, altitud, clima, etc.), del hombre y del tráfico (por ejemplo: solución del problema del tráfico en Rotterdam por Berlage con gran despliegue de medios, por Stam de manera puramente funcional).
 Tolziner: presenta su proyecto de una casa para una pareja joven en Basilea (el hombre: funcionario; la esposa: "idealista", gran círculo de amigos [10 a 20 invitados]). La casa está dividida en tres partes, dos habitaciones hacia el sur, separadas por el cuarto de baño; hacia el este el cuarto de estar, gran ventanal que da al huerto, la cocina al norte, pequeño taller de bricolaje y dependencias.
 Debate: ¿En qué medida se toma en cuenta al hombre? ¿Tolziner se basó únicamente en las necesidades de esta pareja joven?
 Tolziner: Sí, en este caso, pero la construcción de casas-tipo es necesaria. Plantea la pregunta: ¿hay que construir de modo diferente para usuarios progresistas o retrógrados, incluso hostiles? No, debemos, a través de toda nuestra actividad, ayudar a los humanos a seguir el buen camino.
 Monastirski: Lo ideal sería disminuir las dificultades materiales de los hombres y educarlos en un espíritu de colectividad. Es imprevisible saber lo que harán con su futuro ocio, pero eso no es cosa nuestra.
 Observa que una laguna de la actividad de la Bauhaus es detenerse en los problemas de la actualidad, sin preocuparse por los imperativos del futuro. No puede obtenerse algo válido si no se apunta a un fin lejano. El peligro es convertirse en otra escuela de Artes Decorativas, pero de diferente estilo.
 Pregunta: ¿Por qué preferimos, por principio, las forma simples? Las viejas formas están ajadas, vivimos una vida sobre nuevas bases, rodeados de cosas "muertas". Reencontramos las relaciones perdidas con la "naturaleza" por una conciencia interior de las relaciones orgánicas del mundo y finalmente del cosmos, para resolver los problemas secundarios (por ejemplo, las colectividades). Todas las tareas actuales derivan de la transición que, después de la pérdida de las relaciones (estancamiento del siglo XIX), nos lleva hacia la gran síntesis. […]
Cursos de la Bauhaus Alianza Forma Af de Wassily Kandinsky 15 ene ... 
10ª clase, 1 de marzo de 1929

 Hablo del empleo de la horizontal y de la vertical en la arquitectura: dos tensiones, etc.
 Pregunta: ¿Diferencia entre una catedral gótica y una fábrica moderna? Las diferencias derivan del fin, de la intención. Defino las diferencias; la situación en el paisaje (la catedral a lo lejos, la fábrica formando parte de la ciudad). La forma de la entrada (oculta para la catedral, inmediatamente visible para la fábrica). La puerta (para la catedral un rincón hacia una pequeña abertura, para la fábrica una abertura ancha y grande). Luz: (en la catedral en seguida sombra, la entrada también, en la fábrica todo lo más claro posible). Oscuridad en la catedral con acentos coloreados, acceso directo hacia el altar, por arriba las bóvedas parecen ilimitadas, las naves laterales esfumadas, etc. En la fábrica exactamente lo contrario.
 Causa: el acceso y la entrada a la catedral deben arrancar al hombre de la vida de todos los días. Hay que forzar la entrada. La oscuridad y los colores crean una luz inmaterial, que acentúa lo irreal, apoyan al subconsciente. Las voces y las resonancias son deliberadamente mezcladas, confusas, irreales.
 En la iglesia católica: latín incomprensible.
 Causa interior: en la fábrica: estímulo del pensamiento consciente; en la catedral: embotamiento, tendente hacia una sensación interiorizada, secreta.
 Muestro imágenes de Arquitectura china en el paisaje. Las pagodas: la tensión vertical no se debilita por los acentos horizontales, sino que, por el contrario, se acentúa. Tensión y tensión opuesta o frenada, la ley no matemática que cito gustoso.
 Progresivamente las verticales se redondean en las puntas, es decir la vertical es subrayada en la horizontal.
 Teatro chino: pagoda (móvil religioso).
 Teatro chino comparado con el teatro europeo.
 Diferenciación descuidada entre las salas de teatro (ópera, tragedia), de cine, de conciertos, de conferencias o de reunión (en Europa). Al final del curso discusión sobre la "contestación primaveral" en la Bauhaus. Subrayo que entre nosotros el elemento humano está subestimado. Las nuevas formas, que hoy parecen de tanta actualidad, hallan una solución (dependen más de la "época" que de nosotros mismos) y pronto serán superadas. Sólo el elemento humano conserva una validez definitivamente.
 Pero no hay que ser parcial: lo concreto y lo humano deben desarrollarse simultáneamente y de manera equivalente.
 ¡Y!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1985, en traducción de Ester Sananes. ISBN: 84-206-7011-1.]

domingo, 27 de enero de 2019

Secretos a voces.- Alice Munro (1931)


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Entusiasmo
Accidentes

«La fábrica de pianos, que había empezado a hacer órganos, se extendía por el extremo occidental del pueblo, como una muralla medieval. Había dos edificios alargados como las defensas interior y exterior y un puente entre los dos, donde estaban las oficinas. Y los hornos, el aserradero, el almacén de madera y las naves llegaban hasta el pueblo y las calles en las que vivían los trabajadores. El silbato de la fábrica dictaba la hora de levantarse para muchos: sonaba a las seis de la mañana. Volvía a sonar para avisar del comienzo de la jornada a las siete y a las doce del almuerzo y de nuevo a la una para reanudar el trabajo. Por último, a las cinco y media avisaba a los hombres de que era hora de dejar las herramientas y volver a casa.
 Las normas estaban colocadas junto al reloj de fichar, detrás de un cristal. Las dos primeras eran como sigue:
 UN MINUTO DE RETRASO SON QUINCE MINUTOS DE PAGA. SEAN PUNTUALES.
 NO SE TOMEN LA SEGURIDAD A LA LIGERA. TENGA CUIDADO POR USTED MISMO Y POR SU COMPAÑERO.
 Había habido accidentes en la fábrica y había muerto un hombre al caerle encima una carga de tablones. Eso ocurrió antes de la época de Arthur. Y en una ocasión, durante la guerra, un hombre perdió un brazo, o parte de un brazo. El día que ocurrió, Arthur estaba en Toronto. De modo que nunca había visto un accidente o, al menos, nada serio. Pero muchas veces se le venía a la cabeza que podía ocurrir algo.
 Quizá no se sintiera tan seguro de que no pudiera sobrevenirle una desgracia como se sentía antes de la muerte de su mujer. Murió en 1919, durante el último brote de gripe española, cuando a todos se les había pasado el susto. Ella no tenía miedo. Aquello había ocurrido hacía cinco años y a Arthur aún seguía pareciéndole el final de una época de su vida libre de preocupaciones. Pero a otras personas siempre les había parecido muy serio y responsable; nadie notó que hubiera cambiado demasiado.
 En sus sueños con accidentes había un silencio envolvente; todo estaba mudo. Las máquinas de la fábrica dejaban de hacer el ruido de costumbre y desaparecían las voces de todos los hombres y cuando Arthur miraba por la ventana del despacho comprendía que la suerte estaba echada. Nunca recordaba ver nada especial que se lo indicase. Era sencillamente el espacio, el polvo del patio de la fábrica, lo que se lo dijo en aquel momento.
 
 Los libros estuvieron en el suelo de su coche una semana o así. Su hija Bea le dijo: "¿Qué hacen esos libros ahí?" y entonces se acordó.
 Bea leyó en voz alta los títulos y los autores. Sir John Franklin y la aventura del viaje al noroeste, de G. B. Smith. ¿Qué anda mal en el mundo?, G.K. Chesterton. La conquista de Quebec, Archibald Hendry. El bolchevismo: teoría y praxis, de lord Bertrand Russell.
 -El bol-ché-vis-mo -dijo Bea, y Arthur le dijo cómo se pronunciaba correctamente.
 Preguntó qué era, y él le dijo:
 -Es algo que hay en Rusia y que yo no entiendo muy bien, pero por lo que tengo entendido, un verdadero desastre.
 Bea tenía trece años por entonces. Había oído hablar del Ballet Ruso y también de los derviches. Durante los dos años siguientes estuvo convencida de que el bolchevismo era una especie de baile diabólico, incluso quizás indecente. Al menos eso era lo que contaba cuando se hizo mayor.
 No mencionaba el hecho de que los libros tuvieran algo que ver con el hombre que había sufrido el accidente. Con eso, la historia habría resultado menos divertida. O quizá lo hubiera olvidado de verdad.
 
 La bibliotecaria parecía confusa. Los libros aún tenían las tarjetas, lo que significaba que no los habían registrado, sino que los habían cogido de las estanterías y se los habían llevado.
 -El de lord Russell falta desde hace mucho tiempo.
 Arthur no estaba acostumbrado a tales reproches, pero dijo con suavidad:
 -Yo los devuelvo en nombre de otra persona. El chico que ha muerto. El del accidente en la fábrica.
 La bibliotecaria tenía el libro de Franklin abierto. Estaba mirando el dibujo del barco atrapado en el hielo.
 -Me lo pidió su mujer -dijo Arthur.
 Ella cogió los libros uno a uno y los sacudió como si esperase que fuera a caer algo. Pasó los dedos por entre las hojas. La parte inferior de la cara se le movía de una forma desagradable, como si se estuviera mordiendo las mejillas por dentro.
 -Supongo que se los llevaría a casa sin más -dijo Arthur.
 -¿Cómo? -dijo ella al cabo de unos momentos-. Perdone. No le he oído.
 Es por el accidente, pensó él. La idea de que el hombre que había muerto de aquella manera fuera la última persona que había abierto los libros, pasado sus páginas. Pensar que podría haber dejado un trocito de su vida en ellos, una tira de papel o un limpiador de pipas como señal o incluso unas hebras de tabaco. Eso la ha desquiciado.
 -No importa -dijo Arthur-. He pasado por aquí para devolverlos.
 Se alejó de la mesa pero no salió de la biblioteca inmediatamente. No iba allí desde hacía años. El retrato de su padre colgaba entre las dos ventanas de la sala principal, donde estaría siempre.
 
A V. Doud, fundador de la Fábrica de Órganos Doud y patrocinador de esta biblioteca. Defensor del progreso, la cultura y la educación. Verdadero amigo de la ciudad de Carstairs y de los trabajadores.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2014, en traducción de Flora Casas. ISBN: 978-84-672-5916-2.]

viernes, 30 de noviembre de 2018

La Revolución Industrial.- Thomas S. Ashton (1889-1968)


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IV.-Capital y trabajo
I

«La revolución industrial fue asunto no sólo de tecnología sino también de economía: consistió en cambios en el volumen y en la distribución de la riqueza, a la vez que en los métodos por los cuales dicha riqueza se dirigió hacia fines específicos. Hubo, en realidad, una estrecha conexión entre los dos movimientos. Sin las invenciones la industria hubiese tal vez continuado su lento progreso -aumentando las compañías, extendiéndose el comercio, mejorándose la división del trabajo y haciendo de los transportes y finanzas sistemas más especializados y eficaces-, pero no habría habido revolución industrial. Por otra parte, sin los recursos recién descubiertos las invenciones muy difícilmente se hubieran realizado, y su aplicación hubiese sido muy limitada. Fue, pues, el crecimiento de los ahorros y la facilidad con la cual se pusieron a disposición de la industria, lo que hizo posible a la Gran Bretaña recoger le cosecha debido a su ingenio.
 Muy amplio ha sido el debate que procura determinar el origen del capital que se invirtió en las nacientes industrias. Algunos opinan que provino de la tierra, en tanto otros señalan el comercio exterior, y unos terceros creen haber descubierto su fuente en una corriente que iba de las industrias secundarias a las primarias, siempre en el interior del país. Pero a cada argumento que en uno u otro sentido se hace valer, es posible contraponer razones de igual peso. Muchos propietarios o agricultores, como Robert Peel, pasaron a la industria; pero numerosos otros con éxito, como Arkwright, compraron tierras y terminaron su vida como progresistas terratenientes. Gran número de comerciantes, como Anthony Bacon, reinvirtieron sus beneficios en minas o en manufacturas, pero muchos industriales, como Sampson, Nehemiah Lloyd y Peter Stubs empezaron a vender sus productos, mas también a trocarlos por otros. Muchos artesanos que trabajaban los metales, como Abraham Darby, establecieron altos hornos y fundiciones y abrieron minas; pero muchos mineros e industriales del hierro se iniciaron en la ferretería y en la industria de la fabricación de herramientas. Si terratenientes tales como el Duque de Bridgewater invirtieron su capital en caminos de portazgo y en canales, lo propio hicieron industriales como Wedgwood. En resumen, debe decirse que las corrientes fueron muchas, y caminaron en todas direcciones, en tanto la riqueza aumentaba en una rama y las oportunidades en otra; no puede afirmarse que haya sido una sola zona de la economía y de la actividad humana de donde hayan soplado los vientos del tráfico.
 Al principio del período, muchas de las unidades industriales se componían de pequeñas empresas familiares, o bien de consorcios de dos o tres amigos. En la mayoría de las industrias el capital invertido no era mayor que el que un fabricante casero o aun un jornalero podía proporcionar con sus ahorros. Si acaso se obtenía algún beneficio, se invertía con frecuencia en agrandar la fábrica, pues la "resiembra" (ploughing back) no es, como algunos suponen, un descubrimiento hecho por los Estados Unidos durante el siglo XX. Las primeras etapas de acumulación de la acumulación de capital se ilustran  muy bien por citas tomadas del diario de Samuel Walker, de Rotherham:
 1741.-Durante los meses de octubre o noviembre de este año, Samuel y Aaron Walker construyeron un horno de tiro de aire, en la antigua herrería del fabricante de clavos situado en el trascorral de la choza de Samuel Walker en Grenoside; se añadieron algunas cosas menores, una o dos chozas, techadas con barro, donde se instalaron después de reconstruir una vez la chimenea, y más de una vez el horno; Samuel Walker enseñaba en la escuela de Grenoside y Aaron Walker fabricaba clavos, segaba o trasquilaba según la época del año.
 1743.-Aaron Walker comenzó a recibir mayor trabajo como industrial y sus jornales alcanzaban la suma de cuatro chelines a la semana, con los que podía vivir...
 1745.-En este año, Samuel Walker, en vista del aumento de los negocios, se vio obligado a abandonar su puesto docente; se construyó una casa, en un extremo de la antigua choza, pues consideró que su posición era permanente; tanto Samuel como Aaron se señalaron diez chelines semanales de jornal, a fin de mantener a sus familias.
 Para entonces el capital de la firma se valoró en cuatrocientas libras esterlinas, pero éste se incrementó el siguiente año con: cien libras aportadas por Jonathan Walker, hermano de los anteriores, cincuenta por John Crawshaw -que antes había sido empleado de los socios "pagándole lo que podíamos, a razón de doce peniques diarios"-, y cincuenta por el propio Samuel. Con esta base los socios establecieron en Masborough primero una fundición y, después, un alto horno. El cuento de que la fortuna de Samuel Walker se debió a que robó a Huntsman el secreto de un crisol para fabricar acero, carece de todo fundamento; no fueron tales métodos, sino el trabajo incesante, la frugalidad e integridad, lo que lo llevaron al éxito. Año tras año algo se añadía, grande o pequeño, a la fábrica; en 1754 un almacén y un pequeño buque -bautizado con el característico nombre de La Industria-, el cual comenzó a navegar en el río; cuatro años más tarde, los socios cavaron "un corte navegable", "mejoraron el camino de Holmes a Masbro y las veredas hacia Tinsley; gloria sea dada a Dios", en 1764 añadieron a su establecimiento "una amplia galería para la fabricación de sartenes". No fue sino hasta 1757, al alcanzar el capital la suma de 7.500 libras esterlinas, cuando los Walkers se permitieron asignarse un dividendo de 140 libras; y durante toda la vida de la empresa, los dividendos que llegaron a distribuirse fueron bien escasos. Para 1774, el capital había alcanzado la suma de 62.500 libras esterlinas; a esto se agregaron las ganancias de la fabricación de cañones durante la guerra con los Estados Unidos, las cuales, invertidas también, aumentaron el capital, para 1782, a 128.000 libras esterlinas. [...]
 Muchas son las críticas que se les pueden hacer a los primeros emprendedores industriales, pero entre ellas seguramente no cabe incluir la de una complacencia excesiva consigo mismos. Los registros de una compañía tras otra no hacen sino repetir la historia de los hermanos Walker: los propietarios convenían en señalarse escasos jornales, restringían sus gastos caseros y reinvertían sus beneficios. Fue así como Wedgwood, Gott, Crawshay, Newton, Chambers y Cía. y muchos otros, formaron sus grandes empresas.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Fondo de Cultura Económica, 2008, en traducción de Francisco Cuevas Cancino. ISBN: 97-896-8168-517-1.]