sábado, 17 de marzo de 2018

Leonora. -Elena Poniatowska (1932)


Resultado de imagen de elena poniatowska
Capítulo 10.- El torbellino surrealista

«Leonora sorprende a su amante con sus dotes culinarias. Saca del horno platillos de su invención y se mueve en la cocina sin ninguna timidez. Los invitados también saborean sus ojos negros, sus cabellos selva negra, sus brazos blancos, sus muslos delgados. En sus propósitos campea una inocencia y una autenticidad que la hacen salir de lo ordinario.
 -No es posible que sea así de ingenua; en su caso, la ingenuidad debe ser una perversión -comenta el médico surrealista Pierre Mabille, gran estudioso de las civilizaciones del pasado.
 -Ella sí es una verdadera femme enfant -se exalta André Breton.
 Leonora juega, incita al deseo sin proponérselo y es demasiado inteligente para no darse cuenta. Independiente y retadora, como lo atestiguan sus expulsiones de distintas escuelas, los surrealistas se derriten por ella. Breton, el padre del surrealismo, la encuentra adorable.
 -Tu belleza y tu talento nos tienen mesmerizados. Eres la imagen misma de la femme enfant.
 -No soy una femme enfant -le responde airada-. Caí en este grupo por Max, no me considero surrealista. He tenido visiones fantásticas y las pinto y las escribo. Pinto y escribo lo que siento, eso es todo.
 -Digas lo que digas, para mí representas a la "mujer niña" que a través de su ingenuidad entra en contacto directo con el inconsciente.
 -¡Todo ese endiosamiento de la mujer es puro cuento! Ya vi que los surrealistas las usan como a cualquier esposa. Las llaman sus musas pero terminan por limpiar el excusado y hacer la cama.
 Su confianza en sí misma y su natural impertinencia provienen de su clase social. Leonora se ha enfrentado a sus padres, a las monjas, a la corte de Inglaterra; y no tiene razón alguna para sentirse inferior. Si se deja sobajar, también su obra se verá afectada. A las pintoras surrealistas nadie las reconoce. Lo que en los hombres es creatividad, en ellas es locura. Cuanto más contradice Leonora a Breton, más lo atrae.
 -Adoro a tu inglesa. Tú nos la trajiste pero ella se ha ganado su lugar.
 Leonora es una fuerza animal en una envoltura endeble. Cuando Joan Miró, amigo de Max, le pide que vaya a buscarle unos cigarros y le tiende dinero, ella se enfurece: "Tú eres perfectamente capaz de ir por tus propios cigarros", y lo deja con el billete extendido.
 Se niega a posar para Max Ray, que pretende fotografiarla. Quien sí le gusta es su novia, Ady Fidelin, y no entiende qué le ve ella al surrealista norteamericano. Picasso es un típico español que cree que tiene a todas las mujeres muertas de amor. A Salvador Dalí lo conoce en la rue Fontaine, en casa de Breton, y no se inmuta porque la llame "la más importante artista mujer".
 Los surrealistas tienen por dentro un pasadizo secreto a la alegría. La burla es su arma más poderosa. Sus críticas son implacables y no perdonan a nadie, ni a ellos mismos. Reírse es curativo, lo confirman todos los médicos.
 A Breton le atrae sobre todo la rebeldía. Busca en los demás la bandera roja y negra y, si ondea alto, se exalta. La rebeldía es un valor moral. A pesar de su juventud, Leonora no conoce límites, sólo le falta gritar su rabia como ellos en la plaza pública. Max Ernst le contó que, finalmente, Breton es un hombre solitario porque una tarde, en torno al Juego de la Verdad, Éluard le preguntó: "¿Tienes amigos?", y él respondió: "No, querido amigo." Breton busca interlocutores verdaderos para confrontarlos. Una lluvia de insultos y toda clase de proyectiles, incluyendo zapatos, rematan sus apariciones. Jacques Vaché, que murió por una dosis excesiva de opio, permanece para siempre en su memoria y André se escuda tras él: "Es mi único gran amigo." Para Vaché, los entusiasmos de los demás, aparte de ruidosos, son detestables. Cuando Leonora le dice que "el sentimentalismo es una forma de cansancio", la une al recuerdo de Vaché y se rinde ante su inteligencia.
 Al ilusionista René Magritte, Leonora lo ve dos veces, bien trajeado y retraído. En el grupo murmuran que el suicidio de su madre, cuando él tenía trece años, formó su carácter. Vio cuando la sacaban del río Sambre. "No es que pinte muy bien -dice Leonora-, es que piensa muy bien. Me dijo que sus únicos enemigos eran sus cuadros malos."
 Dicen que cubrió el rostro de Los amantes con el vestido blanco de su madre ahogada.
 Imposible separar a Péret de Breton. Más pequeño que él, calvo, mientras André luce una espléndida cabellera, Benjamín entra a las reuniones a su estela sin reconocer que él es más audaz. Hace veinte años, fue el primero en atacar a los académicos, a los tradicionalistas, a los reconocidos. Se refirió a Maurice Barrès en términos tan injuriosos que afrentó no sólo a los bien pensantes sino hasta a los dadaístas. En el entierro de Anatole France, Pèret y sus amigos repartieron un folleto escrito por Louis Aragon que instigaba a los dolientes a abofetear el cadáver. La prensa los llamó "chacales".  Después se le ocurrió aparecer en una manifestación con una máscara de gas, en uniforme alemán, y gritar: "¡Viva Francia y las papas fritas a la francesa!" Acostumbra ir a los actos oficiales con una bolsa de jitomates, coles y huevos que avienta con excelente puntería.
 André reniega de las sesiones de hipnosis guiadas por Benjamín Pèret porque hace años se volvieron violentas. Resultó cada vez más difícil despertar a René Crevel, que intentó suicidarse y finalmente lo logró, y a Robert Desnos, , que persiguió a Paul Éluard con un cuchillo. Imposible que Max y Leonora acepten las sesiones de hipnosis: "Somos demasiado cerebrales", se jacta él.
 De todos, Leonora se siente cercana a Breton, que vivió las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y trató a pacientes que habían sufrido severas depresiones. Lo malo es su intensidad, todo lo quiere controlar. Para ella es un buen león cuya melena acaricia.
 Man Ray insiste en fotografiarla. Ella se niega. Max Ernst le advierte: "Es feroz, puede matarte si no aceptas." "¡Que me mate!"
 -Creo, André -dice Leonora-, que nadie aquí se parece a mi mundo. A veces me alegro pero otras me da miedo perder la cabeza.
 -El miedo a la locura es la última barrera que debes vencer. Las mentes heridas son infinitamente mejores que las sanas. Una mente atormentada es creativa. Hace dieciocho años, al regresar de la guerra con Soupault y Aragon, nos preocupamos por las secuelas de la batalla en la mente y descubrimos que el automatismo en el arte podía ser no sólo curativo sino creativo.
 -Es que a mí me educaron en la lógica.
 -A mí mucho más que a ti, porque soy francés y soy médico, pequeña Leonora. Te pareces más bien a Nadja, rica, arbitraria y, por eso mismo, irracional.
 Leonora no sabe quién es. Jacqueline Lamba, esposa de Breton, la ataja:
 -A mí también me dijo que era su "Nadja" y nunca me presenta como pintora. Y "Nadja" acabó en un manicomio sin que él levantara un dedo para salvarla.
 -Digas lo que digas, tu marido es bueno.
 -Sí, es bueno, pero la que lleva la casa, recibe a los amigos y recoge las cenizas, soy yo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral. ISBN: 978-84-322-1403-5.]
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: