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martes, 4 de mayo de 2021

Recuento de invenciones.- Antonio Pereira (1923-2009)


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Las peras de Dios [de Los brazos de la i griega (1982)]


 «Un día, la abuela dijo que iba a transformar en perales todos los membrillos de la casa de Arganza. La tierra allí es muy buena. Como además los injertos habían venido de los mejores viveros, y las podas se hacían bajo la mirada de la propietaria, a nadie debería haberle extrañado el cosechón de peras de aquel verano.
 Por fin en la casa de los abuelos iba a hacerse algo rentable. Después del litigio de las colmenas, de las minas de carbón en Fabero; terminados los trámites y los edictos inocultables de la quiebra de la fábrica de cemento. Ahora iba a ser la riqueza al por mayor de la peraleda, los disciplinados árboles que la abuela bajaba a revisar mañana y tarde, más apagado cada fruto por el lado de la sombra, con indicios prometedores en la cara del sol. Había que acertar con el momento para la recolección. Una decisión que sólo podía corresponder a la abuela Társila. Ni siquiera Pedro, el hombre de la huerta, porque una cosa era la huerta de antes y otra cosa la explotación comercial. Y mucho menos el abuelo Criso.
 Una mañana cálida en que ni siquiera se había notado rocío, la abuela arrancó la unidad primera de la cosecha, en un gesto que empezaron a seguir una cuadrilla de temporeras. También los chicos, mis hermanos y yo con los primos de Camponaraya nos pusimos a la tarea. Las arrancábamos con su rabillo, y parecía increíble que las peras fueran tan sensibles que un pequeño golpe las manchase con un cardenal, una especie de estigma que acaso les quedaría para siempre. Luego las colocábamos en el sitio más seco del almacén y allí se quedaban para que les diera el aire, o sea la corriente de aire. Justo el peligro que más temía para su salud el abuelo Criso, no la abuela Társila que siempre dijo que lo de estar entre corrientes son gaitas. El abuelo, cada vez más a menudo, jamás se ocupaba de las empresas prácticas. Él pasaba las horas en su especie de torre haciendo cosas con sus papeles y sus pájaros que nadie sabía exactamente qué cosas eran, salvo cuando tocaba el violín, que hasta los gatos sabían que eran las czardas* de Monti… En fin, pronto se cayó en que la recogida hubiera debido hacerse unos días antes, en el momento mismo en que empieza el cambio de color, para que el fruto separado madure de por sí y resista para la venta.
 “Y ahora el colmo –la abuela arrojó el ABC que acababa de llegarle-, los del Ministerio que van a traer las peras del extranjero. Diez mil toneladas de peras para que los otros nos compren zapatos”.
 No era fácil el asunto. Pero el orgullo de la abuela lo convirtió en imposible. Mejor regalarlas, decidió sin esperar a razones, sólo que las Hermanitas de los Ancianos en la ciudad rechazaron la donación porque las peras no se las entregaban a portes pagados, y la abuela Társila redobló su desdén y dijo que mejor comerlas. Por la mañana, en el desayuno, hubo una “indicación” sobre la costumbre de empezar el día con fruta, propia de las naciones más adelantadas. El primo Carlos lo corroboró y con aquella unción un poco cínica de seminarista bendijo la fuente donde alternaban escasas manzanas con un puñadito de aceroles y una colección generosa de “lo de casa”. A mí la experiencia de la fruta me resultó agradable, y sólo sentí que a los dos o tres días desaparecieran las otras variedades para dejar en solitario a las peras. Menos mal que las peras –la abuela lo leía en voz alta- “contienen sales minerales muy buenas y hasta proteínas (un poco más si son peras de San Juan), además de ser diuréticas y refrescantes para el organismo…” Vivíamos la aventura del verano. Y una vez más éramos muchos a vivirla, después de haber ido distribuyéndonos por las alcobas innumerables según el reparto variable que imponía la autoridad de la casa. Pero también eran muchas las peras. La mermelada de pera está bien con el pan tostado. Se terminaba pronto el pan tostado y nadie hubiera podido imaginar que la mermelada de pera puede extenderse sobre un trozo mondadito y natural de pera… La abuela decidió que era una guerra suya. Se hizo traer libros, incluso franceses, porque ella se educó con las Esclavas en Valladolid. Y ya no fue sólo el desayuno. Las peras al gratén aparecieron como sustitutas del pescado o la carne en la comida del mediodía y en la cena. También hay peras a la Colbert, parece mentira que sean peras rebozadas, empanadas y fritas. Y timbal de peras. Y arroz, pero poco arroz, con peras, muchas peras…
Resultado de imagen de antonio pereira recuento de invenciones Sucedió entonces que las peras empezaron a ser más que peras. Sucedió el verano de las tetas, ya no sé si éstas eran un símbolo de las peras o las peras una metáfora de las tetas. “Las blanquillas son un fruto deleitoso, algo alargado y con la piel muy suave y perfumada alrededor del pezón”. “La mantecosa francesa es en disminución hacia el pezón y allí se termina en punta, no así el pezón de la mantecosa dorada que es grueso y protuberante…” Yo no creo que muchos adolescentes en el mundo se hayan escondido con el catálogo de unos viveros entre las manos pecadoras. Y era imposible tropezarse con una mujer sin entrar en las equivalencias. A las primas les vigilábamos el escote. Yo había calculado por mi cuenta que deben ser muy hermosos los pechos de las primas temblando en los desvanes, pero el primo Carlos aleccionó que nunca puede adivinarse cómo los tienen y que mejor aún que la realidad era la duda. Hay unas peras de Donguindo en tronco de cono y, según mostraban las ilustraciones del catálogo, “con el pezón graciosamente salido”. Justo como la profesorita que venía de ayuda para los suspensos en junio, cuando le orientábamos el ventilador hacia la blusa sin que ella se maliciase de nada. Pero la Gran Duquesa de invierno. La Gran Duquesa de invierno a una doble página del catálogo era muy ofrecida por su fruto voluminoso. El pezón de la Gran Duquesa bajo palabra de los viveros de Aranjuez, con medalla en varias exposiciones, es “delicadamente moreno”…
 “¿Y para confesarse?”, le preguntábamos a Carlos.
 “Exorna, Dilecte mi, virtutum floribus animam meam”.
 O sea, es lo que entendimos, que igual que imaginar un jardín o un paisaje muy bello. Yo no sé adónde nos hubiera llevado aquella obsesión si no hubiera sobrevenido lo del abuelo Criso. Entonces fue cuando desaparecieron. Quizá fueron arrojadas al desperdicio, quemadas, yo no lo sé. O acaso el suceso ocurrió cuando justamente habíamos alcanzado a comerlas todas… Lo del abuelo Criso no se lo esperaba nadie. La abuela creería conocerlo bien: sin perjuicio de las dos comidas principales (con peras) que el abuelo hacía todavía en el comedor, al propio escritorio abuhardillado le mandaba para entre horas su compotita de peras. Como que ahí le iba al solitario el halago del vino tinto y la canela. Pero son terribles los tímidos cuando se destapan:
 “¡Las peras de Dios!”, gritó a media mañana como un loco, desde el descansillo de la escalera junto a su puerta.
  Y esta primera vez que gritaba en su vida llevó su voz retumbando a toda la casa, plantó como estatuas de sal a todos sus habitantes que no nos atrevíamos a movernos, hasta que la abuela Társila marchó a encerrarse con unos pasitos mudos y envejecidos de repente, y a encender como en las tormentas la vela del Jueves Santo**. Luego cogió –el abuelo- el violín y un envoltorio pequeño y se marchó de casa con un portazo, hasta que lo sacaron del fondo de la reguera todo empapado y tiritando… Al primo Carlos se le vio crecer, como crecía el médico del pueblo cuando había que llamarlo para las diarreas o el electricista si nos quedábamos sin luz. Era el nieto predilecto, cuando aún no lo habían expulsado del seminario de Comillas y pudo tranquilizar a la abuela con que dejando aparte el tono enfadado, la frase del abuelo no era blasfema, y hasta podría decirse un reconocimiento de la munificencia divina. Él mismo repitió despacio las palabras, “Las peras de Dios”, y es verdad que en sus labios parecían una jaculatoria.
 La abuela le pidió que aun así no las repitiera.
 “Digamos que todo lo más la irreverencia del nombre del Señor pronunciado en vano –concluyó Carlos- , y en un arrebato del abuelo”, en resumen nunca llegó a aclararse por qué aquel día se las habían puesto con leche en lugar de con vino.»          


*czardas: danza húngara que exigía virtuosismo, sobre todo en ciertas partes de movimientos muy vivos.
** Se refiere a la costumbre de llevar a la iglesia una vela para la función del Jueves Santo, que luego era recogida y se encendía en casa para conjurar las tormentas.          

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en edición de José Carlos González Boixo, pp. 174-178. ISBN: 84-376-2132-1.]

sábado, 24 de agosto de 2019

La enzima prodigiosa. Una forma de vida sin enfermar.- Hiromi Shinya (1935)

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Capítulo 4: Pon atención al "guión de tu vida"
La relación inseparable entre nuestros cuerpos y la tierra

«Los norteamericanos han consumido una dieta animal mucho más tiempo que los japoneses y el equilibrio intestinal no se ha trastornado por comer carne con tanta facilidad como el equilibrio intestinal de los japoneses. Con frecuencia me he preguntado por qué hay tal diferencia entre ambos. Veo algunas razones.
 En primer lugar, la cultura alimenticia cultivada a lo largo de muchos años es diferente en cada país.
 Los occidentales han consumido carne durante siglos, pero los japoneses no adoptaron esta dieta hasta el período Meiji (1868-1912), por lo que es un fenómeno bastante reciente. Los intestinos de los japoneses que han seguido durante siglos una dieta basada principalmente en granos y verduras, son 1,2 veces más largos que los intestinos de los occidentales en proporción a su tamaño corporal. Dado que sus intestinos son más largos, tardan más en excretar la comida. Como la comida queda en sus cuerpos durante más tiempo, el efecto de la carne en sus dietas es mucho mayor.
 La otra diferencia la encontramos en el suelo. El cuerpo humano y la tierra tienen una conexión inseparable. Somos capaces de comer alimentos de todo el mundo, pero todavía comemos principalmente alimentos de donde vivimos. Por lo tanto, la salud de la gente depende en gran medida del estado de la tierra de su región de origen.
 Ésta es una historia de hace algunos años, pero la primera vez que vi las verduras que se vendían en Estados Unidos quedé sorprendido por su tamaño. Las verduras japonesas, ya fuera una berenjena o un pepino, eran claramente más pequeñas. Pensé que esto se debía a que eran de diferente clase. Pero, de hecho, si plantas semillas japonesas en Norteamérica, las verduras crecerán más grandes que si lo hicieran en Japón. Esto es porque el suelo norteamericano contiene más calcio, minerales y vitaminas que el suelo japonés. Por ejemplo, hay de tres a cinco veces más calcio en una espinaca cultivada en Norteamérica que en una espinaca cultivada en Japón.
 Otro ejemplo es el brócoli. De acuerdo con algunos datos que encontré, hay 178 miligramos de calcio en 100 gramos de brócoli norteamericano. En comparación hay sólo 57 miligramos de calcio en los mismos 100 gramos de brócoli en Japón.
 Mi teoría es que aunque los norteamericanos han centrado su dieta en la carne, sus cuerpos no están tan afectados como los de los japoneses porque comen verduras que crecen en una tierra rica en nutrientes, lo cual les permite neutralizar, hasta cierto grado, el equilibrio ligeramente ácido de sus cuerpos debido a la carne.
 Años atrás había una diferencia clara entre el físico de los japoneses y de los norteamericanos. Sin embargo, los cuerpos de los japoneses son mucho más grandes que antes y la causa aparente es el cambio general a una dieta occidentalizada. En otras palabras, los hábitos alimenticios y la psique japonesa han cambiado con la importación de una cultura alimenticia consistente en carne, leche, queso y mantequilla.
 A pesar de eso, si los japoneses quieren occidentalizarse de esta manera, hay una sola cosa que no va a cambiar y es el suelo japonés. La riqueza del suelo no puede ser imitada por más que lo intenten. Uno puede decir que la riqueza del suelo está determinada por el número de pequeños animales y microorganismos que habitan en él. Pero en Japón la tierra se origina principalmente de restos volcánicos y no contiene tantos nutrientes para las bacterias del suelo.
 Así, el suelo japonés no es muy rico en nutrientes, para empezar. Los japoneses ha sido capaces de mantener el equilibrio en su dieta y salud en el pasado debido a que comían granos y verduras que crecían en la tierra, así como pescados y vegetales marinos de los océanos cercanos. Creo que esto está en línea con la naturaleza.
 No hay energía viviente en cosechas cultivadas con químicos agrícolas
 Todo en el mundo natural está conectado. Todo influye en todo y mantiene un delicado balance. Aun esas cosas que sentimos innecesarias son necesarias en el mundo natural.
 Cuando cultivamos cosechas agrícolas, los químicos agrícolas se usan con frecuencia para prevenir el daño a las cosechas por insectos nocivos. Sin embargo, "insecto nocivo" es un término acuñado por los seres humanos. En el mundo natural no puede concebirse un insecto que cause daño.
 A los humanos les disgusta cuando los insectos se meten en las cosechas agrícolas, pero la verdad es que, sean dañinos o útiles, los insectos añaden ciertos nutrientes a las cosechas cuando llegan a ellas. Ese nutriente es la quitina.
 La quitina se encuentra en las corazas de los cangrejos y camarones, también la coraza que cubre el cuerpo de los insectos está formada por quitina. Cuando los insectos se posan en las hojas de las plantas de las cosechas, las hojas secretan enzimas como la quitonasa y la quitinasa. Esas enzimas permiten a las plantas absorber pequeñas cantidades de quitina, como un nanogramo más o menos, del cuerpo y las patas del insecto y la usan como nutriente.
 De esta forma, los nutrientes que las plantas absorben de los insectos contribuyen a la vida de los animales que se comen esas plantas.
 Sin embargo, esta cadena de nutrición es interrumpida por los químicos agrícolas. En lugar de la quitina las plantas y vegetales absorben los químicos agrícolas que se usan para repeler los insectos, generando, a fin de cuentas, gran daño a los humanos que se comen esas plantas.
 Más aún, los químicos agrícolas quitan la vida de seres vivos en el suelo. Estos seres vivos son la fuente de energía para las cosechas. Las tierras de las huertas que se rocían periódicamente con químicos agrícolas carecen de gusanos o bacterias benéficas de la tierra. Dado que las cosechas no pueden crecer en tierra estéril sin energía viviente, se tiene que usar fertilizantes químicos. Las cosechas pueden crecer con los fertilizantes químicos, per su sabor y su valor nutritivo es deficiente. Ésta es la razón por la que los nutrientes de las cosechas agrícolas disminuye cada año.
 Otro peligro se genera por la irrigación de las cosechas. El agua para el uso agrícola no se esteriliza con cloro como el agua del grifo. Pero el agua está contaminada con químicos agrícolas, la contaminación de los ríos y las aguas negras. Se necesita mucha agua para hacer crecer las cosechas. Las toxinas que entran en el cuerpo humano son, hasta cierto punto, excretadas por el cuerpo al beber agua. Lo mismo se puede decir de las plantas. Sin embargo, dado que el agua de riego que se supone debe excretar las toxinas de las plantas está contaminada, es inevitable que las toxinas se acumulen en las cosechas.
 El tercer problema es el cultivo en invernadero. El propósito de usar el invernadero es reducir el daño de los insectos nocivos y controlar la temperatura. Sin embargo, el lado negativo de esto, aunque no sea del todo conocido, es que la cubierta de vinilo bloquea la luz del sol. Las plantas no se pueden mover como los animales. Por esa razón están expuestas a grandes cantidades de rayos ultravioleta. Los rayos ultravioleta del sol hacen que las plantas y animales acumulen radicales libres y se oxiden. Para que las plantas se protejan de esto poseen un mecanismo que les permite producir grandes cantidades de antioxidantes.
 Esos agentes antioxidantes incluyen las vitaminas, como la A, la C y la E, y los polifenoles como el flavonoide, el isvaflavonoide y la catequina, los cuales se encuentran  en gran cantidad en las plantas. Esos antioxidantes son producidos cuando las plantas se exponen a los rayos ultravioleta. En otras palabras, si cortas los rayos de luz usando el vinilo, la intensidad de los rayos ultravioleta que reciben las plantas se reduce. Como resultado las plantas terminan produciendo menos antioxidantes, como las vitaminas y los polifenoles.
 En la industria agrícola actual la prioridad es producir alimentos sin imperfecciones en lugar de producir alimentos con valor nutritivo.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2013, en traducción de Salvador Alanís. ISBN: 978-84-03-01357-5.]
    

jueves, 16 de marzo de 2017

"Tan humana esperanza".- Alessandro Mari (1980)


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 V

«Llevar y traer mierda no es mala ocupación, al fin y al cabo; pecado, en verdad, no se comete, y trabajo se tiene cada mes, que la tierra quiere calor, agua y nutrimento a cambio de la vida dada a cada semilla, y nada hay mejor que líquido pútrido amalgamado con otras más corpóreas deyecciones, todo laboriosamente bendecido. Así, con el oportuno cambio de luna caprichosa, se excava para sembrar: es suficiente hundir el dedo corazón o el índice en el mantillo de la caja donde se plantan las semillas, para que crezcan brotes que trasplantar luego en los huertecillos; o bien elegir la azada y otros utensilios más sofisticados para abrir surcos y hendiduras en el tejido de los campos. La tierra todo lo acepta, paciente, y alimentándola lo necesario y con el justo riego cada herida sabrá cicatrizar y hará regalo de sus frutos. En pleno julio, con agosto acercándose, las almas de Sacconago se disponen a plantar zanahorias y nabos, rabanillos y valeriana, coliflores y berzas que recoger en  el otoño y hasta casi en el invierno avanzado, para afrontar el frío con algo más que pan y polenta, por lo que todos reclamarán el estiércol bendecido, bálsamo santo con el que cubrir los desgarros infligidos a la tierra para obtener sustento.
 -¡Hasta esta noche, padre! -chilló Colombino agitando una mano y dando con la otra una palmada en el cuarto izquierdo de Astolfo; los dos se encaminaron con el carro y su girar de ruedas.
 La escena es matutina. el sol extendía rayos transversales y todos saboreaban la ilusión de que se abriese una jornada más fresca, pero realmente se trataba de una impresión, pues la mañana se desvanecería pronto en la canícula estival. Don Sante devolvió el saludo a Colombino y miró en rededor presa de ese leve arranque de incomodidad que le subía por el esófago cada vez que oía al muchacho pronunciar a voz en cuello esa palabra, padre. No pudo dejar de notar que tenía ya hombros grandes y piernas robustas, que era fuerte como un árbol, educado como óptimo cristiano, y su carcajada era la más genuina, la más límpida que había oído nunca. Pronto sería un hombre, y ese pensamiento, desde unos meses a esta parte, atormentaba profundamente a don Sante.
 El curato se quedó observando a Colombino mientras éste bajaba por el carril, y cuando lo perdió de vista, suspiró. La tarea de las entregas de estiércol duraba desde hacía tres años. Había comenzado en el frío de un San Biagio cuando, al finalizar el oficio de la mañana, la multitud de pías mujeres que llenaban diariamente la iglesia se había adelantado para la bendición ritual. Algunas llevaban pañuelos que anudarían luego al cuello de sus seres queridos, porque san Biagio daba alivio a toda enfermedad de garganta; otras habían envuelto un paño en torno a hogazas duras, a un fruto o a un vegetal para recibir la misma gracia; algunas mujeres sin embargo ofrecían un puñado de semillas destinadas a la bella estación, pues san Biagio era también protector de todo aldeano devoto y de los animales que ayudaban en los campos, y a tal propósito, esa mañana, erguido sobre sus cuatro patas bajo el portón de la iglesia, estaba también Astolfo, que el viejo Natale había regalado hacía poco a Colombino. La excentricidad más memorable de ese día de febrero de tres años antes, de todos modos, había llegado de la vieja Carmela, una anciana de la que no se contaban ya las primaveras y que se moriría algún mes más tarde sin dolores. La vieja se había adelantado cerrando la fila, entre las manos sujetaba un recipiente de madera con forma de copa, más grande que un mortero y más pequeño que un perol, lijado y recubierto por una pieza de tela rústica. "Che roba l'è? ¿Qué es esto?", había preguntado don Sante advirtiendo la sospechosa fragancia a excrementos: "La spüza cha la pai... Huele que parece..." El curato, engalanado con todos los paramentos, se había interrumpido para evitar caer en la jerga rústica de la que no dejaba de dar pruebas. "L'è propi merda", había confirmado Carmela sin una mínima, respetuosa vacilación: "Es mierda, sí. Perdóneme, padre, pero la mierda hará fructificar la tierra y yo en absoluto pensaba que fuese pecado. Entre esto y el pan yo veo poca diferencia." Don Sante había debido recurrir a toda su autoridad para disuadir a la anciana del propósito de obtener la bendición del abono destinado al semillero, y sin embargo el episodio, aunque de mínima importancia en comparación con muchas extrañezas del burgo y de sus habitantes, había dejado a don Sante una duda, casi doctrinal aparte de ética. Mirando bien la sustancia del dilema, entre mierda y semillas quién sabe si había una gran diferencia; era sólo cuestión de tiempos: primero una y luego las otras en sempiterno círculo. ¿Y si de verdad otorgar la bendición a bosta, abono y lo demás no hubiera supuesto ofensa para san Biagio ni para Dios nuestro Señor? ¿Por qué tendría que serlo? La mierda también formaba parte de la Creación, ¿no? Una ayuda decisiva le había llegado del inconsciente Colombino, que con su usual ingenuidad, desvariando por completo, había observado que Dios no se molestaría en absoluto si se trataba de favorecer la vida de los devotos de la parroquia; por lo demás, sufrir de hambre no beneficiaba a nadie. Don Sante había ojeado algunos volúmenes del seminario y había consultado a un viejo compañero que ahora tenía parroquia en Prospiano, pero las discusiones y las lecturas no lo habían iluminado, y puesto que estaba ya poco habituado a las elucubraciones y se encontraba bastante más cercano al tormento de las vicisitudes terrenas, llegó por fin a la serena conclusión de que más valía probar. Quizá la vieja Carmela tenía razón. Si Dios se molestaba harían penitencia y, en todo caso, sólo morir de hambre era peor que el hambre y una parroquia que muere de hambre no es una buena parroquia. La única condición irrebatible que don Sante había querido ponerse, y por tanto imponer, era no permitir que el asunto se conociera y traspasara los confines del burgo y su competencia, y llegara a saberse en la feligresía. Por eso había reunido a los parroquianos, y con dichas recomendaciones había dado comienzo al ritual de bendición meciendo el aspersorio con cierta reticencia sólo sobre alguna palada de aguas fecales. Ya fuera una casualidad o una coincidencia que tenía algo de milagroso, las semillas nutridas por la papilla mierdosa y santa habían germinado bien, y los plantones habían crecido robustos, y una vez asegurados en las espalderas en los huertecillos habían resistido incluso a una lluvia de bolas de granizo. Por tanto, considerado el éxito, don Sante se había visto obligado a repetir el oficio y había decretado que de entregar el abono bendecido se encargara Colombino con Astolfo, para encontrarle así al mulo una utilidad. Con los años, las entregas se habían convertido en una especie de comercio, los paisanos no pagaban, que don Sante no quería ni por asomo comerciar en nombre del Señor, pero proporcionaban a la parroquia una grata renta de leña y otras provisiones. El abono, por contra, alimentaba las esperanzas, y a pesar de que algunos vieran en el asunto la enésima ocasión de trincar del curángano, don Sante no se preocupó nunca de los detractores.»