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lunes, 16 de junio de 2025

"Son las cinco".- El galgo de Paiporta

 


"Son las cinco y no he comido, creo que también es importante".









 [La frase pertenece al ególatra denominado "el galgo de Paiporta", pronunciada el 16 de junio de 2025, a las 5 de la tarde en la casa delincuencial socialista.]

 [Nota: "En las esquinas grupos de silencio, [...] las heridas quemaban como soles [...] y el gentío rompía las ventanas, [...] ¡qué terribles cinco de la tarde!, ¡eran las cinco en todos los relojes!, ¡las cinco eran en sombra de la tarde!" (versos que pertenecen al poema "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías" de Federico García Lorca) cuando el galgo de Paiporta abría su boca de bestia perezosa, mezquina y canallesca y emitía un "no he comido" gargantuelesco y pantagruélico que movía, aún no se colige bien, si al asco o a la risa grotesca...]     


domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

domingo, 23 de mayo de 2021

Psicoanálisis de la gula.- Giséle Harrus-Révidi (¿...?)


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Cuarta parte: Las delicias de la mesa

Capítulo VII: El plato

 «El deseo oral se asienta en el plato, que adquiere así, en cada comida, el estatuto efímero de territorio de la oralidad. A ninguno de nosotros le suscitan interrogantes su uso y su absoluta necesidad y, sin embargo, paradójicamente, no son demasiado evidentes:
 -Desde el punto de vista sociológico: ciertas civilizaciones, sobre todo africanas o norafricanas, dan preferencia a la fuente colectiva frente al plato individual, sin que aparentemente suponga molestia o motivo de conflicto para los individuos. La comunión amistosa, realzada por la hospitalidad tradicional, prevalece sobre la consumición individual.
 -Desde el punto de vista histórico y cultural: se han dado variaciones de hábitos, puesto que, “en Francia, se prefirió, durante bastante tiempo, una rebanada compacta de pan sobre la que se disponían los alimentos (tajadero)”. Formas y materiales de los platos fueron variando según los siglos y las clases sociales: primero fue un simple hueco en la madera de la mesa, después barro cocido, cobre, estaño, plata, plata dorada, oro macizo. Hoy en día, el plato puede ser blanco o coloreado, de loza o de porcelana, y aparentemente estas opciones sólo presuponen consideraciones estéticas.

 1.-El plato, territorio oral

 El territorio, en su acepción etológica (Lorenz), es la zona, fundamentada en el dominio sexual y en la posibilidad de saciar el hambre, que un animal se reserva y cuyo acceso se prohíbe a sus congéneres. En la actualidad, la noción de territorio casi ya no existe en el hombre (aun cuando los recientes acontecimientos yugoslavos podrían ser interpretados en parte desde esta óptica), mientras que los grupos prehistóricos, la civilización medieval en Europa o, en especial, las tribus de África o de Australia hacían todavía un uso riguroso de la misma.
 En una filiación inconsciente, etológica y sociológica a la vez, el modesto plato cumple la función de territorio oral exclusivo de cada uno, tornándose de esta suerte en espacio simbólico privilegiado, puesto que en nuestra civilización, sea cual fuere el aspecto considerado –político, económico, social o psicológico-, espacio y territorio individuales son cada vez más limitados y cada vez más precisos: “La evolución de nuestras grandes sociedades modernas tiende a pulverizar los marcos intermedios, a reducir los individuos a átomos intercambiables, a desposeerlos en provecho de un poder centralizado y anónimo”.
 ¿Qué posee realmente en exclusiva, para él solo, insistimos, el Homo economicus moderno, que no sea propiedad de ningún grupo, familia o holding?
 Todo individuo dotado de un vulgar instinto predador ejercido sobre los bienes materiales, incluso si es “normalmente” consciente de su alienación, se negaría a reconocer que únicamente su plato, su ropa (sobre todo sus zapatos) y su coche delimitan estructuras estrictamente personales, y quizás ni eso, únicamente por un breve lapso de tiempo. En cuanto al resto, lo quiera o no lo quiera, lo comparte: su casa, su cama, su dinero, sus hijos… Tenemos otra prueba más en el consumo: los artífices de la moda, fundados en símbolos económicos inconscientes, continúan poniendo límites sin cesar, “puesto que el mantel nivelador y unificador es sustituido por los sets individuales que señalan el territorio de cada uno, impidiendo que se me
zclen demasiado la existencia y los destinos de los partícipes reunidos en torno a una mesa”.
 El plato contiene nuestra parte de comida, dicho de otra manera: la porción de mundo que nos está reservada. De esta forma representa materialmente nuestra posibilidad de sobrevivir, porque la oscura angustia de la falta, contrariamente a las apariencias de nuestra sociedad de consumo, perdura en el fantasma arcaico. Esta ambigüedad entre lo real y lo imaginario nos conduce consecuentemente a la comprensión instintiva de ese rasgo de comportamiento, hoy chocante, por el que el plato es siempre defendido de las agresiones, incluso ficticias, del otro. En efecto, este utensilio es un fragmento de realidad y cumple inconscientemente la función de representación metonímica del instinto predador que, bien o mal reprimido, está presente en las pulsiones.
 En el fondo, está claro que “lo que se espera de la vajilla es que recoja y delimite una porción de mundo en la que se concentrará la atención y, a partir de ahí, se empezará a ordenar el mundo”. Hic et nunc, el orden del mundo comienza, y comenzará siempre, por el respeto hacia el contenido del palto del otro. Es frecuente observar que existe una agresividad que, en el momento de elegir los trozos de la fuente común para el propio plato, tiene ya buen cuidado de enmascararse con una aparente indiferencia que no resiste una observación cuidadosa. Los odios familiares irreversibles –todos lo sabemos aun cuando queramos ignorarlo- no tienen a menudo otro origen: “ellos” (los padres) comían demasiado o no lo suficiente, engullían egoístamente, se moderaban con ostentación. Por el sentimiento de culpa de mis padres o por sus reivindicaciones, el niño que fui era privado del conciliábulo feliz con su plato…
Resultado de imagen de gisele harrus revidi El depósito de alimentos en un plato señala la apropiación de su contenido. Por esta razón inconsciente, la gente que está a régimen se comporta  a veces en la mesa, de forma aparentemente absurda, comiendo de pie, sirviéndose directamente de la fuente común sin hacer transitar el alimento por su plato, evitando así la apropiación simbólica, comportamiento que su entorno soporta mal. Procediendo así, consumen un alimento “anónimo” que, por arte de magia, no puede resultarles perjudicial, cosa que los demás, dentro de la misma lógica del inconsciente, viven como una agresión en la parte que personalmente les corresponde.
 Picotear o comer del plato ajeno abre un abanico de relaciones que abarca todos los registros de la agresividad humana, desde la rivalidad de odio fraterno hasta los preludios de la agresión amorosa, en la que el plato prefigura el lecho donde se unirán los cuerpos.
 Finalmente, junto con el lecho, el plato es siempre el último refugio contra la angustia de la soledad y el sentimiento de pérdida de uno mismo: es la superficie en donde, una y otra vez, se busca la sustancia vital que debería tapar la grieta que se produce en el cuerpo. En las prisiones o, anteriormente, en el ejército, los individuos desposeídos de todo tenían, sin embargo, su escudilla personal. ¿Ofrecían inconscientemente dichas instituciones un objeto que permitiera evitar la pérdida de identificación? Transmutado a veces en objeto transicional, en determinados momentos de autismo presentes en todos, el plato permite también reconocer el mundo exterior simbolizado mediante los buenos objetos incorporables. “Entre la persona social y su propio cuerpo en el que la naturaleza se desata, entre ese mismo cuerpo y el universo biológico y físico los utensilios de mesa o de aseo cumplen una función eficaz a título de aislantes o de mediadores. La interposición de sus presencias evita la descarga catastrófica que amenazaría con producirse”. Los utensilios canalizan la pulsión arcaica situando la cultura entre el hombre primario y el mundo. Al hacer esto, ejercen una función política, ya que la función de lo político es gestionar la penuria, ya sea la materialidad, la falta en ser o la castración lo que aquella recubra. Los pletóricos servicios de la mesa versallesca tenían por función el interponerse entre el rey y sus súbditos y acentuaban, por su suntuosidad, la distancia entre las reales pulsiones y las necesidades vitales proletarias.
 El plato es finalmente, y sobre todo, negación del vacío, objeto de renegación de la falta. Todo continente sustenta la evidencia de un contenido, todo contenido participa, por tanto, teóricamente de la lucha contra el horror vacui. Cuando la mirada abarca la superficie de ese objeto familiar, representaciones imaginarias, incluso alucinatorias, coexisten en el propio acto de la percepción. De todas formas, incluso vacío, el plato no es tanto vacío absoluto del mundo como vacío de una porción familiar, aquella, concebible, abocada a la ingestión y no la de la angustia metafísica profunda. Un vacío estrictamente delimitado frustra, castiga o angustia, pero puede ser contenido en la psique sin temor de derrumbamiento.
 En torno a la mesa familiar, la silla y el plato vacíos designan el sitio del otro: viajero, pobre, ausente o muerto. Esta vacuidad hace presente al Desconocido que puede surgir y reclamar lo que se le debe y, como respuesta, el gesto caritativo sirve de hecho para conjurar la miseria, la soledad, el duelo. Ex nihilo, el espacio infinito es espacio de vida, sin límites humanos, representación de la inexistencia de sí mismo y de Dios. Baudelaire hace rimar vide (vacío) con avide (ávido), porque en la propia angustia del vacío nace una avidez insaciable: “Cuando ávido (avide) responde a vacío (vide), el vacío se experimenta en el fondo de una boca que desea, se siente en el hueco de la garganta o en el hueco del estómago, como una necesidad “devoradora”, o como una insatisfacción que nada clama […]. La insaciabilidad es indicio del error cometido por los que escogen alimentos corruptibles y que dependen del azar”. El plato y el alimento efímero con que se llena fijan al hombre en el instante, en lo inmanente, en lo relativo, mientras que el vacío contra natura lo llena de una angustia fría y mortífera.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Trea, 2004, en traducción de Matilde Bohigas Hurtado, pp. 141-146. ISBN: 84-9704-125-9.]

martes, 4 de mayo de 2021

Recuento de invenciones.- Antonio Pereira (1923-2009)


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Las peras de Dios [de Los brazos de la i griega (1982)]


 «Un día, la abuela dijo que iba a transformar en perales todos los membrillos de la casa de Arganza. La tierra allí es muy buena. Como además los injertos habían venido de los mejores viveros, y las podas se hacían bajo la mirada de la propietaria, a nadie debería haberle extrañado el cosechón de peras de aquel verano.
 Por fin en la casa de los abuelos iba a hacerse algo rentable. Después del litigio de las colmenas, de las minas de carbón en Fabero; terminados los trámites y los edictos inocultables de la quiebra de la fábrica de cemento. Ahora iba a ser la riqueza al por mayor de la peraleda, los disciplinados árboles que la abuela bajaba a revisar mañana y tarde, más apagado cada fruto por el lado de la sombra, con indicios prometedores en la cara del sol. Había que acertar con el momento para la recolección. Una decisión que sólo podía corresponder a la abuela Társila. Ni siquiera Pedro, el hombre de la huerta, porque una cosa era la huerta de antes y otra cosa la explotación comercial. Y mucho menos el abuelo Criso.
 Una mañana cálida en que ni siquiera se había notado rocío, la abuela arrancó la unidad primera de la cosecha, en un gesto que empezaron a seguir una cuadrilla de temporeras. También los chicos, mis hermanos y yo con los primos de Camponaraya nos pusimos a la tarea. Las arrancábamos con su rabillo, y parecía increíble que las peras fueran tan sensibles que un pequeño golpe las manchase con un cardenal, una especie de estigma que acaso les quedaría para siempre. Luego las colocábamos en el sitio más seco del almacén y allí se quedaban para que les diera el aire, o sea la corriente de aire. Justo el peligro que más temía para su salud el abuelo Criso, no la abuela Társila que siempre dijo que lo de estar entre corrientes son gaitas. El abuelo, cada vez más a menudo, jamás se ocupaba de las empresas prácticas. Él pasaba las horas en su especie de torre haciendo cosas con sus papeles y sus pájaros que nadie sabía exactamente qué cosas eran, salvo cuando tocaba el violín, que hasta los gatos sabían que eran las czardas* de Monti… En fin, pronto se cayó en que la recogida hubiera debido hacerse unos días antes, en el momento mismo en que empieza el cambio de color, para que el fruto separado madure de por sí y resista para la venta.
 “Y ahora el colmo –la abuela arrojó el ABC que acababa de llegarle-, los del Ministerio que van a traer las peras del extranjero. Diez mil toneladas de peras para que los otros nos compren zapatos”.
 No era fácil el asunto. Pero el orgullo de la abuela lo convirtió en imposible. Mejor regalarlas, decidió sin esperar a razones, sólo que las Hermanitas de los Ancianos en la ciudad rechazaron la donación porque las peras no se las entregaban a portes pagados, y la abuela Társila redobló su desdén y dijo que mejor comerlas. Por la mañana, en el desayuno, hubo una “indicación” sobre la costumbre de empezar el día con fruta, propia de las naciones más adelantadas. El primo Carlos lo corroboró y con aquella unción un poco cínica de seminarista bendijo la fuente donde alternaban escasas manzanas con un puñadito de aceroles y una colección generosa de “lo de casa”. A mí la experiencia de la fruta me resultó agradable, y sólo sentí que a los dos o tres días desaparecieran las otras variedades para dejar en solitario a las peras. Menos mal que las peras –la abuela lo leía en voz alta- “contienen sales minerales muy buenas y hasta proteínas (un poco más si son peras de San Juan), además de ser diuréticas y refrescantes para el organismo…” Vivíamos la aventura del verano. Y una vez más éramos muchos a vivirla, después de haber ido distribuyéndonos por las alcobas innumerables según el reparto variable que imponía la autoridad de la casa. Pero también eran muchas las peras. La mermelada de pera está bien con el pan tostado. Se terminaba pronto el pan tostado y nadie hubiera podido imaginar que la mermelada de pera puede extenderse sobre un trozo mondadito y natural de pera… La abuela decidió que era una guerra suya. Se hizo traer libros, incluso franceses, porque ella se educó con las Esclavas en Valladolid. Y ya no fue sólo el desayuno. Las peras al gratén aparecieron como sustitutas del pescado o la carne en la comida del mediodía y en la cena. También hay peras a la Colbert, parece mentira que sean peras rebozadas, empanadas y fritas. Y timbal de peras. Y arroz, pero poco arroz, con peras, muchas peras…
Resultado de imagen de antonio pereira recuento de invenciones Sucedió entonces que las peras empezaron a ser más que peras. Sucedió el verano de las tetas, ya no sé si éstas eran un símbolo de las peras o las peras una metáfora de las tetas. “Las blanquillas son un fruto deleitoso, algo alargado y con la piel muy suave y perfumada alrededor del pezón”. “La mantecosa francesa es en disminución hacia el pezón y allí se termina en punta, no así el pezón de la mantecosa dorada que es grueso y protuberante…” Yo no creo que muchos adolescentes en el mundo se hayan escondido con el catálogo de unos viveros entre las manos pecadoras. Y era imposible tropezarse con una mujer sin entrar en las equivalencias. A las primas les vigilábamos el escote. Yo había calculado por mi cuenta que deben ser muy hermosos los pechos de las primas temblando en los desvanes, pero el primo Carlos aleccionó que nunca puede adivinarse cómo los tienen y que mejor aún que la realidad era la duda. Hay unas peras de Donguindo en tronco de cono y, según mostraban las ilustraciones del catálogo, “con el pezón graciosamente salido”. Justo como la profesorita que venía de ayuda para los suspensos en junio, cuando le orientábamos el ventilador hacia la blusa sin que ella se maliciase de nada. Pero la Gran Duquesa de invierno. La Gran Duquesa de invierno a una doble página del catálogo era muy ofrecida por su fruto voluminoso. El pezón de la Gran Duquesa bajo palabra de los viveros de Aranjuez, con medalla en varias exposiciones, es “delicadamente moreno”…
 “¿Y para confesarse?”, le preguntábamos a Carlos.
 “Exorna, Dilecte mi, virtutum floribus animam meam”.
 O sea, es lo que entendimos, que igual que imaginar un jardín o un paisaje muy bello. Yo no sé adónde nos hubiera llevado aquella obsesión si no hubiera sobrevenido lo del abuelo Criso. Entonces fue cuando desaparecieron. Quizá fueron arrojadas al desperdicio, quemadas, yo no lo sé. O acaso el suceso ocurrió cuando justamente habíamos alcanzado a comerlas todas… Lo del abuelo Criso no se lo esperaba nadie. La abuela creería conocerlo bien: sin perjuicio de las dos comidas principales (con peras) que el abuelo hacía todavía en el comedor, al propio escritorio abuhardillado le mandaba para entre horas su compotita de peras. Como que ahí le iba al solitario el halago del vino tinto y la canela. Pero son terribles los tímidos cuando se destapan:
 “¡Las peras de Dios!”, gritó a media mañana como un loco, desde el descansillo de la escalera junto a su puerta.
  Y esta primera vez que gritaba en su vida llevó su voz retumbando a toda la casa, plantó como estatuas de sal a todos sus habitantes que no nos atrevíamos a movernos, hasta que la abuela Társila marchó a encerrarse con unos pasitos mudos y envejecidos de repente, y a encender como en las tormentas la vela del Jueves Santo**. Luego cogió –el abuelo- el violín y un envoltorio pequeño y se marchó de casa con un portazo, hasta que lo sacaron del fondo de la reguera todo empapado y tiritando… Al primo Carlos se le vio crecer, como crecía el médico del pueblo cuando había que llamarlo para las diarreas o el electricista si nos quedábamos sin luz. Era el nieto predilecto, cuando aún no lo habían expulsado del seminario de Comillas y pudo tranquilizar a la abuela con que dejando aparte el tono enfadado, la frase del abuelo no era blasfema, y hasta podría decirse un reconocimiento de la munificencia divina. Él mismo repitió despacio las palabras, “Las peras de Dios”, y es verdad que en sus labios parecían una jaculatoria.
 La abuela le pidió que aun así no las repitiera.
 “Digamos que todo lo más la irreverencia del nombre del Señor pronunciado en vano –concluyó Carlos- , y en un arrebato del abuelo”, en resumen nunca llegó a aclararse por qué aquel día se las habían puesto con leche en lugar de con vino.»          


*czardas: danza húngara que exigía virtuosismo, sobre todo en ciertas partes de movimientos muy vivos.
** Se refiere a la costumbre de llevar a la iglesia una vela para la función del Jueves Santo, que luego era recogida y se encendía en casa para conjurar las tormentas.          

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en edición de José Carlos González Boixo, pp. 174-178. ISBN: 84-376-2132-1.]

viernes, 23 de abril de 2021

Libro de los Entretenimientos.- Yosef ben Meir ibn Zabarra (c. 1140 - 1194)


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Capítulo I

 «Había un hombre en el Condado de Barcelona, cuyo nombre era Yosef ben Zabarra, vivía tranquilo y sosegado con sus amigos y compañeros desde su adolescencia. Los que le conocían, se le acercaban, y los amigos le amaban y le consideraban como un príncipe y un noble. Todo el mundo quería cultivar su amistad. También él los honraba y asistía, los servía y cuidaba. Con la ayuda de su Hacedor, preparaba medicamentos que cicatrizan para curar al que de ellos estuviera enfermo, según su buen saber y entender. Se ocupaba de su enfermedad sirviéndole y dándole asistencia con amor y clemencia. Al primogénito según su primogenitura y al más joven con arreglo a su juventud. Todos le amaban mucho y deseaban su amistad. ¡Como siervo se vendió a José!
 Era de noche y yo, José, estaba durmiendo sobre mi lecho con dulce sueño, que era la única recompensa por mi fatiga. Hay cosas que suponen esfuerzo del alma y descanso del cuerpo, y otras que son esfuerzo del cuerpo y descanso del alma, pero el sueño es descanso del cuerpo y del alma juntamente. Este hecho no se le oculta a nadie.
 Preguntaron a Hipócrates, el piadoso: “¿Qué es el sueño?”
 Respondió: “La profundización de las fuerzas hasta el fondo del alma, para que el cuerpo pueda encontrar reposo y descanso”. Y ya dijo Aristóteles: “El sueño natural es el remedio para cualquier enfermedad”. Y Galeno afirmaba: “El sueño natural aumenta las fuerzas pero debilita los humores”.
 El sabio Yohani añadió: “El sueño a su debido tiempo lleva el cuerpo a la salud”.
 Cuando yo estaba durmiendo vi ante mí, en sueños, una persona de gran talla que tenía figura de hombre. El me despertó como se despierta a uno de su sueño y me dijo:
 -¡Levántate, hombre! ¿Cómo puedes dormir? ¡Despierta! Mira cómo rojea el vino. ¡Ea, incorpórate! Siéntate y come de la caza que te traigo, de lo que conseguí yo mismo. Como estaba amaneciendo, me levanté con precipitación y vi ante mí pan, vino y viandas. Entretanto tenía el hombre en la mano una lámpara encendida cuya luz se dispersaba por todos los rincones. Comencé yo a hablar diciendo:
 -¿Qué es esto, mi señor?
 Él contestó:
 -Mi vino, mi pan y mi comida. Siéntate a comer y beber conmigo, pues te amo como si fueras mi hermano.
 Pero yo, después de agradecerle su bondad y honor, su amistad y su generosidad, le repliqué:
 -No puedo, mi señor, comer ni beber sin haber rezado al que comprende mi camino y endereza mis pasos y mi caminar y el que hace por mí todo lo que necesito. Y Moisés, nuestro maestro, el elegido entre los profetas, el principal de todos los llamados, la paz sea con él, ha dicho: “no comeréis sangre, ni adivinaréis, ni haréis hechizos”. Advirtió así a los israelitas para que no comieran hasta haber rezado por su vida, porque la sangre es la vida. Saúl habló de esta manera: “Degolladlos aquí y comedlos, pero no pequéis contra Dios tomando la sangre”. Además, todo el que come antes de rezar y rogar es llamado amigo del diablo y hechicero. Le preguntaron a Aristóteles: “¿Qué tiene preferencia, la oración o la comida?” Respondió: “La oración, pues la oración es la vida del alma y la comida la vida del cuerpo. Además, plegaria y rezo no son posibles para una persona saciada y un vientre lleno”. Preguntaron a un filósofo: “¿Qué es mejor, comer o rezar?” Contestó: “El mucho rezar es provechoso, pero el mucho comer es nocivo”. Otro sabio dijo: “La oración introduce en la comida”. Uno de los sabios añadió: “La plegaria es como el viento que se eleva por las alturas y la comida como el cadáver que desciende bajo tierra”.
 (Mi interlocutor) dijo entonces:
 -Reza según tu voluntad y haz lo que mejor te parezca. Me lavé las manos y la cara, oré ante Dios y después comí de todo lo que puso ante mis ojos porque su persona me resultaba agradable. A media comida pedí agua de la fuente para beber, pero me dijo con reproche:
 -Bebe vino, pues todas las perlas no son nada comparadas con él, y es delicioso a la vista.
 Respondí:
 -No lo quiero, ni deseo beberlo, pues tengo miedo de él.
 Él me replicó:
 -¿Por qué me lo odias en tu corazón, si es el gozo y la alegría de todos los corazones?
 Le respondí de esta manera:
 -No puedo beberlo porque todo el que lo hace se embriaga y ni siquiera a su hermano reconoce. El vino nubla la vista y oscurece la blancura de los dientes. Engendra el olvido y embrutece el alma sabia. Quita el don del habla a los expertos y a los ancianos el buen sentido. Debilita las fuerzas del cuerpo y hace temblar los miembros con sus movimientos, porque debilita los tendones que los mueven y engendra muchas enfermedades como la hemiplejía, deterioro y torcedura de la boca y entumecimiento. Aplasta a todas las partes y a todas las fuerzas del cuerpo. Divulga los secretos de los amigos y compañeros, produce disputas entre hermanos. Es por tanto un traidor el vino, que quita la ropa en tiempo de frío.
 Y así habló el poeta para todo aquel en quien se despierte el deseo de beber:
 No se incline, amigo mío, tu corazón tras el vino
pues aunque endulce más que un panal de miel,
como las aguas de Mara es.
Conspira contra todos sus amigos,
traiciona a los que le aman,
incluso en tiempo de frío
Resultado de imagen de libro de los entretenimientosla ropa te quitará.

Y entonó este proverbio:
 Cuídate mucho, amigo mío, de no
Mirar al vino cuando rojea.
Pues cuando tu amigo clame por su subsistencia,
tú estarás durmiendo.

 Además añadió:
 Bebe, amigo mío, zumo de granadas,
para que no colme el corazón del hombre hasta embriagarlo.
Guárdate y no andes vacilando con el vino
como un ebrio que se tambalea vomitando.

 Moseh, nuestro maestro, sobre él sea la paz, prohibió al nazireo* cualquier vino o licor porque está consagrado durante su nazireato, para no pecar por ello y profanar su nazireato. También el sacerdote cuando iba a servir en el Santuario tenía prohibido el vino.
 Se encolerizó aquel hombre y dijo:
  -¿A qué viene que tú injuries el vino, lo desprecies y emitas contra él calumnias, no pocas sino muchas, y recuerdes lo malo y olvides lo bueno? ¿Es que no sabes, ni has oído que es quien engendra la alegría y expulsa la tristeza y la nostalgia? ¡Que beba y olvide su miseria todo el que esté atormentado! Además, el vino ayuda a hacer la digestión, es eficaz con el dolor que no se puede apaciguar, quita el catarro y es útil para los enfermos intestinales, pues si se rebaja con agua, es laxante. Fortalece el corazón agotado, expulsa los humores de venas y riñones, asegura el engendrar el apetito y despierta en el corazón mezquino la generosidad. Alarga la juventud, retrasa la vejez, aguza los pensamientos, alegra el rostro e ilumina las ideas. Ya dijeron nuestros rabinos, sean sobre ellos las bendiciones: “El vino y el perfume dan clarividencia”. Y por el pecado que por el vino cometiera el nazireo en su nazireato, ordena la Escritura ofrecer dos tórtolas o dos pichones para expiarlo del pecado cometido sobre el alma humillada.
 […]
 Pero yo le dije:
 -Después de que te me adelantaste con tu misericordia, señor mío, no se encienda tu cólera contra tu siervo, has de saber que los médicos de la antigüedad, que eran sabios y entendidos, ordenaron beber agua durante la comida porque es más pesada que el vino, y con su pesadez hace bajar el alimento a lo más recóndito del estómago, donde favorece su digestión con la ayuda del calor del hígado que está debajo. Una o dos horas después de la comida, prescribían beber un poco de vino sin agua para aumentar el calor natural y favorecer la fuerza de la digestión.
 Entonces me dijo:
 -Bien has hablado, también yo me reafirmo en tus palabras, porque un poco es provechoso pero mucho es nocivo.»
 
  *Nazireo: hombre que se consagra a Dios haciendo unos votos e imponiéndose abstinencias. Sobre este tema hay mucha literatura en la Misna, el Talmud y también algo en la Biblia. (N. del T.)
        
     [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1983, en edición de Marta Forteza Rey, pp. 65-70. ISBN: 84-276-0641-9.]