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domingo, 23 de mayo de 2021

Psicoanálisis de la gula.- Giséle Harrus-Révidi (¿...?)


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Cuarta parte: Las delicias de la mesa

Capítulo VII: El plato

 «El deseo oral se asienta en el plato, que adquiere así, en cada comida, el estatuto efímero de territorio de la oralidad. A ninguno de nosotros le suscitan interrogantes su uso y su absoluta necesidad y, sin embargo, paradójicamente, no son demasiado evidentes:
 -Desde el punto de vista sociológico: ciertas civilizaciones, sobre todo africanas o norafricanas, dan preferencia a la fuente colectiva frente al plato individual, sin que aparentemente suponga molestia o motivo de conflicto para los individuos. La comunión amistosa, realzada por la hospitalidad tradicional, prevalece sobre la consumición individual.
 -Desde el punto de vista histórico y cultural: se han dado variaciones de hábitos, puesto que, “en Francia, se prefirió, durante bastante tiempo, una rebanada compacta de pan sobre la que se disponían los alimentos (tajadero)”. Formas y materiales de los platos fueron variando según los siglos y las clases sociales: primero fue un simple hueco en la madera de la mesa, después barro cocido, cobre, estaño, plata, plata dorada, oro macizo. Hoy en día, el plato puede ser blanco o coloreado, de loza o de porcelana, y aparentemente estas opciones sólo presuponen consideraciones estéticas.

 1.-El plato, territorio oral

 El territorio, en su acepción etológica (Lorenz), es la zona, fundamentada en el dominio sexual y en la posibilidad de saciar el hambre, que un animal se reserva y cuyo acceso se prohíbe a sus congéneres. En la actualidad, la noción de territorio casi ya no existe en el hombre (aun cuando los recientes acontecimientos yugoslavos podrían ser interpretados en parte desde esta óptica), mientras que los grupos prehistóricos, la civilización medieval en Europa o, en especial, las tribus de África o de Australia hacían todavía un uso riguroso de la misma.
 En una filiación inconsciente, etológica y sociológica a la vez, el modesto plato cumple la función de territorio oral exclusivo de cada uno, tornándose de esta suerte en espacio simbólico privilegiado, puesto que en nuestra civilización, sea cual fuere el aspecto considerado –político, económico, social o psicológico-, espacio y territorio individuales son cada vez más limitados y cada vez más precisos: “La evolución de nuestras grandes sociedades modernas tiende a pulverizar los marcos intermedios, a reducir los individuos a átomos intercambiables, a desposeerlos en provecho de un poder centralizado y anónimo”.
 ¿Qué posee realmente en exclusiva, para él solo, insistimos, el Homo economicus moderno, que no sea propiedad de ningún grupo, familia o holding?
 Todo individuo dotado de un vulgar instinto predador ejercido sobre los bienes materiales, incluso si es “normalmente” consciente de su alienación, se negaría a reconocer que únicamente su plato, su ropa (sobre todo sus zapatos) y su coche delimitan estructuras estrictamente personales, y quizás ni eso, únicamente por un breve lapso de tiempo. En cuanto al resto, lo quiera o no lo quiera, lo comparte: su casa, su cama, su dinero, sus hijos… Tenemos otra prueba más en el consumo: los artífices de la moda, fundados en símbolos económicos inconscientes, continúan poniendo límites sin cesar, “puesto que el mantel nivelador y unificador es sustituido por los sets individuales que señalan el territorio de cada uno, impidiendo que se me
zclen demasiado la existencia y los destinos de los partícipes reunidos en torno a una mesa”.
 El plato contiene nuestra parte de comida, dicho de otra manera: la porción de mundo que nos está reservada. De esta forma representa materialmente nuestra posibilidad de sobrevivir, porque la oscura angustia de la falta, contrariamente a las apariencias de nuestra sociedad de consumo, perdura en el fantasma arcaico. Esta ambigüedad entre lo real y lo imaginario nos conduce consecuentemente a la comprensión instintiva de ese rasgo de comportamiento, hoy chocante, por el que el plato es siempre defendido de las agresiones, incluso ficticias, del otro. En efecto, este utensilio es un fragmento de realidad y cumple inconscientemente la función de representación metonímica del instinto predador que, bien o mal reprimido, está presente en las pulsiones.
 En el fondo, está claro que “lo que se espera de la vajilla es que recoja y delimite una porción de mundo en la que se concentrará la atención y, a partir de ahí, se empezará a ordenar el mundo”. Hic et nunc, el orden del mundo comienza, y comenzará siempre, por el respeto hacia el contenido del palto del otro. Es frecuente observar que existe una agresividad que, en el momento de elegir los trozos de la fuente común para el propio plato, tiene ya buen cuidado de enmascararse con una aparente indiferencia que no resiste una observación cuidadosa. Los odios familiares irreversibles –todos lo sabemos aun cuando queramos ignorarlo- no tienen a menudo otro origen: “ellos” (los padres) comían demasiado o no lo suficiente, engullían egoístamente, se moderaban con ostentación. Por el sentimiento de culpa de mis padres o por sus reivindicaciones, el niño que fui era privado del conciliábulo feliz con su plato…
Resultado de imagen de gisele harrus revidi El depósito de alimentos en un plato señala la apropiación de su contenido. Por esta razón inconsciente, la gente que está a régimen se comporta  a veces en la mesa, de forma aparentemente absurda, comiendo de pie, sirviéndose directamente de la fuente común sin hacer transitar el alimento por su plato, evitando así la apropiación simbólica, comportamiento que su entorno soporta mal. Procediendo así, consumen un alimento “anónimo” que, por arte de magia, no puede resultarles perjudicial, cosa que los demás, dentro de la misma lógica del inconsciente, viven como una agresión en la parte que personalmente les corresponde.
 Picotear o comer del plato ajeno abre un abanico de relaciones que abarca todos los registros de la agresividad humana, desde la rivalidad de odio fraterno hasta los preludios de la agresión amorosa, en la que el plato prefigura el lecho donde se unirán los cuerpos.
 Finalmente, junto con el lecho, el plato es siempre el último refugio contra la angustia de la soledad y el sentimiento de pérdida de uno mismo: es la superficie en donde, una y otra vez, se busca la sustancia vital que debería tapar la grieta que se produce en el cuerpo. En las prisiones o, anteriormente, en el ejército, los individuos desposeídos de todo tenían, sin embargo, su escudilla personal. ¿Ofrecían inconscientemente dichas instituciones un objeto que permitiera evitar la pérdida de identificación? Transmutado a veces en objeto transicional, en determinados momentos de autismo presentes en todos, el plato permite también reconocer el mundo exterior simbolizado mediante los buenos objetos incorporables. “Entre la persona social y su propio cuerpo en el que la naturaleza se desata, entre ese mismo cuerpo y el universo biológico y físico los utensilios de mesa o de aseo cumplen una función eficaz a título de aislantes o de mediadores. La interposición de sus presencias evita la descarga catastrófica que amenazaría con producirse”. Los utensilios canalizan la pulsión arcaica situando la cultura entre el hombre primario y el mundo. Al hacer esto, ejercen una función política, ya que la función de lo político es gestionar la penuria, ya sea la materialidad, la falta en ser o la castración lo que aquella recubra. Los pletóricos servicios de la mesa versallesca tenían por función el interponerse entre el rey y sus súbditos y acentuaban, por su suntuosidad, la distancia entre las reales pulsiones y las necesidades vitales proletarias.
 El plato es finalmente, y sobre todo, negación del vacío, objeto de renegación de la falta. Todo continente sustenta la evidencia de un contenido, todo contenido participa, por tanto, teóricamente de la lucha contra el horror vacui. Cuando la mirada abarca la superficie de ese objeto familiar, representaciones imaginarias, incluso alucinatorias, coexisten en el propio acto de la percepción. De todas formas, incluso vacío, el plato no es tanto vacío absoluto del mundo como vacío de una porción familiar, aquella, concebible, abocada a la ingestión y no la de la angustia metafísica profunda. Un vacío estrictamente delimitado frustra, castiga o angustia, pero puede ser contenido en la psique sin temor de derrumbamiento.
 En torno a la mesa familiar, la silla y el plato vacíos designan el sitio del otro: viajero, pobre, ausente o muerto. Esta vacuidad hace presente al Desconocido que puede surgir y reclamar lo que se le debe y, como respuesta, el gesto caritativo sirve de hecho para conjurar la miseria, la soledad, el duelo. Ex nihilo, el espacio infinito es espacio de vida, sin límites humanos, representación de la inexistencia de sí mismo y de Dios. Baudelaire hace rimar vide (vacío) con avide (ávido), porque en la propia angustia del vacío nace una avidez insaciable: “Cuando ávido (avide) responde a vacío (vide), el vacío se experimenta en el fondo de una boca que desea, se siente en el hueco de la garganta o en el hueco del estómago, como una necesidad “devoradora”, o como una insatisfacción que nada clama […]. La insaciabilidad es indicio del error cometido por los que escogen alimentos corruptibles y que dependen del azar”. El plato y el alimento efímero con que se llena fijan al hombre en el instante, en lo inmanente, en lo relativo, mientras que el vacío contra natura lo llena de una angustia fría y mortífera.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Trea, 2004, en traducción de Matilde Bohigas Hurtado, pp. 141-146. ISBN: 84-9704-125-9.]

sábado, 13 de junio de 2020

Catorce puntos para la paz mundial (Antología del discurso político).- Woodrow Wilson (1856-1924)

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Catorce puntos para la paz mundial   
(8 de enero de 1918, Congreso de los Estados Unidos, Washington D.C.)

  «Una y otra vez hemos presentado con plenitud nuestro pensamiento y propósito al mundo. Hay, además, una voz que pide esas definiciones de principio y propósito que es, a mi entender, más conmovedora y apremiante que cualquiera de las muchas emotivas voces que llenan el perturbado aire del mundo. Es la voz del pueblo ruso. Están postrados y casi indefensos ante la siniestra potencia de Alemania, que hasta ahora no ha conocido aplacamiento ni piedad. Aparentemente, su poder está hecho añicos. Y, sin embargo, su alma no es servil. No cederán en el principio ni en la acción. […] Lo crean o no sus actuales dirigentes, nuestro más sentido deseo y nuestra más sentida esperanza es que pueda establecerse un medio a través del cual tengamos el honor de ayudar al pueblo de Rusia a alcanzar su plena esperanza de libertad y paz ordenada.    
 Entramos en esta guerra porque se produjeron unas violaciones del Derecho que nos afectaron en lo más vivo y hacían imposible la vida de nuestro pueblo. Lo que pedimos es que el mundo sea un lugar apto y seguro para vivir y, en particular, para todo país amante de la paz que, como el nuestro, desee vivir su propia vida, decidir sus instituciones, recibir garantías de justicia y tratos justos por parte de otros pueblos, así como contra la fuerza y la agresión egoísta.
 El programa de la paz mundial es nuestro programa; y este programa, el único programa posible, a nuestro entender es éste:
 1.-Deben alcanzarse acuerdos abiertos de paz, de acuerdo con los cuales no habrá decisiones ni acciones internacionales particulares de ningún tipo, sino que la diplomacia procederá siempre con franqueza y a la vista pública.
 2.-Libertad absoluta de navegación por los mares, fuera de las aguas territoriales, tanto en la paz como en la guerra, excepto cuando los mares queden cerrados de forma total o parcial debido a una acción internacional para el cumplimiento de acuerdos internacionales.
 3.-La supresión, en el mayor grado posible, de todas las barreras económicas y el establecimiento de una igualdad de condiciones comerciales entre todos los países que consienten en la paz y en asociarse entre ellos para mantenerla.
 4.-Se darán y aceptarán las garantías adecuadas para que los armamentos nacionales se reduzcan al nivel más bajo compatible con la seguridad interior.
 5.-Una resolución libre, razonable y completamente imparcial de todas las reclamaciones coloniales, de acuerdo a una estricta observancia del principio según el cual en la determinación de todas esas cuestiones de soberanía los intereses de la población implicada deben tener igual peso que las reclamaciones justas del Gobierno cuyo derecho deba determinarse.
 6.-La evacuación de todo el territorio ruso y un arreglo de todas las cuestiones referentes a Rusia de un modo que le asegure la mejor y más libre cooperación de los demás países del mundo en el acceso a una oportunidad sin trabas para la determinación independiente de su propio desarrollo político y su propia política nacional, y que le asegure una sincera bienvenida en la sociedad de las naciones libres bajo instituciones de su propia elección; y, más que una bienvenida, también la ayuda de todo tipo que pueda necesitar y desear.
Antología del discurso político - Catarata 7.-Bélgica, según estará de acuerdo todo el mundo, debe ser evacuada y devuelta sin ningún intento de limitar la soberanía de que goza en común con todas las demás naciones libres. Sin este acto reparador, toda la estructura y validez de la legislación internacional queda menoscabada para siempre.
 8.-Todo territorio francés debe ser liberado y las partes invadidas devueltas, y el daño hecho a Francia por Prusia en 1871 en la cuestión de Alsacia-Lorena, que ha perturbado la paz del mundo durante casi cincuenta años, deberá ser corregido con el fin de que la paz pueda estar de nuevo asegurada en beneficio de todos.
 9.-Debería efectuarse un reajuste de las fronteras de Italia siguiendo unas líneas claramente reconocibles de nacionalidad.
 10.-Los pueblos de Austria-Hungría, cuyo lugar entre las naciones deseamos ver salvaguardados y asegurados, deberían tener la oportunidad más libre de desarrollo autónomo.
 11.-Rumanía, Serbia y Montenegro deberían ser evacuados; los territorios ocupados, devueltos; Serbia, obtener un acceso libre y seguro al mar, y las relaciones de los diversos Estados balcánicos entre sí, regirse por el parecer amistoso siguiendo líneas históricamente establecidas de lealtad y nacionalidad; asimismo, deberían darse garantías internacionales de la independencia política y económica y de la integridad territorial de los diversos Estados balcánicos.
 12.-Las partes turcas del actual Imperio otomano deberían recibir garantías de una soberanía firme, pero habría que garantizar a las otras nacionalidades que se encuentran ahora bajo gobierno turco una indudable seguridad vital y una oportunidad de desarrollo autónomo no perturbada por interferencia alguna; y los Dardanelos deberían abrirse permanentemente como paso libre para los barcos y el comercio de todos los países de acuerdo con garantías internacionales.
 13.-Debería crearse un Estado polaco que incluyera los territorios habitados por poblaciones indiscutiblemente polacas, con acceso libre y seguro al mar, y cuya independencia política y económica e integridad territorial quedaran garantizadas por un acuerdo internacional.
 14.-Debe formarse una asociación general de naciones de acuerdo con convenios específicos con el propósito de conceder a los Estados grandes y pequeños, sin distinción alguna, garantías mutuas de independencia política e integridad territorial.
 No cabe duda de que hemos hablado en términos demasiado concretos para admitir ninguna duda o pregunta. Un principio evidente recorre todo el programa que he esbozado. Es el principio de justicia para todos los pueblos y nacionalidades, y sus derechos a vivir en igualdad de condiciones de libertad y seguridad con los demás, ya sean fuertes o débiles. Si este principio no se convierte en parte de sus cimientos, no se sostendrá ninguna parte de la estructura de justicia internacional.»

    [El texto pertenece a la edición en español del volumen "Antología del discurso político", en edición de Antonio Rivera; editorial Los Libros de la Catarata, 2016. ISBN: 978-84-9097-117-8.]

miércoles, 31 de julio de 2019

El animal público.- Manuel Delgado (1956)


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I.-Heterópolis: la experiencia de la complejidad
2.-Espacios en movimiento, sociedades sin órganos

«Las teorías sobre lo urbano resumidas hasta aquí nos deberían conducir a una reconsideración de lo que es una calle y lo que implica cuanto sucede en ella. Los proyectadores de ciudades han sostenido que la delineación viaria es el aspecto del plan urbano que fija la imagen más duradera y memorable de una ciudad, el esquema que resume su forma, el sistema de jerarquías y pautas espaciales que determinará muchos de sus cambios en el futuro. Pero es muy probable que esa visión no resulte sino de que, como la arquitectura misma, todo proyecto viario constituye un ensayo para someter el espacio urbano, un intento de dominio sobre lo que en realidad es improyectable. Las teorías de lo urbano deberían permitirnos reconocer cómo, más allá de cualquier intención colonizadora, la organización de las vías y cruces urbanos es el entramado por el que oscilan los aspectos más intranquilos del sistema de la ciudad, los más asistemáticos.
 A la hora de desvelar la lógica a que obedecen esos aspectos más inquietos e inquietantes del espacio ciudadano se hace preciso recurrir a topografías móviles o atentas a la movilidad. De éstas se desprendería un estudio de los espacios que podríamos llamar transversales, es decir espacios cuyo destino es básicamente el de traspasar, cruzar, intersectar otros espacios devenidos territorios. En los espacios transversales toda acción se plantearía como un a través de. No es que en ellos se produzca una travesía, sino que son la travesía en sí, cualquier travesía. No son nada que no sea un irrumpir, interrumpir y disolverse luego. Son espacios-tránsito. Entendido cualquier orden territorial como axial, es decir como orden dotado de uno o varios ejes centrales que vertebran en torno a ellos un sistema o que lo cierran conformando un perímetro, los espacios o ejes transversales mantienen con ese conjunto de rectas una relación de perpendicularidad. No pueden fundar, ni constituir, ni siquiera limitar nada. Tampoco son una contradirección, ni se oponen a nada concreto. Se limitan a traspasar de un lado a otro, sin detenerse.
 He aquí algunas de las nociones que se han puesto al servicio de la definición de ese espacio transversal, espacio que sólo existe en tanto que aparece como susceptible de ser cruzado y que sólo existe en tanto que lo es. Un prehistoriador de la escuela durkheimiana, André Leroi-Gourhan, se refería, para un contexto bien distinto pero extrapolable, a la existencia de un espacio itinerante. Desde la Escuela de Chicago, Ernest E Burgess concibió el mapa de la ciudad como divisible en zonas concéntricas, una de las cuales, la zona de transición, no era otra cosa que un pasillo entre el distrito central y las zonas habitacionales y residenciales que ocupaban los círculos más externos. Lo más frecuente era permanecer en esa área transitoriamente, excepto en el caso de sus vecinos habituales, gentes caracterizadas por lo frágil de su asentamiento social: inmigrantes, marginados, artistas, viciosos, etc. Desde la escuela belga de sociología urbana, Jean Remy ha sugerido, a partir de esa misma idea, el concepto de espacio intersticial para aludir a espacios y tiempos "neutros", ubicados con frecuencia en los centros urbanos, no asociados a actividades precisas, poco o nada definidos, disponibles para que en ellos se produzca lo que es a un mismo tiempo lo más esencial y lo más trivial de la vida ciudadana: una sociabilidad que no es más que una masa de altos, aceleraciones, contactos ocasionales altamente diversificados, conflictos, inconsecuencias. Siempre en ese mismo sentido, Isaac Joseph nos habla de lugar-movimiento, lugar cuya característica es que admite la diversidad de usos, es accesible a todos y se autorregula no por disuasión sino por cooperación. Jane Jacobs designaría ese mismo ámbito como tierra general, "tierra sobre la cual la gente se desplaza libremente, por decisión propia, yendo de aquí para allá a donde le parece", y que se opone a la tierra especial, que es aquella que no permite o dificulta transitar a través de ella. Todas estas oposiciones se parecen a la propuesta por Erving Goffman, en relación con el espacio personal, entre territorios fijos -definidos geográficamente, reivindicables por alguien como poseíbles, controlables, transferibles o utilizables en exclusiva-, y territorios situacionales, a disposición del público y reivindicables en tanto que se usan y sólo mientras se usan. Otra concepción aplicable también a los estados transitorios en que se da lo urbano -propuesta desde una embrionaria antropología del movimiento- sería la de territorio circulatorio, superpuesto a los espacios residenciales y ajeno a cualquier designación topológica, administrativa o técnica que se le quiera imponer.
 Esos espacios abiertos y disponibles serían también aquellos a cuyo conocimiento podría aplicársele lo que Henri Lefebvre y, antes, Gabriel Tarde reclamaban como una suerte de hidrostática o dinámica de fluidos destinada al conocimiento de la dimensión más imprevisible del espacio social. Se anticipaban así a las aproximaciones efectuadas a las morfogénesis espaciales desde la cibernética y las teorías sistémicas, que han observado cómo la actividad autónoma y autoorganizada de los actores agentes de las dinámicas espaciales suscita todo tipo de estructuras disipativas, fluctuaciones y ruidos. Así, para Lefebvre, el espacio social es hipercomplejo y aparece dominado por "fijaciones relativas, movimientos, flujos, ondas, compenetrándose unas, las otras enfrentándose".
 Pero el concepto que mejor ha sabido resumir la naturaleza puramente diagramática de lo que sucede en la calle es el de espacio, tal y como lo propusiera Michel de Certeau para aludir a la renuncia a un lugar considerable como propio, o a un lugar que se ha esfumado para dar paso a la pura posibilidad de lugar, para devenir, todo él, umbral o frontera. La noción de espacio remite a la extensión o distancia entre dos puntos, ejercicio de los lugares haciendo sociedad entre ellos, pero que no da como resultado un lugar, sino tan sólo, a lo sumo, un tránsito, una ruta. Lo que se opone al espacio es la marca social del suelo, el dispositivo que expresa la identidad del grupo, lo que una comunidad dada cree que debe defender contra las amenazas externas e internas, en otras palabras un territorio. Si el territorio es un lugar ocupado, el espacio es ante todo un lugar practicado. Al lugar tenido por propio por alguien suele asignársele un nombre mediante el cual un punto en un mapa recibe desde fuera el mandato de significar. El espacio, en cambio, no tiene un nombre que excluya todos los demás nombres posibles: es un texto que alguien escribe, pero que nadie podrá leer jamás, un discurso que sólo puede ser dicho y que sólo resulta audible en el momento mismo de ser emitido.»
 
       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999. ISBN: 84-339-0580-5.]

viernes, 22 de febrero de 2019

La Constitución de Cádiz (1812).- Cortes Generales de España (185 diputados)


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Título I: De la Nación española y de los españoles.
Capítulo I: De la Nación española.
 
«Artículo 1.-La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
 Artículo 2.-La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.
 Artículo 3.-La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.
 Artículo 4.-La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad, y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.
Capítulo II: De los españoles.
 
 Artículo 5.-Son españoles:
 Primero: Todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas, y los hijos de éstos.
 Segundo: Los extranjeros que hayan obtenido de las Cortes carta de naturaleza.
 Tercero: Los que sin ella lleven diez años de vecindad, ganada según la ley en cualquier pueblo de la Monarquía.
 Cuarto: Los libertos desde que adquieran la libertad en las Españas.
 Artículo 6.-El amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos.
 Artículo 7.-Todo español está obligado a ser fiel a la Constitución, obedecer las leyes y respetar las autoridades establecidas.
 Artículo 8.-También está obligado todo español, sin distinción alguna, a contribuir en proporción de sus haberes para los gastos del Estado.
 Artículo 9.-Está asimismo obligado todo español a defender la patria con las armas, cuando sea llamado por la ley.
 
 Título II: Del territorio de las Españas, su religión y gobierno, y de los ciudadanos españoles.
 Capítulo I: Del territorio de las Españas.
 
 Artículo 10.-El territorio español comprende en la Península con sus posesiones e islas adyacentes, Aragón, Asturias, Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Cataluña, Córdoba, Extremadura, Galicia, Granada, Jaén, León, Molina, Murcia, Navarra, Provincias Vascongadas, Sevilla y Valencia, las islas Baleares y las Canarias con las demás posesiones de África. En la América septentrional, Nueva España con la Nueva-Galicia y península de Yucatán, Guatemala, provincias internas de Oriente, provincias internas de Occidente, isla de Cuba con las dos Floridas, la parte española de la isla de Santo Domingo y la isla de Puerto Rico con las demás adyacentes a éstas y al continente en uno y otro mar. En la América meridional, la Nueva-Granada, Venezuela, el Perú, Chile, provincias del Río de la Plata y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas Filipinas y las que dependen de su gobierno.
 Artículo 11.-Se hará una división más conveniente del territorio español por una ley constitucional luego que las circunstancias políticas de la Nación lo permitan.
 
Capítulo II: De la religión.
 
 Artículo 12.-La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra.
Capítulo III: Del Gobierno.
 
 Artículo 13.-El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen.
 Artículo 14.-El Gobierno de la Nación española es una Monarquía moderada hereditaria.
 Artículo 15.-La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey.
 Artículo 16.-La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el Rey.
 Artículo 17.-La potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales reside en los tribunales establecidos por la ley.

Capítulo IV: De los ciudadanos españoles
 
 Artículo 18.- Son ciudadanos aquellos españoles que por ambas líneas traen su origen de los dominios españoles de ambos hemisferios y están avecindados en cualquier pueblo de los mismos dominios.
 Artículo 19.-Es también ciudadano el extranjero que gozando ya de los derechos de español, obtuviere de las Cortes carta especial de ciudadano.
 Artículo 20.-Para que el extranjero pueda obtener de las Cortes esta carta, deberá estar casado con española, y haber traído o fijado en las Españas alguna invención o industria apreciable, o adquirido bienes raíces por los que pague una contribución directa, o establecídose en el comercio con un capital propio y considerable a juicio de las mismas Cortes, o hecho servicios señalados en bien y defensa de la Nación.
 [...]
 Artículo 24.-La calidad de ciudadano español se pierde:
 Primero: Por adquirir naturaleza en país extranjero.
 Segundo: Por admitir empleo de otro Gobierno.
 Tercero: Por sentencia en que se impongan penas aflictivas o infamantes, si no se obtiene rehabilitación.
 Cuarto: Por haber residido cinco años consecutivos fuera del territorio español, sin comisión o licencia del Gobierno.
 Artículo 25.-El ejercicio de los mismos derechos se suspende:
 Primero: En virtud de interdicción judicial por incapacidad física o moral.
 Segundo: Por el estado de deudor quebrado, o de deudor a los caudales públicos.
 Tercero: Por el estado de sirviente doméstico.
 Cuarto: Por no tener empleo, oficio o modo de vivir conocido.
 Quinto: Por hallarse procesado criminalmente.
 Sexto: Desde el año de mil ochocientos treinta deberán saber leer y escribir los que de nuevo entren en el ejercicio de los derechos de ciudadano.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 2002. ISBN: 84-9740-031-3.]