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lunes, 12 de julio de 2021

El mar.- John Banville (1945)


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II


 «Un día de 1893, en París, Pierre Bonnard se puso a espiar a una muchacha que se apeaba de un tranvía, atraído por su fragilidad y su pálida hermosura, y la siguió hasta su lugar de trabajo, unas pompas fúnebres, donde se pasaba el día cosiendo perlas a las coronas funerarias. De este modo la muerte, al principio, colocó su crespón negro a las vidas de ambos. Rápidamente trabó amistad con ella –supongo que, en la Belle Époque, estas cosas se conseguían con desenvoltura y aplomo- y poco después ella abandonó su trabajo, y todo lo demás, y se fue a vivir con él. Le dijo que se llamaba Marthe de Méligny y que tenía dieciséis años. De hecho, aunque él no descubriría hasta más de treinta años después, cuando por fin se decidió a casarse con ella, su verdadero nombre era Maria Boursin y cuando se conocieron no tenía dieciséis años, sino que, al igual que Bonnard, era ya una veinteañera. Permanecieron juntos, en la riqueza y en la pobreza, o, mejor dicho, en la pobreza y en la miseria, hasta que ella murió, casi cincuenta años más tarde. Thadée Natanson, uno de los primeros mecenas de Bonnard, en una semblanza del pintor recordaba con pinceladas rápidas e impresionistas a la élfica Marthe y hablaba de su absurda cara de pájaro, sus movimientos de puntillas. Era una mujer reservada, celosa, brutalmente posesiva, que padecía de manera persecutoria, y era una apasionada hipocondríaca. En 1927, Bonnard compró una casa, le Bosquet, en la vulgar población de Le Cannet, en la Côte d’Azur, donde vivió con Marthe, unido a ella en un aislamiento intermitentemente tormentoso, hasta la muerte de ella quince años después. En Le Bosquet, Marthe adquirió el hábito de pasar largas horas en el baño, y fue en el baño donde Bonnard la pintó, una y otra vez, continuando la serie incluso después de la muerte de ella. Las Baignoires son la exitosa culminación de su obra. […]
 Ella también, mi Anna, cuando se puso enferma cogió la costumbre de darse largos baños por la tarde. La calmaban, decía. A lo largo del otoño y el invierno de su lenta agonía, de doce meses nos encerramos en nuestra casa junto al mar, igual que Bonnard y su Marthe en Le Bosquet. […]
 Estaba pensando en Anna. Me obligué a pensar en ella, lo hago como ejercicio. Ella se aloja en mi interior como un cuchillo, y sin embargo empiezo a olvidarla. La imagen que tengo de ella en mi mente es ya deshilachada, se les están cayendo trozos del pigmento, del pan de oro. ¿Algún día estará el lienzo vacío? He llegado a comprender lo poco que la conocía, es decir, qué superficialmente la conocía, qué mal. No es que me culpe por ello. Aunque quizá debería. ¿Fui demasiado perezoso, demasiado desatento, estuve demasiado pendiente de mí? Sí, todas estas cosas, y no obstante no me parece que sea una cuestión de culpa, este olvido, este no haber conocido. Me imagino más bien que esperaba demasiado de ese conocer. Me conozco tan poco, ¿cómo iba a conocer a otro?
 Pero, esperad, no, no es eso. Estoy siendo falso… para variar, eso dices tú, sí, sí. La verdad es que no deseábamos conocernos el uno al otro. Más aún, lo que deseábamos era exactamente eso, no conocernos. Ya he dicho en otra parte –ahora no tengo tiempo para ir a mirar dónde, atrapado como estoy de repente en las redes de este pensamiento- que lo que encontré en Anna desde el principio fue una manera de realizar la fantasía de mí mismo. No sabía qué quería decir exactamente cuando lo dije, pero ahora que pienso un poco en ello de repente lo comprendo. O lo sé. Dejadme que intente desentrañarlo, tengo mucho tiempo, estas tardes de domingo son interminables.
Resultado de imagen de john banville el mar Desde el principio quise ser otra persona. El mandato nosce te ipsum* poseyó un regusto a ceniza en mi lengua desde la primera vez que un profesor me obligó a repetirlo después de él. Yo me conocía, demasiado bien, y no me gustaba lo que conocía. De nuevo, debo puntualizar. No es que lo que yo era me desagradara, me refiero al yo singular y esencial –aunque admito que incluso la idea de un ser esencial y singular es problemática-, sino ese amasijo de afectos, inclinaciones, ideas recibidas, tics de clase, que mi nacimiento y mi educación me habían otorgado como remedo de personalidad. Remedo, sí. Yo nunca tuve personalidad, no tal como la suelen tener los demás, o como creen que la tienen. Siempre fui un nadie inconfundible cuya mayor ansia fue ser un alguien vulgar. Sé lo que quiero decir. Anna, lo comprendí enseguida, sería el medio para transmutarme. Era el espejo de parque de atracciones en el que todas mis deformidades se tornarían normalidad. “¿Por qué no eres tú mismo?”, me decía en nuestros primeros días juntos –eres, fijaos, no te conoces-, compadeciéndose de mis torpes intentos de comprender el gran mundo. ¡Sé tú mismo! Con lo que quería decir, claro Sé alguien que te guste. Ése fue el pacto que hicimos, que nos aliviaríamos mutuamente la carga de ser quien todo el mundo nos decía que éramos. O al menos ella me alivió de esa carga, y yo, ¿qué hice por ella? Quizá no debería incluirla en esa pulsión de no querer saber, quizá era sólo yo el que deseaba la ignorancia.
 De todos modos, la cuestión con que me he quedado es precisamente la cuestión de conocer. ¿Quiénes éramos, sino nosotros? Muy bien, dejemos a Anna fuera de esto. ¿Quién era yo, sino yo? Los filósofos nos dicen que los demás nos definen y nos hacen ser lo que somos. Una rosa, ¿es roja en la oscuridad? En un bosque de un lejano planeta donde no hay oídos que oigan, ¿hace ruido un árbol al caer? Pregunto: ¿quién iba a conocerme, sino Anna? ¿Quién iba a conocer a Anna, sino yo? Preguntas absurdas. Fuimos felices juntos, o no fuimos infelices, que es más de lo que la mayoría de la gente consigue; ¿es que eso no es suficiente? Hubo tensiones, hubo momentos difíciles, cómo no iba a haberlos en una unión como la nuestra, si es que existe alguna que se le parezca. Los gritos, los chillidos, los platos que volaban, algún sopapo, algún puñetazo, todo eso lo vivimos. Estuvo Serge y los de su calaña, por no hablar de mis Sergias, por no hablar de ellas. Pero incluso en mitad de nuestras riñas más feroces, sólo éramos violentos en broma, como Chloe y Myles en sus combates de lucha. Nuestras peleas acababan a carcajadas, amargas carcajadas, pero carcajadas de todos modos, frustrados e incluso un poco avergonzados, avergonzados no de nuestra ferocidad, sino por carecer de ella. Nos peleábamos para sentir, para sentirnos reales, siendo unas criaturas que se habían hecho a sí mismas. O al menos siéndolo yo.
 ¿Podíamos, podía yo, haber actuado de otro modo? ¿Podía haber vivido de otro modo? Infructuosos interrogantes. Naturalmente que podía, pero no lo hice y ahí reside el absurdo de incluso preguntarlo. De todos modos, ¿dónde están los parangones de la autenticidad con que se pueda comparar mi yo inventado? En esos últimos cuadros que Bonnard pintó en el cuarto de baño, en los que retrató a la septuagenaria Marthe, nos la muestra como la adolescente que él creía que era cuando la conoció. ¿Por qué me exijo a mí más veracidad en mi visión que a un gran y trágico artista? Hicimos lo que pudimos, Anna y yo. Nos perdonamos el uno al otro por todo lo que no éramos. ¿Qué más podía esperarse, en este valle de lágrimas y tormentos? No pongas esa cara de preocupación, dijo Anna, yo también te odié, un poco, éramos seres humanos, después de todo. No obstante, a pesar de todo eso, no puedo desembarazarme de la convicción de que me perdí algo, de que nos perdimos algo, sólo que no sé qué pudo ser.
 He perdido el hilo. Todo se me confunde. ¿Por qué me torturo con estos equívocos insolubles, no he tenido ya bastante casuística? Déjate en paz, Max, déjate en paz.»

*Conócete a ti mismo. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Damián Alou, pp. 130-131 y 180-183. ISBN: 84-339-7107-7.]

martes, 22 de septiembre de 2020

Aprendiz de suicida.- William W. Jacobs (1863-1943)

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En la propia trampa

  «El señor George Henshaw atravesó la puerta principal de su casa y pasó luego unos segundos limpiándose las suelas de los zapatos en la esterilla. En la casita reinaba un silencio ominoso y, por debajo del chaleco, el buen hombre tuvo una sensación que, en parte, sólo se debía al tiempo transcurrido desde la hora del desayuno. Dio una tosecita para señalar su presencia y, fingiendo luego que tenía el humor suficiente para entonar una cancioncita, colgó su sombrero y se dirigió a la cocina.
 Precisamente entonces la señora Henshaw había terminado de comer. En un plato y a su lado, veíase el limpio hueso de una chuleta; estaba vacío un platito que contuvo un pudin de arroz y la única cosa comestible que aún quedaba en la mesa era una pequeña corteza de queso y un mendrugo de pan duro. El señor Henshaw, al verlo, se sintió desfallecer, pero, sin embargo, acercó la silla a la mesa y esperó.
 Su mujer le dirigió una mirada fija y ofensiva. Tenía el rostro congestionado y los ojos centelleantes. Habría sido muy difícil o imposible no hacer caso de su mirada y aún más sostenerla. El señor Henshaw, adoptando una conducta intermedia, permitió a sus ojos mirar alrededor en la estancia, y, por espacio de un segundo, observó el colérico rostro de su esposa.
 -Veo que has comido temprano -dijo él, por fin, con voz temblorosa.
 -¿Sí? -respondió ella.
 El señor Henshaw buscó una explicación consoladora.
 -El reloj adelanta -dijo, poniéndose en pie, para corregir aquella inexactitud.
 Su mujer se levantó de la silla casi en el mismo instante y, con movimientos lentos y seguros, empezó a limpiar la mesa.
 -Oye -observó él-. ¿No me das la comida?
 Pronunció estas palabras, esforzándose en contener sus temores.
 -¿La comida? -replicó la señora Henshaw, con voz terrible-. Mira, si quieres comer, pídeselo a esa mujer que te acompañaba en el autobús.
 El señor Henshaw hizo un gesto de desesperación.
 -Ya te dije -respondió enfáticamente-, que ese individuo no era yo. Te lo dije anoche. Lo que pasa es que cuando se te mete una idea en la cabeza...
 -¡Basta! -exclamó ella en tono áspero-. Puedes tener la seguridad de que te vi, como te veo ahora. No pude engañarme. En aquel momento, le estabas haciendo cosquillas en la oreja con una paja. Y ese Ted Stokes, amigo tuyo, que es el inútil más grande que he visto en toda mi vida, estaba detrás de ti, al lado de otra preciosidad. ¿Te parece bien llevar esa vida, dejándome sola en casa, todo el día, convertida en una esclava y trabajando como una bestia para que todo tenga un aspecto respetable y decente?
 -No era yo -repitió el desdichado.
 -Pues cuando te llamé por tu nombre -continuó diciendo la señora Henshaw, que no le hacía ningún caso-, tuviste un buen susto. Luego te encasquetaste bien el sombrero, para volver la cabeza al otro lado. Pero puedes estar seguro de que te habría cogido si no hubiese habido tantos vehículos en mi camino y no me hubiera caído al suelo. Fue un verdadero milagro que no me atropellaran. Pero, al levantarme estaba cubierta de barro de pies a cabeza.
 Pese a sus extraordinarios esfuerzos para contenerse, las pálidas facciones del señor Henshaw se animaron fugazmente con una débil sonrisa.
 Ella empezó a lavar la vajilla. El señor Henshaw, después de permanecer indeciso unos momentos con las manos en los bolsillos, volvió a ponerse el sombrero y salió a la calle.
 Comió de mala manera en un restaurante humilde y volvió a su casa a las seis de aquella misma tarde. Observó que su esposa había salido y no tardó en darse cuenta de que en la despensa no quedaba nada de comer. Volvió, pues, al mismo restaurante, para tomar el té y, después de una triste colación, resolvió discutir con su amigo Ted Stokes la situación en que se hallaba. Y con el mayor desdén, rechazó la sugestión de aquel caballero, de presentar una coartada doble; luego, en tono severo, le recomendó hablar con sentido común.
 -Mira -le dijo-, si mi esposa te habla de este asunto habrás de decirle que no era yo, sino otro, que se me parece mucho. Y aún podrías añadir que sabes que no es ésta la primera vez en que nos han confundido uno con otro.
 El señor Stokes sonrió y, al observar la helada expresión de los ojos de su amigo, recuperó de nuevo la seriedad.
 -¿Y por qué no le dices que eras tú? -exclamó tenazmente-. Al fin y al cabo, no hay ningún mal en dar un paseo en autobús con un amigo y un par de señoras.
 -Claro que no -respondió el otro, vehementemente-. De lo contrario, puedes estar seguro de que no lo hubiese hecho. Pero ya sabes cómo es mi mujer.
 El señor Stokes que, con toda certeza, no gozaba de las simpatías de aquella dama, inclinó la cabeza para afirmar:
 -Lo cierto es -dijo pensativo-, que te condujiste bastante mal. Recuerda el bofetón que te dio ella, al fingir que querías quitarle el broche.
 -¡Hombre! Cuando un caballero se encuentra al lado de una dama, es muy natural que se esfuerce en bromear y en conducirse de un modo agradable -replicó el señor Henshaw con digno acento-. Pero recuerda lo que te he recomendado: si mi mujer te habla de este asunto, dile que no era yo, sino un amigo tuyo, que vive en el campo y que se parece a mí como si fuésemos dos gotas de agua. ¿Comprendes?»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial G.P., 1960, en traducción de Manuel Vallvé. Depósito legal: B. 1472-1960.]
 

domingo, 12 de enero de 2020

Vida y amores de una Maligna.- Fay Weldon (1931)

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5

«Estoy de pie en mi dormitorio, nuestro dormitorio, el dormitorio de Bobbo y mío, y me arreglo la cara para volver lo antes posible a mis deberes conyugales, a la condición de esposa y madre, y a mis padres políticos. A este fin, recito la Letanía de la Buena Esposa. Es como sigue:
  Debo fingir que estoy contenta cuando no lo estoy; por el bien de todos.
  No debo hacer ningún comentario adverso sobre mi forma de existencia; por el bien de todos.
  Debo estar agradecida por el techo que me cobija y la comida que me alimenta y pasar mis días demostrándolo, limpiando y cocinando y sentándome y levantándome de la silla; por el bien de todos.
  Debo hacer que los padres de mi esposo me quieran y que mis padres le quieran a él; por el bien de todos.
  Debo aceptar el principio según el cual los que ganan más fuera de casa merecen más dentro de ella; por el bien de todos.
  Debo reforzar la confianza sexual de mi esposo, no debo expresar interés sexual por ningún otro hombre, ni en privado ni en público; debo hacer caso omiso de la forma en que él me denigra, alabando públicamente a mujeres más jóvenes, más hermosas y más afortunadas que yo, y acostándose a escondidas con ellas, si puede; por el bien de todos.
  Debo prestarle apoyo moral en todas sus empresas, por inmorales que sean, por el bien del matrimonio. Debo fingir ser inferior a él en todo.
  Debo amarle en la prosperidad y la pobreza, en buenos y malos tiempos, y serle inquebrantablemente leal, por el bien de todos.
  Pero la Letanía no funciona. No calma: irrita. Me quebranto: ¡mi lealtad se quebranta! Miro en mi interior: encuentro odio, sí, odio a Mary Fisher, fuerte, caliente y dulce: pero ni un resto de amor, ni el más mínimo e inquieto tentáculo de amor. ¡Ya no estoy enamorada de Bobbo! Corrí escaleras arriba amando y llorando. Correré escaleras abajo sin amar, sin llorar.
[…]
25

  Ruth, una vez conseguidos sus propósitos […] buscó alojamiento en Bradwell Park, un lugar donde consideró que podía pasar desapercibida. Allí vivía mucha gente de dimensiones, forma y apariencia rara y muy pocos se tomaban la molestia de volver la cabeza cuando pasaban a su lado. Bradwell Park estaba en las profundidades de los suburbios occidentales, una zona deprimida de la ciudad, sin rasgos especiales. Allí vivían los pobres.
  Ruth tenía 2.563.072 dólares y 45 centavos en una cuenta en Suiza, pero de momento prefería vivir sencilla y modestamente. Los ricos llaman la atención, los pobres son anónimos: una apagada capa gris de invisibilidad cubre sus vidas. Y Ruth no quería atraer sobre sí la atención de la policía o de las autoridades fiscales hasta que la ocasión madurara. Y además en Bradwell Park tenía muy pocas oportunidades de tropezarse con alguien de Eden Grove, alguien que dijera: “¿Pero tú no eres la mujer de Bobbo? ¡Qué casualidad verte por aquí!”
  Aunque tanto Bradwell Park como Eden Grove, donde Ruth había vivido en su otra vida, eran definidos como suburbios, se trataba de lugares muy diferentes. En Bradwell Park, hombres y mujeres vivían juntos en promiscuidad; en Eden Grove, se les separaba con pulcros cercados cuadriculados. En Bradwell Park, había más mujeres que hombres, menos garajes para menos coches, y una sola piscina comunal, tan fuertemente clorada que podía ocasionar ceguera temporal. En Bradwell Park, vivía gente que ganaba menos de lo que le habría gustado ganar y mujeres más atrapadas por la necesidad que por la complejidad de sus deseos, pero que al menos tenían el consuelo de saber que su descontento no se debía a una mera intranquilidad e ingratitud, sino que estaba justificado.
  […]   
29

  Ruth se metió en una comuna de feministas radicales. Aquellas mujeres no tenían relación con el mundo masculino; la aceptaron sin reservas como una de ellas. Adoptó el nombre de Millie Mason. Llevaba, como todas, vaqueros, camiseta de manga corta, botas y una chaqueta de paño; no le pidieron documentación alguna. Era mujer y había sufrido por ello, y eso bastaba. Sus nuevas compañeras no comían carne ni productos lácteos y se satisfacían sexualmente entre ellas. No sentían el menor deseo de atraer a los hombres, aunque muchas de ellas eran muy atractivas. Las Mijiris, como ellas mismas se llamaban, vivían en las afueras de la ciudad, en un racimo de roulottes dispuestas alrededor de un viejo caserón. Trabajaban un terreno de cuatro acres donde crecían legumbres, cereales, consuelda y milenrama, que cosechaban, trataban y vendían en tiendas de comida natural en todo el país. Tenían hijas, pero no hijos: de éstos se libraban en formas que al mundo exterior le habrían parecido macabras, pero que ellas consideraban perfectamente razonables.
  Ruth era fuerte y competente y carecía de esa afectación que por lo general se considera femenina. Hacía lo que estaba en sus manos para ayudar a las Mijiris, pero se alegraba de que su estancia entre ellas fuera transitoria. No quería vivir permanentemente en su mundo. Le faltaba luminosidad superficial: era como un dril duradero, embarrado por una inundación fangosa de desperdicios del purgatorio, no chispeante y peligroso como el fuego del infierno.
  Pero la vida era dura y la dieta fibrosa y poco grasa y cada semana que pasaba más anchos le iban quedando los vaqueros mientras cavaba y labraba y trabajaba con la azada. No había donde pesarse y era difícil encontrar espejos.
  -Tu aspecto no importa –decían-. Lo que importa es cómo te sientes.
  Pero ella sabía que se equivocaban. Ella quería vivir en la vertiginosa vorágine del mundo, no oculta en aquel fangoso rincón de integridad. Pero no lo decía, porque podía quedarse sin sitio donde vivir. Las Mijiris no veían con buenos ojos a las que no estaban de acuerdo con ellas: los nombraban no-mujeres honorarias.
  Cuando Ruth ya casi no podía distinguir la cintura de las caderas, telefoneó a Mr. Roche desde una cabina. En la comuna no había teléfono: era un instrumento de control propio de la tecnología masculina. Además, las mujeres no tenían necesidad alguna de comunicarse con el mundo exterior.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1990, en traducción de Manuel Sáenz de Heredia. ISBN: 84-7223-221-2.]

lunes, 6 de mayo de 2019

A propósito de Abbott.- Chris Bachelder (1971)


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Junio
12.-Abbott acapara el Mal Humor

«Como tantos otros que él, Abbott descubre, después de casado, que el matrimonio es una lucha (clínicamente, una negociación) por ver cómo se reparte el Mal Humor. Un matrimonio, sobre todo un matrimonio con hijos, no puede funcionar bien si ambas partes andan de mal genio; por lo tanto, el Mal Humor es un privilegio del que no pueden gozar los dos cónyuges a la vez. ¿A quién se le permite estar de Mal Humor? Esto se convierte en una lucha cotidiana. En una Unión Perfecta, el Mal Humor se distribuye de forma ecuánime, como el cuidado de los niños o las tareas domésticas. Hay una custodia compartida del Mal Humor. Si un cónyuge se pasa todo un fin de semana rezongando, el otro puede hacerse cargo del Mal Humor entre semana. Si uno de los dos se encuentra abatido durante el desagradable período que va del día de Navidad al de Año Nuevo, el otro puede reclamar para sí el de Acción de Gracias, Pascua y el Cuatro de Julio. Sin embargo, en un matrimonio normal, uno de los miembros de la pareja tiende a adueñarse de ese estado de ánimo de forma desproporcionada. A este fenómeno se le denomina Acaparar el Mal Humor. Un jueves del pasado mes de febrero, de forma pacífica, Abbot le cogió el Mal Humor a su mujer mientras hacían una larga cola en el supermercado Big Y, y lleva cuatro meses sin cedérselo. Eso se llama acaparar el Mal Humor. Es un síntoma del buen carácter de su mujer que esta no intentara, inicialmente, recuperar el Mal Humor, cosa a la que tenía todo el derecho. Al fin y al cabo, está embarazada y duerme fatal. Durante las primeras semanas, el primer mes incluso, dejó que Abbott se lo quedara, sin hacer preguntas. Como una bibliotecaria simpática, siempre se ha mostrado muy comprensiva con los retrasos; además, Abbott sospecha que han llegado al acuerdo tácito de que él necesita el Mal Humor un poquito más que ella. Aunque nunca han llevado un registro (al menos, él no), está bastante seguro de que él ha sido el dueño mayoritario del Mal Humor desde que están casados. Además, supone que ella imagina que obtendrá un interesante paquete de compensación anímica a cambio de la paciencia y de la buena disposición. No obstante, a medida que van transcurriendo las semanas y los meses, Abbott nota que su mujer empieza a impacientarse, que quiere recuperar el Mal Humor, que lo intenta recurriendo a las relaciones sexuales y negándose a mantener relaciones sexuales. Lo intenta recurriendo al humor jovial y después a las amenazas joviales. Podemos hacerlo, le dice, de la forma fácil o de la difícil. Le dice que puede partirle las rodillas. Al final acaba recurriendo a estrategias de guerrilla, a los ataques por sorpresa, a unos rápidos y profundos empeoramientos del estado de ánimo pensados para mejorar el humor de Abbott y lograr un equilibrio marital. Pero él no cede. Quiere tener el Mal Humor (siente que lo necesita), y renunciar a él tras mantenerlo tanto tiempo empieza a parecerle algo arbitrario. Si ha sido suyo tanto tiempo, ¿por qué tiene que traspasarlo ahora? Muchas veces tiene la sensación de hallarse en un estado rayano en el goce o la satisfacción, pero en esos momentos, al darse cuenta del peligro, vuelve a refugiarse en el centro del Mal Humor. Y esta tarde Abbott vuelve de la ferretería y ve que su hija pequeña sale corriendo por el camino de entrada para recibirlo. Dice "papá" una y otra vez, se aferra a su pierna como un niño en un anuncio de un seguro de vida o de una hipoteca. Le sonríe desde abajo, salta, canturrea la palabra "papá" como si él fuera un buen padre. Abbott se agacha para cogerla en brazos. Le pasa los brazos por detrás del cuello y le susurra unos mimos al oído. El pelo rizado de su hija le hace cosquillas en la cara. Al levantar la vista, Abbott ve que su mujer los observa desde la ventana de la cocina, y es entonces cuando lo pierde.
 […] 
Julio
27.-En el que Abbott se queda bastante rato en un coche aparcado

 Si se casara, anotó a lápiz un Charles Darwin de veintiocho años en el dorso de unos sobres, nunca llegaría a ver América, no aprendería francés; no subiría a un globo aerostático; nunca haría un viaje solo a Gales; se vería obligado a dar un paseo diario con su mujer; no le quedaría más remedio que ir a visitar y recibir a familiares; se vería obligado a ceder en todas las menudencias; no podría leer por las noches; se convertiría en un hombre gordo, ocioso, angustiado y responsable; nunca tendría dinero para comprar libros; Londres le estaría vedado; quedaría atrapado en Londres; se vería expuesto a los gastos y las preocupaciones que acarrean los hijos; se sentiría en la obligación de trabajar para ganar dinero, sobre todo si tuviera muchos niños; no le quedaría más remedio que recibir visitas y formar parte de la Sociedad; oiría la cháchara de las mujeres; no tendría tiempo para salir al campo ni hacer expediciones; no formaría una gran colección zoológica; no tendría suficientes libros; le faltaría la libertad necesaria para ir donde quisiera; no disfrutaría de la conversación de hombres inteligentes en los clubes; incurriría, sobre todo, en una terrible pérdida de tiempo. Darwin se casó antes de que transcurriera un año. Él y su mujer, Emma Wedgwood Darwin, engendraron diez hijos, tres de los cuales murieron siendo niños. Después de muchos años, escribió a propósito de Emma: "Ha sido mi mayor bendición y puedo afirmar que en toda mi vida no le oído pronunciar ni una sola palabra que habría preferido no escuchar [...]. Me asombra ser tan afortunado de que ella, infinitamente superior a mí en todos y cada uno de los atributos morales, accediera a ser mi esposa. Me ha aconsejado sabiamente y me ha consolado con alegría durante toda mi vida". A sus hijos les escribió: "Mi familia me ha procurado una alegría insuperable, y debo deciros, hijos míos, que ninguno de vosotros me ha causado ni un minuto de angustia, salvo por razones de salud [...]. Cuando erais muy pequeños me procuraba un gran deleite jugar con vosotros, y me inspira cierta pena que esa época haya desaparecido para siempre".»

   [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2012, en traducción de Ismael Attrache. ISBN: 978-84-15625-06-3.]

domingo, 21 de octubre de 2018

El abanico de seda.- Lisa See (1955)


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Años de arroz y sal
Hijos

«Pasamos tres días charlando, riendo, comiendo y durmiendo; nadie discutía, murmuraba, condenaba ni acusaba. Para Flor de Nieve y para mí los mejores momentos eran los que pasábamos por la noche en la habitación de arriba. Poníamos a nuestros hijos en la cama, entre ambas. Al verlos juntos las diferencias eran aún más patentes. [...]
-¿Te gusta tener trato carnal? -preguntó Flor de Nieve tras asegurarse de que todos los demás dormían.
 Durante años habíamos oído los chistes subidos de tono que contaban las ancianas y los comentarios jocosos de mi tía sobre lo bien que se lo pasaba en la cama con mi tío. Todo eso nos había resultado muy desconcertante cuando éramos niñas pero yo ya había entendido que no tenía nada de desconcertante.
 -Mi esposo y yo somos como dos patos mandarines -añadió al ver que tardaba en contestar-. Ambos hallamos la felicidad volando juntos.
 Sus palabras me sorprendieron. ¿Estaba mintiendo otra vez, como había hecho durante años? Me quedé callada y ella continuó:
 -No obstante, aunque ambos gozamos mucho en la cama, me molesta que mi esposo no respete los períodos de purificación. Cuando di a luz sólo esperó veinte días. -Hizo otra pausa y luego admitió-: No le culpo por ello. Yo consentí. Quería que pasara.
 Sentí alivio, aunque estaba muy asombrada por su deseo de tener trato carnal con su esposo. Debía de estar diciéndome la verdad porque nadie mentiría para encubrir una verdad peor. ¿Podía haber algo más vergonzoso que realizar un acto impuro?
 -Eso está mal -susurré-. Debes cumplir las normas.
 -¿Qué ocurrirá si no? ¿Me volveré tan impura como mi esposo?
 Eso era algo que yo ya había pensado, pero contesté:
 -Podrías enfermar o morir.
 Flor de Nieve rio en la oscuridad.
 -Nadie enferma por tener trato carnal. Sólo da placer. Me paso el día trabajando sin descanso para mi suegra. ¿Acaso no merezco los placeres de la noche? Y si tengo otro hijo, aún seré más feliz.
 En eso tenía razón. El niño que dormía entre nosotras era difícil y débil. Flor de Nieve necesitaba tener otro hijo... por si acaso.
 [...]
 En los meses siguientes seguimos escribiéndonos; nuestras palabras atravesaban los campos en ambas direcciones, libres como dos pájaros que planean en una corriente alta. Sus quejas disminuyeron y también las mías. Éramos jóvenes madres y las aventuras cotidianas de nuestros hijos nos alegraban la vida: los primeros dientes, las primeras palabras, los primeros pasos. Yo pensaba que ambas estábamos satisfechas a medida que nos adaptábamos al ritmo de nuestro nuevo hogar, aprendíamos a complacer a nuestras suegras y nos habituábamos a los deberes de las esposas. Hasta me acostumbré a escribirle acerca de mi esposo y de nuestros momentos de intimidad. Por fin comprendía aquella antigua enseñanza: "Sube a la cama, pórtate como un esposo; baja de la cama, pórtate como un caballero". Yo prefería a mi marido cuando él bajaba de la cama. Durante el día él obedecía las Nueve Consideraciones. Era lúcido, escuchaba atentamente y se mostraba cariñoso. Era recatado, leal, respetuoso y honrado. Cuando tenía dudas, consultaba a su padre y en las raras ocasiones en que se enfadaba procuraba que no se notara. Así pues, por la noche, cuando subía a la cama, yo me alegraba de su goce, aunque sentía alivio cuando él terminaba. No entendía lo que había oído decir a mi tía cuando yo estaba en mis años de cabello recogido, ni que Flor de Nieve encontrara placer en el acto carnal. Pese a mi gran ignorancia, había una cosa que sí sabía: no se pueden infligir las normas sin pagar un alto precio.
 
 Lirio Blanco:
  Mi hija nació muerta. Se marchó sin haber echado raíces, de modo que no conoció los pesares de la vida. Le cogí los pies. Nunca conocerían la agonía del vendado. Le toqué los ojos. Nunca conocerían la tristeza de abandonar su hogar natal, de ver a su madre por última vez, de despedirse de un hijo muerto. Puse mis dedos sobre su corazón. Nunca conocería el dolor, la pena, la soledad, la tristeza. Me la imagino en el más allá. ¿Estará mi madre con ella? Ignoro cuál habrá sido el destino de ambas.
 En mi casa todos me culpan. Mi suegra dice: "¿Para qué te casaste con mi hijo, si no vas a darle hijos varones?" Mi esposo dice: "Eres joven. Tendrás más hijos. La próxima vez me darás un varón."
 No tengo forma de desahogarme. No tengo a nadie que me escuche. Ojalá te oyera subir por la escalera.
 Imagino que soy un pájaro. Vuelo hacia las nubes y el mundo, abajo, parece muy lejano.
 Me pesa el trozo de jade que llevaba colgado del cuello para proteger a mi bebé. No puedo dejar de pensar en mi niñita muerta.
                                              Flor de Nieve
 
Los abortos eran muy frecuentes en nuestro condado y las mujeres no solían preocuparse demasiado si sufrían uno, sobre todo si el bebé era una niña. Los partos de niños muertos sólo se consideraban espantosos si el bebé era un varón. Si la criatura que nacía muerta era una niña, los padres solían agradecerlo. Nadie necesitaba más bocas inútiles que alimentar. En mi caso, pese a que durante el embarazo me había aterrado pensar que pudiera pasarle algo malo a mi bebé, la verdad es que no sabía cómo me habría sentido si hubiera resultado una niña y hubiera muerto antes de respirar el aire de este mundo. Lo que intento decir es que me había dejado perpleja que Flor de Nieve tuviera semejantes sentimientos.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Salamandra, 2006, en traducción de Gemma Rovira Ortega. ISBN: 978-84-9838-052-1.]

sábado, 17 de marzo de 2018

Leonora. -Elena Poniatowska (1932)


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Capítulo 10.- El torbellino surrealista

«Leonora sorprende a su amante con sus dotes culinarias. Saca del horno platillos de su invención y se mueve en la cocina sin ninguna timidez. Los invitados también saborean sus ojos negros, sus cabellos selva negra, sus brazos blancos, sus muslos delgados. En sus propósitos campea una inocencia y una autenticidad que la hacen salir de lo ordinario.
 -No es posible que sea así de ingenua; en su caso, la ingenuidad debe ser una perversión -comenta el médico surrealista Pierre Mabille, gran estudioso de las civilizaciones del pasado.
 -Ella sí es una verdadera femme enfant -se exalta André Breton.
 Leonora juega, incita al deseo sin proponérselo y es demasiado inteligente para no darse cuenta. Independiente y retadora, como lo atestiguan sus expulsiones de distintas escuelas, los surrealistas se derriten por ella. Breton, el padre del surrealismo, la encuentra adorable.
 -Tu belleza y tu talento nos tienen mesmerizados. Eres la imagen misma de la femme enfant.
 -No soy una femme enfant -le responde airada-. Caí en este grupo por Max, no me considero surrealista. He tenido visiones fantásticas y las pinto y las escribo. Pinto y escribo lo que siento, eso es todo.
 -Digas lo que digas, para mí representas a la "mujer niña" que a través de su ingenuidad entra en contacto directo con el inconsciente.
 -¡Todo ese endiosamiento de la mujer es puro cuento! Ya vi que los surrealistas las usan como a cualquier esposa. Las llaman sus musas pero terminan por limpiar el excusado y hacer la cama.
 Su confianza en sí misma y su natural impertinencia provienen de su clase social. Leonora se ha enfrentado a sus padres, a las monjas, a la corte de Inglaterra; y no tiene razón alguna para sentirse inferior. Si se deja sobajar, también su obra se verá afectada. A las pintoras surrealistas nadie las reconoce. Lo que en los hombres es creatividad, en ellas es locura. Cuanto más contradice Leonora a Breton, más lo atrae.
 -Adoro a tu inglesa. Tú nos la trajiste pero ella se ha ganado su lugar.
 Leonora es una fuerza animal en una envoltura endeble. Cuando Joan Miró, amigo de Max, le pide que vaya a buscarle unos cigarros y le tiende dinero, ella se enfurece: "Tú eres perfectamente capaz de ir por tus propios cigarros", y lo deja con el billete extendido.
 Se niega a posar para Max Ray, que pretende fotografiarla. Quien sí le gusta es su novia, Ady Fidelin, y no entiende qué le ve ella al surrealista norteamericano. Picasso es un típico español que cree que tiene a todas las mujeres muertas de amor. A Salvador Dalí lo conoce en la rue Fontaine, en casa de Breton, y no se inmuta porque la llame "la más importante artista mujer".
 Los surrealistas tienen por dentro un pasadizo secreto a la alegría. La burla es su arma más poderosa. Sus críticas son implacables y no perdonan a nadie, ni a ellos mismos. Reírse es curativo, lo confirman todos los médicos.
 A Breton le atrae sobre todo la rebeldía. Busca en los demás la bandera roja y negra y, si ondea alto, se exalta. La rebeldía es un valor moral. A pesar de su juventud, Leonora no conoce límites, sólo le falta gritar su rabia como ellos en la plaza pública. Max Ernst le contó que, finalmente, Breton es un hombre solitario porque una tarde, en torno al Juego de la Verdad, Éluard le preguntó: "¿Tienes amigos?", y él respondió: "No, querido amigo." Breton busca interlocutores verdaderos para confrontarlos. Una lluvia de insultos y toda clase de proyectiles, incluyendo zapatos, rematan sus apariciones. Jacques Vaché, que murió por una dosis excesiva de opio, permanece para siempre en su memoria y André se escuda tras él: "Es mi único gran amigo." Para Vaché, los entusiasmos de los demás, aparte de ruidosos, son detestables. Cuando Leonora le dice que "el sentimentalismo es una forma de cansancio", la une al recuerdo de Vaché y se rinde ante su inteligencia.
 Al ilusionista René Magritte, Leonora lo ve dos veces, bien trajeado y retraído. En el grupo murmuran que el suicidio de su madre, cuando él tenía trece años, formó su carácter. Vio cuando la sacaban del río Sambre. "No es que pinte muy bien -dice Leonora-, es que piensa muy bien. Me dijo que sus únicos enemigos eran sus cuadros malos."
 Dicen que cubrió el rostro de Los amantes con el vestido blanco de su madre ahogada.
 Imposible separar a Péret de Breton. Más pequeño que él, calvo, mientras André luce una espléndida cabellera, Benjamín entra a las reuniones a su estela sin reconocer que él es más audaz. Hace veinte años, fue el primero en atacar a los académicos, a los tradicionalistas, a los reconocidos. Se refirió a Maurice Barrès en términos tan injuriosos que afrentó no sólo a los bien pensantes sino hasta a los dadaístas. En el entierro de Anatole France, Pèret y sus amigos repartieron un folleto escrito por Louis Aragon que instigaba a los dolientes a abofetear el cadáver. La prensa los llamó "chacales".  Después se le ocurrió aparecer en una manifestación con una máscara de gas, en uniforme alemán, y gritar: "¡Viva Francia y las papas fritas a la francesa!" Acostumbra ir a los actos oficiales con una bolsa de jitomates, coles y huevos que avienta con excelente puntería.
 André reniega de las sesiones de hipnosis guiadas por Benjamín Pèret porque hace años se volvieron violentas. Resultó cada vez más difícil despertar a René Crevel, que intentó suicidarse y finalmente lo logró, y a Robert Desnos, , que persiguió a Paul Éluard con un cuchillo. Imposible que Max y Leonora acepten las sesiones de hipnosis: "Somos demasiado cerebrales", se jacta él.
 De todos, Leonora se siente cercana a Breton, que vivió las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y trató a pacientes que habían sufrido severas depresiones. Lo malo es su intensidad, todo lo quiere controlar. Para ella es un buen león cuya melena acaricia.
 Man Ray insiste en fotografiarla. Ella se niega. Max Ernst le advierte: "Es feroz, puede matarte si no aceptas." "¡Que me mate!"
 -Creo, André -dice Leonora-, que nadie aquí se parece a mi mundo. A veces me alegro pero otras me da miedo perder la cabeza.
 -El miedo a la locura es la última barrera que debes vencer. Las mentes heridas son infinitamente mejores que las sanas. Una mente atormentada es creativa. Hace dieciocho años, al regresar de la guerra con Soupault y Aragon, nos preocupamos por las secuelas de la batalla en la mente y descubrimos que el automatismo en el arte podía ser no sólo curativo sino creativo.
 -Es que a mí me educaron en la lógica.
 -A mí mucho más que a ti, porque soy francés y soy médico, pequeña Leonora. Te pareces más bien a Nadja, rica, arbitraria y, por eso mismo, irracional.
 Leonora no sabe quién es. Jacqueline Lamba, esposa de Breton, la ataja:
 -A mí también me dijo que era su "Nadja" y nunca me presenta como pintora. Y "Nadja" acabó en un manicomio sin que él levantara un dedo para salvarla.
 -Digas lo que digas, tu marido es bueno.
 -Sí, es bueno, pero la que lleva la casa, recibe a los amigos y recoge las cenizas, soy yo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral. ISBN: 978-84-322-1403-5.]
 

jueves, 2 de febrero de 2017

"Poesía clásica china".- Qin Guan (1049-1100), Gao Qi (1336-1374) y Nalan Xingde (1655-1685)

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Séptima noche, séptima luna, por Qin Guan
 
«Nubes suaves y finas,
pinturas multicolores cambiantes.
Las estrellas fugaces,
mensajeras de tristezas y cuitas.
Cruzando el Río Plateado,
nos vemos una vez al año,
en medio del viento otoñal dorado
y del rocío cristalino.
Nos sentimos más felices
que incontables parejas del mundo humano.
Nuestro profundo cariño, / -interminables aguas del río
y nuestros encuentros- dulces sueños. / Ahora nos duele volver la mirada
al Puente de las Urracas / por el que hemos venido.
Mas si nuestro amor es eterno, / poco importa
que no podamos estar juntos, / día y noche, a todas horas.»
 
Añorando a mi difunta hija al ver las flores abiertas, por Gao Qi

 «¡Oh, mi segunda hija!
Eras mi predilecta
y la que más quería.
Aunque ya tenías seis años,
te llevaba siempre en mis brazos.
Me deleitaba contemplarte,
tomar alguna fruta o pasas
y, teniéndote en mi regazo,
te enseñaba a leer poemas.
De madrugada, imitando a tu hermana, / te arreglabas ante el tocador.
Quisiste tener un vestido hermoso, / mas, por falta de dinero,
no te lo pude comprar. / Eran tiempos muy difíciles.
Tenía yo que andar de un sitio a otro, / aun en días de lluvia y nieve.
Al volver exhausto a casa, / siempre te encontraba a la puerta.
Me esperabas, me saludabas, / dándome gran alegría.
Un día caíste enferma, / cuando se inició la guerra.
Aterrada, dejaste el mundo, / antes de que te asistiera el médico.
Tuve que enterrarte de prisa, / en una colina lejana.
¿Encontraría tu alma el camino / para regresar a casa?
Recuerdo que el año pasado, / en la primavera florida,
llevándome de la mano, / dabas vueltas y vueltas
por el jardín antiguo, / contemplando las plantas.
Este año se abren ya los capullos, / mas estamos a la orilla
de un río remoto. / Sólo faltas tú en la familia.
Mirando yo solo las flores, / no puedo contener las lágrimas.
Una copa ya no basta / para aliviar mi tristeza.
Oscuridad vespertina. / Un viento desolador y frígido,
levantando la cortina, / punza mi corazón dolorido.»

 
En memoria de mi difunta esposa, por Nalan Xingde

«Corta es la vida humana, / y fugaz la tuya.
Aun tengo presentes / los tiempos felices:
soplábamos juntos los pétalos de flores / de las macetas de la alcoba.
Apoyados uno en el otro, / junto a la balaustrada, contemplábamos,
los últimos rayos del sol. / Los sueños felices son
imposibles de prolongar, / y los poemas tristes,
difíciles de terminar; / sólo me mueven a lágrimas.
Veo tu rostro, en los sueños, / mas se desvanece con el viento.
Te buscaré en el más allá, / y te veré quizá un día
con el cabello ya blanco. / Tú estás en el cielo,
mientras yo en la tierra. / Pero no se han quebrado
los lazos que nos unen. / Las flores de primavera
y las hojas otoñales / me causan inmensas cuitas.
Ya casi no queda nada / de la fragancia de tu ropa
que los tiempos vienen disipando. / Impotente, sólo puedo
depositar mis tristezas / en las melancólicas melodías
de una flauta del vecino. »