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domingo, 9 de julio de 2023

Memorias de antes del exilio (1887-1919).- Félix F. Yusúpov (1887-1967)


Félix Yusúpov uno de los conspiradores del asesinato de Rasputín ...
XXV

1917: En arresto domiciliario en Rakítnoie – Primera fase de la Revolución – Abdicación del Zar – El Zar se despide de su madre – Regreso a San Petersburgo – Una propuesta singular

  «Las noticias que nos llegaban de San Petersburgo eran muy alarmantes. Parecía obvio que todo el mundo había perdido el juicio y que el desastre era inminente.
 El 12 de marzo estalló la Revolución. En la capital se declaraban incendios por todas partes, y en las calles los tiroteos eran continuos e intensos. Gran parte del ejército y de la policía se había pasado al bando de la Revolución, incluidos los cosacos de la escolta, élite de la Guardia Imperial.
 Tras largas discusiones con el “consejo de los diputados, obreros y soldados”, el Sóviet, se constituyó un gobierno provisional bajo la presidencia del príncipe Lvov. Los socialistas impusieron a Kérenski como ministro de Justicia.
 Ese mismo día, el emperador abdicó. Para no separarse de su hijo enfermo, lo hizo en favor de su hermano, el gran duque Miguel. Todo el mundo conoce el texto de ese documento histórico, pero no puedo por menos de recordar aquí sus nobles palabras:

 Por la gracia de Dios, nos, Nicolás II, emperador de todas las Rusias, zar de Polonia, gran duque de Finlandia, etc., hacemos saber a todos nuestros fieles súbditos:
 En estos días de lucha encarnizada contra el enemigo exterior que, desde hace tres años, se esfuerza por someter a nuestra patria, Dios ha querido enviar a Rusia una nueva y terrible prueba. Disturbios internos amenazan con tener una repercusión fatal sobre el desenlace de esta guerra que no parece tener fin. El destino de Rusia, el honor de nuestro heroico ejército, la felicidad del pueblo y el porvenir de nuestra querida patria persiguen a toda costa la victoria en esta guerra.
 Nuestro cruel enemigo se entrega a sus últimos esfuerzos, y ya se acerca el día en que nuestro valiente ejército, con la ayuda de nuestros gloriosos Aliados, lo aplastará definitivamente.
 En estos días decisivos para la existencia de Rusia, nuestra conciencia nos dicta facilitar a nuestro pueblo una estrecha unión y la organización de todas sus fuerzas para la rápida consecución de la victoria.
 Por ello, de acuerdo con la Duma del Imperio, juzgamos necesario abdicar la corona del Estado ruso y abandonar el poder supremo.
 Al no querer separarnos de nuestro hijo amado, legamos nuestra herencia a nuestro hermano, el gran duque Miguel Aleksándrovich, otorgándole nuestra bendición en el momento de su subida al trono. Le pedimos que gobierne en estrecha unión con los representantes de la nación que ocupan los escaños de las asambleas legislativas y que les preste inviolable juramento en nombre de nuestra amada patria.
 Hacemos un llamamiento a todos los hijos leales de Rusia, les pedimos que cumplan con su deber patriótico y sagrado obedeciendo al zar, en esta dura prueba nacional, y que lo ayuden, junto con los representantes del país, a conducir al Estado ruso por las vías de la gloria y la prosperidad.
¡Que Dios ampare a Rusia!
 NICOLÁS
 
 Al día siguiente, 16 de marzo, el gran duque Miguel firmó la abdicación provisional. Kérenski, que lo había obligado a ello, le dio las gracias en términos grandilocuentes. El gobierno provisional otorgó al emperador la “autorización” de despedirse del ejército. La emperatriz viuda, acompañada por mi suegro, abandonó enseguida Kiev para trasladarse a Moguiliov, sede del Gran Cuartel General.
 Nicolás II subió al vagón de su madre y estuvo dos horas encerrado con ella. De su conversación no se supo nada nunca. Cuando mi suegro fue invitado a reunirse con ellos, la emperatriz lloraba a lágrima viva. El zar, de pie, inmóvil, fumaba en silencio.
 El gobierno provisional se inclinó ante la voluntad del Sóviet, que exigía la detención inmediata del soberano. Al mismo tiempo se publicó el famoso orden del día número uno que proclamaba la abolición de la disciplina militar, del saludo a los oficiales, etc. Se invitaba a los soldados a formar sus propios comités administrativos, o sóviets, y a designar ellos mismos a los oficiales que querían conservar.
Memorias de antes del exilio (1887-1919) (Clásica) eBook: Yusúpov ... Era el fin del ejército ruso. En algunos cuarteles los soldados ya habían empezado a asesinar a sus oficiales.
 Tres días más tarde el emperador partió a Tsárskoie Seló, pues se lo autorizó a reunirse con su familia. Después del desgarrador adiós a su madre, que había de ser su despedida suprema, Nicolás II, vestido con una simple camisa caqui con la cruz de San Jorge, subió a su tren, parado en la vía enfrente del de la emperatriz. Ésta, de pie, lloraba asomada a la ventana de su vagón, santiguándose y haciendo gestos de bendición. Desde la ventana de su propio vagón su hijo le hizo un último gesto de despedida mientras el tren arrancaba.
 Al llegar a Tsárskoie Seló, el emperador se vio abandonado por todos. Tan sólo el príncipe V. Dolgorúkov lo acompañó hasta el Palacio Alejandro.
 A finales de marzo fui liberado, y regresamos todos a San Petersburgo. Antes de partir, celebramos un servicio religioso en Rakítnoie. La iglesia estaba llena de campesinos que lloraban: “¿Cómo vamos a vivir ahora? —Repetían—. ¡Nos han quitado a nuestro zar!”.
 En Járkov quisimos bajar del tren para ir a la cantina. A duras penas logramos abrirnos paso a través de la multitud que abarrotaba la estación. Toda esa gente se llamaba “camarada” entre sí. Alguien me reconoció y pronunció mi nombre. Al instante, la muchedumbre se agitó. Empujados por todas partes, medio asfixiados, teníamos la desagradable sensación de que esa gente que nos aclamaba en cualquier momento podía también lincharnos. Unos militares vinieron en nuestro auxilio y nos abrieron paso hasta la cantina. La multitud se precipitó detrás de nosotros, por lo que hubo que cerrar las puertas. Quisieron que pronunciara un discurso. Rehusé, alegando que era incapaz de hablar en público. Entonces nos enteramos de que acababa de entrar en la estación el tren que traía desde el Cáucaso al gran duque Nicolás Nikoláievich. Para llegar hasta él tuvimos que volver a abrirnos paso a través de la multitud que, esta vez, aclamaba a gritos al gran duque. Éste me besó con efusividad. “¡Por fin vamos a poder vencer a los enemigos de Rusia!” Tuvo que dejarnos enseguida, pues su tren partía ya. Al subir al nuestro, me crucé en el pasillo con el cantante Alchevski. Me dijo que volvía del campo, donde lo habían enviado para recuperarse de una grave afección nerviosa. Vino a nuestro compartimento y se ofreció a cantar para nosotros. De pronto calló y me miró fijamente con una expresión arisca: “¿Por qué me miran así? —preguntó—. No puedo seguir cantando”. Desconcertado, traté de animarlo a continuar, pero se negó y empezó a decir cosas incoherentes con una voz cada vez más fuerte. Sus gritos no tardaron en llamar la atención de los viajeros que ocupaban el compartimento contiguo. Uno de sus amigos, que viajaba con él, encontró en el tren a un médico que le puso una inyección calmante. Pero por la noche volvimos a oírlo gritar a pleno pulmón. En esa atmósfera de tensión general, el encuentro con ese desdichado demente se sumó a la impresión de pesadilla que nos acompañó en todo el viaje.
 Encontramos San Petersburgo muy cambiada. En las calles reinaba un desorden indescriptible. La mayoría de los viandantes lucía escarapelas rojas. Nuestro propio chófer había juzgado prudente ponerse una pajarita roja para acudir a la estación a recogernos: “¡Quítate ese horror!”, le ordenó mi madre, escandalizada.
 Lo primero que hice fue ir a Moscú a visitar a la gran duquesa Isabel, a la que hacía meses que no veía. Vino a mi encuentro, me besó y me dio su bendición. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
 —Pobre Rusia —dijo—, ¡a qué terrible prueba tiene que enfrentarse! Todos somos impotentes ante la voluntad divina. Sólo nos queda rezar a Dios e implorar su misericordia.»

  [ El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2011, en traducción de Isabel González-Gallarza Granizo, pp. 265-268. ISBN: 978-8484286486.]

domingo, 1 de enero de 2023

Cuento de viejas.- Arnold Bennett (1867-1931)


Arnold Bennett (autor de El fantasma) - Babelio
Prefacio


  «En el otoño de 1903 yo cenaba con frecuencia en un restaurante en la Rue de Clichy, en París. Allí había, entre otras personas, dos camareras que me llamaban la atención. Una era una hermosa y pálida muchacha con la que nunca hablé, pues servía lejos de la mesa a la que yo acostumbraba sentarme. La otra, una corpulenta y emprendedora bretona de mediana edad, mandaba en mi mesa de forma exclusiva y poco a poco fue adoptando conmigo un tono tan maternal que vi que iba a tener que dejar de ir al restaurante. Si faltaba un par de noches seguidas me reprochaba con aspereza: “¡Vaya! ¿Conque me es infiel?”. Una vez, cuando me quejé de unas judías francesas, me hizo saber categóricamente que las judías francesas eran un tema del que yo no entendía. Entonces decidí serle eternamente infiel y abandoné el restaurante. Pocas noches antes de marcharme definitivamente, entró en el restaurante a cenar una mujer de edad. Era gorda, informe, fea y grotesca. Tenía una voz ridícula y hacía gestos ridículos. Se veía fácilmente que vivía sola y que en el transcurso de muchos años había desarrollado el tipo de rareza que suscita la carcajada de los desconsiderados. Iba cargada con multitud de paquetitos que se le estaban siempre cayendo. Eligió un sitio y después, como no le gustó, otro, y luego otro. En pocos momentos tenía a todo el restaurante riéndose de ella. Que mi bretona de mediana edad se riera de ella me era indiferente, pero me dolió ver una grosera mueca de burla en la cara de la joven y hermosa camarera con la que nunca había hablado.
   Reflexioné acerca de aquella grotesca cena. “Esa mujer fue una vez joven y delgada, quizá bella; desde luego no tenía ese ridículo amaneramiento. Es muy probable que no se dé cuenta de sus rarezas. Su caso es una tragedia. La historia de una mujer como ella da materia para una novela desgarradora”. No es que todas las mujeres gordas y viejas sean grotescas, ¡nada de eso!, pero hay un extremado patetismo en el simple hecho de que todas las mujeres gordas y viejas fueron una vez muchachas con el singular encanto de la juventud en su figura y sus movimientos y en su espíritu. Y el hecho de que el paso de la muchacha a la mujer gorda y vieja esté compuesto por un número infinito de cambios infinitesimales, ninguno de los cuales ella llega a percibir, no hace sino intensificar ese patetismo.
 Fue en aquel instante cuando acudió a mi mente la idea de escribir el libro que andando el tiempo sería Cuento de Viejas. Desde luego pensé que la mujer que había causado el innoble regocijo en el restaurante no me serviría como tipo de heroína, pues era demasiado vieja y evidentemente antipática. Es una norma absoluta que el protagonista de una novela no debe ser antipático; las tendencias de la ficción realista van en su totalidad en contra de la rareza en un personaje destacado. Yo sabía que tenía que elegir una clase de mujer que pasara inadvertida en una muchedumbre.
   Dejé de lado la idea durante largo tiempo, pero nunca estuvo muy lejos de mí. Por diversas razones, me atraía especialmente. Yo siempre había sido un convencido admirador de la más preciada novela de la señora W. K. Clifford, La tía Anne, pero quería ver en la historia de una mujer anciana muchas cosas que la señora W. K. Clifford había omitido en La tía Anne. Además, siempre me había rebelado contra la absurda juventud, contra la inmarchitable juventud de la heroína al uso. Y como protesta contra esta moda, ya en 1903 estaba planeando una novela (Leonora) cuya heroína tenía cuarenta años y sus hijas eran lo bastante mayores como para estar enamoradas. Los críticos, dicho sea de paso, se quedaron estupefactos ante mi audacia de ofrecer al público a una mujer de cuarenta años como tema de interés serio. ¡Pero yo me proponía ir mucho más allá de los cuarenta años! En última instancia, como razón suprema, tenía el ejemplo y el reto de Une vie, de Guy de Maupassant. En la década de 1890 considerábamos Une vie con muda veneración, como la cima del logro en la ficción. Y recuerdo que estaba muy enojado con Bernard Shaw porque, tras leer Une vie por sugerencia (creo) de William Archer, no halló en ella nada notable. Debo confesar aquí que en 1908 volví a leer Une vie y, a pesar de mi natural deseo de discrepar de la opinión de Bernard Shaw, me sentí muy decepcionado. Es una excelente novela, pero claramente inferior a Pierre et Jean e incluso a Fort comme la Mort. Pero volvamos al año 1903. Une vie relata toda la vida de una mujer. En mi fuero interno decidí que mi libro sobre la evolución de una muchacha hasta convertirse en una mujer vieja y gorda había de ser la Une vie inglesa. Me han acusado de todos los defectos menos de falta de confianza en mí mismo, y en pocas semanas decidí otra cosa, a saber, que mi libro tenía que “ir más lejos” que Une vie y que con este objeto tenía que ser la historia de la vida de dos mujeres en vez de una sola. Por lo tanto, Cuento de Viejas tiene dos heroínas. Constanza es la original; Sofía fue creada por hacer una bravata, sólo para indicar que me negaba a considerar a Guy de Maupassant como el último precursor del diluvio. Me intimidaba la osadía de mi proyecto, pero me había jurado sacarlo adelante. Durante varios años lo miraba directamente a la cara a intervalos, y luego me apartaba para escribir novelas de menor porte, de las cuales produje cinco o seis. Pero no podía estar siempre tomándolo y dejándolo, y en el otoño de 1907 me puse a escribir de verdad, en un pueblo cerca de Fontainebleau donde alquilé media casa a un ferroviario jubilado. Calculaba que la novela tendría 200.000 palabras (cálculo que resultó exacto) y tenía la vaga idea de que ninguna novela de semejantes dimensiones (excepto la de Richardson) se había escrito antes. Así que conté las palabras de varias famosas novelas victorianas y descubrí, con alivio, que las famosas novelas victorianas tenían por término medio 400.000 palabras cada una. Escribí la primera parte de la novela en seis semanas. Me resultó muy fácil porque en los años setenta, la primera década de mi vida, había vivido en la auténtica mercería de los Baines y la conocía como sólo un niño podía conocerla. Después fui a Londres de visita. Traté de continuar el libro en un hotel londinense pero Londres me distraía demasiado y lo dejé; entre enero y febrero de 1908 escribí Enterrado vivo, que se publicó inmediatamente y fue recibido con majestuosa indiferencia por el público inglés, una indiferencia que ha persistido hasta este día.
CUENTOS DE VIEJAS | ARNOLD BENNETT | Comprar libro 9788490060131  Luego volví a la región de Fontainebleau y no dejé descansar Cuento de Viejas hasta que lo terminé, a finales de julio de 1908. Se publicó en el otoño del mismo año y durante las seis semanas siguientes el público inglés confirmó una opinión expresada por cierta persona en cuyo juicio yo tenía confianza, según la cual, la obra era sincera pero triste y que cuando no era triste mostraba una lamentable tendencia a la guasa. Mis editores, aunque hombres de agallas, estaban un poco desalentados; sin embargo, la acogida del libro se fue haciendo cada vez menos fría.
 Con respecto a la parte francesa del relato, no fue hasta que hube escrito la primera parte cuando vi, al estudiar mi base cronológica, que se podía introducir en la narración el asedio de París. La idea era seductora; pero yo aborrecía, y sigo aborreciendo, las horribles tareas de la investigación, y sólo conocía el París del siglo veinte. Entonces caí en la cuenta de que mi ferroviario y su esposa habían vivido en París en la época de la guerra. Le dije al viejo: “Por cierto, ¿usted vivió el sitio de París, verdad?”. Se volvió a su mujer y dijo, inseguro: “¿El sitio de París? Sí, estuvimos, ¿no?”. El sitio de París no había sido más que un incidente entre muchos en sus vidas. Por supuesto, lo recordaban bien, aunque no vívidamente, y obtuve de ellos mucha información. Pero lo más útil que obtuve de ellos fue la percepción, sorprendente al principio, de que la gente corriente siguió llevando una vida muy corriente en París durante el asedio, y que para la gran mayoría de la población el asedio no fue el asunto dramático, espectacular, emocionante y extático que se describe en la Historia. Animado por esta percepción, decidí incluir el asedio de París en mi plan. Leí en voz alta a mi mujer el diario del sitio escrito por Sarcey, vi las ilustraciones de la popular obra de Jean Claretie sobre el sitio y la comuna y eché un vistazo a la colección impresa de documentos oficiales, y allí concluyó mi investigación.
  Se ha aseverado que a menos que hubiese presenciado una ejecución pública no habría podido escribir el capítulo en el que Sofía se halla en el acto solemne de Auxerre. No he presenciado una ejecución pública y la totalidad de mi información sobre ejecuciones públicas procede de una serie de artículos sobre el particular que leí en el Matin de París. Frank Harris, en su reseña de mi libro en Vanity Fair, decía que estaba claro que yo no había visto una ejecución (con estas o parecidas palabras), y pasaba a dar su propia descripción de una ejecución. Era un pasaje breve pero terriblemente convincente, del todo característico y digno del autor de Montes el matador y de un hombre que ha estado en casi todas partes y ha visto de casi todo. ¡Comprendí cuán lejos me había quedado yo de la realidad! Escribí a Frank Harris lamentando que su descripción no se hubiese publicado antes de redactar yo la mía, ya que con toda seguridad la hubiera utilizado, y, por supuesto, admití que nunca había sido testigo de una ejecución. Me contestó simplemente: “Yo tampoco”. Merece la pena conservar este detalle, pues constituye una reprensión para la gran cantidad de lectores que, cuando un novelista les parece verdaderamente convincente, afirman de inmediato: “¡Oh, seguro que eso es autobiográfico!”.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2005, en traducción de María Cóndor, pp. 33-36. ISBN: 978-8424927554.]

lunes, 21 de junio de 2021

Autorretrato.- Édouard Levé (1965-2007)


Resultado de imagen de edouard leve «Pocas veces me fumo más de diez cigarros al día, mi garganta tiene un indicador natural que hace que me dé asco si fumo más. Puedo pasar días sin fumar. He dejado de fumar varias veces sin querer, siempre de la misma forma: cojo anginas, dejo de fumar y, una vez curado, se me olvida volver a fumar. Fumo tabaco de liar porque se consume a la velocidad a la que le doy las caladas, si se apaga lo vuelvo a encender, el tabaco que viene liado se consume solo y me impone un ritmo del que no quiero sentirme esclavo. Tengo un amigo que asegura que a las tres de la tarde es cuando el metro va más vacío y que, por lo tanto, habría que cogerlo siempre a esa hora. A veces escribo en el ordenador con los ojos cerrados y me recreo con la idea de las faltas de mecanografía que la lectura me revelerá más tarde. Ignoro más de lo que sé sobre mi cuerpo. Sé que tengo una cabeza, un cerebro derecho, un cerebro izquierdo, dos ojos, dos orificios nasales, dientes, un labio inferior y un labio superior, sé que tengo diez dedos al final de dos manos al final de dos brazos unidos a mi tronco por los hombros, sé que tengo pelo en el pecho, un cuello, dos pezones, costillas en número desconocido, un pene, dos testículos, dos nalgas, dos muslos, dos piernas, dos pies, sé que tengo un estómago, un corazón, un intestino grueso y un intestino delgado, un hígado, una tráquea, sangre, una garganta, una lengua, cuerdas vocales y dos orejas, no sé cuántos músculos tengo, cuánto me pesan los huesos, cuántas neuronas tengo ni a qué velocidad se renuevan, desconozco el volumen de mi sangre, no me he visto ningún órgano interno, hay ciertas partes de mi cuerpo que sólo he visto por mediación de un espejo, hay ciertas partes de mi cuerpo que no he visto, ni siquiera con la mediación de un espejo, pero no sabría decir cuáles. Sigo a los locos por la calle. No soy anarquista. No soy comunista. No soy socialista. No soy de derechas. Soy demócrata. Le doy importancia a los asuntos de la ecología. He votado a los verdes en todas las elecciones. Hasta los catorce pasaba la mayoría de los fines de semana en una casa de campo en la que, visto a posteriori, creo haberme aburrido mucho, aunque en su momento no era consciente. En poesía no me gusta la ejercitación de la lengua, me gustan los hechos y las ideas. Me interesan más la neutralidad y el anonimato de la lengua común que los intentos de los poetas por crear su propia lengua, el informe de los hechos me parece la poesía no poética más bella que hay. Suelo utilizar la palabra suelo. Cuando escribo suelo utilizar la palabra mucho, pero la elimino al releer. Sueño con una escritura blanca, pero no existe. No sé cuántas palabras conozco. Me pregunto si, puesto que con el tiempo olvido palabras y ahora aprendo menos que en el pasado, eso significa que cada vez utilizo menos palabras. Suelo tener miedo de defraudar a mis interlocutores. Me cuesta hablar en público de otra cosa que no sea yo. Mi persona es un tema inagotable para mí. Como me gusta que la gente me hable de sí misma, no tengo ningún escrúpulo a la hora de hablar de mí. Hago muchas preguntas sobre la vida privada de mis interlocutores, sobre todo si no los conozco. Prefiero que me cuenten una exposición a verla con mis propios ojos. No miento. Creo que ya no creo en Dios pero de vez en cuando, por la noche, me pregunto si es verdad que ya no creo. Ya no me acuerdo de a qué edad empecé a creer en Dios. Calculo que antes de los catorce creía en Dios por imitación, entre los catorce y veintiuno tenía fe y después dejé de creer gradualmente hasta que un día me di cuenta de que ya no creía. Cuando creía me representaba a Dios como a un abuelo con túnica y barba blancas, se me aparecía en contrapicado, como en un fresco. No me gustan las entrevistas de trabajo en las que le enseño mis trabajos a gente que me recibe por compromiso, más que por voluntad propia, sobre todo si hojean mis porfolios muy rápido, en cuanto a las entrevistas de trabajo que van bien, no siempre me agradan, sobre todo si acaban en un encargo en el que creo a medias pero con el que finjo estar entusiasmado. Cuando duermo bien, me imagino este proyecto: pasarme días sin dormir, para experimentar la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. Cuando duermo mal, me imagino este proyecto: dormir durante cuarenta y ocho horas, para experimentar así la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. En el extranjero comer se convierte en un problema, los menús son incomprensibles, pido los platos al azar y en general me llevo sorpresas agradables, aunque, o porque, la naturaleza de los platos es imprevisible, y el orden, contra natura. Me afecta por igual una buena noticia que una mala, una noticia mala puede volverse buena, la mala noticia de verdad sería que no hubiese ninguna noticia. Estando en la calle una vez, miré el reloj con una lata de Coca-Cola en la mano derecha, me tiré la mitad de la lata en el pantalón, por suerte nadie me vio, nunca se lo he contado a nadie. No he leído a Platón, pero he leído muchos artículos que lo citan, por lo que tengo la falsa impresión de conocerlo, como esos libros que tengo desde hace tiempo y que nunca he abierto. Para que no me pillen en falta, evito citar a Platón al hablar. Me parece arriesgado evocar el pensamiento de un autor que sólo conozco en parte, aunque no creo que conozca a ninguno íntegramente. La tormenta me exalta como un enemigo. Me puedo tomar tres tazones de café americano sin empacharme, pero no más de un expreso francés, ni de un expreso italiano. En el extranjero, orinar y defecar se convierten en un problema, pero no más que fuera de casa en mi propio país. No he conducido un camión, ni un avión, ni un helicóptero ni un cohete, he conducido coches y motos de todas las cilindradas, barcos y bicicletas. Sé hacer esquí alpino, esquí náutico, skateboard, patinaje sobre ruedas, windsurf, pero no sé hacer ni surf ni snow. Si alguien dice “Monsieur Paul” en vez de “Paul”, tengo que superar cierta aprensión para seguir hablando con él sin reírme por dentro y sin sentirme culpable. Nunca llevo cuello vuelto, me irrita la piel. Evito los jerséis de lana virgen porque me dan picores y despiden un olor que me recuerdan a la irritación que me salía cuando, de pequeño, me obligaban a ponérmelos. No me gusta ponerme jerséis de cuello estrecho con el pelo todavía mojado. Dejé de ir al peluquero cuando tenía catorce años por el olor de la laca, por el rechinar sobre el pelo mojado de los dedos de la que me lavaba la cabeza y por el dolor de nuca que me entraba en el lavabo en forma de U. Me corto yo mismo el pelo, cosa que impresiona a mis amigos, ya que, con la experiencia, me sale bastante bien. He visto demasiadas muertes gesticulantes por televisión. Colecciono las tarjetas de invitación de las exposiciones con el propósito de hacer un inventario dentro de dos o tres décadas, pero cada cuatro años las tiro todas por falta de espacio, y, tiempo después, vuelvo a empezar. Me gustaría guardar todas las postales que recibo, pero al final las tiro al cabo de los años, salvo las de mis mejores amigos. Me pregunto si mis amigos tirarán las postales tan elaboradas que les mando. Soy capaz de repetir palabra por palabra frases u opiniones que oigo, simplemente porque me parecen justas y no veo por qué modificarlas para apropiarme de ellas. No estoy muy seguro de poder servir de ejemplo a la juventud. A los diez años, un día me estaba comiendo un bocadillo de jamón york cuando de repente noté un fuerte olor a tabaco, aunque no había nadie fumando a mi alrededor, y al olor se le unió un sabor agrio en la boca, había una colilla de tabaco negro dentro del pan, acababa de darle un mordisco. A diferencia de un amigo de un amigo, no me he encontrado un renacuajo en un queso fresco.
Resultado de imagen de edouard leve autorretrato 451 editores Cuando en invierno hay un sol intenso sin ninguna nube que lo oscurezca y la luz fría recorta secamente las sombras, podría fotografiar lo que sea y a quien sea. En los servicios públicos me protejo los dedos con papel higiénico para tirar de la cadena, pongo papel sobre la taza antes de sentarme, me lavo las manos cuando salgo y, a veces, también al entrar. No he esperado ningún tren ni ningún avión que no haya llegado, pero sí a gente. Es raro que me haga amigo de alguien que no avisa con tiempo de que no se va a presentar a una cita. No cortejo a mujeres caprichosas. Para sentirme seguro, si estoy perdido en una ciudad extranjera, voy al supermercado, es un lugar familiar, aunque, al mirar de cerca, ningún producto se parece a los que yo conozco, puedo, por ejemplo, sentirme completamente perdido en la sección de los yogures. Me siento atraído por las mujeres generosas con el tiempo, con las sonrisas, con la conversación, con el afecto y con el deseo físico. Prefiero estar en la cima de una montaña que al pie. Bajo los escalones de uno en uno y los subo de dos en dos. He ido a pescar menos de cinco veces  y todas antes de los quince. Le pegué un tiro a un faisán con una carabina y lo maté. Les he arrancado las alas a unas treinta moscas, les he quitado las patas traseras a igual número de saltamontes. En Beauce, aplasté cien hormigas soldado en un tilo. He destruido a puntapiés un hormiguero. Quería mucho a un perro al que mis padres tuvieron que poner la inyección porque se había vuelto loco, esa fue mi primera experiencia con la muerte. Estaba sentado en una terraza de una calle cercana a la Bastilla, la mochila con mi lujosa cámara colgada de la silla que pegaba a la carretera, un adolescente la cogió y echó a correr, lo vi al instante, pero me hicieron falta unos segundos para aceptar la idea de que me estaban robando, entonces me levanté y empecé a correr, cuando comprendí  que no lo iba a coger, grité sin mucha convicción: “Al ladrón, al ladrón”, soltó la mochila al instante. No me acuerdo de si lloré cuando, a la vuelta de la semana blanca, mis padres me comunicaron que Pirouette, mi hámster, había muerto durante mi ausencia. Mi padre me regaló una carabina del 22 de rifle largo por mi decimotercero cumpleaños, cosa que asustó al resto de la familia. Me gustaba la forma de mi carabina, pero me daba coraje que sólo pudiese pegar un tiro, e imaginaba que, en caso de ataque a la casa, tendría que ingeniármelas para que los asaltantes creyeran que era de repetición. Mi carabina disparaba plomillos y no cartuchos, lo que la hacía poco ofensiva a los ojos de los seres humanos, es decir, de los asesinos en potencia. Aunque no cazo, mi padre me dio la escopeta de caza de mi abuelo, con la que a veces he considerado la posibilidad de suicidarme. Hago más cosas cuando tengo poco tiempo que cuando tengo mucho. Tuve un sueño en el que iba paseando con mi padre, que a la vez era Raphaél Ibáñez, por un instituto lleno solo de chicas altas y rubias con zapatillas Converse, después nos bañábamos en un río azucarado, cuyo cauce conducía a una gruta recubierta de berro, nos comimos hasta las paredes antes de volver al instituto, imbuidos de deseo. Cuando viajo de pasajero en un coche, voy mirando cómo suben y bajan los hilos de los postes eléctricos como el malvavisco en una tienda de chucherías. La naturaleza se me antoja menos hospitalaria que la ciudad. Una casa en construcción puede llegar a interesarme más que una escultura minimalista, porque, al ser accidental el interés por la primera, me siento más autor que espectador de la “obra”. Un amigo mío cantaba las primeras palabras de los estribillos en inglés y después seguía con una serie de onomatopeyas porque la comprensión se le agotaba en ese punto. De pequeño se me repetía esta pesadilla: la gravedad ha desaparecido, la humanidad se dispersa, mis íntimos se alejan de mí sin esperanza de volver , cada uno es el centro de un universo en expansión infinita. Aunque no es un gran regalo, les doy las gracias a mi padre y a mi madre por haberme dado la vida. Cuando me tumbo en la hierba, me acuerdo del vértigo que me daba a los seis años pensar, tumbado en la hierba, que la gravedad se acababa y me caía del cielo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2009, en traducción de Julia Osuna Aguilar, pp. 59-68. ISBN: 978-84-96822-78-8.]

viernes, 19 de marzo de 2021

Historia de las mujeres filósofas.- Gilles Ménage (1613-1692)

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Filósofas de escuela incierta


  «Hipo (ca. siglo XII a. C.). Hija del centauro Quirón, que enseñó a Eolo la observación de la naturaleza, según testimonio de Clemente de Alejandría en el libro I de los Stromata y de Cirilo en el libro IV de Contra Juliano. Pues la observación de la naturaleza es una parte esencial de la filosofía. También en el libro IV de los Stromata, de Clemente, Eurípides recuerda a Hipo como adivina y mujer versada en cuestiones astrológicas.

 Aristoclea (siglo VI a. C.). Se verá más adelante con el nombre de Temistoclea, en el apartado de las pitagóricas.

 Cleobulina (fl. 570 a. C.). Hija de Cleóbulo, uno de los siete sabios de Grecia, por eso conocida vulgarmente así, aunque a ella su padre (son palabras de Plutarco) la llamaba Eumetida. Escribió enigmas en versos hexámetros que elogió Ateneo en el libro X, capítulo XV. Aristóteles, en el libro III, capítulo II de la Retórica, cita este célebre enigma sobre la aplicación de la ventosa: «Vi a un hombre que con fuego soldaba bronce sobre otro hombre». Plutarco testifica en el Banquete de los siete sabios que este enigma es de Cleobulina. En este mismo libro Tales la llama “la sabia”, lo cual el compilador del índice de Plutarco interpreta que significa “dedicada a la filosofía”. Y así estimaba Charles Caton de Court, varón de doctrina y modestia singulares, que tenían que ser interpretadas estas palabras. La recuerda Cratino en la pieza Cleobulinas, obra que escribió sobre su nombre. Pues indican Laercio en su “Cleóbulo” y Ateneo en el libro IV, capítulo XXI, que esta pieza se conoce con el nombre en plural. Menos correctamente en singular, Cleobulina, esta obra es citada por Pólux en el libro VII, capítulo XI. Sobre Cleobulina, además de Plutarco y Laercio en los textos citados y de Suidas en “Cleóbulo”, hay que consultar a Clemente de Alejandría en el libro IV de los Stromata, en el que dice que ella lavaba los pies de los huéspedes de su padre. Sabemos por Homero en la Odisea, canto XIX, por el apóstol Pablo en la Primera carta a Timoteo, capítulo V, por el libro I, capítulo XXV, de Samuel, por Plutarco en las Virtudes de mujeres y a través del oráculo dado a los milesios, citado por Heródoto, que en otro tiempo las mujeres acostumbraban a lavar los pies de los hombres.

 Aspasia (ca. 470-410 a. C.). Milesia, hija de Axíoco. Enseñó retórica a Pericles y retórica y filosofía a Sócrates. Consultad a Platón en el Menéxeno y a Clemente de Alejandría en el libro IV de los Stromata. Suidas en “Aspasia” y el escoliasta de Aristófanes en Los acarnienses la llaman «sofista » y, lo que es rarísimo en su sexo, “maestra de elocuencia”. Nos indica Ateneo, en el libro V, que también fue poeta y que muchos de sus versos fueron publicados por Heródico Cratecio. Fue, primero, amante y, después, esposa de Pericles. Capturada por los atenienses, éste la desposó en un matrimonio infausto para la patria, pues este hecho fue el origen de dos grandes guerras, contra los samios y contra los peloponesios. De esto trata Aristófanes en Los acarnienses. Los versos de Aristófanes, que fueron traducidos al latín por Frischlin, suenan así:
 Los jóvenes que marchaban hacia Megara se habían embriagado jugando al cotabo y furtivamente se llevaron a la meretriz Simeta. Los megarenses, conmocionados por un justo dolor, robaron a su vez dos hetairas amigas de Aspasia. A causa de tres meretrices se inició una guerra entre todos los pueblos griegos. El olímpico Pericles lanzaba con ira truenos y relámpagos y agitaba toda Grecia. Además promulgó leyes escritas más bien como cantos de banquete: prohibió a los megarenses permanecer en tierra, en el foro, en el mar y en el continente. Pronto los megarenses, cada vez más forzados por el hambre, rogaron a los lacedemonios que interpusieran su influencia para que revocásemos este decreto que había sido promulgado a causa de unas rameras. Pero nosotros no queríamos oír sus muchas y reiteradas súplicas. Oíamos el furor de la guerra y el estrépito de las armas.
 Ateneo recogió asimismo esta cita de Aristófanes en el libro XIII.
 Pero oigamos también qué dice, acerca de Aspasia, el propio Plutarco en su “Pericles”:
 Pero porque se cree que lo que llevó a cabo Pericles contra los samios lo hizo para agradar a Aspasia, no resulta incongruente, sobre todo en este punto, considerar qué arte y qué fuerza tan grande poseía esta mujer para tener bajo su poder a los hombres principales de la ciudad y para que los filósofos hicieran mención de ella como ilustre y célebre. Es sabido que nació en Mileto y que fue hija de Axíoco. Dicen que siguió los pasos de una tal Targelia, así como los de las antiguas mujeres jónicas, y que buscó la amistad de los que eran muy ricos. Ciertamente, Targelia, que era de hermoso rostro y que unía belleza y agudeza de ingenio, tuvo familiaridad con muchos griegos, concilió a todos éstos con el rey y, mediante su colaboración, furtivamente esparció en las ciudades los principios del partido de los medas. Pero dicen que Pericles eligió a Aspasia porque era prudente y experta en cuestiones políticas. También el propio Sócrates la frecuentó con sus íntimos. Los socráticos llevaban a sus mujeres a escucharla, aunque tuviera una escuela poco decorosa y honesta, pues criaba jóvenes que hacían negocio con sus cuerpos. Esquines cuenta que Lisicles, un ganadero que tuvo relación con Aspasia después de la muerte de Pericles, de ser un hombre de baja estofa y abyecto se convirtió en uno de los principales de la ciudad de Atenas. En el Menéxeno de Platón, aunque el principio haya sido escrito en tono de broma, hay, sin embargo, algo de verdad cuando se afirma que es por todos sabido que muchos atenienses aprendieron de Aspasia el arte de hablar. Pero es verosímil que el amor de Pericles por ella fuera lascivo ya que él tenía como esposa a una pariente próxima que antes había estado casada con Hipónico y que le había dado un hijo, Calias, un rico personaje. También de la unión con Pericles había engendrado esta mujer a Jantipo y a Paralo. Como este matrimonio fuera odioso a ambos, Pericles la entregó a otro contra su voluntad. Entonces él se casó con Aspasia, a la que amó mucho, pues, cuando iba o volvía del foro, siempre la saludaba con un beso. En las comedias Aspasia es llamada nueva Ónfale, Deyanira y Juno. Cratino abiertamente la denominó «concubina» […]. Pero se cuenta que Aspasia fue tan célebre y noble que Ciro, que hizo la guerra al rey de los persas por el reino, llamaba Aspasia a la concubina que más amaba y que antes tenía por nombre Milto.
 Asimismo, Plutarco narra que Aspasia fue acusada por el comediógrafo Hermipo de impiedad y de llevar a la prostitución a mujeres libres, de las que se servía Pericles. También escribe que ella se libró del juicio por la intercesión de este último. Ved el diálogo al que nos referimos, titulado Aspasia, acerca del cual Laercio testifica que lo escribió el socrático Antístenes.
 No hace mucho había en Roma, en la dactiloteca de Felicia Rondanina, mujer de la aristocracia, una antigua piedra de jaspe que, engarzada en un anillo, tenía grabada, bajo el nombre de ΑΣΠΑΣΟΥ, la imagen de una hermosa mujer de largos cabellos que le caían sobre el pecho y los hombros, adornada con un collar y pendientes, armada de un yelmo y protegida por una égida: en el casco había pintada una cuadriga de caballos y sobre ésta se podía ver a Pegaso y a la esfinge. Canini y Bellori, que describieron esta imagen, uno en sus antiguas Imágenes de hombres ilustres, el otro en su Iconología, consideraron que aquella mujer era Aspasia de Mileto, maestra de Sócrates. Pero, a pesar del respeto por esos doctos varones, permítaseme objetar: cómo puede decir Ασπασος en vez de Ασπασια; en efecto, no lo veo en los libros antiguos, porque, de hallárselo, sería nombre de varón, no de mujer. Ασπασω en vez de Ασπασιη podría ser. Y pienso si el grabador no habría querido poner Ασπασους, en caso genitivo. Debió de ser así.

 Diotima (siglo V a. C.). Enseñó a Sócrates filosofía amatoria, según el testimonio que él mismo da en el Banquete de Platón. Sobre la filosofía del amor hay que leer a los platónicos y en primer lugar a Máximo de Tiro. Sobre Diotima, además del mencionado pasaje de Platón, hay que consultar a Luciano en sus Imágenes.

 Beronice. Focio menciona a Beronice en su Biblioteca cuando enumera a los filósofos cuyos apotegmas recoge Estobeo. Con el nombre de Berenice hubo cuatro reinas, pero sin ninguna relación con nuestra Beronice, que también parece ser distinta de aquella Ferenice de la cual hablan Valerio Máximo, Plinio y Pausanias y que fue la única mujer a la que se le permitió asistir a un espectáculo deportivo cuando acompañó a Olimpia a su hijo Euclea, que tenía que participar en un certamen; fue hija de padre olimpiónico (es decir, vencedor en varias ocasiones del certamen olímpico) y tuvo hermanos que, con no pocos esfuerzos, consiguieron este mismo título. Beronice, Berenice y Ferenice son el mismo nombre.

 Pánfila (siglo I). De Epidauro de Egipto. Hija de Soterida, un celebérrimo gramático. Suidas la llama “la sabia de Epidauro” y Focio dice que sus libros están llenos de cuestiones filosóficas. Escribió ocho libros misceláneos que Focio cita en su Biblioteca. Suidas testifica que fueron treinta y tres y que escribió muchas otras cosas: un epítome de Ctesia, epítomes de historias, de controversias y sobre las fiestas de Afrodita. Vivió en tiempos de Nerón. A menudo Laercio utiliza su testimonio y Gelio la cita en el libro XV, capítulos XVII y XXIII. Su padre, Soterida, le dedica sus comentarios. Hay que consultar a Suidas bajo el nombre de Soterida. Pánfila contrajo matrimonio con Socrátida, según el testimonio de Suidas en “Pánfila”. Y Focio dice que estuvo casada con aquél durante trece años.

 Clea (siglos I-II). Plutarco le dedicó sus Virtudes de mujeres, obra en la que afirma que ella era versada en la lectura de libros. Dice también que cuando Clea hubo sufrido la muerte de la excelente Leontida, que, conjeturamos, acaso fuera su madre, ambos tuvieron un rico coloquio de consolación filosófica. Por eso sospechamos que Clea se dedicaba a la filosofía.

Resultado de imagen de historia de las mujeres filósofas Eurídice (siglos I-II). Esposa de Poliano. Plutarco escribió para ellos sus Preceptos conyugales. Dice también que Eurídice había sido educada en la filosofía. Jonsius, en el libro III, capítulo VI, de Escritores de la historia filosófica, piensa que fue hija de Plutarco. Confieso que no sé de dónde saca esta afirmación. Pues esta Eurídice nuestra es distinta de aquella Eurídice que, siendo bárbara, de hecho Plutarco la llama «tres veces bárbara» (era iliria y de Hierápolis), sin embargo, ya en edad avanzada se dedicó al estudio para educar a sus hijos. De esta noble dedicación trata un epigrama en el último capítulo del tratado Sobre la educación de los hijos, de Plutarco.

  Julia Domna (170-217). Esposa del emperador Severo. Dión Casio, al final del libro LXXV de la Historia romana, dice de ella: “Empezó a filosofar y pasaba los días con los sofistas”. Por eso Filóstrato, en Filisco, la llama «filósofa»: «Antonino era hijo de la filósofa Julia». Se refiere a Antonino Caracalla. De este modo hay que leer la excelente enmienda de Claude Saumaise a Elio Lampridio. Antes se leía erróneamente “del filósofo”. Acerca del mismo sofista, Filóstrato prosigue: “Gracias a Julia, Filisco obtuvo del emperador Caracalla la cátedra de filosofía de Atenas”. Pues también hay que leer así, teniendo en cuenta la enmienda del mismo Saumaise, en vez de como se leía antes: “por su [de él] intercesión”. La emperatriz Julia conocía no sólo a Filóstrato sino también a otros sofistas, que la acompañaban diariamente. Pues Tzetzes en la historia cuadragésimo quinta de la sexta Quiliada ofrece el testimonio de que los sofistas estaban a menudo con ella. Era de patria siria, de la ciudad de Emesa. Después de haberla hecho venir de Siria, Severo la desposó. Acerca de él dice Espartiano:
 Después de haber perdido a su esposa y, queriéndose casar con otra, requería los horóscopos de las posibles consortes. Él mismo era muy experto en matemáticas. Y como había oído que en Siria existía una mujer que tenía un horóscopo que la hacía digna de unirse a un rey, la pidió como esposa.
 Tras la muerte de Severo, quisieron que Julia se casase con su hijastro Antonino Caracalla. Espartiano, a propósito de Caracalla, dice:
 Conviene saber de qué manera se había casado con su madrastra Julia. Como ella era bellísima y quizás por negligencia se había desnudado la mayor parte del cuerpo, Antonino le dijo: «Querría, si fuera lícito». Se cuenta que ella respondió: «Si te gusta, es lícito. ¿Acaso no sabes que eres el emperador y que promulgas las leyes, no las acatas?». Oído esto, su deseo desordenado fue alentado a cometer el acto criminal y se celebraron las nupcias. Si Antonino hubiera sabido promulgar leyes, él mismo habría debido prohibirse este acto: pues se casó con su madre (no se podía decir de otra manera). Al parricidio añadió el incesto, ya que se unió en matrimonio a aquella a cuyo hijo había matado recientemente.
 Aurelio Víctor, Eutropio y Orosio se suman a Espartiano. Pero grandes testigos, libres de toda sospecha, como Opiano, Herodiano y Filóstrato,  testifican que todos aquellos se equivocan. Escritores contemporáneos de Julia dijeron unánimemente que ella era la madre de Caracalla, no la madrastra. Lo ratifican las antiguas monedas e inscripciones, que dan testimonio de lo que ya nadie duda: Caracalla fue el hijo de Julia Domna, no el hijastro. Esto ya había sido reconocido por los doctos varones, por Casaubon y Saumaise en la Historia augusta, por Tristan en los Comentarios históricos, por Spanheim en la séptima disertación acerca de la Importancia y uso de las monedas, por Spon en las Misceláneas de la Antigüedad erudita, y recientemente por Vaillant en las Monedas, donde habla de Septimio Severo, Julia Pía y Antonino Caracalla.
 Domna era su cognomen. Opiano, en el libro I de su De la caza, en el que habla de Antonino Caracalla, a quien dedicó su obra, dice: “la gran Domna lo dio al gran Severo”. Pues en este lugar “Domna” no es “dueña”, como querían Scipione Gentile en el libro II, capítulo XXII de Introducción al derecho y Rittershausen en el comentario a Opiano, sino que es un nombre propio, o mejor dicho un cognomen. Consultad, si os place, lo que decimos en Amenidades del derecho, capítulo XXV. Añado que la esposa de Isidoro, aquel celebérrimo filósofo cuya vida escribió Damascio, se llamaba “Domna”. Ved los extractos de su vida en Focio.
 Sabemos por Herodiano, cuando habla de Caracalla, y por Capitolino, en su Opilio Macrino, que tuvo una hermana, Julia Mesa. Tristan y Patin escribieron que este nombre en sirio fenicio significa “sol” [lo que dudo mucho. De hecho, me veo obligado a creer que no es una palabra ni siria ni fenicia, tal como me aseguró Luis Pico, teólogo de la Sorbona, gran experto en lenguas orientales].

 Miro. De ella Suidas dice así: “Miro de Rodas, filósofa”. Escribió tratados sobre mujeres que fueron reinas, y también fábulas. Según Suidas, no se trata de Miro, la celebérrima poeta, hija o madre de Homero, uno de los poetas trágicos de la Pléyade. Pues nuestra Miro fue bizantina, como consta en Suidas. Ateneo también la hace bizantina en el libro XI, capítulo XII y Eustacio en el comentario al verso 310 del canto XXIV de la Ilíada. Pero allí se la llama Moiro, no Miro. Además, según el testimonio de Suidas, escribió, lo diré de pasada, versos elegiacos y mélicos, así como una obra con el título de Anemosyne, según dice Ateneo, y un libro sobre los dialectos, según Eustacio.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Herder Editorial, 2009, en traducción de Mercè Otero Vidal, pp. 47-58. ISBN: 978-84-254-2581-3.]