lunes, 28 de octubre de 2019

En lugar seguro.- Wallace Stegner (1909-1993)

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Tercera parte
1

«-Morir es un acontecimiento importante -dijo-. No lo puedes ensayar. Lo único que puedes hacer es tratar de prepararte y de preparar a otros. Puedes tratar de hacerlo correctamente. En cierto modo, el cáncer es una bendición porque generalmente te concede un poquito de tiempo. 
 Entonces Sid alzó la mirada. Tenía en los ojos un fuego como si la odiase, y fue poniendo una mano sobre la otra mano como en una parodia de aplauso.
 -¡Oh, maravilloso! -dijo-. El cáncer es una bendición. Te da ese tiempo precioso. Y fíjate, sin él, simplemente no tendríamos todas esas investigaciones tan útiles sobre el cáncer. ¡Por Dios santo, cariño, parece que has estado leyendo una de esas novelas que se despiden de la vida en un moribundo otoño de dulce abandono! Yo también he hablado con los médicos. Son los primeros que te dicen que la actitud del paciente es lo que marca las mayores diferencias. Tienen toda clase de casos de personas que sobrevivieron simplemente porque se negaron a rendirse y morir. Justo lo que tú has defendido toda tu vida. Y ahora, cuando la que está en la línea de salida es tu vida, tú... Tienes una oportunidad. Aunque no sea más que del diez por ciento, incluso del cinco, ¿por qué no probar? ¿Tan cansada estás de vivir? ¿Tan cansada estás de nosotros?
 Se miraron el uno al otro largo rato. Finalmente, Charity movió la cabeza.
 -Tú no querrías ese cinco o diez por ciento que puedan salvar. Ni yo tampoco.
 Sid apartó la mirada bruscamente y sus ojos se cruzaron con los míos en el reflejo de la luna del ventanal con un encontronazo que fue como darse contra una puerta. Los suyos se contrajeron y alejaron una fracción de segundo antes que los míos. Apiadada pero inexorable, Charity continuaba estudiándolo y Sally, con sus firmes zapatos afianzados con firmeza en el travesaño de la silla, no apartaba sus grandes ojos del rostro de Charity. Nadie decía nada. Yo pensaba que aquella era una Charity que no conocía. ¿O sí? Pero no había acabado de hablar.
 -No hay nada de literatura decente sobre cómo morir. Debería de haberla, pero no la hay. Sólo un montón de galimatías religiosos sobre reunirse con Dios y un montón de palabrería biológica sobre el retorno de tus elementos químicos a la tierra. Lo de la biología está bien, pero no dice nada de todo eso de lo que habla la religión, del esencial, de la parte consciente de ti misma, y no te explica nada de cómo hacer la transición del ser al no ser. Dicen que hay un momento, cuando la muerte es segura y está cerca, en que pierdes el miedo. He leído que todas las muertes, al final, son apacibles. Hasta parece ser que un antílope cazado por un león o un guepardo no lucha al final. Imagino que se produce una descarga fuerte de algún sedante químico, igual que la descarga de adrenalina que le impulsa a salir corriendo cuando tiene miedo. Bueno, lo de la descarga sirve para las muertes rápidas. El problema es conseguir que esa misma resignación dure todos los meses o semanas de una muerte lenta, cuando todo resulta igual de cierto pero no se puede resolver con algún tipo de inyección natural. He hablado mucho de esto con el oncólogo. Él trata con la muerte cada día, el setenta y cinco por ciento de sus pacientes se mueren. Pero no sabe decirme cómo he de hacerlo, ni darme referencias de literatura médica que me sirvan de ayuda. La literatura médica es todo estadísticas. Así que tengo que buscármelo por mis propios medios.
 Confusos y atentos, sentados en torno a ella, pensábamos más cosas de las que estábamos dispuestos a decir. Al final, Sally se arriesgó.
 -¡Pero puede ser que estés equivocada, Charity! Y si no estás absolutamente segura...
 -Estoy segura -dijo Charity-. ¡Vaya si estoy segura! Es una de las pocas cosas de las que estoy bien segura. La otra es el dolor. Si hay dolor, puedo dominarlo. La mayor parte del dolor es mental, de todas formas.
 Sid se removió en su silla y apretó los labios. Mirándolo con una expresión que solamente puedo definir como compasión dura, Charity continuó.
 -Lo que hace daño es el miedo al cáncer y hay una biblioteca entera de medicina paliativa para ayudarnos en eso. Sólo tenemos que aprender a
 vencer el pánico. Y entonces podemos alejar el dolor meditando, o sencillamente ignorándolo.
 ¿Qué podría decir eso a nadie?
 -Otra cosa más de la que estoy segura es de lo afortunada que soy -dijo Charity, y sonrió a todo el círculo de los que la escuchábamos atentamente con orgullo y satisfacción propia-. No tengo que hacer todo esto yo sola. Estoy rodeada de gente y de amor y hago cuanto puedo por enseñar lo que yo misma trato de aprender: a no tener miedo, a no resistirse, a no afligirse.
 Se ensanchó su sonrisa, ahora dirigida sólo a Sid; su cara adquirió una expresión admonitoria y pícara a la vez.
 -Es tan natural como nacer -continuó-, e incluso aunque dejemos de ser los individuos que una vez fuimos, existe la inmortalidad de las moléculas orgánicas, que es algo totalmente cierto. ¿No os parece un consuelo maravilloso? A mí sí. Pensar que vamos a formar parte de la hierba y de los árboles y los animales, que seguiremos aquí mismo, en el sitio que tanto amábamos mientras estábamos vivos. La gente nos beberá en su vaso de leche por la mañana, y nos echará encima de sus tortitas del desayuno con el jarabe de arce. Así que opino que hemos de estar agradecidos y ser felices y aprovechar cuanto podamos. He tenido una vida maravillosa, me ha encantado cada uno de sus minutos.
 Se interrumpió. Nos fue mirando a todos; el último, Sid. En sus labios colgaba una sonrisa melancólica, interrogativa, implorante, una sonrisa que vacilaba o se mantenía al compás con que la expresión de su rostro se mantenía o vacilaba. Cualquier hombre se sentiría convulsionado si una mujer lo mirara de ese modo. Sid lo estaba.
 -He tenido al hombre que amé -dijo muy bajito-. Nunca lo perdí, como les pasa a tantas otras mujeres. He tenido hijos inteligentes y guapos. He tenido amigos muy queridos. Y puede que no os lo creáis, pero éste ha sido el verano más feliz de mi vida.
 Otra vez, ninguno de nosotros encontró nada que decir.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2008, en traducción de Fernando González. ISBN: 978-84-936597-1-4.]

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