lunes, 29 de abril de 2019

Fábulas.- Flavio Aviano (s. IV)


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A Teodosio

«Dudaba, magnífico Teodosio, con qué género literario podría conseguir que mi nombre permaneciese en el recuerdo, cuando se me ocurrió escribir fábulas, porque su composición no exige el respeto a la verdad y en ellas resulta conveniente la mentira graciosamente imaginada. Pues, ¿quién podría conversar contigo sobre oratoria, quién sobre poesía, cuando en uno y otro género superas a los áticos en erudición griega y a los romanos por tu dominio de la lengua latina? Así pues, conocerás que mi guía en esta materia es Esopo, quien, aconsejado por la respuesta del Apolo délfico, ideó estos temas graciosos para alentar la lectura de sus mensajes. Pero también Sócrates introdujo en sus divinas obras estas fábulas a manera de ejemplo y Flaco las adaptó a su poesía, porque bajo la apariencia de simples chanzas contienen testimonios de la vida corriente. Babrio las recreó en yambos griegos, reuniéndolas en dos volúmenes. Fedro también repartió en cinco libros una parte de ellas. De éstas, pues, agrupándolas en un solo libro, yo he transmitido cuarenta y dos fábulas que, compuestas como estaban en un latín prosaico, he intentado poner en versos elegíacos. Tienes, en efecto, una obra con la que distraer el espíritu, ejercitar el ingenio, aligerar tus preocupaciones y reconocer con sagacidad el devenir de la vida entera. Pero hemos hecho hablar a los árboles, lamentarse a las fieras con los hombres, polemizar a las aves y reír a los animales, de manera que, según las necesidades de cada caso, incluso los objetos inanimados pueden expresar su parecer. [...]
 
4.- Fábula de Febo y Bóreas
 
El desapacible Bóreas y el tranquilo Febo entablaron una disputa en el cielo ante el gran Júpiter sobre cuál de los dos conseguía antes su propósito. Por casualidad, en medio del mundo un viajero recorría su camino habitual. Llegan al acuerdo de establecer como prueba del debate quitarle el manto al hombre y dejarlo sólo con la túnica. En seguida truena el cielo agitado por los vientos y una lluvia gélida cae torrencialmente. El hombre se envuelve más en su capa de doble paño, protegiendo sus costados, pues el viento turbulento le levanta los pliegues. Febo, por su parte, había ordenado que sus débiles rayos crecieran poco a poco para convertir su brillo en fuego abrasador hasta que el caminante, deseando dar reposo a sus miembros cansados, se sentó en el suelo agotado tras quitarse el abrigo. En ese momento el victorioso Titán enseñó a las divinidades presentes que profiriendo amenazas nadie consigue la victoria. [...]
 
19.-El abeto y la zarza
 
Un abeto muy hermoso se rio de un espinoso zarzal cuando entablaron una gran disputa a propósito de su belleza, arguyendo que a todos parecía un debate sin sentido, puesto que ningún honor aproximaba al zarzal a sus merecimientos. "Mi cuerpo alargado, elevándose hasta las nubes, levanta hacia las estrellas la noble cabellera de mi copa y, cuando se me coloca en medio de las anchas popas, el viento despliega las velas colgadas en mí. Sin embargo, todos los hombres muestran su desprecio hacia ti, porque las espinas te dan un lamentable aspecto". La zarza contestó: "Ahora manifiestas alegre sólo tus ventajas y disfrutas altivo de mis males, pero cuando el hacha amenazante corte tus hermosos miembros, cuánto querrás entonces haber tenido más espinas". [...]
 
32.- El hombre y el carro
 
Un campesino abandonó en la hondonada un carro que se había atascado en el barro y con él a los bueyes, ayuntados a un yugo inmóvil; confiaba en vano que los dioses, tras haber hecho sus votos, diesen solución a sus problemas mientras él permanecía sentado. El jefe tirintio le respondió desde lo más alto del cielo (pues el suplicante le había invocado a él en sus votos a los dioses): "Empieza a azuzar a tus esforzados bueyes con la aguijada y aprende a ayudar a las ruedas perezosas con tus manos. Cuando valiente hayas luchado hasta el límite de tus fuerzas, entonces te será permitido llamar a los dioses para tus propósitos. Aprende, además, que la divinidad no se deja ablandar por los votos perezosos y que tus propias acciones invitan a los dioses a hacerse presentes". [...]
 
39.-El soldado y la trompeta
 
 En cierta ocasión, un soldado, harto de combatir, había hecho el voto de tirar al fuego todas las armas, tanto aquellas que la multitud de sus enemigos le había entregado al morir como las que había podido arrebatarles en su huida. Con el tiempo la suerte hizo que se cumplieran sus deseos y, acordándose de su promesa, empezó a arrojar las armas, una por una, a una hoguera encendida. Entonces, la trompeta, rehuyendo su culpa con ronco sonido, se apresuró a advertir que ella no merecía sufrir las llamas: "No podrás decir que alguna de las flechas que alcanzaron tus brazos fue impulsada por mis fuerzas. Yo sólo llamé a las armas con mis soplidos y mis sones e incluso esto lo hice -pongo a os astros por testigos- con débil sonido". El soldado, arrojando a las llamas crepitantes la rebelde trompeta, añadió: "Ahora sufrirás un castigo y un dolor más grande, pues, aunque tú misma no puedas ni te atrevas a atacar a nada, eres más cruel por hacer que los otros sean malvados".»
 
   [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Editorial Gredos, 2005, en traducción de Antonio Cascón Dorado. ISBN: 84-249-2790-7.]
 

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