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miércoles, 10 de marzo de 2021

El número 11.- Jonathan Coe (1961)

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El premio Winshaw
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   «¿No era él el primer investigador criminal verdaderamente intelectual de Inglaterra? ¿No consideraba que todo crimen se resuelve mejor si se sitúa en su contexto político? ¿Qué la teoría cultural y la filosofía moral podían a menudo señalar el camino hacia la solución de un modo más claro que unas huellas dactilares en el marco de una ventana o unas huellas de pisadas en el sendero de un jardín? Era el momento de ponerse a estudiar.
 De modo que durante los siguientes cinco días el oficial Pilbeam apenas salió de su estudio.
 Al principio se sorprendió al comprobar que se había escrito tan poco sobre la historia y la filosofía del humor. Aparte de algunos comentarios dispersos de Platón, Aristóteles y Cicerón, los filósofos de la antigüedad parecían no tener mucho que decir sobre este tema. La observación más temprana en lengua inglesa al respecto era de Thomas Hobbes, quien se mostraba de acuerdo con René Descartes en que la risa derivaba del orgullo y era una expresión agresiva de superioridad sobre nuestros conciudadanos. Immanuel Kant fue uno de los primeros filósofos que planteó una incongruente teoría sobre el humor, en la que afirmaba que “la risa es una afección que brota por la repentina transformación de una expectativa fallida en nada” y que produce “una sensación de alivio al remover los intestinos”. Kierkegaard se metió de lleno en el tema sosteniendo que la comedia nacía de la contradicción, aunque en ese caso era una “contradicción indolora” frente a la “contradicción dolorosa” de la tragedia. Por otro lado, Henri Bergson volvió a la teoría de la superioridad para explicar el humor y la refinó declarando que nos reímos de otras personas cuando percibimos en ellas “une certaine raideur de mécanique là où l’on voudrait trouver la souplesse attentive et la vivante flexibilité d’une personne”. Sólo unos años después, Freud publicaba su seminal El chiste y su relación con el inconsciente, donde proponía una teoría que parecía ser la más profunda y persuasiva de todas. Freud consideraba que el golpe de efecto de un chiste creaba una suerte de cortocircuito psíquico que nos trasladaba rápidamente de una idea a otra por un camino rápido e inesperado que de este modo permitía una “economía de gasto psíquico”, un ahorro de energía mental que se expulsaba a través del explosivo estallido de la carcajada.
 Nathan leyó todas esas explicaciones con suma atención, marcando los pasajes más interesantes y tomando detalladas notas. Se fijó en que muy pocos pensadores habían abordado específicamente el tema de la sátira o el humor político, aunque localizó una desdeñosa observación de Milan Kundera. Por lo visto, Kundera menospreciaba la sátira como “arte de tesis” que pretendía conducir a los espectadores hacia una posición política o moral preconcebida, y por tanto quedaba por debajo de lo que él consideraba el auténtico propósito de una creación artística, que consistía en hacer a la gente consciente de la ambigüedad y multiplicidad de los significados.
 Cuando consideró que ya había agotado las fuentes escritas de las que disponía, Nathan exploró internet y empezó a rastrear blogs sobre comedia y foros de discusión, la mayor parte de ellos consagrados a las manifestaciones contemporáneas del humor. Se adentró en un mundo muy diferente en el que obsesos y pirados de la comedia que sabían un montón sobre el tema y estaban completamente ofuscados con el asunto, debatían sobre el humor moderno dando rienda suelta a toda la pasión sin restricciones, la compulsión, hostilidad, vitriolo, excesos escatológicos, arbitrariedad, agresividad, mezquindad, grosería, impudor y obscenidad que permitía internet. Era gente que amaba la comedia con tanta intensidad que su amor se podía transformar en odio por una minucia. Un chiste que no les parecía gracioso o un humorista que no les había hecho reír se convertían en una ofensa personal que debía vengarse multiplicando por diez el castigo. Mostraban una admiración reverente por el reducido grupo de humoristas más radicales, los que utilizaban el escenario para lanzar una crítica ácida, provocadora y profunda a la sociedad con un lenguaje que los convertía en inaceptables para la mayor parte del público. A los humoristas comunes y corrientes, los que no pretendían otra cosa que divertir y entretener a su público con un sentido del absurdo amable, se los toleraba como una distracción inocua. El auténtico odio se reservaba para aquellos cuyo trabajo se situaba entre estos dos polos: los que salpimentaban sus inofensivos espectáculos con moderadas digresiones políticas que complacían a la audiencia para dejar constancia de su conciencia social de corte progresista. Éstos eran objeto de ataques, ridiculización y escarnio por parte de esos críticos internautas aislados en el cómodo anonimato.
 Después de rastrear todo ese material durante dos o tres horas, Nathan clicó en un enlace a un blog que lo dejó pasmado porque combinaba una evidente solidez argumentativa con una evidente tendencia al desvarío. El autor parecía una especie de aspirante a anarquista/terrorista, aunque no quedaba claro si sus impulsos revolucionarios lo habían llevado en alguna ocasión más allá de la pantalla de su ordenador portátil. Había una foto de perfil, pero en ella tenía la cara girada noventa grados con respecto a la cámara, en sombra, y además la imagen estaba desenfocada como para hacer que el retratado resultase (deliberadamente) inidentificable. El blog se llamaba estaestullamadadespertador y el nombre de usuario del autor era ChristieMalry2.
 La entrada que llamó la atención de Nathan se titulaba “No es broma” y le pareció interesante por varios motivos. Para empezar era obvio que ChristieMary2 aceptaba la teoría de Freud sobre el origen de la risa, pero él, de un modo fascinante, la trasladaba de la esfera psicológica a la política:
 Freud [escribía el bloguero] consideraba que la risa es placentera porque genera un ahorro de gasto psíquico. Quintaesencialmente, en otras palabras, absorbe energía y la LIBERA o la DISIPA y por lo tanto la convierte en inútil. De modo que ¿cómo se aplica esto al (llamado) humor “político” por el que Inglaterra es mundialmente famosa? Se aplica de este modo: el humor político es la antítesis de la acción política. So sólo su antítesis, sino su enemigo mortal.
Resultado de imagen de jonathan coe el numero 11  Cada vez que nos reímos de la desvergüenza de un político corrupto, de la codicia del gestor de un fondo de inversión, de las espurias efusiones de una columnista de derechas, los estamos librando de la culpa. La RABIA que deberíamos sentir hacia esa gente, que de otro modo debería conducir a la ACCIÓN, es liberada y disipada en forma de RISA. Lo cual es una manera de dar al público lo que desea y exactamente por lo que están pagando: otra excusa para seguir sentados sobre sus posaderas y continuar su propio camino egoísta y cómodo sin recibir ningún tipo de verdadera amenaza o reto a su preciado estilo de vida.
 Por eso no son Josephine Winstan-Eaves y los de su tediosa índole los que generan la mayor amenaza a la justicia social en la Inglaterra de hoy. Son los Mickey Parr, Ray Turnbull y Ryan Quirky, con sus siempre predecibles mofas hacia ella, ante las que los gilipollas de clase media que escuchan la jodida Radio-4, leen el Guardian, beben litros de Pinot Grigio y pagan por ver a esos humoristas en estadios y sintonizan sus programas de radio, babean y se ríen y después sienten que no tienen que hacer NADA excepto reacomodarse en sus butacas con los brazos cruzados a la espera de la siguiente ironía cutre. Reírse a carcajadas de esos chistes patéticos y superficiales, que podría escribir mientras duerme un chimpancé ciego, les proporciona la excusa perfecta para aplacar su mala conciencia y conformar la engañosa imagen que se han creado de sí mismos como combatientes del bando correcto en una batalla entre la izquierda y la derecha, que en cualquier caso se combatió y perdió hace años.
 Odio a estos jodidos humoristas de clase media progresistas de izquierda y lo mismo deberías hacer tú. Me parece quintaesencial que sean barridos de la faz de este planeta porque de lo contrario jamás acumularemos la energía necesaria para derrocar a nuestra actual casta política podrida, corrupta y destructora de almas. ¡Abajo el humor, joder! ¡Y arriba la auténtica lucha!
 El oficial Pilbeam leyó varias veces esos párrafos. Después guardó la web en favoritos y, para asegurarse de no perder la información, imprimió los bloques más significativos y guardó escrupulosamente las hojas en uno de sus archivadores. Bostezó y miró el reloj.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Mauricio Bach, pp. 241-246. ISBN: 978-84-339-7970-4.]

miércoles, 21 de agosto de 2019

El simpatizante.- Viet Thanh Nguyen (1971)

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«El prisionero era el líder de la célula C-7 de la unidad terrorista Z-99. Con base en la zona secreta de la provincia de Binh Duong, la Z-99 era colectivamente responsable de cientos de ataques con granadas, minas, bombas, morteros y ejecuciones que habían acabado con varios millares de vidas y habían sembrado el terror en Saigón.  La especialidad de nuestro prisionero era convertir relojes de pulsera normales en mecanismos de detonación de aquellas bombas improvisadas. Le quitaba la manecilla de las horas y la de los segundos a un reloj de pulsera, le metía un cable de batería a través de un orificio del cristal y ajustaba la manecilla de los minutos al intervalo que deseara. Cuando la manecilla avanzaba hasta tocar el cable, la bomba detonaba. Las bombas en sí se fabricaban con minas de tierra, robadas de los almacenes americanos o bien compradas en el mercado negro. También se fabricaban bombas con TNT que entraba de contrabando en la ciudad en cantidades pequeñas, escondido dentro de piñas vaciadas, barras de pan y cosas parecidas, hasta en los sujetadores de las mujeres, lo cual generaba bromas sin fin en el seno de la Sección Especial. Sabíamos que la Z-99 tenía a alguien que manipulaba los relojes, pero antes de averiguar quién era lo solíamos llamar simplemente el Relojero, y así era como yo pensaba todavía en él.
 El Relojero se me quedó mirando con cara socarrona la primera vez que entré en su habitación, una semana después de empezar su tratamiento. No era la reacción que yo esperaba. Hey, good lookin'!, me dijo en inglés, citando la canción de Hank Williams. Yo me senté en su silla y él en la cama; era un hombrecillo diminuto y tembloroso, con una tupida mata de pelo crespo y asombrosamente negro en medio de la blancura de aquella habitación. Os agradezco la lección de inglés, me dijo, sonriéndome. ¡Seguid poniendo esa música! ¡Me encanta! Por supuesto, no era verdad. Se le veía un centelleo en la mirada, un brevísimo destello de indisposición, aunque tal vez le viniera de ser licenciado en Filosofía por la Universidad de Saigón y primogénito de una respetable familia católica que lo había desheredado por sus actividades revolucionarias. Fabricar relojes de la forma legítima -su profesión antes de hacerse terrorista- había sido un simple trabajo para pagar las facturas, según me contó durante nuestra conversación inicial. Fue una simple charla trivial, de la que entablan dos personas para conocerse, aunque por debajo de los coqueteos acechaba nuestra común conciencia de nuestros papeles de prisionero e interrogador. A mi conciencia de este hecho se le sumaba el conocimiento de que Claude nos estaba mirando por el monitor de vídeo. Di gracias por el aire acondicionado. Si no, hubiera estado sudando, intentando averiguar cómo podía ser al mismo tiempo enemigo y amigo del Relojero.
 Le informé de que se lo acusaba de subversión, conspiración y asesinato, pero puse énfasis en que era inocente hasta que se demostrara lo contrario; la frase le hizo reír. Eso les gusta decir a tus titiriteros americanos, pero es una estupidez. La Historia, la humanidad, la religión y esta guerra nos enseñan justamente lo contrario. Que todos somos culpables hasta que se demuestra lo contrario, tal como nos han enseñado los mismos americanos. ¿Por qué creen si no que en realidad todo el mundo es del Viet Cong? ¿Por qué disparan primero y preguntan después? Porque para ellos toda la gente amarilla es culpable hasta que se demuestre su inocencia. Los americanos son un pueblo confuso porque no pueden entender esta contradicción. Creen en un universo de justicia divina en el que la especie humana es culpable del pecado, pero también creen en una justicia laica que les presupone inocencia a los seres humanos. Las dos cosas no pueden ser al mismo tiempo. ¿Y sabe usted qué hacen los americanos al respecto? Pues se fingen eternamente inocentes, da igual cuántas veces pierdan su inocencia. El problema es que quienes insisten en ser inocentes creen que todo lo que hacen es justo. Por lo menos quienes admitimos nuestra culpa sabemos las cosas oscuras que somos capaces de hacer.
 Me impresionó su comprensión de la cultura y la psicología americanas, pero no podía demostrárselo. De forma que le dije: entonces, ¿prefiere que le presuponga culpable?
 Si no ha entendido que sus amos ya me consideran culpable y me van a tratar como tal, entonces no es usted tan listo como cree. Pero no es de extrañar. Es usted un bastardo, y defectuoso como todos los híbridos.
 Visto desde la distancia, no creo que el Relojero tuviera intención de insultarme. Como les pasa a la mayoría de los filósofos, simplemente carecía de don de gentes. A su manera poco elegante, me estaba comunicando lo que tanto él como muchos otros consideraban un simple dato científico. Y sin embargo, en aquella habitación blanca, admito que lo vi todo rojo. Podría haber alargado aquel interrogatorio durante años si me hubiera dado la gana, haciéndole una infinidad de preguntas que no llevaran a ninguna parte mientras en apariencia buscaba su punto débil y en secreto intentaba mantenerlo a salvo. En cambio, lo único que yo quería hacer en aquel momento era demostrarle que sí era tan listo como creía, es decir, más listo que él. De los dos, solamente uno podía ser el amo. El otro tenía que ser el esclavo.
 ¿Cómo podía demostrarle esto? Una noche en mis aposentos, después de que la cólera se enfriara y se endureciera, me di cuenta de que yo, el bastardo, lo entendía a él, el filósofo, con total claridad. La fuerza de una persona siempre era su debilidad, y viceversa. Y el punto débil de cada uno siempre estaba a la vista de quien fuera capaz de verlo. El Relojero, por ejemplo, era el revolucionario dispuesto a abandonar lo más importante para los católicos vietnamitas, su familia, para quienes el único sacrificio aceptable se hacía en nombre de Dios. Su fuerza residía en su sacrificio, y eso era lo que había que destruir. Me senté de inmediato a mi mesa y le escribí al Relojero su confesión. Él leyó mi relato la mañana siguiente con incredulidad y luego lo volvió a leer antes de fulminarme con la mirada. ¿Está diciendo usted que me declaro maricón? Homosexual, lo corregí yo. ¿Va usted a difamarme?, me dijo. ¿A contar mentiras de mí? Nunca he sido maricón. Nunca he soñado con ser maricón. Esto... esto es sucio. Levantó la voz y se le sonrojó la cara. Hacerme decir que me hice revolucionario porque amaba a un hombre... Decir que fue por eso por lo que me escapé de mi familia... Que mi mariconería explica mi amor por la filosofía... Que ser maricón es la razón de que desee destruir la sociedad... Que he traicionado a la revolución para poder salvar al hombre al que amaba y al que vosotros habéis capturado... ¡Nadie se lo va a creer!
 Entonces a nadie le importará que lo publiquemos en la prensa junto con la confesión del amante de usted y unas cuantas fotografías íntimas de los dos.
 Nunca me podréis sacar en una fotografía así.
 La CIA tiene un talento notable para la hipnosis y las drogas. Él se quedó callado. Yo seguí: cuando los periódicos cubran esto, se dará usted cuenta de que no solamente lo condenarán sus camaradas revolucionarios. También se le cerrará para siempre el camino de vuelta a su familia. Sus familiares tal vez aceptarían a un revolucionario reformado, o hasta a uno victorioso, pero nunca aceptarán a un homosexual, da igual lo que pase a su país. Será usted un hombre que lo habrá sacrificado todo por nada. Ni siquiera será un recuerdo para sus camaradas ni para su familia. Si habla usted conmigo por lo menos esta confesión no se publicará. Su reputación se mantendrá intacta hasta el día en que se termine la guerra. Me puse de pie. Piense en ello. Él no dijo nada y tampoco hizo nada, más que mirar fijamente su confesión. Me detuve ante la puerta. ¿Todavía le parezco un bastardo?
 No, dijo él en tono inexpresivo. Me parece un simple gilipollas.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2017, en traducción de Javier Calvo. ISBN: 978-84-322-3223-7.]

lunes, 1 de julio de 2019

Satiricón.- Petronio (c. 14/27 - 65)


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«48.-Trimalción, con rostro afable, se volvió a nosotros y dijo:
 -El vino, si no os agrada, lo cambio; sois vosotros los que debéis darlo por bueno. Gracias a los dioses no lo compro; que ahora todo lo de boca me nace en una finca que todavía no he visto. Dicen que confina por un lado con Terracina y por otro con Tarento. Ahora quiero unir Sicilia a mis tierruchas para, cuando me dé la gana de ir a África, navegar por propiedades mías. Pero cuéntame tú, Agamenón, ¿qué tipo de controversia has declamado hoy? Yo, aunque no actúo en los tribunales, he aprendido, sin embargo, letras para andar por casa. Y para que no pienses que me fastidian los estudios: tengo dos bibliotecas, una griega y otra latina. Hazme, pues, el favor de decirme la perístasis de tu declamación.
 Dijo Agamenón:
 -Un pobre y un rico se llevaban muy mal...
 Interrumpió Trimalción:
 -¿Qué es un pobre?
 -Muy agudo -dijo Agamenón, y expuso no sé qué tema de controversia.
 Al punto, Trimalción:
 -Esto, si es un sucedido no es una controversia; si no ha sucedido, no es nada.
 Estas y otras salidas las acogimos con elogios más que desbordados.
 -Por favor, Agamenón, amigo mío -dijo Trimalción-, ¿quizá recuerdas los doce trabajos de Hércules, o la leyenda de Ulises cuando aquello de que el Cíclope le dislocó el pulgar con un hueso de puerco? Solía yo de muchacho leer esos episodios en Homero. Pues lo que es la Sibila, de veras que en Cumas la vi yo mismo con mis propios ojos colgada dentro de una jaula; y cuando los muchachos le preguntaban: "Sibila, ¿qué quieres?", respondía ella: "Quiero morir".
 49.-Aún no había acabado de soltar todas esas lindezas cuando un bandejón con un cerdo enorme llenó toda la mesa. Nos maravillamos de la rapidez y juramos que ni un gallo siquiera podría haberse guisado bien en tan corto tiempo; y tanto más porque el puerco nos parecía mucho mayor que el jabalí de poco antes. Entonces, Trimalción, clavando su vista más y más en él, dijo:
 -Pero, ¿cómo? ¿Este puerco no está vaciado? Por Hércules, que no. Llama, llama al cocinero y que venga a mi presencia.
 Se presentó el cocinero ante la mesa, compungido, y dijo que se había olvidado de vaciarlo.
 -¿Cómo? ¿Olvidado? -chilló Trimalción-. Se podría pensar que lo que olvidó fue echarle pimienta y comino. Desnudadlo.
 No pasó un segundo y ya había sido desnudado el cocinero; allí está, abatido, entre dos verdugos. Pero todos empezaron a suplicar y decir:
 -Pasa a veces. Por favor, déjalo. Si lo llegara a hacer otra vez, ninguno de nosotros pedirá por él.
 Yo, de una severidad más que inhumana, no pude contenerme; inclinándome al oído de Agamenón le susurré:
 -Realmente debe ser un esclavo muy zote: ¿podría alguien olvidarse de vaciar un puerco? Por Hércules que yo no le perdonaría con que hubiese dejado así un pez.
 En cambio, Trimalción no fue tan duro, y abriendo su rostro en una carcajada:
 -Pues bien -dijo-, ya que eres de tan mala memoria, vacíalo aquí, ante nosotros.
 Recuperada la túnica, el cocinero empuñó el cuchillo y rajó el vientre del puerco acá y allá con mano indecisa. Al punto, de los cortes que se agrandaban por sí solos por la presión del peso, se derramaron salchichas y morcillas.
 50.-Después de este prodigio toda la servidumbre rompió a aplaudir y gritó:
 -¡Viva Gayo!
 El cocinero fue honrado con un trago y con una corona de plata, el vaso se lo presentaron en una bandeja de Corinto. Agamenón la examinó atentamente muy de cerca, y entonces dijo Trimalción:
 -¡Soy el único que tiene verdaderos corintios!
 Esperaba yo que de conformidad con su insolencia anterior dijera que le llevaban la vajilla desde Corinto. Pero él con una salida mejor nos dijo:
 -Y quizás quieras saber por qué soy el único en poseer legítimos corintios; pues porque el broncista a quien se los compro se llama Corinto. Y ¿qué puede ser corintio sino lo que sale de Corinto? Y no me tengáis por un paleto: sé pero que muy bien cómo comenzaron los bronces de Corinto. Cuando fue tomada Troya, Aníbal, tipo taimado y gran lagartón, todas las estatuas de bronce y de oro y de plata las amontonó en una hoguera y les prendió fuego; se hicieron una sola masa amalgamada. Y de esta masa cogieron los artesanos e hicieron platos y fuentes y figuritas. Así nacieron los bronces de Corinto, de todos los metales mezclados, ni uno ni otro. Perdonadme lo que voy a decir: yo prefiero para mí las cosas de cristal ya que, por lo menos, no huelen. Y si no se rompieran, incluso las preferiría al mismo oro; pero la realidad es que andan por el suelo.
 51.-El caso es que hubo un artesano que hizo una taza de cristal que no se quebraba. Fue admitido a la presencia del César con su obsequio; luego hizo como que la alargaba al César y la tiró contra el suelo. El emperador se asustó hasta donde no cabía más. Pero él recogió la taza de tierra: estaba abollada como una vasija de bronce. Luego sacó de su cintura un pequeño martillo y arregló lindamente con toda facilidad la taza. Con esto creía que había tocado las campanillas a Júpiter, especialmente luego que el emperador le dijo:
 -¿Hay alguien más que sepa el secreto de fabricación de estos cristales?
 ¡Fijaos un momento! En cuanto dijo que no, el César mandó que fuese degollado: porque si la cosa se supiera, tendríamos el oro a la altura del betún.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Manuel Díaz y Díaz. ISBN: 84-7530-146-0.]
 

domingo, 7 de abril de 2019

Después de dejar al señor Mackenzie.- Jean Rhys (1890-1979)


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Primera parte
Capítulo 3: El señor Horsfield
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«El señor Horsfield se sentó al lado de Julia, y dulcemente, le dijo:
 -Vamos, cuente, cuente.
 -Bueno, pues ya se lo he contado. Salí de Londres después del armisticio. ¿En qué año fue?
 -Mil novecientos dieciocho.
 -Eso. Pues me fui en febrero del año siguiente. Después, viajé mucho con... bueno, con el hombre con quien me fui a Londres. Estuvimos en casi todas partes, salvo Italia y España. Y luego me vine a París.
 El señor Horsfield dijo, para que siguiera hablando:
 -Sí, comprendo.
 En voz baja, de repente rebosante de odio, Julia dijo:
 -No tuve problemas hasta que encontré a ese cerdo, a Mackenzie. Este hombre, no sé... Me hundió. Antes, siempre estaba segura de que todos los problemas tenían solución, pero, después dejé de tener fe en mí misma. Mi único deseo fue huir y ocultarme. Quizás estaba cansada. Quizá me hubiera hundido igual, sin ese hombre.
 El señor Horsfield pensó: "Bueno, nadie puede aguantar el tipo eternamente".
 Pero, por estar algo borracho, le parecía que lo que Julia decía era tremendamente íntimo. Comenzó a aplicarse a sí mismo las palabras de Julia y, con ira, pensó: "Siempre es así, cuando uno comienza a vacilar siempre llega cierto individuo, perfectamente dotado para ello, y le derriba a uno y, luego, lo patea".
 -Pues bueno, esto es todo -concluyó Julia-. De nada sirve hablar. Brindemos por una buena vida y una muerte rápida... Cuando estoy borracha no tengo problemas. Entonces recuerdo el pasado y sé exactamente por qué hice todo lo que hice. Todo queda ordenado, y me doy cuenta de que no hubiera podido portarme de otra manera y que de nada sirve lamentarse.
 Lanzó un suspiro y añadió:
 -Pero no puedo estar borracha constantemente.
 -No debe dedicarse a estar sentada y pensar -aconsejó el señor Horsfield-. Lo que debe hacer es salir, ir a sitios y hablar con gente y no quedarse sola dedicada a meditar y meditar.  
 -Sí, claro, desde luego.
 Julia miró al señor Horsfield  y pensó: "¿De qué sirve intentar explicarlo? Hace mucho tiempo que esto dura". Su mente siguió un camino tangencial.
 -Bueno -dijo-, la verdad es que hablar con la gente no siempre es bueno. Por ejemplo. Cuando vine a París, por primera vez, posé para una mujer, una escultora...
 -¿Quiere decir cuando salió de Inglaterra?
 Julia contestó, impaciente:
 -No, no. Hacía siglos que había salido de Inglaterra.
 Entonces, en la cara de Julia, apareció una expresión tan vaga que el señor Horsfield pensó: "Bueno, adelante, dilo. Si te dispones a contar la historia de tu vida, cuéntala ya".
 Al cabo de un instante, el señor Horsfield instó a Julia:
 -¿Y qué pasó con esa mujer de la que hablaba hace un momento?
 -Bueno, yo venía de Ostende -replicó Julia.
 Hablaba como si vagamente recordara un libro que hubiese leído o una historia que le hubieran relatado, y la vaguedad de sus palabras irritaba al señor Horsfield, quien pensó: "Tu vida es tu vida y la tienes que saber bastante bien, y si se trata de una historia inventada, estás obligada a llevarla bien amarrada".
 Entonces a Julia se le iluminó la cara y dijo:
 -Ostende me gusta. Me gusta mucho. Allí fui feliz y siempre me acuerdo de los lugares en que he sido feliz. Quiero decir que los recuerdo tan bien que si cierro los ojos tengo la impresión de estar en ellos... Vivíamos en un pueblecito llamado Coq-sur-Mer, cerca de Ostende. Y el mar era frío y bonito. No era gris, a pesar de ser frío. Y entonces me vine a París, sola. Y, luego, poco después, conocí a esa mujer y comencé a posar para ella. Me pagaba un tanto por semana y posaba todos los días durante el tiempo que ella quería.
 El señor Horsfield preguntó:
 -¿Le tenía simpatía a esta mujer?
 -Pues no lo sé. Me parece que sí. En cierto modo, la mujer era simpática. A veces, le tenía mucha simpatía. Ocurre que era una mujer muy solitaria... Vivía aislada y creía que el mundo exterior era íntegramente estúpido, y esto me irritaba. Era un poco fanática, ¿sabe? Tenía unos treinta y cinco años. Y no podía creer que algo que estuviera fuera de ella fuese verdad, y sólo era verdad lo que ella pensaba y sentía. Esa mujer pensaba que yo era estúpida porque en su manera de entender el mundo no era posible que alguien como yo no fuera estúpida. Me consideraba estúpida y me decía cosas, cosas sin importancia, para humillarme. Como alguien que hiciera chasquear un látigo cerca de una. Bueno, pues un día estábamos tomando el té, porque cuando el día se acababa y no había luz suficiente para seguir trabajando, tomábamos té y pan con mantequilla y, a veces, pastas... No sabe usted lo que me gustaba tomar el té con ella...»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Noguer, 1978, en traducción de Andrés Bosch. ISBN: 84-279-0871-7.]

lunes, 15 de enero de 2018

Cuentos de ayer y de hoy.- Ramón Carnicer (1912-2007)


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El ejemplo

«-Mi hijo será ingeniero naval -había anunciado la mamá de Julito, único descendiente del fallecido don Justo Lozano.
 Y por las trazas llevaba camino de serlo. Porque en el colegio todo entraba por igual en su voluminosa cabeza: las Matemáticas y el Latín, la Geografía y la Historia, la Agricultura, la Ética, el Derecho y la Terminología Científica, Industrial y Artística, inventada por un ministro que tenía la cabeza alargada hacia arriba, tal como la reflejan los divertidos espejos deformantes de las atracciones infantiles. ¡Y cómo salía toda aquella ciencia de labios de Julito! Sin la más mínima errata.
 -Veamos, Julito, el párrafo tercero de la rabia o hidrofobia -decía el profesor de Fisiología e Higiene con el libro de don Salustio Alvarado en la mano.
 -El microbio de la rabia vive en las células nerviosas del cerebelo, bulbo raquídeo y otros órganos nerviosos, determinando en ellas la formación de unos corpúsculos especiales, llamados, en honor de su descubridor, corpúsculos de Negri. En el interior de ellos descubrió Noguchi el diminutísimo agente de la enfermedad. La presencia de corpúsculos de Negri es tan constante en los animales atacados de hidrofobia, que para saber si un perro padece o no la enfermedad, basta enviar su cabeza a un instituto antirrábico.
 -¡Muy bien!
 Pero, ¿y si el perro no estaba rabioso?
 Los chicos fuertes y rebeldes miraban con asco a Julio. Los débiles y mansos lo miraban con admiración entristecida porque se sabían incapaces de aprender tan bien las lecciones.
 Julio era alto y gordo, sobre todo de piernas y trasero. Su cara, grande, se dislocaba a menudo en carcajadas bobas y sin motivo. Tenía una piel blanquísima y los chicos lo atribuían a la gran cantidad de leche que tomaba. En los recreos de la mañana y de la tarde aparecía siempre la criada con una botella, que Julito bebía con enorme avidez, y gran repugnancia de sus compañeros de colegio, que en general no lo podían ver.
 Y no por culpa de Julito, pues Julito no era malo. Cierto que era ridículo y tonto en los recreos, porque si bien no le faltaban fuerzas, inventaba unos juegos casi de niña y rehuía aquellos en que había peligro de romperse algo.
 La culpa, pues, era... ¡Dios sabe de quién era la culpa! De él y de ellos, de todos; de ese asunto complicado de estudiar y examinarse. Porque cuando llegaba la época de comparecer en el Instituto, todos volvían descalabrados de suspensos, menos Julito, para quien no había más nota que Matrícula de Honor.
 En realidad, y sin proponérselo, Julito era un mal ejemplo por excesivo, pues ¿cómo llegar a su enorme, a su portentosa capacidad de aprenderlo todo? El primer puesto de la clase resultaba inaccesible para los chicos que asistían a los mismos cursos que Julito. Todos aceptaban su superioridad; pero les era perjudicial porque desanimaba a los estudiosos y justificaba la pereza de los restantes en la manifiesta imposibilidad de ponerse a su nivel.
 Y lo peor era la prolongación de todo ello en la vida familiar. A cada momento y en particular al recibir las notas mensuales y las de los exámenes, se oía a los padres y a las madres de Villavieja:
 -¡Aprende de Julito! Ese sí que es un hijo bueno y trabajador! Será ingeniero naval, un sabio. ¿Y tú, qué serás? ¡Zapatero! Te aseguro que como no apruebes este año lo serás, porque te mandaré con Cosalinda.
 Julito no participaba en la vida de los chicos fuera del colegio. A la salida lo recogía su mamá o su criada, que lo habían llevado al entrar. Nunca "corría", pues, la clase para ir a nadar, robar almendrucos o garbear combustible para la hoguera de San Juan.
 Pero su sombra ejemplar los perseguía en el colegio y en casa entre improperios comparativos.
 -¡Burro! ¡Holgazán! ¡Aprende de Julito! ¡Mira el ejemplo de Julito! ¡Me avergüenzas! ¡Me obligarás a hacer un disparate!
 Los domingos, Julito iba a misa con su mamá despertando admiraciones por las calles. Julito sería algo grande, no había duda.
 Terminó el bachillerato cuando iba a cumplir dieciséis años, antes que ninguno de los compañeros con quienes había empezado. Y entonces ocurrió algo enteramente nuevo en Villavieja: Julito iría a Londres a hacerse ingeniero naval, pues Inglaterra era el país de los barcos. Todo lo pagaría su tío, un millonario que al fin se decidía a sufragar los estudios superiores del huérfano.
 Los chicos de Villavieja creyeron que la ausencia de Julito les daría cierta paz y los aligeraría de insultos. Pero no fue así. La aureola de Julito gravitaba como un recuerdo obsesionante en las aulas del colegio y en los comedores de las casas, y su madre no cesaba de recibir cartas con los incontables éxitos de Julito: su rapidísimo aprendizaje de la lengua inglesa, la admiración de los profesores británicos ante la inaudita disposición para las matemáticas de aquel joven del Continente... Y las grandes noticias culminaron con la de que no sólo había ingresado en la escuela de ingenieros navales con el número uno, sino que ante lo excepcional del examen habían acordado concederle una medalla de oro.
 Los chicos de Villavieja, luchando a brazo partido con su bachillerato, estaban abrumados de vergüenza.
 Y, al fin, transcurridos dos años desde su marcha, regresó Julito a Villavieja. ¿Pero qué súbita modestia había acometido a la viuda de Lozano para que apenas saliera a la calle? Y lo mismo a Julito, que con aire grave y muy transformado -delgado y más alto-, con un traje apretado y un chaleco color canario rehuía la conversación sobre su dorada ingeniería.
 Pasados unos meses, se supo que Julito no volvería a Londres y que se trasladaría a Zaragoza para hacerse abogado.
 Más tarde llegaron noticias de la cólera de don Camilo, el tío de Julito, y tiempo después se conoció la historia completa de las calaveradas de Julito, unas calaveradas tontas a las que se lanzó al verse libre de la mano de su mamá y de las botellas de la mañana y de la tarde. En lugar de tomar leche, se dio a tomar el five o'clock tea con limón en compañía de unos jóvenes ingleses tocados de manías nobiliarias y genealógicas, lo mismo que la viuda de Lozano. Enfrascado en ellas, decidió titularse conde de Trabadelo y hacerse las correspondientes tarjetas en inglés, Count of Trabadelo.
 Con sus tarjetas, sus trajes apretados, sus chalecos fantasía, sus paraguas sutiles y finos como lápices y la admiración beata que los títulos despiertan en los ingleses, Julito había pasado dos años en Inglaterra yendo de una party a otra con los dineros que mandaba don Camilo y sin estudiar una palabra, hasta que éste, en un viaje a la isla, descubrió la farsa ridícula en que vivía su sobrino y lo devolvió a su mamá, a Villavieja.
 Después de esto, ya en el Continente, Julito encontró su juicio, que fue madurando y encajándose en el estudio de cánones y fórmulas jurídicas y llegó a hacerse abogado, y no malo.
 Pero antes hizo muy felices a los chicos perezosos de Villavieja, que a las reconvenciones y voces de los padres tocantes a que había que romperse los codos para ser hombre, replicaban irónicos:
 -¡Sí, como Julito Lozano!»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Plaza&Janés, 1977. ISBN: 84-01-44190-0.]