domingo, 2 de abril de 2017

"Dulce y sabrosa".- Jacinto Octavio Picón (1852-1923)


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 Capítulo XXIII: Concluye ésta, entre verídica e imaginada historia, con el raro ejemplo de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada

 «-Pero, ¿ y tu marido, tu hijo, tu modo de vivir, el coche, el lujo?
 -Todo mentira.
 -¿Has hecho una comedia?
 -No me culpes. Si yo hubiera sido una mujer rica, señora que frecuentase la misma sociedad que tú, te habría buscado de otro modo: en bailes, teatros y tertulias; pero estábamos tan lejos uno de otro que, por fuerza tenía que valerme de medios extraordinarios. Y, sobre todo, piensa una cosa: yo no te he dicho nunca, ni una sola vez, ¡buen cuidado he tenido!, que estuviese casada; te lo he dejado creer y nada más.
 -¿Pero es posible?
 -¿No fue posible que tú me dejases sin motivo, queriéndome como decías? ¿De qué te sorprendes? ¿Quién ha buscado a quién? Mientras fui tuya, ¡vergüenza me da recordarlo!, ni siquiera sospechaste el cariño que mi corazón encerraba para ti. Después, suponiendo que era de otro hombre, me has deseado con rabia, con locura, como se desea lo ajeno. Ahora ves que no tengo dueño y comienzas a dudar.
 -¿Y esas ropas, ese lujo, el coche, todo lo que yo he sabido de otro hombre... un señor Martínez..., un niño?
 -¡Pobre de mí! ¿Cuánto dinero me dejaste al marcharte de Santurroriaga?
 -Veinte mil reales.
 -Pues aún me quedan algunos duros. Lo demás lo he gastado en ese lujo de que hablas, en alquilar este cuartito y ese coche que has visto, en tener niñera, una chica que, a pesar de tu experiencia, te ha engañado como a un chino y en que unas pobres gentes me dejasen por unas cuantas veces ese niño a quien yo he vestido y de quien tú te has figurado...
 -¡No me mientes eso!
 -Total: la mujer a quien abandonaste siendo tuya y nada más que tuya, te ha enloquecido por sólo parecerte ajena.
 En seguida, punto por punto, minuciosamente, sin omitir detalle, le refirió cuanto había tramado y hecho con propósito de atraerle, desde que en la fonda de Santurroriaga se quedó pensativa como reina destronada que medita reconquistar lo perdido [...]. Fue una confesión larga y completa, un examen de conciencia en que dejó que se transparentase su alma, mostrando a don Juan lo íntimo de su corazón tan franca y lealmente como en otro tiempo le dio a besar la blanca y tibia redondez de su pecho. Por último, añadió:
 -Ya lo sabes todo, y ahora te pido que respondas a esta pregunta: ¿cuándo has sentido verdadero amor por mí? ¿Mientras fui tuya honrada y pobremente, a pesar de lo cual me despreciaste, o ahora, cuando nada más que con darte oídos debí parecerte infame y despreciable?
 Don Juan, avergonzado, callaba. [...] Entonces -nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia premeditada- volvió a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha, preguntó con increíble valor:
 -¿Quieres ser mi mujer?
 Ella, desasiéndose de sus brazos, apartó el cuerpo, se restañó con el pañuelo las lágrimas, y revelando la energía de quien en todo ha pensado y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución, contestó:
 -¡Eso... jamás!
 -¿Por qué?
 Cristeta quiso expresar todo lo que sentía, y acordándose tal vez de que fue comedianta, lo formuló en lenguaje, aunque sincero, un poquito dramático, diciendo:
 -Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cariño. ¿Casarnos? ¿Para qué? ¿Para darte por seca y rigurosa obligación lo que por libre y complacido albedrío quiero que sea tuyo? ¿Para mermar a la pasión el encanto de la espontaneidad? ¿Por ventura serán entonces más cariñosos tus besos, más prietos tus abrazos? ¿Tendremos mayor firmeza en la confianza ni más brava abnegación en la desgracia? ¿Qué ceremonia, qué rito, qué fórmula ha puesto el Señor por cima de este anhelo con que mi pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma?
 -¡Cristeta!
 -Yo te serviré en el bien, de estímulo, en el mal, de rémora. Duplicaré tus venturas y compartiré tus penas. ¿Te veré dichoso?, pues mi amor será la gota que llene el vaso de tu felicidad. ¿Desgraciado?, yo lloraré por ambos... Pero ¿casarme? ¿Y si te arrepintieras? ¡Qué horror si algún día confundieses mi gratitud con mi cariño! ¿Llevar tu nombre? Bajando está siempre de mi pensamiento a mis labios; mío es aunque no quieras y al dormirme siento que me asoma a la boca para guardarte todo el aliento de mi vida. ¡No!, tú, libre como el aire; yo esclava, quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles del alba que las tristes nubes de la tempestad.
 Don Juan hizo ademán de arrodillarse -la cosa no era para menos-; mas ella no lo consintió y poniéndole una mano en cada hombro le miró embebecida, al mismo tiempo que decía:
 -En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el amor no sería dulce impulso del alma, sino tributo doloroso.
 -¿Y el mundo, la sociedad y las gentes?
 -¿Ahora te preocupas por eso? ¿Te cuidabas de ello al perseguir casadas? Los que acaso me disculparán adúltera, me rechazarán amante... ¡Ya lo sé! Pero, ¿a quién consagro yo mi existencia, a ti o al prójimo?
 -¿Me prometes que serás siempre mía?
 -Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a mí, ¿qué no seré capaz de hacer por merecerte y conservarte?»
 

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