jueves, 13 de abril de 2017

"Vida y muerte de las ideas".- José María Valverde (1926-1996)


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Prólogo de la primera edición (1980)

«"Vida y muerte de las ideas": querría evitar cuanto antes cualquier son catastrófico o apocalíptico en el título dado a este libro, a la vez relato y crítica del largo proceso que, desde la vieja Grecia a nosotros, ha hecho rodar ideas y palabras de modo tan ilusionado como problemático, pero que hoy parece agotado en su desarrollo y puesto en cuestión en sus supuestos. En un momento en que tan amenazadoramente se reitera el término "muerte" en cuanto al porvenir de la civilización y aun del hombre mismo -la "muerte de Dios" de Nietzsche, la "muerte de Marx", la "muerte del sexo" y, más apremiantemente aquí donde escribo, la "muerte del Mediterráneo" y aun de la vida en general, bajo especie de "crisis ecológica"-, no deberíamos, pese a todo, sumar la posible muerte de las ideas -o, mejor dicho, de un modo de creer en ellas- a ese coro agorero. Pues no es evidente que sea malo, o bueno, para el porvenir de la vida humana el hecho de que llegue a su término, en lo lógico y en la realidad histórica, un proceso del pensamiento abstracto que pretende situarse más allá del modesto alcance efectivo del lenguaje y del valor individual de cada persona y cada cosa.
 Incluso -y dando de paso un ejemplo de cómo el lenguaje condiciona la vida de las ideas- confesaré que también me tentó dar a este libro otro título, vital y feliz, con apelación al mito de Ulises, para encarnar en él la aventura del pensamiento abstracto, que, al cabo de un tormentoso periplo más que bimilenario, volvería a su Ítaca para hallar a su fiel Penélope esperándole en el telar -el telar del lenguaje-. Pero el título, entonces habría tenido que ser "la odisea de las ideas", cayendo así en una insoportable rima. Como se ve ya -y éste será uno de los leitmotiv, a veces ocultos, a veces visibles, del libro, para quedar al fin como el conclusivo-, un azar de fonética puede decidir que un planteamiento mental se presente como catástrofe o como happy ending.
 En todo caso, el resumen de nuestra película podría ser: ciertos griegos, echándose atrás o fuera -o delante- de su realidad personal, y saltando desde las palabras diarias, descubrieron el mundo del pensamiento más puro, de las ideas universales, al parecer no necesitadas de que existieran cosas ni de que hubiera palabras para decirlas. Para eso había que dejar a un lado, por lo que toca al hombre mismo, nada menos que su cuerpo, y así se hizo, viéndolo como una suerte de cárcel donde el espíritu se alojaba transitoriamente y de mala gana. Superado así el "escándalo del cuerpo", vendría otro escándalo: el del cristianismo, en que se hablaba de que el mismísimo Dios tomaría partido por el cuerpo -por la "carne", incluso-, por la Palabra y por el individuo, cada individuo insustituible e indecible en términos abstractos y genéricos. Ese escándalo fue acallado con la gran componenda de la teología y, por fin, quedó atrás, privado de interés, desde que la vida cultural dejó de dar por supuesto el cristianismo. En efecto, desde el siglo XVII, el intelecto abstracto campa por sus respetos hasta llegar a su totalización en el XIX, con Hegel, en cuya mentalidad y dialecto sigue viviendo la cultura de hoy, se sepa o no, se quiera o no. La razón, flexible y astutamente totalitaria, lo absorbe todo como parte de su proceso lógico de desarrollo interno. Y en la medida en que los hechos no se ajusten a esa lógica y el hombre sufra "márgenes de error" en el desarrollo histórico, tanto peor para los hechos y el hombre: eso quiere decir que no son bastante "reales" (="lógicos").
 La inevitable crisis de tal pretensión absoluta -todavía dominante y oficial- coincide hoy día con otro escándalo, en pleno desarrollo todavía, para el intelecto puro: el "escándalo del lenguaje", el caer en la cuenta de algo que parecía no haberse hecho consciente antes a fuerza de perogrullesco, el hecho de que el pensamiento sólo se puede dar en forma de lenguaje, en un proceso -tan inexplicado en su origen como trivial y aun ridículo en su realización- de marcha de la mente dentro de la gramática de una lengua, en la que se insertan y llegan a ser algo las palabras y palabritas.
 El intelecto abstracto, frente a esa toma de conciencia sobre tan humilde condición del hombre, el "animal parlante", se rebela y, en busca de un modelo de lenguaje "mejor", apela a las ordenadoras y computadoras -mientras que la ciencia propiamente dicha, como se observa sobre todo en la física, vuelve la espalda al lenguaje normal para trabajar en un supralenguaje de formalizaciones y símbolos-. Pero, por más que sólo se quiera reconocer valor a lo formalizable y clasificable, el hombre sigue siendo alguien que habla, que narra, que vacila entre el bien y el mal, que espera, ama y tal vez cree... El intelecto puro, el órgano de las ideas y sus relaciones formales, no ceja en su irrenunciable pretensión de dar razón, en términos análogos, de lo matemático y de lo moral, del Ser más abstracto y de la vida humana, sin desalentarse por dos milenios y medio de intentos; pero ahora se hace evidente que el lenguaje normal y primario -el llamado un tanto despectivamente "ordinario"- no le va a servir para eso, aunque lleve siempre a la ilusión y al anhelo de que fuera posible tal cosa. Por eso, la gran tendencia formalizadora de la civilización actual puede verse, en cierto modo, como una rebelión contra el lenguaje, que es también una rebelión contra el limitado y concreto ser del hombre.
 Al final de nuestro proyecto descriptivo y crítico -en que hemos mantenido un tono informativo, con la mayor claridad posible, servicial e incluso pedagógica, de modo que este libro también puede leerse sin desdoro simplemente como un manual de divulgación, aunque no quepa agotarlo en ese nivel de lectura-, nos limitamos a esbozar nuestra situación actual, sin ofrecer profecías de salvación ni fórmulas de vuelta a empezar. Y, sin embargo, hubiera sido muy tentador proponer la palabra poética, al modo heideggeriano, como fuente de nueva vitalidad espiritual, pero la verdad es que la actual voz literaria -lo que, de modo nefastamente significativo, es moda llamar "escritura"- parece corroída desde dentro por una autoironía que la reduce a collage de referencias y citas, cuando no a "discurso sobre el discurso". A pesar de todo, no sacamos ninguna consecuencia pesimista ni optimista hacia el porvenir de la mente y la palabra, limitándonos a invocar la coplilla machadiana: Confiamos / en que no será verdad nada / de lo que pensamos
 

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