miércoles, 26 de abril de 2017

"Vida entre los indios".- George Catlin (1796-1872)


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Capítulo IV

«Puede decirse propiamente que todas las tribus americanas son guerreras. Ya he explicado las causas principales de sus guerras y aún se podría escribir un libro sobre sus modos de llevarlas y terminarlas. Sus armas, como he expuesto, no son numerosas ni tan destructivas como las que usan las naciones civilizadas y, por consiguiente, sus guerras no son tan devastadoras.
 La guerra entre esas gentes es conducida generalmente por pequeños grupos de voluntarios a las órdenes de un jefe guerrero, para vengar algunas afrentas o crueldades infligidas por el enemigo; y cuando han arrancado algunas cabelleras, suficientes para desquitarse, generalmente vuelven, se jactan de ello y divierten a los del poblado con la danza de las cabelleras y otras ceremonias.
 Como estas gentes tienen menos armas y menos eficaces, dependen algo más que el hombre blanco de la estrategia para conseguir ventajas; y en ésta son más ingeniosos e inventivos de lo que podría imaginarse.
 En la guerra entre estas gentes y las fuerzas civilizadas, los indios son a menudo condenados por su estrategia como "cobardes", porque prefieren emboscadas y sorpresas, en vez de salir a campo abierto y "librar una batalla limpia" (es decir, salir y ponerse delante de la boca de los cañones para ser abatidos como pichones). Esto es falso; los pobres indios conocen las ventajas que los hombres blancos tienen a campo abierto con sus rifles, sus revólveres y sus cañones; y su negativa a situarse delante de éstos y ser abatidos debería llamarse prudencia más que cobardía, en estas circunstancias.
 No hay otro pueblo en la tierra más valiente y esforzado que los indios americanos, siempre que tengan la seguridad de que contienden con un enemigo que cuenta con iguales armas. Su sagacidad para descubrir o reconocer al enemigo, y eludir la persecución si es necesario, queda casi fuera de la comprensión de aquellos que no conocen bien sus modos de acción.
 Sus señales en la guerra son muchas y muy inteligentes así como curiosas. El mundialmente conocido (pero juzgado parcialmente) grito de guerra es una de ellas y lo lanzan todas las tribus, tanto en Norteamérica como en Sudamérica, exactamente igual, al precipitarse la batalla. Es una nota aguda y penetrante, pronunciada de modo sostenido, y con un crescendo y diminuendo, en el tono más alto de la voz humana y con la vibración más rápida posible, producida golpeando con la palma de la mano o los dedos contra los labios.
 [...] no hay otro, quizá, que pueda oírse de tan lejos y de forma tan clara, en el estrépito y confusión de la batalla. Son las asociaciones que establecen los que conocen su sentido y su carácter las que le dan su terror, pues se sabe que es la señal infalible de ataque (el grito de guerra no se pronuncia nunca hasta que el ataque se ha desencadenado y las armas se han alzado para verter sangre).
 [...] Ningún indio está autorizado a lanzar el grito de guerra en tiempo de paz, excepto en la danza guerrera y otras ceremonias toleradas por los jefes, por miedo de que fuera repetido por sus centinelas de las cumbres y por sus partidas de caza por todo su territorio, provocando así una alarma innecesaria y catastrófica.
 Otra señal es el silbato de guerra, que es muy curioso. Cada jefe que acaudilla en la guerra lleva un pequeño silbato de siete u ocho pulgadas de largo, hecho con el hueso de una pata de pavo, cuyos dos extremos tienen dos sonidos muy distintos, tan agudos y penetrantes, y tan distintos del confuso grito de guerra y otro estrépito de las batallas, que se oyen claramente desde una enorme distancia. Soplar en un extremo es la señal para el avance y soplar en el otro para la retirada. Ningún jefe va a la batalla sin uno de estos pequeños silbatos de guerra colgando del cuello sobre el pecho; y ningún guerrero va a la guerra sin conocer la diferencia y significado de estos sones.
 También usan banderas como señales de guerra. La bandera blanca es en todas las tribus una bandera de tregua, un emblema de paz; y una bandera encarnada es el desafío al combate. [...] ¡Qué extraño es, no que los indios la usen, pues las naciones civilizadas han sacado esta costumbre de la vida de los salvajes, sino que todas las razas nativas del mundo usen el mismo color como emblema de la paz, e igualmente sagrado e inviolable, incluso en el estrépito y fragor de la batalla!
 Pero está, claro, la "salvaje crueldad de arrancar cabelleras"; salvaje, desde luego, porque la practican los salvajes, pero, ¿dónde está la crueldad en arrancar la cabellera? A un hombre se le quita una porción de la piel del cráneo después que está muerto; no le duele, la crueldad estaría en matarlo. Y en el mundo cristiano matamos en batalla a miles de nuestros semejantes, allí donde los pobres indios matan a uno. Quitar un pedacito de piel de la cabeza de un muerto es más bien algo repugnante; pero, veamos, ¿qué cosa mejor puede el indio coger? Él tiene que guardar alguna prueba. Estas gentes no tienen periodistas que los sigan a las batallas y describan al mundo sus victorias; sus costumbres sancionan el modo, y los jefes lo exigen.
 [...] ¿Pero arrancan los indios la cabellera a los vivos? Sí, eso ocurre algunas veces, pero muy raramente. Puesto que el cuero cabelludo es sólo la piel con el cabello, a un hombre se lo pueden arrancar sin lastimar el hueso y, por supuesto, sin acabar con la vida. Y en la precipitación y confusión de la batalla, a los heridos y caídos, dados por muertos, les han sido arrancadas a veces las cabelleras, cuando los indios se han abalanzado sobre ellos y luego se han levantado del campo de batalla y se han recuperado: yo he visto algunos así. Estas cabelleras, si el indio llegase a conocer el hecho, no las llevaría, sino que serían enterradas como cosas que los guerreros no tendrían derecho a reivindicar y de las que sus supersticiosos temores los inducirían a deshacerse.
 La cabellera, para ser legítima, ha de ser de la cabeza de un enemigo y que ese enemigo esté muerto, y muerto a manos del que lleva y cuenta la cabellera. [...] Las cabelleras son las insignias o medallas del indio, que éste debe conseguir con sus propias manos; no puede comprarlas ni venderlas sin deshonrarse y, cuando muere, se las entierra con él en la tumba. Sus hijos no pueden heredarlas; si quieren cabelleras, deben obtenerlas del mismo modo como su padre obtuvo las suyas.
 En las guerras de los salvajes, se cogen prisioneros de guerra como en las naciones civilizadas. La crueldad de los salvajes con sus prisioneros a veces es terrible, pero se ha exagerado mucho a su respecto. Sus maneras de torturar a un prisionero de guerra, en los pocos casos que conocemos, han sido crueles y diabólicas, casi rayando en lo inimaginable, pero estos casos se han dado muy raramente en cualquier época y, en el último medio siglo no se ha sabido de ninguno.»

 

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