Mostrando entradas con la etiqueta Agua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Agua. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de agosto de 2026

Un pequeño paso para [un] hombre.- Rafael Clemente (1945)

4.- La nave principal
La historia del bolígrafo espacial

  «Los primeros astronautas, fueran rusos o americanos, utilizaron lápices como herramienta de escritura. Pero tenía sus inconvenientes: el grafito es conductor e inflamable y una punta rota flotando por la cabina resultaba un peligro, puesto que podía introducirse en algún equipo eléctrico o bloquear el movimiento de un conmutador.
 A comienzos del proyecto Gemini, la NASA encargó un lápiz retráctil diseñado para ser usado en el espacio con todas las garantías. El contrato se lo llevó una empresa de mecánica de precisión, con un importe total de 4.328,50 dólares por treinta y cuatro unidades. Cada una salía a casi ciento treinta dólares. El escándalo y las acusaciones de despilfarro perseguirían a la Agencia durante muchos años.
 En la misma época y por iniciativa propia, Paul Fisher, un fabricante de equipos de escritura, patentó un bolígrafo capaz de escribir boca abajo. El secreto estaba en su cartucho de tinta, presurizado con nitrógeno a poco más de dos atmósferas y una tinta en gel. Fisher aseguró que el desarrollo había costado cerca de un millón de dólares, pero la NASA -escarmentada por la historia del lápiz- no participó en el proyecto. Se limitó a comprar unos centenares de bolígrafos cuando ya estuvieron en el mercado... a un precio de cuatro dólares menos descuento por cantidad. Los rusos también se hicieron clientes de la Fisher Space Pen.
 Hoy, medio siglo después, el bolígrafo espacial sigue disponible en el mercado; la inflación ha multiplicado por diez su precio con respecto a aquellos primeros ejemplares.

Gastronomía para exploradores lunares

 En las misiones Apollo, la cocina espacial había mejorado mucho con respecto a la que padecieron los primeros astronautas. Ya podían escoger sus preferencias entre un menú de setenta platos. Eso sí, siempre se trataba de alimentos liofilizados, deshidratados o que pudieran presentarse en bocaditos. Para beber, agua, obtenida como subproducto de las pilas de combustible del módulo de servicio. La nave disponía de dos dispensadores: uno para agua fría y otro para agua caliente. Los astronautas se quejaron con frecuencia no tanto de su sabor, sino de que contenía numerosas burbujas de gas que les provocaban molestias gástricas. Se probaron varias soluciones, entre ellas la de centrifugar el agua en bolsas de plástico, pero ninguna funcionó. Sólo a partir de la segunda misión lunar el problema quedó resuelto mediante unos filtros catalizadores de plata y paladio que absorbían el hidrógeno y lo descargaban al vacío.
 En general, la gastronomía durante los viajes de ida y vuelta a la Luna resultaba aceptable. Otra cosa muy distinta eran los menús disponibles en la propia Luna.
 Las primeras comidas en la Luna (Apollo 11) fueron bastante espartanas. La despensa del módulo lunar contenía sólo dos menús, seleccionados entre otras cosas por su bajo residuo. El primero: cubos de tocino, melocotón, galletitas de azúcar, zumo de piña y pomelo y café; el segundo, algo más sustancioso: estofado de buey, sopa de pollo, pastel de dátiles y zumos de uva y naranja.
 Por si a los astronautas les apetecía "picar" algo más, se habían añadido algunos frutos secos, barras de caramelo, pan y pavo en salsa. Sin platos ni vasos, por supuesto. La vajilla del Eagle sólo eran dos cucharas.
 Todos los alimentos podían conservarse sin refrigerar y tampoco hacía falta calentarlos (en el módulo lunar no había nada parecido a una cocina ni a una nevera). Algunos, como el tocino y el pavo, iban estabilizados con una cubierta de gelatina. Las galletas y el pan habían sido tratados para evitar migas que pudieran salir flotando (2).

Ir al lavabo camino de la Luna

 La eliminación de los residuos fisiológicos, tanto sólidos como líquidos, fue problemática ya desde los primeros vuelos tripulados y continuó siéndolo durante todo el programa Apollo. En general, los sólidos se almacenaban a bordo; la orina se descargaba en el vacío del espacio, donde se vaporizaba al instante. Sólo en los últimos vuelos se trajeron muestras de orina a la Tierra, como parte de ciertos estudios médicos.
 Para los astronautas, ir de vientre nunca resultó una experiencia satisfactoria. Las heces se recogían en unas bolsas de plástico con borde adhesivo para sujetarlas a las nalgas. No era fácil y con frecuencia parte del material escapaba y flotaba en la cabina, pegándose a los trajes o a los paneles de mando.
 Al menos en una ocasión, durante su trigésima revolución alrededor de la Luna, los astronautas del Apollo 10 se refirieron a algunos aspectos menos agradables de compartir espacios en momentos tan delicados. Como el descubrimiento de un objeto volante claramente identificado:

 CERNAN: ¿De dónde ha salido eso? 
 STAFFORD: Pásame una servilleta rápido. Hay una mierda flotando en el aire.
 YOUNG: Yo no lo hice. No es mío.
 CERNAN: Creo que tampoco es uno de los míos.
 STAFFORD: El mío era un poco más pegajoso...

 Los tres rechazaban con vehemencia la paternidad del descubrimiento. La transcripción oficial de la conversación, al menos en su primera edición, llevaba el sello "Confidencial".
 Una vez terminado su uso, el astronauta debía introducir en la bolsa una pastilla germicida, amasar bien y guardarla en un compartimento creado al efecto. Todo el proceso podía llevar hasta una hora. No es de extrañar, pues, que para minimizar el problema se recurriese a laxantes antes del lanzamiento, dietas bajas en residuos e incluso medicación reductora del movimiento intestinal.
 En el módulo de mando, los residuos se guardaban en un compartimento situado en la pared derecha de la cabina, que no siempre cerraba herméticamente. El germicida pretendía impedir la fermentación y la emisión de gases. Lo último que la NASA quería era ver alguna de las bolsas hinchándose y amenazando con convertirse en una especie de granada maloliente. Para evitarlo, todos los residuos sólidos se almacenaban en un doble envoltorio de plástico. En caso de ruptura de una bolsa de heces ya guardada en el cajón de desechos, un sensor registraba el aumento de presión. Si superaba una décima de atmósfera, se abría una válvula que comunicaba con la cabina para alertar a los astronautas por el método más antiguo: el olor. Entonces podían accionar a mano otra válvula para conectarlo con el circuito de expulsión de orina y evacuar por allí el aire contaminado. Las bolsas permanecerían a bordo hasta volver a la Tierra.
 A bordo del módulo lunar, las heces se trataban de forma similar, salvo que las bolsas usadas acabarían arrojadas al exterior junto con el resto de la basura. Los astronautas aborrecían este sistema, en especial cuando tenían que utilizarlo vestidos con sus escafandras: el culote no era lo suficientemente amplio para aplicar bien los adhesivos. Pero nadie había encontrado ninguna solución mejor. El uso de un inodoro más o menos convencional tendría que esperar años, hasta que entrasen en servicio los laboratorios Skylab, Salyut o el propio transbordador espacial.»

(2) Un resumen de la tecnología empleada en la preparación de alimentos para los vuelos Apollo puede consultarse en http://history.nasa.gov/SP-368/s6ch1.htm
    
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2018, pp. 126-131. ISBN: 978-84-480-2494-4.]

domingo, 14 de septiembre de 2025

La vida secreta de los árboles.- Peter Wohlleben (1964)

El árbol enfermo

 «Según las estadísticas, la mayoría de las especies arbóreas tienen la capacidad de vivir muchos años. En el bosque cementerio de mi distrito, los propietarios de un árbol siempre me preguntan qué edad podría alcanzar su ejemplar. Por regla general, se trata de hayas o robles y, según los conocimientos actuales, su edad habitual es de 400 a 500 años. Pero ¿qué es una estadística para cada caso individual? Lo mismo que en el ser humano: nada, puesto que el camino prestablecido de un árbol puede cambiar cualquier día por incontables motivos. Su estado de salud depende de la estabilidad del ecosistema del bosque. La temperatura, la humedad y la iluminación no deberían variar nunca de manera brusca, porque los árboles tienen un tiempo de reacción muy lento. Incluso cuando todas las condiciones externas son óptimas, los insectos, hongos, bacterias y virus acechan su oportunidad para atacar en cualquier momento. Básicamente, esto sólo es posible cuando el árbol pierde su equilibrio. En condiciones normales, reparte con exactitud sus fuerzas. Una gran parte se utiliza para la vida diaria. Tiene que respirar, "digerir" los nutrientes, aportar azúcar a sus hongos amigos, crecer un poco cada día y preparar una reserva para defenderse de los organismos dañinos. Esta reserva puede ser activada en cualquier momento y según la especie arbórea contiene una serie de sustancias defensivas. Son los así llamados fitoncidas, los cuales tienen un efecto antibiótico. El biólogo de San Petersburgo, Boris Tokin, describió ya en 1956 lo siguiente: si a una gota de agua contaminada se le añade una gota de agujas de pícea o pino trituradas, en menos de un segundo todos los seres vivos habrán muerto. En el mismo artículo, Tokin afirma que el aire de los bosques jóvenes de pinos prácticamente no contiene gérmenes a causa de los fitoncidas que liberan sus agujas. Así pues, los árboles pueden desinfectar su entorno, pero eso no es todo. Los nogales van aun más allá con la sustancias que contienen sus hojas contra los insectos, las cuales son tan eficaces que lleva a que se recomiende a los amantes de la jardinería que si quieren instalar un agradable banco, lo hagan bajo un nogal, puesto que ahí es donde hay menos probabilidad de que te pique un mosquito. Puedes oler sin dificultad las fitoncidas de las coníferas. Se trata del aromático olor del bosque que se nota especialmente en los cálidos días veraniegos. Si se rompe el delicado equilibrio entre las fuerzas de crecimiento y las defensivas, puede hacer que el árbol enferme. La causa de ello puede ser, por ejemplo, la muerte de un árbol vecino. Súbitamente la copa recibe mucha luz y surge la avaricia por aumentar la fotosíntesis. Esto tiene su razón de ser, ya que sólo una vez cada siglo aparece esta oportunidad. El árbol, que de pronto se encuentra bañado por la luz solar, lo deja todo y se centra en exclusiva en el crecimiento de sus ramas. En realidad, se ve obligado a ello, ya que como sus compañeros de los alrededores hacen lo mismo, el hueco se cierra de nuevo en un corto (para los árboles) período de 20 años. Los brotes aumentan su longitud enseguida y cada año crecen hasta 50 centímetros en lugar de pocos milímetros. Esto tiene un coste en energía, la cual deja de estar disponible para la defensa contra las enfermedades y los parásitos. Si el árbol tiene suerte, todo va bien y para cuando se cierra el hueco, ha aumentado el tamaño de su copa. Entonces hace una pausa y recupera el equilibrio personal de sus fuerzas. ¡Pero pobre de él si durante la locura del crecimiento algo se tuerce! Un hongo que inadvertidamente coloniza la herida de una rama y a través de la madera muerta llega hasta el tronco o un escolitino que picotea casualmente al titán y comprueba que no se produce una reacción defensiva son situaciones que ya han ocurrido. El tronco, en apariencia pletórico de salud, se ve cada vez más afectado porque falta la energía necesaria para la movilización de las sustancias defensivas. Si el ataque es en la copa, se muestran las primeras reacciones. En los árboles de follaje mueren los vitales brotes superiores de manera súbita, de modo que gruesos muñones de las ramas, desnudos de ramas laterales, se alzan hacia el cielo. Las primeras reacciones de las coníferas se muestran en forma de escasas nuevas agujas. Así, los pinos enfermos no muestran tres, sino sólo una o dos generaciones en las ramas, con lo que la copa clarea de forma evidente. En las píceas se produce el efecto de cabello de ángel de forma que las ramitas cuelgan lacias de las ramas más gruesas. Poco después, aparecen grandes calvas en la corteza del tronco. A partir de ahí, el proceso puede ser muy rápido. Como un globo de aire caliente al que se le abre la válvula, en el curso de su muerte, la copa se hunde hacia abajo porque las ramas muertas se parten durante las tormentas invernales. En las píceas se ve mucho mejor ya que la punta marchita de arriba se alza por encima de la parte inferior verde todavía con vida.
 Un árbol forma cada año un anillo en la madera porque prácticamente está condenado a crecer. El cámbium, la delgada y clara capa entre la corteza y la madera, durante el período vegetativo, envía nuevas células de madera hacia el interior y nuevas células de la corteza hacia el exterior. Cuando un árbol ya no puede aumentar su grosor, éste muere. Por lo menos es lo que se creyó durante mucho tiempo. En Suiza, unos investigadores descubrieron pinos de aspecto sano y llenos de agujas verdes. Sin embargo, al estudiarlos más detenidamente mediante la tala o extrayendo muestras, se determinó que algunos ejemplares hacía más de 30 años que no habían formado ni un solo anillo en la madera. ¿Pinos con agujas verdes que están muertos? Los árboles habían sido colonizados por el Heterobasidion annosum, un agresivo hongo, lo que provocó la muerte del cámbium. A pesar de todo, las raíces siguieron bombeando agua a través de los conductos del tronco hasta la copa y de esta manera procuraron a las agujas la humedad necesaria para la vida. ¿Y las propias raíces? Si el cámbium está muerto, la corteza también. De este modo, no es posible bombear el azúcar de las agujas hacia abajo. Sólo podían haber sido los pinos vecinos vivos los que ayudaron a su congénere muerto aportando nutrientes a sus raíces. Sobre este tema ya hemos hablado en el capítulo "Amistades".
 Dejando a un lado las enfermedades, muchos árboles sufren heridas a lo largo de su vida. Las causas pueden ser muy diversas, por ejemplo, cuando cae un árbol vecino. En un bosque espeso es inevitable que golpee a los congéneres que tiene cerca.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Obelisco, 2016, en traducción de Margarita Gutiérrez, pp. 139-142. ISBN: 978-84-9111-083-5.]

domingo, 15 de mayo de 2022

El olvido que seremos.- Héctor Abad Faciolince (1958)


Héctor Abad Faciolince (Author of El olvido que seremos)
Un médico contra el dolor y el fanatismo

7
  
 «El sufrimiento yo no empecé a conocerlo en mí, ni en mi casa, sino en los demás, porque para mi papá era importante que sus hijos supiéramos que no todos eran felices y afortunados como nosotros, y le parecía necesario que viéramos desde niños el padecimiento, casi siempre por desgracias y enfermedades asociadas a la pobreza, de muchos colombianos. Algunos fines de semana, como no había clase en la Universidad, mi papá los dedicaba a trabajar en barrios pobres de Medellín. Recuerdo que en algún momento remoto de mi infancia llegó a la casa un gringo alto, viejo, peliblanco, encantador, el doctor Richard Saunders, y decidió montar con mi papá un programa que él había adelantado en otros países de África y Latinoamérica. Se llamaba Future for the Children, Futuro para la Niñez. Este gringo bueno venía cada seis meses y cuando entraba en la casa (se quedaba a dormir durante algunas semanas) yo le ponía el Himno Nacional de los Estados Unidos para recibirlo. En mi casa había un disco con los himnos más importantes del mundo, todos orquestados, desde las Barras y Estrellas y la Internacional hasta el Himno de Colombia, que era el más feo de todos, aunque en el colegio dijeran que era el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa.
 El cuarto de huéspedes, en mi casa, se llamaba “el cuarto del doctor Saunders”; y las sábanas mejores de mi casa, todavía me parece verlas, unas sábanas de color azul pastel, eran “las sábanas del doctor Saunders”, porque sólo se las ponían a él cuando venía. Cuando el doctor Saunders estaba se sacaba la vajilla buena, la de porcelana, las servilletas y los manteles de lino bordados por mi abuela, y los cubiertos de plata: “la vajilla del doctor Saunders”, “el mantel del doctor Saunders” y “los cubiertos del doctor Saunders”.
 El doctor Saunders y mi papá hablaban en inglés y yo me quedaba oyéndolos, embelesado en esos sonidos y palabras incomprensibles. La primera expresión que aprendí en inglés fue “it sticks”, pues se la oí decir con nitidez al doctor Saunders, lo recuerdo muy bien, mientras cruzábamos el río Medellín sobre el puente de la calle San Juan. Se la dijo con un murmullo herido de indignación a un bus que arrojaba una bocanada densa y asquerosa de humo negro exactamente a la altura de nuestras narices.
  —¿Qué quiere decir it stinks? —pregunté.
  Ellos se rieron y el doctor Saunders se excusó, porque, dijo, era una mala palabra.
  —Algo así como hediondo —me dijo mi papá.
  Así aprendí dos palabras al mismo tiempo, en inglés y en español. Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas más miserables de Medellín (y muchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y mi papá le servía de traductor para las propuestas de trabajo comunitario que se les hacían para mejorar sus condiciones de vida. Se juntaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabajo social), y les hablaba y les preguntaba muchas cosas, problemas y necesidades básicas que mi papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo menos agua potable, pues los niños se morían de diarrea y desnutrición. Yo debía de tener cinco o seis años y mi papá me medía con los niños de mi edad, o incluso con los mayores, para demostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hijos estaban flacos, muy bajitos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los humillaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perímetro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tomaba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. También pedía que le mostraran los perros y los cerdos, pues si los animales estaban tan famélicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando hambre. “Sin alimentación, ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas”, decía.
 A veces íbamos más lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después venían las letrinas (“para la adecuada disposición de excretas”, decía, muy técnico, mi papá) o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de “Promotoras rurales de salud”. En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbamos con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ayudaran y aprendieran al mismo tiempo: “La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas” les decía, muy serio, desde la primera fila del bus, empuñando un micrófono.
 Una vez, en Santo Domingo, hicieron una campaña contra los parásitos intestinales en todo el casco urbano, con tan buen resultado que las cañerías del pueblo se taquearon con la cantidad de lombrices que expulsaron en un mismo día los campesinos. En mi casa se conservaba la foto de un tubo del alcantarillado obstruido por un nudo de lombrices que parecían un grumo de espaguetis morados y negros.
 El agua limpia había sido una de las primeras obsesiones en la vida de mi papá, y lo fue hasta el final. Cuando era estudiante de medicina emprendió una campaña de salud pública en un periódico estudiantil que fundó en agosto de 1945 y que dirigió durante poco más de un año, hasta octubre de 1946, cuando desapareció, tal vez porque si lo seguía publicando no se iba a poder graduar. Era un tabloide que salía cada mes y tenía un nombre futurista: U-235. En uno de sus primeros números, en may o del 46 denunció la contaminación del agua y de la leche en la ciudad: El Municipio de Medellín, una vergüenza nacional, decía el titular de la primera página, y añadía el subtítulo: El acueducto reparte bacilos de la fiebre tifoidea. La leche es impotable. El Municipio no tiene hospital. A partir de esas denuncias, sustentadas con cifras y exámenes de laboratorio, mi papá fue citado a un cabildo abierto en el Concejo de Medellín. Era la primera vez que un simple estudiante era admitido para exponer sus denuncias en un debate público, enfrentado a los funcionarios oficiales. Allí, frente al secretario de Salud, y durante dos noches consecutivas, hizo una exposición sobria, científica, que el secretario, incapaz de refutar, trató de capotear con insultos personales y argumentación rutinaria. Pero el triunfo intelectual era innegable y fue así como, sólo con su palabra y con una serie de datos precisos, logró que poco después se emprendieran las obras para construir un acueducto decente para toda la ciudad (la semilla inicial del cual todavía disfrutamos), con adecuados tratamientos del agua y tuberías modernas que no se mezclaran con las aguas negras, porque el alcantarillado era viejo, de barro poroso, y por lo tanto contaminaba el agua potable.
El olvido que seremos - Megustaleer Otro de los debates que surgieron de su periódico, y luego a partir de su tesis de grado como médico, fue por la calidad de la leche y de los refrescos. La hepatitis y el tifo eran comunes todavía en Medellín, cuando mi papá desató esas denuncias. Dos tíos de mi mamá se habían muerto de tifo por las malas aguas, y mi abuela se había enfermado de lo mismo, y también el papá del abuelito Antonio se había muerto de tifo en Jericó. Tal vez vendría de ahí la obsesión de mi papá por la higiene y el agua potable; era una cuestión de vida o muerte, era una manera de esquivar al menos un dolor evitable en este mundo tan lleno de dolores fatales. Pero el detonante de su lucha por el agua fue la muerte, también por una fiebre tifoidea, de uno de sus compañeros de carrera en la Universidad. Mi papá lo vio agonizar y morir, un muchacho que tenía sus mismas ilusiones, y decidió que eso no debería volver a pasar en Medellín. Sus denuncias apasionadas en el periódico estudiantil, y sus palabras encendidas en el Concejo, que algunos calificaron de incendiarias, no eran una jugada política, como también dijeron, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social. Así lo contó mi papá al historiador de la medicina Tiberio Álvarez:
  “Empecé a pensar en la medicina social cuando vi morir a muchos niños en el hospital, de difteria, y al ver que no se hacían campañas de vacunación; pensé en medicina social cuando un compañero nuestro, Enrique Lopera, se murió de tifoidea, y la causa era que no le echaban cloro al acueducto. Mucha gente del barrio Buenos Aires, con sus muchachas tan hermosas, amigas nuestras, también se morían de fiebre tifoidea y yo sabía que esto se podía prevenir con cloro al acueducto… Yo me rebelé en ese periódico U-235 y cuando celebraron el Cabildo Abierto les dije criminales a los concejales porque dejaban morir al pueblo de fiebre tifoidea, por no hacer un buen acueducto. Esto dio frutos, pues siguió una gran campaña por el agua; Campaña H20, se llamó y a raíz de ella se mejoró y completó el acueducto”.
 Leyendo algunos editoriales del U-235 uno se da cuenta del fuerte influjo romántico que tenían los sueños de ese joven estudiante de Medicina. En cada número emprende una campaña por alguna causa importante y más o menos imposible de alcanzar para un muchacho de pueblo recién llegado a la capital de la provincia. Pero además de sus propias ansias de luchar por ideales que iban más allá del egoísmo (o que tenían ese otro egoísmo incluso más profundo que consiste en querer convertirse en héroes románticos de la entrega y el sacrificio), abría sus páginas a escritores que los estimularan a seguir por un camino parecido.
 Quizá el artículo más importante que se publicó en el U-235 fue uno que apareció en el primer número del periódico. Estaba firmado por el mayor, y quizá el único filósofo que ha tenido nuestra región, Fernando González. Mi papá contaba que desde muy joven había leído al pensador de Otraparte, y que escondía sus libros debajo del colchón de la cama pues una vez que mi abuela lo había visto leyéndolos se los había tirado a la basura. Él mismo había estado en Envigado pidiéndole al Maestro que le escribiera un artículo sobre la profesión médica para el primer número de su periódico. González no se negó y creo que las recomendaciones que les hizo a los médicos en esa ocasión se grabaron en la memoria de mi papá como con tinta indeleble. Lo que Fernando González recomienda ahí fue lo que mi papá intentó practicar, y practicó, el resto de su vida:
  “El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!… Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2017. ISBN: 978-84-204264-0-2.]

sábado, 29 de mayo de 2021

Esto y ESO.- Raúl Vacas (1971)


Resultado de imagen de raul vacas
Educación Física

La moda

 «Las modelos están de moda. Sobre todo las de talla 34. Todo en la vida es moda y toda moda impone sus gustos; este año se llevarán los estampados, los velos y transparencias, las faldas largas y plisadas, los ojos blancos.
 Las pasarelas nos traerán novedades: las telas se ceñirán a la piel, predominará el negro, primarán las formas geométricas. Será una moda acorde con los tiempos, my urbana y asequible al bolsillo. Diseñadores de todo el mundo pasearán la moda por los grandes salones de belleza. La moda íntima llenará las portadas de las revistas. Las colecciones más atrevidas vestirán los escaparates de las grandes ciudades. Pero no hay moda que resista al tiempo. Lo dijo Benedetti en forma de grafiti: “Las modas pasan, los escombros quedan”.
 La moda tiene sus estaciones favoritas. Moda de otoño. Moda de entretiempo. Ya es primavera en el Corte Inglés; visite la moda joven. Basta con una talla 34 para estar de moda. Pero, como casi todo en la vida, también la moda es efímera.
 Hay top models que pasan de la moda y buscan en las corseterías nuevos patrones para sus sueños olvidados. Hay modistas que toman medidas ante las nuevas tendencias de la moda. Niñas que sueñan con la moda y desfilan con garbo por los pasos de cebra de las avenidas. En las tiendas de moda hay maniquíes vestidos de rojo que nos invitan a pasar y a probarnos sus ropas. Pero tan sólo algunas jovencitas pueden disfrutar esa moda.
 Todo en la vida es moda, pero la moda no es cosa de ahora. Ya lo dice la copla: “Antigua la moda es: / a los héroes y a los justos / los matamos a disgustos / y los lloramos después”.

 Nota: volver a leer, sustituyendo “moda” por “muerte”.
[…]

Ciencias de la Naturaleza
La tarde húmeda

 La tarde está descafeinadamente triste, / sin apenas lumbre
ni barniz. / Nadie comenta nada, la prensa calla.
Se dice que la noche regresará / una vez más
con su explosión de gritos, / con miles de proyectos,
y oraciones fúnebres, / y luces de neón y lágrimas impares.
La noche inquieta y negra, / la misma noche que otras veces,
la que pulsa el maldito interruptor / del triste carrusel
de los recuerdos.
 […]

Ciencias Sociales (Geografía e Historia)
Ibuprofeno, 600 Mg.

 Doctor, me duele España, ¿qué me pasa?
Es un dolor civil, peninsular.
Me duelen las milicias, firmes, ¡ar!
Me duele la nostalgia hecha a la brasa.

Me duelen los burgueses, la argamasa.
Me duelen los mendigos y el caviar.
Me duelen Schopenhauer y el altar.

Me duele esta nación y su carcasa.
Me duele el soñador, la oligarquía.
Me duelen cuatro siglos que se han ido.
Me duele esta feliz ramplonería.

Me duelen el silencio y el aullido.
Me duelen los poetas, la hidalguía.
Me duele el ataúd donde he nacido.
[…]

Física y Química
Agua (Fórmula química)

 La primera hache se metió en el agua y, aunque era muda, dijo: oh.
La segunda hache: dos oh.

Entre mi sueño y tú sólo hay suspiros

 No hago sino pensar en ti y en nada irrelevante y dulce
como los mismos sueños de cartón de lunes a domingo
enamorar las horas escondidas
Resultado de imagen de esto y esoen que te descubro sentada en un poema
junto a una letra irrepetiblemente hermosa
y antes de que hable algún suspiro
acostumbro a agitar entre mis dedos el color azul
con que escribí toda mi historia letra a letra
a olvidar que el amor es una lumbre
donde nada ya existe y a recordar al fin la lluvia
de tus ojos azules
el incendio aquel de tus primeros besos
que inventé para alejarte cualquier día
como hoy como nunca como este sucio instante
en que lejos de tus labios no hago sino pensar en ti


Cultura clásica
Re-cursos de retórica (dos créditos)

 Hipálage, entimema, digresión,
elipsis, commoratio, silogismo,
epíteto, meiosis, redición,
perífrasis, percusio, dialogismo.

Anástrofe, silepsis, complexión,
quiasmo, metonimia, disfemismo,
diácope, dialid, derivación,
oxímoron, epífora, eufemismo.

Epífrasis, enálage, metáfora,
hipérbaton, apóstrofe, ironía,
hipérbole, poliptoton, anáfora.

Sinécdoque, etopeya, alegoría,
polípote, catácresis, diáfora,
asíndeton, ostrón, tautología.

Nota: buscar en el soneto dos recursos retóricos falsos.
[…]

Ars dicendi (Mutatis mutandis)

 In rectore, ipso facto, lato sensu,
ad hominem, vae victis, grosso modo,
de facto, post meridiem, sine die,
sui generis, ab ovo, motu proprio.

Ex aequo, mare magnum, sine qua non,
de visu, verbi gratia, quid pro quo,
oh tempora!, oh mores!, alter ego,
ibidem, a fortiori, statu quo.

In situ, prima facie, veils nolis,
ad litteram et coitus interruptus,
oremus, quo vadis?, urbi et orbi.

Ad hoc, stricto sensu, quo studio,
ex cathedra, ex profeso, ora pro nobis,
vox populi, de corpore insepulto.»


    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edelvives, 2012, pp. 61, 74, 92, 108-109, 127 y 136. ISBN: 978-84-263-7375-5.]

viernes, 23 de abril de 2021

Libro de los Entretenimientos.- Yosef ben Meir ibn Zabarra (c. 1140 - 1194)


Resultado de imagen de siglo XII aragon judios
Capítulo I

 «Había un hombre en el Condado de Barcelona, cuyo nombre era Yosef ben Zabarra, vivía tranquilo y sosegado con sus amigos y compañeros desde su adolescencia. Los que le conocían, se le acercaban, y los amigos le amaban y le consideraban como un príncipe y un noble. Todo el mundo quería cultivar su amistad. También él los honraba y asistía, los servía y cuidaba. Con la ayuda de su Hacedor, preparaba medicamentos que cicatrizan para curar al que de ellos estuviera enfermo, según su buen saber y entender. Se ocupaba de su enfermedad sirviéndole y dándole asistencia con amor y clemencia. Al primogénito según su primogenitura y al más joven con arreglo a su juventud. Todos le amaban mucho y deseaban su amistad. ¡Como siervo se vendió a José!
 Era de noche y yo, José, estaba durmiendo sobre mi lecho con dulce sueño, que era la única recompensa por mi fatiga. Hay cosas que suponen esfuerzo del alma y descanso del cuerpo, y otras que son esfuerzo del cuerpo y descanso del alma, pero el sueño es descanso del cuerpo y del alma juntamente. Este hecho no se le oculta a nadie.
 Preguntaron a Hipócrates, el piadoso: “¿Qué es el sueño?”
 Respondió: “La profundización de las fuerzas hasta el fondo del alma, para que el cuerpo pueda encontrar reposo y descanso”. Y ya dijo Aristóteles: “El sueño natural es el remedio para cualquier enfermedad”. Y Galeno afirmaba: “El sueño natural aumenta las fuerzas pero debilita los humores”.
 El sabio Yohani añadió: “El sueño a su debido tiempo lleva el cuerpo a la salud”.
 Cuando yo estaba durmiendo vi ante mí, en sueños, una persona de gran talla que tenía figura de hombre. El me despertó como se despierta a uno de su sueño y me dijo:
 -¡Levántate, hombre! ¿Cómo puedes dormir? ¡Despierta! Mira cómo rojea el vino. ¡Ea, incorpórate! Siéntate y come de la caza que te traigo, de lo que conseguí yo mismo. Como estaba amaneciendo, me levanté con precipitación y vi ante mí pan, vino y viandas. Entretanto tenía el hombre en la mano una lámpara encendida cuya luz se dispersaba por todos los rincones. Comencé yo a hablar diciendo:
 -¿Qué es esto, mi señor?
 Él contestó:
 -Mi vino, mi pan y mi comida. Siéntate a comer y beber conmigo, pues te amo como si fueras mi hermano.
 Pero yo, después de agradecerle su bondad y honor, su amistad y su generosidad, le repliqué:
 -No puedo, mi señor, comer ni beber sin haber rezado al que comprende mi camino y endereza mis pasos y mi caminar y el que hace por mí todo lo que necesito. Y Moisés, nuestro maestro, el elegido entre los profetas, el principal de todos los llamados, la paz sea con él, ha dicho: “no comeréis sangre, ni adivinaréis, ni haréis hechizos”. Advirtió así a los israelitas para que no comieran hasta haber rezado por su vida, porque la sangre es la vida. Saúl habló de esta manera: “Degolladlos aquí y comedlos, pero no pequéis contra Dios tomando la sangre”. Además, todo el que come antes de rezar y rogar es llamado amigo del diablo y hechicero. Le preguntaron a Aristóteles: “¿Qué tiene preferencia, la oración o la comida?” Respondió: “La oración, pues la oración es la vida del alma y la comida la vida del cuerpo. Además, plegaria y rezo no son posibles para una persona saciada y un vientre lleno”. Preguntaron a un filósofo: “¿Qué es mejor, comer o rezar?” Contestó: “El mucho rezar es provechoso, pero el mucho comer es nocivo”. Otro sabio dijo: “La oración introduce en la comida”. Uno de los sabios añadió: “La plegaria es como el viento que se eleva por las alturas y la comida como el cadáver que desciende bajo tierra”.
 (Mi interlocutor) dijo entonces:
 -Reza según tu voluntad y haz lo que mejor te parezca. Me lavé las manos y la cara, oré ante Dios y después comí de todo lo que puso ante mis ojos porque su persona me resultaba agradable. A media comida pedí agua de la fuente para beber, pero me dijo con reproche:
 -Bebe vino, pues todas las perlas no son nada comparadas con él, y es delicioso a la vista.
 Respondí:
 -No lo quiero, ni deseo beberlo, pues tengo miedo de él.
 Él me replicó:
 -¿Por qué me lo odias en tu corazón, si es el gozo y la alegría de todos los corazones?
 Le respondí de esta manera:
 -No puedo beberlo porque todo el que lo hace se embriaga y ni siquiera a su hermano reconoce. El vino nubla la vista y oscurece la blancura de los dientes. Engendra el olvido y embrutece el alma sabia. Quita el don del habla a los expertos y a los ancianos el buen sentido. Debilita las fuerzas del cuerpo y hace temblar los miembros con sus movimientos, porque debilita los tendones que los mueven y engendra muchas enfermedades como la hemiplejía, deterioro y torcedura de la boca y entumecimiento. Aplasta a todas las partes y a todas las fuerzas del cuerpo. Divulga los secretos de los amigos y compañeros, produce disputas entre hermanos. Es por tanto un traidor el vino, que quita la ropa en tiempo de frío.
 Y así habló el poeta para todo aquel en quien se despierte el deseo de beber:
 No se incline, amigo mío, tu corazón tras el vino
pues aunque endulce más que un panal de miel,
como las aguas de Mara es.
Conspira contra todos sus amigos,
traiciona a los que le aman,
incluso en tiempo de frío
Resultado de imagen de libro de los entretenimientosla ropa te quitará.

Y entonó este proverbio:
 Cuídate mucho, amigo mío, de no
Mirar al vino cuando rojea.
Pues cuando tu amigo clame por su subsistencia,
tú estarás durmiendo.

 Además añadió:
 Bebe, amigo mío, zumo de granadas,
para que no colme el corazón del hombre hasta embriagarlo.
Guárdate y no andes vacilando con el vino
como un ebrio que se tambalea vomitando.

 Moseh, nuestro maestro, sobre él sea la paz, prohibió al nazireo* cualquier vino o licor porque está consagrado durante su nazireato, para no pecar por ello y profanar su nazireato. También el sacerdote cuando iba a servir en el Santuario tenía prohibido el vino.
 Se encolerizó aquel hombre y dijo:
  -¿A qué viene que tú injuries el vino, lo desprecies y emitas contra él calumnias, no pocas sino muchas, y recuerdes lo malo y olvides lo bueno? ¿Es que no sabes, ni has oído que es quien engendra la alegría y expulsa la tristeza y la nostalgia? ¡Que beba y olvide su miseria todo el que esté atormentado! Además, el vino ayuda a hacer la digestión, es eficaz con el dolor que no se puede apaciguar, quita el catarro y es útil para los enfermos intestinales, pues si se rebaja con agua, es laxante. Fortalece el corazón agotado, expulsa los humores de venas y riñones, asegura el engendrar el apetito y despierta en el corazón mezquino la generosidad. Alarga la juventud, retrasa la vejez, aguza los pensamientos, alegra el rostro e ilumina las ideas. Ya dijeron nuestros rabinos, sean sobre ellos las bendiciones: “El vino y el perfume dan clarividencia”. Y por el pecado que por el vino cometiera el nazireo en su nazireato, ordena la Escritura ofrecer dos tórtolas o dos pichones para expiarlo del pecado cometido sobre el alma humillada.
 […]
 Pero yo le dije:
 -Después de que te me adelantaste con tu misericordia, señor mío, no se encienda tu cólera contra tu siervo, has de saber que los médicos de la antigüedad, que eran sabios y entendidos, ordenaron beber agua durante la comida porque es más pesada que el vino, y con su pesadez hace bajar el alimento a lo más recóndito del estómago, donde favorece su digestión con la ayuda del calor del hígado que está debajo. Una o dos horas después de la comida, prescribían beber un poco de vino sin agua para aumentar el calor natural y favorecer la fuerza de la digestión.
 Entonces me dijo:
 -Bien has hablado, también yo me reafirmo en tus palabras, porque un poco es provechoso pero mucho es nocivo.»
 
  *Nazireo: hombre que se consagra a Dios haciendo unos votos e imponiéndose abstinencias. Sobre este tema hay mucha literatura en la Misna, el Talmud y también algo en la Biblia. (N. del T.)
        
     [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1983, en edición de Marta Forteza Rey, pp. 65-70. ISBN: 84-276-0641-9.]