domingo, 7 de abril de 2019

Después de dejar al señor Mackenzie.- Jean Rhys (1890-1979)


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Primera parte
Capítulo 3: El señor Horsfield
4

«El señor Horsfield se sentó al lado de Julia, y dulcemente, le dijo:
 -Vamos, cuente, cuente.
 -Bueno, pues ya se lo he contado. Salí de Londres después del armisticio. ¿En qué año fue?
 -Mil novecientos dieciocho.
 -Eso. Pues me fui en febrero del año siguiente. Después, viajé mucho con... bueno, con el hombre con quien me fui a Londres. Estuvimos en casi todas partes, salvo Italia y España. Y luego me vine a París.
 El señor Horsfield dijo, para que siguiera hablando:
 -Sí, comprendo.
 En voz baja, de repente rebosante de odio, Julia dijo:
 -No tuve problemas hasta que encontré a ese cerdo, a Mackenzie. Este hombre, no sé... Me hundió. Antes, siempre estaba segura de que todos los problemas tenían solución, pero, después dejé de tener fe en mí misma. Mi único deseo fue huir y ocultarme. Quizás estaba cansada. Quizá me hubiera hundido igual, sin ese hombre.
 El señor Horsfield pensó: "Bueno, nadie puede aguantar el tipo eternamente".
 Pero, por estar algo borracho, le parecía que lo que Julia decía era tremendamente íntimo. Comenzó a aplicarse a sí mismo las palabras de Julia y, con ira, pensó: "Siempre es así, cuando uno comienza a vacilar siempre llega cierto individuo, perfectamente dotado para ello, y le derriba a uno y, luego, lo patea".
 -Pues bueno, esto es todo -concluyó Julia-. De nada sirve hablar. Brindemos por una buena vida y una muerte rápida... Cuando estoy borracha no tengo problemas. Entonces recuerdo el pasado y sé exactamente por qué hice todo lo que hice. Todo queda ordenado, y me doy cuenta de que no hubiera podido portarme de otra manera y que de nada sirve lamentarse.
 Lanzó un suspiro y añadió:
 -Pero no puedo estar borracha constantemente.
 -No debe dedicarse a estar sentada y pensar -aconsejó el señor Horsfield-. Lo que debe hacer es salir, ir a sitios y hablar con gente y no quedarse sola dedicada a meditar y meditar.  
 -Sí, claro, desde luego.
 Julia miró al señor Horsfield  y pensó: "¿De qué sirve intentar explicarlo? Hace mucho tiempo que esto dura". Su mente siguió un camino tangencial.
 -Bueno -dijo-, la verdad es que hablar con la gente no siempre es bueno. Por ejemplo. Cuando vine a París, por primera vez, posé para una mujer, una escultora...
 -¿Quiere decir cuando salió de Inglaterra?
 Julia contestó, impaciente:
 -No, no. Hacía siglos que había salido de Inglaterra.
 Entonces, en la cara de Julia, apareció una expresión tan vaga que el señor Horsfield pensó: "Bueno, adelante, dilo. Si te dispones a contar la historia de tu vida, cuéntala ya".
 Al cabo de un instante, el señor Horsfield instó a Julia:
 -¿Y qué pasó con esa mujer de la que hablaba hace un momento?
 -Bueno, yo venía de Ostende -replicó Julia.
 Hablaba como si vagamente recordara un libro que hubiese leído o una historia que le hubieran relatado, y la vaguedad de sus palabras irritaba al señor Horsfield, quien pensó: "Tu vida es tu vida y la tienes que saber bastante bien, y si se trata de una historia inventada, estás obligada a llevarla bien amarrada".
 Entonces a Julia se le iluminó la cara y dijo:
 -Ostende me gusta. Me gusta mucho. Allí fui feliz y siempre me acuerdo de los lugares en que he sido feliz. Quiero decir que los recuerdo tan bien que si cierro los ojos tengo la impresión de estar en ellos... Vivíamos en un pueblecito llamado Coq-sur-Mer, cerca de Ostende. Y el mar era frío y bonito. No era gris, a pesar de ser frío. Y entonces me vine a París, sola. Y, luego, poco después, conocí a esa mujer y comencé a posar para ella. Me pagaba un tanto por semana y posaba todos los días durante el tiempo que ella quería.
 El señor Horsfield preguntó:
 -¿Le tenía simpatía a esta mujer?
 -Pues no lo sé. Me parece que sí. En cierto modo, la mujer era simpática. A veces, le tenía mucha simpatía. Ocurre que era una mujer muy solitaria... Vivía aislada y creía que el mundo exterior era íntegramente estúpido, y esto me irritaba. Era un poco fanática, ¿sabe? Tenía unos treinta y cinco años. Y no podía creer que algo que estuviera fuera de ella fuese verdad, y sólo era verdad lo que ella pensaba y sentía. Esa mujer pensaba que yo era estúpida porque en su manera de entender el mundo no era posible que alguien como yo no fuera estúpida. Me consideraba estúpida y me decía cosas, cosas sin importancia, para humillarme. Como alguien que hiciera chasquear un látigo cerca de una. Bueno, pues un día estábamos tomando el té, porque cuando el día se acababa y no había luz suficiente para seguir trabajando, tomábamos té y pan con mantequilla y, a veces, pastas... No sabe usted lo que me gustaba tomar el té con ella...»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Noguer, 1978, en traducción de Andrés Bosch. ISBN: 84-279-0871-7.]

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