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miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mogens.- Jens Peter Jacobsen (1847-1885)


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La peste en Bérgamo


 «Estaba la Bérgamo Vieja, sobre la cima de un monte y al abrigo de sus puertas y murallas, y estaba la Bérgamo Nueva, a los pies del mismo monte y expuesta a todos los vientos.
 Un día se desató al peste en la ciudad nueva. Comenzó a propagarse a un ritmo endiablado; muchos murieron y el resto huyó por la llanura hasta desperdigarse en todas direcciones. Y aunque los vecinos de la Bérgamo Vieja incendiaron la ciudad abandonada para purificar el aire, poco remedio supuso. También ellos empezaron a morir en las alturas: al principio uno al día, luego cinco, luego diez y luego un par de docenas, y al alcanzar el mal su apogeo, aún muchos más.
 Y ellos no podían huir como los de la ciudad nueva. Hubo quienes lo intentaron, pero acabaron llevando una vida de bestias acosadas, ocultos en las zanjas y en las cloacas, al abrigo de las cercas y en medio del verdor de los sembrados; y es que los campesinos, que con la llegada de los primeros fugitivos habían visto irrumpir la peste en sus granjas, ahuyentaban de sus tierras a pedradas a cuanto desconocido les salía al paso, o lo molían a palos como a un perro rabioso, sin piedad ni misericordia. En legítima defensa, pensaban ellos.
 Tuvieron que quedarse donde estaban, las gentes de la Bérgamo Vieja. Día tras día, el calor se hacía más tórrido y el terrible contagio se volvía más voraz. El horror arreció hasta tornarse demencia, y la tierra pareció engullir todo rastro de orden y buen gobierno para reemplazarlo por cuanto existe de malo.
 En los primeros tiempos, con el brotar de la peste, todos se mantenían unidos en armonía y concordia, velaban por que los cadáveres recibiesen la debida sepultura, se cuidaban de encender diariamente en las plazas grandes hogueras, para que el humo purificador circulase por las calles, y repartían enebro y vinagre entre los pobres. Pero, por encima de todo, acudían a las iglesias, ya fuese a horas o a deshoras, solos o en procesión. De día se postraban ante Dios con sus plegarias, y de noche, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, las campanas de todas las iglesias lanzaban al cielo el lamento de sus cientos de gargantas. Se ordenaban ayunos, y a diario se exponían reliquias en los altares.
 Por fin, no sabiendo ya qué hacer, desde el balcón del consistorio y al son de tubas y trombones proclamaron a la Virgen Santísima alcaldesa de la ciudad, ahora y por siempre.
 Mas de poco sirvieron todos sus desvelos; nada surtía efecto. Poco a poco, las gentes se fueron convenciendo de que el Cielo o bien no quería o no podía auxiliarlas, y no sólo se cruzaron de brazos, resignándose a que ocurriera lo que hubiese de ocurrir, sino que el pecado, antes un morbo latente e insidioso, pareció trocarse en una peste maligna, manifiesta y furiosa que, a la par que la epidemia corporal, ansiara matar el alma como ésta ansiaba aniquilar el cuerpo. Tan increíbles eran sus actos, tan monstruoso su empedernimiento. El aire estaba plagado de blasfemia e impiedad, de resuellos de glotones y alaridos de borrachos, y la más salvaje de sus noches no era más negra de obscenidades que cualquiera de sus días.
 “¡A día de hoy comeremos, ya mañana moriremos!” Parecían haberle puesto música a este estribillo e interpretarlo, con un sinfín de instrumentos, en un eterno concierto infernal. De no haber estado inventados ya todos los pecados, se habrían ideado allí, pues no había camino que, en su perversidad, dejasen de explorar. Florecían entre ellos los vicios más antinaturales y les eran familiares pecados tan insólitos como la nigromancia, la brujería y el culto al diablo, pues fueron muchos los que acudieron a las potencias infernales en busca del auxilio que el Cielo les negaba.
 Todo rastro de caridad y compasión se borró de su espíritu, cada quien pensaba sólo en sí mismo. Al enfermo lo veían como a un enemigo público y si un pobre desdichado se desplomaba en la calle, presa de los primeros vértigos de la fiebre, no sólo no había puerta que se le abriera sino que, a punta de lanza y a pedradas, lo obligaban a arrastrarse hasta apartarlo del camino de los sanos.
 Día tras día, la peste arreciaba. El sol estival se abatía sobre la ciudad, no caía una gota de lluvia ni  corría un soplo de brisa. Los cadáveres que se pudrían en el interior de las casas y los que yacían a medio enterrar despedían un hedor asfixiante, que venía a mezclarse con el aire estancado de las calles y atraía nubes de cuervos y cornejas, que ennegrecían  muros y tejados. Y sobre las murallas que ceñían las calles se posaron, llegadas de muy lejos, unas aves grandes y extrañas, de picos voraces y curvas garras, que lo observaban todo con ojos calmos y ávidos, como si sólo aguardasen a que la desdichada ciudad se viera reducida a una enorme fosa de carroña.
 Se cumplían once semanas del estallido de la peste cuando los torreros y otras personas apostadas en lugares elevados vieron acercarse un singular cortejo que serpenteaba por la llanura. Poco a poco se adentraron en las calles de la ciudad nueva, entre los muros tiznados y los negros montones de ceniza que antaño fueran tinglados de madera. ¡Qué gentío! Serían seiscientos o más, hombres y mujeres, viejos y jóvenes. Portaban entre unos y otros grandes cruces negras y, sobre sus cabezas, amplios estandartes rojos como la sangre y el fuego. Cantaban a la par que andaban, llenando el aire inerte y bochornoso de melodías extrañas y desesperados lamentos.
Resultado de imagen de mogens jans perter jakobsen Marrones, grises, negras eran sus ropas, pero llevaban todos una marca roja en el pecho, que resultó ser una cruz cuando la vieron de cerca. Seguían aproximándose. Se apiñaban por el empinado camino amurallado que subía hacia la ciudad vieja. […]
 Los bergamascos se agolparon a contemplarlos, con asombro e inquietud. Sus rostros enrojecidos y embriagados contrastaban con la palidez de los recién llegados; sus miradas embotadas y veladas de lujuria se agachaban ante las de estos ojos hirientes, llameantes; los blasfemos que reían olvidaban cerrar la boca al oír los himnos. ¡Y había sangre en todos los flagelos!
 Las gentes se incomodaron al ver a aquellos extraños. Mas poco tardó en quedar atrás esa sensación. Apenas reconocieron entre los crucíferos a un zapatero de Brescia que no andaba muy bien de la cabeza, pasó a ser cosa de risa la procesión entera. Como, por otra parte, era algo novedoso que venía a distraerlos de la rutina, al ver que los forasteros se encaminaban a la catedral salieron todos en pos de ellos como habrían corrido detrás de un grupo de saltimbanquis o de un oso amaestrado.
 Sin embargo, a medida que avanzaban a empellones se iban exasperando, pues se sentían prosaicos frente a tal solemnidad y entendían sobradamente por qué aquellos zapateros y sastres habían ido hasta allí para convertirlos, para rezar por ellos y pronunciar palabras que nadie quería oír.
 Dos filósofos flacos y canosos, que habían hecho de la impiedad un sistema, incitaban a la turba y la azuzaban con toda la maldad de sus corazones, de forma que, a cada paso que daban en dirección a la iglesia, la actitud de las gentes se volvía más amenazadora y sus accesos de cólera más violentos. Poco faltó para que llegaran a ponerles la mano encima a aquellos sastres flagelantes venidos de otros lugares.
 De repente, a menos de cien pasos de la entrada del templo, una taberna abrió sus puertas y una partida de jaraneros, unos a lomos de otros, salió en tropel, se situó a la cabeza de la procesión y la condujo entre cánticos, alaridos y cómicos gestos de devoción; todos, salvo uno de ellos, que fue dando volteretas hasta los escalones recubiertos de hierba de la iglesia. Y así, entre risas, entraron todos en paz en el santuario.
 […]
 Entre tanto, los de la taberna llevaron sus tropelías hasta el mismísimo altar mayor. Uno de ellos, un joven carnicero fuerte y corpulento, se quitó el mandil blanco y se lo anudó al cuello de modo que le colgaba a la espalda como un manto. De tal guisa empezó a oficiar con palabras absurdas y terribles, cuajadas de obscenidades y blasfemias. Un gordinflón bajito y entrado en años, sorprendentemente ágil y vivaracho, con cara de calabaza pelada, le hacía las veces de sacristán, respondiéndole con las tonadas más lascivas en boga por aquellos lares; se arrodillaba, hacía reverencias, volvía el trasero hacia el altar, agitaba la campana como si de un cascabel de bufón se tratara y hacía molinetes con el incensario. Los demás borrachos, tumbados cuan largos eran en los reclinatorios, hipaban de embriaguez entre aullidos y carcajadas.
 La iglesia entera reía, vociferaba y se regodeaba a costa de los forasteros. Si se fijaban bien, les gritaban, podrían apreciar en cuánta estima tenía la Bérgamo Vieja al Señor. Su regocijo, sin embargo, no obedecía tanto al placer de ofender a Dios como al disfrute que les procuraba imaginar cuán dolorosamente debían de clavarse sus blasfemias, como aguijones, en los corazones de aquellos hombres piadosos.
 Hirviendo de odio y sed de venganza, estos permanecían en el centro de la nave, entre gemidos de aflicción. Con la mirada y las manos levantadas hacia Dios, le rogaban que se vengase del desprecio del que era víctima en su propia casa. […]
 De pronto, uno de los forasteros, un fraile joven, se puso en pie y tomó la palabra.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ardicia Editorial, 2016, en traducción de Blanca Ortiz Ostalé, pp. 65-71 y 73. ISBN: 978-84-944476-1-7.]

martes, 4 de mayo de 2021

Recuento de invenciones.- Antonio Pereira (1923-2009)


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Las peras de Dios [de Los brazos de la i griega (1982)]


 «Un día, la abuela dijo que iba a transformar en perales todos los membrillos de la casa de Arganza. La tierra allí es muy buena. Como además los injertos habían venido de los mejores viveros, y las podas se hacían bajo la mirada de la propietaria, a nadie debería haberle extrañado el cosechón de peras de aquel verano.
 Por fin en la casa de los abuelos iba a hacerse algo rentable. Después del litigio de las colmenas, de las minas de carbón en Fabero; terminados los trámites y los edictos inocultables de la quiebra de la fábrica de cemento. Ahora iba a ser la riqueza al por mayor de la peraleda, los disciplinados árboles que la abuela bajaba a revisar mañana y tarde, más apagado cada fruto por el lado de la sombra, con indicios prometedores en la cara del sol. Había que acertar con el momento para la recolección. Una decisión que sólo podía corresponder a la abuela Társila. Ni siquiera Pedro, el hombre de la huerta, porque una cosa era la huerta de antes y otra cosa la explotación comercial. Y mucho menos el abuelo Criso.
 Una mañana cálida en que ni siquiera se había notado rocío, la abuela arrancó la unidad primera de la cosecha, en un gesto que empezaron a seguir una cuadrilla de temporeras. También los chicos, mis hermanos y yo con los primos de Camponaraya nos pusimos a la tarea. Las arrancábamos con su rabillo, y parecía increíble que las peras fueran tan sensibles que un pequeño golpe las manchase con un cardenal, una especie de estigma que acaso les quedaría para siempre. Luego las colocábamos en el sitio más seco del almacén y allí se quedaban para que les diera el aire, o sea la corriente de aire. Justo el peligro que más temía para su salud el abuelo Criso, no la abuela Társila que siempre dijo que lo de estar entre corrientes son gaitas. El abuelo, cada vez más a menudo, jamás se ocupaba de las empresas prácticas. Él pasaba las horas en su especie de torre haciendo cosas con sus papeles y sus pájaros que nadie sabía exactamente qué cosas eran, salvo cuando tocaba el violín, que hasta los gatos sabían que eran las czardas* de Monti… En fin, pronto se cayó en que la recogida hubiera debido hacerse unos días antes, en el momento mismo en que empieza el cambio de color, para que el fruto separado madure de por sí y resista para la venta.
 “Y ahora el colmo –la abuela arrojó el ABC que acababa de llegarle-, los del Ministerio que van a traer las peras del extranjero. Diez mil toneladas de peras para que los otros nos compren zapatos”.
 No era fácil el asunto. Pero el orgullo de la abuela lo convirtió en imposible. Mejor regalarlas, decidió sin esperar a razones, sólo que las Hermanitas de los Ancianos en la ciudad rechazaron la donación porque las peras no se las entregaban a portes pagados, y la abuela Társila redobló su desdén y dijo que mejor comerlas. Por la mañana, en el desayuno, hubo una “indicación” sobre la costumbre de empezar el día con fruta, propia de las naciones más adelantadas. El primo Carlos lo corroboró y con aquella unción un poco cínica de seminarista bendijo la fuente donde alternaban escasas manzanas con un puñadito de aceroles y una colección generosa de “lo de casa”. A mí la experiencia de la fruta me resultó agradable, y sólo sentí que a los dos o tres días desaparecieran las otras variedades para dejar en solitario a las peras. Menos mal que las peras –la abuela lo leía en voz alta- “contienen sales minerales muy buenas y hasta proteínas (un poco más si son peras de San Juan), además de ser diuréticas y refrescantes para el organismo…” Vivíamos la aventura del verano. Y una vez más éramos muchos a vivirla, después de haber ido distribuyéndonos por las alcobas innumerables según el reparto variable que imponía la autoridad de la casa. Pero también eran muchas las peras. La mermelada de pera está bien con el pan tostado. Se terminaba pronto el pan tostado y nadie hubiera podido imaginar que la mermelada de pera puede extenderse sobre un trozo mondadito y natural de pera… La abuela decidió que era una guerra suya. Se hizo traer libros, incluso franceses, porque ella se educó con las Esclavas en Valladolid. Y ya no fue sólo el desayuno. Las peras al gratén aparecieron como sustitutas del pescado o la carne en la comida del mediodía y en la cena. También hay peras a la Colbert, parece mentira que sean peras rebozadas, empanadas y fritas. Y timbal de peras. Y arroz, pero poco arroz, con peras, muchas peras…
Resultado de imagen de antonio pereira recuento de invenciones Sucedió entonces que las peras empezaron a ser más que peras. Sucedió el verano de las tetas, ya no sé si éstas eran un símbolo de las peras o las peras una metáfora de las tetas. “Las blanquillas son un fruto deleitoso, algo alargado y con la piel muy suave y perfumada alrededor del pezón”. “La mantecosa francesa es en disminución hacia el pezón y allí se termina en punta, no así el pezón de la mantecosa dorada que es grueso y protuberante…” Yo no creo que muchos adolescentes en el mundo se hayan escondido con el catálogo de unos viveros entre las manos pecadoras. Y era imposible tropezarse con una mujer sin entrar en las equivalencias. A las primas les vigilábamos el escote. Yo había calculado por mi cuenta que deben ser muy hermosos los pechos de las primas temblando en los desvanes, pero el primo Carlos aleccionó que nunca puede adivinarse cómo los tienen y que mejor aún que la realidad era la duda. Hay unas peras de Donguindo en tronco de cono y, según mostraban las ilustraciones del catálogo, “con el pezón graciosamente salido”. Justo como la profesorita que venía de ayuda para los suspensos en junio, cuando le orientábamos el ventilador hacia la blusa sin que ella se maliciase de nada. Pero la Gran Duquesa de invierno. La Gran Duquesa de invierno a una doble página del catálogo era muy ofrecida por su fruto voluminoso. El pezón de la Gran Duquesa bajo palabra de los viveros de Aranjuez, con medalla en varias exposiciones, es “delicadamente moreno”…
 “¿Y para confesarse?”, le preguntábamos a Carlos.
 “Exorna, Dilecte mi, virtutum floribus animam meam”.
 O sea, es lo que entendimos, que igual que imaginar un jardín o un paisaje muy bello. Yo no sé adónde nos hubiera llevado aquella obsesión si no hubiera sobrevenido lo del abuelo Criso. Entonces fue cuando desaparecieron. Quizá fueron arrojadas al desperdicio, quemadas, yo no lo sé. O acaso el suceso ocurrió cuando justamente habíamos alcanzado a comerlas todas… Lo del abuelo Criso no se lo esperaba nadie. La abuela creería conocerlo bien: sin perjuicio de las dos comidas principales (con peras) que el abuelo hacía todavía en el comedor, al propio escritorio abuhardillado le mandaba para entre horas su compotita de peras. Como que ahí le iba al solitario el halago del vino tinto y la canela. Pero son terribles los tímidos cuando se destapan:
 “¡Las peras de Dios!”, gritó a media mañana como un loco, desde el descansillo de la escalera junto a su puerta.
  Y esta primera vez que gritaba en su vida llevó su voz retumbando a toda la casa, plantó como estatuas de sal a todos sus habitantes que no nos atrevíamos a movernos, hasta que la abuela Társila marchó a encerrarse con unos pasitos mudos y envejecidos de repente, y a encender como en las tormentas la vela del Jueves Santo**. Luego cogió –el abuelo- el violín y un envoltorio pequeño y se marchó de casa con un portazo, hasta que lo sacaron del fondo de la reguera todo empapado y tiritando… Al primo Carlos se le vio crecer, como crecía el médico del pueblo cuando había que llamarlo para las diarreas o el electricista si nos quedábamos sin luz. Era el nieto predilecto, cuando aún no lo habían expulsado del seminario de Comillas y pudo tranquilizar a la abuela con que dejando aparte el tono enfadado, la frase del abuelo no era blasfema, y hasta podría decirse un reconocimiento de la munificencia divina. Él mismo repitió despacio las palabras, “Las peras de Dios”, y es verdad que en sus labios parecían una jaculatoria.
 La abuela le pidió que aun así no las repitiera.
 “Digamos que todo lo más la irreverencia del nombre del Señor pronunciado en vano –concluyó Carlos- , y en un arrebato del abuelo”, en resumen nunca llegó a aclararse por qué aquel día se las habían puesto con leche en lugar de con vino.»          


*czardas: danza húngara que exigía virtuosismo, sobre todo en ciertas partes de movimientos muy vivos.
** Se refiere a la costumbre de llevar a la iglesia una vela para la función del Jueves Santo, que luego era recogida y se encendía en casa para conjurar las tormentas.          

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en edición de José Carlos González Boixo, pp. 174-178. ISBN: 84-376-2132-1.]

lunes, 21 de octubre de 2019

Las parroquias de Regalpetra.- Leonardo Sciascia (1921-1989)

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Crónicas escolares

«Se acerca el verano. En la escuela doy vueltas entre los bancos para vencer el sueño. Los chicos, muertos de cansancio, emborronan los ejercicios. […] No me gusta la escuela; y me desagradan quienes, ajenos a ella, alaban los méritos y las alegrías de dicho trabajo. No niego que en otros lugares y condiciones el oficio de maestro puede dar alguna que otra satisfacción. Pero aquí, en un remoto pueblo de Sicilia, entro en un aula con el mismo ánimo con que un minero baja a las oscuras galerías de la azufrera.
 Treinta niños que no consiguen estar quietos, que piden la corrección manual que la ley prohíbe, y me traen alegres las varas de almendro para que las pruebe en sus espaldas; y también vienen sus madres a decirme que los enderece a palos, porque sus hijos: "Son árboles torcidos y hay que darles miedo". Y miedo debería consistir en el uso incondicional del bastón. "¡Benditas las manos!", añaden entonces, refiriéndose a un maestro que repartía el pan de la ciencia con la ayuda de una vara nudosa y tenía, alto y robusto como era, una forma especial de coger a los niños por las orejas y levantarlos. […] Treinta niños que se aburren, rompen las cuchillas de afeitar al través, las clavan medio centímetro en la madera de los pupitres y las pulsan como si fueran guitarras; se intercambian obscenidades que hago como que no oigo: "¡Tu hermana, tu madre!"
 Blasfeman, escupen, hacen conejos con las hojas de cuaderno, […] Y hacen barcos y sombreros […] Se aburren, pobrecitos. Qué van a pensar en las cuentas, la gramática, las ciudades del mundo o en lo que produce Sicilia; en lo único que piensan es en comer. Apenas el bedel toque la campana saldrán corriendo para coger el tazón de aluminio; judías con caldo con unos redondeles de margarina, la metralla del "corned beef", la lonja de membrillo que envuelven con la hoja de los ejercicios para luego ir lamiendo membrillo y tinta por la calle.
 El director viene dos o tres veces al año. Es un buen hombre, constantemente atribulado porque es de izquierdas y, por ello, suscita las malas atenciones de su directo superior, con las normales consecuencias del caso. Tiene debilidad por la aritmética y angustiosas preocupaciones higiénicas. El que había antes, sin embargo, sentía preferencia por la gramática italiana y su plato fuerte era una filosófica cavatina sobre el verbo ser. Éste es más tranquilo. Entra y mira a los niños sentados en los pupitres viejísimos e incómodos; a los más grandecitos, que lo miran con las manos en los bolsillos, les dice que las pongan sobre la mesa:
 -Si no, luego se convierte en un vicio -me dice.
 Yo digo que sí. Apruebo cuanto dice. Estoy de acuerdo: la disciplina, el provecho, explicar de esta manera el 3,14, el número fijo para hallar la apotema, aquel muchacho parece un poco tocado de la cabeza, aquellos otros no se lavan. Sí, blasfeman. En las paredes de los retretes escriben cosas muy escandalosas. En la calle molestan a los viejos y a los bedeles en el atrio. Suben por los tubos de los canalones, saltan las lanzas de las verjas. Sí, todo eso hacen. Y se pelean por la comida, para decidir quién de ellos debe ir; cada día diez chicos. En realidad tienen hambre. De acuerdo: insistiré en la geografía y en que se sepan el trapecio de cabo a rabo. Les diré que se corten el pelo y se laven las piernas, las manos y las orejas: "Tan sucias que en ellas se podrían plantar habas".
 Algunas veces viene también el inspector. Con gran intuición viene siempre en el momento o el día en que el director está ausente. Es evidente que no traga a esos treinta muchachos sucios y desgreñados que ni siquiera se sienten cohibidos por su presencia y siguen murmurando y peleándose entre sí. Ve la vara sobre mi mesa y seguro que se imagina un fresco de escenas de tortura. Nunca les he pegado, el bastón lo utilizo para señalar las ciudades y los ríos en el mapa. Estoy seguro, sin embargo, de que el inspector no se lo creería.
 -Hay que tratarlos con dulzura -dice.
 Me cuenta algo de uno de sus alumnos ("porque yo he salido de la nada", me dice con orgullo):
 -Era mentiroso, violento y hasta ladrón -pero él le condujo con dulce persuasión al orden y al estudio. Luego entró en la policía y fue un cotizado funcionario del Ovra.
 -Sí -le digo-, la dulzura lo puede todo -y no doy a la frase ni la más leve sombra de ironía.
 Cada semana viene el cura para la media hora de religión. Cada vez empieza por el principio, Adán y Eva. Los niños juegan a pulsar las cuchillas de afeitar. Alguna blasfemia zumba en el aula, pero el cura no disimula como yo. Promete el fuego eterno. Ríen y él se pone rojo de ira. Y me veo obligado a intervenir con una inútil reprehensión.
 […] Hacen pequeñas burlas. Reflejan la opinión de sus padres, que ni siquiera opinión puede llamarse, toda vez que no es más que un conjunto de trivialidades y anécdotas obscenas sobre los curas y las hijas de María, y de un miedo supersticioso. Temen asimismo los hechizos, el mal de ojo, los secretos mágicos que llaman mala ventura y a los que la dicen. Un muchacho me confía que lleva siempre en el bolsillo una llave, tres clavos y un diente de ajo, de esta manera nunca será objeto de un mal de ojo y me aconseja que lo pruebe.
 También sé por qué partido votan sus padres. Un día un chico me habló de otro chico con el que había peleado, que era comunista. Creía que debía castigarlo. Le dije que en Italia uno podía ser lo que quisiese. Entonces todos me dijeron por quién votaban sus padres, pese a que yo les dije que no me interesaba. Veinte eran comunistas, el resto demócratas (aquí democracia equivale a democracia cristiana) excepto uno que votaba misino. A este último se le echaron todos encima:
 -Eres misino porque tu padre trabaja en Gíbili.
 Gíbili es una mina de azufre que está en manos de los fascistas y los que en ella trabajan están considerados como privilegiados pues perciben un sueldo que supera las mil liras. Los demás, en las salinas, ganan quinientas liras al día. Los braceros agrícolas, cuando hay trabajo, ganan unas seiscientas, pero no trabajan más de ochenta jornadas al año. Los de Gívili tienen radio y cocina a gas, aunque siguen viviendo en covachas que no tienen otra luz que la de la puerta. Sin embargo, en estas azufreras, hay peligro de muerte; las galerías no son seguras, además está el grisú y el ascensor puede desengancharse al bajar.
 Los hijos de los mineros y de los que trabajan en las salinas son un poco más despiertos que los hijos de los campesinos.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Rossend Arqués. ISBN: 84-02-08656-X.]