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lunes, 25 de noviembre de 2019

Los jardines de Beatriz.- José María Latorre (1945-2014)

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Capítulo 4: Una exposición de pintura después del tenis

«Augusto les dio la espalda, temeroso de que le reconocieran, y centró su atención en un desnudo femenino en el que la cabeza había sido sustituida por una espiral tricolor, roja, azul y negra; el espacio alrededor del cuerpo estaba formado por diminutas figuras cúbicas y manchas de caprichosas formas y distintos colores que creaban la impresión de ser una cohorte de admiradores o de celosos vigilantes de la desnudez. A la inversa de lo que suelen hacer quienes contemplan un cuadro -retroceder unos pasos para observarlo a cierta distancia-, Augusto se aproximó a él para leer la firma del pintor. Era una pintora: Isabel R.
 -Audaz, ¿no le parece que es realmente audaz? -alguien que parecía hablarle al oído le hizo volverse sobresaltado. Un hombre de unos sesenta años, inverosímilmente delgado, vestido con un traje dos o tres tallas mayor de lo que necesitaba, con barba canosa y moño prendido con una aguja de joyería, le dedicó una mirada cómplice-. Eres uno de los pocos que ha acertado a hacer lo que debía; seré más atrevido, de todos los que estamos en esta sala sólo tú y yo nos hemos dado cuenta de que este cuadro exige a gritos ser admirado de cerca. Y fíjate bien en que no he dicho "necesita" sino "exige a gritos". Es un cuadro caliente, atrae igual que el abismo a los suicidas..., y si te descuidas, quema; yo diría que uno de los dones que posee nuestra querida Isabel es el de haber sabido aplicar la hipnosis a la pintura. Tiene una tonalidad entre poética y siniestra, tras la que despuntan destellos de una cierta ternura reprimida. La vieja dicotomía entre la forma y el fondo se expresa de un modo poco complaciente..., nada pacífico diría yo... No hay duda de que es una artista excepcional.
 Augusto se volvió a mirar el elogiado cuadro intentando encontrar algo en él que justificara tanta palabrería.
 -Sí -hizo un gesto para marcharse pero el otro se lo impidió  cogiéndole por un brazo.
 -Observa este otro cuadro... -el hombre del moño señaló un lienzo que se hallaba colgado junto al desnudo: un confuso collage; una mano vellosa asomó por la boca de la manga de la chaqueta beige-. Para cualquiera que sepa mirar debería ser evidente que existe una voluntad de búsqueda del equilibrio que, para que el arte sea operativo de verdad, forzosamente debe surgir de la inestabilidad del artista. Para cualquiera que tenga ojos, claro... ¿Quieres saber una teoría? A menudo pienso que la condición sine qua non para ejercer como crítico de arte es tener amplios conocimientos de psiquiatría: el auténtico artista nos abre su mente sin pudor y es tarea obligatoria del crítico saber interpretarla, igual que un psiquiatra hace con su paciente.
 -Conozco a críticos de música y de literatura que no lo consideran una condición -dijo Augusto, molesto; en realidad, no conocía a ningún crítico.
 -Me refería a críticos de pintura, a críticos de arte.
 -¿Tratas de decir que la literatura y la música no son arte? ¿Qué sólo es arte la pintura? -no tenía ningún deseo de entablar una discusión: si dijo eso fue para ahuyentar al hombre de su lado.
 La doble pregunta de Augusto surtió el efecto deseado: su interlocutor lo miró con desagrado y se alejó en silencio para integrarse en un grupo que, a juzgar por los retazos de conversación que le llegaban, discutía sobre la pertinencia de aplicar a las naturalezas muertas colores agresivos, fuertes, que rompieran la idea de la quietud.
  Augusto se volvió de espaldas. No podía soportar la jerga de los críticos ni la costumbre de asociar automáticamente el término arte con el turbio negocio de los lienzos emborronados, sin aclarar nunca qué es el arte para quien pinta, qué es el arte para quien expone y vende, qué es el arte para los autodenominados críticos y qué es el arte para el público que visita las galerías de pintura y para los poderosos que invierten en cuadros caros un pellizco de sus fortunas. Cerca de él, dos hombres apostaban sobre cuál sería el país donde tendría lugar el primer estallido bélico a lo largo de las próximas veinticuatro o cuarenta y ocho horas; uno de ellos, el más joven, se inclinaba por Argelia, el otro lo hacía por Rusia. Ambos le miraron como invitándole a que participara en la discusión, mas no se dio por aludido. Empezaba a sentirse asqueado de estar allí.
 Se abrió paso como pudo a través del gentío, procurando dar la espalda en todo momento a Beatriz Fuster y a la rubia, y se aproximó a la mesa de los canapés y las bebidas, donde, al cabo de un rato y después de haber tenido que soportar varios codazos ilustrados, consiguió que le sirvieran un vaso de whisky con más hielo que líquido. Deseaba secarse el sudor que le resbalaba por el cuello, pero pensaba que su gesto llamaría la atención en una reunión donde nadie parecía sudar.
 -Lo que más me agrada es el acoplamiento de las figuras en el interior de los lienzos -oyó Augusto que decía una mujer mientras se abanicaba con el catálogo de la exposición.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Tierra, 2002. ISBN: 84-932408-3-4.]

sábado, 17 de marzo de 2018

Leonora. -Elena Poniatowska (1932)


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Capítulo 10.- El torbellino surrealista

«Leonora sorprende a su amante con sus dotes culinarias. Saca del horno platillos de su invención y se mueve en la cocina sin ninguna timidez. Los invitados también saborean sus ojos negros, sus cabellos selva negra, sus brazos blancos, sus muslos delgados. En sus propósitos campea una inocencia y una autenticidad que la hacen salir de lo ordinario.
 -No es posible que sea así de ingenua; en su caso, la ingenuidad debe ser una perversión -comenta el médico surrealista Pierre Mabille, gran estudioso de las civilizaciones del pasado.
 -Ella sí es una verdadera femme enfant -se exalta André Breton.
 Leonora juega, incita al deseo sin proponérselo y es demasiado inteligente para no darse cuenta. Independiente y retadora, como lo atestiguan sus expulsiones de distintas escuelas, los surrealistas se derriten por ella. Breton, el padre del surrealismo, la encuentra adorable.
 -Tu belleza y tu talento nos tienen mesmerizados. Eres la imagen misma de la femme enfant.
 -No soy una femme enfant -le responde airada-. Caí en este grupo por Max, no me considero surrealista. He tenido visiones fantásticas y las pinto y las escribo. Pinto y escribo lo que siento, eso es todo.
 -Digas lo que digas, para mí representas a la "mujer niña" que a través de su ingenuidad entra en contacto directo con el inconsciente.
 -¡Todo ese endiosamiento de la mujer es puro cuento! Ya vi que los surrealistas las usan como a cualquier esposa. Las llaman sus musas pero terminan por limpiar el excusado y hacer la cama.
 Su confianza en sí misma y su natural impertinencia provienen de su clase social. Leonora se ha enfrentado a sus padres, a las monjas, a la corte de Inglaterra; y no tiene razón alguna para sentirse inferior. Si se deja sobajar, también su obra se verá afectada. A las pintoras surrealistas nadie las reconoce. Lo que en los hombres es creatividad, en ellas es locura. Cuanto más contradice Leonora a Breton, más lo atrae.
 -Adoro a tu inglesa. Tú nos la trajiste pero ella se ha ganado su lugar.
 Leonora es una fuerza animal en una envoltura endeble. Cuando Joan Miró, amigo de Max, le pide que vaya a buscarle unos cigarros y le tiende dinero, ella se enfurece: "Tú eres perfectamente capaz de ir por tus propios cigarros", y lo deja con el billete extendido.
 Se niega a posar para Max Ray, que pretende fotografiarla. Quien sí le gusta es su novia, Ady Fidelin, y no entiende qué le ve ella al surrealista norteamericano. Picasso es un típico español que cree que tiene a todas las mujeres muertas de amor. A Salvador Dalí lo conoce en la rue Fontaine, en casa de Breton, y no se inmuta porque la llame "la más importante artista mujer".
 Los surrealistas tienen por dentro un pasadizo secreto a la alegría. La burla es su arma más poderosa. Sus críticas son implacables y no perdonan a nadie, ni a ellos mismos. Reírse es curativo, lo confirman todos los médicos.
 A Breton le atrae sobre todo la rebeldía. Busca en los demás la bandera roja y negra y, si ondea alto, se exalta. La rebeldía es un valor moral. A pesar de su juventud, Leonora no conoce límites, sólo le falta gritar su rabia como ellos en la plaza pública. Max Ernst le contó que, finalmente, Breton es un hombre solitario porque una tarde, en torno al Juego de la Verdad, Éluard le preguntó: "¿Tienes amigos?", y él respondió: "No, querido amigo." Breton busca interlocutores verdaderos para confrontarlos. Una lluvia de insultos y toda clase de proyectiles, incluyendo zapatos, rematan sus apariciones. Jacques Vaché, que murió por una dosis excesiva de opio, permanece para siempre en su memoria y André se escuda tras él: "Es mi único gran amigo." Para Vaché, los entusiasmos de los demás, aparte de ruidosos, son detestables. Cuando Leonora le dice que "el sentimentalismo es una forma de cansancio", la une al recuerdo de Vaché y se rinde ante su inteligencia.
 Al ilusionista René Magritte, Leonora lo ve dos veces, bien trajeado y retraído. En el grupo murmuran que el suicidio de su madre, cuando él tenía trece años, formó su carácter. Vio cuando la sacaban del río Sambre. "No es que pinte muy bien -dice Leonora-, es que piensa muy bien. Me dijo que sus únicos enemigos eran sus cuadros malos."
 Dicen que cubrió el rostro de Los amantes con el vestido blanco de su madre ahogada.
 Imposible separar a Péret de Breton. Más pequeño que él, calvo, mientras André luce una espléndida cabellera, Benjamín entra a las reuniones a su estela sin reconocer que él es más audaz. Hace veinte años, fue el primero en atacar a los académicos, a los tradicionalistas, a los reconocidos. Se refirió a Maurice Barrès en términos tan injuriosos que afrentó no sólo a los bien pensantes sino hasta a los dadaístas. En el entierro de Anatole France, Pèret y sus amigos repartieron un folleto escrito por Louis Aragon que instigaba a los dolientes a abofetear el cadáver. La prensa los llamó "chacales".  Después se le ocurrió aparecer en una manifestación con una máscara de gas, en uniforme alemán, y gritar: "¡Viva Francia y las papas fritas a la francesa!" Acostumbra ir a los actos oficiales con una bolsa de jitomates, coles y huevos que avienta con excelente puntería.
 André reniega de las sesiones de hipnosis guiadas por Benjamín Pèret porque hace años se volvieron violentas. Resultó cada vez más difícil despertar a René Crevel, que intentó suicidarse y finalmente lo logró, y a Robert Desnos, , que persiguió a Paul Éluard con un cuchillo. Imposible que Max y Leonora acepten las sesiones de hipnosis: "Somos demasiado cerebrales", se jacta él.
 De todos, Leonora se siente cercana a Breton, que vivió las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y trató a pacientes que habían sufrido severas depresiones. Lo malo es su intensidad, todo lo quiere controlar. Para ella es un buen león cuya melena acaricia.
 Man Ray insiste en fotografiarla. Ella se niega. Max Ernst le advierte: "Es feroz, puede matarte si no aceptas." "¡Que me mate!"
 -Creo, André -dice Leonora-, que nadie aquí se parece a mi mundo. A veces me alegro pero otras me da miedo perder la cabeza.
 -El miedo a la locura es la última barrera que debes vencer. Las mentes heridas son infinitamente mejores que las sanas. Una mente atormentada es creativa. Hace dieciocho años, al regresar de la guerra con Soupault y Aragon, nos preocupamos por las secuelas de la batalla en la mente y descubrimos que el automatismo en el arte podía ser no sólo curativo sino creativo.
 -Es que a mí me educaron en la lógica.
 -A mí mucho más que a ti, porque soy francés y soy médico, pequeña Leonora. Te pareces más bien a Nadja, rica, arbitraria y, por eso mismo, irracional.
 Leonora no sabe quién es. Jacqueline Lamba, esposa de Breton, la ataja:
 -A mí también me dijo que era su "Nadja" y nunca me presenta como pintora. Y "Nadja" acabó en un manicomio sin que él levantara un dedo para salvarla.
 -Digas lo que digas, tu marido es bueno.
 -Sí, es bueno, pero la que lleva la casa, recibe a los amigos y recoge las cenizas, soy yo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral. ISBN: 978-84-322-1403-5.]
 

martes, 26 de diciembre de 2017

Anatol.- Arthur Schnitzler (1862-1931)


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I.-La pregunta al destino

«Anatol: Sí, querido amigo, sigo pensando. Soy desgraciado, estoy loco.
 Max: Es decir, ¿todavía... dudas?
 Anatol: Lo que se dice dudar... no. Sé positivamente que me engaña. Mientras está prendida de mis labios, mientras me acaricia el cabello... mientras somos felices... sé que me es infiel.
 Max: ¡Imaginaciones tuyas!
 Anatol: En absoluto.
 Max: ¿Tienes pruebas?
 Anatol: Lo presiento, lo siento, luego lo sé.
 Max: ¡Extraña lógica!
 Anatol: Las mujeres siempre nos serán infieles. Es su natural... no se dan cuenta... Lo mismo que yo tengo que leer dos o tres libros a la vez, las mujeres tienen que tener dos o tres líos.
 Max: Entonces te ama.
 Anatol: Infinitamente... Pero eso no conviene al caso. Ella me es infiel.
 Max: ¿Con quién?
 Anatol: ¡Y yo qué sé! Quizás con un príncipe que la ha seguido por la calle, quizás con un poeta de una casa de barrio que le ha sonreído desde la ventana cuando pasaba por delante esta mañana.
 Max: ¡Estás loco!
 Anatol: ¿Y qué razón iba a tener ella para no serme infiel? Es como cualquier otra, ella ama la vida y no quiere pensar. Si le pregunto: "¿Me amas?", ella me dirá que sí... y estará diciendo la verdad. Y si le pregunto "¿me eres fiel?", me dirá que sí y seguirá diciendo la verdad, pues en ese momento al menos no se acuerda de los otros. Y además, ¿es que hay alguna que te haya contestado "te soy infiel"? ¿Cómo vamos a estar seguros? Y si me es fiel...
 Max: Entonces lo es.
 Anatol: Será pura casualidad... En absoluto se le ocurre pensar: "Debo ser fiel a mi querido Anatol", en absoluto.
 Max: Pero, ¿si ella te ama?
 Anatol: No seas ingenuo. Como si eso fuera un motivo...
 Max: ¿Entonces...?
 Anatol: ¿Por qué no le soy yo fiel? Yo la quiero.
 Max: Bueno, un hombre...
 Anatol: La estúpida frase de siempre. Siempre estamos intentando convencernos de que las mujeres son distintas de nosotros. Sí, algunas, aquélla a la que su madre la encierra o la que no tiene temperamento... Por lo demás, somos exactamente lo mismo. Cuando le digo a una: "te quiero, sólo a ti", me doy cuenta de que no le estoy mintiendo, incluso aunque la noche anterior haya descansado en el pecho de otra.
  Max: Eso, tú.
 Anatol: Efectivamente, yo. ¿Acaso tú no? Y Cora, mi adorada Cora, ¿no? Es que me vuelvo loco. Si me echara a sus pies y le dijera: "Tesoro, cariño. Te perdono todo de antemano, pero dime la verdad", ¿de qué me serviría? Ella seguiría mintiendo como antes y yo seguiría sabiendo lo mismo que antes. Todavía no hay ninguna que me haya suplicado: "por amor de Dios, dime, ¿me eres infiel? No tendré ni una palabra de reproche, en el caso de que no lo seas. Pero, dime la verdad, necesito saberlo". ¿Y qué es lo que he hecho yo? Mentir, tranquilamente,... con la conciencia más tranquila. "¿Por qué voy a entristecerla?", pensé. Y le dije: "sí, ángel mío, fiel hasta la muerte". Y yo me lo creí y me quedé tan contento.
 Max: Entonces...
 Anatol: Pero ni me lo creo ni soy feliz. Lo sería si hubiera algún medio para hacer hablar a estas estúpidas, dulces y odiosas criaturas, si hubiera cualquier medio para averiguar de cualquier manera la verdad... Pero no existe otro nada más que la casualidad.
 Max: ¿Y la hipnosis?
 Anatol: ¿Cómo?
 Max: Pues, eso, la hipnosis. Es decir: la duermes y le ordenas: "dime la verdad".
 Anatol: Hum...
 Max: Tienes que... ¿me entiendes?
 Anatol: ¡Interesante!
 Max: Debería resultar... Y le sigues preguntando: "¿me amas?, ¿amas a alguien más?... ¿de dónde has venido? ¿adónde vas ahora? ¿Cómo se llama el otro?" Y así sucesivamente...
 Anatol: ¡Max, Max! 
 Max: ¿Qué?
 Anatol: ¡Que tienes razón!... ¡Se podría ser un mago! Por fin se podría conjurar una palabra de verdad de una boca femenina.
 Max: ¿Entonces, manos a la obra? Te veo salvado. Cora es un medio muy apropiado... Esta misma tarde puedes saber si eres un seductor o...
 Anatol: O un Dios... ¡Max! Ven que te abrace... Me siento como liberado. Soy otra persona. La tengo en mi poder.
 Max: Estoy verdaderamente intrigado.
 Anatol: ¿Por qué? ¿Es que lo dudas?
 Max: Vaya, los otros no pueden dudar, sólo tú.
 Anatol: Por supuesto... Si un marido sale de la casa donde ha descubierto a su mujer con su amante y se le llega un amigo con las palabras: "Creo que tu mujer te engaña", no va a contestarle: "acabo de convencerme". Más bien tendría que decir: "eres un canalla"
 Max: ¡Ah, sí!, ya había olvidado que el primer deber de los amigos es dejarles sus ilusiones.»
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Cátedra, en traducción de Miguel Ángel Vega y Karl Rudolf. ISBN: 84-376-1481-3.]