jueves, 9 de mayo de 2019

Amira, princesa del desierto.- Salim Alafenisch (1948)


Resultado de imagen de salim alafenisch«La noticia de la muerte del hombre se difundió en todas direcciones. Hombres y mujeres de lugares cercanos y remotos visitaron a sus deudos para expresarles su pésame. El fallecido había ayudado a muchas personas, y se le estimaba mucho más allá de las fronteras de la tribu.
 Por la noche la familia sacrificó tres ovejas en honor del muerto y preparó un banquete.
 Al cabo de siete días de luto, los siete hijos del fallecido se reunieron en la tienda de su padre. El mayor de ellos tomó la palabra.
 -Tras una larga vida, nuestro padre se ha despedido de este mundo, dejándonos un gran rebaño de camellos y muchas monedas. Vamos a repartir la herencia entre nosotros.
 El primogénito se levantó y contó los camellos, que pastaban no lejos de la tienda: sesenta camellas, cuarenta sementales y veinte crías en total. 
 -Cada uno de nosotros recibirá diecisiete animales y sobrará un camello -constató uno de los hermanos.
 Los hermanos asintieron en señal de aprobación.
 -El día cuadragésimo después de la muerte lo sacrificaremos en honor del alma de nuestro padre -propuso el hijo mayor.
 Los demás hermanos se mostraron de acuerdo.
 -Ahora repartiremos las monedas entre nosotros -propuso el hermano menor.
 -De las monedas también recibirán su parte nuestras tres hermanas -recordó el primogénito.
 Llamaron a las tres hermanas y a su madre. A vara y media del hogar el hermano mayor excavó con las tenazas del fuego buscando la bolsa. Las monedas de oro tintinearon al vaciarla sobre la alfombra.
 Colocó diez monedas de oro alrededor del borde del hogar.
 -Haré diez montoncitos -dijo.
 Luego tomó un puñado de monedas y lo repartió. Los montoncitos fueron creciendo poco a poco, mientras las monedas depositadas sobre la alfombra disminuían. Rodeó el hogar setenta veces hasta repartir todas las monedas.
 -A cada uno de nosotros le tocan setenta monedas de oro -informó.
 -Nos hemos olvidado de nuestra madre -objetó uno de los hermanos.
 -No -adujo el primogénito-. Todas las tiendas están abiertas para ella. Nuestra riqueza redundará en su propio beneficio.
 -Yo ya soy vieja y no necesito ni camellos, ni monedas -intervino la madre-. Echo de menos a vuestro padre -se detuvo, pero luego prosiguió-. Si procedéis con habilidad, con la herencia de vuestro padre nunca padeceréis penurias -y dirigiéndose a sus hijas añadió-: podéis haceros collares con las monedas de oro. Son sólo vuestras. Ni siquiera vuestros maridos pueden disputároslas. Llevaréis el oro en las fiestas y en caso de necesidad siempre podréis recurrir a él.
 La madre volvió a tapar con la mano el pequeño hoyo junto al hogar.
 Cada uno de los herederos tomó sus camellos y su montoncito de monedas de oro y regresó a su tienda. Los hijos pensaban qué hacer con la herencia. Algunos escondieron sus monedas en un rincón de la tienda, otros las cambiaron por camellos aumentando así sus rebaños.
 Hamid, el más pequeño, tenía otro plan. Aunque estaba casado y su mujer ya le había dado hijos, quería tener todavía más. Discutió el asunto con su mujer. Tras un largo tira y afloja, la mujer consintió en que Hamid tomase una segunda esposa de su estirpe. Pronto se encontró una novia.
 Hamid dio al padre de la novia siete camellos y treinta monedas de oro como dote. El resto de sus monedas las gastó en la gran fiesta nupcial, y mató uno de los camellos para el banquete. De este modo, a Hamid sólo le quedaron nueve camellos de la herencia paterna.
 Se celebró el nuevo matrimonio. Las dos mujeres se llevaban bien entre ellas. La segunda esposa dio a luz una numerosa descendencia, pero el deseo de Hamid por tener hijos varones no se veía cumplido, pues su mujer sólo le daba niñas. Cuando quedó embarazada por séptima vez, Hamid alentó nuevas esperanzas. Esa noche había soñado que un joven jinete se acercaba a su tienda.
 El tiempo del embarazo pasó volando y Hamid y su esposa esperaban curiosos al jinete. Cuando llegó la hora del alumbramiento, las mujeres rodearon a la parturienta. La comadrona tenía que espantar una y otra vez a las curiosas.
 Esta vez se cumplió el deseo de Hamid: la comadrona anunció el nacimiento de un hijo. El orgulloso padre ató una bandera blanca sobre el techo de la tienda y se dirigió a la tienda de los hombres para recibir las felicitaciones.
 La bandera blanca ondeaba al viento del otoño, cuando de repente apareció un cuervo que empezó a volar en círculo alrededor de la tienda de Hamid. Sus estridentes graznidos asustaron a las mujeres. Cuando la comadrona salió de la tienda y cogió una piedra, el cuervo dejó caer sus excrementos. La comadrona se quedó petrificada al darse cuenta de que habían alcanzado de lleno la bandera.
 -Un mal presagio -murmuró-. El cuervo ha graznado y además ha ensuciado la bandera blanca.
 Una anciana estaba perpleja.
 -En toda mi vida he visto nada semejante -dijo-. ¡Si no puedes evitar la desgracia, al menos mitígala! -imploró al antepasado de la tribu.
 El padre dio al recién nacido el nombre de Hussein. Pero los habitantes del campamento lo llamaron "pájaro del mal agüero". Con los años, cuando se hizo mayor, a Hussein le encolerizaba ese apodo, pero nada podía hacer por evitarlo.
 Cuando Hussein alcanzó la edad de contraer matrimonio, las jóvenes de la tribu manifestaban poco interés por él.
 -¡Cómo voy a darle mi hija a un pájaro de mal agüero! ¡Quién sabe lo que le espera todavía! -decían sus padres.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 1995, en traducción de Rosa Pilar Blanco. ISBN: 84-7844-274-X.]

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