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domingo, 4 de diciembre de 2022

La mujer que leía demasiado.- Bahiyyih Nakhjavani (1948)


Bio | Bahiyyih Nakhjavani
El libro de la esposa

1

  «Dicen que cuando ahorcaron al alguacil, su esposa enmudeció. Raramente le habían faltado las palabras en vida del marido, pero a veces la muerte causa un efecto sorprendente en los parlanchines. Dejó de hablar poco después de que su esposo recibiera la convocatoria a palacio, y cuando él ya se balanceaba a las puertas de la ciudad, sin turbante, con la barba rasurada y un gesto de sorpresa petrificado en el rostro, ella enmudeció por completo.
 No era la primera vez que lo convocaban a palacio, pero resultó ser la última. Antes nunca le había fallado la protección del sha. No sólo se había presentado en la corte innumerables veces a lo largo de aquellos doce años, desde la subida del rey al trono, sino que, dada la transformación de su residencia en cárcel, se le llamaba con frecuencia para comprobar la salud de su lealtad a su señor. En todas las ocasiones anteriores, que se tradujeron en honores, títulos y poder, la esposa no dejó de dar su opinión al respecto. Esta vez, cuando lo ahorcaron, no dijo nada.
 A ella la subieron por la escalera de mano hasta la segunda planta de la casa, donde la poetisa de Qazvin estuvo confinada diez años antes, pero en los días que pasó allí no abrió la boca. Tal vez la había abierto ya demasiado, tal vez no había nadie que quisiera oírla o tal vez no quería decir nada porque al final su incontinencia verbal la había conducido a la ruina. Las lavadoras de cadáveres quisieron evitarse el trabajo, pero les tocó adecentarla. No dejó de gotear ni con un lienzo enrollado al cuello.

2

  Todo el mundo conocía el carácter voluble de la esposa del alguacil. En la mezquita, su voz era tan evidente como el ajo; y en el bazar, hacía innecesario el velo. Sus palabras escalaban los muros y descendían por las calles como el chisporroteo del kebab o el olor a cebolla frita. Algunas veces, atravesaban las paredes de palacio y se afincaban en el anderoun* real con la persistencia de la alholva. La madre del sha aconsejaba a las mujeres de la corte que, si querían enterarse de algo, cerraran la boca y se dejaran guiar por el olfato hasta la ciudad.
 Aunque se relacionaba poco con el clero y con los cortesanos, la esposa del alguacil era la reina del cotilleo y de la cocina. Pocas lograban la perfección de sus adobos, y ninguna, la ortodoxia de sus arroces. Sus mermeladas, según los entendidos, poseían la consistencia de la verdad y desesperaban a todos menos a los filósofos. En cuanto a sus conservas, eran tratados de auténtica fe y no necesitaban interpretación. Pero cuando sus cocineras cortaban demasiado fino o demasiado grueso el membrillo, trituraban mucho o poco el cardamomo y calentaban el azúcar por encima de su punto canónico, no dudaba en maldecirlas y tacharlas de apóstatas. En materia de comida, era una fanática.
 Pese a sus orígenes provincianos y a no ser la primera esposa del alguacil, ejercía de señora del harén. Naturalmente, su esposo tenía otras mujeres, como cabe esperar de un ciudadano prominente, pero a ella la adornaba de ajorcas y zarcillos de oro para demostrar que era el aderezo más fino de su harén. De joven, había sido hermosa, con sus hoyuelos de nata, sus brazos blancos y torneados y su buena dote. Era además aguda, de una inteligencia, más que curiosa, inquisitiva. No obstante, por encima de todo era celosa, manejaba la lengua con la misma maestría que sus cuchillos de cocina y dominaba al alguacil como no eran capaces de hacerlo una madre sorda, una hermana paupérrima, varias hijas incasables y las restantes esposas, picadas de viruela.
 Cuando el sha llegó al trono, sin embargo, llevaba casada tiempo suficiente para haberse cansado de la quincalla. Su interés había pasado del marido al hijo, que teníala misma edad que Su Majestad y, si hemos de hacer caso a la madre, se merecía una princesa. Era su niño, su buñuelito, su adoración; para ella, tan apuesto como el rey. Durante las semanas que precedieron a la coronación atormentó sin cesar al marido con aquella perla de las mujeres, aquel tesoro de novia que debían buscarle al hijo. Mientras él se preparaba para presentar sus respetos al sha en palacio, ella no paraba de hablar de contratos matrimoniales.
 -Todo depende del favor de la reina —le recordaba—, de modo que harás lo que esté en tu mano para halagarla durante la ceremonia, ¿verdad que sí?
 Él masculló algo a propósito de ganarse los favores antes de pedirlos.
 -Su Alteza tiene un montón de conocidas adecuadas —continuó, imperturbable.
 El alguacil dijo algo de las prioridades del momento.
 -Hasta una prima lejana valdría —insistió ella.
 El marido hablaba de la necesidad de seguir las órdenes del gran visir.
 -Perfecto, el gran visir también ha puesto sus ojos en una princesa —replicó—. ¿No se va a casar con la hermana del sha? Si él puede, tú también.
 El tono de su voz estremeció al alguacil. No deseaba que el vecindario los oyera hablar de un compromiso que la reina desaprobaba con toda su alma. Mejor sería, dijo en un murmullo, no mencionar el asunto hasta que Su Alteza consintiera.
 Pero nada callaba a su esposa.
 -Precisamente —se agarró a sus palabras—. Por eso digo que las buenas bodas dependen de la madre del sha.
 Con un suspiro, el alguacil continuó arreglándose para la visita a palacio. No había encontrado ocasión de comunicarle a su esposa la decisión de regalar la casa al nuevo soberano. Llevaba semanas intentando abordar la cuestión, pero ella le interrumpía con el problema de los contratos matrimoniales. Siempre acababan hablando de novias, y con cada interrupción, se le olvidaba por completo lo que pensaba decir.
 «Las palabras y el ajo inducen a los hombres a la violencia», pensaba, furioso, cruzando el patio a grandes zancadas en dirección a los establos. Al pasar, apartó de un manotazo al portero.
 Se había visto obligado a proteger su mansión del interés de los envidiosos empleando a una especie de zoquete que no dejaba entrar ni salir a nadie. Desde la subida al trono del nuevo sha, la seguridad se había convertido en un problema, y no sólo por la chusma callejera, sino también porque los libertinos y los bribones hacían de la corte un sitio cada día más peligroso. Le parecía más seguro comprar el agradecimiento del sha que depender de su arbitraria generosidad y, puesto que corría el peligro de perder la casa si no actuaba a tiempo, pensó en negociar con su propiedad antes de entregarla a la fuerza. La decisión de regalarla, aprovechando la coronación, estaba tan calculada como el brutal manotazo que dio en el cráneo afeitado del portero al abandonar sus dominios.
LA MUJER QUE LEIA DEMASIADO | BAHIYYIH NAKHJAVANI | Comprar libro ... Le constaba que su esposa se pondría hecha una furia en cuanto lo supiera, que no le daría un momento de respiro al enterarse de tamaña perfidia por su parte. Había construido la casa para ella, con motivo del nacimiento de su único hijo varón. Había levantado la segunda planta sobre las cocinas para satisfacerla en su deseo de poseer un palacio, y la esposa contaba con aquel patrimonio para negociar una nuera como era debido. Nunca le perdonaría que la regalara antes de emplearla para comprar una novia.

3

  El invierno que ahorcaron al alguacil fue el de las revueltas del pan, a los nueve años del atentado contra la vida del sha. La segunda planta de la casa estuvo cerrada con llave todo el tiempo, hasta el punto de que él no había cruzado su umbral desde las matanzas del verano. Su esposa no le permitía subir desde la última vez que la planta estuvo ocupada; sólo ella, que tenía la llave escondida, entraba en la alcoba alta. Cuando la agredieron durante las revueltas del pan, su hijo se la encontró colgada de una cinta sucia que la madre llevaba incrustada entre los rollos de grasa de la cintura. Tuvieron que cortársela con un cuchillo para abrir la puerta.
 Fue el portero retrasado quien encontró a su señora estupefacta y tirada en el fango entre las cancelas de la legación británica y el jardín del fondo del callejón. Cuando regresó corriendo, señalando en aquella dirección con grandes aspavientos, el hijo del alguacil dio órdenes inmediatas de que la arrastraran hasta la casa en una alfombra y la apartaran de la vista ajena. Morir gorda en época de hambruna era una provocación tan grave como morir muda después de toda una vida de charlatanería. Mandó que la encerraran arriba.
 -Tendrás que pasar sobre su cadáver —replicó su tía al enterarse, sospechando que el cobarde de su sobrino tenía que esconder algo más que a su madre.
 Él adujo que era el único lugar a salvo de la furia de la plebe.
 -Si la encierras arriba —le advirtió la viuda—, no la bajarás viva.
 Pero el hijo del alguacil no hizo caso a su tía, que era de esas que babeaba con los tiempos pasados como un camello con una lengüetada de sal.
 -La vieja se cree que tiene ojos en la nuca —bromeaba con sus hermanas y sus esposas—, pero no ve el peligro que está delante de sus narices.
 El cuerpo de su padre continuaba descomponiéndose colgado a las puertas de la ciudad, hasta donde lo habían conducido arrastrándolo por los pies, recordó, y la muchedumbre seguía en las calles, muriendo de hambre con la misma rabia de antes. La próxima vivienda saqueada sería la suya si no lograban negociar su salvación; por so urgió a las mujeres a que ocultaran a su madre hasta que pasara lo peor. Aprovechando la inaccesibilidad de la segunda planta, la llevaron arriba y destruyeron la escalera de mano por si alguien tenía la ocurrencia de llamar a la puerta.
 A sus hermanas la idea les pareció excelente. Hacía años que se morían por echar un vistazo a la alcoba alta. Cuando se fue la cautiva, la esposa del alguacil adoptó la costumbre de subir todas las tardes, según ella, para rezar, pero nadie la creía. La tía viuda decía que era el único sitio de la casa en el que una mujer podía pensar, pero las hijas del alguacil estaban convencidas de que su madrastra escondía en la segunda planta un dinero que robaba de sus respectivas dotes, y sospechaban también que guardaba para el obeso de su hijo ciertas golosinas que no quería compartir con ellas. Mucho antes de que las revueltas del pan trastocaran la ciudad, comentaron a los vecinos que la alcoba alta era el granero particular de la esposa del alguacil.
 Verdad era que las mercancías escasearon durante el segundo decenio del reinado del sha. Desde que éste subió al trono, el alguacil se había encargado de fijar un precio inflacionario para el arroz. Llevaba diez años haciendo acopio de trigo y sabía cuándo reducir su distribución a los panaderos. Después de asegurarse de que la reina y sus parientes recibían su parte y de cerrar la boca al clero con sobornos, guardaba las llaves del granero con la aquiescencia del rey. Todos los inviernos ganaba su buen dinero.
 Se dedicaba también a distraer el hambre del pueblo. El jefe de policía gobernaba imponiendo la ley del terror y sus matones constituían una formidable alternativa a los mal pagados soldados reales, pero también ellos necesitaban estímulos, y como el alguacil no tenía la menor intención de pagar de su bolsillo, todos los años extorsionaba a los mercaderes ricos para pagar a sus hombres. Más tarde, después del intento de asesinato, con el favor de la reina, represalió a los hijos de los ministros para robarles con idéntico propósito. Durante el segundo decenio del reinado, tuvo que aumentar sus chivos expiatorios para gestionar su próspera empresa.»
  
  *Anderoun: Harén o parte de la morada reservada a las mujeres.
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2010, en traducción de Pepa Linares, pp. 88-93. ISBN: 978-84-206-5148-4.]

domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

jueves, 4 de junio de 2020

Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos.- William Osler (1849-1919)

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Un estudiante de Alabama

  «En toda colectividad existen unos pocos hombres que, por temperamento o convicción, no pueden inclinarse ante los Baales de la sociedad que les rodea y, al menos de pensamiento, se mantienen alejados del rebaño común. Tales hombres caminan una empinada y espinosa senda y en cualquier época la humanidad ha gustado de convertirlos en sus mártires. Las cartas muestran al doctor Bassett como un espíritu inquieto, inconformista, que se aparta de la vacuidad y falsedad de gran parte de la vida que le rodea. Siendo estudiante sin duda sintió un arranque de entusiasmo por el rápido desarrollo de la ciencia médica y, entre las preocupaciones y aflicciones del ejercicio rural, su corazón ardía con la esperanza de visitar alguna vez los grandes centros del saber. […] Todos los estudiantes acudían en tropel a París en la cuarta década [de 1800]. En ninguna otra parte había más inquietud, y Laënnec, Broussais, Louis, Andral, Velpeau y otros dominaban las ideas de la profesión [médica]. Podemos imaginar cuán minuciosamente fue elaborado el plan y cómo las pequeñas ganancias sobrantes fueron ahorradas durante años con tal propósito. Pero la prueba que exigió mayor coraje fue dejar a su esposa e hijos; y en sus cartas hay pasajes que indican que la lucha fue dura, incluso amarga. Con frecuencia se disculpa por la aparente crueldad de abandonarlos en aras de su profesión; y los vecinos no se lo pusieron más fácil a la pobre mujer, cuyo abandono no podían entender. En una de las cartas afirma: "¿así que la gente dice que te he dejado? Bueno, así es, y debes hacer siempre la mejor interpretación de tales comentarios; cuando yo vuelva esa misma gente seguramente dirá que he regresado. A veces esta clase de comentarios se hacen descuidadamente, de la misma forma en que los humanos patean a los gusanos; a veces caprichosamente, como los niños que arrancan las alas de moscas y las atraviesan con alfileres; a veces por deporte, como los cazadores cuando disparan a inocentes criaturas que les son de utilidad; a veces por ojeriza, al igual que matamos pulgas; a veces para experimentar, como los filósofos que torturan perros; pero raramente por maldad, como paganos que desuellan cristianos y cristianos que se desuellan unos a otros". En otra dice: "mis expresiones me recuerdan el arrepentimiento de quien se siente mal. Lo reconozco, Isaphaena, me has aguantado y apoyado mucho, y tendrás que hacerlo de nuevo, y espero que amablemente lo hagas; y si te satisface saberlo, tienes un marido que agradece tu conducta". […]
 El doctor Bassett contrajo tuberculosis y la última carta del paquete que recibí estaba fechada el 16 de abril de 1851 y procedía de Florida, adonde había ido en busca de salud. Murió el 2 de noviembre del mismo año, a la edad de 46 años. El 5 de abril le escribe a un amigo: "Este mundo nunca ha ocupado gran parte de mi atención o amor. Apenas le he pedido un poco, y poco me ha dado de cuanto le pedí. Durante muchos años se ha ido empequeñeciendo más y más a mi vista, como un objeto que se aleja en el espacio, pero ante mi nostálgica mirada no ha aparecido mejor tierra. Cuanto queda tras de mí se ha vuelto insignificante; ante mí hay un vasto vacío interminable, pero no es triste, pues está lleno de agradables sueños y visiones de gloriosas esperanzas. Lo he cubierto con los paisajes de Claude y lo he poblado con los mártires de la ciencia, los pioneros de la verdad, los perseguidos y crucificados de este mundo, los que después de haber trabajado pidieron pan y recibieron una serpiente -todos los que han sufrido por la verdad-. Cuán espléndido es contemplar en el futuro el descanso de los golpeados con sus lacerados sentimientos aliviados como hoy han sido los míos por la cariñosa consideración que ha manifestado tu esposa por mi futuro bienestar". […]
Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos de Osler ... Los extractos que he leído demuestran que el doctor Basset fue un hombre con dotes más que ordinarias, pero que se hallaba entre los sin voz de la profesión. El ambiente actual, las oportunidades de trabajo, las faldas de la buena suerte alzan a los hombres hasta la cumbre. La historia de esta vida puede servir de solaz para los espíritus inquietos que han tenido ambiciones sin oportunidades, e ideales irrealizables en el mundo donde se mueven. Empecé diciendo que os hablaría de un hombre del que nunca habíais oído hablar, de un humilde estudiante de un pueblecito de Alabama. ¿Y qué decir de los hombres que veneraba, por quienes dejó mujer e hijos en 1836? ¿Los conocemos mejor? Hoy día apenas uno de los que menciona nos conmueve desde el pasado con alguna fuerza. De la mayoría de ellos podemos decir que es como si no hubieran existido. Velpeau, Andral, Broussais, los grandes maestros que Basset siguió, son formas indefinidas (casi tan poco definidas como el discípulo), sacadas a relucir a la luz del día por algún laudator temporis acti*, para aprender filosofía mediante la historia. Haber luchado, haberse esforzado, haber sido fiel a ciertos ideales: ya sólo esto ha valido la pena. Ahora, y en la siguiente generación, uno o dos se librarán algo del sombrío olvido; pero en cuanto al resto de nosotros: sesenta años. También nosotros estamos con Basset y sus maestros y

Nadie pregunta / quién o qué hemos sido,
más de lo que él pregunta qué olas, / en la apacible soledad a la luz de la luna,
en medio del océano, han crecido, / espumeado un instante, y desaparecido**.»

*El que alaba los tiempos pasados. [N. del T.]
** Matthew Arnold: "Rugby Chapel" (1857) [N. del T.]

     [El texto pertenece a la edición en español de Unión Editorial, 2010, en traducción de Manuel Fuster Siebert y Cristina Fuster Sanjurjo. ISBN: 978-84-7209-537-3.]

viernes, 22 de mayo de 2020

El caballero de la carreta.- Chrétien de Troyes (1130-1191)

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   «Dos días se mantuvo la reina en este duelo, sin comer ni beber, tanto que se creyó que había muerto. Muchos hay que transmiten noticias: antes la triste que la agradable. A Lanzarote llega la nueva de que ha muerto su dama y amiga. Mucho le ha pesado, no lo dudéis. Bien puede imaginar cualquiera el grado de su dolor. A la verdad, si queréis oírme y saberlo, estaba tan afligido que llegó a sentir desprecio por su vida: quiere matarse sin demora, pero antes se lamentará. En uno de los cabos del cinturón que le ciñe anuda un lazo corredizo y se dice a sí mismo, arrasados los ojos de agua:
 -¡Ah, Muerte! ¡Qué emboscada me has tendido! Sano estaba y tú me has hecho caer enfermo. Enfermo estoy, ningún mal siento fuera del duelo que me oprime el corazón. Este duelo es mi enfermedad y mortal es. Mi afán es que lo sea y, si a Dios place, moriré. ¿Cómo? ¿No podré morir de otra manera, si ésa no es del agrado de Dios? Sí podré, con tal que me permita apretar este lazo en torno a mi garganta: así espero vencer a la muerte. Me mataré a despecho suyo. Mi cinturón la conducirá prisionera ante mí, por más que ella no quiera llegarse nunca a los que no la temen y, tan pronto se encuentre en mi jurisdicción, hará cuanto desee. Lentos serán, a la verdad, los pasos con que venga: tan deseoso estoy de poseerla.
 No se demora entonces, ni se tarda: antes bien, pasa su cabeza por el lazo y fija éste alrededor de su cuello. Para que el mal se cumpla, ata fuertemente el otro cabo del cinturón al arzón de su silla, sin que nadie se aperciba de ello. Y se deja enseguida caer a tierra. Quiere hacerse arrastrar por su caballo hasta morir: no juzga digno vivir una hora más. Cuando los que con él cabalgaban le ven caído en tierra, cuidan que se ha desvanecido: ninguno de ellos ha reparado en el nudo que oprimía su cuello. Le han levantado al punto entre sus brazos. Fue entonces cuando encontraron el lazo que le había convertido en su propio enemigo, el lazo que en torno a su cuello había dispuesto. Se lo cortan rápidamente. Pero el lazo había mortificado con tanto rigor la garganta que no pudo hablar en algún tiempo: por poco se le rompen todas las venas del cuello. En lo sucesivo, es incapaz de hacerse mal, por más que lo desee. Mucho le pesaba la vigilancia. A punto estuvo su duelo de consumirle: muy  a su gusto se habría matado si nadie estuviera vigilándole. Viendo que no puede hacerse daño, dice:
 -¡Ah, Muerte, vil y despreciable! Muerte, por Dios, ¿no tenías poder y fuerza suficientes para matarme a mí en lugar de a mi dama? Tal vez no te dignaste ni quisiste hacerlo por miedo a hacer un bien a alguien. Tu felonía no lo permitió: ninguna otra razón. ¡Qué servicio el tuyo! ¡Qué bondad! ¡En qué lugar te has situado! ¡Maldito sea quien te guarde gratitud! No sé quién me odia más, si la Vida que me desea, o la Muerte que no quiere matarme: una y otra me matan. Pero es con razón, así Dios me valga, si vivo yo a pesar mío, pues debería haberme matado cuando mi señora la reina me mostró semblante de odio. Y no lo hizo sin motivo; tenía una buena razón, aunque a mí se me escape cuál fuera. Si hubiese conocido esta razón antes de que su alma fuese al encuentro de Dios, habría reparado mi falta con tanta vehemencia como a ella le pluguiera, con tal que se apiadase de mí. Dios, ¿cuál ha podido ser mi crimen? Quizá ha sabido que subí en la carreta. No veo qué baldón puede imputarse si no es ése, que me ha traicionado. Si fue la causa de su odio, Dios, ¿por qué ese crimen me ha dañado tanto? Quien me lo reproche no sabe lo que es Amor. La boca no debe censurar nada de lo que Amor inspira: todo lo que se hace por la amiga se llama amor y cortesía. Pero yo nada he hecho por mi amiga. No sé qué decir, ¡ay! No sé si decir amiga o no. No me atrevo a darle ese nombre. Cuido saber de amor lo bastante como para afirmar que ella no debió considerarme el más vil de los hombres, si me hubiese amado. Antes bien, debería haberme llamado su amigo fiel, por cuanto honor me parecía todo lo que Amor deseaba: subir a la carreta, en ese caso. En ello sólo amor hubiera debido ver ella, y su probanza: así pone a prueba Amor, y de este modo reconoce a los suyos. Pero no tuvo a bien mi dama estas servidumbres: bien pude advertirlo en la acogida que me dispensó.
EL CABALLERO DE LA CARRETA de Chretien de Troyes (Presentacion y ... Y sin embargo, por ella hizo su amigo lo que más de una vez le supuso vergüenza, reproches y censuras. He jugado ese juego que todos vituperan y mi felicidad, tan dulce, se me ha tornado amarga melancolía. A fe que tal es la costumbre de aquellos que de amor nada saben y lavan su honor en la vergüenza: quien sumerge su honra en el oprobio no hace otra cosa que ensuciarla más. Son los mismos ignorantes que publican su desdén hacia Amor, los que, muy lejos de él, no cumplen sus mandatos. No saben que mucho se ayuda quien hace lo que Amor ordena -no hay nada más digno de perdón-, y que mucho pierde quien rehúsa hacerlo.
 Así se lamenta Lanzarote. A su lado se duelen sus compañeros, los que le guardan y vigilan. Entretanto, llegan noticias de que la reina no está muerta. Al punto, Lanzarote se conhorta: si antes por su muerte había hecho enorme duelo, ahora la alegría por su vida es cien mil veces mayor. Como no se encontraban sino a seis o siete leguas de donde estaba el rey Baudemagus, llegó a éste la noticia de que Lanzarote vivía y que llegaba sano y salvo; de grado escuchó el monarca la buena nueva y, galantemente, fue enseguida a decírselo a la reina.
 -Mi buen señor -responde ella-, lo creo pues que vos lo decís. Si hubiese muerto, os lo prometo, no habría yo recobrado jamás la alegría. Para siempre se habría desvanecido mi gozo, si un caballero hubiese recibido la muerte en mi servicio.
 Dicho esto, el rey de allí se parte. Muy impaciente está la reina de que regrese su alegría junto con su amigo. No tiene el más mínimo deseo de mostrarle rigor en nada. Y he aquí que, de nuevo, el rumor que no descansa y corre siempre sin interrupción, llega a la reina: ¡Lanzarote se habría matado por ella si se lo hubieran permitido! Muy alegre está, y no duda en dar crédito a lo que oye: por nada del mundo querría que le hubiese sobrevenido una desgracia irreparable.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1983, en traducción de Luis Alberto de Cuenca y Carlos García Gual. ISBN: 84-206-9996-9.]