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domingo, 19 de febrero de 2023

Anábasis de Alejandro Magno.- Lucio Flavio Arriano (h. 86 - 175)

Flavio Arriano - Wikipedia, la enciclopedia libre
Libro II

El nudo gordiano

   «Una vez Alejandro en Gordio, se apoderó de él un vivo deseo de subir a la ciudadela, donde se encontraba el palacio de Gordio y de su hijo Midas, para ver su carro y el nudo del yugo de su carro. Existía una leyenda muy difundida entre los habitantes de la región a propósito de aquel carro. Decían, en efecto, que Gordio fue un antiguo pobre frigio que sólo poseía un puñado de tierra que trabajar y dos yuntas de bueyes; una le servía para arar, y con la otra Gordio llevaba el carro. Encontrándose cierto día arando, un águila se posó sobre el yugo y permaneció posada en él hasta que fue la hora de desuncir los bueyes; Gordio, maravillado ante lo que veía, se puso en marcha a dar conocimiento del prodigio a los adivinos telmiseos, ya que estos telmiseos eran sabios en la interpretación de prodigios, don éste que habían heredado (y que también poseían sus mujeres y niños) de sus mayores. Al acercarse a un poblado telmiseo, se encontró con una joven que estaba sacando agua, y le contó lo que le había sucedido con el águila. Ella (que también era de familia adivina) le ordenó que regresara a aquel sitio e hiciera un sacrificio a Zeus Rey. Pidióle él que le acompañara y le explicara el sacrificio, y Gordio lo celebró tal como ella le había indicado. De sus relaciones con la muchacha les nació un hijo al que llamaron Midas. Llegado a la edad adulta, fue Midas un hombre noble y de buen porte; pues bien, sufrían por aquel entonces los frigios una guerra civil y les había vaticinado el oráculo que un carro les traería un rey que pondría fin a su guerra fratricida. Cuando aún estaban éstos deliberando sobre ello, apareció Midas acompañado de su padre y de su madre, e hizo detener su carro en plena asamblea. Los frigios, interpretando el oráculo, reconocieron en él a aquel hombre que, según el dios, vendría en el carro. A continuación le hicieron su rey, y fue así como Midas puso fin a la guerra civil. En agradecimiento a Zeus Rey por haberle enviado el águila, depositó el carro de su padre como ofrenda en la acrópolis de la ciudad.
 A más de ésta, corría otra leyenda sobre este carro: estaba vaticinado que quien fuera capaz de soltar el nudo del yugo del carro gobernaría en toda el Asia. El nudo era de hilachas de cornejo, y parecía no tener principio ni fin. Alejandro, en vista de lo difícil que resultaba encontrar un modo de desatarlo y como, de otra parte, no podía consentir que quedara atado, no fuera a ser que ello influyera en el ánimo de sus hombres, cercenó —según dicen— el nudo con un golpe de su espada y exclamó: ¡Ya está desatado!
 Aristobulo, sin embargo, cuenta que Alejandro, desenganchando la clavija de la lanza del carro (se trataba de una estaquilla que atraviesa de parte a parte la lanza), sujetó simultáneamente el nudo hasta liberar el yugo de la lanza del carro.
 No puedo yo precisar de qué modo actuó Alejandro en este asunto del nudo; el caso es que él y los suyos dejaron el carro seguros de que el oráculo sobre la liberación del nudo estaba cumplido, pues además también aquella noche hubo truenos y relámpagos en el cielo, como indicios de algo prodigioso. Alejandro, a la vista de ello, ofreció al día siguiente sacrificios en honor de los dioses que habían manifestado estas señales por la desatadura del nudo.

Alejandro enfermo

  Al día siguiente, Alejandro se puso en camino hacia Ancira, en Galacia. Se presentó ante él una embajada del pueblo paflagonio con ofertas de sumisión y promesas de formalizar un pacto, solicitándole a cambio no entrar en el país por la fuerza. Alejandro les ordenó que prestaran obediencia a Cala, el sátrapa de Frigia, mientras él se adentraba en la región de Capadocia, atrayéndose a su bando a toda la zona hasta el río Halis, y gran parte de la del otro lado del río. Dejó a Sabictas como sátrapa de Capadocia, y se puso al frente de sus tropas en dirección a las Puertas Cilicias.
 Al poco llegó al campamento de Ciro (a quien acompañara Jenofonte en su expedición), y al ver que las Puertas estaban custodiadas por una poderosa guarnición, dejó allí a Parmenión con los batallones de infantería que estaban dotados de armamento más pesado, mientras que él, a la hora del cambio de la primera guardia, tomó a sus hipaspistas, arqueros y agrianes, y avanzó durante la noche contra las Puertas, con intención de caer sobre la guardia cogiéndolos por sorpresa. Aunque su avance no pasó desapercibido, su acto de osadía tuvo el mismo efecto, ya que los centinelas, al ver que era el propio Alejandro quien abría la expedición, abandonaron su puesto y se retiraron en huida. Al día siguiente, a la hora del alba, cruzó con todas sus fuerzas las Puertas, iniciando así el descenso hacia Cilicia. Le llegaron noticias por entonces de que Arsames, que antes planeaba conservar la ciudad de Tarso para los persas, pensó ahora abandonarla al haberse enterado de que Alejandro ya había sobrepasado las Puertas, por lo cual los habitantes de Tarso temían que Arsames se entregara al saqueo de la ciudad antes de abandonarla. Enterado de esto Alejandro, llevó a la carrera hacia Tarso a la caballería y las tropas más ligeras, para que Arsames, al percatarse de lo inmediato de su ataque, abandonara Tarso y se reuniera con el rey Darío sin dejarle expoliar la ciudad.
Anabasis Alejandro Magno libros i-iii: 049 B. CLÁSICA GREDOS ... Dice Aristobulo que Alejandro fue víctima aquí de una enfermedad; según otros, sin embargo, ocurrió que Alejandro contrajo unas fuertes fiebres que le provocaron convulsiones e insomnio después de haberse bañado (sudoroso y acalorado como estaba) durante un buen rato en el río Cidno, cuyas aguas fluyen puras y frías por medio de la ciudad, después de atravesar una zona despejada desde las cimas del monte Tauro. Los médicos creyeron que Alejandro no sobreviviría, aunque Filipo, un médico acarnanio que acompañaba a Alejandro y que gozaba de fama de hombre entendido en medicina, y que era además de acreditado comportamiento en el campo de batalla, fue partidario de purgar a Alejandro, quien a su vez se mostraba plenamente de acuerdo con el tratamiento. Mas ocurrió que cuando ya le preparaban la copa, le fue entregada a Alejandro una carta de parte de Parmenión que decía: “Cuídate de Filipo, he oído que ha sido comprado por el dinero de Darío para darte muerte mediante un brebaje.” Alejandro leyó la nota con atención, y teniéndola aún en la mano, cogió la copa de purgante y dio a leer a Filipo la nota, bebiéndose el purgante al tiempo que Filipo leía la nota de Parmenión.
 Al poco rato se hizo evidente que Filipo había acertado plenamente en la prescripción del remedio; es más, no se turbó siquiera al leer la nota, sino que lo único que le rogó a Alejandro fue que le obedeciera hasta el final en cuanto le había recomendado, porque su salvación dependía de que siguiera sus instrucciones. En verdad, el purgante hizo efecto y cesó su dolencia.
 Alejandro dio pruebas así a Filipo de ser un amigo que da crédito a sus amigos, y las dio también a sus generales de que él confiaba plenamente en sus amigos incluso ante circunstancias insospechadas, demostrándoles al mismo tiempo su valentía frente a la muerte.

Alejandro en Tarso
 
 Poco después envió a Parmenión hacia el otro paso que divide el territorio cilicio del asirio para que lo ocupara él primero y poder controlar desde allí todos los accesos. Cedió a Parmenión para que le acompañaran toda la infantería aliada, los mercenarios griegos y los tracios que mandaba Sitalces, así como los jinetes tesalios. Alejandro fue el último en levantar el campamento de Tarso, para llegar al día siguiente a la ciudad de Anquíalo, que, según la leyenda, había construido el asirio Sardanápalo. Por su perímetro y por los cimientos de sus murallas se veía que esta ciudad había sido una gran construcción, y que su poderío había debido alcanzar gran importancia. La tumba de Sardanápalo está cerca de los muros de Anquíalo, y el propio Sardanápalo está sentado sobre ella, con sus manos entrelazadas como si fuera a tocar palmas, y había inscrito en ella un epigrama en caracteres asirios; según los asirios, era una inscripción en verso y el sentido de sus palabras, el siguiente: "SARDANÁPALO, EL HIJO DE ANACINDARAJES, CONSTRUYÓ LAS CIUDADES DE ANQUÍALO Y TARSO EN UN SOLO DÍA. TÚ, EXTRANJERO, COME Y BEBE Y DIVIÉRTETE, PORQUE TODO LO DEMÁS EN LA VIDA NO VALE ESTO" (aludía al aplauso que las palmas hacen al batir), aunque decían que el "DIVIÉRTETE" tenía en lengua asiria mayor picardía.
 Desde Anquíalo llegó Alejandro a Solos, e impuso a sus habitantes una guarnición y los penalizó con una multa de doscientos talentos de plata por haberse mostrado mejor predispuestos para con los persas. Reuniendo tres batallones de infantería macedonios, todos los arqueros y los agrianes, partió desde aquí contra los cilicios que ocupaban las alturas. En total empleó siete días en desalojar por la fuerza a unos y atraerse a otros mediante pactos; al cabo de este tiempo regresó a Solos.
 Tuvo noticias entonces de que Tolomeo y Asandro habían derrotado a Orontóbates, el persa encargado de la protección de la ciudadela de Halicarnaso y de la custodia de Mindo, Cauno, Tera y Calípolis, y a quien estaban sometidas también Cos y Triopio. La nota le decía que Orontóbates había sido derrotado en una gran batalla en la que habían muerto setecientos de sus infantes y unos cincuenta jinetes, a más de habérsele capturado no menos de mil prisioneros. En Solos, Alejandro ofreció un sacrificio a Asclepio, participando él en persona y todo el ejército, y celebró una carrera de antorchas e instituyó un certamen gimnástico y literario. A los habitantes de la ciudad les permitió gobernarse según su régimen democrático.
 Poco después se puso de nuevo en marcha en dirección a Tarso, y mientras tanto envió a Filotas al frente de la caballería para que se dirigiera a través de la llanura de Aleia hacia el río Píramo, mientras él se acercaba con la infantería y el escuadrón real a Magarso, donde ofreció sacrificios a Atenea de Magarso. Desde aquí marchó a Malo, y sacrificó según correspondía a su héroe Anfíloco. Acabó con la revuelta civil en que encontró a sus habitantes, y perdonó los tributos que pagaban al rey Darío, ya que la ciudad de Malo era una colonia de Argos, y él se consideraba descendiente de los Heraclidas de Argos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1982, en traducción de Antonio Guzmán Guerra, pp. 166-171. ISBN: 84-249-0266-1. Tomo I.]

domingo, 19 de junio de 2022

El jilguero.- Donna Tartt (1963)


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Badr al-Dine
XII

  «Antes de conocer a Boris yo llevaba mi soledad de forma estoica, sin ser muy consciente de lo solo que estaba. Supongo que si él o yo hubiéramos vivido en una casa la mitad de normal, con toques de queda, tareas domésticas y supervisión por parte de los adultos, no nos habríamos vuelto tan inseparables, pero casi a partir de aquel día pasamos todo el tiempo juntos, gorroneando comida y compartiendo el dinero que teníamos.
 En Nueva York yo había crecido rodeado de un montón de chicos que tenían mucho mundo, habían vivido en el extranjero y hablaban tres o cuatro idiomas, o hacían cursos de verano en Heidelberg y pasaban las vacaciones en lugares como Río, Innsbruck o Cap d’Antibes. Pero Boris, como un viejo capitán de barco, los dejaba a todos en la sombra. Él había montado a camello; había comido larvas witjuti, jugado a críquet, contraído malaria, vivido en las calles de Ucrania («pero sólo dos semanas»), desactivado él mismo un cartucho de dinamita y nadado en ríos australianos plagados de cocodrilos. Había leído a Chéjov en ruso, y a autores que yo desconocía en ucraniano y polaco. Había soportado la oscuridad de mediados de invierno en Rusia, donde las temperaturas caían hasta cuarenta grados bajo cero —ventiscas interminables, nieve y hielo negro— y donde la única alegría era la palmera de neón verde encendida las veinticuatro horas del día fuera del bar provinciano adonde a su padre le gustaba ir a beber. Aunque solo tenía un año más que yo —quince—, se había acostado con una chica en Alaska. Le gorroneó un cigarrillo en el aparcamiento de un supermercado y ella le preguntó si quería sentarse en el coche con ella, y así empezó todo.
  —Pero ¿sabes qué? —dijo exhalando el humo por una comisura de la boca—. Me parece que a ella no le gustó mucho.
  —¿Y a ti?
  —Dios, sí. Aunque, si te digo la verdad, me di cuenta de que no lo estaba haciendo muy bien. Creo que no había demasiado espacio en el coche.
  Todos los días volvíamos a casa juntos en el autobús escolar. En el centro cívico a medio construir que había en el borde de los Desatoy a Estates, con candados en las puertas y palmeras muertas en las macetas, había un parque infantil abandonado donde comprábamos refrescos y barritas de chocolate del suministro cada vez más reducido de las máquinas expendedoras, y nos sentábamos en los columpios a fumar y hablar. Los arranques de mal humor y las depresiones de Boris, que eran frecuentes, se alternaban con insensatos estallidos de carcajadas; era desenfrenado y pesimista, a veces me hacía reír hasta que me dolían los costados, y siempre tenía tanto que decir que perdíamos la noción del tiempo y nos quedábamos allí hasta que ya era de noche. En Ucrania había visto cómo pegaban un tiro en el estómago a un cargo público al dirigirse a su coche, convirtiéndose en testigo no del francotirador sino del hombre de anchos hombros con un abrigo demasiado pequeño que cayó de rodillas sobre la nieve en la oscuridad. Me habló de los pequeños colegios con tejado de zinc que había cerca de la reserva de los chippewa de Alberta, me cantó canciones infantiles en polaco (“Como deberes, en Polonia, nos hacían aprender de memoria un poema, una canción o una especie de oración”) y me enseñó palabrotas en ruso (“Esos son los verdaderos tacos, los de los gulags”). Me contó también que en Indonesia su amigo Bami, el cocinero, lo había convertido al islam: renunció al cerdo, hacía ayuno durante el Ramadán y rezaba de cara a La Meca cinco veces al día.
  —Pero ya no soy musulmán —comentó, arrastrando un dedo del pie por el polvo. Estábamos tumbados de espalda en el tiovivo, mareados por las vueltas—. Lo dejé hace tiempo.
  —¿Por qué?
  —Porque bebo.
  (Eso era quedarse corto: Boris bebía cerveza como otros chicos bebían Pepsi, y empezaba en cuanto llegábamos a casa del colegio).
  —¿Y a quién le importa? —pregunté—. ¿Por qué tiene que enterarse alguien?
  Hizo un ruidito de impaciencia.
  —Porque no está bien profesar una fe si no observas sus dictados. Es poco respetuoso hacia el islam.
  —Tonterías. Boris de Arabia. Suena bien.
  —Vete a la mierda.
  —No, en serio.
  —Me reí, apoyándome sobre los codos—. ¿De verdad llegaste a creer todo eso?
  —¿En qué?
   —Ya sabes. Alá y Mahoma. “No hay más Dios que Alá…”
  —No —respondió él un poco enfadado—, mi islam era una cuestión política.
  —¿Como los terroristas con bombas en el zapato?
EL JILGUERO - TARTT DONNA - Sinopsis del libro, reseñas, criticas ...  Él soltó una risotada.
  —Joder, no. Además, el islam no predica la violencia.
  —¿Entonces qué?
  Se bajó del tiovivo con la mirada alerta.
  —¿Qué quieres decir? ¿Intentas insinuar algo?
  —Eh, para el carro. Sólo estoy haciéndote una pregunta.
  —¿Y qué pregunta es?
  —¿Si te convertiste y todo eso es porque creías?
  Se echó hacia atrás y se rio como si le hubiera perdonado la vida.
   —¿Creer? ¡Ja! Yo no creo en nada.
  —¿Quieres decir ahora?
  —Quiero decir nunca. Bueno…, en la Virgen María. Pero ¿en Alá y en Dios…? No mucho.
  —Entonces, ¿por qué querías ser musulmán?
  —Porque… —Alzó las manos, como hacía a veces cuando no le salían las palabras— son unas personas maravillosas. ¡Fueron muy amables conmigo!
  —Eso es un comienzo.
  —Pero es cierto. Me pusieron un nombre árabe, Badr al-Dine. Badr es “luna”, y todo junto significa algo así como “la luna de la fidelidad”, pero dijeron: “Boris, tú eres badr porque iluminas todo, ahora que eres musulmán, iluminarás con tu religión el mundo, brillarás allá donde vayas”. Me encantó ser badr. Además, la mezquita era preciosa. Un palacio medio en ruinas, con estrellas centelleando en la noche y pájaros en el tejado. Un viejo javanés nos enseñaba el Corán. Me daban de comer y eran amables, y se aseguraban de que fuera aseado y tuviera ropa limpia. A veces me dormía sobre la alfombra de rezo. Y en salah, cerca del amanecer, cuando los pájaros se despertaban, siempre se oía el batir de sus alas.
  Aunque su acento era una mezcla realmente extraña de australiano y ucraniano, hablaba inglés casi con tanta fluidez como yo; y, teniendo en cuenta el poco tiempo que llevaba viviendo en Estados Unidos, era un conversador razonable al estilo amerikanskii. Siempre estaba manoseando su ajado diccionario de bolsillo (con su nombre garabateado en la primera página en alfabeto cirílico y en cuidadoso inglés debajo: BORIS VOLODIMIROVICH PAVLIKOVSKY), y yo no paraba de encontrar viejas servilletas de 7-Eleven y hojas de papel con listas de palabras y términos que él había confeccionado:
embridar y domesticar
celeridad
trattoria
sabelotodo = rhenjqkfwfy
propincuidad
Negligencia en el deber.

Cuando el diccionario le fallaba me consultaba a mí. “¿Qué significa sofomoro?”, me preguntaba examinando el tablón de anuncios que colgaba en el pasillo del colegio. “¿Hgar?” “¿Cncias Pol?” Nunca había oído la mayoría de los platos que había en la cafetería: fajitas, falafel, tetrazzini de pavo. Aunque entendía mucho de cine y de música, llevaba décadas de retraso; no tenía la menor idea de deportes o de la televisión, y aparte de unas pocas marcas europeas importantes como Mercedes y BMW, no distinguía un coche de otro. El dinero estadounidense lo confundía, y a veces también la geografía de Estados Unidos: ¿en qué provincia estaba California? ¿Podía decirle cuál era la capital de Nueva Inglaterra?
  Pero estaba acostumbrado a estar solo. Se despertaba alegremente por sí mismo para ir al colegio, hacía autoestop, firmaba sus boletines de las notas, y robaba comida y material de colegio. Una vez a la semana más o menos nos desviábamos unas millas de nuestro trayecto bajo un calor sofocante, protegidos por paraguas como miembros de alguna tribu indonesia, para coger el diminuto autobús local llamado CAT que por lo que yo sabía no utilizaba nadie salvo los borrachos o la gente demasiado pobre para tener un coche e hijos. Circulaba con poca frecuencia, y si lo perdíamos teníamos que esperar un buen rato a que llegara el siguiente, aunque entre las paradas había un centro comercial con un frío y brillante supermercado atendido por poco personal; allí Boris robaba bistecs, mantequilla, cajas de té, pepinos (una gran exquisitez para él), paquetes de beicon o incluso jarabe para la tos en una ocasión que yo tenía un resfriado, metiéndoselo en el forro rasgado de su fea gabardina gris (una prenda de hombre, demasiado grande para él, con los hombros caídos y un aire sombrío de bloque del Este, que hacía pensar en racionamiento de víveres y fábricas de la era soviética, y complejos industriales en Lvov u Odessa). Mientras daba vueltas alrededor, y o me quedaba al principio del pasillo, tan nervioso que a veces tenía miedo de desmayarme. Pero no tardé en llenarme los bolsillos de manzanas y chocolate (otros de los artículos favoritos de Boris) antes de acercarme con descaro al mostrador para comprar pan, leche y otros productos demasiado grandes para robarlos.»

     [El texto pertenece  a la edición en español de Ediciones Lumen, 2014, en traducción de Aurora Echeverría Pérez. ISBN: 978-84-2640-125-0.]

domingo, 23 de mayo de 2021

Psicoanálisis de la gula.- Giséle Harrus-Révidi (¿...?)


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Cuarta parte: Las delicias de la mesa

Capítulo VII: El plato

 «El deseo oral se asienta en el plato, que adquiere así, en cada comida, el estatuto efímero de territorio de la oralidad. A ninguno de nosotros le suscitan interrogantes su uso y su absoluta necesidad y, sin embargo, paradójicamente, no son demasiado evidentes:
 -Desde el punto de vista sociológico: ciertas civilizaciones, sobre todo africanas o norafricanas, dan preferencia a la fuente colectiva frente al plato individual, sin que aparentemente suponga molestia o motivo de conflicto para los individuos. La comunión amistosa, realzada por la hospitalidad tradicional, prevalece sobre la consumición individual.
 -Desde el punto de vista histórico y cultural: se han dado variaciones de hábitos, puesto que, “en Francia, se prefirió, durante bastante tiempo, una rebanada compacta de pan sobre la que se disponían los alimentos (tajadero)”. Formas y materiales de los platos fueron variando según los siglos y las clases sociales: primero fue un simple hueco en la madera de la mesa, después barro cocido, cobre, estaño, plata, plata dorada, oro macizo. Hoy en día, el plato puede ser blanco o coloreado, de loza o de porcelana, y aparentemente estas opciones sólo presuponen consideraciones estéticas.

 1.-El plato, territorio oral

 El territorio, en su acepción etológica (Lorenz), es la zona, fundamentada en el dominio sexual y en la posibilidad de saciar el hambre, que un animal se reserva y cuyo acceso se prohíbe a sus congéneres. En la actualidad, la noción de territorio casi ya no existe en el hombre (aun cuando los recientes acontecimientos yugoslavos podrían ser interpretados en parte desde esta óptica), mientras que los grupos prehistóricos, la civilización medieval en Europa o, en especial, las tribus de África o de Australia hacían todavía un uso riguroso de la misma.
 En una filiación inconsciente, etológica y sociológica a la vez, el modesto plato cumple la función de territorio oral exclusivo de cada uno, tornándose de esta suerte en espacio simbólico privilegiado, puesto que en nuestra civilización, sea cual fuere el aspecto considerado –político, económico, social o psicológico-, espacio y territorio individuales son cada vez más limitados y cada vez más precisos: “La evolución de nuestras grandes sociedades modernas tiende a pulverizar los marcos intermedios, a reducir los individuos a átomos intercambiables, a desposeerlos en provecho de un poder centralizado y anónimo”.
 ¿Qué posee realmente en exclusiva, para él solo, insistimos, el Homo economicus moderno, que no sea propiedad de ningún grupo, familia o holding?
 Todo individuo dotado de un vulgar instinto predador ejercido sobre los bienes materiales, incluso si es “normalmente” consciente de su alienación, se negaría a reconocer que únicamente su plato, su ropa (sobre todo sus zapatos) y su coche delimitan estructuras estrictamente personales, y quizás ni eso, únicamente por un breve lapso de tiempo. En cuanto al resto, lo quiera o no lo quiera, lo comparte: su casa, su cama, su dinero, sus hijos… Tenemos otra prueba más en el consumo: los artífices de la moda, fundados en símbolos económicos inconscientes, continúan poniendo límites sin cesar, “puesto que el mantel nivelador y unificador es sustituido por los sets individuales que señalan el territorio de cada uno, impidiendo que se me
zclen demasiado la existencia y los destinos de los partícipes reunidos en torno a una mesa”.
 El plato contiene nuestra parte de comida, dicho de otra manera: la porción de mundo que nos está reservada. De esta forma representa materialmente nuestra posibilidad de sobrevivir, porque la oscura angustia de la falta, contrariamente a las apariencias de nuestra sociedad de consumo, perdura en el fantasma arcaico. Esta ambigüedad entre lo real y lo imaginario nos conduce consecuentemente a la comprensión instintiva de ese rasgo de comportamiento, hoy chocante, por el que el plato es siempre defendido de las agresiones, incluso ficticias, del otro. En efecto, este utensilio es un fragmento de realidad y cumple inconscientemente la función de representación metonímica del instinto predador que, bien o mal reprimido, está presente en las pulsiones.
 En el fondo, está claro que “lo que se espera de la vajilla es que recoja y delimite una porción de mundo en la que se concentrará la atención y, a partir de ahí, se empezará a ordenar el mundo”. Hic et nunc, el orden del mundo comienza, y comenzará siempre, por el respeto hacia el contenido del palto del otro. Es frecuente observar que existe una agresividad que, en el momento de elegir los trozos de la fuente común para el propio plato, tiene ya buen cuidado de enmascararse con una aparente indiferencia que no resiste una observación cuidadosa. Los odios familiares irreversibles –todos lo sabemos aun cuando queramos ignorarlo- no tienen a menudo otro origen: “ellos” (los padres) comían demasiado o no lo suficiente, engullían egoístamente, se moderaban con ostentación. Por el sentimiento de culpa de mis padres o por sus reivindicaciones, el niño que fui era privado del conciliábulo feliz con su plato…
Resultado de imagen de gisele harrus revidi El depósito de alimentos en un plato señala la apropiación de su contenido. Por esta razón inconsciente, la gente que está a régimen se comporta  a veces en la mesa, de forma aparentemente absurda, comiendo de pie, sirviéndose directamente de la fuente común sin hacer transitar el alimento por su plato, evitando así la apropiación simbólica, comportamiento que su entorno soporta mal. Procediendo así, consumen un alimento “anónimo” que, por arte de magia, no puede resultarles perjudicial, cosa que los demás, dentro de la misma lógica del inconsciente, viven como una agresión en la parte que personalmente les corresponde.
 Picotear o comer del plato ajeno abre un abanico de relaciones que abarca todos los registros de la agresividad humana, desde la rivalidad de odio fraterno hasta los preludios de la agresión amorosa, en la que el plato prefigura el lecho donde se unirán los cuerpos.
 Finalmente, junto con el lecho, el plato es siempre el último refugio contra la angustia de la soledad y el sentimiento de pérdida de uno mismo: es la superficie en donde, una y otra vez, se busca la sustancia vital que debería tapar la grieta que se produce en el cuerpo. En las prisiones o, anteriormente, en el ejército, los individuos desposeídos de todo tenían, sin embargo, su escudilla personal. ¿Ofrecían inconscientemente dichas instituciones un objeto que permitiera evitar la pérdida de identificación? Transmutado a veces en objeto transicional, en determinados momentos de autismo presentes en todos, el plato permite también reconocer el mundo exterior simbolizado mediante los buenos objetos incorporables. “Entre la persona social y su propio cuerpo en el que la naturaleza se desata, entre ese mismo cuerpo y el universo biológico y físico los utensilios de mesa o de aseo cumplen una función eficaz a título de aislantes o de mediadores. La interposición de sus presencias evita la descarga catastrófica que amenazaría con producirse”. Los utensilios canalizan la pulsión arcaica situando la cultura entre el hombre primario y el mundo. Al hacer esto, ejercen una función política, ya que la función de lo político es gestionar la penuria, ya sea la materialidad, la falta en ser o la castración lo que aquella recubra. Los pletóricos servicios de la mesa versallesca tenían por función el interponerse entre el rey y sus súbditos y acentuaban, por su suntuosidad, la distancia entre las reales pulsiones y las necesidades vitales proletarias.
 El plato es finalmente, y sobre todo, negación del vacío, objeto de renegación de la falta. Todo continente sustenta la evidencia de un contenido, todo contenido participa, por tanto, teóricamente de la lucha contra el horror vacui. Cuando la mirada abarca la superficie de ese objeto familiar, representaciones imaginarias, incluso alucinatorias, coexisten en el propio acto de la percepción. De todas formas, incluso vacío, el plato no es tanto vacío absoluto del mundo como vacío de una porción familiar, aquella, concebible, abocada a la ingestión y no la de la angustia metafísica profunda. Un vacío estrictamente delimitado frustra, castiga o angustia, pero puede ser contenido en la psique sin temor de derrumbamiento.
 En torno a la mesa familiar, la silla y el plato vacíos designan el sitio del otro: viajero, pobre, ausente o muerto. Esta vacuidad hace presente al Desconocido que puede surgir y reclamar lo que se le debe y, como respuesta, el gesto caritativo sirve de hecho para conjurar la miseria, la soledad, el duelo. Ex nihilo, el espacio infinito es espacio de vida, sin límites humanos, representación de la inexistencia de sí mismo y de Dios. Baudelaire hace rimar vide (vacío) con avide (ávido), porque en la propia angustia del vacío nace una avidez insaciable: “Cuando ávido (avide) responde a vacío (vide), el vacío se experimenta en el fondo de una boca que desea, se siente en el hueco de la garganta o en el hueco del estómago, como una necesidad “devoradora”, o como una insatisfacción que nada clama […]. La insaciabilidad es indicio del error cometido por los que escogen alimentos corruptibles y que dependen del azar”. El plato y el alimento efímero con que se llena fijan al hombre en el instante, en lo inmanente, en lo relativo, mientras que el vacío contra natura lo llena de una angustia fría y mortífera.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Trea, 2004, en traducción de Matilde Bohigas Hurtado, pp. 141-146. ISBN: 84-9704-125-9.]