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domingo, 29 de enero de 2023

Autobiografía y otros escritos.- Benjamin Franklin (1706-1790)


Benjamin Franklin - Wikipedia, la enciclopedia libre
Autobiografía


    «En la ciudad vivía otro muchacho muy dado a los libros, llamado John Collins, con el que llegué a tener una amistad íntima. Con frecuencia discutíamos porque la controversia nos gustaba y deseábamos enfrentarnos uno a otro con nuestros argumentos, cosa que, por cierto, puede convertirse en una mala costumbre y hacer a los que la tienen muy desagradables, porque siempre llevan la contraria. Además de servir para agriar cualquier conversación, dicho hábito da ocasión a disgustos y tal vez enemistades, en lugar de reforzar la amistad. Adquirí esta mala costumbre leyendo los libros de mi padre sobre polémicas religiosas. Las personas de buen juicio, según luego he podido apreciar, rara vez caen en el vicio de discutir salvo los abogados, los universitarios o los que se han criado en Edimburgo. En una ocasión surgió entre Collins y yo una disputa a propósito de si había que instruir a las mujeres y fomentar su capacidad para el estudio. Según él, ello no procedía, y además las mujeres no valían para el estudio. Yo sostenía la teoría opuesta, quizá por aquello de llevar la contraria. Collins se mostraba más elocuente y encontraba fácilmente las palabras adecuadas y tengo para mí que a veces me vencía más por su elocuencia que por la solidez de sus razonamientos. Como nos separamos sin haber llegado a un acuerdo, yo me puse a escribir mis razonamientos, hice una copia en limpio y se la envié a mi contrincante. El contestó y yo volví a replicarle y así varias veces hasta que mi padre encontró por casualidad unas de aquellas cartas y las leyó. Sin entrar en el fondo de la cuestión, mi padre me comentó el estilo literario que yo empleaba, haciéndome notar la ventaja que yo tenía sobre mi antagonista en materia de ortografía y sintaxis (que eran fruto de mi experiencia como impresor), pero subrayándome también que en elegancia de expresión, en método y en perspicacia, yo era inferior, y me convenció de ello señalándome varios pasajes de las cartas. Me di cuenta de lo atinado de sus opiniones y, en consecuencia, me apliqué a mejorar mi estilo.
 Fue hacia esta época cuando cayó en mis manos un tomo del Spectator, el tercero para ser preciso. No había tenido la ocasión de leerlo, y cuando lo hice repetidas veces me pareció delicioso. Encontré su expresión excelente y deseé ser capaz de imitarla. En este empeño me fijé en algunos de sus ensayos, resumí en un papel, con poquísimas palabras, las ideas que se exponían en cada una de sus frases y lo guardé. Pasados unos días y sin consultar el original, intenté rehacer los ensayos de The Spectator a partir de mis resúmenes, completando éstos con cuantas palabras me parecían adecuadas para reconstruir su primitiva elegancia y amplitud. Luego cotejé mi trabajo con el original y corregí las faltas que había cometido. Me di cuenta de que me faltaba vocabulario o mayor presteza para recordar y utilizar las palabras idóneas. Pensé entonces que tal vez hubiera podido conseguir ambas cosas si hubiera seguido escribiendo versos, ya que el buscar palabras del mismo significado pero de longitud o sonido diferentes para encajarlas en el ritmo y en la rima correspondientes, me hubiera obligado a perseguir constantemente la variedad expresiva y a fijar en mi mente y dominar una gran multiplicidad de vocablos y giros. En consecuencia, tomé algunas de las narraciones del Spectator y las puse en verso para volverlas después a su prosa original, cuando había pasado tiempo y casi me había olvidado de ésta. Otras veces formaba un revoltijo con los resúmenes que había hecho y, transcurridas algunas semanas, procuraba restablecer el orden lógico que tenían en The Spectator, para luego proceder a reconstruir y completar las frases del ensayo original. Este método me valió mucho para la correcta ordenación de mis ideas, al proporcionarme la ocasión de comparar mi trabajo con el original y poder corregir mis fallos. En ocasiones incluso me hacía la ilusión de que había acertado a mejorarlo en algunos detalles de poca importancia, lo que me animaba a esperar que con el tiempo podría ser un buen escritor, cosa que ambicionaba sobremanera.
 Dedicaba a estos ejercicios y a leer las horas de la noche, acabado mi trabajo, o las de la madrugada, antes de empezarlo, así como los domingos, en que procuraba refugiarme en la imprenta, evitando en lo posible la asistencia al culto colectivo, al que mi padre me obligaba a ir cuando vivía con él. Aunque seguía pensando que tenía la obligación de asistir a él, me parecía justificado el no ir por falta de tiempo.
 Cumplidos los dieciséis años, tuve ocasión de dar con un libro escrito por un tal Tryon, en el que se recomendaba una dieta vegetariana y decidí adoptarla. Mi hermano aún no se había casado y vivía de pensión, en compañía de sus aprendices, con una familia. El que yo me negara a comer carne causaba molestias y ello me valió no pocas críticas. Me familiaricé con algunas recetas del vegetariano Tryon, las de las patatas y el arroz cocidos, por ejemplo; las de los puddings rápidos y algunas otras, y terminé por decirle a mi hermano que si me daba la mitad de lo que pagaba a la semana por mi pensión, yo viviría por mi cuenta. Aceptó de buen grado y yo me encontré con que podía ahorrar la mitad de lo que me daba y comprar más libros. Aparte de ello, encontré en esto otra ventaja: al irse mi hermano y los demás a comer, yo podía quedarme solo en la imprenta, hacer mi frugal colación (que no consistía sino en una galleta o una rebanada de pan, unas pocas uvas pasas, un pastel y un vaso de agua), y dedicarme al  estudio hasta que ellos volvieran. Aquella frugalidad contribuyó a que mis progresos en el saber fueran más rápidos, pues sabido es que la claridad de mente y la prontitud de asimilación intelectual son, por lo general, compañeras de la templanza en comer y beber. Ocurrió, por ejemplo, que alguien me puso en vergüenza por lo poco que yo sabía de cuentas, asignatura en la que, por cierto, me suspendieron dos veces cuando estaba en la escuela, y ante ello, me puse a estudiar la aritmética de Cocker y, sin ayuda de nadie, me la aprendí de cabo a rabo con gran facilidad. Leí también un libro de Seller y Sturny sobre navegación y me familiaricé algo con la geometría sin llegar a profundizar en esta ciencia. Leí también la obra de Locke On Human Understanding y El arte de pensar, de los filósofos de Port Royal.
Autobiografía y otros escritos: Amazon.es: FRANKLIN, BENJAMIN ... Mientras continuaba con mi propósito de mejorar mi lenguaje, encontré un libro de lengua inglesa (creo que era de Greenwood), en el que se insertaban al final dos apéndices con los rudimentos del arte de la lógica y la retórica, el primero de los cuales concluía con un debate siguiendo el método socrático. Poco después leí los Recuerdos memorables de Sócrates, escritos por Jenofonte, donde se recogen numerosos ejemplos de dicho método. Me entusiasmó y decidí adoptarlo. Abandoné mi forma de argumentar obstinada y positivista y llena de seguridades y me transformé en un humilde buscador de la verdad. Tras leer a Shaftessbury y Collins, las dudas que ya tenía acerca de algunos aspectos doctrinales de nuestra religión se extendieron a otros campos y llegué a la conclusión de que este método era el más seguro para mí y que ponía en graves aprietos a aquellos contra quienes lo utilizaba. Así pues, me complacía en practicarlo de continuo, llegando a adquirir cierta maestría en obligar a gentes incluso de mayor talento que yo, a reconocer y admitir cosas cuyo alcance no sospechaban y a ponerlas en situaciones de las que no les resultaba fácil salir, con lo que me apunté triunfos que ni yo ni mis argumentos merecían siempre. Utilicé este método durante algunos años y lo abandoné después paulatinamente, conservando sólo un cierto hábito de expresarme con frases de modesta timidez, evitando utilizar, si preveía discusión, términos demasiado categóricos tales como “ciertamente” o “indudablemente”. Prefería expresarme con frases tales como “pienso o entiendo que tal cosa es así o de tal forma”, o “me parece”, o “en mi opinión”, o “si no me equivoco”. Tal costumbre, pienso, me ha ayudado mucho a inculcar a los demás mis propias opiniones o a persuadirlos a que adoptaran ideas o actitudes que en ocasiones me he dedicado a propagar.
 Y puesto que los objetivos de la conversación consisten al fin y al cabo en informar o ser informado, en agradar o en persuadir, creo que los hombres sensatos y de recto juicio no deben mermar su capacidad de hacer el bien, adoptando una postura dogmática que suele disgustar a los interlocutores, crear oposición y contrariar los fines aludidos del don de la palabra. De hecho, si se trata de instruir a los demás, toda forma apriorística o contundente de manifestar lo que sentimos puede provocar oposición y poner en guardia a los demás contra nosotros. Si uno busca aprender y perfeccionarse con los conocimientos de los demás, es importante no aparecer uno mismo como anclado en prejuicios. Los hombres sensatos y modestos que no son partidarios de discutir no se sentirán animados a sacarnos de nuestros errores. Con esta disposición dogmática, rara vez se contenta al auditorio y menos aún se le persuade de que nos enseñe lo que sabe. Pope observa con acierto:

     Los hombres deben ser enseñados sin notarlo
     e instruirles en lo que ignoran como si
     se tratara de cosas que han olvidado.

  Pope recomienda asimismo:
    Hablar, por muy seguro que se esté, con humildad.

 Y podía haber completado esta frase con otra que utiliza, creo que con menos propiedad, en otro contexto:
    “Pues la falta de modestia es falta de sentido”.

 Si me pregunta por qué lo de la menor propiedad, les diré que los versos eran:
    “Las palabras inmodestas no admiten defensa, pues la falta de modestia es falta de sentido”.

  Pues bien: ¿no es la “falta de sentido” (si alguno es tan desafortunado de no poseerlo) cierta apología de su falta de modestia? Por ello pienso que la expresión correcta debería ser:
    “Las palabras inmodestas sólo pueden disculparse teniendo en cuenta que la falta de inmodestia no es sino falta de sentido”.

   Pero dejemos esto para gente más sabia que yo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1982, en traducción de Luis López Guerra, pp. 142-150. ISBN: 978-8427605848.]

domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

sábado, 24 de agosto de 2019

La enzima prodigiosa. Una forma de vida sin enfermar.- Hiromi Shinya (1935)

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Capítulo 4: Pon atención al "guión de tu vida"
La relación inseparable entre nuestros cuerpos y la tierra

«Los norteamericanos han consumido una dieta animal mucho más tiempo que los japoneses y el equilibrio intestinal no se ha trastornado por comer carne con tanta facilidad como el equilibrio intestinal de los japoneses. Con frecuencia me he preguntado por qué hay tal diferencia entre ambos. Veo algunas razones.
 En primer lugar, la cultura alimenticia cultivada a lo largo de muchos años es diferente en cada país.
 Los occidentales han consumido carne durante siglos, pero los japoneses no adoptaron esta dieta hasta el período Meiji (1868-1912), por lo que es un fenómeno bastante reciente. Los intestinos de los japoneses que han seguido durante siglos una dieta basada principalmente en granos y verduras, son 1,2 veces más largos que los intestinos de los occidentales en proporción a su tamaño corporal. Dado que sus intestinos son más largos, tardan más en excretar la comida. Como la comida queda en sus cuerpos durante más tiempo, el efecto de la carne en sus dietas es mucho mayor.
 La otra diferencia la encontramos en el suelo. El cuerpo humano y la tierra tienen una conexión inseparable. Somos capaces de comer alimentos de todo el mundo, pero todavía comemos principalmente alimentos de donde vivimos. Por lo tanto, la salud de la gente depende en gran medida del estado de la tierra de su región de origen.
 Ésta es una historia de hace algunos años, pero la primera vez que vi las verduras que se vendían en Estados Unidos quedé sorprendido por su tamaño. Las verduras japonesas, ya fuera una berenjena o un pepino, eran claramente más pequeñas. Pensé que esto se debía a que eran de diferente clase. Pero, de hecho, si plantas semillas japonesas en Norteamérica, las verduras crecerán más grandes que si lo hicieran en Japón. Esto es porque el suelo norteamericano contiene más calcio, minerales y vitaminas que el suelo japonés. Por ejemplo, hay de tres a cinco veces más calcio en una espinaca cultivada en Norteamérica que en una espinaca cultivada en Japón.
 Otro ejemplo es el brócoli. De acuerdo con algunos datos que encontré, hay 178 miligramos de calcio en 100 gramos de brócoli norteamericano. En comparación hay sólo 57 miligramos de calcio en los mismos 100 gramos de brócoli en Japón.
 Mi teoría es que aunque los norteamericanos han centrado su dieta en la carne, sus cuerpos no están tan afectados como los de los japoneses porque comen verduras que crecen en una tierra rica en nutrientes, lo cual les permite neutralizar, hasta cierto grado, el equilibrio ligeramente ácido de sus cuerpos debido a la carne.
 Años atrás había una diferencia clara entre el físico de los japoneses y de los norteamericanos. Sin embargo, los cuerpos de los japoneses son mucho más grandes que antes y la causa aparente es el cambio general a una dieta occidentalizada. En otras palabras, los hábitos alimenticios y la psique japonesa han cambiado con la importación de una cultura alimenticia consistente en carne, leche, queso y mantequilla.
 A pesar de eso, si los japoneses quieren occidentalizarse de esta manera, hay una sola cosa que no va a cambiar y es el suelo japonés. La riqueza del suelo no puede ser imitada por más que lo intenten. Uno puede decir que la riqueza del suelo está determinada por el número de pequeños animales y microorganismos que habitan en él. Pero en Japón la tierra se origina principalmente de restos volcánicos y no contiene tantos nutrientes para las bacterias del suelo.
 Así, el suelo japonés no es muy rico en nutrientes, para empezar. Los japoneses ha sido capaces de mantener el equilibrio en su dieta y salud en el pasado debido a que comían granos y verduras que crecían en la tierra, así como pescados y vegetales marinos de los océanos cercanos. Creo que esto está en línea con la naturaleza.
 No hay energía viviente en cosechas cultivadas con químicos agrícolas
 Todo en el mundo natural está conectado. Todo influye en todo y mantiene un delicado balance. Aun esas cosas que sentimos innecesarias son necesarias en el mundo natural.
 Cuando cultivamos cosechas agrícolas, los químicos agrícolas se usan con frecuencia para prevenir el daño a las cosechas por insectos nocivos. Sin embargo, "insecto nocivo" es un término acuñado por los seres humanos. En el mundo natural no puede concebirse un insecto que cause daño.
 A los humanos les disgusta cuando los insectos se meten en las cosechas agrícolas, pero la verdad es que, sean dañinos o útiles, los insectos añaden ciertos nutrientes a las cosechas cuando llegan a ellas. Ese nutriente es la quitina.
 La quitina se encuentra en las corazas de los cangrejos y camarones, también la coraza que cubre el cuerpo de los insectos está formada por quitina. Cuando los insectos se posan en las hojas de las plantas de las cosechas, las hojas secretan enzimas como la quitonasa y la quitinasa. Esas enzimas permiten a las plantas absorber pequeñas cantidades de quitina, como un nanogramo más o menos, del cuerpo y las patas del insecto y la usan como nutriente.
 De esta forma, los nutrientes que las plantas absorben de los insectos contribuyen a la vida de los animales que se comen esas plantas.
 Sin embargo, esta cadena de nutrición es interrumpida por los químicos agrícolas. En lugar de la quitina las plantas y vegetales absorben los químicos agrícolas que se usan para repeler los insectos, generando, a fin de cuentas, gran daño a los humanos que se comen esas plantas.
 Más aún, los químicos agrícolas quitan la vida de seres vivos en el suelo. Estos seres vivos son la fuente de energía para las cosechas. Las tierras de las huertas que se rocían periódicamente con químicos agrícolas carecen de gusanos o bacterias benéficas de la tierra. Dado que las cosechas no pueden crecer en tierra estéril sin energía viviente, se tiene que usar fertilizantes químicos. Las cosechas pueden crecer con los fertilizantes químicos, per su sabor y su valor nutritivo es deficiente. Ésta es la razón por la que los nutrientes de las cosechas agrícolas disminuye cada año.
 Otro peligro se genera por la irrigación de las cosechas. El agua para el uso agrícola no se esteriliza con cloro como el agua del grifo. Pero el agua está contaminada con químicos agrícolas, la contaminación de los ríos y las aguas negras. Se necesita mucha agua para hacer crecer las cosechas. Las toxinas que entran en el cuerpo humano son, hasta cierto punto, excretadas por el cuerpo al beber agua. Lo mismo se puede decir de las plantas. Sin embargo, dado que el agua de riego que se supone debe excretar las toxinas de las plantas está contaminada, es inevitable que las toxinas se acumulen en las cosechas.
 El tercer problema es el cultivo en invernadero. El propósito de usar el invernadero es reducir el daño de los insectos nocivos y controlar la temperatura. Sin embargo, el lado negativo de esto, aunque no sea del todo conocido, es que la cubierta de vinilo bloquea la luz del sol. Las plantas no se pueden mover como los animales. Por esa razón están expuestas a grandes cantidades de rayos ultravioleta. Los rayos ultravioleta del sol hacen que las plantas y animales acumulen radicales libres y se oxiden. Para que las plantas se protejan de esto poseen un mecanismo que les permite producir grandes cantidades de antioxidantes.
 Esos agentes antioxidantes incluyen las vitaminas, como la A, la C y la E, y los polifenoles como el flavonoide, el isvaflavonoide y la catequina, los cuales se encuentran  en gran cantidad en las plantas. Esos antioxidantes son producidos cuando las plantas se exponen a los rayos ultravioleta. En otras palabras, si cortas los rayos de luz usando el vinilo, la intensidad de los rayos ultravioleta que reciben las plantas se reduce. Como resultado las plantas terminan produciendo menos antioxidantes, como las vitaminas y los polifenoles.
 En la industria agrícola actual la prioridad es producir alimentos sin imperfecciones en lugar de producir alimentos con valor nutritivo.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2013, en traducción de Salvador Alanís. ISBN: 978-84-03-01357-5.]