viernes, 4 de octubre de 2019

Praga mortal.- Philip Kerr (1956-2018)

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«Después de varias copas puedo hablar con cualquiera, incluso conmigo mismo. Pero sobre todo bebía para poder hablar con los otros invitados de Heydrich. Me gusta hablar. Hablar es algo necesario si quieres animar a alguien para que te cuente cosas. Y para que diga algo interesante tiene que soltarse. Los hombres no confían en los que hablan poco y por esa misma razón no confían en los que no beben. Necesitas beber para decir aquello que no debes, y algunas veces, decir aquello que no debes puede ser lo correcto. No sé si esperaba oír algo tan romántico como una confesión de un intento de asesinato, incluso el deseo de ver a Heydrich muerto. Después de todo, me sentía de esa manera respecto a él. No era más que hablar, un poco de pan en el agua para atraer a los peces. El alcohol ayudaba. Me ayudaba a hablar y a anestesiarme a mí mismo contra la charla más repugnante que llegaba a mis oídos. Pero algunos de mis colegas eran igual de repugnantes. Mientras echaba un vistazo a la biblioteca era como estar mirando un zoológico de animales desagradables -ratas, chacales, buitres, hienas- que se habían reunido para algún estrafalario retrato de familia.
 Es difícil decir con exactitud cuál era el peor de la pandilla, pero fui incapaz de hablar durante mucho tiempo con el teniente coronel Walter Jacobi antes de que comenzase a picarme todo y a contar mis dedos. El jefe delegado de la SD en Praga era una figura muy siniestra con interés por la magia y el ocultismo, según me contó. Era un tema del que sabía un poco después de investigar un caso que concernía a una falsa médium hacía unos pocos años. Hablamos de esto y aquello, hablamos de Múnich, que era de donde procedía, hablamos de él estudiando derecho en las universidades de Jena, Tübingben y Halle, que parecía ser mucha ley junta, incluso hablamos de su padre, que era librero. Pero durante todo el tiempo que hablamos yo intentaba superar el hecho de que con su bigote de Charlie Chaplin, sus gafas con montura de alambre y su personalidad de mantis sagrada, Jacobi me recordaba, obscenamente, a lo que podría haber resultado si Hitler y Himmler se hubiesen quedado a solas en el mismo dormitorio: Jacobi era un híbrido Hitler-Himmer.
 Otra persona desagradable con la que hablar era Herman Frank, el alto y delgado general de las SS de los Sudetes, que había sido dejado de lado en la sucesión de Von Neurath como nuevo Reichsprotektor. Frank tenía un ojo de cristal porque lo había perdido en una pelea en una escuela, en Carlsbad, algo que parecía señalar una temprana propensión a al violencia. El ojo derecho era el falso, creo, pero con Frank siempre tenías la sensación de que podía habérselos cambiado sólo para mantenerte en la duda. Frank tenía una muy mala opinión de los checos, aunque tal como las cosas resultaron, ellos tenían una opinión aún peor de él: cinco mil personas llenaron el patio de la prisión de Pankrac, en el centro de Praga, para verlo colgado a la manera del viejo Imperio austríaco un día de verano de 1946.
 -Son personas bárbaras y codiciosas -me dijo con toda sinceridad-. No me siento checo en lo más mínimo. Lo mejor que me ha pasado es haber nacido en la parte de territorio de habla alemana, de otra manera hubiese estado hablando su repugnante lengua eslava que no es más que una forma bastarda del ruso. Es una lengua para animales, se lo juro. ¿Sabía que es posible decir toda una frase en checo sin utilizar una sola vocal?
 Sorprendido por esta extraordinaria muestra de odio, parpadeé y dije:
 -¿Ah, sí? ¿Cuál, por ejemplo?
 Frank pensó un momento y luego repitió unas palabras en checo que podrían tener o no vocales, aunque no me sentí con ganas de mirar en el interior de su boca para ver si tenía oculta alguna.
 -Significa "métase el dedo en la garganta" -me dijo-. Cada vez que oigo hablar a un checo, es lo que querría hacer con ellos.
 -De acuerdo. Los odia. Ya me hago una idea. Y perder su ojo en la escuela de esa manera tuvo que haber sido bastante duro. Supongo que explica muchas cosas. Fui a una escuela muy dura y hay algunos chicos con los que quisiera tomarme la revancha algún día. Claro que es probable que no lo haga. Creo que la vida es demasiado corta como para preocuparme. Ahora que está usted en una posición tan importante, señor -el jefe de policía en Bohemia es el segundo hombre más poderoso del país-, es la parte que no comprendo en absoluto, señor. ¿Por qué odia tanto a los checos, general?
 Frank se irguió de una manera absurda. Era casi como si se pusiese en guardia antes de responder, un efecto aumentado por el hecho de que llevaba espuelas en las botas, lo que a mí me pareció una afectación extraña, incluso en la casa de campo de Heydrich, que tenía establos con caballos. Me dijo con toda pomposidad:
 -Como alemanes, es nuestro deber odiarlos. Fue el fracaso de los bancos checos lo que ayudó a precipitar la crisis financiera que trajo la gran depresión. Sí, es a los banqueros checos a los que debemos dar gracias por aquel desastre.
 Resistí el primer impulso, que era temblar de asco como si Frank me hubiese vomitado en las botas, y asentí con cortesía.
 -Siempre creí que era porque nuestra economía se había construido sobre créditos norteamericanos -señale-. Cuando vencieron, nuestros propios bancos alemanes se hundieron.
 Frank sacudía la cabeza, con el pelo gris peinado hacia atrás de forma tal que la parte superior de la cabeza parecía estar en línea con la punta de su nariz larga. No era la nariz más larga de la habitación mientras Heydrich estuviese presente, pero al mismo tiempo no te confundirías si la vieras señalando el camino en una encrucijada.
 -Oiga lo que digo, Gunther. Sé de lo que hablo. Conozco este maldito país mejor que cualquiera en esta puta habitación.
 Frank hablaba con cierto vigor, y miraba a Heydrich mientras lo hacía, algo que me llevó a preguntarme si no había algo de rencor hacia su nuevo amo.
 Me alegré cuando Frank se alejó para ir a buscarse otra copa y me dejó con la impresión de que pasar una eternidad con hombres como Heydrich, Jacobi y Frank era la cosa más cercana a estar en el infierno que podía imaginar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de RBA Libros, 2012, en traducción de Alberto Coscarelli. ISBN: 978-84-9006-265-4.] 

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