domingo, 19 de enero de 2020

Cartas de una pionera.- Elinore Pruitt Stewart (1876-1933)

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XIII.-De prueba

«14 de octubre de 1911
Querida señora Coney:
  Me imagino que estará ya esperando respuesta a su carta, de manera que intentaré contestar a tantas preguntas como recuerde, puesto que se me ha extraviado.
  Esta semana hemos andado con muchas prisas. Hemos tenido por aquí dos días a la brigada de la trilladora. Estuve ocupada cocinando para ellos dos días antes de su llegada y desde que se fueron he estado atareada limpiando la casa. Clyde se ha llevado la trilladora a la zona alta del valle para trillar para los vecinos, y todos los hombres se ha ido con él, así que los niños y yo nos hemos quedado solos.
  No, no se preocupe, no voy a perder mi tierra, eso sí, van a pasar más de dos años hasta que consiga la escritura. Para entonces habrá pasado el período de prueba requerido de cinco años. Si Clyde también hubiera estado en período de prueba, no habría podido mantener mi hacienda, pero afortunadamente lo había superado hacía años y estaba en poder de su escritura, de manera que tengo derecho a mi hacienda. Tampoco es que haya ejercido aún mi derecho de deserción, así que todavía me corresponden ciento sesenta acres más*. Algún día, cuando haya ahorrado el dinero suficiente, haré el pertinente registro. La ley exige el pago en efectivo de veinticinco centavos por acre a la hora de cumplimentar la instancia y un dólar más por acre para la verificación final. No me habría casado si Clyde no me hubiera prometido que se resolverían sin problemas todos los escollos relacionados con la propiedad de mi hacienda. No quería perderme el regocijo y la experiencia. Es por ese motivo que quiero reunir, por mí misma, hasta el último centavo que invierta en mi propia hacienda. A veces me da por cavilar cómo me las voy a arreglar, pero sé que lo lograré; otras mujeres también lo han hecho. Sé de varias que ahora se ríen de las dificultades pasadas. ¿Sabe una cosa? Yo creo firmemente en la risa. Soy realmente supersticiosa al respecto. Creo que si la Mala Suerte se cruzara en mi camino, pondría pies en polvorosa si alguien se riera en su cara estrepitosamente.
  Creo que Jerrine ha nacido para las leyes. Se las apaña siempre para evitar las preguntas que no le convienen. Durante mucho tiempo estuvo rezando por su hermano; también rezaba para que le trajéramos unos perritos. Le trajimos los cachorrillos, pero no se lo dijimos hasta que aprendieron a caminar. Una mañana los vio siguiendo a su madre y se puso a bailar de alegría. Cuando nació su hermanito se quedó francamente decepcionada. “Mamá”, dijo, “¿de verdad que fue Dios el que hizo al bebé?”. “Sí, cariño”. “Entonces ha sido injusto con nosotros y me gustaría saber por qué. Los cachorros sabían andar cuando los terminó; las terneras, lo mismo. Los cerdos, los potrillos, incluso los pollos. ¿Qué sentido tiene que nos dé un bebé a medio terminar? No tiene pelo, ni dientes; no sabe andar ni hablar y lo único que hace es berrear y dormir”. Varios días después llegó a una conclusión. Empezó por donde se había quedado: “Ya lo sé, mamá, ya sé por qué Dios nos dio un bebé a medio terminar; para que así pueda aprender nuestras costumbres y no las de otros, puesto que tiene que vivir con nosotros, y para que nosotros aprendamos a quererlo. Cada vez que me paro delante de su cochecito se ríe y yo entonces lo quiero, pero no quiero a Stella o a Marvin aunque se rían. Así que es por eso”. Tal vez sea esa la razón.
  Los parientes de Zebbie vinieron y se lo llevaron al condado de Yell. No me sorprendería que nunca regresara. Los Lane y los Patterson se mudan en breve a Idaho, donde “nuestro Bobbie” ha hecho grandes inversiones.
  Espero tener noticias suyas pronto y espero que le vaya muy bien.
  Con mucho cariño, su amiga,
  Elinore Stewart.

XVIII.-La boda del hacendado y un pequeño funeral
2 de diciembre de 1912
Querida señora Coney:
  Cada carta suya que recibo es una fuente de inspiración para mí. Además, me encanta saber de usted.
  A veces me entran ganas de contarle todo sobre mi Clyde, pero no lo he hecho por dos razones. La primera es que no podría empezar sin decirle lo bueno que es, y no es cuestión de que usted piense que no hago más que alardear de marido. La otra razón son las prisas con las que me casé. Me avergüenzo de ello. Me da miedo que piense que soy una especie de Becky Sharp. Pero a pesar de haberme casado apresuradamente, no tengo nada de lo que arrepentirme. […]
  ¿Se acuerda de que le hablé de un niño que se estaba muriendo? Pues se trataba de mi pequeño Jamie, nuestro primer hijo. Estuve destrozada mucho tiempo. Era un muchachito tan lindo y hermoso. Lo quería tanto. Murió de erisipela. Lo tuve en mis brazos hasta que terminó de agonizar. Después vestí el lindo cuerpecito y lo preparé para la tumba. Clyde es carpintero y era mi deseo que él hiciera el pequeño ataúd. Lo hizo enterito y yo me encargué de forrarlo, acolcharlo, embellecerlo y cubrirlo. No es que no pudiéramos permitirnos comprar uno, ni que nuestros vecinos no fueran amables y voluntariosos. Se trataba de darnos el triste gusto de hacer todo lo que estuviera en nuestras manos por nuestro pequeño primogénito.
  Igual que no había habido médico que nos asistiera, tampoco hubo pastor que nos reconfortara, pero yo no podía soportar que nuestro bebé se fuera de este mundo sin dejar ningún mensaje en una comunidad donde tanta falta hacía. El pequeño mensaje que nos dejó a nosotros había sido el amor, así que seleccioné un  capítulo de Juan y organizamos un funeral en el que estuvieron presentes todos nuestros vecinos a treinta millas a la redonda. Así que ya ve, nuestra unión está sellada con amor y soldada con mucho sufrimiento.
  El pequeño Jamie fue el primogénito de los Stewart. Dios ha querido darme otros dos hijos varones maravillosos. El dolor ya no es tan agudo ahora y puedo contárselo, cosa que antes era incapaz. Cuando usted piense en mí, hágase a la idea de que soy una persona realmente feliz. Es verdad, se me antojan  muchas cosas que no tengo, pero eso no me impide estar contenta y disfrutar de las muchas bendiciones que sí tengo. Tengo mi casa en mitad de las montañas azules, mis niños bien educados, mi esposo limpio y honesto, mis lindas y generosas vacas lecheras, mi jardín del que yo misma me encargo. Tengo montones y montones de flores de las que yo misma me ocupo. Hay montones de pollos, pavos y cerdos que están a mi cuidado. Tengo unos cuantos caballos viejos, lentos y nobles y una vieja carreta. Puedo subir a los críos y en cualquier momento ir adonde me apetezca. Tengo los mejores vecinos, los más amables, y tengo también mis queridos amigos ausentes. ¿Entiende por qué soy tan feliz? Cuando pienso en todo esto, me pregunto cómo es posible abarrotar toda mi alegría en una vida tan corta. No quiero que piense ni por un momento que me molesta escribirle. Para mí es un auténtico placer. Es usted tan comprensiva por dejarme contarle todo. Lo único que me da miedo es estar poniendo a prueba su paciencia. Ni siquiera en esta larga carta me cabe todo lo que quiero contarle; así que le escribiré de nuevo pronto. Jerrine también le escribirá. En estos momentos tiene los dedos doloridos. Ha estado recogiendo grosellas silvestres y se le han resentido sus pequeñas manos morenas.
  Con mucho cariño, cordial y sinceramente suya,
  Elinore Rupert Stewart.»

 *Elinore Pruitt Stewart participa de un programa de colonización de las tierras del Oeste norteamericano impulsado por el Estado: tras solicitar la concesión de una parcela, tiene un período de prueba inicial de cinco años para poner en rotación cultivos y preparar la explotación de los recursos forestales. Pasado ese período de manera positiva, puede acceder a la propiedad de la tierra o bien puede renunciar a su condición de colona mediante el derecho de deserción. [N. del T.]
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Hoja de Lata Editorial, 2015, en traducción de Rosana Herrero Martín. ISBN: 978-84-941153-1-8.]   
       

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