sábado, 20 de abril de 2019

El faro de la última orilla.- Stephen Marlowe (1928-2008)


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Capítulo 46

«Mi nombre es Nola May Frederick. La familia, exceptuando algunas veces a Tom, siempre me ha llamado Nola. Sin embargo, he tenido que soportar muchos nombres diferentes durante mi infancia, después de que el tío Thaddeus me mandara a la Tarr School, en Baltimore. No trato de condenarlo. Sólo fue mala suerte el que mis padres murieran en un accidente náutico en Hampton Roads y él se convirtiera en tutor mío. No era motivo para que dejase de andar divirtiéndose por todo el mundo. Él consideró que me dejaba en buenas manos, siquiera fueran un tanto experimentales.
 La Tarr School podía ser experimental (tenía alumnos de ambos sexos, aun cuando fuera de las horas de clase estábamos rigurosamente separados, por lo menos en teoría), pero no era tan experimental en su dedicación a los clásicos. Se empezaba pronto con el latín. Por la época en que comenzaron a ser visibles mis primeras curvas femeninas -las cuales también empezaron pronto-, habíamos llegado al verbo nolle, que suena como Nola y significa "no querer", cosa que me hizo ganarme el apodo de "la-señorita-prefiero-que-no". Yo opté por no hacerme la agraviada y pedí que me llamaran con el nombre más cordial de Nolie-May. Pero una compañera de clase, jugando con el noli me tangere, transformó mi apodo en "la-señorita-no-me-toques", y después de eso casi no hubo ya ningún chico que no lo intentara, tocarme, claro está. Mi siguiente idea, la de llamarme sencillamente May, no funcionó mejor. ¡Al parecer, sonaba como si estuviera dando permiso!* Por esta razón decidí rotundamente que mi nombre sería Freddie. Lo respaldé con enérgicas palabras anglosajonas y con mis puños, cuyo empleo me había enseñado el tío Thaddeus cuando se enteró de mis tribulaciones.
 No fue esto solo lo que me enseñó el tío Thaddeus. Durante las vacaciones escolares puso empeño en estar en su plantación, llamada Panchatán, sobre el río Chickahominy, cerca de Williamsburg. Allí aprendí yo a montar a caballo -a la amazona y a la jineta-, a nadar, a jugar a esgrima e incluso a manejar armas de fuego. El tío Thaddeus me enseñó lo que él sabía hacer, en suma, y confió en que "las cosas de las chicas" ya las pescaría yo de alguna otra manera. Él bebía mucho y era hombre de fuerte genio e irascible y creo que me quería tanto como yo a él.
  Cuando llegaron noticias de su muerte a los territorios de Iowa me sentí más huérfana que la primera vez.
 La plantación pasó al único hermano superviviente, mi tío Thomas, el cual también heredó mi tutela. Eso significaba que se había acabado la Tarr School. Continué mis estudios en la ecléctica biblioteca que dejó el tío Thaddeus y en los libros que mis primos traían a casa de sus colleges. Mis primas me enseñaron "las cosas de las chicas", aunque encontraba un tanto absurdo que me llamaran "señorita" si yo era tan alta como el tío Thomas. Algunas veces, cuando la añoranza por el tío Thaddeus hacía más mella en mí, cogía un caballo y un fusil y salía a cazar por los bosques de Panchatán. Mis primas me calificaban de muchachote imposible, pero secretamente me tenían envidia. Incluso mis primos varones estaban impresionados por mi manera de romper botellas puestas en la valla a cincuenta metros de distancia con un rifle del 22 defectuoso. Mi primo favorito, Thomas Jr., que sólo era dos años mayor que yo, acostumbraba decir que yo habría tenido que ser chico, y añadía también: "Por mi parte, estoy hondamente complacido de que no lo seas."
 El tío Thaddeus me dejó sólo una pequeña caja de marinero llena de fragmentos de cerámica de la isla de Panchatán, aquel lugar remoto del cual había derivado su fortuna y el nombre de la plantación. Me di cuenta de alguna manera de que aquel legado excéntrico equivalía a una prueba de su confianza en mi capacidad y mis recursos.
 Por lo demás, decir que el tío Thaddeus me dejó solamente la caja de trozos de cerámica no es enteramente exacto, porque me legó también una carta depositada en un bufete de abogados de Baltimore que habría de ser abierta a mi mayoría de edad, acontecimiento que pasó desapercibido, ya que acaeció poco después de que mi tío Thomas -Thomas W. Frederick Sr.- y mis primos Thad, Lizzy y Ginny fueran asesinados en sus camas por un asaltante desconocido. El primo Tom escapó de este destino porque estaba ausente en el colegio Wiliiam&Mary, estudiando derecho y yo me salvé porque como había luna llena aquella noche, decidí salir a galopar en la yegua de Tom, Jewelweed, por el camino de sirga.
 ¡Pobre primo Thomas! Después de cavilar más de lo que le convenía, liberó a los esclavos y vendió la plantación (a un tipo desagradable de Richmond llamado Allan) y tomó disposiciones en mi favor (una lucida cuenta bancaria y su original yegua Jewelweed), y luego determinó marcharse a Panchatán para informarse del origen de las cerámicas que habían sido robadas durante la terrible noche de la muerte de su familia.
 Vinieron las cosas de modo que yo fui a Baltimore no mucho después que Tom; él a buscar un pasaje en un barco que zarpaba para el mar del sur de la China, y yo, a reclamar mi carta ante los abogados del tío Thaddeus.
 Tenían éstos el bufete en el Distrito Cuarto. Después de haber obtenido hora para aquella tarde, salí, dado que era día de elecciones, a ver los festejos que rodeaban a las votaciones para miembros del Congreso. Al comprobar enseguida que los festejos consistían básicamente en reyertas de borrachos, me fui -impelida por la nostalgia- a visitar la Tarr School. Pero ésta ya no se encontraba en su sitio ni había nadie que la recordase en la vecindad, en la misma cumbre de Hamstead Hill, donde se alza ahora un hospital. Las ciudades cambian muy deprisa.»
 
 *El verbo may, en inglés, expresa multitud de conceptos relacionados con la concesión, la autorización, la conformidad, etc. (N. de la T.) 
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1997, en traducción de Mª José Buxó-Dulce Montesinos. ISBN: 84-08-46230-X.]

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